domingo, 30 de octubre de 2011

EVANGELIO DOMINICAL: "El mayor entre vosotros será vuestro servidor"

31º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 23, 1-12

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo:
En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen.
Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencia por la calle y que la gente los llame "maestro".
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos.
Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro padre, el del cielo.
No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo.
El primero entre vosotros será vuestro servidor.
El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Palabra del Señor.


Los jefes religiosos de la época de Jesús aparecen en los Evangelios como los que se creen superiores a los demás, mientras los auténticos discípulos de Cristo se destacan por su actitud sencilla y humilde, propia de quienes reconocen su necesidad de salvación. Veamos cómo podemos aplicar a nuestra vida el pasaje del Evangelio de hoy [Mateo 23, 1-12], teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de este domingo [Malaquías 1, 14b-2,2b.8-10; Salmo 131 (130), 1-31; I Carta de Pablo a los Tesalonicenses 2, 7b-9.13].

1.- En la cátedra de Moisés se sentaron los maestros de la Ley y fariseos

Jesús y los primeros cristianos experimentaron una fuerte oposición por parte de los jefes religiosos del judaísmo. Entre estos jefes estaban los saduceos, pertenecientes a la casta sacerdotal, descendientes de la tribu de Leví -uno de los doce hijos de Jacob  (siglo 18 a. C.)-. Derivaban su nombre de Sadoc, un antiguo sacerdote de la época del Salomón (siglo 10 a.C.). Se jactaban de su casta, despreciaban a la gente del pueblo y explotaban a los pobres comerciando con la religión. Ya el profeta Malaquías (siglo 5 a.C.), como dice la primera lectura, dirigiéndose a los sacerdotes del templo recién reconstruido después del regreso de Babilonia, les había transmitido un reproche de parte de Dios por no cumplir debidamente su misión: “Ustedes se han apartado del camino, han hecho tropezar a muchos, han invalidado mi alianza…".

También figuraban entre los jefes religiosos judíos de la época de Jesús los llamados fariseos, término que significa “separados” -es decir, incontaminados-, cuyos principales representantes eran los escribas, maestros o doctores que enseñaban en las sinagogas o lugares de reunión destinados a la oración y a la instrucción. Se consideraban merecedores de alabanza y de la recompensa divina por practicar la Ley o “Torá” que había promulgado Moisés en el siglo XII a. C., y un sinnúmero de prescripciones que hacían derivar de ella. A ellos se refiere Jesús en el Evangelio de hoy, subrayando su hipocresía (no hacen lo que dicen, es decir, predican y no aplican), su intransigencia legalista (imponen cargas insoportables a los demás) y su soberbia (todo lo hacen para que los vea la gente: alargan sus filacterias -pequeños rollos de pergamino que simbolizaban la “Torá”-…; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias… y que la gente los llame “maestro”).

2.- No se dejen llamar “maestro”

Jesús también era llamado rabbí por quienes se hacían sus discípulos. Sin embargo, nunca aparece en los Evangelios llamándose a sí mismo o exigiendo que se le llame así. Sólo una vez aparece refiriéndose a este título, pero precisamente cuando acaba de lavarles los pies a sus discípulos inmediatamente antes de la última cena, para explicarles el sentido de lo que acaba de hacer, con una actitud diametralmente distinta de la farisaica: “Ustedes me llaman Maestro y Señor; y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, Señor y Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo, para que como yo he actuado,  también ustedes actúen” (Juan 13, 13-15).

Frente a la pretensión de los fariseos que se preciaban de su título de “maestros”, Jesús aparece en los Evangelios llamándose a sí mismo “hijo del hombre”. Y aunque los estudiosos de la Biblia relacionan este apelativo con un texto del profeta Daniel (“con las nubes del cielo venía como un hijo de hombre (…); le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran” (Dn 7, 13-14), también podemos ver en él una muestra de la disposición de Jesús a ser tratado como un  ser humano, sin pretensiones engreídas de superioridad. Este es precisamente el núcleo de la enseñanza que nos trae el Evangelio de hoy. No se trata de aplicar a la letra las palabras de Jesús como si tuviésemos que abolir todos los títulos y apelativos, pero sí de no basar en ellos el reconocimiento de las personas, como si unas valieran más que otras por sus pergaminos.   

3.- El más grande se hará el servidor de ustedes

Jesús dice en otros pasajes evangélicos que Él actúa “como el que sirve” y que “el hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir”. El verdadero valor de lo que hacemos no está en los títulos, sino en la actitud constructiva de servicio. El valor de una profesión, por ejemplo, no está en el diploma que se enmarca visiblemente en una pared, sino en orientar el saber adquirido hacia el bien de los demás, sin buscar ser aplaudidos y alabados con bombos y platillos, sino ante todo la mayor gloria de Dios, que es precisamente el bien de todos sus hijos, de todas sus criaturas.

Lo que dice el apóstol Pablo en la segunda lectura contrasta con la actitud de los fariseos criticados por Jesús. Pablo mismo había sido fariseo antes de su conversión, y ahora invita a los primeros cristianos de la ciudad griega de Tesalónica a tener presente la actitud de servicio con la cual él y sus colaboradores los habían tratado, sin imponerles cargas insoportables: “Recuerden, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no ser gravosos a nadie…”. Así deberíamos proceder nosotros con los demás, especialmente los que tenemos la misión de educar: padres y madres de familia, profesores y profesoras en las instituciones educativas, ministros de la Iglesia -teniendo en cuenta que “ministro” significa originariamente servidor-.         

Conclusión

“El que se humilla será enaltecido”. Esta sentencia se ha realizado ante todo ante todo en el mismo Jesús, quien, como dice Pablo en otra carta (Filipenses 2, 6-11), “no estimó el ser igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo…; y en la condición de hombre se humilló a sí mismo (…); por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre”.

Siguiendo, pues, no sólo sus enseñanzas de palabra, sino su ejemplo de vida, seamos humildes, haciendo nuestras las palabras del Salmo de hoy: “Señor mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre”.

Gabriel Jaime Pérez, S.J.

viernes, 28 de octubre de 2011

ACTUALIDAD: “La Iglesia católica no cejará en la lucha contra la violencia, en su compromiso por la paz en el mundo”


Discurso del Santo Padre en Asís, en el Encuentro por la Paz

Queridos amigos y hermanos del blog: a continuación les ofrezco el discurso que el Santo Padre Benedicto XVI dirigió a los participantes en el interreligioso y ecuménico Encuentro por la Paz y la Justicia en el mundo, ayer jueves, 27 de octubre.

Queridos hermanos y hermanas, Distinguidos Jefes y representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales y de las Religiones del mundo, queridos amigos:

Han pasado veinticinco años desde que el beato papa Juan Pablo II invitó por vez primera a los representantes de las religiones del mundo a Asís para una oración por la paz. ¿Qué ha ocurrido desde entonces? ¿A qué punto está hoy la causa de la paz? En aquel entonces, la gran amenaza para la paz en el mundo provenía de la división del planeta en dos bloques contrastantes entre sí. El símbolo llamativo de esta división era el muro de Berlín que, pasando por el medio de la ciudad, trazaba la frontera entre dos mundos. En 1989, tres años después de Asís, el muro cayó sin derramamiento de sangre. De repente, los enormes arsenales que había tras el muro dejaron de tener sentido alguno. Perdieron su capacidad de aterrorizar. El deseo de los pueblos de ser libres era más fuerte que los armamentos de la violencia. La cuestión sobre las causas de este derrumbe es compleja y no puede encontrar una respuesta con fórmulas simples. Pero, junto a los factores económicos y políticos, la causa más profunda de dicho acontecimiento es de carácter espiritual: detrás del poder material ya no había ninguna convicción espiritual. Al final, la voluntad de ser libres fue más fuerte que el miedo ante la violencia, que ya no contaba con ningún respaldo espiritual. Apreciamos esta victoria de la libertad, que fue sobre todo también una victoria de la paz. Y es preciso añadir en este contexto que, aunque no se tratara sólo, y quizás ni siquiera en primer lugar, de la libertad de creer, también se trataba de ella. Por eso podemos relacionar también todo esto en cierto modo con la oración por la paz.

Pero, ¿qué ha sucedido después? Desgraciadamente, no podemos decir que desde entonces la situación se haya caracterizado por la libertad y la paz. Aunque no haya a la vista amenazas de una gran guerra, el mundo está desafortunadamente lleno de discordia. No se trata sólo de que haya guerras frecuentemente aquí o allá; es que la violencia en cuanto tal siempre está potencialmente presente, y caracteriza la condición de nuestro mundo. La libertad es un gran bien. Pero el mundo de la libertad se ha mostrado en buena parte carente de orientación, y muchos tergiversan la libertad entendiéndola como libertad también para la violencia. La discordia asume formas nuevas y espantosas, y la lucha por la paz nos debe estimular a todos nosotros de modo nuevo.

Tratemos de identificar más de cerca los nuevos rostros de la violencia y la discordia. A grandes líneas –según mi parecer– se pueden identificar dos tipologías diferentes de nuevas formas de violencia, diametralmente opuestas por su motivación, y que manifiestan luego muchas variantes en sus particularidades. Tenemos ante todo el terrorismo, en el cual, en lugar de una gran guerra, se emplean ataques muy precisos, que deben golpear destructivamente en puntos importantes al adversario, sin ningún respeto por las vidas humanas inocentes que de este modo resultan cruelmente heridas o muertas. A los ojos de los responsables, la gran causa de perjudicar al enemigo justifica toda forma de crueldad. Se deja de lado todo lo que en el derecho internacional ha sido comúnmente reconocido y sancionado como límite a la violencia. Sabemos que el terrorismo es a menudo motivado  religiosamente y que, precisamente el carácter religioso de los ataques sirve como justificación para una crueldad despiadada, que cree poder relegar las normas del derecho en razón del «bien» pretendido. Aquí, la religión no está al servicio de la paz, sino de la justificación de la violencia.

A partir de la Ilustración, la crítica de la religión ha sostenido reiteradamente que la religión era causa de violencia, y con eso ha fomentado la hostilidad contra las religiones. En este punto, que la religión motive de hecho la violencia es algo que, como personas religiosas, nos debe preocupar profundamente. De una forma más sutil, pero siempre cruel, vemos la religión como causa de violencia también allí donde se practica la violencia por parte de defensores de una religión contra los otros. Los representantes de las religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir –y nosotros lo repetimos con vigor y gran firmeza– que esta no es la verdadera naturaleza de la religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción. Contra eso, se objeta: Pero, ¿cómo sabéis cuál es la verdadera naturaleza de la religión? Vuestra pretensión, ¿no se deriva quizás de que la fuerza de la religión se ha apagado entre vosotros? Y otros dirán: ¿Acaso existe realmente una naturaleza común de la religión, que se manifiesta en todas las religiones y que, por tanto, es válida para todas? Debemos afrontar estas preguntas si queremos contrastar de manera realista y creíble el recurso a la violencia por motivos religiosos. Aquí se coloca una tarea fundamental del diálogo interreligioso, una tarea que se ha de subrayar de nuevo en este encuentro. A este punto, quisiera decir como cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en claro contraste con su verdadera naturaleza. El Dios en que nosotros los cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con el otro y el amar con el otro. Su nombre es «Dios del amor y de la paz» (2 Co 13,11). Es tarea de todos los que tienen alguna responsabilidad de la fe cristiana el purificar constantemente la religión de los cristianos partiendo de su centro interior, para que – no obstante la debilidad del hombre – sea realmente instrumento de la paz de Dios en el mundo.

Si bien una tipología fundamental de la violencia se funda hoy religiosamente, poniendo con ello a las religiones frente a la cuestión sobre su naturaleza, y obligándonos todos a una purificación, una segunda tipología de violencia de aspecto multiforme tiene una motivación exactamente opuesta: es la consecuencia de la ausencia de Dios, de su negación, que va a la par con la pérdida de humanidad. Los enemigos de la religión –como hemos dicho– ven en ella una fuente primaria de violencia en la historia de la humanidad, y pretenden por tanto la desaparición de la religión. Pero el «no» a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba como norma solamente a sí mismo. Los horrores de los campos de concentración muestran con toda claridad las consecuencias de la ausencia de Dios.

Pero no quisiera detenerme aquí sobre el ateísmo impuesto por el Estado; quisiera hablar más bien de la «decadencia» del hombre, como consecuencia de la cual se produce de manera silenciosa, y por tanto más peligrosa, un cambio del clima espiritual. La adoración de Mamón, del tener y del poder, se revela una anti-religión, en la cual ya no cuenta el hombre, sino únicamente el beneficio personal. El deseo de felicidad degenera, por ejemplo, en un afán desenfrenado e inhumano, como se manifiesta en el sometimiento a la droga en sus diversas formas. Hay algunos poderosos que hacen con ella sus negocios, y después muchos otros seducidos y arruinados por ella, tanto en el  cuerpo como en el ánimo. La violencia se convierte en algo normal y amenaza con destruir nuestra juventud en algunas partes del mundo. Puesto que la violencia llega a hacerse normal, se destruye la paz y, en esta falta de paz, el hombre se destruye a sí mismo.

La ausencia de Dios lleva al decaimiento del hombre y del humanismo. Pero, ¿dónde está Dios? ¿Lo conocemos y lo podemos mostrar de nuevo a la humanidad para fundar una verdadera paz? Resumamos ante todo brevemente las reflexiones que hemos hecho hasta ahora. He dicho que hay una concepción y un uso de la religión por la que esta se convierte en fuente de violencia, mientras que la orientación del hombre hacia Dios, vivido rectamente, es una fuerza de paz. En este contexto me he referido a la necesidad del diálogo, y he hablado de la purificación, siempre necesaria, de la religión vivida. Por otro lado, he afirmado que la negación de Dios corrompe al hombre, le priva de medidas y le lleva a la violencia.

Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: «No existe ningún Dios». Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo bueno, están interiormente en camino hacia Él. Son «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz». Plantean preguntas tanto a una como a la otra parte. Despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella. Pero también llaman en causa a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás. Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a a nosotros creyentes, a todos los creyentes, a purificar su propia fe, para que Dios –el verdadero Dios– se haga accesible. Por eso he invitado de propósito a representantes de este tercer grupo a nuestro encuentro en Asís, que no sólo reúne representantes de instituciones religiosas. Se trata más bien del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho. Para concluir, quisiera aseguraros que la Iglesia católica no cejará en la lucha contra la violencia, en su compromiso por la paz en el mundo. Estamos animados por el deseo común de ser «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz».

Os doy las gracias

jueves, 27 de octubre de 2011

CATEQUESIS DEL PAPA: “El mal se vence con el bien, con el amor, con la paz”

Queridos amigos y hermanos del blog: a continuación les ofrezco la catequesis que el Santo Padre ha impartido ayer miércoles a los peregrinos, provenientes de Italia y de todas partes del mundo, congregados para la Audiencia. Esta se ha desarrollado en el Aula Pablo VI, donde el Santo Padre ha presidido una Celebración de la Palabra en preparación de la Jornada de Reflexión, Diálogo y Oración por la Paz y la Justicia en el mundo Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz.

Queridos hermanos y hermanas, hoy la cotidiana cita de la Audiencia general asume un carácter particular, ya que estamos en la vigilia de la Jornada de Reflexión, Diálogo y Oración por la Paz y la Justicia en el mundo, que tendrá lugar mañana en Asís, veinticinco años después del primer histórico encuentro convocado por el beato Juan Pablo II. He querido dar a esta Jornada el título de Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz, para expresar el compromiso que queremos renovar solemnemente, junto con los miembros de diversas religiones, y también con hombres no creyentes pero que buscan con sinceridad la verdad, en la promoción del verdadero bien común de la humanidad y en la construcción de la paz. Como ya he tenido oportunidad de recordar “Quién está en camino hacia Dios no puede dejar de transmitir paz, quién construye la paz no puede dejar de acercarse a Dios”.

Como cristianos, estamos convencidos de que la contribución más valiosa que podemos ofrecer a la causa de la paz es la de la oración. Por este motivo nos encontramos hoy como Iglesia de Roma, junto a los peregrinos presentes en la Urbe, en la escucha de la Palabra de Dios, para invocar con fe el don de la paz. El Señor puede iluminar nuestra mente y nuestros corazones y guiarnos para ser constructores de justicia y de reconciliación en nuestras realidades cotidianas y en el mundo.

En la lectura del profeta Zacarías, que acabamos de escuchar, ha resonado un anuncio lleno de esperanza y de luz (cfr Zc 9,10). Dios promete la salvación, invita a “alegrarnos mucho” porque esta salvación se está concretando. Se habla de un rey: “Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso” (v.9), pero el que es anunciado no es un rey que se presenta con la potencia humana, la fuerza de las armas; no es un rey que domina con el poder político y militar; es un rey manso, que reina con humildad y suavidad frente a Dios y a los hombres, un rey distinto con respecto a los grandes soberanos del mundo: “está montado sobre un asno, sobre la cría de una burra”, dice el profeta (ibidem). Se manifiesta cabalgando en el animal de la gente normal, del pobre, en contraste con los carros de guerra de los ejércitos de los potentes de la tierra. Incluso, es un rey que hará desaparecer estos carros, destruirá los arcos de batalla, anunciará la paz a las naciones (cfr v. 10).

Pero ¿quién es este rey del que habla el profeta Zacarías? Vamos por un momento a Belén y escuchemos de nuevo lo que el Ángel dice a los pastores que velan de noche, guardando a su propio rebaño. El Ángel anuncia una alegría que será la de todo el pueblo, vinculada con un signo pobre: un niño envuelto en pañales, tumbado en un pesebre (cfr Lc 2,8-12). Y la multitud celeste canta “Gloria a Dios en los más alto de los cielos y sobre la tierra paz a los hombres que Él ama” (v. 14), a los hombres de buena voluntad. El nacimiento de aquel niño, que es Jesús, lleva un anuncio de paz a todo el mundo. Pero vamos también a los momentos finales de la vida de Cristo, cuando entra en Jerusalén acogido por una multitud en fiesta. El anuncio del profeta Zacarías de la venida de un rey humilde y manso volvió a la mente de los discípulos de Jesús de un modo especial, después de los sucesos de la pasión, muerte y resurrección, del Misterio pascual, cuando revisaron con los ojos de la fe el feliz ingreso del Maestro en la Ciudad Santa. Cabalgaba sobre un asno prestado (cfr Mt 21,2-7): no sobre una rica carroza, no a caballo como los grandes. 

No entra en Jerusalén acompañado de un potente ejército de carros y de caballeros. Era un rey pobre, el rey de los que son los pobres de Dios. En el texto griego aparece el término  praeîs, que significa los mansos, los humildes; Jesús es el rey de los anawim, de los que tienen el corazón libre de la ambición del poder y de la riqueza material, de la voluntad y de la búsqueda del dominio sobre el otro. Jesús es el rey de los que tienen esa libertad interior que les hace capaces de superar la avidez, el egoísmo que hay en el mundo, y que saben que sólo Dios es su riqueza. Jesús es el rey pobre entre los pobres, manso entre los que quieren ser mansos. De este modo, Él es el rey de paz, gracias a la potencia de Dios, que es la potencia del bien, la potencia del amor. Es un rey que hará desaparecer los carros y caballos de batalla, que destrozará los arcos de guerra; un rey que lleva a su cumplimiento la paz desde la Cruz, uniendo la tierra y el cielo y colocando un puente fraterno entre los hombres. La Cruz es el nuevo arco de paz, signo e instrumento de reconciliación, de perdón, de comprensión, signo de que el amor es más fuerte que toda violencia, y toda opresión más fuerte que la muerte: el mal se vence con el bien, con el amor.

Este es el nuevo reino de paz en el que Cristo es el rey; y es un reino que se extiende sobre toda la tierra. El profeta Zacarías anuncia que este rey manso, pacífico, dominará “de mar a mar y del Río hasta los confines de la tierra” (Zc 9,10). El reino que Cristo inaugura tiene dimensiones universales. El horizonte de este rey pobre, humilde, no es el de un territorio, de un Estado sino los confines del mundo; más allá de toda barrera de raza, lengua, cultura, crea comunión, crea unidad. Y ¿dónde vemos realizarse actualmente este anuncio? En la gran red de las comunidades eucarísticas que se extiende sobre toda la tierra reemerge luminosa la profecía de Zacarías. Es un gran mosaico de comunidades en las que se hace presente el sacrificio de amor de este rey manso y pacífico; es el gran mosaico que constituye el “Reino de paz” de Jesús de mar a mar, hasta los confines del mundo; es una multitud de “islas de paz” que irradian paz. Por todas partes, en todas las realidades, en toda cultura, de las grandes ciudades con sus edificios hasta los pequeños pueblos con las moradas humildes, de las potentes catedrales a las pequeñas capillas. Él viene, se hace presente; y al entrar en comunión con Él, también todos los hombres se unen entre ellos en un único cuerpo, superando divisiones, rivalidades, rencores. El Señor viene en la Eucaristía para sacarnos de nuestro individualismo, de nuestras particularidades que excluyen a los demás, para formar con nosotros un solo cuerpo, un solo reino de paz en un mundo dividido.

¿Pero cómo podemos construir este Reino de paz en el que Cristo es el Rey? El mandamiento que Él deja a sus Apóstoles y, a través de ellos, a todos nosotros es: “Id pues y haced que todos los pueblos sean mis discípulos... yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20). Como Jesús, los mensajeros de la paz de su reino deben ponerse en camino, deben responder a su invitación. Deben ir, pero no con la potencia de la guerra o con la fuerza del poder. En la lectura del Evangelio que hemos escuchado, Jesús envía a setenta y dos discípulos a la gran mies que es el mundo, invitándoles a rezar para que el Señor de la mies, mande obreros a su mies (cfr Lc 10,1-3); pero no les envía con medios potentes sino “como corderos en medio de lobos” (v.3), sin bolsa ni cayado, ni sandalias (cfr v. 4). San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías, comenta: “Siempre que seamos corderos, venceremos y aunque estemos rodeados de muchos lobos, conseguiremos superarlos. Pero si nos convertimos en lobos, seremos derrotados, porque nos faltará la ayuda del Pastor (Homilía 33, 1: PG 57, 389). Los cristianos no deben ceder nunca a la tentación de convertirse en lobos entre lobos; el reino de paz de Cristo no se extiende con el poder, con la fuerza, con la violencia sino con el don de uno mismo, con el amor llevado al extremo, también a los enemigos. Jesús no vence al mundo con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la Cruz, que es la verdadera garantía de la victoria. Y esto tiene como consecuencia para quien quiere ser discípulo del Señor, su enviado, el estar preparado para la pasión y para el martirio, para perder la propia vida por Él, para que en el mundo triunfe el bien, el amor, la paz. Esta es la condición para poder decir, entrando en toda realidad: “Paz a esta casa”(Lc 10,5).

Ante la basílica de San Pedro, se encuentran dos grandes estatuas de los santos Pedro y Pablo, fácilmente identificables: san Pedro tiene en las manos las llaves, san Pablo, sin embargo, tiene en las manos una espada. Para quien no conoce la historia de este último, podría pensar que ha sido un gran general que condujo potentes ejércitos y que con la espada sometió a pueblos y naciones, procurándose fama y riqueza con la sangre de los demás. Sin embargo, es exactamente lo contrario: la espada que tiene en las manos es el instrumento con el que Pablo fue muerto, con el que sufrió el martirio y esparció su propia sangre. Su batalla no fue la de la violencia, de la guerra, sino la del martirio por Cristo. Su única arma fue el anuncio de “Jesucristo y Cristo crucificado” (1Cor 2,2). Su predicación no se basó en “discursos persuasivos de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y de su potencia” (v.4). Dedicó su vida a llevar el mensaje de reconciliación y de paz del Evangelio, gastando sus energías en hacerlo resonar hasta los confines de la tierra,. Y esta fue su fuerza: no buscó una vida tranquila, cómoda, lejos de las dificultades, de las contrariedades, sino que se consumió por el Evangelio, se dio a sí mismo sin reservas, y así se convirtió en el gran mensajero de la paz y de la reconciliación de Cristo. La espada que san Pablo tiene en las manos recuerda también la potencia de la verdad, que a veces puede herir, puede hacer daño; el Apóstol permaneció fiel a esta verdad, la sirvió, sufrió por ella, entregó su vida por ella. Esta lógica también nos sirve a nosotros, si queremos ser portadores del reino de paz anunciado por el profeta Zacarías y realizado por Cristo: debemos estar dispuestos a pagar en persona, a sufrir en primera persona la incomprensión, el rechazo, la persecución. No es la espada del conquistador la que construye la paz, sino la espada del sufridor, del que sabe dar su propia vida.

Queridos hermanos y hermanas, como cristianos queremos invocar de Dios el don de la paz, queremos pedirle que nos convierta en instrumentos de su paz en un mundo lacerado por el odio, las divisiones, los egoísmos, las guerras, queremos pedirle que el encuentro de mañana en Asís favorezca el diálogo entre las personas de distinta pertenencia religiosa y que lleve un rayo de luz capaz de iluminar la mente y el corazón de todos los hombres, para que el rencor le devuelva el sitio al perdón, la división a la reconciliación, el odio al amor, la violencia a la mansedumbre, y en el mundo reine la paz. Amén.

miércoles, 26 de octubre de 2011

PRO VIDA: Una valiente madre soltera salva al genio de Steve Jobs


Queridos amigos y hermanos del blog: les comparto este interesante artículo que publicó días pasados AICA (Agencia Informativa Católica Argentina). La Sociedad Argentina de Ética Médica y Biológica (SAEMB) destacó las circunstancias del nacimiento de Steve Jobs, el genio fundador de Apple, a quien su madre soltera prefirió dar en adopción antes que practicarse un aborto, pese a que se trataba de un hijo “no deseado, no buscado, no querido”.

“Si lo hubieran abortado no habría nacido el creador del iPhone, el iPod, la Macintosh, las tabletas iPad 1 y iPad 2 o Pixar. Ni hubiéramos disfrutado con ‘Toy Story’ o ‘Buscando a Nemo’”, destacó la entidad que preside el doctor Luis Aldo Ravaioli.

El texto, de gran repercusión, también fue reproducido por la página web y el “Newsletter” de la ONG Argentinos Alerta.

Texto completo del artículo

La Sociedad Argentina de Ética Médica y Biológica, relató en su momento las circunstancias del nacimiento de Barack Obama. Ahora quiere contar las circunstancias del nacimiento de otro norteamericano famoso, que ustedes tratarán de desentrañar.

Es fácil y aleccionador.

Había una vez una sencilla joven estadounidense, blanca y cristiana, universitaria, que se enamoró de un inmigrante sirio y musulmán, adinerado y que estudiaban juntos. Corría 1954 y Joanne Carole Schieble, de clase media, se halló embarazada de Abdulfattah Jandali, su compañero de estudios, que provenía de una rica y poderosa familia de comerciantes.

Al igual que en el caso de Barack Obama, madre cristiana y pobre, y padre musulmán y rico; hubo problemas entre las dos familias acerca del futuro niño o niña. En esa época no había ecografía, ni tomografía computada, ni resonancia magnética ni nada. Los obstetras auscultaban al bebé con el antiguo estetoscopio de madera de Laennec y con sus manos expertas realizaban la semiología y conocían, menos el sexo, la posición del bebé, peso aproximado, si la presentación era cefálica, de nalgas, si había placenta previa, etc.

En los Estados Unidos, en esa época, había más respeto y amor por la vida naciente y el aborto era un delito. Recién se legalizó, a través de un fallo de la Corte Suprema, el 22 de enero de 1973 (Wae vs Roe).

De todos modos, Joanne quiso que su hijo naciera y se trasladó para el parto a San Francisco, California, dando a luz a un robusto varón el 24 de febrero de 1955.

Joanne y Abdulfatth le dieron una oportunidad a ese hijo no deseado, no querido y no buscado y que vino a problematizar a dos familias muy diferentes y a atrasar a ambos en la universidad.

Lo dieron en adopción a un sencillo matrimonio, Paul y Clara Jobs Hagopian, de origen armenio. El papá era maquinista de trenes y la mamá ama de casa y tenían una hija biológica Patty.

A esta altura del relato histórico, bien documentado, muchos ya sabrán quién era ese niño. Nada menos que Steve Paul Jobs, fallecido recientemente en Palo Alto, California, el 5 de octubre de 2011.

Si lo hubieran abortado no habría nacido el creador de Apple, iPhone, iPod, Macintosh, las tabletas iPad 1 , iPad 2, Pixar ni hubiéramos disfrutado con “Toy Story”, “Buscando a Nemo”, etc.

La historia terminó bien para Steve, que salvó la vida, y para los novios que luego se casaron y tuvieron una hija, la novelista Mona Simpson a la que Steve conoció y amó fraternalmente.