martes, 28 de junio de 2016

SANTORAL (audios): San Ireneo (28 de junio)




Oración

Señor, Dios nuestro, que otorgaste a tu obispo san Ireneo la gracia de mantener incólume la doctrina y la paz de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, renovarnos en fe y en caridad y trabajar sin descanso por la concordia y la unidad entre los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

domingo, 26 de junio de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: "Señor, te seguiré adondequiera que vayas"

13º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 9, 51-62

Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo.

Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». Él respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

Palabra del Señor.


«Señor, te seguiré adondequiera que vayas» (Lc 9, 57).

Las exigencias del servicio del Señor son el hilo conductor de las reflexiones que brotan de las lecturas de hoy.

Durante la misteriosa teofanía en el monte Horeb, Elías recibe de Dios el mandato de consagrar profeta a Eliseo. Bajado del monte lo encontró arando; «pasó a su lado y le echó encima su manto» (1 Re 19, 19); este gesto profético significaba la misión profética de que le investía. La respuesta fue inmediata: Eliseo dejó los bueyes -«doce pares» precisa el sagrado texto, era, pues, rico- y corrió en pos de Elías. Sólo una cosa le pide: «Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo» (ib 20). Detalle conmovedor, por humanísimo, que muestra cómo la llamada divina no hace al hombre insensible a los afectos familiares, aunque le pida su sacrificio, cuando es necesario, para dedicarse enteramente al servicio de Dios y del prójimo. Dios tiene el derecho de pedir al hombre dejarlo todo -profesión, haberes, casa, familia- para seguir su llamamiento.

En el paso evangélico de Lucas que hoy se lee (9, 51-62) hay un paralelismo muy pronunciado con este episodio. Después de la teofanía del Tabor, Jesús emprende con los apóstoles un largo viaje hacia Jerusalén, donde será procesado y crucificado. Por el camino encuentra tres candidatos a discípulos, que representan a los innumerables que querrán seguirle a lo largo de los siglos, y a los que les precisa las condiciones de su seguimiento.

«Te seguiré adonde vayas» (ib 57), dice el primero; y el Señor replica: «Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido; pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (ib 58). El que quiera seguir a Cristo no puede pretender seguridad o ventajas terrenas. Al segundo le dirige Jesús una invitación perentoria como un mandato: «Sígueme» (ib 59), y a éste, lo mismo que al tercero que solicita una espera en favor de sus familiares, no duda Jesús en declararle que es preciso seguir sin dilación su llamada. Hay casos en que un aplazamiento o el pensarlo demasiado podrían comprometerlo todo: «El que echa la mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios» (ib 62).

El Cardenal Roncalli decía hablando a los clérigos: «Dejamos nuestra tierra y nuestra familia, no perdiendo el amor a la tierra y a la familia, sino elevando este amor a un significado más alto y más vasto... ¡Ay de nosotros si seguimos pensando en una casa cómoda..., en un tenor de vida que nos procure gloria, honores o satisfacciones mundanas!» (Venecia, 3 marzo 1957).

Es claro que estas exigencias están ligadas a una vocación particular: sacerdotal, religiosa o semejante. Pero no se piense que no interesan para nada al simple fiel. A todos -aun en la vida familiar, profesional o social- les puede sonar la hora en que se imponga tomar una actitud de entrega heroica, pagada a precio bien caro. Hay que tener entonces el valor de meditar también estas palabras fuertes del Evangelio para reaccionar contra la concepción de un cristianismo mediocre, fácil, perezoso y reducido a la medida de las comodidades e intereses propios.

En la segunda lectura (GI 1, 13-18) recuerda San Pablo que el cristiano ha sido llamado por Cristo a la libertad: pero que ésta no ha de ser confundida con el capricho o la comodidad propia, que antes o después llevan a la esclavitud del pecado, sino que debe servir a la caridad: «sed esclavos unos de otros por amor» (ib 13). El servicio generoso de los hermanos, aceptado por amor de Dios, libra del egoísmo como ninguna otra cosa y no es raro que exija sacrificios semejantes a los que insinuó Jesús a los tres candidatos a discípulos que encontró en su camino hacia Jerusalén.


“Digo al Señor: Señor mío, tú eres mi bien, nada hay fuera de ti... Señor la parte de mi herencia y de mi copa; tú mi suerte aseguras...; mi heredad es primorosa para mí.

Bendigo al Señor que me aconseja; aun de noche mi conciencia me instruye. Pongo al Señor ante mí sin cesar; porque él está a mi derecha, no vacilo. Por eso se me alegra el corazón, mis entrañas retozan, y hasta mi carne en seguro descansa...

Me enseñarás el camino de la vida, hartura de goces delante de tu rostro; a tu derecha, delicias para siempre.” (Salmo 16, 2.5-11).

“Señor Jesús, te lo ruego, ordena mis afectos; siento un gran temor de faltar a lo que te debo, a los celos de tu amor, a la intimidad de tu ternura. Tú ves a quién y cómo amo, y que no me reservo; te doy plenos poderes, me pongo a tu disposición: corta, mortifica, conserva, purifica, santifica, haz brotar. Sólo te pido que nada en mí turbe tu mirada de complacencia...

Oh Señor, tú ves que sólo deseo agradarte, pero ves también que soy miserable, mundano, apegado a la belleza creada, pobre de toda sólida virtud, inestable, nervioso y débil. Defiéndeme contra mi debilidad y haz que a toda costa sea tuyo como tú quieres que lo sea. Ignoro la medida de tu gracia, ignoro los designios de tu providencia; siento que no puedo menos de desfallecer y caer, disiparme y abandonar tus caminos, y buscarme a mí mismo aun en el bien que hago. ¡Ten piedad de mí, Señor!” (L. de Grandmaison, Vida, de Lebretón).



Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 13º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

“Te seguiré adondequiera que vayas” (Lc 9,51-62)

jueves, 23 de junio de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Jesús nunca es indiferente a la oración humilde y confiada”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 22 de junio de 2016



Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios



“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

“Señor, si quieres, puedes purificarme!” (Lc 5, 12): Es la petición que hemos escuchado dirigir a Jesús por un leproso. Este hombre no pide solamente ser sanado, sino ser “purificado”, es decir, resanado integralmente, en el cuerpo y en el corazón. De hecho, la lepra era considerada una forma de maldición de Dios, de impureza profunda. El leproso tenía que estar lejos de todos, no podía acceder al templo ni a ningún servicio divino. Lejos de Dios y lejos de los hombres. Triste vida hacía esta gente.

A pesar de eso, ese leproso no se resigna ni a la enfermedad ni a las disposiciones que hacen de él un excluido. Para llegar a Jesús, no temió infringir la ley y entrar en la ciudad, cosa que no tenía que hacer, que era prohibido, y cuando lo encontró “se postró ante él y le rogó: ‘Señor, si quieres, puedes purificarme’”.

¡Todo lo que este hombre considerado impuro hace y dice es expresión de su fe! Reconoce el poder de Jesús: está seguro que tiene el poder de sanarlo o que todo depende de su voluntad. Esta fe es la fuerza que le han permitido romper toda convicción y buscar el encuentro con Jesús, arrodillándose delante de Él y llamarlo ‘Señor’.

La súplica del leproso muestra que cuando nos presentamos a Jesús no es necesario hacer largos discursos. Bastan pocas palabras, siempre y cuando estén acompañadas por la plena confianza en su omnipotencia y en su bondad. Confiarse a la voluntad de Dios significa de hecho entrar en su infinita misericordia.

Aquí hago una confidencia personal: por la noche, antes de ir a la cama, rezo esta breve oración: “Señor si quieres puedes purificarme” y rezo cinco Padre Nuestro, uno por cada llaga de Jesús, porque Jesús nos ha purificado con las llagas. Esto lo hago yo, y lo pueden hacer también todos en su casa. Y decir: “Señor, si quieres puedes purificarme”. Pensar en las llagas de Jesús y decir un Padre Nuestro por cada una. Y Jesús nos escucha siempre.

Jesús es profundamente tocado por este hombre. El Evangelio de Marcos subraya que “Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: ‘Lo quiero, queda purificado’”(1,41). El gesto de Jesús acompaña sus palabras y hace más explícita la enseñanza. Contra la disposición de la Ley de Moisés, que prohibía acercarse a un leproso  (cfr Lv 13,45-46), Jesús, contra la prescripción, extiende la mano e incluso lo toca.

¡Cuántas veces encontramos a un pobre que viene a nuestro encuentro! Podemos ser incluso generosos, podemos tener compasión, pero normalmente no lo tocamos. Le damos una moneda, pero evitamos tocar la mano, la tiramos ahí. ¡Y olvidamos que eso es el cuerpo de Cristo! Jesús nos enseña a no tener miedo de tocar al pobre y excluido, porque Él está en ellos.

Tocar al pobre puede purificarnos de la hipocresía e inquietarnos por su condición. Tocar a los excluidos. Hoy me acompañan aquí estos chicos. Muchos piensan de ellos que sería mejor que se hubieran quedado en su tierra, pero allí sufrían mucho. Son nuestros refugiados. Pero muchos les consideran excluidos. Por favor, son nuestros hermanos. El cristiano no excluye a nadie, da sitio a todos, deja venir a todos.

Después de haber sanado al leproso, Jesús le pide que no hable con nadie, pero le dice: “Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio” (v. 14).

Esta disposición de Jesús muestra al menos tres cosas. La primera: la gracia que actúa en nosotros no busca el sensacionalismo. Normalmente esta se mueve con discreción y sin clamor. Para medicar nuestras heridas y guiarnos en el camino de la santidad, esta trabaja modelando con paciencia nuestro corazón sobre el Corazón del Señor, para asumir cada vez más los pensamientos y los sentimientos.

La segunda: haciendo verificar oficialmente la sanación a los sacerdotes y celebrando un sacrificio expiatorio, el leproso es readmitido en la comunidad de los creyentes y en la vida social. Su reintegro contempla la sanación. ¡Como él mismo había suplicado, ahora está completamente purificado! Finalmente, presentándose a los sacerdotes el leproso les da testimonio sobre Jesús y su autoridad mesiánica. La fuerza de la compasión con la que Jesús ha sanado al leproso ha llevado la fe de este hombre a abrirse a la misión. Era un excluido ahora es uno de nosotros.

Pensemos en nosotros, en nuestras miserias. Cada uno tiene la propia, pensemos con sinceridad. ¡Cuántas veces las cubrimos con la hipocresía de las “buenas maneras”! Y precisamente entonces es necesario estar solos, ponerse de rodillas delante de Dios y rezar: “Señor, si quieres, puedes purificarme”. Y es necesario hacerlo, hacerlo antes de ir a la cama, todas las noches. Y ahora hacemos esta bonita oración: ‘Señor si quieres, puedes purificarme’. Todos juntos, tres veces, todos: ‘Señor, si quieres, puedes purificarme. Señor, si quieres, puedes purificarme. Señor, si quieres, puedes purificarme’. Gracias”.

martes, 21 de junio de 2016

SANTORAL (audios): San Luis Gonzaga (21 de junio)




Oración a San Luis Gonzaga

¡Oh Luis Santo adornado de angélicas costumbres! Yo, indigno devoto vuestro os encomiendo la castidad de mi alma y de mi cuerpo, para que os dignéis encomendarme al Cordero Inmaculado, Cristo Jesús, y a su purísima Madre, Virgen de vírgenes, guardándome de todo pecado. No permitáis, Angel mío, que manche mi alma con la menor impureza; antes bien, cuando me viereis en la tentación o peligro de pecar, alejad de mi corazón todos los pensamientos y afectos impuros; despertad en mí la memoria de la eternidad y de Jesús Crucificado; imprimid hondamente en mi corazón un profundo sentimiento de temor santo de Dios, y abrasadme en su divino amor, para que así, siendo imitador vuestro en la tierra, merezca gozar de Dios en vuestra compañía en la gloria. Amén

domingo, 19 de junio de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: "El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo"

12º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 9, 18-24

Y sucedió que mientras Jesús estaba orando a solas, se hallaban con Él los discípulos y Él les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos había resucitado». Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contestó: «El Cristo de Dios». Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.

Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día». Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará».

Palabra del Señor.


«Oh Señor, mi alma se aprieta contra ti para seguirte» (SI 63, 9).

El profeta Zacarías hablando de la época mesiánica, la describe como el templo en el que Dios derramará para Jerusalén «un espíritu de gracia y de clemencia» (12, 10). Pero esa alegría será turbada por la muerte violenta de un personaje misterioso, «a quien traspasaron» (ib), por el que todo el pueblo llorará amargamente. Es una profecía del Mesías doliente que reaparece bajo otra forma en los vaticinios de Isaías sobre el Siervo de Yahvé, «herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas» (53, 5).

Asistiendo a la muerte de Jesús, Juan se acordará de las palabras de Zacarías y más tarde las referirá en su evangelio para comprobar que en el Cristo crucificado y atravesado con una lanza se habían cumplido las Escrituras (Jn 19, 37). Jesús mismo había sido el primero en hacer esta confrontación cuando, queriendo dar a sus discípulos una idea exacta de su persona y de su misión, les había anunciado los sufrimientos que le aguardaban.

Al fin de su primer año de ministerio, Jesús reúne en torno a sí a los discípulos y después de haberse entretenido con ellos en oración —pues que nadie puede comprender a Cristo si el Padre no le ilumina—, descorre el velo de su misterio. Ante todo les pregunta: «Quién dice la gente que soy yo?» (Lc 9, 18-20). Si las multitudes le tienen por profeta, los discípulos admitidos a su intimidad, testigos de sus milagros y destinatarios privilegiados de sus enseñanzas, tienen que haber captado algo más.

Y Pedro responde en nombre de todos: Tú eres «el Mesías de Dios» (ib). La respuesta es exacta; es eco de la profecía de Isaías sobre «el Ungido del Señor», enviado «a anunciar la buena nueva a los pobres» (61, 1). Pero no es eso todo. Y Jesús la completa hablando por vez primera de su pasión: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser... ejecutado» (Lc 9, 22). Así se presenta como el Siervo de Yahvé, «despreciable y deshecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias» (Is 53, 3). Para los discípulos que lo mismo que sus compatriotas pensaban sólo en un Mesías-rey, esta revelación hubo de ser muy dura y turbadora.

Pero Jesús no da pie atrás, antes prosigue avisándoles que también ellos habrán de pasar por el camino del sufrimiento: «El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo» (Lc 9, 23). El irá delante para dar ejemplo, y llevará el primero la cruz; el que quiera ser su discípulo, deberá imitarle, y no una vez sola, sino «cada día», negándose a sí mismo —voluntad, inclinaciones, gustos— para conformarse con el Maestro sufriente y crucificado.

«Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo» —dice San Pablo— (GI 3, 27); revestidos de su pasión y de su muerte. Como bautizado en la muerte de Cristo, el cristiano debe vivir a imagen del que antes de ser glorificado fue el «varón de dolores». Y como la pasión del Señor desembocó en la alegría de la resurrección, así el cristiano que lleve la cruz hasta perder la vida por Cristo, la salvará encontrándola en él en la gloria eterna.



Oh Cristo, Hijo de Dios, meditando tu pasión y muerte, resuena en mi alma tu palabra divina: «Yo no te amé fingidamente». Esta frase me hiere con dolor mortal, porque me abre los ojos del alma y comprueba la verdad de esa afirmación. Veo las obras de tu amor, veo cuánto has hecho, Hijo de Dios, para manifestarme tu amor. Descubro cuánto has soportado durante la vida y en la muerte, siempre por el desmedido amor que me tienes. Veo en ti todas las señales de un amor cierto, y no puedo en modo alguno dudar de la verdad de esas palabras: no fingidamente, sino con amor perfectísimo y entrañable me has amado.

Considero luego cómo en mí acaece lo contrario, que te amo insinceramente y con mentira. Es tan grande el dolor de mi alma, que exclama: «Maestro, lo que dices que no hay en ti, lo hay por desgracia en mí. Porque nunca te amé sino con engaño y mentira. Nunca quise acercarme a ti para compartir los dolores que llevaste por mí. Nunca te serví sino fingidamente y no con sinceridad».

Veo cómo tú me has amado de veras, descubro en ti todas las señales y las obras del más verdadero amor, cómo te has dado todo en servicio mío y te has acercado a mí hasta hacerte hombre y sentir en ti mis dolores. Y tú dices: «Todos los que me amaren e imitaren mi pobreza, mi dolor y mi humildad, esos serán mis hijos legítimos. Los que tuvieren su espíritu fijo en mi pasión y muerte, donde está la verdadera salud y no en otra parte, esos serán mis hijos legítimos». (Cf. Beata Ángela de Foligno, El libro de la B. Angela, II).



Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 12º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

¿Quién es Jesucristo para mí?   (Lc 9,18-24)  

miércoles, 15 de junio de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “El camino de la fe es pasar de mendigos a discípulos”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 15 de junio de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios


“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Un día Jesús, acercándose a la ciudad de Jericó, realizó el milagro de devolver la vista a un ciego que mendigaba por la calle (cfr Lc 18,35-43). Hoy queremos recoger el significado de este signo porque nos toca también directamente. El evangelista Lucas dice que el ciego estaba sentado en el borde del camino para mendigar (cfr v. 35). Un ciego en aquella época –pero también hasta hace poco tiempo– solo podía vivir de la limosna. La figura de este ciego representa a muchas personas que, también hoy, se encuentran marginadas por culpa de una desventaja física o de otro tipo. Y separado de la multitud, está allí sentado mientras la gente pasa ocupada en sus pensamientos; y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él sin embargo es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa y él está solo.

Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, el espléndido y glorioso oasis en el desierto. Sabemos que precisamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al terminar el largo éxodo desde Egipto: esa ciudad representa la puerta de ingreso a la tierra prometida.

Recordamos las palabras que Moisés pronuncia en esa circunstancia, decía así: “Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Ábrele tu mano y préstale lo que necesite para remediar su indigencia. No abrigues en tu corazón estos perversos pensamientos: «Ya está cerca el séptimo año, el año de la remisión», mirando por eso con malos ojos a tu hermano pobre, para no darle nada. Porque él apelaría al Señor y tú te harías culpable de un pecado. Cuando le des algo, lo harás de buena gana. Así el Señor te bendecirá en todas tus obras y en todas las empresas que realices. Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano el pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra”.

Es estridente el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita por el Evangelio: mientras que el ciego grita, este tenía buena voz, invocando a Jesús, la gente lo regaña para hacer callar. Como si no tuviera derecho de hablar. No tienen compasión por él, es más, les molestan sus gritos.

Cuántas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en el camino, gente necesitada, enferma, que no tiene para comer, nos molesta. Cuántas veces nosotros cuando nos encontramos delante de tantos refugiados nos molesta. Es una tentación, todos tenemos esto, también yo, todos. Y por eso la palabra de Dios nos enseña. La indiferencia y la hostilidad hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad. Y esta indiferencia y hostilidad se convierte en agresión y también insulto: ‘echad a todos estos, ponedlos en otra parte’. Esta agresión, es lo que hacía la gente cuando el ciego gritaba: ‘vete, no hables’.

Notamos una particularidad interesante. El Evangelista dice que alguno de la multitud explicó al ciego el motivo de toda esa gente diciendo: “¡Pasa Jesús, el Nazareno!” (v. 37). El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el que el libro del Éxodo nos habla del paso del ángel exterminador que salva a los israelitas en tierra de Egipto (cfr Ex 12,23). Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación.

Cuando pasa Jesús siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego por tanto es como si le fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces a Jesús reconociéndole como el Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos (cfr Is 35,5).

A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a esta su súplica tiene una poderosa eficacia. De hecho, al oírlo, “Jesús se paró y ordenó que lo llevaran a él” (v. 40). Así Jesús quitó al ciego de la orilla del camino y lo puso en el centro de la atención de sus discípulos y de la multitud. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles también en situaciones de pecado, como ha sido Jesús el que nos ha tomado de la mano y nos ha quitado del borde del camino. 

Se realiza así un doble paso. Primero: la gente había anunciado una buena noticia al ciego, pero no querían tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia de que el buen anuncio implica poner en el centro del propio camino a aquel que estaba excluido.

Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino de la salvación, y él se encuentra en medio de los que habían salido a la calle para ver a Jesús. El paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos entorno a Él para permitir reconocer a quien está necesitado de ayuda y consuelo.

También en nuestra vida Jesús pasa. Y cuando pasa Jesús y me doy cuenta, es una invitación a acercarme a él, a ser más bueno, a ser mejor cristiano y seguir a Jesús. Jesús se dirige al ciego y le pregunta: “Qué quieres que haga por ti?” (v. 41). Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un siervo humilde. Él, Jesús, Dios, ¿qué quieres que haga? ¿cómo quieres que te sirva? Dios se hace siervo del hombre pecador.

Y el ciego responde a Jesús no solo llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde el principio aplica a Jesús Resucitado. El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: “Recupera la vista, tu fe te ha salvado” (v. 42). Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo encontrarle absolutamente, y esto le ha llevado como regalo la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús. Por esto el pasaje termina señalando que el ciego “ siguió a Jesús, glorificando a Dios” (v. 43).

Se hace discípulo, de mendigo a discípulo, también este es nuestro camino. Todos somos mendigos, todos, siempre necesitamos salvación. Y todos nosotros, todos los días tenemos que hacer este paso, de mendigo a discípulo. El ciego  poniéndose en camino detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel al que querían hacer callar, ahora da testimonio en voz alta de su encuentro con Jesús de Nazaret, y “al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios” (v. 43).

Sucede un segundo milagro: lo que ha sucedido al ciego hace que también la gente vea finalmente. La misma luz ilumina a todos reuniéndoles en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: les llama, les hace ir con Él, les reúne, les sana y les ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso. Dejémonos también nosotros llamar por Jesús, sanar por Jesús, perdonar por Jesús y vamos detrás de Él alabando a Dios. Así sea”.

domingo, 12 de junio de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: "Misericordia, Dios mío por tu bondad, por tu gran compasión, borra mi culpa"

11º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 7,36 - 8,3

Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de Él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume.

Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora. Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte». Él dijo: «Di, maestro». «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?». Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más». Él le dijo: «Has juzgado bien», y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra».

Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Pero Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

Y sucedió a continuación que iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Palabra del Señor.


«Señor perdona mi pecado» (SI 32, 5).

El rey David había pecado; obcecado por la pasión había hecho morir a Urías para apoderarse de su mujer. El profeta Natán, enviado por Dios, le quiere dar a entender, por medio de un apólogo, la gravedad de su culpa. El rey se irrita ante el relato acerca del rico ganadero que para aderezar la comida a un huésped roba la única oveja de un pobre. Pero cuando Natán le dice: «Tú eres ese hombre» (2 Sm 12, 7), comprende y llora su pecado. Dios lo había hecho ungir rey, le había dado riquezas y toda suerte de bienes, pero no le había bastado, y despreciando la ley divina, había arrebatado la mujer ajena. La culpa es grave; sin embargo, Dios le perdona porque David reconoce su culpa y confiesa humildemente: «He pecado contra el Señor» (ib 13). Resta expiar la pena: «El hijo que te ha nacido morirá sin remedio» (ib 14). La misericordia de Dios perdona al pecador que reconoce su culpa y la misma misericordia le castiga para que no peque más.

Los temas de la misericordia y del perdón divinos vuelven en el Evangelio, pero a una luz nueva, la de la salvación ya en acto. Dios no envía más a los profetas a redargüir a los pecadores; ha enviado a su Hijo para salvarlos y éste los va buscando por doquiera, en las casas y en las calles. Ahí está Jesús en casa del Fariseo que le ha invitado a comer más con intención crítica que amistosa; y mientras está a la mesa, se deja besar y ungir los pies por una mujer pecadora. Simón se incomoda por el atrevimiento: «Si éste fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que le está tocando» (Lc 7, 39).

También él, como David —y con mucha menos razón—se escandaliza de las acciones de los otros, sin ocurrírsele examinar las propias. Pero Jesús, como Natán, procura iluminar con un apólogo al fariseo. De dos deudores a los que les fue condonada una deuda, ¿cuál amará más? «Aquel a quien se le perdonó más» (ib 43), responde Simón; y no se da cuenta de que, como en el caso de David, en su respuesta está su condenación. La mujer ha cometido muchos pecados, es cierto; pero se le perdonan por el gran amor demostrado en el gesto de bañar con lágrimas los pies del Señor, secarlos con sus cabellos, besarlos y perfumarlos con un ungüento. Simón no ha cometido «muchos pecados» (ib 47), pero tiene el corazón cerrado al amor —«no me diste el beso... No ungiste mi cabeza con aceite» (ib 45-46)— y abierto más bien a la crítica, pronto a escandalizarse. Si Simón reconociese su culpa — sobre todo la manía de sorprender al Salvador en culpa— quedaría perdonado y la misericordia de Dios derramándose en él lo llenaría de amor.

El perdón de los pecados es a la vez iniciativa de amor misericordioso de Dios y respuesta del amor arrepentido del hombre. Cuanto más por motivo de amor se arrepiente el hombre, tanto más abundante es el perdón de Dios, hasta borrar no sólo la culpa sino la pena. Jesús no impone una penitencia a la mujer pecadora; y eso no sólo porque el amor de ella es grande, sino porque él mismo la ha tomado sobre sí ofreciendo su vida por los pecados de los hombres.


Señor, te ofrezco mi pasado y lo confío a tu misericordia, esperando ser perdonado sólo por tu bondad; no intentaré excusarme, ni asegurarme del pasado presentándote algún mérito, alguna buena acción, reparación o resolución buena; tanto para el pasado como para el futuro me remito a tu misericordia.

Me pongo delante de fi, oh Dios santo, con el recuerdo doloroso de mi pecado y de la traición al amor, con la certeza de mi fragilidad e impotencia, pero confiado en tu amor maravilloso, nunca harto y que nunca me ha faltado. ¡Ten piedad de mí! Desconfía de mí, estate a mi lado, porque sabes lo reacio y caprichoso que soy apenas aflojas la vigilancia. Sin embargo, Señor, no aprietes más allá de mis fuerzas, que son débiles hasta el ridículo; tómame como soy y como estoy hecho, para rehacerme a tu modo y ser así capaz de seguir tu voluntad.

Ni siquiera oso decirte que te quiero. Querría podértelo probar, pero mira que ya para eso necesito de ti: no puedo amarte sin que tú me ames. Oh Dios, crea en mí un corazón nuevo... Haz de mí un verdadero hijo, digno del Reino y de la promesa, un hijo sobre el que caiga tu sangre, en el que circule tu vida... Sé que no tengo fuerza... estate siempre conmigo, trabaja conmigo, combate en mí. Señor, me ruborizo al ofrecerte mi amor contrito. (P.Lyonnet, Escritos espirituales).



Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 11º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

A más amor, mayor perdón (Mt 7,36-8,3)  

sábado, 11 de junio de 2016

VIVENCIAS PERSONALES: Camino a Medjugorje, como un peregrino más

Queridos amigos y hermanos del blog: días pasados un querido amigo me invitó a peregrinar a Medjugorje, del 8 al 12 de agosto, acompañando una peregrinación organizada por la Parròquia Sant Pere de Rubí de Barcelona. 

Quedan muy pocas plazas disponibles. Hay tiempo de apuntarse hasta fines del corriente mes de junio. ¿Quieres apuntarte? Lo puedes hacer de la siguiente manera:

-  Comunícate conmigo por mensaje privado en mi perfil personal de FACEBOOK

- Comunícate con la oficina de "Peregrina y Evangeliza", al teléfono 658118092, o escribe a su correo electrónico: grupos.pye@gmail.com

Desde ya comprometo mi oración por todos vosotros en esos intensos días de peregrinación y oración junto a la Santísima Virgen.

Con mi bendición.
Padre José Medina.


REFLEXIONES EN EL AÑO DE LA MISERICORDIA (audios): ¿Cuál es el efecto de las obras de misericordia?


DECIMO SEGUNDO PROGRAMA DEL CICLO





jueves, 9 de junio de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “'Haced lo que él os diga' es la herencia de María Santísima entregada a todos nosotros”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 8 de junio de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Antes de comenzar la catequesis quisiera saludar a un grupo de parejas que celebran el 50º aniversario de matrimonio. Eso sí que es el vino bueno de la familia. El vuestro es un testimonio que tiene que aprender los recién casados y los jóvenes a quienes saludaré después. Un bonito testimonio, gracias por vuestro testimonio.

Después de haber comentado algunas parábolas de la misericordia, hoy nos detenemos en el primer milagro de Jesús, que el evangelista Juan llama ‘signos’, porque Jesús no los hizo para suscitar maravilla, sino para revelar el amor del Padre. El primero de estos signos prodigiosos es contado precisamente por Juan (2, 1-11) y se cumple en Caná de Galilea. Se trata de una especie de “puerta de ingreso”, en la que están talladas palabras y expresiones que iluminan todo el misterio de Cristo y abren el corazón de los discípulos a la fe. Veamos algunas.

En la introducción encontramos la expresión “Jesús con sus discípulos” (v. 2). Aquellos a los que Jesús ha llamado a seguirlo, les ha unido a sí en una comunidad y ahora como una única familia, están todos invitados a la boda.

Comenzando su ministerio público en las bodas de Caná, Jesús se manifiesta como el esposo del Pueblo de Dios, anunciado por los profetas y nos revela la profundidad de las relaciones que nos une a Él: es una nueva Alianza de amor.

¿Qué hay en el fundamento de nuestra fe? Un acto de misericordia con la que Jesús nos ha unido a Él. Y la vida cristiana es la respuesta y este amor es como la historia de dos enamorados. Dios y el hombres se encuentran, se buscan, se encuentran, se celebran y se aman: precisamente como el amado y la amada en el Cantar de los Cantares. Todo lo demás viene como consecuencia de esta relación. La Iglesia es la familia de Jesús en la que se vierte su amor; es este el amor que la Iglesia cuida y quiere dar a todos.

En el contexto de la Alianza se comprende también la observación de la Virgen: “No tienen vino” (v. 3). ¿Cómo es posible celebrar las bodas y hacer fiesta si falta lo que los profetas indicaban como un elemento típico del banquete mesiánico? (cfr Am 9,13-14; Gl 2,24; Is 25,6). El agua es necesaria para vivir, pero el vino expresa la abundancia del banquete y la alegría de la fiesta.

¡Una fiesta de boda donde falta el vino hace sentir vergüenza a los recién casados, imaginen terminar la fiesta de la boda bebiendo té! Sería una vergüenza. El vino es necesario para la fiesta. Transformando en vino el agua de la ánforas utilizadas “para la purificación ritual de los judíos” (v. 6), Jesús cumple un signo elocuente: transforma la Ley de Moisés en Evangelio, portador de alegría. Como dice en otra parte el mismo Juan: “porque la Ley fue dada por medio de Moisés,  pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo” (1,17).

Las palabras que María dirige a los sirvientes coronan el cuadro esponsal de Caná: “Haced lo que él os diga” (v. 5). Es curioso, son sus últimas palabras transmitidas por los Evangelios: son su herencia entregada a todos nosotros. También hoy la Virgen nos dice, ‘haced lo que Jesús os diga’.

¡Esta es la herencia que nos ha dejado y es bonito! Se trata de una expresión que reclama la fórmula de fe utilizada por el pueblo de Israel al Sinaí en respuesta a las promesas de la alianza: “Lo que el Señor ha dicho, lo haremos” (Es 19,8). Y en efecto en Caná los sirvientes obedecen. “Jesús dijo a los sirvientes: ‘Llenen de agua estas tinajas’. Y las llenaron hasta el borde. Saquen ahora, agregó Jesús y lleven al encargado del banquete. Así lo hicieron” (vv. 7-8).

En esta boda, realmente viene estipulada una Nueva Alianza y a los sirvientes del Señor, es decir a toda la Iglesia, se le confía una nueva misión: “¡Haced lo que él os diga!”. Servir al Señor significa escuchar y poner en práctica su Palabra. Es la recomendación sencilla pero esencial de la Madre de Jesús y es el programa de vida del cristiano.

Para cada uno de nosotros, recibir de la ánfora equivale a encomendarse a la Palabra de Dios para experimentar su eficacia en la vida. Entonces, junto al jefe del banquete que ha probado el agua que se convierte en vino, también nosotros podemos exclamar: “Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento” (v. 10). Sí, el Señor continúa reservando el vino bueno para nuestra salvación, así como continúa brotando del costando traspasado del Señor.

La conclusión del pasaje suena como una sentencia:“Este fue el primero de los signos de Jesús y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él” (v. 11). Las bodas de Caná son mucho más que la simple historia del primer milagro de Jesús. Como un tesoro, Él custodia el secreto de su persona y la finalidad de su venida: el esperado Esposo comienza en las bodas que se cumplen en el Misterio pascual. En esta boda Jesús une a sí a sus discípulos con una Alianza nueva y definitiva. En Caná los discípulos de Jesús se convierten en su familia y nace la fe de la Iglesia. Todos nosotros estamos invitados a esa boda, ¡porque el vino nuevo no se puede perder!