viernes, 9 de marzo de 2012

VIVENCIAS PERSONALES: Identidad y Santidad Sacerdotal en la vida y doctrina de San Josemaría Escrivá de Balaguer

Queridos amigos y hermanos del blog: prácticamente concluyendo mis ejercicios espirituales del corriente curso y luego de haberles compartido a lo largo de la semana algunas vivencias del mismo, quiero ahora compartirles algunas de las reflexiones personales que he realizado sobre la vida y doctrina de San Josemaría Escrivá de Balaguer en un tema específico: el sacerdocio, en una doble vertiente, la identidad y la santidad. Yo he tratado en estos días de oración y meditación personal dejarme iluminar e interpelar por el estilo sacerdotal de San Josemaría, y les puedo asegurar que me ha hecho mucho bien, bien que redundará en mi persona y en el ejercicio de mi ministerio sacerdotal.

Identidad del sacerdote: “Sacerdote, sólo sacerdote”

San Josemaría solía dirigir las siguientes palabras a los recién ordenados, pero que nos sirven también –y quizá más especialmente– a quienes llevamos algunos o muchos años de sacerdocio. Decía: «sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes». En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres –que eso somos todos delante del Señor– son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4,1). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.

En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: «ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas –más que Ella sólo Dios– trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura» (Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973).

Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. «Entendemos, con toda la tradición eclesiástica, que el sacerdocio pide –por las funciones sagradas que le competen– algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos –como están– en mediadores entre Dios y los hombres» (Carta 2-II-1945, n. 4).

Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad del sacerdocio, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es obra de toda la vida (Camino, n. 285).

La santidad sacerdotal como don

En contacto continuo con la santidad de Dios, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico. El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. «Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental» (Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973).

San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser. Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:

«Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (...): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría... ¡No señor! Es Cristo» (Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-V-1974).

La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a actuar in persona Christi capitis, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. «Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor» (Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973).

El sacerdote, un hombre enamorado

San Josemaría tuvo siempre muy presente el sentido de la grandeza del sacerdocio que de manos de la Iglesia había recibido. A lo largo de sus años de ministerio se dedicó a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba –según su decir- “cada vez más enamorado”. En tal proceso vocacional recalcaba que la iniciativa era siempre de Dios.

El sacerdote, -hombre enamorado- libremente, se ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. «El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso... Por Él, con Él, en Él, para Él y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva» (Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-IV-1969).

Queridos amigos y hermanos de tantos momentos compartidos a través de esta página web… ¡Rezad por mí! ¡Rezad para que tenga siempre clara mi identidad sacerdotal! ¡Rezad para busque siempre y en todo la santidad en mi vida y ministerio! ¡Rezad para que sea siempre un hombre enamorado!. Se los pido de corazón, se los agradezco con todo mi corazón.

Con mi bendición.
Padre José Medina.

1 comentario:

  1. Encuentro de Fe ha escrito desde Facebook: Bendito sea Dios por sus siervos que pasaron por esta vida dejando su testimonio

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