domingo, 14 de febrero de 2010

EVANGELIO DOMINICAL: Las Bienaventuranzas son el "rostro" de Jesús y deben ser el nuestro también

6º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 6, 17. 20-26


Queridos amigos y hermanos del Blog: en este 6º Domingo durante el año la Liturgia de la Palabra de la Santa Misa gira en torno a las Bienaventuranzas, o sea, a esa promesa de felicidad eterna que es uno de los núcleos teológicos en el contenido de los Evangelios. Si le preguntamos a todas las personas que nos encontremos si quieren ser felices, ciertamente todos nos dirán que sí. En lo profundo de nuestros corazones hay un anhelo de felicidad, todos queremos serlo, el problema está en cómo lograr esa felicidad, cómo realizar ese anhelo que llevamos en lo más hondo de nuestro corazón, cómo acertar en el camino que nos conduzca a ser felices, a realizarnos y a desplegarnos como personas. Pues, justamente, el programa de vida de las Bienaventuranzas que Jesús proclama en la montaña, ese es el camino: fe y esperanza, en el amor.

El cristiano, como hombre de auténtica fe, no funda su esperanza ni en sí mismo, ni en los otros hombres, ni en los bienes terrenos. Su esperanza se arraiga en Cristo muerto y resucitado por él. “Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida -dice san Pablo-, somos los hombres más desgraciados” (1 Cor 15, 19). Pero lo esperanza cristiana va mucho más allá de los límites de la vida terrena y alcanza la eterna, y justamente a causa de Cristo que resucitando ha dado al hombre el derecho de ser un día partícipe de su resurrección.

Con este espíritu se han de entender las bienaventuranzas proclamadas por el Señor, las cuales exceden cualquier perspectiva de seguridad y felicidad terrenas para anclar en lo eterno. Con sus bienaventuranzas Jesús ha trocado la valoración de las cosas; éstas ya no se ven según el dolor o el placer inmediato y transitorio que encierran, sino según el gozo futuro y eterno. Sólo el que cree en Cristo y confiando en él vive en la esperanza del reino de Dios, puede comprender esta lógica simplísima y esencial: “Dichosos los pobres… Dichosos los que ahora tenéis hambre… Dichosos los que ahora lloráis… Dichosos vosotros cuando os odien los hombres” (Lc 6, 20-22).

Evidentemente no son la pobreza, el hambre, el dolor o la persecución, en cuanto tales las que hacen dichoso al hombre, ni le dan derecho al reino de Dios; sino la aceptación de estas privaciones y sufrimientos sostenida en la confianza en el Padre celestial. Cuando el hombre carente de seguridad y felicidad terrenas se abra más a la confianza en Dios, tanto más hallará en el su sostén y su salvación. “Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza”, dice Jeremías (17, 7).

Al contrario de los ricos, los hartos, los que gozan, escuchan la amenaza de duros “¡ayes!” (Lc 6, 24-26), no tanto por el bienestar que poseen, cuanto por estar tan apegados a ello que ponen en tales cosas todo su corazón y su esperanza. El hombre satisfecho de las metas alcanzadas en esta tierra está amenazado del más grave de los peligros: naufragar en su autosuficiencia sin darse cuenta de su precariedad y sin sentir la necesidad urgente de ser salvado por ella. El reino de Dios no tiene para él sentido alguno. Por eso dice de él el profeta: “Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor” (Jr 17, 5).
El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos. Así, las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos. (cfr. 1716-1717).

Las bienaventuranzas del Señor se ofrecen a todos, pero sólo los hombres desprendidos de sí mismos y de los bienes terrenos son capaces de conseguirlas. Por eso afirma con tanta verdad san Agustín en su comentario al Salmo 148: “Vivo contento en mi esperanza, porque tú, Señor, eres veraz en tu promesa; sin embargo, no poseyéndote aún, gimo bajo el aguijón del deseo. Hazme perseverante en este deseo hasta que llegue lo que me has prometido. Entonces se acabarán los gemidos y resonará únicamente la alabanza”.

La palabra clave de la enseñanza de Jesús es un anuncio de alegría: ‘Bienaventurados...’. El hombre está hecho para la felicidad. Por tanto, nuestra sed de felicidad es legítima. Cristo tiene la respuesta a nuestra expectativa. Con todo, nos pide que nos fiemos de él. La alegría verdadera es una conquista, que no se logra sin una lucha larga y difícil. Cristo posee el secreto de la victoria. Jesús no se limitó a proclamar las Bienaventuranzas; también las vivió. Al repasar su vida, releyendo el Evangelio, quedamos admirados: el más pobre de los pobres, el ser más manso entre los humildes, la persona de corazón más puro y misericordioso es precisamente él, Jesús. Las Bienaventuranzas no son más que la descripción de un rostro, su Rostro.

Al mismo tiempo, las Bienaventuranzas describen al cristiano: son el retrato del discípulo de Jesús, la fotografía del hombre que ha acogido el reino de Dios y quiere sintonizar su vida con las exigencias del Evangelio. A este hombre Jesús se dirige llamándolo "bienaventurado". La alegría que las Bienaventuranzas prometen es la alegría misma de Jesús: una alegría buscada y encontrada en la obediencia al Padre y en la entrega a los hermanos.

Con mi bendición.
Padre José Medina

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