domingo, 30 de noviembre de 2014

EVANGELIO DOMINICAL: El Tiempo de Adviento nos invita a la conversión, a la esperanza, a la vigilancia

1º Domingo de Adviento
Ciclo B
Evangelio: Marcos 13, 33-37


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.

Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.

Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.

Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!

Palabra del Señor.


Comienza hoy un nuevo ciclo anual en la liturgia de la Iglesia con el Adviento, nombre proveniente del vocablo latino Adventus, que significa venida, llegada, advenimiento. La petición de Padrenuestro en la que decimos “venga a nosotros tu reino” -en latín “adveniat regnum tuum”-  atraviesa todo este tiempo de cuatro domingos durante el cual nos disponemos a celebrar la Navidad. Un tiempo en el  que somos invitados a la conversión, a la esperanza y a la vigilancia para recibir el Reino de Dios que ha venido, que viene y que vendrá en Jesucristo.

1.- Un tiempo en el que se nos invita a la conversión

El libro profético de Isaías, del cual se toman las primeras lecturas de los cuatro domingos del Adviento, nos presenta en el texto correspondiente a este primer domingo (Is 63, 16 – 64, 7) una oración que podemos hacer nuestra hoy aplicándola a la situación de un mundo que, como en aquellos tiempos, experimenta el vacío de Dios porque vive de espaldas a Él, sin reconocerlo ni tenerlo en cuenta. “¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras!”, exclama el profeta, expresando con esta imagen poética el reconocimiento de la necesidad que todos los seres humanos tenemos de Dios como nuestro creador (“nuestro padre”)  y como “nuestro redentor”, en medio de una realidad comparable a la sequía del desierto producida por la ausencia de quien nos puede dar la vida verdadera. Una ausencia que no es culpa de Dios mismo, sino del ser humano cuando pretende ignorarlo o desterrarlo de su existencia.

Para los creyentes en Jesucristo, la oración del texto profético del libro de Isaías y la plegaria del Salmo 80 (79) -“ven a salvarnos”- fueron respondidas con la encarnación del Hijo de Dios en Jesús de Nazaret  hace poco más de veinte siglos. Sin embargo, hoy como entonces necesitamos que su acción redentora llegue hasta cada uno de nosotros como resultado de una disposición sincera a convertirnos, es decir, a volvernos a Él y dejarnos transformar por la acción de su Espíritu. ¿Cómo realizar una auténtica conversión? Pues aprovechando este tiempo del Adviento para hacer una revisión de nuestra vida y descubrir cómo debemos orientarla hacia Dios en el cumplimiento de su voluntad. Porque la petición “venga a nosotros tu reino” corresponde precisamente a la disposición que manifestamos cuando decimos sinceramente “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.     

2.- Un tiempo en el que se nos invita a la esperanza

“Ustedes esperan el día en que aparezca nuestro Señor Jesucristo”, les escribe el apóstol San Pablo a los cristianos de la ciudad griega de Corinto (1 Co 1, 3-9). Este mensaje de la segunda lectura de este domingo llega hoy a cada uno de nosotros para que alimentemos en nuestra vida una de las tres virtudes llamadas “teologales”, es decir, las directamente referidas a Dios -fe, esperanza y caridad-. La virtud de la esperanza nos anima a mirar el porvenir con optimismo aun en medio de las dificultades y problemas que podamos estar experimentando en el presente, porque creemos en Jesucristo y sabemos que “él es fiel” a sus promesas.

La manifestación del Reino de Dios en nuestro Señor Jesucristo desde su encarnación y su nacimiento como Dios hecho hombre, no es sólo un acontecimiento que sucedió hace veinte siglos. Él sigue llegando y manifestándose a cada persona que está dispuesta de verdad a recibirlo, y se hace presente para alimentarnos con su propia vida en la Eucaristía. Cada vez que celebramos este “sacramento de nuestra fe”, repetimos la misma invocación con que los primeros cristianos expresaban la esperanza en su venida gloriosa y que quedó escrita en el penúltimo versículo del libro del Apocalipsis en el Nuevo Testamento: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 20). De modo similar, en la tradicional novena de Navidad que aprendimos desde pequeños y que pronto volverá a resonar una vez más con sus gozos y villancicos, le decimos “ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”. En efecto, en este tiempo del Adviento que comienza hoy se nos invita a proclamar nuestra esperanza en el Reino de Dios, que ya vino hace poco más de dos mil años en la persona de Jesús, que sigue llegando a cada uno de nosotros cuando acogemos con nuestro comportamiento la palabra de Señor y recibimos a Jesús en  la comunión, y que se manifestará en forma plena, definitiva y gloriosa al final de los tiempos. Para cada uno de nosotros, este final de los tiempos será el momento de nuestro paso de la vida presente a la eternidad.       

3.- Un tiempo en el que se nos invita a la vigilancia

“Manténganse ustedes despiertos y vigilantes”, nos dice Jesús en el texto del Evangelio de hoy (Marcos 13, 33-37), como conclusión de la parábola de los servidores que aguardan la llegada del dueño de la casa en cualquier momento. Cada uno de nosotros, como servidor fiel del Señor, es invitado especialmente en este tiempo del Adviento a mantenerse atento a su llegada. Tres veces aparece en este texto la invitación a que estemos vigilantes. Y la invitación es no sólo para unos cuantos, sino para todos: “Lo que les digo a ustedes lo digo a todos: estén vigilantes”.

¿Cómo mantenernos despiertos y vigilantes para que no nos sorprenda desprevenidos la venida definitiva del Señor? Pues, precisamente, uniendo nuestra actitud sincera de conversión a la renovación de nuestra esperanza activa en la manifestación plena del Reino de Dios inaugurado por nuestro Señor Jesucristo. Porque la auténtica virtud de la esperanza no es una espera pasiva en que Dios solucionará nuestros problemas sin poner nosotros de nuestra parte, sino todo lo contrario: una disposición activa a preparar el advenimiento (el “adviento”) del Reino de Dios, haciendo posibles la condiciones que nos corresponde a nosotros desarrollar para que ese reino de la justicia, del amor y de la paz sea una realidad en nuestra vida y en nuestro entorno social.

Gabriel Jaime Pérez, S.J.

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