martes, 8 de noviembre de 2011

CINE: Tintín, ¿un héroe católico?


La última obra cinematográfica de Steven Spielberg ha vuelto a encender los reflectores sobre el personaje creado en 1929 por el dibujante belga Hergé.

Un héroe católico

Según el «Dictionnaire amoureux du catholicisme» Tintín es un caballero sin mancha exaltado por el gusto por el misterio y por el imperativo de proteger a los débiles.

Para una introducción al verdadero Tintín es muy útil la voz que le ha dedicado el «Dictionnaire amoureux du catholicisme» (París, Plon, 2011, 640 páginas). Por esto la publicamos íntegramente.

Tintín no es un católico identificable como tal. No reza a Dios cuando la muerte lo amenaza, y nunca se lo ve en una iglesia. Una breve alusión a san Juan Evangelista refleja un cierto residuo de catecismo. El ángel custodio del capitán Haddock y el de Milù, en guerra abierta con un diablo imaginario, suscitan una sonrisa. La religión — Incas, culto del Sol, budistas, musulmanes— es la de los demás, hay que respetarla, perpetúa una cultura y, en este plano, Hergé sería más bien relativista. El tesoro de los Incas (El Templo del sol) o la sepultura de los faraones (Los puros del faraón) deberían quedar al margen de la curiosidad de los occidentales. Sólo dos veces un «¡Que Dios tenga su alma!» se le escapa a Tintín, cuando llega a saber de la muerte de un japonés maléfico (El Loto azul) y de dos filibusteros de altamar (El Tesoro de Rackham el Rojo). Por lo que atañe al milenarismo, tuvo lo que se merecía con aquel ilustrado que, en La Estrella misteriosa, anuncia el fin de los tiempos sonando su gong.

Con todo, Tintín es un héroe del catolicismo, impregnado del ideal del escultismo, cuya importancia en la formación de Hergé conoce, y que se reflejaba en sus primeros álbums (Jo, Zette y Jocko: Popol e Virginie chez les Lapinos). No tiene edad, no tiene realmente un sexo o una pasión ordinaria, tiene un oficio que legitima el vagabundeo y un arte de camuflarse que oculta su identidad: es un ángel o casi. Curioso, aventurero, servicial come Brown, el sacerdote detective de Chesterton, parece venido de la tierra de los hombres para defender a la viuda y al huérfano. Es Roland cruzado con Mermoz y Saint-Exupéry, que tiene, como Durlindana, un perro que habla y que razona. La desenfunda por el honor, gratuitamente, y desafía la arrogancia de los poderosos, la venalidad de los colonizadores, protege a los débiles y a los oprimidos. Encarnizado anticomunista desde su Tintín en el país de los soviets, donde el periodista belga no es aún un supermán cómico, Hergé rompe sin piedad las satrapías de los latinos, los capitalistas yankis y los traficantes a sueldo. Alcázar es menos cruel que Tapioca, pero Tintín hace que le prometa no fusilar ya como si no pasara nada. La monarquía de Ottokar es mejor que las dictaduras rojas de Plekszy-Gladz, pues el rey prefiere abdicar para evitar que se derrame sangre, mientras que, entre los Bordures, se dispara sin piedad. Pero la credulidad, la avaricia, la estupidez humanas no tienen confines ideológicos. Un solo personaje verdaderamente simpático en Tintín en América: el etnólogo que adoptó las costumbres del «buen salvaje»; parece estar en Paul et Virginie o en Atala. Un solo personaje de valor en Tintín en el Congo: el misionero con la sotana y la capucha blanca que tiene una escuela y cura a los enfermos. Blanco de la voracidad de los malhechores a sueldo de las multinacionales (petróleo o armas), el indígena nunca tiene el papel del mal. Aunque se adecúa a los clichés paternalistas de la época en la que los belgas explotaban el Congo.

Tintín es un héroe sobrenatural que se mueve en escenarios realistas, aunque poetizados y caricaturizados. Las personas cercanas a él están sujetas a la tentación, al whisky para Haddoch, los huesos para Milù, la ciencia aplicada para Girasol. Pero se corrigen en el momento justo y se arman de valor. Un fondo de honradez los salva como en el caso de Girasol, intransigente sobre los «derechos del hombre» (Tintín y los Pícaros), que renuncia a sus invenciones si estas corren el riesgo de ser utilizadas para una mala causa (El asunto Girasol). Este científico un poco estrambótico y completamente duro de oídos, pertenece a la cofradía de los justos, cuyos príncipes son dos niños: el indio Zorrino (El Templo del sol) y el chino Chang (El Loto azul). Tintín les reserva una ternura particular, son figuras evangélicas, sublimes en su confianza. Son puros, como Tintín, que tiene el don de lágrimas y que se hace niño con sus payasadas, para expresar su alegría. Una gracia lo saca de los peligros más grandes, como a los héroes de las epopeyas medievales. Tintín es un caballero occidental de los tiempos modernos, un corazón sin mancha en un cuerpo vulnerable; atraviesa como un meteorito la humanidad común —su geografía, su psicología— doblemente exaltado por el gusto profano del misterio y por el sagrado imperativo moral: salvar al inocente, vencer el Mal. Ama demasiado la vida como para ser un santo, su curiosidad impenitente lo remite a la humanidad, a veces se ofrece un crucero, otra una playa para descansar en el refugio bucólico de Moulinsart desde donde, al dar la curva, se vislumbra el campanario de la aldea. Este sosia del castillo de Cheverny, feudo de los antepasados de Haddock, recuperado (con su tesoro) gracias a la generosidad de Girasol, es más o menos el tiempo de un Grial. Si el paraíso existiera en este mundo, Moulinsart sería su sede. Pero es necesario alejarse para ir a vencer el Mal, para recoger aquí y allá las trazas de exotismo como los cruzados que Tintín resucita (sin su belicismo) y como los misioneros (sin su proselitismo). Es el ángel custodio de los valores cristianos de los que Occidente reniega o se burla constantemente. Sin miedo, sin reproches, a veces saltándose la ley, la criatura de Hergé reúne con candor las virtudes que se esforzaban por inculcarme en el catecismo. Poco importa que Hergé fuera o no consciente de ello al dibujar con amor una creación cuyos monstruos patentados (el gorila de La isla negra y el yeti de Tintín en el Tibet) eran menos nocivos que la raza humana. Aunque, en la vida cotidiana, no tiene un aspecto tan repugnante: el hombre de la calle peca sobre todo por inercia. Son el orgullo, la atracción del lucro y el gusto del poder los que lo arruinan todo, es decir, César y Mammón. Tintín los descubre, los asalta y luego los hace volver al redil (más o menos la Vieja Europa) entre los aplausos de la gente honrada. Pero el mal no se desarma nunca y la sociedad no tiene más que a los Dupont ineptos para oponerle. Ellos encarnan la ley, sin mayúscula, y la ridiculizan. En los tiempos de mi infancia teníamos un misal para el domingo y los álbumes de Tintín para los días de entre semana. Iban de la mano en nuestra iniciación. Al no estar ya en uso el misal, Tintín es ahora lo único que tenemos para iniciar a los niños en los valores de la caballería.

Denis Tillinac, especial para L'OSSERVATORE ROMANO

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