viernes, 26 de agosto de 2016

ACTUALIDAD: Francisco celebra una misa por las víctimas del terremoto y llamó al obispo de la zona más afectada

El papa Francisco abraza a las víctimas del terremoto que ha devastado el miércoles el centro de Italia y a sus familias. Después de haber rezado el pasado miércoles el Rosario en la plaza de San Pedro, ayer jueves por la mañana ha celebrado la santa misa junto a las clarisas de Santa Maria di Vallegloria. Lo indica el diario Vaticano L’Osservatore Romano en su cuenta Twitter @oss_romano.

Durante la celebración el Pontífice ha rezado por todos los muertos y heridos de la catástrofe y después ha entregado a las religiosas su reciente constitución apostólica Vultum Dei quaerere dedicada al tema de la vida religiosa contemplativa femenina.

En el contexto del Año de la Misericordia, el papa Francisco invitó al Vaticano a la comunidad de religiosas de clausura de clarisas de la diócesis de Foligno, cuyo monasterio según la tradición fue fundado hacia el años 560 por discípulos de San Benedicto y reformado en el 1230 por dos discípulas de Clara de Asís, Balbina y Pacífica.

También el Santo padre Francisco envió un Tweet diciendo:  “Expreso mi dolor y mi cercanía a todas las personas presentes en los lugares golpeados por el terremoto”.

El Papa llamó al obispo de la zona más afectada por el terremoto: "Me invitó a no tener miedo"

Monseñor Domenico Pompili, obispo de Rieti, una de las zonas más afectadas por el terremoto que devastó la zona central de Italia, dijo que recibió un llamado telefónico del papa Francisco, quien lo alentó a “no tener miedo” y le transmitió palabras de “cercanía y ánimo” que llevó a las comunidades afectadas.

La agencia Sir informó que el prelado recibió a las 7 de ayer una comunicación telefónica del pontífice, en la que le aseguró que supo de la noticia a las 4.15 de la mañana y que celebró inmediatamente la misa por las víctimas en la Casa Santa Marta.

En tanto, monseñor Giovanni D’Ercole, obispo de Ascoli Piceno, dijo a Radio Vaticano que visitó las localidades afectadas de su diócesis.

“He visto mucha tristeza, desesperación y tanta solidaridad, todas juntas”, expresó.

“Hay colaboración de todos y junto a mí, excavaron también algunos sacerdotes, el director de Cáritas, algunos frailes”, aseguró

El prelado advirtió que “todas las iglesias de las fracciones involucradas en el terremoto no sólo están inhabitables, sino destruidas”.

Asimismo tres de las seis monjas de la orden de las Hermanas Esclavas, que se encontraban en la estructura de la Obra Don Minozzi, no pudieron ser localizadas debajo de los escombros, indicó ayer el Osservatore Romano, precisando que eran religiosas ancianas hospedadas durante el período de vacaciones.

El Vaticano envía bomberos a la zona afectada

Como signo concreto de cercanía hacia las poblaciones golpeadas por el terremoto, el papa Francisco autorizó, este miércoles 24 de agosto, a un equipo de los Bomberos de la Ciudad del Vaticano para que se sume a los equipos de socorristas que están trabajando en Amatrice, el pueblo más afectado por el movimiento telúrico, según informó la Oficina de Prensa del Vaticano.

Como signo concreto de cercanía hacia las poblaciones golpeadas por el terremoto, el papa Francisco autorizó, este miércoles 24 de agosto, a un equipo de los Bomberos de la Ciudad del Vaticano para que se sume a los equipos de socorristas que están trabajando en Amatrice, el pueblo más afectado por el movimiento telúrico, según informó la Oficina de Prensa del Vaticano.

El equipo de los bomberos vaticanos trabajará coordinado con la Protección Civil italiana en la búsqueda y asistencia de las víctimas.

El trabajo de la Protección Civil, se está realizando de manera ejemplar y los socorristas trabajan día y noche para rescatar posibles sobrevivientes y cuerpos sin vida. Son 215 las personas extraídas vivas de los escombros, hay 2.000 socorristas operando y 400 máquinas y vehículos.

Ayer se vivieron momentos de emoción cuando una niña de diez años, Giorgia, que estaba debajo de los escombros fue salvada junto a su mamá y papá. Su hermanita menor no tuvo la misma suerte. De otro lado se teme que en el Hotel Roma de Amatrice, puedan haber muchos más muertos.

La Conferencia Episcopal Italiana donó un millón de euros de los fondos del 8 por Mil, para hacer frente a las primeras urgencias y necesidades esenciales.

Las donaciones son posibles a través de diversos canales, entre ellos Caritas Italia: www.caritas.it   

jueves, 25 de agosto de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: Francisco, con el Rosario en la mano, reza a María por las víctimas del terremoto en Italia

Reflexión y oración del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 24 de agosto de 2016

El papa Francisco canceló la catequesis que tenía prevista pronunciar en la Audiencia General de ayer miércoles y en su lugar rezó una parte del Rosario, junto a miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, por las numerosas víctimas del terremoto en el centro de Italia, causando muchos muertos y daños materiales. Las zonas más afectadas son las de Umbría, Le Marche y el Lazio. El terremoto también se sintió en Roma.

El santo padre antes de iniciar la audiencia general, manifestó su dolor por la noticia del terremoto que golpeó el centro de Italia e invitó a todos los presentes a rezar el santo rosario. Expresó además su solidaridad y oraciones por las víctimas mortales, heridos y sus familiares.

“Había preparado la catequesis de hoy, como todos los miércoles de este Año de la Misericordia, sobre el tema de la cercanía de Jesús” dijo Francisco. “Pero ante la noticia del terremoto que ha golpeado el centro de Italia, devastando zonas enteras y dejando muertos y heridos, no puedo dejar de expresar mi gran dolor y mi cercanía a todas las personas presentes en los lugares golpeados por los movimientos sísmicos, y a todas las personas que han perdido a sus seres queridos y a las que aún se sienten afectadas por el miedo y el terror”, dijo.

Y añadió: “Saber que el alcalde de Amatrice exclamó: ‘El pueblo no existe más’, y que entre los muertos hay tantas mujeres y niños me conmueve realmente mucho”.

“Y por esto –prosiguió el Santo Padre– quiero asegurarle la oración a estas personas que se encuentran en la zona de Accumoli, Amatrice y en otros lugares, en la diócesis de Rieti, Ascoli Piceno y a las otras en toda la región del Lazio, Umbria y Le Marche y decirles que estén seguros de la caricia y del abrazo de toda la Iglesia que en este momento desea darles su amor materno y también de nuestro abrazo aquí en la plaza”.

Rosario en mano, el Santo Padre presidió la oración mariana de los misterios dolorosos, junto a los miles de fieles y peregrinos que se encontraban en la plaza de San Pedro.

El Papa agradeció también a “todos los voluntarios y los operadores de la Defensa Civil, que están auxiliando a estas poblaciones”, y pidió que se unan a él en la oración “para que el Señor Jesús que siempre se ha conmovido ante el dolor humano, consuele a estos corazones adoloridos y les dé la paz por la intercesión de la bienaventurada Virgen María. Dejémonos por lo tanto conmover junto a Jesús”.

El balance del terremoto de 6 grados Richter que se registró en la madrugada, es provisorio y se teme que las víctimas mortales sean varias veces centenarias, debido a que estas ciudades y pueblos en el período del verano italiano se llenan de turistas y visitantes, y porque como la mayoría de los pueblos medievales de Italia son estructuras en piedra y por lo tanto no antisísmicas.

domingo, 21 de agosto de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Jesús, mi Buen Pastor, hoy... ¿a quién le interesa salvarse?

21º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 13, 22-30

En aquel tiempo, Jesús atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. Uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estéis fuera a llamar a la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’. Y os responderá: ‘No sé de dónde sois’. Entonces empezaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas’; y os volverá a decir: ‘No sé de dónde sois. ¡Retiraos de mí, todos los agentes de injusticia!’. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras a vosotros os echan fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. Y hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos».

Palabra del Señor.


“Señor, firme es tu misericordia con nosotros y tu fidelidad dura por siempre” (Sal 116, 2).

El tema de la salvación es proyectado por la liturgia de hoy con una amplitud universal. La primera lectura (Is 66, 18-21) reproduce una de las profecías más grandiosas sobre la llamada de todos los pueblos a la fe. “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua –dice el Señor-; vendrán para ver mi gloria” (ib 18). Como la división de los hombres es señal de pecado, así su reunificación es señal de la obra salvadora de Dios y de su amor a todos. El enviará a los supervivientes de Israel, que le permanecieron fieles, a los países más lejanos para dar a conocer su nombre.

Los paganos no sólo se convertirán, sino se reintegrarán los judíos dispersos, “como ofrenda al Señor” (ib 20), a Jerusalén. Y entre los mismos paganos convertidos, Dios se escogerá a sus sacerdotes (ib 21). Es la superación máxima de la división entre Israel y los otros pueblos; superación que anunciaron muchas veces los profetas, sin ser comprendida, y que sólo Jesús opera preparándole el camino con su predicación y unificando los pueblos con la sangre de su Cruz.

El Evangelio de hoy (Lc 13, 22-30) refiere justamente la enseñanza de Jesús sobre este argumento. Lo motiva una pregunta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” (ib 23). Jesús va más allá de la pregunta y se fija en lo esencial: todos pueden salvarse porque a todos se ofrece la salvación, pero para conseguirla tiene cada cual que apresurarse a convertirse antes de que sea demasiado tarde. Jesús quiere abatir la mentalidad estrecha de los suyos y afirma que en el día de la cuenta no valdrá la pertenencia al pueblo judío ni la familiaridad gozada con él, por eso será inútil decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas” (ib 26).

Si a estos privilegios no corresponden la fe y las obras, los mismos hijos de Israel serán excluidos del reino de Dios. “Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán los últimos” (ib 29-30). Aunque llamados los primeros a la salvación, si no se convierten y aceptan a Cristo, los judíos se verán suplantados por otros pueblos llamados los últimos. Dígase lo mismo del nuevo pueblo de Dios: el privilegio de pertenecer a la Iglesia no conduce a la salvación, si no va acompañado de una adhesión plena a Cristo y a su Evangelio.

Los creyentes, pues, no pueden cerrarse en su posición privilegiada, sino que ésta precisamente los compromete a estar abiertos a todos los hermanos para atraerlos a la fe. Delante de Dios no valen privilegios, sino la humildad que elimina toda presunción, el amor que abre el corazón al bien ajeno, el espíritu de renuncia que da esfuerzo para “entrar por la puerta estrecha” (ib 24) superando toda suerte de egoísmo.

A este punto interviene la segunda lectura (Hb 12, 5-7. 11-13) con la cálida exhortación de san Pablo a combatir animosamente las batallas de la vida. Es Dios quien mediante las dificultades y sufrimientos pone a prueba a sus hijos, porque quiere corregirlos, purificarlos y hacerlos “partícipes de su santidad” (ib 10). Es verdad que “ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero da como fruto una vida honrada y en paz” (ib 11), o sea, una vida de virtud y de mayor cercanía a Dios. Dios es un padre que corrige y prueba sólo con la mira de un bien mayor: “el Señor reprende a los que ama y prueba a sus hijos preferidos” (ib 6). Aceptar las pruebas es entrar “por la puerta estrecha” señalada por Jesús.


“Por el único sacrificio de Cristo, tu Unigénito, te has adquirido, Señor, un pueblo de hijos; concédenos propicio los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia (Misal Romano, Oración sobre las ofrendas).

“Te pedimos, Señor, que lleves en nosotros a su plenitud la obra salvadora de tu misericordia; condúcenos a perfección tan alta y mantennos en ella de tal forma que en todo sepamos agradarte. (Misal Romano, Oración después de la Comunión).

“Dios mío, cada alma es para ti todo un mundo y el universo entero palpita delante de ti como una alma sola. Tú no nos has creado en masa ni nos gobiernas por junto; sino atento a cada uno le amas como si fuese la única criatura viviente en el mundo…

Pastor eterno, antes de ir adelante, a la cabeza de tus queridas ovejas, antes de que tomases carne humana para indicarles el camino, antes aún de hacerlas salir de ese aprisco feliz que es el santuario de tus pensamientos y de tu voluntad adorable, antes de bosquejarlas en el tiempo y lanzarlas por el mundo a su destino, las has llamado una a una por su nombre. Tú dices: “El buen Pastor llama a sus ovejas una a una, y cuando las ha sacado, va delante de ellas, y sus ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Mons. Carlos Gay, “Vida y virtudes cristianas”).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 21º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C


El don universal de la salvación   (Lc 13, 22-30)

sábado, 20 de agosto de 2016

ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS: Los curas que no «cierran por vacaciones»

Queridos amigos y hermanos del blog: el pasado 4 de agosto el semanario católico de información del Arzobispado de Madrid “Alfa y Omega”, que publica el ABC, ha incluido mi testimonio en el siguiente artículo que les comparto. Agradeciendo a su auto José Antonio Méndez que haya tenido a bien contarme entre sus fuentes les comparto ahora dicho artículo:


Muchos sacerdotes dedican sus días de descanso a la atención pastoral del lugar donde veranean

Los curas que no «cierran por vacaciones»

Sustituir a un párroco rural, reforzar la presencia de la Iglesia en zonas turísticas, visitar campamentos juveniles, ayudar en tierras de misión… Así pasan sus días de descanso miles de sacerdotes

Félix González es uno de los miles de madrileños que este año van a veranear en la localidad valenciana de Gandía. Sin embargo, él no es el típico turista de playa y chiringuito… O no solo. Porque desde hace varios años este sacerdote, párroco en la iglesia madrileña de Cristo Sacerdote, aprovecha sus días de descanso para reforzar la atención pastoral en esa localidad de Valencia, una de las que mayor afluencia de turismo registra entre los meses de julio y agosto.

Vacaciones: sí, pero…

Según el canon 533 del Código de Derecho Canónico, todos los sacerdotes tienen derecho «como máximo» a un mes de vacaciones al año, con la única «obligación» de asistir a la Misa dominical, como cualquier otro católico. Sin embargo, al igual que Félix, muchos de los 18.813 sacerdotes que hay en España (según la última Memoria de la CEE) dedican parte de esos días a desarrollar actividades evangelizadoras allí donde son más necesarios. «Yo soy sacerdote todo el año –explica Félix–, y aunque estos días no tengo obligación ni siquiera de celebrar la Misa, sigo haciéndolo porque en la Eucaristía está Jesucristo vivo de verdad, y para mí es muy importante mantener el contacto con Él. Si puedo acercarme a la parroquia del lugar donde estoy de vacaciones, celebrar la Misa y echar una mano con las confesiones, justo ahora que hay más gente, ¿cómo no lo voy a hacer».

Más gente, más anuncio

Este, el de la afluencia de turistas a ciertas zonas, es uno de los motivos que lleva a muchos sacerdotes a «no cerrar por vacaciones» para anunciar el amor de Dios a los que terminan el curso «cansados y agobiados»: «En verano –asegura el párroco de Cristo Sacerdote– hay mucha gente que viene a horas un poco infrecuentes, porque han estado todo el día en la playa y entran porque ven la iglesia abierta, aunque sea tarde. Hay personas que van a Misa después de tiempo sin ir, porque al estar más tranquilos vuelven a dejarle hueco a Dios. Pero lo que más se nota son las confesiones: cada año me encuentro gente que busca la confesión porque al alejarse del estrés y de las prisas, se dan cuenta de que necesitan una reforma más profunda». Y gracias a que un cura pasa sus vacaciones en un confesionario, «pueden reconciliarse con Cristo».

Con la ayuda extra de los tres sacerdotes de fuera que, como Félix, compaginan en las tres parroquias de Gandía «darte un baño en la playa por la mañana y por la tarde ir a la iglesia», hay personas que «viven casi por única vez en el año un encuentro con la misericordia de Jesús, y a los que les aconsejamos que retomen o inicien su vida de oración».

Galicia, Chile, Lourdes…

No muy lejos de Gandía estará este verano José Antonio Medina, sacerdote de la diócesis de Getafe y párroco de Nuestra Señora de la Saleta, en Alcorcón. Y decimos este verano porque en sus 25 años de sacerdote, José Antonio ha dedicado sus vacaciones a recorrer el mundo: «Lo nuestro –explica– no es una profesión, sino una vocación, y para mí “un día sin Misa celebrada es un día sin sabor de eternidad”. Así que mis vacaciones han sido siempre unos días para la familia, y luego, irme a predicar un retiro espiritual o una novena patronal en algún pueblo, para que esos párrocos puedan irse de vacaciones; realizar actividades solidarias, como cuando un terremoto asoló Chile en 2010; o irme de confesor, por ejemplo, a Lourdes, en Francia».

Medina sabe que los sacerdotes también necesitan descansar del ajetreo de la parroquia para no acabar quemados, y por eso «este verano, junto a un párroco vecino y buen amigo, iremos a suplir a un párroco que tiene su parroquia junto al mar, para que él pueda irse de vacaciones, pero de forma que, mientras asumimos las obligaciones sacramentales de esos días, podamos a la vez descansar y darnos un reparador chapuzón».

El obispo, un cura más

También muchos obispos cuelgan el cartel de «abierto por vacaciones», incluso sin salir de la diócesis. Es el caso del obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, que habla con Alfa y Omega cuando el termómetro marca los 42 grados: «Como comprenderás, lo normal es que con este calor la gente huya a la playa. Pero yo me quedo en Córdoba porque es cuando más tranquilo estoy. Sin las prisas de la agenda, aprovecho para leer o escribir, y sobre todo para estar más tiempo confesando en la catedral, visitar con calma a familias o enfermos, acercarme a alguna colonia de jóvenes y quedarme al fuego de campamento, ir a cenar a casa de algún cura y que me cuente cómo está, ir sin prisas a ver a unas monjas, o sustituir a alguno de esos sacerdotes que tienen cinco o seis Misas cada día, porque si yo puedo celebrar por él dos o tres, y otro cura otras dos o tres, él se puede ir de vacaciones unos días».

Al final, como concluye monseñor Fernández, «de lo que se trata estos días es de poder hacer, con un ritmo más relajado, la tarea de todo el año: estar cerca del Señor para ayudar a los demás a acercarse a Jesucristo».

José Antonio Méndez

jueves, 18 de agosto de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Llevar la misericordia del Señor a nuestra familia, al trabajo y a los ambientes que frecuentamos”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 17 de agosto de 2016

Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios

“Queridos hermanos y hermanas, ‘buon giorno‘.

Hoy queremos reflexionar sobre el milagro de la multiplicación de los panes. Al inicio de la narración que hace Mateo (cfr 14,13-21), Jesús ha apenas recibido la noticia de la muerte de Juan el Bautista, y en una barca atraviesa el lago buscando ‘un lugar desierto apartado’.

La gente entretanto entiende y se anticipa yendo a pie, así que ‘al bajar de la barca, Él ve a una gran multitud, siente compasión por ellos y cura a sus enfermos’. Así era Jesús, siempre con compasión, siempre pensando en los demás.

Impresiona la determinación de la gente que teme quedarse sola, como abandonada. Muerto Juan el Bautista, profeta carismático, se ponen bajo la protección de Jesús, de quien el mismo Juan había dicho: ‘Quien viene después de mi es más fuerte que yo”.

Así la multitud lo sigue por todas partes, para escucharlo y para llevarle a los enfermos. Y viendo esto, Jesús se conmueve. Jesús no es frío, no tiene un corazón frío, es capaz de conmoverse. De un lado Él se siente atado a esta muchedumbre y no quiere que se vaya, de otra parte tiene necesidad de momentos de soledad y de oración con el Padre. Muchas veces pasa la noche rezando con su Padre.

También ese día, por lo tanto, el Maestro se dedicó a la gente. Su compasión no es un sentimiento vago; demuestra en cambio toda la fuerza de su voluntad para estar cerca de nosotros y salvarnos. Nos ama mucho y quiere estar cerca de nosotros.

Al atardecer, Jesús se preocupa de dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y se preocupa de quienes lo siguen. Quiere involucrar en esto a sus discípulos. De hecho les dice: ‘denles de comer ustedes mismos’.

Asi les demostró que los pocos panes y peces que tenían, con la fuerza de la fe y de la oración podían ser compartidos con toda la gente. Un milagro de la fe, de la oración, suscitado por la compasión y el amor. Así Jesús ‘partió los panes y los dio a sus discípulos y a la multitud’.

El Señor va al encuentro de las necesidades de los hombres, pero quiere volvernos a cada uno de nosotros participantes concretos de su compasión.

Ahora detengámonos sobre el gesto de la bendición de Jesús: Él ‘tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió el pan y se los dio’.

Como podemos ver, son las mismas acciones que Jesús hizo en la Última Cena, siendo las mismas que cada sacerdote cumple cuando celebra la santa Eucaristía.

La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística. Vivir la comunión con Cristo es por lo tanto muy diverso que estar pasivos y ser extraños a la vida cotidiana. Por el contrario siempre nos inserta más en la relación con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles a ellos un gesto concreto de la misericordia y de la cercanía de Cristo.

Mientras nos nutre de Cristo, la eucaristía que celebramos nos transforma poco a poco también a nosotros en el cuerpo de Cristo y alimento espiritual para los hermanos. Jesús quiere llegar a todos, para llevarles el amor de Dios. Por esto transforma a cada creyente en un servidor de la misericordia.

Jesús ha visto a la multitud, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes. Así hace también con la eucaristía. Y nosotros los creyentes que recibimos este pan eucarístico somos empujados por Jesús para llevar este servicio a los demás, con su misma compasión. Este es el recorrido.

La narración de la multiplicación de los panes y de los peces se concluye con la constatación de que todos han sido saciados y con la recolección de los trozos que han sobrado.

Cuando Jesús con su compasión y su amor nos da una gracia, nos perdona los pecados, nos abraza, nos ama, no hace las cosas a medias, sino completamente. Como sucedió aquí, todos se han saciado. Jesús llena nuestro corazón y nuestra vida con su amor, con su perdón y compasión. Jesús por lo tanto ha permitido a sus discípulos obedecer sus ordenes.

De esta manera ellos conocen el camino que es necesario recorrer: dar de come al pueblo y tenerlo unido; estar por lo tanto al servicio de la vida y de la comunión.

Invoquemos por lo tanto al Señor, para que vuelva su Iglesia cada vez más capaz de realizar este santo servicio y para que cada uno de nosotros pueda ser instrumento de comunión en la propia familia, en el trabajo, en la parroquia y en los grupos a los que pertenece; vale a decir, un signo visible de la misericordia de Dios que no quiere dejar a nadie en la soledad y en la necesidad, para que se difunda la comunión y la paz entre los hombres y la comunión entre los hombres y Dios, porque esta comunión es la vida para todos”.

domingo, 14 de agosto de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra?

20º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lucas 12,49-53

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo! Tengo que pasar por una terrible prueba ¡y cómo he de sufrir hasta que haya terminado! ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división. Porque, de ahora en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra».

Palabra del Señor.


«Señor, que sepa llegar hasta la sangre en la pelea contra el pecado» (Hb 12, 4).

El servicio de Dios tomado en serio no ofrece una vida cómoda y tranquila, sino que con frecuencia expone al riesgo, a la pelea y a las persecuciones. Tal es el tema de la Liturgia de este domingo esbozado desde la primera lectura (Jr 38, 4-6. 8-10). Jeremías con motivo de su predicación sin miramientos para nadie, ha venido a ser «varón discutido y debatido por todo el país» (Jr 15, 10). Para librarse de él los jefes militares lo acusan ante el rey de derrotismo y, obtenida la autorización para ello, lo arrojan en una cisterna cenagosa donde el profeta se hunde en el fango. Habría ciertamente perecido allí, si Dios no le hubiese socorrido por medio de un desconocido que consiguió arrancar al rey el permiso de sacarlo de aquel lugar mortífero.

El salmo responsorial del día expresa bien esta situación de Jeremías: «Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa» (SI 39, 2-3).

En la segunda lectura (Hb 12, 1-2) san Pablo, después de haber hablado de la fe intrépida de los antiguos patriarcas y profetas, anima a los cristianos a emularlos: «corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe» (ib 1-2). Del Antiguo Testamento lleva el Apóstol al cristiano hacia Jesús del que los mayores personajes de la antigüedad —Jeremías incluido— no son más que figuras descoloridas.

Él es el ejemplar divino que debe mirar el creyente, el máximo luchador por la causa de Dios que por cumplir su voluntad, «soportó la cruz sin miedo a la ignominia» (ib). Basando la fe en él, que es su causa, autor y sostén, el cristiano no ha de temer resistir hasta la sangre en su «pelea contra el pecado» (ib 4) y contra todo lo que pueda apartarlo de la fidelidad plena a su Dios.

Jesús que ha proclamado dichosos a los pacíficos y ha dejado su paz en herencia a sus discípulos, declara sin reticencias en el Evangelio de hoy (Lc 12, 49-53) que no ha venido a traer al mundo la paz sino la división» (ib 51). La afirmación, desconcertante a primera vista, no contradice ni anula lo que dice en otra parte, sino precisa que la paz interior, contraseña de la armonía entre el hombre y Dios y, por lo tanto, de la adhesión a su querer, no le exonera de la lucha y de la guerra contra todo lo que dentro de él —pasiones, tentaciones, pecados— o en el propio ambiente se oprime a la voluntad de Dios, atenta a la fe e impide el servicio del Señor.  Entonces el cristiano más pacífico debe tornarse luchador animoso e impávido que no teme riesgos ni persecuciones, a ejemplo de Jeremías y mucho más del, de Cristo que ha peleado contra el pecado hasta la sangre y la ignominia de la cruz.

Mas para que esa lucha sea legítima y santa no se le ha de mezclar ningún móvil o fin humano y personalista; debe brotar sólo del fuego de amor que Jesús vino a prender en la tierra (ib 49), con el fin único de que llamee doquier para gloria del Padre y la salvación de los hombres. Por este fuego de amor, Jesús deseó ardientemente el bautismo de sangre de su pasión (ib 50); por este fuego de amor debe el cristiano estar pronto a resistir aun a la persona más querida y a separarse de ella si le impidiese profesar su fe, realizar su vocación y cumplir la voluntad de Dios. Divisiones amargas que son cruz muy penosa, pero ordenada -como la de Jesús- a la salvación de aquellos mismos que se abandonan por amor a él.


“Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre la roca y aseguró mis pasos. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios... Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.” (Salmo 40, 2-5).

“¡Oh Jesús, mi dulce Capitán! Alzando el estandarte de tu Cruz me dices amorosamente: «Toma la cruz que te presento y, aunque te parezca grave su peso, sígueme y no dudes». Para responder a tu invitación, te prometo, celestial Esposo mío, no resistir más a tu amor. Pero ya veo que te encaminas al Calvario, y tu esposa te sigue prontamente... Dispón siempre de mí como más te agrade, que con todo estaré contenta, con tal que te siga por el camino del Calvario, y cuanto más espinosa la encuentre y más pesada la cruz, tanto más consolada me sentiré, pues deseo amarte con amor paciente..., con amor sólido y sin división.

De grado entrego mi corazón a las aflicciones, a las tristezas y a los trabajos. Gozo de no gozar, porque a aquella mesa de la eternidad que me espera, debe preceder en esta vida el ayuno. Señor mío, tú en la cruz por mí y yo por ti. ¡Ah! ¡Si se entendiese de una vez qué dulce es y cuánto vale el padecer y callar por ti, Jesús! ¡Oh amado sufrimiento, oh buen Jesús!” (Santa Teresa Margarita Redi, La spiritualitá).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 20º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

Paz interior y división exterior  (Lc 12,49-53)

sábado, 13 de agosto de 2016

REFLEXIONES EN EL AÑO DE LA MISERICORDIA (audios): La misericordia en el sacramento del Bautismo

DECIMO OCTAVO PROGRAMA DEL CICLO






Con el Bautismo recibimos una manifestación grande de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. La experiencia bautismal es nuestra “puerta de la fe y fuente de la vida cristiana”, de nuestra relación con Dios, y constituye una verdadera inmersión en la muerte de Cristo para resurgir con Él a una nueva vida. 

La espiritualidad contenida en el Sacramento del Bautismo es “un baño de regeneración por el agua y el Espíritu y que nos ilumina con la gracia de Cristo, para que seamos también luz para los demás”, según nos enseña el Papa Francisco. 

jueves, 11 de agosto de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Pasar por la Puerta Santa es dirigirnos a la puerta del corazón misericordioso de Jesús”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 10 de agosto de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios


Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

El pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado (7,11-17) nos presenta un milagro de Jesús realmente grande: la resurrección de un joven. Además, el corazón de este pasaje no es el milagro, sino la ternura de Jesús hacia la madre de este joven. La misericordia toma aquí el nombre de gran compasión hacia una mujer que había perdido al marido y que ahora acompañaba al cementerio a su único hijo. Es este gran dolor de una madre que conmueve a Jesús y le provoca el milagro de la resurrección.

En el introducir este episodio, el Evangelista se detiene en muchos detalles. En la puerta de la localidad de Naín, un pueblo, se encuentran dos grupos numerosos que proceden de direcciones opuestas y que no tienen nada en común. Jesús, seguido por los discípulos y de una gran multitud va a entrar en la ciudad, mientras, estaba saliendo una procesión que acompañaba a un difunto, con su madre viuda y una gran cantidad de personas. En la puerta los dos grupos se cruzan solamente yendo cada uno por su camino, pero es entonces cuando san Lucas señala el sentimiento de Jesús: “Al verla [a la mujer], el Señor se conmovió y le dijo: ‘No llores’. Después se acercó y tocó el féretro. Los que los llevaban se detuvieron” (vv. 13-14). Gran compasión guía las acciones de Jesús: es Él quien detiene la procesión tocando el féretro y, movido por la profunda misericordia por esta madre, decide afrontar la muerte, por así decir, de tú a tú. Y la afrontará definitivamente, de tú a tú, en la Cruz.

Durante este Jubileo, sería bueno que, al pasar la Puerta Santa, la Puerta de la Misericordia, los peregrinos recuerden este episodio del Evangelio, sucedido en la puerta de Naín.

Cuando Jesús ve esta madre llorando, ¡entró en su corazón! A la Puerta Santa cada uno llega llevando la propia vida, con sus alegrías y sus sufrimientos, los proyectos y los fracasos, las dudas y los temores, para presentarla a la misericordia del Señor. Estamos seguros de que, ante la Puerta Santa, el Señor se hace cercano para encontrar a cada uno de nosotros, para llevar y ofrecer su poderosa palabra consoladora: “No llores” (v. 13).

Esta es la Puerta del encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Pensemos siempre en esto: un encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Atravesando la puerta nosotros cumplimos nuestra peregrinación dentro de la misericordia de Dios que, como el joven muerto, repite a todos: “Joven, yo te lo ordeno, levántate” (v. 14). ¡Levántate! Dios nos quiere de pie. Nos ha creado para estar de pie: por eso, la compasión de Jesús lleva a ese gesto de la sanación, a sanarnos, donde la palabra clave es: ¡Levántate! ¡Ponte de pie, como te ha creado Dios!”. De pie. “Pero, Padre, caemos muchas veces” – “¡Levántate, levántate!”. Esta es la palabra de Jesús, siempre. Al atravesar la Puerta Santa, tratemos de sentir en nuestro corazón esta palabra: “¡Levántate!”.

La palabra poderosa de Jesús puede hacer que nos levantemos y realizar también en nosotros el paso de la muerte a la vida. Su palabra nos hace revivir, da esperanza, refresca los corazones cansados, abre una visión del mundo y de la vida que va más allá del sufrimiento y la muerte.  ¡En la Puerta Santa se registra para cada uno de nosotros el inagotable tesoro de la misericordia de Dios!

Alcanzado por la palabra de Jesús, “el muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre” (v. 15). Esta frase es muy bonita: indica la ternura de Jesús. “Lo entregó a su madre”. La madre encuentra de nuevo al hijo. Al recibirlo de las manos de Jesús se convierte en madre por segunda vez, pero el hijo que ahora le ha sido entregado no es de ella que ha recibido la vida. Madre e hijo reciben así la respectiva identidad gracias a la palabra poderosa de Jesús y su gesto amoroso. Así, especialmente en el Jubileo, la madre Iglesia recibe a sus hijos reconociendo en ellos la vida donada por la gracia de Dios. Es en fuerza de tal gracia, la gracia del Bautismo, que la Iglesia se convierte en madre y que cada uno de nosotros se convierte en su hijo.

Frente al joven que vuelve a la vida y es entregado a la madre, “todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo’”. Lo que ha hecho Jesús no es solo una acción de salvación destinada a la viuda y a su hijo, o un gesto de bondad limitado a esa ciudad. En el socorro misericordioso de Jesús, Dios va al encuentro de su pueblo, en Él aparece y continuará apareciendo a la humanidad toda la gracia de Dios. Celebrando este Jubileo, que he querido que fuera vivido en todas las Iglesias particulares, es decir, en todas las iglesias del mundo y no solo en Roma, es como si toda la Iglesia repartida en el mundo se uniera en el único canto de alabanza al Señor. También hoy la Iglesia reconoce ser visitada por Dios. Por eso, acercándonos a la Puerta de la Misericordia, cada uno sabe que se acerca a la puerta del corazón misericordioso de Jesús: es Él la verdadera Puerta que conduce a la salvación y nos restituye a una vida nueva. La misericordia, tanto en Jesús como en nosotros, es un camino que sale del corazón para llegar a las manos. ¿Qué significa esto? Jesús te mira, te sana con su misericordia, te dice: ¡Levántate! Y tu corazón es nuevo. ¿Qué significa realizar un camino del corazón a las manos? Significa que con el corazón nuevo, con el corazón sanado por Jesús puedo realizar las obras de misericordia mediante las manos, tratando de ayudar, de cuidar a muchos que lo necesitan. La misericordia es un camino que sale del corazón y llega a las manos, es decir, a las obras de misericordia.

Después del saludo en lengua italiana, el Santo Padre ha añadido:

He dicho que la misericordia es un camino que va del corazón a las manos. En el corazón, recibimos la misericordia de Jesús, que nos da el perdón de todo, porque Dios perdona todo y nos alivia, nos da la vida nueva y nos contagia con su compasión. De ese corazón perdonado y con la compasión de Jesús, comienza el camino hacia las manos, es decir, hacia las obras de misericordia. Me decía un obispo, el otro día, que en su catedral y en otras iglesias ha hecho puertas de misericordia de entrada y de salida. Y pregunté: ¿por qué has hecho esto? – Porque una puerta es para entrar, pedir el perdón y tener la misericordia de Jesús; la otra es la puerta de la misericordia de salida, para llevar la misericordia a los otros, con nuestras obras de misericordia”. ¡Inteligente este obispo! También nosotros hagamos lo mismo con el camino que va del corazón a las manos: entramos en la iglesia por la puerta de la misericordia, para recibir el perdón de Jesús que nos dice: “¡Levántate! ¡Ve, ve!”; y con este “¡ve!” – en pie-  salimos por la puerta de salida. Es la Iglesia en salida: el camino de la misericordia que va del corazón a las manos. ¡Haced este camino!

domingo, 7 de agosto de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: "Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón"

19º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 12, 32-48

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?». Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: ‘Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

Palabra del Señor.


“Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32,22).

Vida de fe a la espera de la patria celestial: tal podría ser la síntesis de la Liturgia de este día, a partir de un breve fragmento del libro de la Sabiduría (18, 5-9) que recuerda la fatídica noche de la liberación del pueblo elegido. Noche de luto y exterminio para los egipcios, que, habiendo rechazado la Palabra de Dios, anunciada por Moisés, vieron perecer a sus primogénitos; noche de alegría y libertad para los hebreos, que habiendo creído en las promesas divinas, fueron respetados e iniciaron la marcha liberadora hacia el desierto donde Dios les esperaba para estipular con ellos la alianza.

La fe o la falta de ella deciden la suerte de esos dos pueblos, y mientras se abate la ruina de los incrédulos, viene la salvación sobre los creyentes. Toda la historia del pueblo hebreo elegido por Dios como pueblo “suyo” está tejida sobre la trama de la fe.

Se continúa el tema con la segunda lectura (Hb 11, 1-2. 8-19) donde san Pablo bosqueja con singular maestría la gran figura de Abrahán, el padre de los creyentes. Toda la vida del patriarca está acompasada por su fe magnífica. Por la fe obedece a Dios, deja su tierra y parte hacia un destino no precisado. Por la fe cree que aunque enervado ya por los años, tendrá un hijo de la anciana Sara. Por la fe no vacila, a un mandato divino, en sacrificar a Isaac, su hijo único del que esperaba la descendencia prometida por Dios. Abrahán cree contra toda evidencia y espera, pensando “que Dios tiene poder hasta para resucitar muertos” (ib 19). Su conducta demuestra con claridad que “la fe es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve” (ib 10).

También el Evangelio del día (Lc 12, 32-48) invita a la espera: “Lo mismo vosotros, estad preparados” (ib 40); prontos en la fe y en la esperanza para el día del Señor y la celestial Jerusalén. La perícopa se inicia con una promesa rebosante de ternura más que paterna: “No temas pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino” (ib 32). Los discípulos de Jesús, auque pocos y dispersos en medio de un mundo incrédulo, no deben temer, pues el Padre los ha constituido herederos del Reino y sobre él se apoya en su certeza de alcanzarlo un día. Pero deben, como Abrahán, renunciar a las seguridades terrenas y aceptar vivir como pobres, desasidos y desarraigados, totalmente vueltos hacia el verdadero tesoro que no está en la tierra sino en los cielos.

Por eso nada de preocupaciones y afanes excesivos por las cosas temporales, sino cuidar de ellas teniendo “Ceñida la cintura y encendidas las lámparas; como los que aguardan a que su señor vuelva para abrirle apenas venga y llame” (ib 35-36). Sigue la parábola del administrador fiel, cuyo objeto es subrayar la grave responsabilidad de cuantos están encargados de proveer a los hermanos. ¡Ay de ellos si en la espera del amor que “tarda en llegar” (ib 45), se aprovechan de su posición a expensas de los que fueron confiados a sus cuidados. La larga espera no puede autorizar ninguna negligencia o intemperancia.


“¿Cuándo vendrá el Señor? ¿Cuándo y cómo seremos Introducidos en su reino? Esto es secreto de Dios. También los cristianos, como Abrahán, deberán aguardar con fe y esperanza sin saber el cuándo o el cómo del cumplimiento de las divinas promesas.

Señor, te pido una fe nueva, viva, profunda... Mi alma, más dura que una piedra, más insensible que el acero, más árida que el desierto, está ávida de beber a grandes sorbos esta ola de fe y de amor..., ya que es de fe de lo que necesito, y de amor y caridad, porque mi alma está fría; y este entusiasmo y esta fe me los ofrecerá la Virgen santa, consoladora de los pecadores... Así me elevaré a las esferas más altas de nuestro cristianismo... con la fe poderosa, con el corazón puro; un cristianismo como el de los tiempos de Esteban.

Esto pido, Cristo Jesús, no otra cosa: fe, plenitud de fe y voluntad pura de servirte a ti y a tu Iglesia” (Canovai, Suscipe, Domine).

“Señor, si dices que vigilemos y estemos preparados, es porque a la hora que menos lo pensemos, te presentarás tú. Así quieres que estemos siempre dispuestos al combate y que en todo momento practiquemos la virtud. Es como si dijeras: Si el vulgo de las gentes supieran cuándo había de morir, para aquel día reservarían absolutamente su fervor. Así, pues, para que no limiten su fervor a ese día, no revelas ni el común ni el propio de cada uno, pues quieres que te estemos siempre esperando y seamos siempre fervorosos. De ahí que dejaste también en la incertidumbre el fin de cada uno. Sabiendo que has de venir infaliblemente, haz que vigilemos y estemos preparados a fin de que no nos lleven desapercibidos de este mundo.

Señor, tú exiges de tu siervo prudencia y fidelidad. Lo llamas “leal”, porque no sisó nada ni dilapidó vana y neciamente de los bienes de su señor; lo llamas “prudente”, porque supo administrar como debía lo que se le había confiado. Haznos también a nosotros, Señor, siervos leales y prudentes, para que no usurpemos nada de cuanto te pertenece y administremos convenientemente tus bienes” (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 77, 2, 3).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.