martes, 21 de octubre de 2014

IGLESIA HOY: Mensaje del Sínodo Extraordinario de los Obispos sobre la Familia

Queridos amigos y hermanos del blog: el Sínodo Extraordinario de los Obispos sobre la Familia, convocado por el Papa Francisco y realizado desde el 5 de octubre, presentó al concluir el “Mensaje de la Asamblea del Sínodo sobre los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización”, en el que abordan las dificultades que afrontan las familias y el papel de la Iglesia en su evangelización.

Esta conclusión del Sínodo Extraordinario de los Obispos sobre la Familia es solo una etapa, que se completará con la celebración, el próximo año, del Sínodo Ordinario de los Obispos sobre la Familia. Tras este, se espera que el Papa Francisco publique una Exhortación Post Sinodal.

A continuación, les comparto el texto completo del mensaje, difundido por la Oficina de Prensa de la Santa Sede:

Los Padres Sinodales, reunidos en Roma junto al Papa Francisco en la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, nos dirigimos a todas las familias de los distintos continentes y en particular a aquellas que siguen a Cristo, que es camino, verdad y vida. Manifestamos nuestra admiración y gratitud por el testimonio cotidiano que ofrecen a la Iglesia y al mundo con su fidelidad, su fe, su esperanza y su amor.

Nosotros, pastores de la Iglesia, también nacimos y crecimos en familias con las más diversas historias y desafíos. Como sacerdotes y obispos nos encontramos y vivimos junto a familias que, con sus palabras y sus  acciones, nos mostraron una larga serie de esplendores y también de dificultades.

La misma preparación de esta asamblea sinodal, a partir de las respuestas al cuestionario enviado a las Iglesias de todo el mundo, nos permitió escuchar la voz de tantas experiencias familiares. Después, nuestro diálogo durante los días del Sínodo nos ha enriquecido recíprocamente, ayudándonos a contemplar toda la realidad viva y compleja de las familias.

Queremos presentarles las palabras de Cristo: “Yo estoy ante la puerta y llamo, Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Como lo hacía durante sus recorridos por los caminos de la Tierra Santa, entrando en las casas de los pueblos, Jesús sigue pasando hoy por las calles de nuestras ciudades.

En sus casas se viven a menudo luces y sombras, desafíos emocionantes y a veces también pruebas dramáticas. La oscuridad se vuelve más densa, hasta convertirse en tinieblas, cundo se insinúan el mal y el pecado en el corazón mismo de la familia.

Ante todo, está el desafío de la fidelidad en el amor conyugal. La vida familiar suele estar marcada por el debilitamiento de la fe y de los valores, el individualismo, el empobrecimiento de las relaciones, el stress de una ansiedad que descuida la reflexión serena. Se asiste así a no pocas crisis matrimoniales, que se afrontan de un modo superficial y sin la valentía de la paciencia, del diálogo sincero, del perdón recíproco, de la reconciliación y también del sacrificio. Los fracasos dan origen a nuevas relaciones, nuevas parejas, nuevas uniones y nuevos matrimonios, creando situaciones familiares complejas y problemáticas para la opción cristiana.

Entre tantos desafíos queremos evocar el cansancio de la propia existencia. Pensamos en el sufrimiento de un hijo con capacidades especiales, en una enfermedad grave, en el deterioro neurológico de la vejez, en la muerte de un ser querido. Es admirable la fidelidad generosa de tantas familias que viven estas pruebas con fortaleza, fe y amor, considerándolas no como algo que se les impone, sino como un don que reciben y entregan, descubriendo a Cristo sufriente en esos cuerpos frágiles.

Pensamos en las dificultades económicas causadas por sistemas perversos, originados “en el fetichismo del dinero y en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano” (Evangelii gaudium, 55), que humilla la dignidad de las personas.

Pensamos en el padre o en la madre sin trabajo, impotentes frente a las necesidades aun primarias de su familia, o en los jóvenes que transcurren días vacíos, sin esperanza, y así pueden ser presa de la droga o de la criminalidad.

Pensamos también en la multitud de familias pobres, en las que se aferran a una barca para poder sobrevivir, en las familias prófugas que migran sin esperanza por los desiertos, en las que son perseguidas simplemente por su fe o por sus valores espirituales y humanos, en las que son golpeadas por la brutalidad de las guerras y de distintas opresiones.

Pensamos también en las mujeres que sufren violencia, y son sometidas al aprovechamiento, en la trata de personas, en los niños y jovenes víctimas de abusos también de parte de aquellos que debían cuidarlos y hacerlos crecer en la confianza, y en los miembros de tantas familias humilladas y en dificultad. Mientras tanto, “la cultura del bienestar nos anestesia y […] todas estas vidas truncadas por la falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera” (Evangelii gaudium, 54). Reclamamos a los gobiernos y a las organizaciones internacionales que promuevan los derechos de la familia para el bien común.

Cristo quiso que su Iglesia sea una casa con la puerta siempre abierta, recibiendo a todos sin excluir a nadie. Agradecemos a los pastores, a los fieles y a las comunidades dispuestos a acompañar y a hacerse cargo de las heridas interiores y sociales de los matrimonios y de las familias.

También está la luz que resplandece al atardecer detrás de las ventanas en los hogares de las ciudades, en las modestas casas de las periferias o en los pueblos, y aún en viviendas muy precarias. Brilla y calienta cuerpos y almas. Esta luz, en el compromiso nupcial de los cónyuges, se enciende con el encuentro: es un don, una gracia que se expresa –como dice el Génesis (2, 18)– cuando los dos rostros están frente a frente, en una “ayuda adecuada”, es decir semejante y recíproca. El amor del hombre y de la mujer nos enseña que cada uno necesita al otro para llegar a ser él mismo, aunque se mantiene distinto del otro en su identidad, que se abre y se revela en el mutuo don. Es lo que expresa de manera sugerente la mujer del Cantar de los Cantares: “Mi amado es mío y yo soy suya… Yo soy de mi amado y él es mío” (Ct 2, 17; 6, 3).

El itinerario, para que este encuentro sea auténtico, comienza en el noviazgo, tiempo de la espera y de la preparación. Se realiza en plenitud en el sacramento del matrimonio, donde Dios pone su sello, su presencia y su gracia. Este camino conoce también la sexualidad, la ternura y la belleza, que perduran aún más allá del vigor y de la frescura juvenil. El amor tiende por su propia naturaleza a ser para siempre, hasta dar la vida por la persona amada (cf. Jn 15, 13). Bajo esta luz, el amor conyugal, único e indisoluble, persiste a pesar de las múltiples dificultades del límite humano, y es uno de los milagros más bellos, aunque también es el más común.

Este amor se difunde naturalmente a través de la fecundidad y la generatividad, que no es sólo la procreación, sino también el don de la vida divina en el bautismo, la educación y la catequesis de los hijos. Es también capacidad de ofrecer vida, afecto, valores, una experiencia posible también para quienes no pueden tener hijos. Las familias que viven esta aventura luminosa se convierten en un testimonio para todos, en particular para los jóvenes.

Durante este camino, que a veces es un sendero de montaña, con cansancios y caídas, siempre está la presencia y la compañía de Dios. La familia lo experimenta en el afecto y en el diálogo entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas.

Además lo vive cuando se reúne para escuchar la Palabra de Dios y para orar juntos, en un pequeño oasis del espíritu que se puede crear por un momento cada día. También está el empeño cotidiano de la educación en la fe y en la vida buena y bella del Evangelio, en la santidad.

Esta misión es frecuentemente compartida y ejercitada por los abuelos y las abuelas con gran afecto y dedicación. Así la familia se presenta como una auténtica Iglesia doméstica, que se amplía a esa familia de familias que es la comunidad eclesial. Por otra parte, los cónyuges cristianos son llamados a convertirse en maestros de la fe y del amor para los matrimonios jóvenes.

Hay otra expresión de la comunión fraterna, y es la de la caridad, la entrega, la cercanía a los últimos, a los marginados, a los pobres, a las personas solas, enfermas, extrajeras, a las familias en crisis, conscientes de las palabras del Señor: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20, 35). Es una entrega de bienes, de compañía, de amor y de misericordia, y también un testimonio de verdad, de luz, de sentido de la vida.

La cima que recoge y unifica todos los hilos de la comunión con Dios y con el prójimo es la Eucaristía dominical, cuando con toda la Iglesia la familia se sienta a la mesa con el Señor. Él se entrega a todos nosotros, peregrinos en la historia hacia la meta del encuentro último, cuando Cristo “será todo en todos” (Col 3, 11). Por eso, en la primera etapa de nuestro camino sinodal, hemos reflexionado sobre el acompañamiento pastoral y sobre el acceso a los sacramentos de los divorciados en nueva unión.

Nosotros, los Padres Sinodales, pedimos que caminen con nosotros hacia el próximo Sínodo.   Entre ustedes late la presencia de la familia de Jesús, María y José en su modesta casa. También nosotros, uniéndonos a la familia de Nazaret, elevamos al Padre de todos nuestra invocación por las familias de la tierra:

Padre, regala a todas las familias la presencia de esposos fuertes y sabios, que sean manantial de una familia libre y unida.
Padre, da a los padres una casa para vivir en paz con su familia.
Padre, concede a los hijos que sean signos de confianza y de esperanza y a jóvenes el coraje del compromiso estable y fiel.
Padre, ayuda a todos a poder ganar el pan con sus propias manos, a gustar la serenidad del espíritu y a mantener viva la llama de la fe también en tiempos de oscuridad.
Padre, danos la alegría de ver florecer una Iglesia cada vez más fiel y creíble, una ciudad justa y humana, un mundo que ame la verdad, la justicia y la misericordia.

domingo, 19 de octubre de 2014

IGLESIA HOY: El papa Francisco beatificó al humilde y profético papa Pablo VI

Queridos amigos y hermanos del blog: el papa Francisco ha presidido este domingo, en la plaza de San Pedro, a las 10.30, la misa en ocasión de la clausura del Sínodo de los Obispo, sobre el tema "Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización con el rito de la beatificación del Siervo de Dios el Papa Pablo VI. Les comparto a continuación la homilía del Santo Padre:

Acabamos de escuchar una de las frases más famosas de todo el Evangelio: «Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

Jesús responde con esta frase irónica y genial a la provocación de los fariseos que, por decirlo de alguna manera, querían hacerle el examen de religión y ponerlo a prueba. Es una respuesta inmediata que el Señor da a todos aquellos que tienen problemas de conciencia, sobre todo cuando están en juego su conveniencia, sus riquezas, su prestigio, su poder y su fama. Y esto ha sucedido siempre.

Evidentemente, Jesús pone el acento en la segunda parte de la frase: «Y [dar] a Dios lo que es de Dios». Lo cual quiere decir reconocer y creer firmemente –frente a cualquier tipo de poder- que sólo Dios es el Señor del hombre, y no hay ningún otro. Ésta es la novedad perenne que hemos de redescubrir cada día, superando el temor que a menudo nos atenaza ante las sorpresas de Dios.

¡Él no tiene miedo de las novedades! Por eso, continuamente nos sorprende, mostrándonos y llevándonos por caminos imprevistos. Nos renueva, es decir, nos hace siempre “nuevos”. Un cristiano que vive el Evangelio es “la novedad de Dios” en la Iglesia y en el mundo. Y a Dios le gusta mucho esta “novedad”.

«Dar a Dios lo que es de Dios» significa estar dispuesto a hacer su voluntad y dedicarle nuestra vida y colaborar con su Reino de misericordia, de amor y de paz.

En eso reside nuestra verdadera fuerza, la levadura que fermenta y la sal que da sabor a todo esfuerzo humano contra el pesimismo generalizado que nos ofrece el mundo. En eso reside nuestra esperanza, porque la esperanza en Dios no es una huida de la realidad, no es un alibi: es ponerse manos a la obra para devolver a Dios lo que le pertenece. Por eso, el cristiano mira a la realidad futura, a la realidad de Dios, para vivir plenamente la vida –con los pies bien puestos en la tierra– y responder, con valentía, a los incesantes retos nuevos.

Lo hemos visto en estos días durante el Sínodo extraordinario de los Obispos –“sínodo” quiere decir “caminar juntos”–. Y, de hecho, pastores y laicos de todas las partes del mundo han traído aquí a Roma la voz de sus Iglesias particulares para ayudar a las familias de hoy a seguir el camino del Evangelio, con la mirada fija en Jesús. Ha sido una gran experiencia, en la que hemos vivido la sinodalidad y la colegialidad, y hemos sentido la fuerza del Espíritu Santo que guía y renueva sin cesar a la Iglesia, llamada, con premura, a hacerse cargo de las heridas abiertas y a devolver la esperanza a tantas personas que la han perdido.

Benedicto XVI dijo presente y saludó al papa Francisco
Por el don de este Sínodo y por el espíritu constructivo con que todos han colaborado, con el Apóstol Pablo, «damos gracias a Dios por todos ustedes y los tenemos presentes en nuestras oraciones» Y que el Espíritu Santo que, en estos días intensos, nos ha concedido trabajar generosamente con verdadera libertad y humilde creatividad, acompañe ahora, en las Iglesias de toda la tierra, el camino de preparación del Sínodo Ordinario de los Obispos del próximo mes de octubre de 2015. Hemos sembrado y seguiremos sembrando con paciencia y perseverancia, con la certeza de que es el Señor quien da el crecimiento.

En este día de la beatificación del Papa Pablo VI, me vienen a la mente las palabras con que instituyó el Sínodo de los Obispos: «Después de haber observado atentamente los signos de los tiempos, nos esforzamos por adaptar los métodos de apostolado a las múltiples necesidades de nuestro tiempo y a las nuevas condiciones de la sociedad» (Carta ap. Motu proprio Apostolica sollicitudo).

Contemplando a este gran Papa, a este cristiano comprometido, a este apóstol incansable, ante Dios hoy no podemos más que decir una palabra tan sencilla como sincera e importante: Gracias. Gracias a nuestro querido y amado Papa Pablo VI. Gracias por tu humilde y profético testimonio de amor a Cristo y a su Iglesia.

El que fuera gran timonel del Concilio, al día siguiente de su clausura, anotaba en su diario personal: «Quizás el Señor me ha llamado y me ha puesto en este servicio no tanto porque yo tenga algunas aptitudes, o para que gobierne y salve la Iglesia de sus dificultades actuales, sino para que sufra algo por la Iglesia, y quede claro que Él, y no otros, es quien la guía y la salva». En esta humildad resplandece la grandeza del Beato Pablo VI que, en el momento en que estaba surgiendo una sociedad secularizada y hostil, supo conducir con sabiduría y con visión de futuro –y quizás en solitario– el timón de la barca de Pedro sin perder nunca la alegría y la fe en el Señor.

Pablo VI supo de verdad dar a Dios lo que es de Dios dedicando toda su vida a la «sagrada, solemne y grave tarea de continuar en el tiempo y extender en la tierra la misión de Cristo», amando a la Iglesia y guiando a la Iglesia para que sea «al mismo tiempo madre amorosa de todos los hombres y dispensadora de salvación». 

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 29º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A



“Al César lo que es del César” (Mt. 22, 15-22)

viernes, 17 de octubre de 2014

PAPA FRANCISCO: Mensaje con motivo del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús

A Monseñor 
Jesús García Burillo
Obispo de Ávila
Ávila

Querido Hermano:

El 28 de marzo de 1515 nació en Ávila una niña que con el tiempo sería conocida como santa Teresa de Jesús. Al acercarse el quinto centenario de su nacimiento, vuelvo la mirada a esa ciudad para dar gracias a Dios por el don de esta gran mujer y animar a los fieles de la querida diócesis abulense y a todos los españoles a conocer la historia de esa insigne fundadora, así como a leer sus libros, que, junto con sus hijas en los numerosos Carmelos esparcidos por el mundo, nos siguen diciendo quién y cómo fue la Madre Teresa y qué puede enseñarnos a los hombres y mujeres de hoy.

En la escuela de la santa andariega aprendemos a ser peregrinos. La imagen del camino puede sintetizar muy bien la lección de su vida y de su obra. Ella entendió su vida como camino de perfección por el que Dios conduce al hombre, morada tras morada, hasta Él y, al mismo tiempo, lo pone en marcha hacia los hombres.  ¿Por qué caminos quiere llevarnos el Señor tras las huellas y de la mano de santa Teresa? Quisiera recordar cuatro que me hacen mucho bien: el camino de la alegría, de la oración, de la fraternidad y del propio tiempo.

Teresa de Jesús invita a sus monjas a «andar alegres sirviendo» (Camino 18,5). La verdadera santidad es alegría, porque "un santo triste es un triste santo". Los santos, antes que héroes esforzados, son fruto de la gracia de Dios a los hombres. Cada santo nos manifiesta un rasgo del multiforme rostro de Dios. En santa Teresa contemplamos al Dios que, siendo «soberana Majestad, eterna Sabiduría» (Poesía 2), se revela cercano y compañero, que tiene sus delicias en conversar con los hombres: Dios se alegra con nosotros. Y, de sentir su amor, le nacía a la Santa una alegría contagiosa que no podía disimular y que transmitía a su alrededor. Esta alegría es un camino que hay que andar toda la vida. No es instantánea, superficial, bullanguera. Hay que procurarla ya «a los principios» (Vida 13,l). Expresa el gozo interior del alma, es humilde y «modesta» (cf.  Fundaciones 12,l). No se alcanza por el atajo fácil que evita la renuncia, el sufrimiento o la cruz, sino que se encuentra padeciendo trabajos y dolores (cf. Vida 6,2; 30,8), mirando al Crucificado y buscando al Resucitado (cf. Camino 26,4). De ahí que la alegría de santa Teresa no sea egoísta ni autorreferencial. Como la del cielo, consiste en «alegrarse que se alegren todos» (Camino 30,5), poniéndose al servicio de los demás con amor desinteresado. Al igual que a uno de sus monasterios en dificultades, la Santa nos dice también hoy a nosotros, especialmente a los jóvenes: «¡No dejen de andar alegres!» (Carta 284,4). ¡El Evangelio no es una bolsa de plomo que se arrastra pesadamente, sino una fuente de gozo que llena de Dios el corazón y lo impulsa a servir a los hermanos!

La Santa transitó también el camino de la oración, que definió bellamente como un «tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabernos nos ama» (Vida 8,5). Cuando los tiempos son "recios", son necesarios «amigos fuertes de Dios» para sostener a los flojos (Vida 15,5). Rezar no es una forma de huir, tampoco de meterse en una burbuja, ni de aislarse, sino de avanzar en una amistad que tanto más crece cuanto más se trata al Señor, «amigo verdadero» y «compañero» fiel de viaje, con quien «todo se puede sufrir», pues siempre «ayuda, da esfuerzo y nunca falta» (Vida 22,6). Para orar «no está la cosa en pensar mucho sino en amar mucho» (Moradas IV,1,7), en volver los ojos para mirar a quien no deja de mirarnos amorosamente y sufrirnos pacientemente (cf. Camino 26,3-4). Por muchos caminos puede Dios conducir las almas hacia sí, pero la oración es el «camino seguro» (Vida 213). Dejarla es perderse (cf. Vida 19,6). Estos consejos de la Santa son de perenne actualidad. ¡Vayan adelante, pues, por el camino de la oración, con determinación, sin detenerse, hasta el fin! Esto vale singularmente para todos los miembros de la vida consagrada. En una cultura de lo provisorio, vivan la fidelidad del «para siempre, siempre, siempre» (Vida 1,5); en un mundo sin esperanza, muestren la fecundidad de un «corazón enamorado» (Poesía 5); y en una sociedad con tantos ídolos, sean testigos de que «solo Dios basta» (Poesía 9).

Este camino no podemos hacerlo solos, sino juntos. Para la santa reformadora la senda de la oración discurre por la vía de la fraternidad en el seno de la Iglesia madre. Esta fue su respuesta providencial, nacida de la inspiración divina y de su intuición femenina, a los problemas de la Iglesia y de la sociedad de su tiempo: fundar pequeñas comunidades de mujeres que, a imitación del "colegio apostólico", siguieran a Cristo viviendo sencillamente el Evangelio y sosteniendo a toda la Iglesia con una vida hecha plegaria. «Para esto os junto El aquí, hermanas» (Camino 2,5) y tal fue la promesa: «que Cristo andaría con nosotras» (Vida 32,11). ¡Que linda definición de la fraternidad en la Iglesia: andar juntos con Cristo como hermanos! Para ello no recomienda Teresa de Jesús muchas cosas, simplemente tres: amarse mucho unos a otros, desasirse de todo y verdadera humildad, que «aunque la digo a la postre es la base principal y las abraza todas» (Camino 4,4). ¡Cómo desearía, en estos tiempos, unas comunidades cristianas más fraternas donde se haga este camino: andar en la verdad de la humildad que nos libera de nosotros mismos para amar más y mejor a los demás, especialmente a los más pobres! ¡Nada hay más hermoso que vivir y morir como hijos de esta Iglesia madre!

Precisamente porque es madre de puertas abiertas, la Iglesia siempre está en camino hacia los hombres para llevarles aquel «agua viva» (cf. Jn 4,10) que riega el huerto de su corazón sediento. La santa escritora y maestra de oración fue al mismo tiempo fundadora y misionera por los caminos de España. Su experiencia mística no la separo del mundo ni de las preocupaciones de la gente. Al contrario, le dio nuevo impulso y coraje para la acción y los deberes de cada día, porque también «entre los pucheros anda el Señor» (Fundaciones 5,8). Ella vivió las dificultades de su tiempo -tan complicado- sin ceder a la tentación del lamento amargo, sino más bien aceptándolas en la fe como una oportunidad para dar un paso más en el camino. Y es que, «para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo» (Fundaciones 4,6). Hoy Teresa nos dice: Reza más para comprender bien lo que pasa a tu alrededor y así actuar mejor. La oración vence el pesimismo y genera buenas iniciativas (cf. Moradas VII, 4,6). ¡Éste es el realismo teresiano, que exige obras en lugar de emociones, y amor en vez de ensueños, el realismo del amor humilde frente a un ascetismo afanoso! Algunas veces la Santa abrevia sus sabrosas cartas diciendo: «Estamos de camino» (Carta 469,7.9), como expresión de la urgencia por continuar hasta el fin con la tarea comenzada. Cuando arde el mundo, no se puede perder el tiempo en negocios de poca importancia. ¡Ojalá contagie a todos esta santa prisa por salir a recorrer los caminos de nuestro propio tiempo, con el Evangelio en la mano y el Espíritu en el corazón!

«¡Ya es tiempo de caminar! » (Ana de San Bartolomé, Últimas acciones de la vida de santa Teresa). Estas palabras de santa Teresa de Ávila a punto de morir son la síntesis de su vida y se convierten para nosotros, especialmente para la familia carmelitana, sus paisanos abulenses y todos los españoles, en una preciosa herencia a conservar y enriquecer.

Querido Hermano, con mi saludo cordial, a todos les digo: ¡Ya es tiempo de caminar, andando por los caminos de la alegría, de la oración, de la fraternidad, del tiempo vivido como gracia! Recorramos los caminos de la vida de la mano de santa Teresa. Sus huellas nos conducen siempre a Jesús.

Les pido, por favor, que recen por mí, pues lo necesito. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.

Fraternalmente, Francisco.

jueves, 16 de octubre de 2014

CATEQUESIS DEL PAPA: “El pueblo de Dios es la Nueva Jerusalén, la esposa que se prepara para recibir a su esposo"


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 15 de octubre de 2014 en la Plaza de San Pedro.

Catequesis sobre la Iglesia, Una y Santa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Durante este tiempo, hemos hablado sobre la Iglesia, sobre nuestra santa madre Iglesia jerárquica, el pueblo de Dios en camino. Hoy queremos preguntarnos, al final, ¿qué será del pueblo de Dios? ¿Qué será de cada uno de nosotros? ¿Qué debemos esperar? El apóstol Pablo animaba a los cristianos de la comunidad de Tesalónica, que se planteaban estas mismas preguntas, y después de su argumentación decían estas palabras que están entre las más bellas del Nuevo Testamento: "¡Y así para siempre estaremos con el Señor!"

Son palabras sencillas pero con una densidad de esperanza muy grande. ¡Y así para siempre estaremos con el Señor! ¿Creéis vosotros en esto? Parece que no ¿eh? ¿Creeis?¿Lo repetimos juntos? ¿Tres veces? ¡Y así para siempre estaremos con el Señor! ¡Y así para siempre estaremos con el Señor! ¡Y así para siempre estaremos con el Señor!

Es emblemático como en el libro del Apocalipsis de Juan, retomando la intuición de los profetas, describe la dimensión última, definitiva, en los términos de la "nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo". ¡Eso es lo que nos espera! Y ahí esta, entonces, quién es la Iglesia: es el pueblo de Dios que sigue al Señor Jesús y que se prepara día tras día al encuentro con Él, como una esposa con su esposo. Y no es solo una forma de hablar: ¡será una verdadera y propia boda! Sí, porque Cristo, haciéndose hombre como nosotros y haciendo con todos nosotros una sola cosa con Él, con su muerte y con su resurrección, se ha casado realmente con nosotros y ha hecho de nosotros, como pueblo, su esposa. Y esto no es otra cosa que el cumplimiento del diseño de comunión y de amor tejido por Dios a lo largo de toda la historia, la historia del Pueblo de Dios y también de la propia historia de cada uno. Es el Señor que lleva esto adelante. 

Hay otro elemento que nos conforta ulteriormente y que nos abre el corazón: Juan nos dice que en la Iglesia, esposa de Cristo, se hace visible la "Jerusalén nueva". Esto significa que la Iglesia, además de esposa, es llamada a convertirse en ciudad, símbolo por excelencia de la convivencia y de la relacionalidad humana. Que bonito, entonces, poder contemplar ya, según otra imagen sugerida por el Apocalipsis, todas las gentes y todos los pueblos reunidos juntos en esta ciudad, como en una tienda, "la tienda de Dios". Y en este marco glorioso no habrá más aislamientos, prevaricaciones ni distinciones de ningún tipo -de naturaleza social, étnica  o religiosa- sino que seremos todos una sola cosa en Cristo.

Al  respecto de este escenario inaudito y maravilloso, nuestro corazón no puede no sentirse confirmado de forma fuerte en la esperanza. Ved, la esperanza cristiana no es simplemente un deseo, un augurio, no es optimismo: para un cristiano, la esperanza es espera, espera ferviente, apasionada por el cumplimiento último y definitivo de un misterio, el misterio de amor de Dios, en el cual hemos renacido y ya vivimos.

Y está a la espera de alguno que ya va a llegar: el Cristo Señor que se hace cada vez más cercano a nosotros, días tras día, y que viene a introducirnos finalmente en la plenitud de su comunión y de su paz. La Iglesia tiene entonces la tarea de mantener encendida y bien visible la lámpara de la esperanza, para que pueda continuar a resplandecer como signo seguro de salvación y pueda iluminar a toda la humanidad el sentimiento que lleva al encuentro con el rostro misericordioso de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, aquí está entonces lo que esperamos: ¡que Jesús vuelva! La Iglesia esposa espera a su esposo! Sin embargo, debemos preguntarnos con mucha sinceridad: ¿somos realmente testigos luminosos y creíbles de esta esperanza? ¿Nuestras comunidades viven aún en el signo de la presencia del Señor Jesús y en la espera calurosa de la venida, o aparecen cansadas, entorpecidas, bajo el peso del cansancio y de la resignación? ¿También nosotros corremos el riesgo de terminar el aceite de la fe, el aceite de la alegría! ¡Atención!

Invoquemos a la Virgen María, madre de la esperanza y reina del cielo, para que nos mantenga siempre en una actitud de escucha y de espera, así para poder ser ya ahora permeados por el amor de Cristo y ser parte un día de la alegría sin fin, en la plena comunión de Dios.

Y no os olvidéis, nunca olvidéis, "Y así para siempre estaremos con el Señor". Lo repetimos, tres veces más. "Y así para siempre estaremos con el Señor". "Y así para siempre estaremos con el Señor". Gracias.

martes, 14 de octubre de 2014

SACERDOCIO, DON Y MISTERIO (audios): Oración por las vocaciones sacerdotales del Papa Pablo VI



Oración por las Vocaciones Sacerdotales 
(Papa Pablo VI)

Señor Jesús, Divino Pastor de las almas, que llamaste a los apóstoles para hacerlos pescadores de hombres; atrae hacia ti las almas ardientes y generosas de los jóvenes, para hacerlos tus seguidores y ministros.

Hazlos partícipes de tu sed de redención universal, por la cual renuevas tu sacrificio sobre los altares.  Descúbreles los horizontes del mundo entero, donde la silenciosa súplica de tantos hermanos pide la luz de la verdad y el calor del amor, para que, respondiendo a tu llamado, prolonguen tu misión en la tierra, edifiquen tu Cuerpo Místico, que es la Iglesia, y sean sal de la tierra y luz del mundo.

Señor Jesús, extiende tu llamado a numerosas almas e infúndeles el ansia de la perfección evangélica, la entrega al servicio de la Iglesia y de los hermanos necesitados de asistencia y caridad.

Señor, para velar tu honra y gloria, danos sacerdotes santos.
Señor, para aumentar nuestra fe, danos sacerdotes santos.
Señor, para sostener tu Iglesia, danos sacerdotes santos.
Señor, para predicar tu doctrina, danos sacerdotes santos.
Señor, para defender tu causa, danos sacerdotes santos.
Señor, para contrarrestar el error, danos sacerdotes santos.
Señor, para rebatir las sectas, danos sacerdotes santos.
Señor, para sostener la verdad, danos sacerdotes santos.
Señor, para dirigir nuestras almas, danos sacerdotes santos.
Señor, para mejorar las costumbres, danos sacerdotes santos.
Señor, para administrar tu Misericordia, danos sacerdotes santos.
Señor, para desterrar los vicios, danos sacerdotes santos.
Señor, para iluminar el mundo, danos sacerdotes santos.
Señor, para enseñar la riqueza de tu Sagrado Corazón, danos sacerdotes santos.
Señor, para hacernos amar al Espíritu Santo, danos sacerdotes santos.
Señor, para velar por la honra y gloria de tu Madre, la Santísima Virgen María, danos sacerdotes santos.

Corazón de Jesús, sacerdote santo, te pedimos con el mayor encarecimiento del alma que aumentes de día en día el número de los aspirantes al sacerdocio y que los formes según los designios de tu ardiente Corazón.  Sólo así tendremos sacerdotes santos, y pronto en el mundo entero no habrá más que un solo rebaño y un solo pastor. Amén

lunes, 13 de octubre de 2014

SACERDOCIO: La historia de este sacerdote condenado a muerte hizo llorar al papa Francisco



Queridos amigos y hermanos del blog: aunque los días han ido pasando no quiero dejar de compartirles esta historia de vida edificante, y que les acerco según la noticia original de ACI Prensa.  Entre lágrimas, el papa Francisco estrechó en un fuerte abrazo al sacerdote Ernest Simoni, de 84 años, uno de los últimos sobrevivientes de la terrible persecución comunista en Albania, quien fue encarcelado en condiciones inhumanas y se libró de una condena a muerte por su fidelidad a la Iglesia y al Sucesor de Pedro.

Durante su visita a Tirana, el papa Francisco sostuvo un encuentro en la Catedral de San Pablo con los sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y movimientos laicales, donde escuchó con atención el testimonio del Padre Simoni.

El presbítero relató que en diciembre de 1944 comenzó en Albania un régimen comunista ateo que trató de eliminar la fe y el clero con “arrestos, torturas y asesinatos de sacerdotes y laicos por siete años seguidos, derramando la sangre de los fieles algunos de los cuales antes de ser fusilados gritaban: Viva Cristo Rey”.

En el año 1952, las autoridades comunistas reunieron a los sacerdotes que sobrevivieron y les ofrecieron vivir en libertad a cambio de distanciarse del Papa y el Vaticano, una intención que nunca aceptaron.

Relató que antes de ordenarse sacerdote estudió con los franciscanos por 10 años desde 1938 hasta 1948, y cuando sus superiores fueron fusilados por los comunistas siguió sus estudios clandestinamente.

“Pasaron dos años terribles y el 7 de abril de 1956 fui ordenado sacerdote, el día después de Pascua y en la Fiesta de la Divina Misericordia celebré mi Primera Misa”.

El 24 de diciembre de 1963 al concluir la Misa de Vísperas de Navidad, cuatro oficiales le presentaron el decreto de arresto y fusilamiento, fue esposado y detenido. En el interrogatorio le dijeron que sería ahorcado como un enemigo porque dijo al pueblo “que moriremos todos por Cristo de ser necesario”.

Las torturas lo dejaron en muy mal estado. “El Señor quiso que continuara viviendo”. Entre los cargos que le imputaron figuraba celebrar una Misa por el alma del Presidente John F. Kennedy asesinado un mes antes de su arresto, y que celebró por una indicación del papa Pablo VI a todos los sacerdotes del mundo.

“La Divina Providencia ha querido que mi condena a muerte no fuese llevado a cabo enseguida. En la sala trajeron a otro prisionero, un querido amigo mío, con el propósito de espiarme, el empezó a hablar mal contra el partido”, recordó.

“Yo de todos modos respondía que Cristo nos había enseñado a amar a los enemigos y a perdonarlos y que nosotros debíamos empeñarnos en el bien del pueblo. Esas palabras mías llegaron a los oídos del dictador que al cabo de algunos días me liberó de la condena a muerte”, explicó el P. Simone.

Los comunistas cambiaron su condena a muerte por 28 años de trabajos forzados. “He trabajado en los canales de aguas negras y durante el periodo de prisión he celebrado la Misa, he confesado y distribuido la comunión a escondidas”, relató.

El sacerdote fue liberado solo cuando cayó el régimen comunista y empezó la libertad religiosa. “El Señor me ha ayudado a servir tantos pueblos y ha reconciliar a muchas personas alejando el odio y al diablo de los corazones de los hombres”, aseguró.

“Santidad seguro de poder expresar la intención de los presentes le ruego por la intercesión de la Santísima madre de Cristo, el Señor le de vida, salud y fuerza en la guía del gran rebaño que es la Iglesia de Cristo, Amén”, concluyó antes de estrechar al Papa en un abrazo que hizo llorar al Pontífice y a los presentes.

domingo, 12 de octubre de 2014

EVANGELIO DOMINICAL: “Muchos son llamados, mas pocos escogidos”



28º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 22,1-14

En aquel tiempo, tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: 

«El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: ‘Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda’.

»Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.

»Entonces dice a sus siervos: ‘La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda’. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.

»Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’. Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».

Palabra del Señor.


“Señor, tú preparas una mesa ante mí” (Sal 22, 5).

Queridos amigos y hermanos del blog: la Liturgia de este domingo presenta la salvación bajo la imagen de un banquete preparado por Dios para todos los hombres: “Prepara el Señor de los Ejércitos para todos los pueblo, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vino de solera… Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos… Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros” (Is 25, 6-8 - primera lectura). Festín suntuoso que revela la magnificencia del que lo da y es símbolo de la salvación ofrecida por Dios, pero oculta durante muchos siglos a los pueblos, los cuales la conocerán con la venida del Mesías. 

La destrucción de la muerte, y del dolor lleva a pensar lógicamente en un futuro allende la vida terrena; se trata de la bienaventuranza eterna anunciada con expresiones idénticas en el Apocalipsis: “Dios enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte”.

En el Evangelio del día (Mt 22, 1-14) el convite de la salvación adquiere una fisonomía nueva, la nupcial. Dios llama a todos los hombres a participar en las bodas de su Hijo con la naturaleza humana, comenzadas con su encarnación y consumadas con su muerte de cruz. “El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir” (ib 2-3). 

Este convite que ya había sido anunciado por los profetas, adquiere en las palabras de Cristo una fisonomía nueva: la nupcial.  Dios llama a todos los hombres a participar en las bodas de su Hijo con la naturaleza humana, comenzadas con su Encarnación y consumadas con su muerte en cruz.

El Rey es Dios, el banquete es la salvación traída por el Hijo de Dios hecho hombre, los siervos son los profetas y los apóstoles; los invitados que rehúsan venir o maltratan a los criados son los judíos y todos los que como ellos rechazan a Jesús como Salvador, rechazando la invitación a la salvación eterna.  

En el banquete nada se exige, sino que todo se ofrece: es el rechazo al amor de Dios.  Es la actitud del hombre convencido de que no necesita de salvación o del que hundido en negocios y preocupaciones terrenas, considera tiempo perdido pensar en Dios o en la vida eterna.

Estos tales van a la ruina, mientras que otros son invitados en su lugar. Dios, por eso, continúa renovando su invitación: “id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis invitadlos a la boda”.

La sala del festín, llena ya de comensales “buenos y malos”, representa a la Iglesia abierta a todos los hombres.  Ser invitados y haber entrado en el festín no significa poseer ya la salvación definitiva.  En efecto, hay un hombre que no lleva el traje de bodas, y es arrojado afuera, “a las tinieblas”, no precisamente por no poseer traje exterior, sino por no tener las disposiciones internas necesarias para salvarse.

Es el hombre que pertenece materialmente a la Iglesia, pero no vive en caridad y en gracia: su fe no está acompañada por las obras, tiene la apariencia de un discípulo de Cristo, pero en el fondo su corazón está lejos de él. Así su pertenencia a la Iglesia no le servirá para la salvación, “porque muchos son los llamados y pocos los elegidos”.

Resumiendo: esto no quiere decir que los elegidos sean pocos, sino que su número es inferior al de los llamados por culpa de la ligereza de éstos en responder a la invitación divina. Que el Señor Jesús nos de la gracia de serle siempre amigos y discípulos fieles.

Con mi bendición.
Padre José Medina