domingo, 6 de junio de 2010

EVANGELIO DOMINICAL: El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

El Santísimo Cuerpo
y Sangre de Cristo
Ciclo C
Evangelio: Lc 9, 11b-17

“Que tenga yo hambre de ti, ‘Pan de Vida’.” (Jn 6, 48).

Queridos amigos y hermanos del blog: celebramos hoy una importante y tradicional fiesta cristiana: ¡Corpus Christi! El Cuerpo y la Sangre de Jesús, es decir, la Eucaristía. En este Ciclo C se resalta el carácter de banquete o comida fraternal de la Eucaristía, que nos compromete a compartir nuestro alimento con los demás. Así también es presentada hoy por la Liturgia en relación con el sacerdocio de Cristo, cuyo don supremo es la Eucaristía: Sacrificio ofrecido al Padre y Banquete servido a los hombres.

La primera lectura (Gn 14, 18-20) recuerda la más antigua figura de Cristo Sacerdote: Melquisedec, rey de Salem y sacerdote “del Dios altísimo” que, en acción de gracias a Dios por la victoria de Abrahán, ofrece un sacrificio de “pan y vino”, símbolo de la Eucaristía. Sobre este personaje misterioso del que la Biblia no da identificación alguna ni acerca de su origen ni acerca de su muerte, escribe san Pablo: “sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de días, ni fin de vida, asemejado al Hijo de Dios permanece sacerdote para siempre” (Hb 7, 3).

Melquisedec es llamado “sacerdote para siempre” porque de él no se conoce ni el principio ni el fin. Con mayor razón conviene este título a Cristo, cuyo sacerdocio no tiene origen humano sino divino, y por tanto es eterno en el sentido más absoluto. A él le aplica la Iglesia el versículo que hoy se repite en el salmo responsorial. “Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec”. En el Nuevo Testamento, acabado el sacerdocio levítico, queda sólo el sacerdocio eterno de Cristo que se prolonga en el tiempo por el sacerdocio ministerial católico.

La segunda lectura (1 Cor 11, 23-26) presenta a Cristo Sacerdote en el acto de instituir la Eucaristía, Sacrificio del Nuevo Testamento. La relación es la transmitida por el Apóstol según la tradición “que procede del Señor” (ib 23). Como Melquisedec, Jesús ofreció “pan y vino”, pero su bendición realizó el gran milagro: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta copa es la nueva Alianza sellada con mi sangre” (ib 24-25). Ya no es pan, sino verdadero Cuerpo de Cristo; ya no es vino, sino verdadera Sangre. Jesús anticipa en la Eucaristía lo que cumplirá en el Calvario en sus miembros rotos, y antícipándolo lo deja en testamento a los suyos como memorial de su Pasión: “Haced esto… en memoria mía” (ib).

Por eso, concluye san Pablo, “cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamaréis la muerte del Señor hasta que vuelva” (ib 26). No es una “memoria” que se limita a evocar un suceso, ni es una proclamación de solas palabras, porque la Eucaristia hace actualmente presente, aunque en forma sacramental el Sacrificio de la Cruz y el convite de la última Cena. La misma realidad se ofrece a los fieles de todos los tiempos, para que puedan unirse al Sacrificio de Cristo y alimentarse de su Sangre “hasta que venga” (Misal Romano).

La Eucaristía como banquete es el argumento tratado por el Evangelio del día bajo la figura transparente de la multiplicación de los panes (Lc 9, 11b-17). No tenemos aquí sólo el lejano simbolismo del pan y del vino ofrecido por Melquisedec, sino una acción de Jesús que es preludio evidente de la Cena eucarística. Jesús toma los panes, eleva los ojos al cielo, los bendice, los parte y los distribuye; gestos todos que repetirá en el Cenáculo cuando cambie el pan en su cuerpo. Otro detalle llama la atención: los panes se multiplican en sus manos y de éstas pasan a las de los discípulos que los distribuyen a la multitud.

Del mismo modo, será siempre él quien realice el milagro eucarístico, aunque se servirá de sus sacerdotes que serán los ministros y como los tesoreros. En fin, “comieron todos y se saciaron” (ib 17). La Eucaristía es el convite ofrecido a todos los hombres para saciar su hambre de Dios y de vida eterna. La solemnidad de hoy es una invitación a despertar la fe y el amor a la Eucaristía, para que los fieles se sientan más hambrientos de ella, se acerquen a ella con mayor fervor y sepan excitar esta hambre saludable en sus hermanos indiferentes.

Para encendernos cada vez más en el amor al “Amor de los Amores” les transcribo un hermoso texto de la Beata Angela de Foligno: “¡Oh nuevo y antiguo misterio! Antiguo por la figura, nuevo por la verdad del Sacramento, en el cual la criatura, recibe siempre máxima novedad. Bien sabemos, y por la fe lo vemos con certeza, que ese pan y ese vino consagrados se convierten sustancialmente, por el divino poder, en tu Cuerpo y en tu Sangre, oh Cristo Dios y Hombre, a las palabras que tú ordenaste y que el sacerdote recita en este misterio sagrado…

¡Oh Dios humanado, tú sacias, colmas, rebosas y alegras tus criaturas, sobre todas y más allá de todas ellas, sin modo ni medida… Oh bien no reflexionado, desconocido, no amado, pero encontrado por los que te ansían todo entero y no pueden poseerte totalmente! Haz que yo vaya a tu encuentro, oh Sumo Bien, me acerque a tan sublime mesa con reverencia grande, mucha pureza, gran temor e inmenso amor. Que me acerque toda gozosa y adornada, porque vengo a ti que eres el bien de toda la gloria, a ti que eres beatitud perfecta y vida eterna, belleza, dulzura, sublimidad, todo amor y suavidad de amor” (Il libro della B. Angela II, p. 192, 194-5).

Con mi bendición.
Padre José Medina

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