domingo, 1 de marzo de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”

2º Domingo de Cuaresma
Ciclo B
Evangelio: Marcos 9,2-10

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús.

Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle». Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Palabra del Señor.


Jesús se fue a un cerro alto llevándose solamente a Pedro, a Santiago y a Juan. Allí, delante de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su ropa se volvió brillante y más blanca de lo que nadie podría dejarla por mucho que la lavara. Y vieron a Elías y a Moisés, que estaban conversando con Jesús. Pedro le dijo a Jesús: - Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Vamos a hacer tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Es que los discípulos estaban asustados y Pedro no sabía qué decir.

En esto, apareció una nube y se posó sobre ellos. Y de la nube salió una voz, que dijo: “Este es mi hijo amado: escuchadlo”. Al momento, cuando miraron alrededor, ya no vieron a nadie con ellos, sino a Jesús solo. Mientras bajaban del cerro, Jesús les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre hubiera resucitado. Por eso guardaron el secreto entre ellos, aunque se preguntaban qué sería eso de resucitar (Marcos 9, 2-10).

A partir de este pasaje del Evangelio y de los textos de las otras lecturas bíblicas de hoy [Génesis 22, 1-18; Carta de Pablo a los Romanos 8, 31-34 y Salmo 116 (115)], podemos  reflexionar sobre la relación entre la fe en Dios y el “sacrificio”, un tema cuyo sentido conviene comprender bien para superar la concepción distorsionada de la divinidad sedienta de sangre, propia de los cultos paganos de la antigüedad y que difiere diametralmente del Dios que nos presenta la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.     

1.- El sacrificio de Abraham, modelo de fe en Dios

La palabra “sacrificio” significa ofrenda sagrada y designa originariamente el acto por el cual el ser humano le entrega a Dios las primicias de todo cuanto produce, puesto que ellas se consideran propiedad divina. En las prescripciones rituales de las religiones primitivas existentes en la tierra de Canaán, por la que Abraham -nombre que significa “padre de multitudes”- trasegó como pastor con sus ganados después de haber salido de Ur de Caldea en el siglo 19 antes de Cristo, y donde unos siete siglos más tarde empezarían a establecerse los israelitas, este concepto del sacrificio se aplicaba también a los primogénitos, a los que en los ritos antiguos se les daba muerte en “holocausto”, es decir, haciéndolos consumir totalmente por el fuego para ofrecerlos a los dioses.  

El texto del libro del Génesis en la primera lectura de este domingo, en el que se narra el sacrificio de Abraham que en lugar de dar muerte a su hijo le ofrece a Dios un carnero, constituye ante todo un rechazo a los sacrificios rituales de seres humanos propios del paganismo. En el transcurso del relato se puede ver entre líneas cómo Abraham, quien al comienzo pensó que se le exigía dar muerte a su hijo Isaac, entiende finalmente que lo que Dios quiere es su disponibilidad para cumplir la voluntad divina, la cual no quiere la muerte de su hijo sino la adhesión de fe que implica el reconocimiento del Creador como tal.     
 
2.- Jesús transfigurado fortalece la fe de sus discípulos

Antes del relato de la Transfiguración, Jesús les había dicho a sus discípulos que lo iban a matar y que al tercer día resucitaría (Mc 8, 31). De esta forma Jesús les había anunciado lo que iba a ser su propio sacrificio redentor, por el cual Él mismo, Dios hecho hombre, le daría un nuevo sentido a los ritos de ofrenda a Dios: el don de sí mismo cumpliendo su voluntad de amor hasta las últimas consecuencias, es decir, hasta la entrega de la propia vida. Y este  nuevo sentido de la ofrenda a Dios es el que nos dice Él a nosotros que también debemos realizar en nuestras vidas, si queremos ser de verdad sus seguidores: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame” (Mc 8, 34). 

El anuncio de su pasión y muerte, así como la exhortación a tomar la cruz y estar dispuestos a entregar la vida a imitación de Él, causaron en aquellos primeros discípulos un efecto de desaliento. En la Transfiguración Jesús les manifiesta su gloria para fortalecerlos en la fe, haciéndoles ver en forma luminosa lo que sería el acontecimiento pascual de su resurrección e indicándoles que en Él se cumplirían las promesas contenidas en el Antiguo Testamento, específicamente en los textos bíblicos de la Ley y de los Profetas, simbolizados por las figuras de Moisés y Elías.

También nosotros necesitamos que, en medio de la oscuridad de las circunstancias problemáticas y difíciles de nuestra existencia, cuando nos sentimos abrumados por el peso de la cruz que a cada cual le corresponde cargar, el Señor se nos manifieste iluminándonos con su propia luz y dándonos la fuerza que necesitamos para no desfallecer en el camino de la vida. Pero para que esto suceda, es preciso que busquemos espacios y aprovechemos los que se nos ofrecen para disponernos a atender, en un clima de oración, la voz de Dios que nos dice interiormente: “Este es mi Hijo predilecto, escuchadlo” (Mc 9, 7).

3.- ¿Un Dios que “no perdonó a su propio Hijo”?

Esta frase de la Carta de Pablo a los Romanos puede parecernos chocante e incomprensible. ¿Cómo así que el Dios infinitamente misericordioso, el Dios siempre dispuesto a perdonar que nos presentan tanto los Profetas y los Salmos en el Antiguo Testamento como los Evangelios en el Nuevo, “no perdonó a su propio Hijo”, es decir, a su Hijo Jesucristo?

Para entender esta expresión de Pablo, hay que tomarla como un  recurso literario, en el sentido en que él mismo lo explica con la frase que sigue: “lo entregó por todos nosotros”. Pablo evoca simbólicamente el relato del sacrificio de Abraham que escuchamos hoy en la primera lectura, para aplicar el significado profundo de aquél pasaje bíblico a la entrega generosa que Dios hace de sí mismo a favor de toda la humanidad, al concedernos el don de su propio Hijo que asumiría, como “Cordero de Dios”, el pecado del mundo para redimirnos, liberarnos del mal y hacernos partícipes de la vida eterna, de su propia resurrección significada, también simbólicamente, en el misterio de su Transfiguración.

Gabriel Jaime Pérez, S.J. 

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 2º Domingo Cuaresma – Ciclo B

“Este es mi Hijo amado, escuchadle” (Mc 9, 2-10) 

sábado, 28 de febrero de 2015

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): ¿Qué sentido tiene el dolor?



OCTAVO PROGRAMA DEL CICLO



San Juan Pablo II fue un santo que se labró en el dolor y este dolor tuvo para él una eficacia redentora. Aquí le vemos en el hospital recuperándose de las heridas tras el atentado que sufrió en la plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981.

viernes, 27 de febrero de 2015

CUARESMA: Mensaje cuaresmal a mis queridos cofrades de Sentencia y Buen Fin

Portada del Boletín Nº 23 - Cuaresma 2015, 
donde se encuentra editado este Mensaje
Tiempo de reconciliación y de Misericordia

Queridos hermanos de la Venerable, Mercedaria y Lasaliana Cofradía de penitencia de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y Nuestra Señora del Buen Fin: cuando lean estas palabras habremos comenzado ya la Cuaresma y estaremos preparándonos para vivir una nueva Semana Santa, la primera que compartiremos juntos siendo vuestro Director Espiritual. Estos días que viviremos han sido santificados precisamente por los acontecimientos que conmemoramos en la liturgia. La Iglesia, al conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo, se santifica y renueva a sí misma.

Durante la Cuaresma es importante preparar nuestro espíritu para recibir en abundancia el don de la misericordia divina. La palabra de Dios nos invita a convertirnos y a creer en el Evangelio, y la Iglesia nos indica los medios a través de los cuales podemos entrar en el clima de la auténtica renovación interior y comunitaria: la oración, la penitencia y el ayuno, así como la ayuda generosa a los hermanos. De este modo podemos experimentar la sobreabundancia del amor del Padre celestial dado en plenitud a la humanidad entera en el misterio pascual.

Podríamos decir que la Cuaresma es el tiempo de una particular solicitud de Dios por perdonar y borrar nuestros pecados: es el tiempo de la reconciliación. Por esto, es un período muy propicio para acercarnos con fruto al sacramento de la penitencia. Conscientes de que nuestra reconciliación con Dios se realiza gracias a una auténtica conversión, recorramos la peregrinación cuaresmal con la mirada fija en Cristo, nuestro único redentor.

Contra portada del Boletín Nº 23 - Cuaresma 2015
La Semana Santa se conoció también antiguamente como "la semana grande", y es, en efecto, una semana grande, puesto que constituye el centro y el corazón de la liturgia de todo el año. En ella se celebra el misterio de la redención, por esto en la liturgia católica la "Pascua es la cumbre".

El amor de Dios, en él está el origen de todos los acontecimientos que conmemoramos en esta semana: "Porque tanto ha amado Dios al mundo, que le ha dado a su Hijo unigénito" (Jn 3,16). Toda la pasión fue motivada por amor, el amor de Dios hecho visible en Cristo, que "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn 13,1).

Durante la Semana Santa, la Iglesia sigue las huellas de su Maestro. Las narraciones de la pasión cobran nueva vida, como si los hechos se repitieran efectivamente ante nuestros ojos. Paso a paso, escena por escena, seguimos el camino que Jesús transitó durante los últimos días de su vida mortal.

Vivamos en la oración estos días, participemos en familia de las distintas celebraciones, y realicemos nuestra Confesión y Comunión Pascual, signo concreto y evidente de una vivencia de fe en sintonía con el Corazón de Cristo.

¡Felices y Santas Pascuas de Resurrección!

Rvdo. P. D. José Antonio Medina Pellegrini
Director Espiritual

jueves, 26 de febrero de 2015

SACERDOCIO: “Recuperar la fascinación por la belleza es lo central del ars celebrandi, de la manera de celebrar”

Queridos amigos y hermanos del blog: recuperar la fascinación por la belleza es lo central del ars celebrandi, de la manera de celebrar. Lo dijo en la mañana del pasado jueves 19 el Papa Francisco en el tradicional encuentro con los sacerdotes de Roma en el Aula Pablo VI que tuvo una duración de dos horas.

Aunque aún el Vaticano no ha dado a conocer la integridad del diálogo del Santo Padre con los sacerdotes, el diario Avvenire de la Conferencia Episcopal Italiana ha adelantado algunos extractos de este importante encuentro.

Ante cientos de presbíteros, el Santo Padre pidió “recuperar el asombro” tanto de quien celebra como de la gente. “Se necesita entrar en una atmósfera espontánea, normal, religiosa, pero no artificial, y así se recupera un poco el estupor, aquello que se siente durante el encuentro con Dios”, informó Avvenire.

Así, “cuando encontramos al Señor en la oración sentimos este estupor, cuando no rezamos de una manera formal, el sentimiento del encuentro, el asombro, aquello que escucharon los apóstoles cuando fueron invitados, el estupor atrae y te deja en contemplación, es importante, y contra el estupor va todo lo artificial”.

El Pontífice explicó que “se debe rezar delante de Dios con la comunidad”. Así, “cuando encontramos sacerdotes que celebran de modo sofisticado, artificial, o con gestos un poco... o que abusan de gestos sea de una parte o de la otra, no es fácil que se dé este estupor o esta capacidad de hacer entrar en el misterio”.

“Celebrar es entrar y hacer entrar en el misterio, es simple pero es así, si yo soy excesivamente rígido, no hago entrar en el misterio toda la fuerza de esa forma, y si soy un 'showman', el protagonista de la celebración, no hago entrar en el misterio, por decir los dos extremos”.

También sobre la manera de celebrar, el Papa indicó que el sacerdote, “con su actitud hace que el Señor provoque”.

Al comienzo, el Cardenal Vicario de Roma, Agostino Valini, realizó una introducción en la que alertaba del “peligro de sentir náuseas de la palabra en la liturgia” al ser palabras que se repitan demasiado.

Al final, hubo un tiempo para que los sacerdotes hicieran preguntas al Pontífice. Uno de ellos preguntó sobre la cuestión de los sacerdotes casados, recordando que las Iglesias Orientales permiten ordenar sacerdotes a los hombres esposados, al contrario que en las Iglesias de rito latino en las que se no se permite el sacerdocio a los que no sean célibes.

“El problema no quedará en el archivo”, aseguró Francisco en referencia a que no lo dejará de lado ni lo olvidará. Agregó, además, que conoce esta situación y que no existe una fácil solución.

Por su parte, el portavoz de la diócesis de Roma, Walter Insero, ha asegurado en declaraciones a ACI Prensa que el Santo Padre “ha hablado también de la importancia que tiene para el sacerdote pedir el don de las lágrimas, también si el sacerdote no llora más, si no tiene esta capacidad de estar junto a las personas, de sufrir, de acompañarles en su sufrimiento”.

“Su reflexión ha partido de aquel documento que nos ha hecho leer a la Plenaria de la Congregación del Culto en 2006. Allí habla de la importancia de la predicación, de que el falso profeta en la escritura es el que dice palabras suyas, mientras que el verdadero profeta habla en nombre de Dios”. El Pontífice ha hablado “de la importancia de este camino, de hacer espacio en mis palabras a la Palabra de Dios”.

Por otro lado, el Pontífice ha hablado de cómo “preparar la homilía desde el hecho que es un camino que no se prepara en una hora el mismo día en que se hace la Misa, porque todo esto se debe llevar en la oración, hacerlo madurar, para que así sea no desde el punto de vista de uno mismo, sino desde lo que el que el Espíritu Santo dice a la persona”.

También habló de la importancia de que Benedicto XVI diera el permiso para el rito extraordinario. “Francisco ha dicho que lo hizo porque es un hombre de comunión, para abrir la puerta y hacerse cercano a los tradicionalistas, pero que la Iglesia permanece en el rito ordinario, que prevé la participación del pueblo”, indicó el vocero del vicariato de Roma.

(ACI/EWTN Noticias)

miércoles, 25 de febrero de 2015

CUARESMA: Ayunar de críticas y cotilleos

“¿A eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor?... Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, liberar a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento (...)” (cf. Isaías 58, 5-7). A este conocido texto del profeta Isaías, bien podríamos añadir, en plena sintonía con su mismo espíritu: ¡El ayuno que agrada a Dios es controlar nuestra lengua!

Comencemos por reconocer que llama la atención la “cruzada” que el Papa Francisco ha emprendido contra el vicio de la crítica y el cotilleo: “Las murmuraciones matan, igual o más que las armas”; “Los que viven juzgando y hablando mal del prójimo son hipócritas, porque no tienen la valentía de mirar los propios defectos”; “Cuando usamos la lengua para hablar mal del prójimo, la usamos para matar a Dios” ; “El mal de la cháchara, la murmuración y el cotilleo, es una enfermedad grave que se va apoderando de la persona hasta convertirla en sembradora de cizaña, y muchas veces en homicida de la fama de sus propios colegas y hermanos”; “Cuidado con decir solo esa mitad de la realidad que nos conviene”; “¡Cuántos chismorreos hay en el seno de la propia Iglesia!”… Ciertamente, no creo que haya habido nunca un Papa tan comprometido con la denuncia y la erradicación de esta lacra.

La crítica y el cotilleo están tan extendidos en nuestra sociedad —sin que la Iglesia sea una excepción—, que no son pocos quienes consideran que se trata de un mal insuperable, cuando no necesario. A esto contribuye el hecho de que la percepción suele cambiar dependiendo de que seamos sujetos activos o pasivos de dicha práctica. El cotilla y el murmurador tiende a justificarse diciendo que se limitan a informar, y que en esta vida es necesario tener un juicio crítico.

Pues bien, para dejar de murmurar no solo se requiere controlar la lengua, sino que hay que cambiar la mentalidad. No estamos ante un vicio superficial o epidérmico, como a veces solemos suponer equivocadamente. Bajo las críticas y los cotilleos se camuflan pecados como el rencor, la envidia o la vanidad. Pero no solo esto, sino que también se esconden nuestros complejos, inseguridades y heridas. En realidad, lo moral y lo psicológico suelen caminar por el mismo carril. O dicho de otro modo, el demonio sabe dónde nos aprieta el zapato, y tiende a pisarnos en el mismo lugar…

Todos sabemos que la crítica esconde con frecuencia envidia y celos, y que estos encierran falta de autoestima. Y si pudiésemos remontarnos al origen de esa falta de autoestima, muy posiblemente nos encontraríamos con la carencia de amor… No cabe duda de que los males morales, psicológicos y educacionales están implicados. Así, por ejemplo, decía San Francisco de Sales: “Cuanto más nos gusta ser aplaudidos por lo que decimos, tanto más propensos somos a criticar lo que dicen los demás”.

Dicho lo cual, no es de recibo tomar excusa de las implicaciones psicológicas y educacionales, para eludir nuestra lucha contra este vicio. Nuestra responsabilidad moral puede estar condicionada, ciertamente, pero no hasta el punto de estar determinada. Somos sujetos libres, aunque nuestra libertad esté herida; y por lo tanto, somos responsables de las palabras que salen de nuestra boca. Sin olvidar que en no pocas ocasiones las críticas y los cotilleos son puestos al servicio, con notable malicia, de la ideología de quien los utiliza, con el objetivo de denigrar a quienes no piensan como nosotros.

Me viene a la memoria una cita evangélica que suele pasar inadvertida, en la que queda patente la indisimulada incomodidad del Señor Jesús ante este vicio moral. Me refiero a Juan 21, 23. El contexto de este episodio es el encuentro final entre Jesús y Pedro, en el que este es perdonado por su triple negación, además de confirmado en su misión. A punto de concluir el diálogo, cuando Jesús ha revelado a Pedro su futuro martirio, este vuelve su mirada a Juan —el discípulo al que el Señor amaba especialmente— y le pregunta a Jesús: “Señor, y este, ¿qué?”. A lo que el Señor, en una respuesta sin precedentes, contesta: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme”. ¡¡Es impresionante escuchar a Jesús decirle a Pedro: “¿a ti qué?” (expresión equivalente a nuestro popular “¿a ti qué te importa?”)!! Y es que, mientras estamos pendientes indebidamente de los demás, podemos permanecer ciegos ante nuestros problemas y responsabilidades. ¡Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro! (cfr. Mt 7, 3).

Concluyo con un texto evangélico tan clarificador como incómodo, de esos a los que solemos poner sordina, por resultarnos demasiado exigente: “Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca (…) En verdad os digo que el hombre dará cuenta en el día del juicio, de cualquier palabra inconsiderada que haya dicho. Porque por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado” (cfr. Mt 12, 34-37). Será por eso, tal vez, que le escuché a un hermano obispo decir que se podría elevar a los altares, sin necesidad de proceso de canonización, a aquel de quien pudiera decirse: “nunca le escuchamos hablar mal de nadie”. Ciertamente, ¡el ayuno que agrada al Señor es controlar nuestra lengua!

Mons. José Ignacio Munilla Aguirre
Obispo de San Sebastián

martes, 24 de febrero de 2015

VIVENCIAS PERSONALES: Cargando la imagen de Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna en el Vía Crucis Penitencial de las Hermandades gaditanas

Queridos amigos y hermanos del blog: quiero compartirles una hermosa experiencia que me tocó vivir anoche en la Santa y Apostólica Iglesia Catedral de Cádiz. Por acuerdo de la Junta Permanente del Consejo Local de Hermandades y Cofradías de Cádiz el pasado 21 de octubre de 2014, se hizo pública la designación de la imagen de Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna para presidir el Vía Crucis Penitencial de las Hermandades gaditanas, que se realizó ayer lunes 23 de febrero de 2015.

Como Director Espiritual de la Venerable, Mercedaria y Lasaliana Cofradía de penitencia de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y Nuestra Señora del Buen Fin y de la Venerable y Mercedaria Hermandad de Penitencia de las Siete Palabras del Santísimo Cristo de la Sed y María Santísima de la Piedad; me pareció una hermosa oportunidad para poder acompañarles y, por supuesto, como un fiel y penitente más, hacer el piadoso recorrido de Pasión y Muerte de Nuestro Señor, junto a todas las hermanas y hermanos cofrades.

El Señor salió de la Parroquia de San Antonio a las 20:00 hs y luego de recorres las calles previstas, hizo su entrada en la Catedral poco después de las 21:00 hs, dándose inicio inmediatamente al Vía Crucis. La parihuela con la Imagen del Señor, exornada con rosas rojas y lirios, y vistiendo para la ocasión un valiosísimo sudario del siglo XIX propiedad de la hermandad, nos hizo admirar en todo su esplendor al titular de la cofradía del Martes Santo gaditano.

Imagen de Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna y Azotes

La imagen es Titular de la Venerable, Real y Muy Ilustre Archicofradía de la Santísima Resurrección y Penitencia de Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna y Azotes y María Santísima de las Lágrimas, que tiene su sede canónica en la Parroquia de San Antonio de Cádiz.

La talla del Cristo, es una representación del misterio de la flagelación, es obra de Jacinto Pimentel ejecutada en 1660, y bendecida al año siguiente, en madera de cedro.

Enrique Ortega Ortega, junto con su ayudante Dª. Rosa Cabello, realizó en 1996 una restauración, que permitió descubrir la autoría del mismo, al encontrar su firma en unos pergaminos situados en un hueco de su espalda que decían lo siguiente: "Reinando Felipe III y siendo Pontífice Alejandro VII, los fundadores de esta Hermandad, mandaron hacer esta Imagen de Cristo Atado a la Columna, a Jacinto Pimentel, Julio de 1660".

Es una de las mejores tallas que podemos admirar de este género, mostrando con gran realismo los suplicios de la flagelación. Su rostro es impresionante por el dramatismo que encierra, con los caracteres habituales de la producción de Pimentel tales como son la división en dos del cabello por medio de una raya central, el tallado menudo de los mechones de cabello, los ojos de rasgos orientales, la barba abundante y dividida en dos mechones, pómulos marcados, la curvatura inversa en la posición de los ojos, nariz recta y pequeña, frente lisa, espacio entre las cejas en forma de triángulo invertido, etcétera.

La columna, de tipología baja, es también una obra de gran valor realizada en plata en 1666 por el platero mejicano Francisco Suárez y regalada por los capitanes Sierra y Velázquez. En la base de la Columna, se indica lo siguiente: "El capitán D. Simon de la Sierra Fonseca y Vº Franco y el capitán Velásquez Larios, fundadores de la Archicofradía del Stmo. Cristo de la Columna de Cádiz, dieron esta columna, en el año 1666, Francisco Suárez me fecit en México".

Mis sentimientos cargándole

No quise quedarme en el Altar Mayor, ni siquiera acompañar al cortejo oficial presidido por el Obispo Diocesano y el Párroco de san Antonio que marchó de preste tras el Señor, sino que preferí ir entre los hermanos rezando y meditando. Casi al promediar el Vía Crucis, un querido amigo y actual Mayordomo de Sentencia, D. Antonio De la Jara Rodríguez, que acompañaba en el buen hacer de los cargadores bajo el mando de D. Salvador Rosa, me invitó a sumarme y convertirme en un improvisado, aunque devoto, cargador. Otro buen amigo, y Vocal de Caridad de la misma Cofradía, D. Juan Carlos Carmona Pérez, fue el que realizó la fotografía que acompaña estas vivencias.

Me emocionó profundamente lo vivido, en un momento recordé a mi padre, cuando siendo yo niño, contaba -también emocionado-, los recuerdos de otras tantas procesiones y pasos cargando a los Titulares de la Hermandad de la Virgen de los Dolores, Patrona de Cúllar, y de la Hermandad de San Agustín, Patrono de Cúllar, en aquel hermoso pueblo serrano de Granada, en sus años juveniles antes de emigrar a Argentina, donde formó su familia y vivió el resto de su vida.

Agradezco a Dios el sencillo y profundo momento vivido, uno más de este tiempo que en su providencia me regala de vivir y poder ejercer el ministerio sacerdotal en Andalucía, la tierra de mi padre.

Con mi bendición.
Padre José Medina


Oración ante Nuestro Padre Jesús Atado a la Columna y Azotes

Señor mío Jesucristo, por mi amor humanado, atado a una columna y cruelmente azotado. Yo, la más vil criatura de cuantas ha sufrido tu clemencia, confiada en el amor con que me has amado desde la eternidad, me atrevo a pedirte perdones la indignidad con que estoy en tu soberana presencia y me permitas adorarte como a mi Dios y pedirte como a mi Padre.

Te suplico, Señor me permitas que en mi alma se pierda, el mérito de tu sangre preciosísima, derramadas por mi amor en el cruel martirio de os azotes. ¡Oh, Salvador mío! ¿Quién diera a mis ojos las lágrimas de la penitente Magdalena para llorar día y noche sobre esa Columna en que te ataron mis delitos?

¿Quién tuviera palabras bastantes elocuentes para expresar toda la amargura de mi corazón al recordar las ofensas de mi vida, para deciros que me pesa de haber pecado, y que me pesa de que no pese más?

Dadme pues, Señor, una contrición perfecta para siempre servirte, nunca ofenderte, llorar lo pasado y aspirar a la gloria eterna, donde con el Padre el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los Siglos. Amén.

lunes, 23 de febrero de 2015

SANTORAL (audios): San Policarpo (23 de febrero)




"Señor Dios, Todopoderoso, Padre de Nuestro Señor Jesucristo: yo te bendigo porque me has permitido llegar a esta situación y me concedes la gracia de formar parte del grupo de tus mártires. Concédeme la gracia de ser admitido entre el grupo de los que sacrifican su vida por Ti y haz que este sacrificio te sea totalmente agradable. Yo te alabo y te bendigo Padre Celestial por tu santísimo Hijo Jesucristo a quien sea dada la gloria junto al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos" (San Policarpo).

domingo, 22 de febrero de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”

1º Domingo de Cuaresma
Ciclo B
Evangelio: Marcos 1,12-15

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían.

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios:

«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva».

Palabra del Señor.


En aquel tiempo el Espíritu impulsó a Jesús hacia el desierto. Allí estuvo cuarenta días, viviendo entre las fieras y siendo tentado por Satanás, y los ángeles le servían. Y después de haber sido Juan llevado a la cárcel, Jesús fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de parte de Dios. Decía: “Ya se cumplió el plazo señalado, y el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Marcos 1, 12-15).

Desde el “miércoles de ceniza”, con la señal de la cruz marcada sobre nuestra frente, hemos sido exhortados a convertirnos y renovar nuestra fe. Hoy, en el marco de la misma exhortación con la cual termina el breve pasaje del Evangelio (Mc 1, 14-15), las lecturas bíblicas nos plantean tres temas de reflexión íntimamente relacionados entre sí: la alianza del Creador con la humanidad (Génesis 9, 8-15), la tentación a la que fue sometido Jesús para enseñarnos a vencer las fuerzas del mal  (Marcos 1, 12-13), y la renovación de la gracia que hemos recibido en el bautismo (1 Pedro 3, 18-22). Veamos cómo podemos aplicar estos temas a nuestra vida, diciéndole al Señor: enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas [Salmo 25 (24)].

1.- Dios quiere establecer una alianza con la humanidad

Los relatos de los primeros nueve capítulos del libro del Génesis, desde la creación del universo y del ser humano, pasando por el “pecado original” y sus consecuencias inmediatas, hasta el diluvio del cual fueron salvados Noé con su familia y un resto significativo de las demás criaturas, nos muestran a Dios como un ser compasivo que no quiere la destrucción sino la renovación, y para ello establece un pacto con Noé y sus descendientes.

El arco iris es presentado como un signo de ese pacto de Dios con la humanidad. Más adelante en el mismo libro del Génesis, Dios mismo insistirá en su voluntad inquebrantable de alianza al revelarse a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y en los libros del Éxodo y del Deuteronomio por medio de su revelación a Moisés y la promulgación de los diez mandamientos. Posteriormente, a través de los profetas, el Señor recordará constantemente el sentido de ese pacto que Él quiere mantener, buscando siempre caminos para el logro de una plena reconciliación de sus criaturas con Él y entre ellas. Así deberíamos también actuar nosotros en nuestra vida diaria: nunca darnos por vencidos en la búsqueda de una sociedad reconciliada, en la que se respete la vida y sepamos todos convivir como hermanos, hijos de un mismo Creador.   

2.- Jesús es sometido a la tentación para enseñarnos a vencer las fuerzas del mal

Después de ser proclamado “Hijo amado” de Dios en el bautismo que había recibido de Juan, y luego del encarcelamiento de éste por orden del rey Herodes, encontramos a Jesús en el desierto de Judea, dedicado a un retiro espiritual de cuarenta días. Se trata de un número simbólico que evoca, por ejemplo, la duración del diluvio según el libro del Génesis (7, 17), como también los 40 días que estuvo Moisés en el monte Sinaí comunicándose con Dios (Éxodo 24, 18), los 40 años que duró la peregrinación del pueblo hebreo por el desierto hacia la tierra prometida (Éxodo y Deuteronomio), y los 40 días de camino del profeta Elías también por el desierto hacia el monte Horeb -otro nombre del mismo Sinaí- para encontrarse con Dios (1 Reyes 19, 8-14).

Marcos, Mateo y Lucas, los tres evangelistas que narran tanto el bautismo de Jesús como su retiro al desierto, indican que este retiro lo hizo impulsado, llevado, conducido por el Espíritu. Lucas agrega el adjetivo “Santo” para indicar más explícitamente que fue un retiro motivado por el aliento vital de Dios que posteriormente reconocería la Iglesia en el Credo como la “tercera persona” de la Santísima Trinidad. Y es precisamente con el poder del mismo Espíritu Santo como Jesús vence la tentación que proviene de “Satanás”, palabra que significa “adversario” y con  la que es denominado en los Evangelios el poder del mal que se opone al Reino de Dios y pretende destruirlo.

El relato de Marcos es el más breve. No precisa cómo fue tentado Jesús -como sí lo hacen Mateo y Lucas narrando tres tipos de tentación-, pero incluye un detalle significativo que omiten los otros evangelistas: estuvo “viviendo entre las fieras”. Esta indicación parece presentar a Jesús como un nuevo Adán que sí es capaz de triunfar sobre la tentación original: la del egoísmo que nos lleva a dejar de reconocernos como criaturas para pretender “ser como dioses” sometiendo a los demás a nuestro servicio. También nosotros, especialmente en este tiempo de la Cuaresma, somos invitados a dejarnos mover por el Espíritu Santo hacia espacios de “desierto”, es decir, de silencio interior, con el fin de hacer una revisión a fondo de nuestras vidas y recibir la fuerza divina requerida para resistir y vencer la tentación.

3.- Dispongámonos a ser renovados con la gracia de Dios recibida en el bautismo

Jesús proclama que “está cerca el Reino de Dios”, es  decir, el poder del Amor que es Él mismo, disponible para todos y cada uno de nosotros si nos abrimos a Él y nos convertimos de corazón, es decir, si se opera en nosotros un cambio de mentalidad -que es lo que literalmente significa la palabra griega metanoia traducida como conversión-, para dejarnos impulsar por la acción del Espíritu Santo, salir de la esclavitud de nuestro egoísmo y ponernos en camino hacia la tierra prometida de la verdadera felicidad.

Es Cristo mismo, quien “murió por nuestro pecados una vez para siempre, el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios”, como dice la primera carta de Pedro en una de las lecturas de hoy, el que con la misma paciencia que Dios siempre ha tenido “desde los tiempos de Noé” para ofrecer a toda la humanidad su misericordia infinita, nos invita a reconocer nuestra necesidad de salvación. Expresemos pues nuestra sincera voluntad de conversión dándole un sentido auténtico a la Cuaresma: revisando mediante un sincero examen de conciencia en qué tenemos que cambiar para reorientar nuestra existencia según la voluntad de Dios (hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo), implorando su misericordia con la intención de ser también nosotros compasivos con los demás (perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos…)  y pidiendo la fuerza de su Espíritu para vencer todo cuanto se oponga al plan de Dios en nuestra vida  (no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal).

Gabriel Jaime Pérez, S.J.  

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 1º Domingo Cuaresma – Ciclo B

“A convertirnos y renovar nuestra fe” (Mc 1, 12-15)

viernes, 20 de febrero de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA: “Tener un hermano que te quiere es una experiencia fuerte, impagable, insustituible”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 18 de febrero de 2015 en la Plaza de San Pedro.


Catequesis sobre la Familia



Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

En nuestro camino de catequesis sobre la familia, después de haber considerado el rol de la madre, del padre y de los hijos, hoy es el turno de los hermanos. “Hermano”, “hermana”, son palabras que el cristianismo ama mucho. Y, gracias a la experiencia familiar, son palabras que todas las culturas y todas las épocas comprenden.

La unión fraterna tiene un lugar especial en la historia del pueblo de Dios, que recibe su revelación en el vivo de la experiencia humana. El salmista canta la belleza de la unión fraterna, y dice así: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” (Salmo 133, 1) Y esto es verdad, la fraternidad es bella. Jesucristo ha llevado a su plenitud también esta experiencia humana del ser hermanos y hermanas, asumiéndola en el amor trinitario y potenciándola así que va más allá de las uniones de parentesco y puede superar cualquier muro de extrañeza.

Sabemos que cuando la relación fraterna se estropea, se estropea esta relación entre hermanos, abre el camino a experiencias dolorosas de conflicto, de traición, de odio. El pasaje bíblico de Caín y Abel constituye el ejemplo de este éxito negativo. Después de la muerte de Abel, Dios pregunta a Caín: “¿Dónde está Abel, tu hermano?” (Gen 4, 9a). Es una pregunta que el Señor continúa repitiendo en cada generación. Y lamentablemente, en cada generación, no cesa de repetirse también la dramática respuesta de Caín: “No lo sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Gen 4,9b). Cuando se rompe la unión entre los hermanos, se convierte en algo feo y también malo para la humanidad. Y también en la familia, ¿cuántos hermanos han peleado por pequeñas cosas, o por una herencia? Y después no se saludan más, no se hablan más, es feo.

La fraternidad es algo grande. Pensar que los dos han vivido en el vientre de la misma madre durante nueve meses, vienen de la carne de la madre, y no se puede romper la fraternidad. Pensemos un poco, todos conocemos familias que tienen hermanos divididos, que se han peleado. Pensemos un poco y pidamos al Señor por estas familias, quizá en nuestra familia haya algunos casos, para que el Señor nos ayude a reunir a los hermanos, reconstituir la familia. La fraternidad no se debe romper, y cuando se rompe sucede esto que ha sucedido con Caín y Abel. Y cuando el Señor pregunta a Caín dónde está su hermano, “yo no lo sé, a mí no me importa mi hermano”. Esto es feo, es algo muy muy doloroso que escuchar. En nuestras oraciones, siempre recemos por los hermanos que se han dividido. 

La unión de fraternidad que se forma en la familia entre los hijos, se lleva a cabo en un clima de educación a la apertura a los otros, es la gran escuela de libertad y de paz. En la familia entre hermanos se aprende la convivencia humana, cómo se debe convivir en sociedad. Quizá no siempre somos conscientes, ¡pero es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo! A partir de esta primera experiencia de fraternidad, nutrida por los afectos y la educación familiar, el estilo de la fraternidad se irradia como una promesa sobre toda la sociedad y sus relaciones entre los pueblos.

La bendición que Dios, en Jesucristo, derrama sobre esta unión de fraternidad lo dilata de una forma inimaginable, haciéndole capaz de traspasar cualquier diferencia de nación, de lengua, de cultura e incluso de religión.

Pensad en qué se convierte la unión entre los hombres, también muy diferentes entre ellos, cuando pueden decir de otros: “¡Este es como mi hermano, es como una hermana para mí!” Es bonito esto, es bonito. La historia ha mostrado suficientemente, por otra parte, que también la libertad y la igualdad, sin la fraternidad, pueden llenarse de individualismo y de conformismo, también de interés.

La fraternidad en familia resplandece de forma especial cuando vemos la consideración, la paciencia, el efecto con el que se rodea al hermanito o la hermanita más débil, enfermo o que tiene alguna discapacidad. Los hermanos y las hermanas que hacen esto son muchísimos en todo el mundo, y quizá no apreciamos lo bastante su generosidad. Y cuando los hermanos son muchos en la familia, ahí he saludado una familia que tiene nueve, el más grande, la más grande ayuda al papá y la mamá a cuidar a los más pequeños y esto es bonito, este trabajo de ayuda entre los hermanos.

Tener un hermano, una hermana que te quiere es una experiencia fuerte, impagable, insustituible. De la misma forma sucede con la fraternidad cristiana. Los más pequeños, los más débiles, los más pobres deben enternecernos: tienen “derecho” de tomarnos el alma y el corazón. Sí, estos son nuestros hermanos y como tales debemos amarlos y tratarlos. Cuando esto sucede, cuando los pobres son como de casa, nuestra misma fraternidad cristiana retoma vida. Los cristianos, de hecho, van al encuentro de los pobres y débiles no por obedecer a un programa ideológico, sino porque la palabra y el ejemplo del Señor nos dicen que todos somos hermanos. Este es el principio del amor de Dios y de toda justicia entre los hombres.

Os sugiero una cosa, antes de terminar, me quedan pocas líneas, en silencio cada uno de nosotros, pensamos en nuestros hermanos y en nuestras hermanas. Pensamos, en silencio, y en silencio desde el corazón rezamos por ellos. Un instante de silencio. Con esta oración, les hemos llevado a todos, hermanos y hermanos, con el pensamiento, el corazón, aquí en la plaza para recibir la bendición.

Hoy más que nunca es necesario llevar de nuevo la fraternidad al centro de nuestra sociedad tecnocrática y burocrática: entonces también la libertad y la igualdad tomarán su justa entonación. Por eso, no privemos al corazón ligero de nuestras familias, por temor o por miedo, de la belleza de una amplia experiencia fraterna de hijos e hijas. Y no perdamos nuestra confianza en la amplitud de horizonte que la fe es capaz de sacar de esta experiencia iluminada por la bendición de Dios. Gracias.

jueves, 19 de febrero de 2015

PAPA FRANCISCO: “El Señor no se cansa nunca de tener misericordia de nosotros”


Homilía del Miércoles de Ceniza


Basílica de Santa Sabina, Roma


Nos hará bien, al inicio de esta Cuaresma, a todos, pero especialmente a los sacerdotes, el don de las lágrimas, para hacer nuestra oración y nuestro camino de conversión cada vez más auténtico y sin hipocresía. Nos hará bien hacernos la pregunta, ¿yo lloro? ¿el Papa llora? ¿los cardenales lloran? ¿los obispos lloran? ¿los consagrados lloran? ¿el llanto está en nuestras oraciones? Ésta ha sido la invitación del santo padre Francisco durante la celebración eucarística del Miércoles de Ceniza. Además, ha advertido que “los hipócritas no saben llorar, han olvidado cómo se llora. No piden el don de las lágrimas”.

A las 16.30, en la Iglesia de san Anselmo en el Aventino, ha habido un momento de oración, seguido por una procesión penitencial hacia la Basílica de Santa Sabina. En la procesión han participado también cardenales, arzobispos, obispos, monjes benedictinos de San Anselmo, los padres dominicos de Santa Sabina y algunos fieles. Al finalizar la procesión, en Santa Sabina se ha celebrado la misa.

En su homilía, el Pontífice ha recordado que hoy se comienza la Cuaresma, “tiempo en el que tratamos de unirnos más estrechamente al Señor Jesucristo, para compartir el misterio de su Pasión y su Resurrección”.

Asimismo ha señalado que la liturgia de este día propone el pasaje del profeta Joel, enviado por Dios a llamar al pueblo a la penitencia y a la conversión, por una calamidad que devasta Judea. “Solo el Señor puede salvar del flagelo y es necesario suplicarle con oraciones y ayunos, confesando el propio pecado”, ha afirmado. El profeta habla de conversión interior, “volved a mí con todo el corazón”. Por eso, Francisco ha explicado que “volver al Señor con todo el corazón significa emprender un camino de una conversión no superficial y transitoria, sino un itinerario espiritual que se refiere al lugar más íntimo de nuestra persona”. El corazón --ha observado-- es la sede de nuestros sentimientos, el centro en el que maduran nuestras elecciones, nuestras actitudes. Y ese “volved a mí con todo el corazón” no afecta solamente a los individuos, sino que se extiende a toda la comunidad, ha especificado el Papa.

Haciendo referencia al Evangelio de hoy, el Pontífice ha explicado que “Jesús relee las tres obras de piedad previstas por la ley de Moisés: la limosna, la oración y el ayuno”.

A propósito, el Papa ha recordado que con el tiempo estas disposiciones se habían visto arruinadas por el formalismo exterior o incluso se habían convertido en un signo de superioridad social. Y por eso Jesús subraya una tentación común a estas tres obras, que se puede resumir precisamente en la hipocresía.

De este modo, el Papa ha observado que cuando se realiza algo bueno, casi instintivamente nace en nosotros el deseo de ser estimados y admirados por esta buena acción. “Jesús nos invita a cumplir estas obras sin ninguna ostentación, y a confiar únicamente en la recompensa del Padre que ve en lo secreto”, ha recordado.

A continuación, el Santo Padre ha insistido en que el Señor “no se cansa nunca de tener misericordia de nosotros, y quiere ofrecernos una vez más su perdón, todos lo necesitamos, invitándonos a volver a Él con un corazón nuevo, purificado del mal, purificado por las lágrimas, para participar de su alegría”.

Para saber cómo acoger esta invitación, ha señalado el Papa, san Pablo en la segunda lectura de hoy hace una sugerencia: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. Este esfuerzo de conversión --ha añadido-- no es solamente una obra humana.

Así, el Papa ha asegurado que la reconciliación entre Dios y nosotros es posible gracias a la misericordia del Padre que, por amor a nosotros, no dudó en sacrificar a su Hijo. “En Él podemos convertirnos en justos, en Él podemos cambiar, si acogemos la gracia de Dios y no dejamos pasar en vano el momento favorable”, ha indicado.

Por otro lado, ha pedido que María Inmaculada nos sostenga en nuestro combate espiritual contra el pecado, “nos acompañe en este momento favorable, para que podamos llegar y cantar juntos la exultación de la victoria en la Pascua de la Resurrección”.

Finalmente, sobre el gesto de la imposición de la ceniza y la fórmula que pronuncia el celebrante, el Obispo de Roma ha indicado que son un recordatorio de la verdad de la existencia humana: “somos criaturas limitadas, pecadores cada vez más necesitados de penitencia y conversión”.