domingo, 11 de octubre de 2009

Evangelio Dominical: "¡No nos vayamos tristes, animémonos a seguir a Jesús!

28º Domingo durante el año
Ciclo B
Evangelio: Marcos 10, 17-30

El Evangelio de la Santa Misa de este Domingo, el 28º durante el año, en el Ciclo B, es de san Marcos 10, 17-30. E ilumina y plenifica a toda la liturgia de la palabra que gira en torno al valor de la sabiduría en oposición a la riqueza como inmensamente preferible a ella. Presenta la encarnación de la sabiduría, primero en Jesús, Sabiduría del Padre, y luego en sus enseñanzas.

Un joven que asegura haber guardado los mandamientos y, por lo tanto, haber vivido sabiamente según la palabra de Dios “desde pequeño” (ib 20) se presenta al Maestro deseoso de hacer más aún. El joven en cuestión se presenta como un alma inquieta, un corazón con aspiraciones a más. No viene a Jesús desde la vejez desengañada ni desde la juventud necesitada. Es joven y rico. Significa que tiene la vida por delante y los medios necesarios para disfrutarla. ¿Basta eso para ser “perfecto”, es decir, para no sentir la insatisfacción de algo que falta, un vacío que debería estar lleno? Concibe la vida en plenitud como principal valor y quiere saber qué inversión debe hacer para comprarla. Mira al pasado y ve cosas hechas, pero le parecen poco. De cara al futuro vislumbra que le quedan muchas posibilidades abiertas. Quiere saber y hacer. Por eso llega a Jesús con una pregunta que es la pregunta fundamental: “¿Qué debo hacer?”.

“Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme” (ib 21). Jesús le propone la sabiduría suprema: renunciar a todos los bienes terrenos para seguirle a él, Sabiduría infinita. No es una obligación, sino una invitación concreta a estimar en nada la riqueza en comparación con los bienes eternos y del seguimiento de Cristo. El consejo pasa del “hacer” al “seguir” y del “cumplir” al “convivir”. Jesús es camino de perfección y llama a su seguimiento. La ley fría se ha-ce cálida amistad; los compromisos legales se trasforman en exigencias de un amor preferencial.

La palabra del Señor penetra en el corazón del joven y lo aboca a una crisis; mas, por desgracia el joven no se pronuncia afirmativamente: “frunció el ceño y se marchó triste, porque era muy rico” (ib). También Jesús parece entristecerse y comenta: “Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios” (ib 23).

Aquí como en otros pasajes del Evangelio, aparece la riqueza como un obstáculo casi insuperable para la salvación. No porque sea en sí misma mala, sino porque el hombre es demasiado proclive a atarse a ella hasta el punto de preferirla a Dios. “Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios” (ib 25). Los discípulos se quedan extrañados; la frase del Maestro parece exagerada; sin embargo, él no la retira. Procura, con todo, infundir confianza.

Si para todo hombre, no sólo los ricos, es difícil salvarse, “Dios lo puede todo” (ib 27). Dios no niega esa gracia a quien la pide con humilde confianza y recurre al auxilio divino para vencer obstáculos que se le atraviesan. Dichosos los apóstoles, pues, teniendo poco, no han vacilado en dejarlo todo: casa, redes o tierras, padre y madre, hermanos y hermanas, por Cristo y por el Evangelio.

Cómo no dejarnos iluminar por este hermoso texto del libro de la Sabiduría 7, 7-11. 14). “Supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí un espíritu de sabiduría. La preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No la equiparé a la piedra más preciosa; porque todo el oro a su lado es un poco de arena y junto a ella la plata vale más que el barro. La preferí a la salud y a la belleza, me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Todos los bienes juntos me vinieron con ella, había en sus manos riquezas incontables… Porque es para los hombres un tesoro inagotable y los que la adquieren se granjean la amistad de Dios”.

La tristeza de este joven nos lleva a reflexionar. Podremos tener la tentación de pensar que poseer muchas cosas, muchos bienes de este mundo, puede hacernos felices. En cambio, vemos en el caso del joven del Evangelio que las muchas riquezas se convirtieron en obstáculo para aceptar la llamada de Jesús a seguirlo: ¡no estaba dispuesto a decir sí a Jesús, y no a sí mismo, a decir sí al amor, y no a la huida! El amor verdadero es exigente. Porque fue Jesús -nuestro mismo Jesús- quien dijo: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (Jn 15, 14). El amor exige esfuerzo y compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios. Significa sacrificio y disciplina, pero significa también alegría y realización humana. Con la ayuda de Cristo y a través de la oración, vosotros podréis responder a su llamada. Abrid vuestros corazones a este Cristo del Evangelio, a su amor, a su verdad, a su alegría. ¡No os vayáis tristes!”.

Con mi bendición.
Padre José Medina

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