martes, 31 de mayo de 2011

JUAN PABLO II: Historia de la imagen de la «Mater Ecclesiae» en la plaza de San Pedro puesta por Juan Pablo II como signo de agradecimiento

Queridos amigos y hermanos del blog: terminando hoy el Mes de María, el Mes de las Flores, quiero compartirles el testimonio que por escrito nos ha dejado Giovanni Battista Re, Cardenal prefecto emérito de la Congregación para los obispos, y firmado el pasado 18 de mayo donde recuerda los detalles y el marco histórico de la imagen de la Virgen puesta por el Beato Juan Pablo II en la plaza de San Pedro:

Ese mosaico de María que recuerda 
el atentado al Papa Wojtyła

El peregrino o el turista que llega a la plaza de San Pedro ve cómo desde lo alto de la fachada del brazo avanzado del palacio apostólico, en el lado que da a la basílica vaticana, domina el mosaico de la Virgen que lleva por título  Mater Ecclesiae. En la base del mosaico, que representa a la Virgen María con el niño Jesús, se encuentra el escudo de Juan Pablo  II con el lema  Totus tuus.

La imagen, de más de dos metros y medio de altura, fue colocada allí entre noviembre y diciembre de 1981, y tiene una historia que vale la pena recordar por el estrecho y significativo vínculo con el Pontífice beatificado el pasado 1 de mayo.

De hecho, cuando, después del atentado del  13 de mayo de 1981, Karol Wojtyła volvió al Vaticano tras la primera hospitalización en el policlínico Gemelli, los responsables de la Gobernación estaban evaluando la posibilidad de colocar un signo visible en el empedrado de la plaza de San Pedro, en el lugar donde el Papa había sido herido, para recordar una página dolorosa de la historia de la Iglesia, pero también para testimoniar el signo de una protección celestial.

Juan Pablo II manifestó inmediatamente su intención: quería que, como recuerdo del atentado, se colocara en la plaza, bien visible, una imagen de la Virgen, pues estaba convencido de que fue ella quien lo protegió. Por consiguiente, no había mejor modo de recordar aquel 13 de mayo.

El Papa Wojtyła reveló también que, ya el año anterior, alguien le había hecho notar una «carencia» singular en la plaza de San Pedro: en torno a la estatua de Cristo, que destaca en la fachada de la basílica, se encontraban las de los Apóstoles y de numerosos santos, esparcidos por todo el hemiciclo de la columnata, pero no había ninguna imagen de la Virgen. 

En realidad, una hermosa imagen de la Virgen se halla pintada en la luneta situada sobre el portón de Bronce, pero sólo es visible para quien entra en la columnata y se sitúa al ple de la gran escalera de acceso.

El Papa añadió que era necesario estudiar con atención una solución que resultara adecuada a una plaza rica en arte y muy sugestiva y majestuosa.

Así, se actuó en esa dirección. El arzobispo Eduardo Martínez Somalo, sustituto de la Secretaría de Estado, me encargó a mí, por entonces asesor, que contactara directamente con el obispo Giovanni Fallani, presidente de la Comisión permanente para la tutela de los monumentos históricos y artísticos de la Santa Sede, y con el profesor Carlo Pietrangeli, director de los Museos Vaticanos, pidiéndole que estudiara un proyecto digno de la plaza de San Pedro y que luego hiciera una propuesta, consultando eventualmente al respecto también a algún artista.

Cuando le expliqué el deseo del Pontífice, Pietrangeli se mostró más bien escéptico. Y, aun prometiendo que reflexionaría y consultaría a algún compañero, expresó su convicción de que se trataba de una empresa, aunque sugestiva, casi imposible de realizar.

Monseñor Fallani refirió que algunos meses antes le habían pedido su parecer sobre la propuesta de un mosaico mariano en una ventana que da a la plaza de San Pedro. Y aseguró que iría a ese lugar para estudiar el problema. Dos horas después llamó por teléfono, citándonos en la plaza de San Pedro a mí y a Pietrangeli.

Cuando llegamos, señalando con el dedo la ventana del palacio apostólico donde se encuentra ahora el mosaico, dijo:  «A mi parecer, una solución que se inserta bien en el escenario de la plaza de San Pedro es la de un mosaico colocado dentro del marco de travertino de esa ventana allá arriba». Fallani me preguntó qué había detrás de esa ventana. Le respondí que se trataba de la habitación donde trabajaban dos religiosas dactilógrafas de la Secretaría de Estado y que, además, ese amplio local ya tenía otra ventana lateral.

Pietrangeli juzgó válida la propuesta, sorprendido de que se hubiera encontrado tan rápidamente una solución adecuada a un conjunto arquitectónico que muchos habrían considerado intocable.

Pero sobre todo el proyecto agradó al Papa, que nos exhortó a seguir adelante.

Tratándose de un mosaico, se pensó en implicar inmediatamente al arzobispo Lino Zanini, presidente del Estudio del mosaico de la Fábrica de San Pedro, el cual advirtió que ante todo convenía decidir qué imagen mariana elegir para el mosaico.

Interpelado al respecto, Juan Pablo II dijo que le agradaría una representación de la Virgen como Madre de la Iglesia, porque  —explicó— «la Madre de Dios siempre ha estado unida a la Iglesia y se la ha sentido siempre particularmente cercana en los momentos difíciles de su historia». Añadió, además, que personalmente estaba convencido de que ese 13 de mayo la Virgen María estaba presente en la plaza de San Pedro para salvar la vida del Papa.

Monseñor Zanini informó al respecto que, dentro de la basílica vaticana —precisamente en el primer altar a la izquierda según se entra desde la puerta lateral llamada  «de la Plegaria»— había una Virgen con el Niño, la cual, durante el pontificado de Pablo  vi, había sido restaurada y luego denominada  Mater Ecclesiae, como recuerdo de la histórica fecha del 21 de noviembre de 1964, cuando el Papa Montini, durante el concilio Vaticano II, proclamó a la Virgen María «Madre de la Iglesia». Es una imagen llena de significado y de historia, pues es un fresco pintado  in capite columnarum y situado en el atrio de la antigua basílica constantiniana. Se trata, por lo demás, de una de las pocas cosas hermosas que fue posible salvar y trasladar luego a la nueva basílica, después de terminarse la cúpula de Miguel Ángel. Su traslado se produjo en 1607 y el cabildo vaticano la coronó en 1645. Dado que procedía de una columna del atrio de la basílica anterior, se la solía designar genéricamente como  «Virgen de la columna».

La propuesta de monseñor Zanini de reproducir en mosaico para la plaza de San Pedro este histórico fresco, dedicado a la Mater Ecclesiae, fue aceptada por monseñor Fallani y por la Comisión que presidía. El proyecto, sucesivamente, fue presentado al Papa, que dio su aprobación.

El profesor Virgilio Cassio, con la colaboración de un par de artistas expertos, con loable empeño interpretó para el mosaico el antiguo fresco, respetando sus características, pero con un leve retoque por lo que atañe a la representación del niño Jesús, e intensificando el vigor cromático de toda la imagen, para que se pudiera ver mejor a gran distancia.

En la parte inferior del mosaico se colocaron el escudo de Juan Pablo II y el lema “Totus tuus”. Bajo el basamento se puso el título con letras de bronce: “Mater Ecclesiae”.

La dirección de las oficinas técnicas de la Gobernación del Estado del Vaticano preparó el marco metálico que se debía poner a la imagen musiva y se procedió a la instalación.

El 8 de diciembre de 1981 Juan Pablo II, antes de rezar el Ángelus, bendijo la imagen mariana, signo de protección celeste sobre el Pontífice, sobre la Iglesia y sobre quienes acuden a la plaza de San Pedro.

Sucesivamente, en el empedrado de la plaza se colocó una baldosa de mármol con el escudo del Papa Wojtyła para indicar el lugar exacto donde fue herido.

sábado, 28 de mayo de 2011

CINE: “Alexia”, la verdadera historia de una adolescente que miró a Dios cara a cara


Queridos amigos y hermanos del blog: hoy quiero hablarles de una película, un documental más precisamente, y también, invitarlos a concurrir a los cines a verla. Se trata de “Alexia”. Les comparto las ideas fundamentales de esta propuesta cinematográfica:

Sinopsis:

Dirigido por Pedro Delgado (Puerta del tiempo), este documental de creación reconstruye la vida de Alexia González-Barros González (Madrid, 7 de marzo de 1971 – Pamplona, 5 de diciembre de 1985), una adolescente que está en proceso de beatificación desde 1993, sobre todo por la fe, entereza y alegría con que afrontó la enfermedad. En efecto, Alexia falleció a los catorce años a causa de un tumor en la columna vertebral. Y, desde su muerte, su devoción se ha extendido por los cinco continentes. Narrado en primera persona por la propia Alexia (Miriam Fernández) y por su ángel custodio, Hugo (Richard del Olmo), el filme incluye testimonios de sus familiares, profesoras y amigas, de los médicos y sacerdotes que la ayudaron, y de varios expertos en procesos de canonización. Todo ello, ilustrado con abundante material fotográfico y fílmico, numerosos fragmentos de las películas domésticas rodadas por su familia e ilustraciones divertidas de algunos episodios significativos de su vida.

Palabras del director:

Hace relativamente poco tiempo, por motivos de trabajo, tuve que ver una película que se decía inspirada en la vida de Alexia. La verdad es que no tenía ni idea de quién era esa niña, pero suscitó mi interés una dedicatoria al final del film a Alexia González-Barros. Pienso que con este documental he aportado mi granito de arena para mostrar el verdadero rostro de Alexia y el cariño de su familia. A Paco, el padre de Alexia, le encantaba rodar imágenes de su familia. Llegó a tomar algunas de Moncha embarazada de Alexia. Mantuvo su afición durante muchos años y eso nos ha permitido disponer de un auténtico tesoro documental: la verdadera vida de Alexia en película, desde sus primeros días hasta que se hizo adolescente, antes de enfermar.

Alexia con muy pocos años imitando a Charlot, Alexia en bici o correteando con sus perros; de vacaciones con sus hermanos, abriendo los regalos de Navidad … ¡O subiéndose por los muebles! Todo eso, además de entrevistas a los hermanos y a quienes la conocieron, profesoras, sacerdotes, médicos y amigas. Claro que para acabar de acercarnos a ella era inevitable rodar sus juguetes, su ropa, sus cuadernos de clase (en uno de los cuales escribió una redacción inédita, premonitoria de su muerte). ¿Y qué decir de sus gustos? Descubriremos, por ejemplo, a la Alexia cinéfila que en su diario de la clínica dejó constancia de las películas que veía… Una vida normal, pero con una particularidad: vivió intensamente la presencia de Dios.

¿En qué cines de España se puede ver?

Para conocer las salas y los pases de “Alexia” ingresa a la siguiente dirección: http://www.alexialapelicula.com/cines.html
 
Para más información sobre “Alexia” les invito a visitar la página web de la película: http://www.alexialapelicula.com/



 Varias fotos de Alexia en distintos momentos de su corta vida en la tierra, pero con hondo sabor de eternidad.

En el Templo Eucarístico diocesano de San Martín de Tours, situado en la calle Desengaño, nº 26, en el centro de Madrid, muy cercano a la Gran Vía y a la Plaza de Callao, se encuentra la tumba de la Sierva de Dios Alexia González Barros.


jueves, 26 de mayo de 2011

CATEQUESIS DEL PAPA: "La oración de Jacob es ejemplo de la batalla de la fe y la perseverancia"

Queridos amigos y hermanos del blog: les ofrezco a continuación la catequesis que el Papa pronunció ayer durante la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro con peregrinos procedentes de todo el mundo, continuando su serie de catequesis sobre la oración:

Queridos hermanos y hermanas, hoy quisiera detenerme con vosotros en un texto del Libro del Génesis que narra un episodio un poco especial de la historia del Patriarca Jacob. Es un fragmento de difícil interpretación, pero importante en nuestra vida de fe y de oración; se trata del relato de la lucha con Dios en el vado de Yaboq, del que hemos escuchado un trozo.

Como recordaréis, Jacob le había quitado a su gemelo Esaú la primogenitura, a cambio de un plato de lentejas y después recibió con engaños la bendición de su padre Isaac, que en ese momento era muy anciano, aprovechándose de su ceguera. Huido de la ira de Esaú, se refugió en casa de un pariente, Labán;  se había casado, se había enriquecido y volvía a su tierra natal, dispuesto a enfrentar a su hermano, después de haber tomado algunas prudentes medidas. Pero cuando todo está preparado para este encuentro, después de haber hecho que los que estaban con él, atravesasen el vado del torrente que delimitaba el territorio de Esaú, Jacob se queda solo, y es agredido por un desconocido con el que lucha toda la noche. Esta lucha cuerpo a cuerpo -que encontramos en el capítulo 32 del Libro del Génesis- se convierte para él en una singular experiencia de Dios.

La noche es el momento favorable para actuar a escondidas, el tiempo oportuno, por tanto, para Jacob, de entrar en el territorio del hermano sin ser visto y quizás con la ilusión de tomar por sorpresa a Esaú. Sin embargo es él el sorprendido por un ataque imprevisto, para el que no estaba preparado. Había usado su astucia para intentar evitarse una situación peligrosa, pensaba tener todo bajo control, y sin embargo, se encuentra ahora teniendo que afrontar una lucha misteriosa que lo sorprende en soledad y sin darle la oportunidad de organizar una defensa adecuada. Indefenso, en la noche, el Patriarca Jacob lucha contra alguien. El texto no especifica la identidad del agresor; usa un término hebreo que indica “un hombre” de manera genérica, “uno, alguien”; se trata de una definición vaga, indeterminada, que quiere mantener al asaltante en el misterio. Está oscuro, Jacob no consigue distinguir a su contrincante, y también para nosotros, permanece en el misterio; alguien se enfrenta al Patriarca, y este es el único dato seguro que nos da el narrador. Sólo al final, cuando la lucha ya ha terminado y ese “alguien” ha desaparecido, sólo entonces Jacob lo nombrará y podrá decir que ha luchado contra Dios.

El episodio se desarrolla en la oscuridad y es difícil percibir no sólo la identidad del asaltante de Jacob, sino también como se ha desarrollado la lucha. Leyendo el texto, resulta difícil establecer quién de los dos contrincantes lleva las de ganar; los verbos se usan a menudo sin sujeto explícito, y las acciones suceden casi de forma contradictoria, así que cuando parece que uno de los dos va a prevalecer, la acción sucesiva desmiente enseguida esto y presenta al otro como vencedor. Al inicio, de hecho, Jacob parece ser el más fuerte, y el adversario – dice el texto – “no conseguía vencerlo” (v.26); y finalmente golpea a Jacob en el fémur, provocándole una dislocación. Se podría pensar que Jacob sucumbe, sin embargo, es el otro el que le pide que le deje ir; pero el Patriarca se niega, imponiendo una condición: “No te soltaré si antes no me bendices” (v.27). El que con engaños le había quitado a su hermano la bendición del primogénito, ahora la pretende de un desconocido, de quien quizás empieza a percibir las connotaciones divinas, sin poderlo reconocer verdaderamente.

El rival, que parece estar retenido y por tanto vencido por Jacob, en lugar de ceder a la petición del Patriarca, le pregunta su nombre: “¿Cómo te llamas?”. El patriarca le responde: “Jacob” (v.28). Aquí la lucha da un giro importante. Conocer el nombre de alguien, implica una especie de poder sobre la persona, porque el nombre, en la mentalidad bíblica, contiene la realidad más profunda del individuo, desvela el secreto y el destino. Conocer el nombre de alguien quiere decir conocer la verdad sobre el otro y esto permite poderlo dominar. Cuando, por tanto, por petición del desconocido, Jacob revela su nombre, se está poniendo en las manos de su adversario, es una forma de entrega, de consigna total de sí mismo al otro.

Pero en este gesto de rendición, también Jacob resulta vencedor, paradójicamente, porque recibe un nombre nuevo, junto al reconocimiento de victoria por parte de su adversario, que le dice: “En adelante no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido” (v.29). “Jacob” era un nombre que recordaba el origen problemático del Patriarca; en hebreo, de hecho, recuerda al término “talón”, y manda al lector al momento del nacimiento de Jacob, cuando saliendo del seno materno, agarraba el talón de su hermano gemelo (Gn 25, 26), casi presagiando el daño que realiza a su hermano en la edad adulta, pero el nombre de Jacob recuerda también al verbo “engañar, suplantar”. Y ahora, en la lucha, el Patriarca revela a su oponente, en un gesto de rendición y donación, su propia realidad de quien engaña, quien suplanta; pero el otro, que es Dios, transforma esta realidad negativa en positiva: Jacob el defraudador se convierte en Israel, se le da un nombre nuevo que le marca una nueva identidad. Pero también aquí, el relato mantiene su duplicidad, porque el significado más probable de Israel es “Dios fuerte, Dios vence”.

Por tanto, Jacob ha prevalecido, ha vencido – es el mismo adversario quien los afirma – pero su nueva identidad, recibida del mismo contrincante, afirma y testimonia la victoria de Dios. Y cuando Jacob pide a su vez el nombre de su oponente, este no quiere decírselo, pero se le revela en un gesto inequívoco, dándole su bendición. Esta bendición que el Patriarca le había pedido al principio de la lucha se le concede ahora. Y no es una bendición obtenida mediante engaño, sino que es gratuitamente concedida por Dios, que Jacob puede recibir porque está solo, sin protección, sin astucias ni engaños, se entrega indefenso, acepta la rendición y confiesa la verdad sobre sí mismo. Por esto, al final de la lucha, recibida la bendición, el Patriarca puede finalmente reconocer al otro, al Dios de la bendición: “He visto a Dios cara a cara, y he salido con vida” (v.31), ahora puede atravesar el vado, llevando un nombre nuevo pero “vencido” por Dios y marcado para siempre, cojeando por la herida recibida.

Las explicaciones que la exégesis bíblica da con respecto a este fragmento son muchas; en particular los estudiosos reconocen aquí intentos y componentes literarios de varios tipos, como también referencias a algún cuento popular. Pero cuando estos elementos son asumidos por los autores sagrados y englobados en el relato bíblico, cambian de significado y el texto se abre a dimensiones más amplias. El episodio de la lucha en el Yaboq se muestra al creyente como texto paradigmático en el que el pueblo de Israel habla de su propio origen y delinea los trazos de una relación especial entre Dios y el hombre. Por esto, como se afirma también en el Catecismo de la Iglesia Católica, “la tradición espiritual de la Iglesia ha visto en este relato el símbolo de la oración como combate de la fe y la victoria de la perseverancia” (nº 2573). El texto bíblico nos habla de la larga noche de la búsqueda de Dios, de la lucha para conocer el nombre y ver su rostro; es la noche de la oración que con tenacidad y perseverancia pide a Dios la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad fruto de conversión y de perdón.

La noche de Jacob en el vado de Yaboq se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios que en la oración encuentra su máxima expresión. La oración exige confianza, cercanía, casi un cuerpo a cuerpo simbólico no con un Dios adversario y enemigo, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso, que aparece inalcanzable.

Por esto el autor sacro utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad en el alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor, entonces la lucha sólo puede culminar en el don de sí mismo a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence cuando consigue abandonarse en las manos misericordiosas de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, toda nuestra vida es como esta larga noche de lucha y de oración, de consumar en el deseo y en la petición de una bendición a Dios que no puede ser arrancada o conseguida sólo con nuestras fuerzas, sino que debe ser recibida con humildad de Él, como don gratuito que permite, finalmente, reconocer el rostro de Dios. Y cuando esto sucede, toda nuestra realidad cambia, recibimos un nombre nuevo y la bendición de Dios. Pero aún más: Jacob que recibe un nombre nuevo, se convierte en Israel, también da al lugar un nombre nuevo, donde ha luchado con Dios, le ha rezado, lo renombra Penuel, que significa “Rostro de Dios”. Con este nombre reconoce que el lugar está lleno de la presencia del Señor, santifica esa tierra dándole la impronta de aquel misterioso encuentro con Dios. Aquel que se deja bendecir por Dios, se abandona a Él, se deja transformar por Él, hace bendito el mundo. Que el Señor nos ayude a combatir la buena batalla de la fe (cfr 1Tm 6,12; 2Tm 4,7) y a pedir, en nuestra oración, su bendición, para que nos renueve en la espera de ver su Rostro. ¡Gracias!

martes, 24 de mayo de 2011

PRO VIDA: ¿Los muertos por el terremoto en Lorca fueron once o nueve?

Queridos amigos y hermanos del blog: “Alfa y Omega” es un semanario católico de información de edición nacional, editado por la Fundación San Agustín y el Arzobispado de Madrid. En su edición Nº 738 del pasado jueves 19 de mayo encontré esta breve pero muy interesante reflexión que ahora les comparto:

Once no nueve muertos en Lorca

Todo se ha dicho y escrito ya sobre el trágico terremoto que asoló la ciudad de Lorca; menos una cosa fundamental: que los muertos fueron 11 y no 9. Todos han hablado de que, entre las fallecidas, había dos madres embarazadas. ¿Acaso la vida que latía en su seno no era de seres humanos? Al unirnos a la plena solidaridad con todas las víctimas del terremoto y sus familiares, elevamos -con el obispo de Cartagena, y unidos al Papa y a todos los obispos españoles que han expresado su condolencia- nuestra oración por los once difuntos y por los damnificados; y también para que las autoridades acierten en su rápida y eficaz respuesta a la situación. 


Cáritas Española ha habilitado un número de cuenta y un teléfono para canalizar la solidaridad: 902.33.99.99.





En la foto, dos damnificadas rezan ante la imagen, salvada, de la Virgen del Cisne, Patrona de Ecuador.


viernes, 20 de mayo de 2011

JUAN PABLO II: Lanzan DVD sobre su ceremonia de beatificación


Queridos amigos y hermanos del blog: Goya producciones ha lanzado al mercado un DVD sobre la Beatificación de Juan Pablo II que cuenta con las imágenes de la ceremonia así como con sus viajes a España y sus mensajes.

"Juan Pablo II: la beatificación"

Con el título de "Juan Pablo II: la beatificación", este DVD de 150 minutos contiene una síntesis de ceremonia beatificación realizada el pasado 1 de mayo (60 minutos); sus cinco viajes a España (60 minutos); una biografía del Pontífice (16 minutos) y una selección de los más importantes mensaje (14 minutos).

"Es el recuerdo más completo, del personaje más admirado y amado de nuestra época", señaló el Director de Goya Producciones, Andrés Garrigó.

La distribución de este DVD está a cargo de Karma Films que asegura su venta en librerías y en grandes mercados.


Goya Producciones 

Es una productora de televisión independiente, establecida en Madrid en el año 2000, dedicada principalmente a la producción de programas de divulgación histórica, artística, científica y religiosa para televisión.

Destacan, entre sus series documentales: “El Origen del Hombre”, “Los Primeros Cristianos” y “La Cultura de la Vida”. En el género biográfico cabe mencionar los programas sobre Isabel la Católica, San Pablo, el Virrey Palafox y San José de Calasanz. En el género de investigación histórica tienen especial interés “El Santo Grial” y “El Sudario de Oviedo”.

En Goya Producciones piensan que la vida está llena de valores que merece la pena dar a conocer. Llevarlos a la pantalla requiere creatividad, interés narrativo y uso adecuado de la técnica. Eligen, preferentemente, temas de interés universal. Este enfoque facilita la emisión de sus documentales en televisiones de todos los continentes. Generalmente sus producciones se realizan en español e inglés. Algunas han sido traducidas a más de diez idiomas, incluyendo el chino, el hindi, el árabe o el polaco.

El trailer está disponible en: http://youtu.be/dVBFolpJmgs   

Más información: www.goyaproducciones.com


miércoles, 18 de mayo de 2011

CATEQUESIS DEL PAPA: "Pedir en la oración cotidiana la salvación de todos los hombres"

Queridos amigos y hermanos del blog: a continuación les ofrezco el texto completo de la catequesis que el Papa Benedicto XVI ha dirigido hoy a los peregrinos y fieles provenientes de Italia y de todo el mundo, recibiéndolos en audiencia en la Plaza de San Pedro. Esta catequesis forma parte del ya iniciado ciclo sobre la oración:

Queridos hermanos y hermanas, en las dos últimas catequesis hemos reflexionado sobre la oración como fenómeno universal, que -incluso de distintas formas- está presente en las culturas de todas las épocas. Hoy, sin embargo, querría comenzar un recorrido bíblico sobre este tema, que nos conducirá a profundizar en el diálogo de alianza entre Dios y el hombre, que anima la historia de salvación, hasta su culmen, la palabra definitiva que es Jesucristo. Este camino nos hará detenernos en algunos textos importantes y figuras paradigmáticas del Antiguo y Nuevo Testamento. Será Abraham, el gran Patriarca, padre de todos los creyentes (cfr Rm 4,11-12.16-17), el que nos ofrece el primer ejemplo de oración, en el episodio de intercesión por la ciudad de Sodoma y Gomorra. Y quisiera invitaros a aprovechar el recorrido que haremos en las próximas catequesis para aprender a conocer mejor la Biblia, que espero que tengáis en vuestras casas, y, durante la semana, deteneros a leerla y meditarla en la oración, para conocer la maravillosa historia de la relación entre Dios y el hombre, entre el Dios que se comunica con nosotros y el hombre que responde, que reza.

El primer texto sobre el que vamos a reflexionar, se encuentra en el capítulo 18 del Libro del Génesis; se cuenta que la maldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra estaba llegando a su cima, tanto que era necesaria una intervención de Dios para realizar un gran acto de justicia y frenar el mal destruyendo aquellas ciudades. Aquí interviene Abraham con su oración de intercesión. Dios decide revelarle lo que le va a suceder y le hace conocer la gravedad del mal y sus terribles consecuencias, porque Abraham es su elegido, elegido para construir un gran pueblo y hacer que todo el mundo alcance la bendición divina. La suya es una misión de salvación, que debe responder al pecado que ha invadido la realidad del hombre; a través de él, el Señor quiere llevar a la humanidad a la fe, a la obediencia, a la justicia. Y entonces, este amigo de Dios se abre a la realidad y a las necesidades del mundo, reza por los que están a punto de ser castigados y pide que sean salvados.

Abraham afronta enseguida el problema en toda su gravedad, y dice al Señor: “Entonces Abraham se le acercó y le dijo: «¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vez haya en la ciudad cincuenta justos. ¿Y tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en él? ¡Lejos de ti hacer semejante cosa! ¡Matar al justo juntamente con el culpable, haciendo que los dos corran la misma suerte! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la tierra no va a hacer justicia?” (vv. 23-25). Con estas palabras, con gran valentía, Abraham plantea a Dios la necesidad de evitar la justicia sumaria: si la ciudad es culpable, es justo condenar el crimen e infligir la pena, pero -afirma el gran Patriarca- sería injusto castigar de modo indiscriminado a todos los habitantes. Si en la ciudad hay inocentes, estos no pueden ser tratados como culpables. Dios, que es un juez justo, no puede actuar así, dice Abraham, justamente, a Dios.

Si leemos, más atentamente el texto, nos damos cuenta de que la petición de Abraham es todavía más seria y profunda, porque no se limita a pedir la salvación para los inocentes. Abraham pide el perdón para toda la ciudad y lo hace apelando a la justicia de Dios; dice, de hecho, al Señor: “Y tú vas a arrasar ese lugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos que hay en él?” (v. 24b). De esta manera pone en juego una nueva idea de justicia: no la que se limita a castigar a los culpables, como hacen los hombres, sino una justicia distinta, divina, que busca el bien y lo crea a través del perdón que transforma al pecador, lo convierte y lo salva. Con su oración, por tanto, Abraham no invoca una justicia meramente retributiva, sino una intervención de salvación que, teniendo en cuenta a los inocentes, libera de la culpa también a los impíos, perdonándoles. El pensamiento de Abraham, que parece casi paradójico, se podría resumir así: obviamente no se pueden tratar a los inocentes como a los culpables, esto sería injusto, es necesario, sin embargo, tratar a los culpables como a los inocentes, realizando una acto de justicia “superior”, ofreciéndoles una posibilidad de salvación, por que si los malhechores aceptan el perdón de Dios y confiesan su culpa, dejándose salvar, no continuarán haciendo el mal, se convertirán estos, también, en justos, sin necesitar nunca más ser castigados.

Es esta la petición de justicia que Abraham expresa en su intercesión, una petición que se basa en la certeza de que el Señor es misericordioso. Abraham no pide a Dios una cosa contraria a su esencia, llama a la puerta del corazón de Dios conociendo su verdadera voluntad. Ya que Sodoma es una gran ciudad, cincuenta justos parecen poca cosa, pero la justicia de Dios y su perdón ¿no son quizás la manifestación de la fuerza del bien, aunque si parece más pequeño y más débil que el mal? La destrucción de Sodoma debía frenar el mal presente en la ciudad, pero Abraham sabe que Dios tiene otros modos y medios para poner freno a la difusión del mal. Es el perdón el que interrumpe la espiral de pecado, y Abraham, en su diálogo con Dios, apela exactamente a esto. Y cuando el Señor acepta perdonar a la ciudad si encuentra cincuenta justos, su oración de intercesión comienza a descender hacia los abismos de la misericordia divina. Abraham -como recordamos- hace disminuir progresivamente el número d ellos inocentes necesarios para la salvación: si no son cincuenta, podrían ser cuarenta y cinco, y así hacia abajo, hasta llegar a diez, continuando con su súplica, que se hace audaz en las insistencia: “Quizá no sean más de cuarenta... treinta... veinte... diez” (cfr vv. 29, 30, 31, 32), y según es más pequeño el número, más grande se revela y se manifiesta la misericordia de Dios, que escucha con paciencia la oración, la acoge y repite después de cada súplica: “perdonaré... no la destruiré... no lo haré” (cfr vv. 26.28.29.30.31.32).

Así, por la intercesión de Abraham, Sodoma podrá ser salvada, si en ella se encuentran tan sólo diez inocentes. Esta es la potencia de la oración. Porque a través de la intercesión, la oración a Dios por la salvación de los demás, se manifiesta y se expresa el deseo de salvación que Dios tiene siempre hacia el hombre pecador. El mal, de hecho, no puede ser aceptado, debe ser señalado y destruido a través del castigo: la destrucción de Sodoma tenía esta intención. Pero el Señor no quiere la muerte del malvado, sino que se convierta y que viva (cfr Ez 18,23; 33,11); su deseo es perdonar siempre, salvar, dar la vida, transformar el mal en bien. Si bien, precisamente es este deseo divino el que, en la oración se convierte en el deseo del hombre y se expresa a través de las palabras de intercesión. Con su súplica, Abraham está prestando su propia voz, pero también su propio corazón, a la voluntad divina: el deseo de Dios es misericordia, amor y voluntad de salvación, y este deseo de Dios ha encontrado en Abraham y en su oración la posibilidad de manifestarse en modo concreto en en la historia de los hombres, para estar presente donde hay necesidad de gracia. Con la voz de su oración, Abraham está dando voz al deseo de Dios, que no es el de destruir, sino el de salvar a Sodoma, dar vida al pecador convertido.

Y esto es lo que el Señor quiere, y su diálogo con Abraham es una prolongada e inequívoca manifestación de su amor misericordioso. La necesidad de encontrar hombres justos en la ciudad se vuelve cada vez más, en menos exigente y al final sólo bastan diez para salvar a la totalidad de la población. Porque motivo Abraham se detuvo en diez, no lo dice el texto. Quizás es un número que indica un núcleo comunitario mínimo (todavía hoy, diez personas, constituyen el quórum necesario para la oración pública hebrea). De todas maneras, se trata de un número exiguo, una pequeña parcela del bien para salvar a un gran mal. Pero ni siquiera diez justos se encontraban en Sodoma y Gomorra, y las ciudades fueron destruidas. Una destrucción paradójicamente necesaria por la oración de intercesión de Abraham. Porque precisamente esa oración ha revelado la voluntad salvífica de Dios: el Señor estaba dispuesto a perdonar, deseaba hacerlo, pero las ciudades estaban encerradas en un mal total y paralizante, sin tener unos pocos inocentes desde donde comenzar a transformar el mal en bien.

Porque es este el camino de salvación que también Abraham pedía: ser salvados no quiere decir simplemente escapar del castigo, sino ser liberados del mal que nos habita. No es el castigo el que debe ser eliminado, sino el pecado, ese rechazo a Dios y del amor que lleva en sí el castigo. Dirá el profeta Jeremías al pueblo rebelde: “¡Que tu propia maldad te corrija y tus apostasías te sirvan de escarmiento! Reconoce, entonces, y mira qué cosa tan mala y amarga es abandonar al Señor, tu Dios” (Jer 2,19). es de esta tristeza y amargura de donde el Señor quiere salvar al hombre liberándolo del pecado. Pero es necesaria una transformación desde el interior, una pizca de bien, un comienzo desde donde partir para cambiar el mal en bien, el odio en amor, la venganza en perdón. Por esto los justos tenían que estar dentro d ella ciudad, y Abraham continuamente repite: “Quizás allí se encuentren...” “allí”: es dentro de la realidad enferma donde tiene que estar ese germen de bien que puede resanar y devolver la vida. Y una palabra dirigida también a nosotros: que en nuestras ciudades haya un germen de bien, que hagamos lo necesario para que no sean sólo diez justos, para conseguir realmente, hacer vivir y sobrevivir a nuestras ciudades y para salvarlas de esta amargura interior que es la ausencia de Dios. Y en la realidad enferma de Sodoma y Gomorra aquel germen de bien no estaba.

Pero la misericordia de Dios en la historia de su pueblo se amplía más tarde. Si para salvar Sodoma eran necesarios diez justos, el profeta Jeremías dirá, en nombre del Omnipotente, que basta sólo un justo para salvar Jerusalén: “Recorred las calles de Jerusalén, mirad e informaos bien; buscad por sus plazas a ver si encontráis un hombre, si hay alguien que practique el derecho, que busque la verdad y yo perdonaré a la ciudad” (Jer 5,1). El número ha bajado aún más, la bondad de Dios se muestra aún más grande. -y ni siquiera esto basta, la sobreabundante misericordia de Dios no encuentra la respuesta del bien que busca, y Jerusalén cae bajo asedio de los enemigos. Será necesario que Dios se convierta en ese justo. Y este es el misterio de la Encarnación: para garantizar un justo, Él mismo se hace hombre. El justo estará siempre porque es Él: es necesario que Dios mismo se convierta en ese justo. El infinito y sorprendente amor divina será manifestado en su plenitud cunado el Hijo de Dios se hace hombre, el Justo definitivo, el perfecto Inocente, que llevará la salvación al mundo entero muriendo en la cruz, perdonando e intercediendo por quienes “no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Entonces la oración de todo hombre encontrará su respuesta, entonces todas nuestras intercesiones serán plenamente escuchadas.

Queridos hermanos y hermanas, la súplica de Abraham, nuestro padre en la fe, nos enseñe a abrir cada vez más, el corazón a la misericordia sobreabundante de Dios, para que en la oración cotidiana sepamos desear la salvación de la humanidad y pedirla con perseverancia y con confianza al Señor que es grande en el amor. Gracias.

martes, 17 de mayo de 2011

ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS: Formación permanente para reavivar el carisma de Dios

Queridos amigos y hermanos del blog: les comparto un artículo periodístico, que he escrito para la edición de mayo de “Padre de todos” la Revista de la Diócesis de Getafe, España:

Formación permanente para reavivar el carisma de Dios

Uno de los frutos del Año Sacerdotal, que bajo la figura y amparo del santo Cura de Ars, hemos vivido, ha sido el pedido del Santo Padre de consolidar en cada presbiterio diocesano la formación permanente del clero.

El número 70 de la Exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis, partiendo del fundamento bíblico (2 Tim 1, 6): "Te recomiendo que reavives el carisma de Dios que está en ti"; nos dice, "La formación permanente encuentra su propio fundamento y su razón de ser original en el dinamismo del sacramento del orden".

Don Joaquín y Don Rafael como primeros responsables de la formación permanente, buscan que todos sus presbíteros seamos fieles al don y al ministerio recibido, como el Pueblo de Dios nos quiere; esta responsabilidad de nuestros obispos en comunión con su presbiterio ha realizado un proyecto y establecido un programa capaz de estructurar la formación permanente, no como mero episodio, sino como propuesta sistemática de contenido que se desarrolle por etapas y modalidades precisas (Cf. PDV 79).

¿Cómo debe ser la formación permanente en la vida del sacerdote? El Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, en el no. 74, responde: “Tal formación debe comprender y armonizar todas las dimensiones de la vida sacerdotal; es decir, debe tender a ayudar a cada presbítero: a desarrollar una personalidad humana madurada en el espíritu de servicio a los demás, cualquiera que sea el encargo recibido; a estar intelectualmente preparado en las ciencias teológicas y también en las humanas en cuanto relacionadas con el propio ministerio, de manera que desempeñe con mayor eficacia su función de testigo de la fe; a poseer una vida espiritual profunda, nutrida por la intimidad con Jesucristo y del amor por la Iglesia; a ejercer su ministerio pastoral con empeño y dedicación. En definitiva, tal formación debe ser completa: humana, espiritual, intelectual, pastoral, sistemática y personalizada”.

En el Cerro de los Ángeles, los sacerdotes de Getafe, encontramos un marco inmejorable para vivir ésta, nuestra formación permanente en sus tres dimensiones fundamentales: formación intelectual-pastoral (a través de conferencias y testimonios) formación espiritual (a través de diversos días de retiro) y una vivencia profunda de fraternidad (compartiendo desayunos, comidas, ratos de conversación y sincero trato).

Nos encomendamos a nuestro pueblo y a su oración por nosotros, sus pastores, a vosotros que sois, la razón más profunda de nuestro ser y servicio eclesial, para que con ella y vuestra compañía en el día a día de nuestra vida, “reavivemos el carisma de Dios que está en nosotros”, como Jesucristo, sacerdotes para siempre.

P. José Medina

domingo, 15 de mayo de 2011

SACERDOCIO: Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XLVIII 
Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones
15 de mayo de 2011 – IV Domingo de Pascua
Tema: «Proponer las vocaciones en la Iglesia local»


Queridos hermanos y hermanas: la XLVIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que se celebrará el 15 de mayo de 2011, cuarto Domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: «Proponer las vocaciones en la Iglesia local». Hace setenta años, el Venerable Pío XII instituyó la Obra Pontificia para las Vocaciones Sacerdotales. A continuación, animadas por sacerdotes y laicos, obras semejantes fueron fundadas por Obispos en muchas diócesis como respuesta a la invitación del Buen Pastor, quien, «al ver a las gentes se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor», y dijo: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt 9, 36-38).

El arte de promover y de cuidar las vocaciones encuentra un luminoso punto de referencia en las páginas del Evangelio en las que Jesús llama a sus discípulos a seguirle y los educa con amor y esmero. El modo en el que Jesús llamó a sus más estrechos colaboradores para anunciar el Reino de Dios ha de ser objeto particular de nuestra atención (cf. Lc 10,9). En primer lugar, aparece claramente que el primer acto ha sido la oración por ellos: antes de llamarlos, Jesús pasó la noche a solas, en oración y en la escucha de la voluntad del Padre (cf. Lc 6, 12), en una elevación interior por encima de las cosas ordinarias. La vocación de los discípulos nace precisamente en el coloquio íntimo de Jesús con el Padre. Las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada son primordialmente fruto de un constante contacto con el Dios vivo y de una insistente oración que se eleva al «Señor de la mies» tanto en las comunidades parroquiales, como en las familias cristianas y en los cenáculos vocacionales.

El Señor, al comienzo de su vida pública, llamó a algunos pescadores, entregados al trabajo a orillas del lago de Galilea: «Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mt 4, 19). Les mostró su misión mesiánica con numerosos «signos» que indicaban su amor a los hombres y el don de la misericordia del Padre; los educó con la palabra y con la vida, para que estuviesen dispuestos a ser los continuadores de su obra de salvación; finalmente, «sabiendo que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1), les confió el memorial de su muerte y resurrección y, antes de ser elevado al cielo, los envió a todo el mundo con el mandato: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19).

La propuesta que Jesús hace a quienes dice «¡Sígueme!» es ardua y exultante: los invita a entrar en su amistad, a escuchar de cerca su Palabra y a vivir con Él; les enseña la entrega total a Dios y a la difusión de su Reino según la ley del Evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24); los invita a salir de la propia voluntad cerrada en sí misma, de su idea de autorrealización, para sumergirse en otra voluntad, la de Dios, y dejarse guiar por ella; les hace vivir una fraternidad, que nace de esta disponibilidad total a Dios (cf. Mt 12, 49-50), y que llega a ser el rasgo distintivo de la comunidad de Jesús: «La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros» (Jn 13, 35).

También hoy, el seguimiento de Cristo es arduo; significa aprender a tener la mirada de Jesús, a conocerlo íntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos; quiere decir aprender a conformar la propia voluntad con la suya. Se trata de una verdadera y propia escuela de formación para cuantos se preparan para el ministerio sacerdotal y para la vida consagrada, bajo la guía de las autoridades eclesiásticas competentes. El Señor no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misión y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado y en la vida consagrada, y la Iglesia «está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es responsable del nacimiento y de la maduración de las vocaciones sacerdotales» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 41). 

Especialmente en nuestro tiempo en el que la voz del Señor parece ahogada por «otras voces» y la propuesta de seguirlo, entregando la propia vida, puede parecer demasiado difícil, toda comunidad cristiana, todo fiel, debería de asumir conscientemente el compromiso de promover las vocaciones. Es importante alentar y sostener a los que muestran claros indicios de la llamada a la vida sacerdotal y a la consagración religiosa, para que sientan el calor de toda la comunidad al decir «sí» a Dios y a la Iglesia. Yo mismo los aliento, como he hecho con aquellos que se decidieron ya a entrar en el Seminario, a quienes escribí: «Habéis hecho bien. Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos reúne en la Iglesia universal, para aprender con Él y por medio de Él la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera» (Carta a los Seminaristas, 18 octubre 2010).

Conviene que cada Iglesia local se haga cada vez más sensible y atenta a la pastoral vocacional, educando en los diversos niveles: familiar, parroquial y asociativo, principalmente a los muchachos, a las muchachas y a los jóvenes —como hizo Jesús con los discípulos—  para que madure en ellos una genuina y afectuosa amistad con el Señor, cultivada en la oración personal y litúrgica; para que aprendan la escucha atenta y fructífera de la Palabra de Dios, mediante una creciente familiaridad con las Sagradas Escrituras; para que comprendan que adentrarse en la voluntad de Dios no aniquila y no destruye a la persona, sino que permite descubrir y seguir la verdad más profunda sobre sí mismos; para que vivan la gratuidad y la fraternidad en las relaciones con los otros, porque sólo abriéndose al amor de Dios es como se encuentra la verdadera  alegría y la plena realización de las propias aspiraciones. «Proponer las vocaciones en la Iglesia local», significa tener la valentía de indicar, a través de una pastoral vocacional atenta y adecuada, este camino arduo del seguimiento de Cristo, que, al estar colmado de sentido, es capaz de implicar toda la vida.

Me dirijo particularmente a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado. Para dar continuidad y difusión a vuestra misión  de salvación en Cristo, es importante incrementar cuanto sea posible «las vocaciones sacerdotales y religiosas, poniendo interés especial en las vocaciones misioneras» (Decr. Christus Dominus, 15). El Señor necesita vuestra colaboración para que sus llamadas puedan llegar a los corazones de quienes ha escogido. Tened cuidado en la elección de los agentes pastorales para el Centro Diocesano de Vocaciones, instrumento precioso de promoción y organización de la pastoral vocacional y de la oración que la sostiene y que garantiza su eficacia. Además, quisiera recordaros, queridos Hermanos Obispos, la solicitud de la Iglesia universal por una equilibrada distribución de los sacerdotes en el mundo. Vuestra disponibilidad hacia las diócesis con escasez de vocaciones es una bendición de Dios para vuestras comunidades y para los fieles es testimonio de un servicio sacerdotal que se abre generosamente a las necesidades de toda la Iglesia.

El Concilio Vaticano II ha recordado explícitamente que «el deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo, ante todo, con una vida totalmente cristiana» (Decr. Optatam totius, 2). Por tanto, deseo dirigir un fraterno y especial saludo y aliento, a cuantos colaboran de diversas maneras en las parroquias con los sacerdotes. En particular, me dirijo a quienes pueden ofrecer su propia contribución a la pastoral de las vocaciones: sacerdotes, familias, catequistas, animadores. A los sacerdotes les recomiendo que sean capaces de dar testimonio de comunión con el Obispo y con los demás hermanos, para garantizar el humus vital a los nuevos brotes de vocaciones sacerdotales. Que las familias estén «animadas de espíritu de fe, de caridad y de piedad» (ibid), capaces de ayudar a los hijos e hijas a acoger con generosidad la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada. Los catequistas y los animadores de las asociaciones católicas y de los movimientos eclesiales, convencidos de su misión educativa, procuren «cultivar a los adolescentes que se les han confiado, de forma que éstos puedan sentir y seguir con buen ánimo la vocación divina» (ibid).

Queridos hermanos y hermanas, vuestro esfuerzo en la promoción y cuidado de las vocaciones adquiere plenitud de sentido y de eficacia pastoral cuando se realiza en la unidad de la Iglesia y va dirigido al servicio de la comunión. Por eso, cada momento de la vida de la comunidad eclesial —catequesis, encuentros de formación, oración litúrgica, peregrinaciones a los santuarios— es una preciosa oportunidad para suscitar en el Pueblo de Dios, particularmente entre los más pequeños y en los jóvenes, el sentido de pertenencia a la Iglesia y la responsabilidad de la respuesta a la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada, llevada a cabo con elección libre y consciente. 

La capacidad de cultivar las vocaciones es un signo característico de la vitalidad de una Iglesia local. Invocamos con confianza e insistencia la ayuda de la Virgen María, para que, con el ejemplo de su acogida al plan divino de la salvación y con su eficaz intercesión, se pueda difundir en el interior de cada comunidad la disponibilidad a decir «sí» al Señor, que llama siempre a nuevos trabajadores para su mies. Con este deseo, imparto a todos de corazón mi Bendición Apostólica.

BENEDICTO PP. XVI

sábado, 14 de mayo de 2011

VIVENCIAS PERSONALES: Cuando la caridad y la solidaridad no tienen edad

Queridos amigos y hermanos del blog: ciertamente que el precepto evangélico de “no hacer publicidad” del bien que uno hace y debe hacer sigue vigente. Recordemos las palabras de Jesús: “Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará” (Mt 6, 2-4).

Teniendo en cuenta esta afirmación siempre válida de la Palabra de Dios no iba a realizar esta publicación en el blog, pero luego pensé, ¿cuántas malas noticias nos bombardean a diario? ¿El bien se ha dejado de realizar, o es que no tiene publicidad? ¿Lo público es únicamente lo publicado, o hay algo más? Otro razonamiento que me decidió a sentarme a escribir sobre esto es el siguiente: no soy yo el que hago este bien, sólo tangencialmente o anecdóticamente me toca a mí. Sólo soy hoy su portavoz ante vosotros. Así, que sin más cuestionamientos de conciencia paso a contarles -y entendiendo que hará mucho bien a quienes lo lean-, lo que he vivido el domingo pasado, que no es definitiva otra cosa que la “Buena Noticia” del Evangelio de Jesús.

Este segundo y último año escolar del cursado de mis estudios de post-grado en España que estoy terminando me encuentra (también en sus últimos pasos) realizando una Capellanía en la Residencia de Ancianos “El Real Deleite” de la bellísima ciudad de Aranjuez, en la comunidad de Madrid. Ciudad que ha sido declarada: “Paisaje cultural de la Humanidad” por la Unesco en 2001.

Dentro de las profundas vivencias espirituales compartidas con tantos de los residentes de la misma, surgió tiempo atrás la inquietud -propuesta por una de las residentes- de “pasar la colecta” en las Misas celebradas los sábados y domingos (algo que no se hacía por las características de la casa), y con el resultado de esas colectas buscar alguna iniciativa para destinarlo exclusiva y totalmente a alguna obra de caridad, que en estos últimos años no han realizado como grupo.

Desde ese momento supe que lo que pudiéramos hacer sería hecho a través de la persona de Sor Manuela Martínez, religiosa de las Hijas de Caridad de San Vicente de Paúl, quien desarrolla una intensa actividad caritativa y solidaria desde hace ya casi 30 años en Aranjuez. Paso a contarlos algo de su persona y obra:

Sor Manuela Martínez Fernández, Hija de la Caridad

Nace en Aranjuez en 1932. Siendo aún muy joven, ingresa a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Obtiene el título de Ayudante Técnico Sanitario en la Escuela de Enfermería de Valdecilla (Cantabria) y de Asistencia Social Sanitaria en la Universidad de Navarra.

Durante un largo periodo de su vida trabaja en diversos hospitales. En 1987 regresa a Aranjuez a la Comunidad del Colegio San José, a la que pertenece. En los últimos años su trabajo se ha centrado en los ciudadanos de la numerosa comunidad inmigrante que vive en la ciudad. A ellos ha dedicado su esfuerzo favoreciendo el acceso al mundo laboral a muchos de ellos, con especial dedicación a las mujeres. De este modo, el trabajo de Sor Manuela ha contribuido también a resolver no pocos problemas a quienes, por razones de salud o trabajo, precisaban contratar a trabajadoras y trabajadores para labores domésticas o de atención a personas dependientes.

No debería sorprendernos que una persona, tan sumergida en los problemas de sus semejantes, guarde tiempo para dedicárselo a su veta poética. Sor Manuela tiene numerosos poemas escritos a lo largo de su vida y, en varios casos, esos ramilletes de poemas se agrupan en libros que nunca han sido publicados, porque nunca tuvo tiempo para dedicarse a ello. Rompiendo su timidez, en alguna ocasión se ha asomado a la ventana de algún concurso local y fruto de ello, en 2001, uno de sus poemas -Gracias, Maestro- dedicado al Maestro Rodrigo, vio la luz, en el libro “En torno a Aranjuez” que reúne los textos premiados en el VII Certamen de Poesía y Relato breve de la Universidad Popular de Aranjuez.

En el 2009 el Pleno Municipal del Ayuntamiento de Aranjuez decidió, por unanimidad, nombrar a Sor Manuela Martínez Fernández, Religiosa de la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, “Amotinada Mayor” de las Fiestas del Motín 2009. El título de Amotinado o Amotinada Mayor viene otorgándose desde hace años a personas e instituciones que a lo largo de su vida se han significado por su labor en apoyo y promoción de los más desfavorecidos y la defensa de las libertades, a través de acciones en las que imperen la solidaridad, la cooperación y la justicia social.

Sor Manuela ha dedicado más de sesenta años de su vida a atender a los más necesitados, aquellos a los que la sociedad presta menos atención, poniendo a su servicio, de forma altruista y desinteresada, sus conocimientos profesionales en el campo de la enfermería, y su enorme e incuestionable vocación de servicio.

Además, ha sabido integrarse en distintos estratos y sectores sociales, repartiendo sus atenciones por igual a niños y niñas del que fuera su Colegio San José, a personas mayores, a enfermos, a trabajadores y trabajadoras en situación de paro laboral, a mujeres, a inmigrantes o a transeúntes y “sin techo”.  Esta dedicación y su papel efectivo de mujer trabajadora fueron reconocidos por la Delegación de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Aranjuez cuando le fue otorgado, junto a otras mujeres trabajadoras de Aranjuez, el Premio del Día Internacional de la Mujer.

La caridad efectiva de los residentes

Bien, luego de haberles presentado a Sor Manuela, ya comprenderán que en cuanto le comenté nuestra iniciativa de hacer las colectas por los más necesitados, ella ha aceptado ser quien distribuya lo que al término de cada mes compramos con el resultado de ese dinero donado.

Litros de leche, chocolate para la misma, galletas, macarrones, arroz, aceite y demás alimentos esenciales ya están siendo entregados a esas familias (lo que pongo entre comillas a partir de ahora son palabras expresadas por Sor Manuela cuando vino a recibir la primera de las donaciones)  “de inmigrantes pero también a muchas familias españolas” porque hoy la crisis y el paro no se detiene a elegir a unos y a dejar de lado a otros. Hoy son muchos los extranjeros y españoles cuyo “carnet de identidad dice que son pobres” y que necesitan “de nuestra caridad hecha vivencia efectiva y concreta”.

Una de las afirmaciones que más nos llamó la atención de lo que nos compartió Sor Manuela es que “hoy en Aranjuez hay niños, y muchos, que van a la escuela por la mañana sin haber ni siquiera desayunado”. A esas familias, “les llegará a partir de ahora vuestra ayuda, la ayuda de las abuelas y abuelos del Real Deleite de Aranjuez”. También tuvo palabras de agradecimiento para con todos y a todos nos exhortó “a no bajar los brazos ante la iniciativa comenzada y al pensar cada mañana al comer nuestro desayuno, que son muchos los niños que gracias a vosotros no les faltará una rica taza de leche chocolatada con sus buenas galletas que los harán muy dichosos”.

Yo, como Capellán de la Residencia, estoy feliz de secundar y acompañar este tipo de iniciativa y agradezco a cada residente que colabora los fines de semana con su aporte en las colectas; a las abuelas que llevan la contabilidad de las mismas, y a Sor Manuela por su receptividad y sensibilidad para hacer llegar a nuestros hermanos más pobres de Aranjuez, el aporte de nuestros residentes, que demuestra, una vez más, que la caridad y la solidaridad no tienen edad.

Les dejo con este puñado de fotos que son vivo testimonio de lo que compartimos el pasado Domingo 8 de mayo en la Santa Misa de las 18:00 hs. en la Residencia y en ellas podrán conocer a Sor Manuela y ver el rostro feliz de los residentes de esta casa, que más allá de los achaques propios del paso de los años, y de la salud que no siempre acompaña, no se resignan a dejar de hacer el bien, a la manera de Jesús.

Ojalá que esta vivencia personal compartida mueva a muchos a no dejarse vencer por el desaliento y a ofrecer a manos llenas lo que a diario, a manos llenas, recibimos de nuestro Dios en bienes espirituales y materiales. Lo poco de cada uno hace mucho, y así entre todos, podemos ayudar a ese otro Cristo que en cada pobre y necesitado nos sigue tendiendo la mano.

Con mi bendición.
Padre José Medina.

 Varios residentes del Real Deleite y colaboradores, todos juntos en torno a María, poniendo a sus pies el fruto de la solidaridad de quienes siguen siendo, a pesar de sus años y situaciones adversas, discípulos solidarios del Señor Jesús.