23 de mayo: Beatificación del Siervo de Dios Monseñor Oscar Romero

domingo, 24 de mayo de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: Solemnidad de Pentecostés

Ciclo B
Evangelio: Jn 20,19-23

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:

«La paz con vosotros».

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez:

«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío».

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor.


La celebración de Pentecostés (en griego día 50) proviene de una antigua fiesta anual agraria que marcaba el fin de la cosecha del trigo y la cebada. Era llamada fiesta de la Semana de Semanas o de las 7 Semanas, y tenía lugar 50 días después de la ofrenda de los primeros frutos. Los judíos le dieron un significado histórico al conmemorar en ella la Alianza de Dios con su pueblo sellada con la promulgación de su Ley en el monte Sinaí, 50 días después del acontecimiento de la Pascua con el que Dios había liberado al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto.

Para los cristianos, Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. La 1ª lectura (Hechos de los Apóstoles 2, 1-11) cuenta cómo 50 días después de la Pascua los primeros discípulos que habían seguido a Jesús y oraban con María, su madre (Hechos 1, 13-14), recibieron el Espíritu Santo prometido por Él para realizar la misión que les había encomendado: proclamar abiertamente la Buena Noticia de una nueva Alianza y una nueva Ley -la ley del amor universal-, ya no para un solo pueblo sino para toda la humanidad, en virtud del acontecimiento pascual realizado en Jesucristo con su muerte redentora y su resurrección gloriosa. En la 2ª lectura (1 Cor 12, 3b-7.12-13) el apóstol Pablo se refiere a la acción del Espíritu Santo a través de sus dones. El Evangelio (Jn 20, 19-23) nos presenta a Jesús resucitado comunicándoles a sus discípulos el Espíritu Santo, al que el Salmo 104 (103) se refiere como el “aliento” de Dios que crea y renueva la vida.

1. El Espíritu Santo y sus símbolos

Los relatos bíblicos de la creación dicen que “el Espíritu  (en hebreo la Ruaj) de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gn 1, 2) y que el Señor “formó al hombre de la tierra, sopló en su nariz y le dio vida” (Gn 2, 7). La palabra ruaj -de género femenino en lengua hebrea, lo cual es importante resaltar para reconocer el valor de este género desde el inicio de la creación- significa viento, aliento, soplo. En los Hechos se habla de un viento fuerte, en el Salmo del aliento de Dios que crea y renueva la vida, y en el Evangelio del soplo de Jesús a sus discípulos para decirles: “reciban el Espíritu Santo”.

Hay otros signos que también emplea el lenguaje bíblico para referirse al Espíritu Santo: El fuego simboliza la energía divina que transforma, dinamiza, da luz y calor; el relato de los Hechos nos presenta este signo en la imagen de las “lenguas de fuego”. El agua, signo de vida, expresa el nuevo nacimiento en el Bautismo; a él alude Pablo en la segunda lectura cuando dice que “todos hemos bebido de un mismo Espíritu”. El óleo significa la fortaleza para cumplir la misión; este signo se emplea en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, el Orden y la Unción de los Enfermos. La paloma que aparece al terminar el diluvio con una rama de olivo (Gn 8, 11) y en el Bautismo de Jesús (Jn 1, 32), evoca al Espíritu que “aleteaba sobre las aguas” (Gn 1, 2). La imposición de las manos -que abiertas y unidas por los pulgares forman la imagen de un ave con las alas desplegadas- significa la comunicación del Espíritu Santo.

2. El Espíritu Santo hace posible el nacimiento y el desarrollo de la Iglesia

Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia  (en griego Ekklesía, es decir, comunidad convocada), Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo compuesto por muchos y distintos miembros -todos los bautizados-, animado por el Espíritu Santo del que provienen, como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura, los dones o carismas necesarios para realizar los servicios y las funciones que a cada cual le corresponden según su vocación. Se suelen destacar estos siete dones del Espíritu Santo:

Sabiduría para conocer la voluntad de Dios y tomar siempre las decisiones correctas. Entendimiento para saber interpretar y comprender el sentido la Palabra de Dios. Ciencia para saber descubrir a Dios en su creación y desarrollarla constructivamente. Consejo para orientar a otros cuando nos lo solicitan o necesitan de nuestra ayuda. Fortaleza para luchar sin desanimarnos a pesar de los problemas y las dificultades. Piedad para reconocernos como hijos de Dios y como hermanos entre nosotros. Respeto a Dios (llamado también de temor de Dios, pero con un sentido diferente del miedo), para evitar las ocasiones de pecado y cumplir a cabalidad sus mandamientos.

3. El Espíritu Santo hace posible la comunicación gracias al lenguaje del amor

Pentecostés es la gran fiesta de la comunicación, gracias al lenguaje del amor que hace posible el entendimiento entre las personas en su diversidad y pluralidad de idiomas, razas y culturas. Toda la historia de la acción creadora, salvadora y renovadora de Dios, que llega a su plenitud en Jesucristo y se hace efectiva en nosotros por obra y gracia del Espíritu Santo, es un paso de la incomunicación de Babel a la comunicación de Pentecostés. Cuando las civilizaciones pretenden edificarse con intenciones de dominación opresora, la consecuencia es la falta de entendimiento (Génesis 11, 1-9); pero cuando la intención es compartir, construir una auténtica comunidad participativa en la que todos los seres humanos seamos efectivamente reconocidos entre nosotros como hermanos, se hace palpable la presencia unificadora del Espíritu de Dios y se produce la verdadera comunicación (Hechos 2, 1-12).

Al celebrar hoy la fiesta de Pentecostés, y también al comenzar cada jornada y cada acción importante en nuestra vida, sintiéndonos unidos en oración como los primeros discípulos lo estaban con María, la madre de Jesús, repitamos en nuestro interior la petición que antecede en la liturgia eucarística al Evangelio de este día: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

Gabriel Jaime Pérez, S.J.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): Pentecostés - Ciclo B

“El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena” 
(Jn 20, 19-23) 


sábado, 23 de mayo de 2015

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): No seamos esclavos del pecado



DÉCIMO CUARTO PROGRAMA DEL CICLO















“La libertad que nos ha dado Cristo, nos libra, como nos enseña San Pablo, de la esclavitud de los “elementos del mundo” (Ibíd., 4, 3); es decir, de la errónea elección del hombre que le lleva a servir y hacerse esclavo de “los que por naturaleza no son dioses”: (Ibíd., 4, 8) el egoísmo, la envidia, la sensualidad, la injusticia y el pecado en cualquiera de sus manifestaciones.

Para Jesús, hacer la voluntad de Dios era el alimento de su existencia (cf. Jn 4, 34), aquello que sostenía y daba sentido a su actuación entre los hombres. Y lo mismo debe suceder en la vida de los hijos de Dios: ¡Debemos concebir nuestra existencia como un acto de servicio, de obediencia, al designio libre, amoroso y soberano de nuestro Padre Dios! Haciendo lo que Dios quiere, también con sacrificio, nos revestimos de la libertad, del amor y de la soberanía de Dios.”

(San Juan Pablo II, Discursos en Argentina, 8 de abril de 1987, Tucumán).

viernes, 22 de mayo de 2015

SANTORAL: Vida y martirio de Monseñor Oscar Arnulfo Romero

Nació en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, República de El Salvador, en América Central, el 15 de agosto de 1917, día de la Asunción de la Virgen María. Su familia era humilde y con un tipo modesto de vida. Desde pequeño, Oscar fue conocido por su carácter tímido y reservado, su amor a lo sencillo y su interés por las comunicaciones. A muy temprana edad sufrió una grave enfermedad que le afectó notablemente en su salud.

En el transcurso de su infancia, en ocasión de una ordenación sacerdotal a la que asistió, Oscar habló con el padre que acompañaba al recién ordenado y le manifestó sus grandes deseos de hacerse sacerdote. Su deseo se convirtió en una realidad, ingresó al Seminario Menor de San Miguel y a pesar de las desaveniencias económicas que pasaba la familia para mantenerlo en el seminario, Oscar avanzó en su idea de entregar su vida al servicio de Dios y del pueblo.

Estudió con los padres Claretianos en el Seminario Menor de San Miguel desde 1931 y posteriormente con los padres Jesuitas en el Seminario San José de la Montaña hasta 1937. En el tiempo que estalló la II Guerra Mundial, fue elegido para ir a estudiar a Roma y completar su formación sacerdotal y seguramente su elección se debió a la integridad espiritual e inteligencia académica manifestada en el seminario.

Fue ordenado sacerdote a la edad de 25 años en Roma, el 4 de abril de 1942. Continuó estudiando en Roma para completar su tesis de Teología sobre los temas de ascética y mística, pero debido a la guerra, tuvo que regresar a El Salvador y abandonar la tesis que estaba a punto de concluir.

Regresó al país en agosto de 1943. Su primera parroquia fue Anamorós en el departamento de La Unión. Pero poco tiempo después fue llamado a San Miguel donde realizó su labor pastoral durante aproximadamente veinte años.

El padre Romero era un sacerdote sumamente caritativo y entregado. No aceptaba obsequios que no necesitara para su vida personal. Ejemplo de ello fue la cómoda cama que un grupo de señoras le regaló en una ocasión, la cual regaló y continuó ocupando la sencilla cama que tenía.

Dada su amplia labor sacerdotal fue elegido Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador y ocupó el mismo cargo en el Secretariado Episcopal de América Central.

El 25 de abril de 1970, la Iglesia lo llamó a proseguir su camino pastoral elevándolo al ministerio episcopal como Obispo Auxiliar de San Salvador, que tenía al ilustre Mons. Luis Chávez y González como Arzobispo y como Auxiliar a Mons. Arturo Rivera Damas. Con ellos compartiría su desafío pastoral y en el día de su ordenación episcopal dejaba claro el lema de toda su vida: “Sentir con la Iglesia”.

Esos años como Auxiliar fueron muy difíciles para Monseñor Romero. No se adaptaba a algunas líneas pastorales que se impulsaban en la Arquidiócesis y además lo aturdía el difícil ambiente que se respiraba en la capital. También fue nombrado director del semanario Orientación, y le dio al periódico un giro notablemente clerical. Este “giro” le fue muy criticado por algunos sectores dentro de la misma Iglesia, considerándolo un “periódico sin opinión”.

En El Salvador la situación de violencia avanzaba, con ello la Iglesia se edificaba en contra de esa situación de dolor, por tal motivo la persecución a la Iglesia en todos sus sentidos comenzó a cobrar vida.

Luego de muchos conflictos en la Arquidiócesis, la sede vacante de la Diócesis de Santiago de María fue su nuevo camino. El 15 de octubre de 1974 fue nombrado obispo de esa Diócesis y el 14 de diciembre tomó posesión de la misma. Monseñor Romero se hizo cargo de la Diócesis más joven de El Salvador en ese tiempo.

En junio de 1975 se produjo el suceso de “Las Tres Calles”, donde un grupo de campesinos que regresaban de un acto litúrgico fue asesinado sin compasión alguna, incluso a criaturas inocentes.

Mons. Romero junto al Beato Pablo VI.
El informe oficial hablaba de supuestos subversivos que estaban armados; las ‘armas’ no eran más que las biblias que los campesinos portaban bajos sus brazos. En ese momento, los sacerdotes de la Diócesis, sobre todos los jóvenes, pidieron a Monseñor Romero que hiciera una denuncia pública sobre el hecho y que acusara a las autoridades militares del siniestro, Mons. Romero no había comprendido que detrás de las autoridades civiles y militares, detrás del mismo Presidente de la República, Arturo Armando Molina que era su amigo personal, había una estructura de terror, que eliminaba de su paso a todo lo que pareciera atentar los intereses de “la patria” que no eran más que los intereses de los sectores pudientes de la nación. Mons. Romero creía ilusamente en el Gobierno, éste era su grave error. Poco a poco comenzó a enfrentarse a la dura realidad de la injusticia social.
Los amigos ricos que tenía eran los mismos que negaban un salario justo a los campesinos; esto le empezó a incomodar, la situación de miseria estaba llegando muy lejos como para quedarse esperando a una solución de los demás. La situación se agudizó y las relaciones entre el pueblo y el gobierno se fueron agrietando.

En medio de ese ambiente de injusticia, violencia y temor, Mons. Romero fue nombrado Arzobispo de San Salvador el 3 de febrero de 1977 y tomó posesión el 22 del mismo mes, en una ceremonia muy sencilla. Tenía 59 años de edad y su nombramiento fue para muchos una gran sorpresa, el seguro candidato a la Arquidiócesis era el auxiliar por más de dieciocho años en la misma, Mons. Arturo Rivera Damas: “la lógica de Dios desconcierta a los hombres”.

El 12 de marzo de 1977, se dio la triste noticia del asesinato del padre Rutilio Grande, un sacerdote amplio, consciente, activo y sobre todo comprometido con la fe de su pueblo. La muerte de un amigo duele, Rutilio fue un buen amigo para Monseñor Romero y su muerte le dolió mucho: “un mártir dió vida a otro mártir”.

Su opción comenzó a dar frutos en la Arquidiócesis, el clero se unió en torno al Arzobispo, los fieles sintieron el llamado y la protección de una Iglesia que les pertenecía, la “fe” de los hombres se volvió en el arma que desafiaría las cobardes armas del terror. La situación se complicó cada vez más. Un nuevo fraude electoral impuso al general Carlos Humberto Romero para la Presidencia. Una protesta generalizada se dejó escuchar en todo el ambiente.

24 de marzo de 1980, Monseñor Romero,
fue asesinado de un certero disparo,
mientras oficiaba la Santa Misa.
En el transcurso de su ministerio Arzobispal, Mons. Romero se convirtió en un implacable protector de la dignidad de los seres humanos, sobre todo de los más desposeídos; esto lo llevaba a emprender una actitud de denuncia contra la violencia, y sobre todo a enfrentar cara a cara a los regímenes del mal.

Sus homilías se convirtieron en una cita obligatoria de todo el país cada domingo. Desde el púlpito iluminaba a la luz del Evangelio los acontecimientos del país y ofrecía rayos de esperanza para cambiar esa estructura de terror.

Los primeros conflictos de Monseñor Romero surgieron a raíz de las marcadas oposiciones que su pastoral encontraba en los sectores económicamente poderosos del país y unido a ellos, toda la estructura gubernamental que alimentaba esa institucionalidad de la violencia en la sociedad salvadoreña, sumado a ello, el descontento de las nacientes organizaciones político-militares de izquierda, quienes fueron duramente criticados por Mons. Romero en varias ocasiones por sus actitudes de idolatrización y su empeño en conducir al país hacia una revolución.

A raíz de su actitud de denuncia, Mons. Romero comenzó a sufrir una campaña extremadamente agobiante contra su ministerio arzobispal, su opción pastoral y su personalidad misma, cotidianamente eran publicados en los periódicos más importantes, editoriales, campos pagados, anónimos, etc., donde se insultaba, calumniaba, y más seriamente se amenazaba la integridad física de Mons. Romero. La “Iglesia Perseguida en El Salvador” se convirtió en signo de vida y martirio en el pueblo de Dios.

Este calvario que recorría la Iglesia ya había dejado rasgos en la misma, luego del asesinato del padre Rutilio Grande, se sucedieron otros asesinatos más. Fueron asesinados los sacerdotes Alfonso Navarro y su amiguito Luisito Torres, luego fue asesinado el padre Ernesto Barrera, posteriormente fue asesinado, en un centro de retiros, el padre Octavio Ortiz y cuatro jóvenes más. Por último fueron asesinados los padres Rafael Palacios y Alirio Napoleón Macias. La Iglesia sintió en carne propia el odio irascible de la violencia que se había desatado en el país.

Resultaba difícil entender en el ambiente salvadoreño que un hombre tan sencillo y tan tímido como Mons. Romero se convirtiera en un “implacable” defensor de la dignidad humana y que su imagen traspasara las fronteras nacionales por el hecho de ser: “voz de los sin voz”. Muchas de los sectores poderosos y algunos obispos y sacerdotes se encargaron de manchar su nombre, incluso llegando hasta los oídos de las autoridades de Roma. Mons. Romero sufrió mucho esta situación, le dolía la indiferencia o la traición de alguna persona en contra de él. Ya a finales de 1979 Monseñor Romero sabía el inminente peligro que acechaba contra su vida y en muchas ocasiones hizo referencia de ello consciente del temor humano, pero más consciente del temor a Dios a no obedecer la voz que suplicaba interceder por aquellos que no tenían nada más que su fe en Dios: los pobres.

Uno de los hechos que comprobó el inminente peligro que acechaba sobre la vida de Mons. Romero fue el frustrado atentado dinamitero en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en febrero de 1980, el cual hubiera acabado con la vida de Monseñor Romero y de muchos fieles que se encontraban en el recinto de dicha Basílica.

El domingo 23 de marzo de 1980 Mons. Romero pronunció su última homilía, la cual fue considerada por algunos como su sentencia de muerte debido a la dureza de su denuncia: “en nombre de Dios y de este pueblo sufrido... les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, CESE LA REPRESION”.

Ese 24 de marzo de 1980 Monseñor OSCAR ARNULFO ROMERO GALDAMEZ fue asesinado de un certero disparo, aproximadamente a las 6:25 p.m. mientras oficiaba la Eucaristía en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, exactamente al momento de preparar la mesa para recibir el Cuerpo de Jesús. Fue enterrado el 30 de marzo y sus funerales fueron una manifestación popular de compañía, sus queridos campesinos, las viejecitas de los cantones, los obreros de la ciudad, algunas familias adineradas que también lo querían, estaban frente a la catedral para darle el último adiós, prometiéndole que nunca lo iban a olvidar. Raramente el pueblo se reúne para darle el adiós a alguien, pero él era su padre, quien los cuidaba, quien los quería, todos querían verlo por última vez.

Tres años de fructífera labor arzobispal habían terminado, pero una eternidad de fe, fortaleza y confianza en un hombre bueno como lo fue Mons. Romero habían comenzado, el símbolo de la unidad de los pobres y la defensa de la vida en medio de una situación de dolor había nacido.

jueves, 21 de mayo de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA: “Los padres no deben autoexcluirse de la educación de los hijos”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 20 de mayo de 2015 en la Plaza de San Pedro.


Catequesis sobre sobre la Familia

Hoy, queridos hermanos y hermanas, quiero daros la bienvenida porque he visto entre vosotros muchas familias. ¡Buenos días a todas las familias!

Y continuamos reflexionando sobre la familia y hoy de una característica esencial de la familia, o sea, de su vocación natural a educar a los hijos para que crezcan en la responsabilidad de sí y de los otros. Lo que hemos escuchado del apóstol Pablo al inicio es muy bonito, muy bonito. Vosotros hijos obedeced a los padres en todo, eso agrada al Señor. Y vosotros padres, no exasperéis a los hijos, para que no se desanimen. Esto es una regla sabia, el hijo que es educado en escuchar a los padres, obedecer a los padres que buscan no mandar de una forma fea para no desanimar a los hijos. Los hijos deben crecer sin desanimarse, paso a paso. Si vosotros, una familia, padres, decís a los hijos ‘subamos esa escalera y les lleváis de la mano paso a paso, les hacéis subir, las cosas irán bien’. Pero si les decís ‘vé allí, vé arriba’, ‘no puedo’, ‘vé’. Esto se llama exasperar a los hijos, pedir a los hijos cosas que no son capaces de hacer. Y por eso, esta relación entre padres e hijos es de una sabiduría, debe ser de una sabiduría, de un equilibrio grande. Hijos obedeced a los padres, eso gusta a Dios.

Y vosotros padres, no exasperéis a los hijos pidiendo cosas que no pueden hacer. ¿Entendido? Y eso se hace para que los hijos crezcan en la responsabilidad de los otros, parecería una constatación obvia, incluso también en nuestros tiempos no faltan las dificultades. Es difícil educar para los padres que ven a los hijos solo por la noche, cuando vuelven a casa cansados. Los que tienen la suerte de tener trabajo. Y más difícil aún para los padres separados, con la carga de esta condición.  Es muy difícil educar pero pobres, han tenido dificultades, se han separado y muchas veces el hijo es tomado como rehén, el padre le habla mal de la madre, la madre le habla mal del padre. Y se hace mucho mal. Yo os digo, matrimonios separados, nunca, nunca, nunca, tomar al hijo como rehén. Vosotros os habéis separado por muchas dificultades y motivos, la vida os ha dado esta prueba, pero que los hijos no sean los que lleven el peso de esta separación. Que los hijos no sean usados como rehén contra el otro cónyuge. Que los hijos crezcan escuchando que la madre habla bien del padre, aunque no estén juntos. Y que el padre habla bien de la madre. Para los matrimonios separados esto es muy importante, es muy difícil pero podéis hacerlo.

Pero, sobre todo, esta es la pregunta, ¿cómo educar? ¿Qué tradición tenemos hoy para transmitir a nuestros hijos?

Intelectuales “críticos” de todo tipo han acallado a los padres de mil manera, para defender a las jóvenes generaciones de los daños  -reales o presuntos- de la educación familiar. La familia ha sido acusada, entre otras cosas, de autoritarismo, de favoritismo, de conformismo, de represión afectiva que genera conflictos.

De hecho, se ha abierto una fractura entre la familia y la sociedad. Entre familia y escuela. El pacto educativo hoy se ha roto. Y así, la alianza educativa de la sociedad con la familia ha entrado en crisis porque ha sido socavada la confianza recíproca. Los síntomas son muchos. Por ejemplo, en la escuela se han erosionado las relaciones entre los padres y los profesores. A veces hay tensiones y desconfianza recíproca; y las consecuencias naturalmente recaen en los hijos. Por otro lado, se han multiplicado los llamados “expertos” que han ocupado el rol de los padres también en los aspectos más íntimos de la educación. Sobre la vida afectiva, la personalidad y el desarrollo, sobre los derechos y los deberes, los “expertos” saben todo; objetivos, motivaciones, técnicas. Y los padres deben solo escuchar, aprender y adecuarse. Privados de su rol, se convierten a menudo en excesivamente cargantes y posesivos en lo relacionado con los hijos, hasta no corregirles nunca. ¡Pero tú no puedes corregir al hijo! Tienden a confiar cada vez más a los ‘expertos’, también para los aspectos más delicados y personales de su vida, dejándoles en la esquina solos; y así los padres corren el riesgo de autoexcluirse de la vida de sus hijos. ¡Y esto es gravísimo!  Hoy no, pensemos, hay casos no digo que sucede siempre pero hay casos. La maestra en la escuela, regaña al niño y hace un escrito a los padres. 

Yo recuerdo una anécdota personal, yo una vez cuando estaba en cuarto de primaria dije una palabra fea a la profesora. Y la profesora, buena mujer, hizo llamar a mi madre. Mi madre vino al día siguiente, han hablado entre ellas y luego me llamaron. Y mi madre, delante de la profesora me explicó que lo que había hecho era algo feo, que no se debe hacer, pero con mucha dulzura lo ha hecho mamá. Y me dijo que pidiera perdón a la maestra. Yo lo hice y después me quedé contento porque pensé, ha terminado bien la historia. Pero ese era el primer capítulo. Cuando volví a casa, comenzó el segundo capítulo. Imaginadlo vosotros. Hoy, la maestra, hace una cosa como esta y el día siguiente, uno de los padres o los dos van a regañar a la profesora porque los técnicos dicen que a los niños no hay que regañarles así. ¡Han cambiado las cosas! Los padres no deben autoexcluirse de la educación de los hijos.

Es evidente que este enfoque no es bueno: no es armónico, no es dialógico, y en vez de favorecer la colaboración entre la familia y las otras agencias educativas, las escuelas, los gimnasios, tantas agencias educativas, las contrapone.

¿Cómo hemos llegado a este punto? No hay duda de que los padres, o mejor, ciertos modelos educativos del pasado, tenían algunos límites. ¡No hay duda! Pero es verdad que hay errores que solo los padres están autorizados a hacer, porque pueden compensarles de una forma que es imposible para otros. Por otro lado, lo sabemos bien, la vida nos ha dejado poco tiempo para hablar, reflexionar, debatir.  Muchos padres están “secuestrados” por el trabajo, papá y mamá deben trabajar, y por otras preocupaciones, avergonzados por las nuevas exigencias de los hijos y de la complejidad de la vida actual, que es así, debemos aceptarla como es, y se encuentran como paralizados por el miedo a equivocarse. El problema no es solo hablar. Es más, un “dialogismo” superficial no lleva a un verdadero encuentro de la mente y del corazón. Preguntémonos más bien: ¿tratamos de entender ‘donde’ los hijos están realmente en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos? Y sobre todo ¿lo queremos saber? ¿Estamos convencidos que ellos, en realidad, no esperan otra cosa?

Las comunidades cristianas están llamadas a ofrecer apoyo a la misión educativa de las familias, y lo hacen sobre todo a la luz de la Palabra de Dios. El apóstol Pablo recuerda la reciprocidad de los deberes entre padres e hijos: “Vosotros, hijos, obedeced a los padres en todos; eso agrada al Señor. Vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desanimen”. En la base de todo está el amor, lo que Dios nos dona, que “no falta el respeto, no falta el propio interés, no se enfada, no tiene en cuenta el mal recibido… todo lo perdona, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. ¡También en las mejores familias es necesario aguantarse y es necesaria mucha paciencia! El mismo Jesús ha pasado a través de la educación familiar.

También en este caso, la gracia del amor de Cristo lleva a cumplir lo que está inscrito en la naturaleza humana. ¡Cuántos ejemplos buenos tenemos de padres cristianos llenos de sabiduría humana! Ellos muestran que la buena educación familiar es la columna vertebral del humanismo. Su irradiación social es el recurso que consiente compensar las lagunas, las heridas, los votos de paternidad y maternidad que tocan a los hijos menos afortunados. Esta irradiación puede hacer auténticos milagros. ¡Y en la Iglesia suceden cada día estos milagros!

Deseo que el Señor done a las familias cristianas la fe, la libertad y la valentía necesarias para su misión. Si la educación familiar encuentra el orgullo de su protagonismo, muchas cosas cambiarán a mejor, para los padres inciertos y los hijos desilusionados. Es hora de que los padres y las madres vuelvan de su exilio, porque se han autoexiliado de la educación de sus hijos, que vuelvan de su exilio y asuman plenamente su rol educativo. Esperemos que el Señor nos dé esta gracia de no autoexiliarse en la educación de los hijos. Y esto solamente pueda hacerlo el amor, la ternura y la paciencia.  

miércoles, 20 de mayo de 2015

SANTORAL (audios): San Bernardino de Siena (20 de mayo)




Oración al Santísimo Nombre de Jesús 
de san Bernardino de Siena

¡Oh Nombre glorioso, Nombre regalado, Nombre amoroso y santo!

Por ti las culpas se borran, los enemigos huyen vencidos, los enfermos sanan, los atribulados y tentados se robustecen, y se sienten gozosos todos.

Tú eres la honra de los creyentes, Tú el maestro de los predicadores, Tú la fuerza de los que trabajan, Tú el valor de los débiles.

Con el fuego de tu ardor y de tu celo se enardecen los ánimos, crecen los deseos, se obtienen los favores, las almas contemplativas se extasían; por ti todos los bienaventurados del cielo son glorificados.

Haz, dulcísimo Jesús, que también nosotros reinemos con ellos por la fuerza de tu santísimo Nombre. Amén.

martes, 19 de mayo de 2015

PRO VIDA: Andrea Bocelli lleva el Evangelio de la Familia a Barcelona



70.000.000 de discos vendidos


Superviviente de aborto


´El gran misterio. El evangelio de la familia, escuela de humanidad para nuestros tiempos´, es el título de una serie de conciertos en diversas ciudades europeas. Es una iniciativa invitando a la reflexión en el año dedicado a la familia que ha sido presentada este sábado en la Sala de prensa de la Santa Sede.

Durante la misma, el arzobispo Vicenzo Paglia indicó refiriéndose al maestro Andrea Bocelli allí presente, que el tenor se transforma así en embajador de la familia en las plazas de Europa.

Andrea Bocelli es el compositor y cantor más importante de Italia, con fama internacional, que ha vendido más de 70 millones de discos en todo el mundo. Nació con la vista débil y a los 12 años debido a un glaucoma la perdió definitivamente.

Fue ganador del Festival de San Remo en 1994 y obtuvo diversos galardones y reconocimientos.

ZENIT le preguntó al maestro Bocelli si era verdad que su madre rechazó la propuesta de un médico de interrumpir su gestación.

Andrea Bocelli respondió: “Es verdad, y hay un video que ha girado mucho por internet y por el cual fui también acosado de preguntas y a veces también injuriado, porque cada uno la piensa a su modo. Yo no me he expresado nunca contra nada, sino que cuando me sucede, suelo hacerlo a favor de algo. En este caso me he alineado con esta narración en favor de la vida".

Y añadió que su madre le ha contado “que cuando me esperaba tuvo problemas, no me recuerdo si de apendicitis u otra cosa, y en el hospital le hicieron aplicaciones de hielo. Por ello el médico le aconsejó interrumpir la gestación”. El cantante italiano añadió que “si mi madre lo hubiera hecho no estaría aquí”. Y concluyó: “Esto es así, si se quiere considerar verdadero lo que mi madre dijo”.

Durante la presentación recordó también el gran éxito que tuvo su álbum sobre música sacra. Y añadió que tuvo que insistir con el productor que pensaba iba a ser un gran fracaso, que al máximo se habrían vendido unos diez ejemplares, dijo, contando el que iba a comprar su mamá. “Y fue el disco más vendido, con 5 millones de copias, demostrando el gran interés del público por la música sacra”.

´El evangelio de la familia, escuela de humanidad para nuestros tiempos´, producido por la CitySounds & Events, inicia su programa el próximo 28 de mayo en la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, motivo por el cual participó también a la rueda de prensa el cardenal Lluis Martínez Sistach. Se interpretarán músicas de G.F. Handel, Schubert, Frank, Mozart, J. Massenet Thaïs, Stradella, G. Verdi, C. Gounod, Verdi, Caccini, Rossini, y E. Morricone.

Artículo original de H. Sergio Mora para Zenit


domingo, 17 de mayo de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación”

Solemnidad de la Ascensión del Señor
Ciclo B
Evangelio: Marcos 16,15-20

En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo:

«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Palabra del Señor.


En la fiesta de la Ascensión del Señor, que celebramos el domingo que sigue  inmediatamente al cumplimiento de los cuarenta días de haber conmemorado su Resurrección, las lecturas bíblicas [Hechos 1, 1-11; Salmo 47 (46); Efesios 1, 17-23; Marcos 16, 15-20] nos invitan a reflexionar sobre lo que decimos en el Credo: que Jesucristo resucitado “subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre”.

No se trata de la subida física a las alturas de un superhéroe como los de las historietas, sino de un misterio que consiste en la exaltación o glorificación de Jesucristo, quien como nos dice san Pablo en la segunda lectura, después de haber descendido a la condición de los muertos (y esto es lo que significa la fórmula, también del Credo, en la que se dice que Jesús “descendió a los infiernos” -teniendo en cuenta que la palabra “infiernos” traduce aquí literalmente los “lugares inferiores” que en hebreo se denominan con el término sheol”-), fue resucitado por Dios Padre para hacerlo en su naturaleza humana plenamente partícipe de la gloria divina, “sentándolo a su derecha en el cielo”, como dice asimismo el Apóstol, empleando una imagen simbólica tomada de la costumbre que en aquella época tenían los reyes de hacer subir y situar junto a su trono, a su derecha, a quienes se habían distinguido por el cumplimiento cabal de una misión que les había sido encomendada.

Del relato de los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura podemos destacar aquella frase que oyen al final los discípulos de Jesús: “¿Qué hacen ustedes ahí plantados mirando al cielo?”. Se trata de una invitación también a nosotros para que nos pongamos en marcha con los pies en la tierra, dispuestos colaborar activamente en la misión que Cristo resucitado les encomienda a sus discípulos, tal como la indica el texto del Evangelio según san Marcos: “Vayan por todo el mundo y anuncien a todos la Buena Noticia”. La descripción de las “señales que acompañarán a los que creen” expresa el poder sanador y transformador de la fe que debe animar a todo discípulo o seguidor de Jesucristo.

Al celebrar el misterio de la Ascensión del Señor, animados por la fe en Jesucristo resucitado cuya naturaleza humana participa ya de la gloria de Dios Padre en la eternidad, renovemos  nuestra esperanza en que, si procuramos seguir el ejemplo de vida y las enseñanzas de Jesús, también nosotros poseeremos el mismo estado de vida nueva y felicidad sin fin y que expresamos cuando nos referimos al “cielo”.

Como los Apóstoles, testigos de la Ascensión, también nosotros estamos invitados a fijar nuestra mirada en el rostro de Cristo, elevado al resplandor de la gloria divina.

Ciertamente, contemplar el cielo no significa olvidar la tierra. Si nos viniera esta tentación, nos bastaría escuchar de nuevo a los "dos hombres vestidos de blanco" de la página evangélica de hoy: "¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?". La contemplación cristiana no nos aleja del compromiso histórico. El "cielo" al que Jesús ascendió no es lejanía, sino ocultamiento y custodia de una presencia que no nos abandona jamás, hasta que él vuelva en la gloria. Mientras tanto, es la hora exigente del testimonio, para que en el nombre de Cristo "se predique la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos" (cf. Lc 24, 47).

La Ascensión del Señor es, ante todo, un momento de comunión, en el que experimentamos un poco de la alegría que colmó el corazón de los Apóstoles, después de que el Resucitado, bendiciéndolos, se separó de ellos para subir al cielo. En efecto, dice san Lucas que, "después de adorarlo, se volvieron a Jerusalén con gran alegría, y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios" (Lc 24, 52-53).

La naturaleza misionera de la Iglesia hunde sus raíces en este icono de los orígenes. Lleva impresos sus rasgos y vuelve a proponer su espíritu. Vuelve a proponerlo comenzando por la experiencia de la alegría, que el Señor Jesús prometió a cuantos lo aman: "Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado" (Jn 15, 11). Si nuestra fe en el Señor resucitado es viva, nuestro corazón no puede menos de colmarse de alegría, y la misión se configura como un "rebosar" de alegría, que nos impulsa a llevar a todos la "buena nueva" de la salvación con valentía, sin miedos ni complejos, incluso a costa del sacrificio de la vida.

El misterio de la Ascensión nos abre hoy el horizonte ideal desde el que se ha de enfocar este compromiso. Es, ante todo, el horizonte de la victoria de Cristo sobre la muerte y el pecado. Asciende al cielo como rey de amor y paz, fuente de salvación para la humanidad entera. Asciende para "ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros", como hemos escuchado en la lectura de la carta a los Hebreos (Hb 9, 24). La palabra de Dios nos invita a tener confianza: "es fiel quien hizo la promesa" (Hb 10, 23).

También nos da fuerza el Espíritu, que Cristo derramó sin medida. El Espíritu es el secreto de la Iglesia de hoy, como lo fue para la Iglesia de la primera hora. Estaríamos condenados al fracaso si no siguiera siendo eficaz en nosotros la promesa que Jesús hizo a los primeros Apóstoles: "Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto" (Lc 24, 49). El Espíritu, Cristo, el Padre: ¡toda la Trinidad está comprometida con nosotros!

Esta es la certeza que se alimenta continuamente en la contemplación de Cristo elevado al cielo. Fijando en él nuestra mirada, aceptemos de buen grado la exhortación de la carta a los Hebreos a "mantenernos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa" (Hb 10, 23).

Nuestro renovado compromiso se hace canto de alabanza, a la vez que con las palabras del Salmo indicamos a todos los pueblos del mundo a Cristo resucitado y elevado al cielo: "Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo. (...) Dios es el rey del mundo" (Sal 47, 1. 8).

Por tanto, con renovada confianza, iremos siempre hacia el cielo, donde está Cristo, siempre vivo, intercediendo por nosotros.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): La Ascensión del Señor – Ciclo B

“Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” 

(Mc 16, 15-20) 

sábado, 16 de mayo de 2015

SACERDOCIO: Sacerdote con enfermedad terminal envía palabras de aliento a madre con cáncer

Queridos amigos y hermanos del blog: Bárbara es una mamá de tres niños que está luchando contra un tumor, sin embargo, no está sola; una amiga suya le escribió al director del diario italiano Avvenire una carta para que pidiera al P. Salvatore Mellone una bendición para la madre, conmovida por la historia del sacerdote que sufre de cáncer terminal.

“Me gustaría que una de las bendiciones (del P. Mellone), fuese impartida a una amiga enferma de tumor, mamá de tres niños, que está luchando contra este mal. Se llama Bárbara y su fuerza viene de la constante oración que tantas personas elevan por ella a Dios. Les agradezco de corazón por todo lo que llegaran a hacer”, expresó la amiga de nombre Sonia.

Marco Tarquinio, director del diario italiano, buscó entre sus colaboradores a alguien que hiciera llegar la carta al P. Salvatore, quien transmitió su cercanía a Bárbara a través de una carta a Sonia.

“Recibí y leí tu preciosa carta través de una amiga de Andria, colaboradora de ‘Avvenire’, que vino a la celebración eucarística del jueves 23 de abril con otros miembros de la redacción de la revista diocesana ‘En Comunión’. Estoy conmovido por tanto afecto y por todos los pedidos que me hacen llegar de todas partes”, dijo el sacerdote.

“No solo imparto mi bendición para Bárbara, sino que te prometo recordarla en la oración diaria y en todas las Santas Misas de la tarde que celebraré en mi casa mientras Dios nuestro Padre me lo conceda. Te acompaño con una sonrisa, don de Dios, que es mi gracia y gozo pleno en Cristo, Pan de Vida”, expresó.

El P. Mellone sufre de cáncer al esófago y fue ordenado el 16 de abril en su vivienda gracias a una autorización de la Congregación para el Clero, luego de haber evaluado su caso. Su deseo era poder ser celebrar Misa antes de morir. Esta historia llegó a oídos del Papa Francisco, quien dos días antes lo llamó por teléfono para expresarle su cercanía y pedirle que su primera bendición fuese impartida al Pontífice.

El día de su ordenación, el P. Salvatore agradeció a los médicos y enfermeros que lo atienden “por su corazón de samaritanos”, y a los enfermos y sufrientes. “Fueron mis evangelizadores y lo serán todavía”, afirmó.

Un hombre de Dios

Por su parte, Marco Tarquinio destacó la valentía y gentileza del sacerdote de 38 años, “un hombre de Dios que conmueve y edifica a quienes conocen su historia humana y de fe”.

En ese sentido, destacó el pedido de una bendición para Bárbara, sobre todo en un tiempo “que propone muchos modos duros para maldecir e imprecar”.

“Comprendo bien que las bendiciones provenientes de labios y manos de un joven sacerdote que repite en su propia carne la fatiga del Calvario son sentidas como especialmente preciosas”.

“Consideremos, entonces, la bendición para Bárbara como un don que nos concierne a todos. Devolvámosla con una oración por el P. Salvatore y por todos los que está rezando. Extendamos como sepamos y podamos esta red que bendice y agradezcamos al Señor por hacerlo encontrar aunque sea lejos. Por habernos regalado un pastor como él, que nos ayuda a entender que el sentido de la vida es la respuesta personal al Amor que sepamos dar, para nosotros y para los otros”, expresó.

Artículo original de Eduardo Berdejo para ACI Prensa.

viernes, 15 de mayo de 2015

SANTORAL (audios): San Isidro Labrador (15 de mayo)







Oración: 

Glorioso San Isidro, tu vida fue un ejemplo de humildad y sencillez, de trabajo y oración; enséñanos a compartir el pan de cada día con nuestros hermanos los hombres, y haz que el trabajo de nuestras manos humanice nuestro mundo y sea al mismo tiempo plegaria de alabanza al nombre de Dios. Como tú queremos acudir confiadamente a la bondad de Dios y ver su mano providente en nuestras vidas. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

jueves, 14 de mayo de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA: “Las tres palabras clave de la familia: permiso, perdón y gracias”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 13 de mayo de 2015 en la Plaza de San Pedro.

Catequesis sobre sobre la Familia


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy es como una puerta de entrada para una serie de reflexiones sobre la vida de la familia, su vida real, con sus tiempos y sus circunstancias. Sobre esta puerta de entrada están escritas tres palabras, que ya he utilizado varias veces. Y estas palabras son: permiso, gracias, perdón. De hecho, estas palabras abren el camino para vivir bien en la familia. Son palabras sencillas, pero no tan sencillas para poner en práctica. Encierran una gran fuerza: la fuerza de cuidar la casa, también a través de miles de dificultades y pruebas; sin embargo su falta, poco a poco abre grietas que pueden incluso hacerla caer.

Nosotros las entendemos normalmente como las palabras de la “buena educación”. Está bien. Una persona bien educada pide permiso, da las gracias y pide perdón si se equivoca. Porque la buena educación es muy importante. Un gran obispo, san Francisco de Sales, solía decir que “la buena educación es ya mitad de santidad”. Pero, atención, en la historia hemos conocido también un formalismo de las buenas maneras que se puede convertir en máscara que esconde la aridez del alma y el desinterés por el otro. Se suele decir: "Detrás de muchas buenas maneras se esconden malas costumbres”. Ni siquiera la religión es inmune a este riesgo, que desliza el cumplimiento formal en la mundanidad espiritual. 

El diablo que tienta a Jesús ostenta buenas maneras -pero es realmente un señor, un caballero- y cita las Sagradas Escrituras, parece un teólogo. Su estilo parece correcto,  pero su intento es desviar de la verdad del amor de Dios. Nosotros sin embargo entendemos la buena educación en sus términos auténticos, donde el estilo de las buenas relaciones está firmemente arraigado en el amor del bien y en el respeto del otro. La familia vive de esta finura del querer bien.

La primera palabra es “permiso”. Cuando nos preocupamos por pedir gentilmente eso que quizá creemos que merecemos, ponemos una defensa real en el espíritu de la convivencia matrimonial y familiar. Entrar en la vida del otro, también cuando forma parte de nuestra vida, pide la delicadeza de una actitud no invasiva, que renueva la confianza y el respeto. La confianza no autoriza a dar todo por descontado. Y el amor, cuanto más íntimo y profundo es, más exige el respeto de la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón. A propósito de esto, recordamos esa palabra de Jesús en el libro del apocalipsis: "Mira que estoy en la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, yo iré con él, cenaré con él y él conmigo". ¡También el Señor pide permiso para entrar! No lo olvidemos. Antes de hacer algo en la familia, ¿permiso? ¿puedo hacerlo? ¿te gusta que lo haga así? Ese lenguaje verdaderamente educado, pero lleno de amor. Y esto hace mucho bien a las familias.

La segunda palabra es “gracias”. Muchas veces podemos pensar que nos estamos convirtiendo en una civilización de malas maneras y malas palabras, como si fuera un signo de emancipación. Las escuchamos decir muchas veces también públicamente. La gentileza y la capacidad de dar las gracias son vistas como un signo de debilidad, a veces suscitan incluso desconfianza.

Esta tendencia se contrasta en el mismo seno de la familia. Debemos ser intransigentes sobre la educación en la gratitud, en el reconocimiento: la dignidad de las personas y la justicia social pasan ambas por aquí. Si la vida familiar descuida este estilo, también la vida social lo perderá. La gratitud, además, para un creyente, está en el corazón mismo de la fe: un cristiano que no sabe dar las gracias es uno que se ha olvidado del lenguaje de Dios. ¡Escuchad bien eh! Un cristiano que no sabe agradecer es uno que ha olvidado del lenguaje de Dios. ¡Es feo esto, eh!

Recordamos la pregunta de Jesús cuando sanó diez leprosos y solo uno de ellos volvió para darle las gracias. Una vez escuché de una persona anciana, muy sabia, muy buena, sencilla, pero con esa sabiduría de la piedad, de la vida… “La gratitud es una planta que crece solamente en la tierra de las almas nobles”. Esa nobleza del alma, esa gracia de Dios en el alma que empuja a decir: Gracias a la gratitud. Es la flor de un alma noble. Ésta es una algo bonito.

Y la tercera palabra es “perdón”. Palabra difícil, sí, pero también necesaria. Cuando falta, pequeñas grietas se engrandecen -aún sin quererlo- hasta convertirse en fosas profundas.

No por nada, en la oración enseñada por Jesús, el “Padre nuestro” que resume todas las preguntas esenciales de nuestra vida, encontramos esta expresión: "Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Reconocer haber faltado, y estar deseoso de restituir lo que se ha quitado -respeto, sinceridad, amor- nos hace dignos del perdón. Y así se para la infección. Si no tenemos capacidad de pedir perdón, quiere decir que tampoco somos capaces de perdonar. En la casa donde no se pide perdón empieza a faltar el aire, las aguas se estancan. Muchas heridas de los afectos, muchas laceraciones en las familias comienzan con la pérdida de esta palabra preciosa: perdón. 

En la vida matrimonial se pelea muchas veces, también “vuelan los platos”, pero doy un consejo: no terminen el día sin hacer las paces. Escuchad bien. ¿Habéis peleado marido y mujer? ¿Hijos con padres? ¿Habéis peleado fuerte? No está bien pero no es el problema: el problema es que este sentimiento no esté al día siguiente. Por eso, si han peleado, no hay que terminar nunca el día sin hacer las paces en familia. ¿Y cómo debo hacer las paces? ¿Ponerme de rodillas? ¡No! Solamente un pequeño gesto, una cosita así. ¡Y la armonía familiar vuelve, eh! ¡Basta una caricia! Sin palabras. Pero nunca terminar el día en familia sin hacer las paces. ¿Entendido? ¡No es fácil, eh! Pero se debe hacer. Y con esto la vida será más bella.

Estas tres palabras-clave de la familia son palabras sencillas, y quizá en un primer momento nos hacen sonreír. Pero cuando las olvidamos, no hay nada de que reír ¿verdad? Nuestra educación, quizás, las descuida demasiado. El Señor nos ayude a volverlas a poner en el lugar exacto, en nuestro corazón, en nuestra casa, y también en nuestra convivencia civil. Y ahora invito a repetir todos juntos estas tres palabras: “permiso, gracias, perdón”… ¡todos juntos! “permiso, gracias, perdón”. Son tres palabras para entrar realmente en el amor de la familia, para que la familia quede bien. Ahora, repetir ese consejo que he dado, todos juntos: nunca terminar la jornada sin hacer las paces. Todos. “Nunca terminar la jornada sin hacer las paces”. Gracias.