miércoles, 15 de febrero de 2012

SACRAMENTOS: Vivir sin Misa dominical


La eucaristía dominical es mucho más que un precepto externo.
Es una necesidad interna.
Es un deber gozoso.

Queridos amigos y hermanos del blog: les comparto este interesante artículo cuya autoría es de “Ecclesia Digital” y que fue publicado en revistaecclesia.com
El pasado 4 de octubre el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), dependiente del Gobierno de España, hizo público uno de sus estudios demoscópicos. En él se informaba acerca de la religiosidad de los españoles. Según el CIS –dicho sea con todas las cautelas habituales en estudios de esta naturaleza–, el 73,3% de los españoles se declaran católicos, aunque el 57,1% dice no asistir casi nunca a misa frente al 15,9% que dice sí hacerlo todos o casi los domingos.
Más allá de intencionalidades, retoques y «cocina» al uso, estos datos han de interpelar a toda la comunidad eclesial en España. El casi 16% de españoles que acuden todos los domingos y festivos a misa se traduce en unos siete millones de personas, una cifra importante, significativa, pero inequívocamente insuficiente y preocupante, máxime por su tendencia a la baja. Y ello, además, sin buscar y sin abundar en los segmentos de edad –de todos conocidos– que acuden o dejan de acudir a la eucaristía dominical.
A comienzos del otoño de 1982, ante la primera visita apostólica del Papa Juan Pablo II a España, nuestra Iglesia realizó una encuesta sobre la asistencia a la misa dominical. Entonces y cuando la población de España era de 38 millones de personas –ahora somos más de 45 millones–, se calculó que asistían a la eucaristía de los domingos y festivos unos 10 millones, lo que suponía más de un cuarto del total de la población. En la década de los noventa, ya comenzó a percibirse un descenso en la asistencia a la misa. Fruto de ello fue la instrucción pastoral de la CEE, de 22 de mayo de 1992, titulada Sentido evangelizador de los domingos y de las fiestas. Este tema, esta preocupación volvió al telar del magisterio de la CEE pocos años después con nuevos documentos de un rango u otro.
En 1988 el Papa Juan Pablo II publicó asimismo la hermosísima carta apostólica Dies Domini, repleta de contenidos, fundamentación y propuestas sobre el sentido cristiano del domingo, tema al que regresó, de alguna manera, en 2004 con la no menos espléndida y riquísima Mane nobiscum Domine. El recién concluido Plan Pastoral de la CEE, Vivir de la Eucaristía, y los Sínodos de los Obispos de 2005 y 2008 –dedicados respectivamente a la Eucaristía y a la Palabra de Dios– incidieron asimismo en la cuestión.
Todo ello nos permite pensar con certeza que el problema no radica en una escasa o difusa insistencia y fundamentación de parte de nuestros pastores, sino en un efecto evidente de la creciente secularización y descristianización de las sociedades occidentales, entre las que se encuentra, obviamente, la española. La recuperación del sentido auténtico y genuino del domingo cristiano es, de este modo, una necesidad, una prioridad inaplazables. Para los cristianos de esta hora también debe ser válido el heroico de los mártires de Abitene, en el siglo IV, y tampoco podemos, ni debemos, vivir sin el domingo, sin la eucaristía dominical, todos los domingos y festivos del año. Y no hay excusas que valgan.
Y es que la eucaristía dominical es mucho más que un precepto externo. Es una necesidad interna. Es un deber gozoso. Al igual que no hay cristianismo sin Jesucristo y este en su Iglesia; al igual que no hay cristianismo sin la cruz y sin la caridad, tampoco hay cristianismo sin la Eucaristía y en concreto sin la misa dominical. Porque la Eucaristía, fuente y cumbre de toda la Iglesia, es el compendio, la síntesis, la celebración y reactualización, en y desde su Iglesia, de Jesucristo crucificado y resucitado por nuestra salvación y el verdadero motor de la caridad y de su fuerza transformadora para una Iglesia y una humanidad mejores.
La conocida, certera y repetida frase «La Eucaristía hace a la Iglesia. La Iglesia hace la Eucaristía» bien podríamos traducirla y parafrasearla por esta otra: «La Eucaristía hace a los cristianos. Los cristianos hacen la Eucaristía». Y si esto es así, que lo es, ¿qué Iglesia, qué vivencia de su fe, qué testimonio público del Evangelio, pueden hacer aquellos cristianos que no asisten a misa? Por supuesto que la misa dominical no lo es todo. Pero, por supuesto, sin ella difícilmente podrá haber algo. Porque la eucaristía es plegaria, comunidad, petición de perdón, reconciliación, escucha de la Palabra, ofrenda, oblación, comunión, misión y caridad.

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