Palabras
del Papa en
la audiencia general
Queridos
amigos y hermanos del blog: la audiencia general del pasado miércoles tuvo
lugar a las 10,30 en el Aula Pablo VI, donde Benedicto XVI se encontró con
grupos de fieles y peregrinos provenientes de Italia y del mundo. En su
discurso, el papa centró su meditación en la “Oración sacerdotal” de Jesús, en
la Última Cena. Ofrecemos las palabras textuales del Santo Padre:
Queridos
hermanos y hermanas:
En
la catequesis de hoy centramos nuestra atención en la oración que Jesús dirige
al Padre en la «hora» de su elevación y glorificación (cf. Jn 17,1-26). Como
enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: "La tradición cristiana
acertadamente la denomina la oración 'sacerdotal' de Jesús. Es la oración de
nuestro Sumo Sacerdote, inseparable de su sacrificio, de su 'paso' [pascua]
hacia el Padre donde es “consagrado” enteramente al Padre" (n. 2747).
Esta
oración de Jesús es entendida en su extrema riqueza, sobre todo si colocamos como
fondo la fiesta judía de la expiación, el Yom Kippur. Ese día, el sumo
sacerdote hace primero la expiación por sí mismo, luego por la clase
sacerdotal, y finalmente por todo el pueblo. El objetivo es devolverle al
pueblo de Israel, después de los pecados de un año, la conciencia de la
reconciliación con Dios, la conciencia de ser el pueblo elegido, "pueblo
santo" en medio de otros pueblos. La oración de Jesús en el capítulo 17
del Evangelio según San Juan, está basada en la estructura de esta fiesta. Aquella
noche, Jesús se dirige al Padre en el momento en que se está ofreciendo a sí
mismo. Él, sacerdote y víctima, ora por él mismo, por los apóstoles y por todos
aquellos que creerán en Él, por la Iglesia de todos los tiempos (cf. Jn 17,20).
La
oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación,
de la propia "elevación" en su "hora". En realidad, es más
una declaración de plena disposición a entrar, libre y generosamente, en el
diseño de Dios Padre que se cumple al ser entregado, y en la muerte y
resurrección. La "hora" se inició con la traición de Jesús (cf. Jn
13,31) y culminará con la subida de Jesús resucitado al Padre (Jn 20,17). La
salida de Judas del cenáculo es comentada por Jesús con estas palabras:“Ahora
ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él”(Jn
13,31). No es casual que comience la oración sacerdotal diciendo: "Padre,
ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a
ti" (Jn 17,1). La glorificación que Jesús pide para sí mismo como Sumo
Sacerdote, es la entrada en la plena obediencia al Padre, una obediencia que
lleva a la más plena condición filial: "Y ahora, Padre, glorifícame tú,
junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes de que el mundo fuese"(Juan
17,5). Es esta disponibilidad y esta petición es el primer acto del nuevo
sacerdocio de Jesús, que es un donarse por completo en la cruz, y justamente
sobre la cruz --el supremo acto de amor--, Él es glorificado, porque el amor es
la verdadera gloria, la gloria divina.
El
segundo momento de esta oración es la intercesión que Jesús hace por los
discípulos que estaban con Él. Son aquellos de los que Jesús puede decir al
Padre: "He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado
tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu
palabra" (Jn 17,6). "Manifestar el nombre de Dios a los hombres"
es el resultado de una nueva presencia del Padre en medio de la gente, de la
humanidad. Este "manifestar" no es sólo una palabra, sino que es realidad
en Jesús; Dios está con nosotros, y así el nombre --su presencia entre
nosotros, el ser uno de nosotros--, se "ha realizado". Por lo tanto,
esta manifestación se realiza en la encarnación del Verbo. En Jesús, Dios entra
en la carne humana, se hace cercano en modo único y nuevo. Y esta presencia
alcanza su cumbre en el sacrificio que Jesús hace en su Pascua de muerte y
resurrección.
En
el centro de esta oración de intercesión y de expiación a favor de los
discípulos está la petición de consagración; Jesús dice al Padre: "Ellos
no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu
palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado
al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados
en la verdad" (Jn 17,16-19). Me pregunto: ¿Qué significa
"consagrar" en este caso? Sobre todo debemos decir que
"Consagrado" o "Santo", en propiedad sólo es Dios. Entonces
consagrar quiere decir transferir una realidad --una persona o cosa--, a la
propiedad de Dios. Y en esto están presentes dos aspectos complementarios: por
una parte quitar las cosas corrientes, segregar, "apartar" la vida
personal del hombre para ser donados totalmente a Dios; y por otra, esta
segregación, esta transferencia a la esfera de Dios, tiene el significado
propio de “envío”, de misión: precisamente porque entregada a Dios, la
realidad, la persona consagrada existe "para" los otros, es donada a
los otros. Darse a Dios significa no vivir más para sí, sino para todos. Y es
consagrado quien, como Jesús, es separado del mundo y apartado para Dios en
vista de una tarea y, como tal, está a disposición de todos. Para los
discípulos, será continuar la misión de Jesús, ser entregado a Dios para estar
así en misión para todos. En la tarde de la Pascua, el Resucitado,
apareciéndose a sus discípulos, les dice: "¡La paz con vosotros! Como el
Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20,21).
El
tercer acto de esta oración sacerdotal extiende la mirada al final de los
tiempos. En ella, Jesús se dirige al Padre para interceder a favor de todos
aquellos que serán llevados a la fe mediante la misión inaugurada por los
apóstoles, y continuada en la historia: "No ruego solo por éstos, sino
también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí". Jesús
ora por la Iglesia de todos los tiempos, ruega también por nosotros (Jn 17,20).
El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Jesús ha cumplido toda la obra del
Padre, y su oración, al igual que su sacrificio, se extiende hasta la consumación
de los siglos. La oración de la Hora de Jesús llena los últimos tiempos y los
lleva hacia su consumación” (No. 2749).
La
petición central de la oración sacerdotal de Jesús, dedicada a sus discípulos
de todos los tiempos, es aquella de la futura unidad de todos los que creerán
en Él. Tal unidad no es un producto mundano. Proviene exclusivamente de la
unidad divina y viene a nosotros del Padre mediante el Hijo y el Espíritu
Santo. Jesús invoca un don que viene del cielo, y que tiene su efecto --real y
perceptible-- en la tierra. Ora “para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí
y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que
tú me has enviado" (Jn 17,21). La unidad de los cristianos, por un lado,
es una realidad oculta en el corazón de las personas que creen. Pero al mismo
tiempo, esta debe aparecer claramente en la historia, debe aparecer para que el
mundo crea, tiene un propósito muy práctico y concreto y debe aparecer para que
todos sean realmente uno. La unidad de los futuros discípulos, siendo unidad
con Jesús --que el Padre ha enviado al mundo--, es también la fuente originaria
de la eficacia de la misión cristiana en el mundo.
"Podemos
decir que en la oración sacerdotal de Jesús se realiza la institución de la
Iglesia... Propiamente aquí, en la última cena, Jesús crea la Iglesia. Por qué,
¿qué otra cosa es la Iglesia, si no la comunidad de los discípulos que,
mediante la fe en Jesucristo como enviado del Padre, recibe su unidad y se
implica en la misión de Jesús para salvar al mundo, conduciéndolo al
conocimiento de Dios? Aquí encontramos realmente una verdadera definición de la
Iglesia. La Iglesia nace de la oración de Jesús. Y esta oración no es sólo de
palabra: es la acción por la que Él se "consagra" a sí mismo, es
decir, se "sacrifica" para la vida del mundo (cfr. Gesù di Nazaret,
II, 117s).
Jesús
ora para que sus discípulos sean uno. En virtud de esa unidad, recibida y
mantenida, la Iglesia puede caminar “en el mundo” sin ser "del mundo"
(cf. Jn 17,16) y vivir la misión confiada a ella para que el mundo crea en el
Hijo y en el Padre que lo envió. La Iglesia se convierte entonces, en el lugar
donde continúa la misión misma de Cristo: llevar al "mundo" fuera de
la alienación del hombre de Dios y de sí mismo, fuera del pecado, a fin de que
vuelva a ser el mundo de Dios.
Queridos
hermanos y hermanas, hemos tomado algunos elementos de la gran riqueza de la
oración sacerdotal de Jesús, que les invito a leer y meditar, para que nos guíe
en el diálogo con el Señor y nos enseñe a orar. También nosotros, por ello, en
nuestra oración, pidamos a Dios que nos ayude a entrar, más de lleno, en el
proyecto que tiene para cada uno de nosotros; pidámosle ser
"consagrados" a Él, pertenecerle cada vez más, para poder amar cada
vez más a los otros, cercanos y lejanos; pidámosle ser siempre capaces de abrir
nuestra oración a la amplitud del mundo, no cerrándola en la petición de ayuda
para nuestros problemas, sino recordando delante del Señor a nuestro prójimo,
aprendiendo la belleza de interceder por los demás; le pedimos el don de la
unidad visible entre todos los creyentes en Cristo --la hemos invocado con
fuerza en esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos--, recemos
para estar siempre dispuestos a responder a cualquiera que nos pida razón de la
esperanza que hay en nosotros (cf. 1 P 3,15). Gracias.

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