lunes, 15 de agosto de 2011

VIRGEN MARÍA: Solemnidad de la Asunción de la Virgen María



“Todas las generaciones te llamarán bienaventurada, porque ha hecho en ti cosas grandes el Todopoderoso” (Lc 1, 48-49).

Queridos amigos y hermanos del blog: “Una señal grandiosa apareció en el cielo: una mujer con el sol por vestido, la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas” (Antífona de Entrada de la Santa Misa de la Asunción). Así saluda la liturgia a María asunta al cielo aplicándole las palabras del Apocalipsis (12, 1) que se leen hoy también en la primera lectura. En la visión profética de Juan esa mujer excepcional aparece esperando un hijo y en lucha con el “dragón”, el eterno enemigo de Dios y de los hombres. Este cuadro de luz y de sombras, de gloria y de guerra lleva a pensar en la realización de la promesa mesiánica contenida en las palabras dirigidas por Dios a la serpiente engañadora: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te aplastará la cabeza” (Gn 3, 15).

Todo esto se realizó por medio de María, la Madre del Salvador, contra el que se precipitó Satanás, pero del que éste fue definitivamente vencido. Cristo, hijo de María, es el Vencedor, sin embargo, para que la humanidad pueda gozar plenamente de la victoria conseguida por él, es necesario que, como él, sostenga la lucha. En este duro combate el hombre es sostenido por la fe en Cristo y por el poder de su gracia; pero también lo es por la protección materna de María que desde la gloria del cielo no cesa de interceder por cuantos militan en seguimiento de su Hijo divino. Ellos vencerán en virtud de la sangre del Cordero (Ap 12, 11), la sangre que le fue dada por la Virgen Madre. María dio el Salvador al mundo; por medio de ella, pues, “llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías” (ib 10). Así sucedió porque tal ha sido “la voluntad del que ha establecido que lo tuviésemos todo por medio de María” (San Bernardo, De aquad, 7).

Mientras la visión apocalíptica muestra al hijo de la mujer arrebatado y llevado junto al trono de Dios -alusión a la ascensión de Cristo al cielo- presenta a la mujer misma en fuga a “un lugar preparado por Dios” (Ap 12, 5-6), figura de la asunción de María a la gloria del Eterno. María es la primera mujer en participar plenamente en la suerte de su Hijo divino; unida a él como madre y “compañera singularmente generosa” que “cooperó de forma enteramente impar” a su obra de Salvador (Lumen Gentium 62), comparte su gloria, asunta en cuerpo y alma al cielo.

El concepto expresado por la primera lectura es completado por la segunda (1 Cor 15, 20-26). San Pablo hablando de Cristo, primicia de los resucitados, concluye que un día todos los creyentes tendrán parte de su glorificación. Pero en diferente grado: “Primero Cristo como primicia; después, todos los cristianos” (ib 23). Y entre “los cristianos” el primer puesto pertenece sin duda a la Virgen, que fue siempre suya porque jamás estuvo ajada por el pecado. Es la única criatura en quien el esplendor de la imagen de Dios nunca fue ofuscado; es la “inmaculada concepción”, la obra intacta de la Trinidad, en la que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han podido siempre complacerse, recabando de ella una respuesta total a su amor.

La respuesta de María al amor de Dios resuena en el Evangelio de este día (Lc 1, 39-59), tanto en las palabras de Isabel que exaltan la gran fe que ha llevado a María a adherirse sin vacilación al querer divino, como en las de la misma Virgen que entona un himno de alabanza al Altísimo por las cosas grandes que ha hecho en ella. María no se mira a sí misma sino para reconocer su pequeñez, y de ésta se eleva a Dios para glorificar su dignación y misericordia, su intervención y su poder en favor de los pequeños, de los humildes y de los pobres, entre los cuales se coloca ella con suma sencillez. Su respuesta al amor inmenso de Dios que la ha elegido entre todas las mujeres para madre de su Hijo divino es invariablemente la dada al ángel: “Aquí está la esclava del Señor” (ib 38).

Para María ser esclava significa estar totalmente abierta y disponible para Dios: él puede hacer de ella lo que quiera. Y Dios, después de haberla asociado a la pasión de su Hijo, la ensalzará un día realizando en ella las palabras de su cántico: “derriba del solio a los poderosos y enaltece a los humildes” (ib 52); pues la humilde esclava, en efecto, “fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial…, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de los señores” (Lumen Gentium 59). En María asunta al cielo la cristiandad entera tiene una poderosa abogada y también un magnífico modelo. De ella aprenden todos a reconocer la propia pequeñez, a ofrecerse a Dios en total disponibilidad a sus quereres y a creer en el amor misericordioso y omnipotente con fe inquebrantable.

“¡Oh amor de María, oh ardiente amor de la Virgen!, eres demasiado ardiente, demasiado vasto…, un cuerpo mortal no puede contenerte; es demasiado abrasado tu ardor para que pueda ocultarse bajo esta pobre ceniza. Ve…, brilla en la eternidad; ve, arde, quema delante del trono de Dios…, apágate aquí y multiplícate en el seno de este Dios, único capaz de contenerte! (J. B. Bossuet, La Asunción de la Virgen, 1, 1).

“¡Oh Virgen Inmaculada, Madre de Dios y madre de los hombres! Nosotros creemos con todo el fervor de nuestra fe en tu asunción triunfal en cuerpo y alma al cielo, donde eres aclamada Reina por todos los coros de los ángeles y todos los ejércitos de los santos; nos unimos a ellos para alabar y bendecir al Señor, que te ha ensalzado sobre todas las demás puras criaturas, y para ofrecerte las aspiraciones de nuestra devoción y de nuestro amor.

Sabemos que tu mirada, que acariciaba maternalmente la humanidad abatida y doliente de Jesús en la tierra, se sacia en el cielo con la vista de la humanidad gloriosa de la Sabiduría increada y que la alegría de tu espíritu al contemplar cara a cara a la adorable Trinidad hace a tu corazón estremecerse de beatificante ternura; y nosotros, pobres pecadores, nosotros a quienes el cuerpo corta el vuelo del alma, te suplicamos purifiques nuestros sentidos, para que aprendamos desde aquí abajo a gustar a Dios, a Dios sólo, en el encanto de las criaturas.

Confiamos que tus ojos misericordiosos se inclinen sobre nuestras miserias y sobre nuestras angustias, sobre nuestras luchas y sobre nuestras debilidades, que tus labios sonrían compartiendo nuestros gozos y nuestras victorias; que escuches a Jesús decirte de cada uno de nosotros, como en otro tiempo del discípulo amado: “Ahí tienes a tu hijo”. Y nosotros que te invocamos como Madre nuestra, te tomamos, como Juan, por guía, fuerza y consuelo de nuestra vida mortal.

Desde esta tierra, donde peregrinamos, confortados por la fe en la futura resurrección, miramos hacia ti, nuestra vida, nuestra dulzura y nuestra esperanza. Atráenos con la dulzura de tu voz, para mostrarnos un día, después de este destierro, a Jesús, fruto bendito de tu vientre, ¡oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María” (Su Santidad Pío XII, Papa).

Con mi bendición.
Padre José Medina

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