domingo, 18 de octubre de 2009

EVANGELIO DOMINICAL: Jesús pone, una vez más, "el dedo en la llaga", y muy bien que hace...

29º Domingo durante el año
Ciclo B
Evangelio: Marcos 10, 35-45

La Liturgia Eucarística es siempre sacrificial, porque es memorial y celebración del sacrificio de la cruz. Pero este su carácter queda hoy evidenciado especialmente por la Liturgia de la Palabra, centrada enteramente en el misterio de la pasión y muerte de Jesús. El Evangelio de la Misa de este domingo (Mc 10, 35-45) deja oír la petición de los hijos de Zebedeo en contraste estridente con el discurso sobre la Pasión, que por tercera vez anuncia Jesús: “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (ib 37).

El hombre intenta siempre evadirse del sufrimiento y asegurarse, en cambio, el honor. Pero Jesús lo desengaña; el que quiera tener parte en su gloria deberá beber con él el amargo cáliz del sufrimiento: “¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?” (ib 38). Aunque los dos apóstoles no hayan aprendido aún el misterio de la cruz, responden afirmativamente: “lo somos” (ib), y su respuesta es una profecía. Un día, en efecto, cuando hayan comprendido ya las profundas exigencias del seguimiento de Cristo, sabrán sufrir y morir por él; mas para hacerlo, habrán de renunciar a toda pretensión de primacía.

En la Iglesia de Cristo no hay lugar para las mezquinas competiciones del orgullo, para los manejos de la ambición, para el afán de triunfo, gloria o preeminencia sobre los otros. El que se deja dominar de tales deseos desordenados, se porta no como cristiano sino como pagano: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los gentiles, los gobiernan como señores absolutos –dice Jesús-. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero sea el esclavo de todos” (ib 42-43).

Si puede haber una competición entre cristianos será por adueñarse del puesto de mayor servicio, pero sin ostentación, procurando no sobresalir sino desaparecer. Jesús da el ejemplo: él “no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida en rescate por todos” (ib 45). Así, pues, a servir llevando la cruz por sí y por los otros, sufriendo para expiar las culpas propias y ajenas, ofreciéndose junto con Jesús “en rescate por todos”.

La vida de Jesús es perfectamente coherente con su enseñanza. Él mismo asegura: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). Nadie ha tenido más poder que él; y sin embargo, nadie ha renunciado a la gloria humana más que él. Su única ambición es nuestro bien, es decir, nuestra salvación, y lo procuró hasta la entrega de la vida “por todos”.

La Liturgia de la Palabra ilumina y anima a los creyentes a llevar la cruz con el texto de la 2º lectura (Hb 4, 14-16) en el que les recuerda que tienen en Jesús “un Sumo Sacerdote grande”, el cual, habiéndose hecho en todo semejante a los hombres, conoce sus debilidades, pues las experimentó “en todo exactamente… menos en el pecado”. Él, que ahora está sentado a la diestra del Padre para interceder por ellos, fue pasible como ellos, agonizó y tembló como ellos frente al sufrimiento y a la muerte, y así puede compadecerse de ellos y socorrerlos. “Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente” (ib 16).

Hoy, más que nunca, necesitamos en la Iglesia cristianos dispuestos a gastar su vida por el proyecto de Jesús, no por otros intereses. Creyentes sin ambiciones personales, que trabajen de manera callada por un mundo más humano y una iglesia más evangélica. Seguidores de Jesús que “se impongan” por la calidad de su vida de servicio. Padres que se desviven por sus hijos, educadores entregados día a día a su difícil tarea, hombres y mujeres que han hecho de su vida un servicio a los necesitados. Son lo mejor que tenemos en la Iglesia. Los más “grandes” a los ojos de Jesús.

“No saben lo que piden”, les contestó compasivo, Jesús a Santiago y Juan, que pedían los “primeros puestos”. Efectivamente, ellos antes como nosotros ahora, aún no sabían que seguirlo era estar dispuesto a beber su cáliz y recibir su bautismo, que no se puede saltear el Calvario si se pretende llegar a la Resurrección. El camino por recorrer, enseña hoy Jesús, no está en el poder sino en el servicio, incluso hasta dar la vida. “Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud”. O sea, Jesús “pone el dedo en la llaga”. Aspirar a la “grandeza” es bueno, pero el camino puede ser equivocado. Si por algo hemos de distinguirnos no es por el afán de dominio, prestigio o figuración, sino de servicio “hasta dar la vida”.

“Servir y dar la vida por los demás”. Este fue el programa de vida de Jesús. Este debe ser el programa de vida de sus discípulos. El Evangelio de este domingo nos interpela y nos permite discernir en qué nivel de vida cristiana está cada uno. Cuándo llegará el día que podamos decir de nosotros mismos: “He venido a servir y a dar la vida”. Pero… claro, decirlo con actitudes concretas, no con meras palabras.

Dar la vida, y por amor, ¡por amor!… Creo que el mejor cierre para nuestra reflexión dominical puede ser una anécdota de la vida de la Beata Madre Teresa de Calcuta. Se cuenta que un matrimonio muy adinerado visitó la India, y allí fueron a la Casa del Moribundo, de la Madre Teresa. Impresionados al ver una religiosa que limpiaba con delicadeza las llagas de un leproso moribundo, le dijeron: “Esto no lo haríamos nosotros ni por un millón de dólares”, “Yo tampoco”, respondió la religiosa…

Con mi bendición.
Padre José Medina

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