domingo, 4 de octubre de 2009

EVANGELIO DOMINICAL: El Matrimonio, un hombre y una mujer, una vez y para siempre

27º Domingo durante el año
Ciclo B
Evangelio: Marcos 10, 2-16

La liturgia de la Iglesia en este domingo 27 durante el año, pone en relación, según la continuidad del mismo relato, dos declaraciones del Señor que podrían parecer del todo independientes y, sin embargo, se corresponden a la perfección: el grave mal del divorcio, que no tiene lugar cuando las mujeres y los hombres mantienen esa conducta honrada de los niños que alaba Jesús. Más aún, advierte el Señor que para recibir como Dios quiere, no ya la específica tarea de esposos, sino en general lo que se refiere a nuestra salvación, es imprescindible esa actitud de los niños.

El designio de Dios sobre el matrimonio y la familia está escrito en la misma naturaleza y, por supuesto, en el corazón del hombre. Es lo que se denomina ley natural. Sin embargo a causa de la historia del pecado se hizo necesaria una revelación más explícita que mostrara con claridad lo que fácilmente se había oscurecido. Al mismo tiempo Jesús hace del matrimonio un sacramento. La realidad natural, “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer…”, es elevada a un nuevo orden. Por eso no es posible volver a una situación como la que propició la ley mosaica y su libelo de repudio. Ahora existe la economía sacramental. Por una parte está el sacramento del matrimonio, que sella con la promesa de Dios el amor esponsal. Pero además existen los otros sacramentos que son fuente de vida y a los que podemos asistir continuamente para vencer la dureza de nuestro corazón.

En el texto de San Marcos 10, 2-16 se acercan a Jesús los fariseos, para preguntarle sobre una cuestión jurídica debatida en su tiempo: “¿Puede el marido repudiar a su mujer?”. Marcos dice que le preguntan “para ponerlo a prueba”. La postura del judaísmo oficial era clara: existía la posibilidad de disolver legalmente casi todos los matrimonios y el divorcio estaba previsto en la ley. Entonces, ¿a qué preguntar a Jesús? Parece evidente que su pretensión era hacer que Jesús se manifestara públicamente en contra de la ley o del lado de alguna de sus interpretaciones.

En vez de responder, Jesús pregunta: “¿Qué dice la Ley de Moisés?” La Ley permitía al hombre escribir una carta de divorcio y repudiar a su mujer. La referencia veterotestamentaria en la cual se fundamenta la pregunta es de Dt 24,1: “Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en la mano y la despedirá de su casa”.

Esta permisión revela un machismo. El hombre podía repudiar a su mujer, pero la mujer no tenía este mismo derecho. Jesús explica que Moisés actuó así a causa de la dureza de corazón del pueblo, pero la intención de Dios era otra cuando creó al ser humano. Jesús vuelve al proyecto del Creador (Gén 21, 27 y Gén 2, 24) y niega al hombre el derecho de repudiar a su mujer. Echa por tierra el derecho del hombre frente a la mujer y pide el máximo de igualdad.

Más tarde en casa, los discípulos le hacen preguntas sobre este mismo tema del divorcio. Jesús extrae conclusiones y reafirma la igualdad de derechos y deberes entre el hombre y la mujer. El evangelio de Mateo (cfr. Mt 19,10-12) aclara una pregunta de los discípulos sobre este tema. Ellos dicen: “Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse”. Prefieren no casarse, antes que casarse sin el privilegio de continuar mandando sobre la mujer. Jesús va hasta el fondo de la cuestión. Pone tres casos en los cuales una persona no se puede casar: por impotencia, por castración o por causa del Reino. Sin embargo, no casarse porque alguien no quiere perder el dominio sobre la mujer, esto ¡es inadmisible en la Nueva Ley del Amor! Tanto el matrimonio como el celibato, deben estar al servicio del Reino y no al servicio de intereses egoístas. Ninguno de los dos pueden ser un motivo para mantener el dominio machista del hombre sobre la mujer. Jesús propone un nuevo tipo de relación entre los dos. No permite el matrimonio en el que el hombre pueda mandar sobre la mujer, o viceversa.

No es casualidad que el episodio siguiente a este se refiera a los niños. Es que el mayor bien que puede tener un niño es venir al mundo y crecer en el seno de una familia fundada en el matrimonio uno e indisoluble de sus padres. Este es el bien que dio Jesús a los niños. Jesús es el único que lo ha podido hacer. Hoy día desgraciadamente las leyes de los hombres, que ceden a la “dureza del corazón”, privan a los niños de este bien.

El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado -con la gracia de Dios- todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive. Por esto pienso siempre con esperanza y con cariño en los hogares cristianos, en todas las familias que han brotado del sacramento del matrimonio, que son testimonios luminosos de ese gran misterio divino - (Eph 5, 32), sacramento grande- de la unión y del amor entre Cristo y su Iglesia. Debemos trabajar para que esas células cristianas de la sociedad nazcan y se desarrollen con afán de santidad, con la conciencia de que el sacramento inicial —el bautismo— ya confiere a todos los cristianos una misión divina, que cada uno debe cumplir en su propio camino.

Con mi bendición.
Padre José Medina

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