sábado, 15 de mayo de 2010

SANTORAL: San Isidro Labrador, Patrono de Madrid

Una vida oculta con Cristo en Dios que nos arrastra. Una vida humilde y sencilla que pone la santidad al alcance de todos. Labrador incansable hasta la ancianidad, riega con sudores heredades ajenas. Un santo con paño burdo y capa parda. Aguijada en mano, guía la yunta arando la tierra. Espera paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía.

En sus largas horas de oración, mientras abre surcos o siega espigas, otea el futuro y se ofrece por un mundo mejor. Esposo y padre, santifica la vida del hogar Bautizado de a pie, ni sacerdote ni religioso, se ofrece casi noventa años por la santidad del trabajo y de la familia. Nos enseña a hacer del trabajo de cada día plegaria de alabanza que humanice nuestro mundo.

Una aldea, Mayoritum, era el Madrid de hoy. A finales del siglo XI, le ve nacer en el reinado de Alfonso VI de Castilla. Se asienta en una colina que se eleva sobre el Manzanares cara a la meseta que la circunda. Recibe el Bautismo probablemente en la Parroquia de San Andrés, una de las más viejas de la futura capital. Le llaman Isidro, síncope de Isidoro, en recuerdo quizá del insigne arzobispo de Sevilla.

Padres muy pobres, pero ricos en fe, son los suyos. En su corazón infantil cultivan el amor a Dios. La precaria situación económica familiar le obliga a dedicarse a los pocos años a las rudas faenas del campo. Nunca salió a su trabajo sin oír muy de madrugada la Santa Misa y encomendarse a Dios y a su Madre Santísima. A pesar de su jornada agotadora, jamás deja de hacer ayunos y abstinencias.

Huérfano a los pocos años, se ve abandonado. La soledad es la patria de los fuertes, y el silencio su plegaria. Niño aún, tiene que ganarse la vida. Trabaja como labriego de varios señores. Es fiel e incansable. La envidia se ceba siempre en la virtud ajena. Sus compañeros le acusan de que descuida el trabajo por estar embebido en la oración. No se altera, y con elegancia evangélica perdona y olvida. Supera con viril y cristiana entereza los asaltos de la crítica, pone amor donde hay odio, perdón donde hay ofensa, unión donde hay discordia.

Era costumbre en Castilla que el señor entregase como salario a sus criados unas parcelas de tierra, el pegujal. Trabaja su pegujal y logra cuantioso grano. La avaricia del amo coloca al santo en trance difícil. Calma las iras del dueño. Le dice: "Tomad, señor, todo el grano. Yo me quedaré con la paja". Dios se encarga siempre de confundir la envidia y codicia. El poco trigo que entre la paja había quedado, se multiplica milagrosamente con pasmo de todos.

En Torrelaguna conoce a María, con la que contrae un esponsalicio santo. Ella, según los biógrafos, es cristiana recia, amante del trabajo y asidua en la oración. La historia la conoce con el nombre de Santa María de la Cabeza. Al morir, su cabeza fue trasladada a una ermita no lejos de Torrelaguna. Los esposos desean consagrarse más a Dios, y deciden vivir separados. María se retira a una ermita y el santo permanece solo. Volverían a unirse en los últimos años de su vida y tienen un hijo único.

Lustros y lustros de trabajo sencillo, oculto y gozoso. Sabe que esta vida es buena pero miserable, y que la eterna es mejor y además feliz. El santo es tan pobre que no podía serlo más. No cultiva su prado, viña o pegujal, y trabaja los campos de otro: "Señor amo, ¿a dónde hay que ir mañana?" Así le señalan la tarea de la jornada. Sembrar, arar, barbechar, limpiar y podar vides o levantar la cosecha.

Horas y horas de labor bajo sol calcinante o lluvia pertinaz. Un trabajo ennoblecido por las claridades de la fe. Nunca se fatiga, y si se fatiga ama la misma fatiga, pues el amor le hace encontrar descanso en el trabajo. Las mesetas de Castilla quedarán siempre iluminadas y fecundadas con su sencillez y paciencia. No hizo nada extra, pero fue un héroe que sembraba en la tierra una cosecha de eternidad. En su zamarra de labriego podría bordarse una cruz y un arado. Con letras de oro, “ora et labora”.

Sus émulos, llenos de envidia que carcome al que la tiene y no mella la virtud ajena, no cejan en la persecución. Le calumnian nuevamente de no rendir en el trabajo, embebido en la oración. El dueño del campo se cerciora de la inocencia de su mayoral, al ver que mientras Isidro labra, dos ángeles empuñaban la mancera y conducían la yunta de bueyes con que araba.

Adalid y protector de Madrid, se ofrecería pidiendo coraje y valentía para los primeros cristianos. Durante centurias evangelizarían Madrid cristinizándolo como fermento en la masa. Su corazón saltaría de gozo al ver surgir en la capital multitud de familias consagradas religiosas y laicas, que como grano de mostaza cubrirían el mundo con sus ramas.

En los últimos años de su vida, cuando Isidro está aquejado por grave enfermedad -tiene unos noventa años-, María vuelve de la ermita para cuidarle. Próximo a expirar, hizo humildísima confesión de sus faltas, recibió el Viático y exhortó a los suyos al amor a Dios y al prójimo.

Su cuerpo lo entierran en el cementerio de San Andrés. Se conservó allí incorrupto cuarenta años a pesar de las inclemencias del tiempo. Un amigo suyo lo trasladó a la Parroquia. En 1563, delegados de la Santa Sede abren el sepulcro, y encuentran el cuerpo intacto. Felipe III se libra de una enfermedad por su intercesión, y solicita su beatificación. Paulo V la decreta en 24 de junio de 1619. Tres años más tarde Gregorio XV lo canoniza en 13 de mayo de 1622, a una con Felipe Neri y tres españoles más.

Arado, esteva y aguijada de Isidro son inmortales como la pluma de santa Teresa de Jesús, el genio organizador de san Ignacio de Loyola, el ardor misionero de san Francisco Javier, subieron el mismo día a los altares. El arte de Goya nos legó un delicioso grabado del santo "San Isidro de rodillas". Se conserva en la Biblioteca Nacional, y el gremio de plateros de Madrid costeó la rica urna de plata que guarda sus restos en la catedral vieja de Madrid.

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