sábado, 31 de diciembre de 2011

FAMILIA: La familia cristiana, en defensa de la vida


Día de la Familia

El presidente de la Conferencia Episcopal anima a los jóvenes de la JMJ a vivir el don del matrimonio en la tradicional misa de las familias

La plaza de Colón de Madrid volvió a ser ayer la «capital europea» de la familia, con la presencia de familias llegadas de todo el continente y decenas de miles de españoles que querían agradecer a Dios el don de la familia cristiana. Muchos eran jóvenes y familias veteranos no sólo de la Jornada Mundial de la Juventud del pasado verano en Madrid, sino de las ediciones anteriores en Colonia, Sydney o el encuentro con Benedicto XVI de 2006 en Valencia, como atestiguaban logotipos en mochilas y chaquetas. «Ante las circunstancias contrarias a la familia hemos de reforzar nuestra fe en Cristo», predicó el obispo polaco Zbignier Kiernikowski,  que pidió «a las autoridades civiles garantizar la estabilidad de la familia».  Novedad absoluta de este año fue la presencia de un párroco ortodoxo de Moscú, Alexander Iliayenko, padre de 12 hijos en Rusia, el primer país del mundo en legalizar el aborto. «Siempre es difícil tener hijos, pero con fe fuerte se puede, Jesucristo nos ayuda», afirmó. El cardenal de Viena, Christoph Schonborn, alabó a las familias del Camino Neocatecumenal «que dan testimonio de fe en una sociedad que ha perdido el gusto por la vida». 

El arzobispo de Aviñón, el francés Jean Pierre Cattenoz, que por tercer año consecutivo acude al Día de la Familia de Madrid, avisó de que «el mundo intenta destruir la familia y la vida, pero el Niño que viene a salvarnos nos da la fuerza». Como ilustrando esta enseñanza, Kiko Argüello, iniciador del Camino Neocatecumenal y promotor del encuentro, cantó «Una gran señal», la famosa escena de Apocalipsis en que la mujer vestida de sol con corona de estrellas, embarazada, lucha contra el dragón de siete cabezas «que quería devorar a su hijo», todo un símbolo de la lucha de la maternidad y la santidad contra el poder y el mal que busca destruir a los inocentes. Juan Antonio Reig Pla, obispo de Alcalá de Henares y responsable de Familia de la Conferencia Episcopal, afirmó que «la familia cristiana ofrece un modo alternativo de vivir, que es el seguimiento a Jesucristo, que permite que nuestras familias sean sólidas y den a España lo que necesita en estos momentos de crisis moral y económica».

Familias de Polonia, de Inglaterra y de Austria subieron al estrado a dar gracias a Dios por la fe, por la capacidad de perdonarse, por aprender lo que es el amor mirando a sus padres. Cristina y Juan Pablo, dos jóvenes de la diócesis de Alcalá que se conocieron en la JMJ de Colonia, anunciaron que en la de Madrid habían decidido casarse, y defendieron un noviazgo casto «porque todo lo que vale la pena requiere cierto sacrificio, sacrificarse por el otro». Los misterios gozosos del Rosario, presentados por el obispo Reig, iban acompañados de pensamientos inspiradores. Así, el Nacimiento de Jesús, explicaron los conductores del acto, recuerda que «toda vida viene de Dios y cada persona tiene un potencial ilimitado para el bien». Un matrimonio de la parroquia de La Paloma, de Madrid, con ocho hijos, uno con síndrome de Down, lo quiso ejemplificar. «La fe cristiana nos enseña a defender a los más débiles. Mis hijos se pelean entre ellos, pero no con el que tiene Down; le cuidan y él les enseña a ser cariñosos», explicó el padre.

Mientras el coro y orquesta de la JMJ interpretaba el himno «Firmes en la fe» procesionaron los obispos, casi 40. Las lecturas y el salmo de la eucaristía, acto central de la jornada, fueron las mismas que el año pasado: el «perdonaos mutuamente» de San Pablo y el «no abandones a tu padre aunque chochee» de Eclesiástico. En su sermón, el cardenal Rouco recordó la homilía pro vida de Juan Pablo II en Madrid en 1982: «Quien negare la defensa a la persona humana más inocente y débil, la persona ya concebida pero aún no nacida, comete una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente». El cardenal arzobispo de Madrid lamentó que no se escuchase al Papa polaco: «El número de niños a los que se les ha impedido nacer en estas tres últimas décadas es sencillamente estremecedor». Además, recordó que «el hombre tampoco puede disponer de la institución matrimonial y familiar a su antojo, habrá de respetar el designio de Dios», que implica la «unidad e indisolubilidad esponsal, la apertura fecunda al don de los hijos y el compromiso constante en su educación». El cardenal lamentó también que la sociedad haya ignorado las enseñanzas pro familia que Juan Pablo II impartió hace exactamente 30 años en la encíclica «Familiaris Consortio». Y poniendo el ejemplo de vida y alegría de la JMJ afirmó que si las nuevas generaciones educan en la fe en el matrimonio, aceptando «el don de la vida»,  Jesucristo «nos dará fuerza para superar todas las crisis, también ésta, la presente».

Proteger la vida humana

En las peticiones, los fieles rogaron a Dios «que nuestros gobernantes protejan la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural» y pidieron su consuelo y guía para las familias dañadas por la crisis, que los noviazgos sean santos y que se respete a los ancianos. El sol ya se había ido y la temperatura era  baja cuando la misa acabó con el canto alegre y vigoroso del salmo 150, «Alabad al Señor en su templo», el último del Salterio.

«Hay que convencer a toda Europa»

Kiko Argüello toma la guitarra y exhorta a las familias de la Plaza de Colón. «¡Vamos a cantar! Hay que convencer a toda Europa de la maravilla de encontrarse con Cristo, que nos cura por dentro, que nos da su Espíritu Santo, que nos da un amor que se manifiesta en las familias cristianas». El canto de la mujer embarazada del Apocalipsis es importante: «es la batalla de los cristianos contra el demonio, el dragón, Satanás. El dragón hace la guerra a los hijos de la mujer, que son los que siguen las enseñanzas de Jesucristo». Le apoya el Coro y la Orquesta del Camino Neocatecumenal, que acaba de llegar de Israel, donde han interpretado su sinfonía catequética «El sufrimiento de los inocentes» ante numerosas autoridades de Tierra Santa, «un encuentro maravilloso, donde hemos compartido amor y amistad con los hebreos», anuncia desde el ambón. Las familia se suman a la canción con palmas y los jóvenes, con guitarras.
 
Especial de Pablo J. Ginés para “La Razón.es” ®

jueves, 29 de diciembre de 2011

CATEQUESIS DEL PAPA: “A ejemplo de la Sagrada Familia se aprende a orar en casa y en familia”


Queridos amigos y hermanos del blog: en la mañana de ayer miércoles a las 10,30 en el Aula Pablo VI del Vaticano Benedicto XVI celebró su cuadragésimo quinta y última audiencia general de este año 2011, en su encuentro semanal con los fieles y peregrinos venidos de todo el mundo para escuchar el Magisterio del Santo Padre. La Navidad como escuela de oración donde se aprende a escuchar y a descubrir siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia ha sido el tema de hoy.

Texto completo de la catequesis del Papa:

Queridos hermanos y hermanas, el encuentro de hoy tiene lugar en un clima navideño, impregnado de íntima alegría por el nacimiento del Salvador. Acabamos, apenas, de celebrar este misterio, cuyo eco se expande en la liturgia de todos estos días. Es un misterio de luz que los hombres de todos los tiempos pueden revivir en la fe y en la oración. Precisamente a través de la oración nosotros somos capaces de acercarnos a Dios con intimidad y profundidad. Por ello teniendo presente el tema de la oración que estoy desarrollando en las catequesis de este periodo, hoy quisiera invitaros a reflexionar sobre cómo la oración forma parte de la vida de la Sagrada Familia de Nazaret. La casa de Nazaret, de hecho, es una escuela de oración, donde se aprende a escuchar, a meditar, a penetrar en el significado profundo de la manifestación de Hijo de Dios, sacando ejemplo de María, José y Jesús.

Es memorable el discurso del Siervo de Dios Pablo VI en su vista a Nazaret. El Papa dijo que a la escuela de la Sagrada Familia, cito, nosotros “comprendemos por qué debemos tener una disciplina espiritual, si queremos seguir la doctrina del Evangelio y ser discípulos de Cristo”. Y añadió: “en primer lugar ésta nos enseña el silencio. ¡Oh! si renaciera en nosotros la estima por el silencio, atmósfera admirable e indispensable del espíritu: mientras quedamos aturdidos por tantos ruidos, clamores y voces resonando en la vida frenética y tumultuosa de nuestro tiempo. ¡Oh! silencio de Nazaret, enséñanos a perseverar en los buenos pensamientos, en nuestras intenciones de vida interior, preparados para escuchar la inspiración secreta de Dios y las exhortaciones de los verdaderos maestros "(Discurso en Nazaret, el Papa Pablo VI 05 de enero 1964).

Podemos sacar algunas reflexiones sobre la oración, de la relación con Dios que tiene la Sagrada Familia, de los relatos del Evangelio de la infancia de Jesús. Podemos empezar con el episodio de la Presentación de Jesús en el templo. San Lucas nos dice que María y José, "cuando se cumplieron los días de su ritual de purificación, de acuerdo con la ley de Moisés, llevaron el niño a Jerusalén para presentarlo al Señor" (2:22). Como cualquier familia judía observante de la ley, los padres de Jesús se dirigieron al templo para consagrar el primogénito a Dios y ofrecerle sacrificios. Movidos por la fidelidad a las prescripciones, parten de Belén y llegan a Jerusalén con Jesús, que tiene apenas cuarenta días, en lugar de un cordero de un año, las familias humildes ofrecen la ofrenda de dos palomas. La de la Sagrada Familia es la peregrinación de la fe, de la ofrenda de dones, un símbolo de la oración y del encuentro con el Señor, que María y José ya ven en el hijo Jesús.

La contemplación de Cristo tiene en María su modelo sin igual. El rostro del Hijo le pertenece de manera especial, porque es en su seno, que se formó, tomando también de Ella una semejanza humana. A la contemplación de Jesús, nadie se ha dedicado con tanta diligencia como María. La mirada de su corazón se concentra sobre Él ya en el momento de la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses siguientes, poco a poco advierte su presencia, hasta el día del nacimiento, cuando sus ojos pueden fijar con ternura maternal, el rostro del Hijo, mientras lo envuelve en pañales y lo acuesta en el pesebre. Los recuerdos de Jesús, fijados en su mente y en su corazón, han marcado cada momento de la existencia de María.

Ella vive con los ojos puestos en Cristo y saca provecho de todas sus palabras. San Lucas dice: “Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.” (Lc 2, 19), y así describe el evangelista la postura de María ante el Misterio de la Encarnación, una postura que se repetirá durante toda su existencia. Custodiar las cosas meditándolas en el corazón. Lucas es el evangelista que nos muestra el corazón de María, su fe (cfr 1,45), su esperanza, y la obediencia (cf. 1,38), especialmente en su interioridad y en la oración (cf. 1,46-56), su libre adhesión a Cristo (cf. 1,55). Y todo esto procede del don del Espíritu Santo que desciende sobre ella (cf. 1,35), igual que descenderá sobre los Apóstoles, de acuerdo con la promesa de Cristo (cf. Hch 1,8). Esta imagen de María que nos da san Lucas nos presenta a María como modelo para todo creyente que mantiene y que valora las palabras y las acciones de Jesús, una valoración que siempre es un progreso en el conocimiento de Jesús. En la estela del Beato Papa Juan Pablo II (cf. Carta Apostólica. Rosarium Virgins Mariae), podemos decir que la oración del Rosario obtiene su propio modelo de María, porque consiste en la contemplación de los misterios de Cristo en unión espiritual con la Madre del Señor.

La capacidad de María de vivir de la mirada de Dios es, por así decirlo, contagiosa. El primero que lo experimentó fue a San José. Su amor humilde y sincero por su esposa y la decisión de unir su vida a la de María ha llevado y ha introducido también a él, que ya era un "hombre justo" (Mt 1,19), en una intimidad peculiar con Dios. De hecho, con María, y luego, sobre todo, con Jesús, él comienza una nueva forma de relacionarse con Dios, de acogerlo en su propia vida, de entrar en su plan de salvación, cumpliendo su voluntad. Después de seguir con confianza la indicación del Ángel - " no temas recibir a María, como tu esposa" (Mt 1,20) - se llevó con él a María, y compartió su vida con ella; ha dado verdaderamente todo a María y a Jesús, y esto lo ha llevado hacia la perfección de la respuesta a la vocación recibida.

El Evangelio, como sabemos, no ha conservado ninguna palabra de José: la suya es una presencia silenciosa, pero fiel, constante y operosa. Podemos imaginar que, al igual que su esposa, y en íntima armonía con ella, vivió los años de la infancia y de la adolescencia de Jesús, ‘saboreando’, por decirlo así, su presencia en su misma familia. José ha cumplido plenamente su papel de padre, en todos los aspectos. Seguramente, educó a Jesús en la oración, junto con María. Él, en particular, lo habrá llevado consigo a la sinagoga, a los ritos del sábado, así como a Jerusalén, para las grandes fiestas del pueblo de Israel. José, según la tradición hebraica, habrá guiado la oración doméstica, tanto la cotidiana – de la mañana, de la tarde, y de las comidas - , así como la oración en las principales celebraciones religiosas. Por lo tanto, en el ritmo de los días que pasó en Nazaret, entre la humilde casa y el taller de José, Jesús aprendió a alternar el trabajo y la oración, y a ofrecer a Dios, también la fatiga para ganar el pan de cada día, necesario para la familia.

Hay, finalmente, otro episodio que ve a la Sagrada Familia de Nazaret reunida en un evento de oración. Jesús, como hemos oído, tiene doce años de edad cuando va con los suyos al templo de Jerusalén. Este episodio se coloca en el contexto de la peregrinación, como subraya san Lucas: «Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre» (2,41-42). La peregrinación es una expresión religiosa que se alimenta con la oración y que, al mismo tiempo, alimenta la oración. Se trata de la peregrinación pascual, y el Evangelista nos hace observar que la familia de Jesús la vive cada año, para participar en los ritos, en la Ciudad santa. La familia judía, así como la cristiana, reza en la intimidad hogareña, pero también reza junto con la comunidad, reconociéndose como parte del Pueblo de Dios en camino y la peregrinación expresa, propiamente, este estar en camino, del Pueblo de Dios. La Pascua es centro y culmen de todo ello, e implica la dimensión familiar, así como la del culto litúrgico y el público.

En el episodio de Jesús, cuando tenía doce años, también se registran las primeras palabras de Jesús: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?». (2, 49). Después de tres días de búsqueda, sus padres lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros, mientras los escuchaba e interrogaba (cf. 2:46). A la pregunta de por qué les ha hecho eso, a su padre y a su madre, Él responde que sólo hizo lo que debe hacer el Hijo. Es decir, estar con el Padre. De esta forma, indica quién es el verdadero Padre y cuál es el verdadero hogar. Por lo que no ha hecho nada raro, ni ha sido desobediente, sino que se había quedado donde debe estar el Hijo, junto con el Padre, subrayando así quién es su Padre. En la palabra «Padre» y en el acento de esta respuesta, aparece todo el misterio cristológico, esta palabra abre, pues, el misterio y la clave para el misterio de Cristo, que es el Hijo. Y también abre la clave de nuestro misterio de cristianos, que somos hijos en el Hijo. Y, al mismo tiempo, de este modo, Jesús nos enseña a ser hijos, justo con su ‘estar con el Padre, en la oración’. El misterio cristológico, el misterio de la existencia cristiana está íntimamente ligado y fundado en la oración. Jesús enseñará un día a sus discípulos a rezar, diciéndoles: «Cuando oren, digan: Padre» (Lc 11,2) . Por supuesto, no lo digan sólo con las palabras, sino con toda su existencia. Aprendiendo, cada vez más, a decir «Padre», con su propia existencia, serán verdaderos Hijos y verdaderos cristianos.

Pero en el episodio del templo, cuando Jesús está todavía plenamente insertado en la vida de la Familia de Nazaret, es importante notar la resonancia, que puede haber tenido en el corazón de María y de José el escuchar, de la boca de Jesús, la palabra «Padre». Con la conciencia del Hijo unigénito, que por ese motivo ha querido permanecer tres días en el templo, que es «la casa del Padre».

Desde entonces, podemos imaginar, que la vida de la Sagrada Familia se fue impregnando, cada vez más, con la oración. Porque del corazón del Niño Jesús - luego adolescente y joven - nunca dejará de propagarse y de reflejarse, en los corazones de María y José, este profundo sentido de relación con Dios Padre. Este episodio nos muestra el verdadero sentir que se percibe al estar con el Padre. Por lo que la Familia de Nazaret es el primer modelo de la Iglesia en que, alrededor de la presencia de Jesús, y gracias a su mediación, todos vivimos la relación filial con Dios Padre, que transforma las relaciones humanas.

Queridos amigos, por estos diferentes aspectos que, a la luz del Evangelio, he esbozado brevemente, la Sagrada Familia es icono de la Iglesia doméstica, llamada a orar juntos. La familia es Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde su más tierna edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a la enseñanza y al ejemplo de sus padres, viviendo en un ambiente de presencia de Dios. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a orar en familia, será más difícil luego llenar este vacío. Por lo tanto, quisiera invitar a todos a redescubrir la belleza de rezar juntos, como familia, a la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret y, así, llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia. Gracias.

martes, 27 de diciembre de 2011

VIDEOS EN YOU TUBE: Una hermosa historia de Navidad: el AMOR que vence al DESAMOR


Queridos amigos y hermanos del blog: estamos en Navidad, Dios que viene por amor al encuentro del hombre y que convierte al amor en la razón más profunda de nuestra existencia. Este amor a Dios y este amor entre los hombres tiene múltiples manifestaciones. Una de ellas es la de la redención: vidas marcadas por el desamor encuentran una nueva oportunidad cuando el amor se hace presente en sus caminos.

Días pasados un amigo desde Argentina me pasó un vínculo para ver un video en YouTube. Lo vi con mucho interés, y confieso que he vuelto a verlo en otras ocasiones, y no puedo dejar de emocionarme ante el desarrollo del mismo.

El hilo argumental del mismo se basa en una canción que a fines de los años 70 escribió y popularizó el cantautor español Víctor Manuel. En el vídeo es una nueva versión realizada este año por el cantautor argentino Palito Ortega, versión de notable ternura, cantada desde el corazón.

Estoy seguro que esta historia de amor que vence al desamor lo va a emocionar y le va a confirmar en algo muy profundo y muy certero: lo único importante en la vida es el amor.

Renovando mis deseos de paz y felicidad en estos días tan especiales del año, los invito a ver: “Sólo pienso en ti”.

Con mi bendición.
Padre José Medina

lunes, 26 de diciembre de 2011

LITURGIA: “Volvamos la vista a la gruta de Belén: el niño que contemplamos es nuestra salvación”


Mensaje del Santo Padre para la Navidad 2011

Queridos amigos y hermanos del blog: a las doce de mediodía de este domingo 25 de diciembre, solemnidad de la Natividad del Señor, desde el balcón de la Bendición de la basílica vaticana, Benedicto XVI dirigió el tradicional mensaje navideño a los fieles presentes en la plaza de San Pedro y a cuantos los escuchaban por la radio y la televisión. Sigue el texto completo del mensaje del papa para la Navidad 2011:

Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero:

Cristo nos ha nacido. Gloria a Dios en el cielo, y paz a los hombres que él ama. Que llegue a todos el eco del anuncio de Belén, que la Iglesia católica hace resonar en todos los continentes, más allá de todo confín de nacionalidad, lengua y cultura. El Hijo de la Virgen María ha nacido para todos, es el Salvador de todos.

Así lo invoca una antigua antífona litúrgica: «Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro». Veni ad salvandum nos. Este es el clamor del hombre de todos los tiempos, que siente no saber superar por sí solo las dificultades y peligros. Que necesita poner su mano en otra más grande y fuerte, una mano tendida hacia él desde lo alto. Queridos hermanos y hermanas, esta mano es Cristo, nacido en Belén de la Virgen María. Él es la mano que Dios ha tendido a la humanidad, para hacerla salir de las arenas movedizas del pecado y ponerla en pie sobre la roca, la roca firme de su verdad y de su amor (cf. Sal 40,3).

Sí, esto significa el nombre de aquel niño, el nombre que, por voluntad de Dios, le dieron María y José: se llama Jesús, que significa «Salvador» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31). Él fue enviado por Dios Padre para salvarnos sobre todo del mal profundo arraigado en el hombre y en la historia: ese mal de la separación de Dios, del orgullo presuntuoso de actuar por sí solo, del ponerse en concurrencia con Dios y ocupar su puesto, del decidir lo que es bueno y es malo, del ser el dueño de la vida y de la muerte (cf. Gn 3,1-7). Este es el gran mal, el gran pecado, del cual nosotros los hombres no podemos salvarnos si no es encomendándonos a la ayuda de Dios, si no es implorándole: «Veni ad salvandum nos - Ven a salvarnos».

Ya el mero hecho de esta súplica al cielo nos pone en la posición justa, nos adentra en la verdad de nosotros mismos: nosotros, en efecto, somos los que clamaron a Dios y han sido salvados (cf. Est 10,3f [griego]). Dios es el Salvador, nosotros, los que estamos en peligro. Él es el médico, nosotros, los enfermos. Reconocerlo es el primer paso hacia la salvación, hacia la salida del laberinto en el que nosotros mismos nos encerramos con nuestro orgullo. Levantar los ojos al cielo, extender las manos e invocar ayuda, es la vía de salida, siempre y cuando haya Alguien que escucha, y que pueda venir en nuestro auxilio.

Jesucristo es la prueba de que Dios ha escuchado nuestro clamor. Y, no sólo. Dios tiene un amor tan fuerte por nosotros, que no puede permanecer en sí mismo, que sale de sí mismo y viene entre nosotros, compartiendo nuestra condición hasta el final (cf. Ex 3,7-12). La respuesta que Dios ha dado en Jesús al clamor del hombre supera infinitamente nuestras expectativas, llegando a una solidaridad tal, que no puede ser sólo humana, sino divina. Sólo el Dios que es amor y el amor que es Dios podía optar por salvarnos por esta vía, que es sin duda la más larga, pero es la que respeta su verdad y la nuestra: la vía de la reconciliación, el diálogo y la colaboración.

Por tanto, queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo, dirijámonos en esta Navidad 2011 al Niño de Belén, al Hijo de la Virgen María, y digamos: «Ven a salvarnos». Lo reiteramos unidos espiritualmente tantas personas que viven situaciones difíciles, y haciéndonos voz de los que no tienen voz.

Invoquemos juntos el auxilio divino para los pueblos del Cuerno de África, que sufren a causa del hambre y la carestía, a veces agravada por un persistente estado de inseguridad. Que la comunidad internacional no haga faltar su ayuda a los muchos prófugos de esta región, duramente probados en su dignidad.

Que el Señor conceda consuelo a la población del sureste asiático, especialmente de Tailandia y Filipinas, que se encuentran aún en grave situación de dificultad a causa de las recientes inundaciones.

Y que socorra a la humanidad afligida por tantos conflictos que todavía hoy ensangrientan el planeta. Él, que es el Príncipe de la paz, conceda la paz y la estabilidad a la Tierra en la que ha decidido entrar en el mundo, alentando a la reanudación del diálogo entre israelíes y palestinos. Que haga cesar la violencia en Siria, donde ya se ha derramado tanta sangre. Que favorezca la plena reconciliación y la estabilidad en Irak y Afganistán. Que dé un renovado vigor a la construcción del bien común en todos los sectores de la sociedad en los países del norte de África y Oriente Medio.

Que el nacimiento del Salvador afiance las perspectivas de diálogo y la colaboración en Myanmar, en la búsqueda de soluciones compartidas. Que el nacimiento del Redentor asegure estabilidad política en los países de la región africana de los Grandes Lagos y fortalezca el compromiso de los habitantes de Sudán del Sur para proteger los derechos de todos los ciudadanos.

Queridos hermanos y hermanas, volvamos la vista a la gruta de Belén: el niño que contemplamos es nuestra salvación. Él ha traído al mundo un mensaje universal de reconciliación y de paz. Abrámosle nuestros corazones, démosle la bienvenida en nuestras vidas. Repitámosle con confianza y esperanza: «Veni ad salvandum nos».