4º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo B
Evangelio:
Marcos 1, 21-28
En
aquel tiempo, Jesús y sus -discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado
siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina,
porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente
en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:
¿Qué
quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé
quién eres: el Santo de Dios.
Jesús
lo increpó: Cállate
y sal de él.
El
espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se
preguntaron estupefactos:
¿Qué
es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos
les manda y le obedecen.
Su
fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de
Galilea.
Palabra
del Señor.
El domingo pasado el
Evangelio según san Marcos narraba el inicio de la predicación de Jesús y el
llamamiento a sus primeros discípulos. Hoy nos lo presenta enseñando en la
sinagoga de Cafarnaúm y mostrando su autoridad sobre las fuerzas del mal.
Tratemos de descubrir el sentido que tienen para nosotros este relato y las
otras lecturas bíblicas de este domingo [Deuteronomio 18, 15-29; Salmo 95 (94);
1 Corintios 7, 32-36; Marcos 1, 21-28].
1.-
Jesús enseña y obra “con autoridad”
La gente empieza a oír a
Jesús en Cafarnaúm, centro de la industria pesquera de la región de Galilea.
Allí, en la sinagoga, el lugar donde se reúnen los judíos para orar, escuchar
las sagradas escrituras y ser instruidos en ellas, Jesús comienza a enseñar y
lo primero que les llama la atención a sus oyentes es que no les habla como los
“letrados”, escribas, o doctores de la Ley a los que están acostumbrados a
escuchar. Éstos generalmente solían referirse a lo que estaba escrito sin
ninguna creatividad personal, pero, sobre todo -como Jesús lo iba a señalar
después-, no eran creíbles porque su vida no era coherente con lo que
enseñaban, y utilizaban el discurso religioso para su propio provecho, sin
importarles en verdad los problemas de la gente.
Jesús, en cambio, muestra
una actitud distinta: enseña una doctrina nueva que invita a reconocer al Dios cercano que nos ama
infinitamente, siempre dispuesto a sanarnos librándonos de las fuerzas del mal
que nos rodean y que pretenden apoderarse de nuestra existencia. Y lo que
predica lo aplica en su forma de obrar, mostrando que en Él mismo se hace presente
la acción salvadora de Dios. Este es el sentido del relato del milagro obrado
por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm. El término “espíritu inmundo”, que
corresponde a los llamados “demonios”, considerados como fuerzas malignas (el
término “demonio” proviene del griego daimon y significa “fuerza” o “energía”),
podemos entenderlo hoy como “energía negativa” opuesta a Dios y por lo mismo
contraria a su mensaje de liberación. Lo que nos dice el Evangelio es que Jesús
tiene el poder de vencer el mal, cuyo poder no podemos controlar por nuestras
propias fuerzas.
También podemos interpretar
este relato como una referencia a la oposición que la enseñanza de Jesús
suscitaba entre los doctores de la Ley que se veían amenazados en su posición
de poder religioso por aquél “nazareno” (oriundo de Nazaret) que atraía a las
gentes sencillas con su proclamación novedosa, amable, gozosa y liberadora de
la llegada del Reino de Dios, totalmente diferente de las prescripciones
ritualistas y meramente formales que ellos pretendían imponerle al pueblo.
2.- Dios había anunciado que suscitaría “un
profeta”
La primera lectura de hoy evoca la promesa hecha
por Dios a Moisés doce siglos antes de Cristo: “Suscitaré un profeta de entre
tus hermanos, como tú”. “Profeta” es en el lenguaje bíblico aquél que habla en
nombre de Dios, y Moisés había sido escogido por Él precisamente para que le
hablara al pueblo de Israel comunicándole que lo liberaría de la esclavitud e
invitándolo a ponerse en camino hacia una tierra nueva. Esta liberación y esta
apertura hacia un nuevo porvenir habían sido una prefiguración de lo que iba a
suceder con la predicación y la acción salvadora de Jesús, el Profeta por
excelencia que como tal hablaría en nombre del Creador, siendo Él mismo la
presencia personal de Dios en la historia humana.
Por eso los evangelistas
reconocen en Jesús de Nazaret a aquel Profeta prometido como un “nuevo Moisés”,
que vendría a llevar a la plenitud de su sentido la Ley promulgada por Dios en
el monte Sinaí y enunciada en los diez mandamientos. Esto mismo es lo que
reconocen en Jesús las gentes sencillas desde el inicio de su predicación, y lo
que la primera lectura y el Evangelio de hoy nos invitan a reconocer: que Jesús
nos habla en nombre del Padre Creador y nos enseña con plena autoridad, porque
es la Palabra de Dios hecha carne.
3.-
El sentido del celibato para servir a Dios y a la comunidad
El texto de la primera carta
de san Pablo a los Corintios que nos trae hoy la segunda lectura nos invita a
reflexionar sobre el sentido del celibato, es decir, del estado de quien
renuncia a la vida conyugal para entregarse totalmente al servicio de Dios y de
la comunidad. Esto no quiere decir que haya que despreciar el estado del
matrimonio, pues también en él se puede vivir de acuerdo con la voluntad de
Dios, y el propio Pablo tiene en sus cartas pasajes preciosos en los que exalta
el valor de la unión entre el varón y la mujer para complementarse mutuamente y
construir una familia. Pero, de acuerdo con lo que Jesús había predicado, el
apóstol reconoce el valor que tiene la entrega a Dios en el estado célibe como
una forma específica y valiosa de seguir a Cristo para estar plenamente
disponible al servicio del Reino de Dios.
Desafortunadamente este
estado no siempre es vivido con coherencia, y en lugar de ser testimonio de
servicio a Dios y a la comunidad, se convierte en un escándalo cuando el
sacerdote, el religioso o la religiosa, se comportan en contravía de lo que
debería ser una verdadera entrega al Señor. Sin embargo, de ello no se deduce
que haya que abolir el celibato como una opción de vida. Este estado sigue
siendo válido y valioso, siempre y cuando implique un auténtico testimonio del
Reino de Dios, como afortunadamente lo podemos encontrar en muchas personas que
lo viven con alegría y en forma constructiva, sin frustraciones ni
desviaciones, siguiendo precisamente a Aquél que nos dio el ejemplo de una vida
célibe totalmente entregada al servicio de los demás.
Conclusión
A la luz del mensaje que nos trae la Palabra de
Dios en las lecturas bíblicas de este domingo, dispongámonos a seguir la
invitación que nos hace una de las estrofas del Salmo 95 (94): “Ojalá escuchen
la voz del Señor, no endurezcan su corazón”. Al reconocer a Jesús como nuestro
verdadero Maestro, que nos enseña con autoridad porque es Dios mismo en persona
que nos habla, no nos cerremos a sus enseñanzas como lo hicieron quienes lo
rechazaron, sino dejémonos transformar por su Espíritu Santo, que tiene el
poder de vencer en nosotros las fuerzas del mal.-.
Gabriel Jaime Pérez, S.J.















