domingo, 25 de octubre de 2009

EVANGELIO DOMINICAL: Jesucristo es la luz del mundo, quien lo sigue no camina en tinieblas

30º Domingo durante el año
Ciclo B
Evangelio: Marcos 10, 46-52

Liturgia de luz, de alegría y de fe es la celebrada hoy por la Iglesia. La Palabra de Dios que proclamamos hoy nos habla de la eterna lucha entre la luz y las tinieblas y del poder sanador de la fe. El hombre vive en la oscuridad hasta que se encuentra con Jesús: Jesucristo es la luz y le da al hombre la luz que le permite ver. Cuando Jesucristo llena nuestro corazón las tinieblas se desvanecen y vemos con claridad, aunque la amenaza de la oscuridad está siempre presente, y, por tanto, la vida cristiana es una permanente lucha entre la luz y las tinieblas.

El Evangelio de Mc. 10, 46-52 asume este tema bajo el doble aspecto de la curación y la conversión a Cristo de un ciego. Jesús sale de Jericó, cuando Bartimeo, que mendiga sentado a la vera del camino, le grita: “Hijo de David, ten compasión de mí” (ib 47). Quieren hacerle callar, pero él grita más, porque, ciego en el cuerpo pero vidente en el espíritu, reconoce en Jesús al Mesías, al “Hijo de David”. La fe no le deja callar; está seguro de que encontrará en Jesús la salvación.

Aquí pasó como cuando estamos en la Santa Misa y hay un niño que hace ruido. Las personas cercanas a los padres les ponen mala cara o directamente le piden que deje de hacer bulla. Bartimeo se entera de que se acerca Jesús y quiere llamar su atención. Pero, al ser ciego, no sabe donde exactamente está Jesús, así que comienza a dar voces. La muchedumbre quiere escuchar a Jesús, y le dicen al ciego que se calle. Pero no hay nada ni nadie que lo haga callar. Al contrario, cada vez grita más alto porque quiere ser curado, y por Jesús, no hay otra alternativa. Tal vez habían otros muchos que necesitaban la curación, física o espiritual, pero al parecer en este pasaje evangélico, sólo él entró en acción.

Y es tal su tensión hacia él, que apenas el Maestro lo llama arroja el manto, salta en pie y se le pone delante. El Señor le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?” y él le responde: “Maestro, que pueda ver” (ib 51). Diálogo conciso pero esencial, revelador por una parte de la omnipotencia de Jesús y por otra de la fe del ciego. El encuentro de estas dos fuerzas produce el milagro: “Y al momento recobró la vista” (ib 52). Los ojos apagados del ciego se iluminan y ven a Jesús; verlo y seguirlo es todo uno. A la luz exterior le corresponde otra interior, y Bartimeo resuelve seguir al Señor.

Después de este pasaje nada más volvemos a saber de él. Con todo, el episodio debió impresionar a los discípulos, ya que Mateo, Marcos y Lucas recogen el acontecimiento y se refieren al ciego por su nombre. Como él, todo cristiano es un “iluminado” por Cristo; la fe le ha abierto los ojos; le ha dado a conocer a Dios y al Hijo de Dios hecho hombre. Pero esta fe ¿es en él lo bastante viva como para comprometerlo seriamente en el servicio de Dios y en el seguimiento de Cristo?

La Palabra de Dios que proclamamos hoy nos invita a salir de las tinieblas y a buscar la luz que es Cristo. Nos invita a que revisemos nuestra propia vida a la luz de la enseñanza de Jesucristo y de la Iglesia y que miremos si se ajusta a la luz que es Cristo, o si todavía quedan zonas oscuras llenas de tinieblas que es preciso iluminar. Es importante que descubramos que la luz de Cristo debe iluminar toda nuestra vida: todos los aspectos y todos los ámbitos de nuestra vida deben ser iluminados por la luz de Cristo. Ningún rincón de nuestra vida puede escapar a esta luz. Si somos de verdad cristianos lo hemos de manifestar en todos nuestros pensamientos, palabras y obras. Y en este proceso de sanación, iluminación y conversión debemos llegar a tener como meta aquella expresión que san Pablo supo hacer vida: “Tener los mismos sentimientos y actitudes que tuvo Cristo Jesús” (Fil 2, 4).

Quiero terminar nuestra reflexión evangélica de hoy con una oración que encontramos en el libro “Plegarias de los primeros cristianos” escrita por Orígenes: “Señor Jesús, pon tus manos en mis ojos, para que comience a ver no las cosas que se ven, sino las que no se ven. Ábreme los ojos, para que no se fijen tanto en el presente cuanto en el futuro; haz limpia la mirada del corazón que contempla a Dios en el espíritu”.

Con mi bendición.
Padre José Medina

No hay comentarios:

Publicar un comentario