domingo, 30 de agosto de 2009

EVANGELIO DOMINICAL: Lo que hace puro o impuro a un hombre

22º Domingo durante el año – Ciclo B
Evangelio: Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

Queridos amigos y hermanos: el tema de la ley de Dios está tratado en la liturgia de este domingo con singular riqueza. La observancia de los preceptos divinos no debe oprimir ni esclavizar, sino que debe dar la verdadera vida fundada en una relación de amistad con Dios para terminar en la posesión de la tierra prometida, figura de la eterna felicidad.

Moisés había dicho: “no añadiréis nada ni quitaréis nada, al guardar los mandamientos del Señor vuestro Dios” (Dt 4, 2). Sin embargo un celo indiscreto había acumulado en torno a la ley muchísimas prescripciones minuciosas que hacían perder de vista los preceptos fundamentales, hasta el punto de que los contemporáneos de Jesús se escandalizaban porque sus discípulos descuidaban ciertos lavados de manos, “vasos, jarras y ollas” (Mc. 7, 4). En tiempos de Jesús, el judaísmo daba una gran importancia a los ritos externos. La vida diaria del israelita piadoso estaba totalmente programada por la religión. Más aún, la calidad de la relación con Dios se medía por estos indicadores de cumplimiento externo. Por eso Jesús reacciona con energía frente a esa mentalidad formalista: “hipócritas…, dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres” (ib 6,8).

Condena Jesús todo legalismo, pero quiere la observancia sincera de la ley que es una realidad más esencial e interior, porque “nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre” (ib 15). Es hipocresía lavarse escrupulosamente las manos o dar importancia a cualquier otra exterioridad, mientras el corazón está lleno de vicios. Lo interior del hombre es lo que hay que purificar, porque de ahí “salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad” (ib 21-22).

Se engañaría a sí mismo el que se contentase con conocer los preceptos divinos sin preocuparse de traducirlos en obras. De ahí se sigue la conclusión de que el punto central de la ley es el amor al prójimo como expresión concreta del amor a Dios. Porque “la religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con éste mundo” (Sant 1, 27).

En definitiva, el evangelio de hoy, al contrastar entre lo puro y lo impuro, nos lleva a reflexionar sobre un tema de fondo: las expresiones negativas y positivas de la religión. Es negativa una religión que se limita a cumplir con formalismos vacíos; pero también es negativa una religión que se queda encerrada en el santuario de la conciencia individual. La “buena nueva” de la experiencia religiosa inaugurada por Jesús se inicia con un encuentro transformador con la Palabra de Dios en la intimidad del corazón y conduce a actuar en amor, justicia y solidaridad. Sin purificación del corazón no hay observancia de la ley de Dios, porque ésta mira precisamente a librar al hombre de las pasiones y del vicio para hacerlo capaz de amar a Dios y al prójimo.

Con mi bendición.
Padre José Medina

© Dibujo original de Cerezo Barredo

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