sábado, 14 de abril de 2012

VIVENCIAS PERSONALES: Orando y celebrando la Santa Misa en la tumba del Beato Juan Pablo II




Queridos amigos y hermanos del blog: uno de los momentos más emocionantes de la peregrinación a Roma que realicé junto a un grupo de peregrinos de mi parroquia a principios de la Semana Santa de este año fue, sin lugar a dudas, la visita a la tumba del querido e inolvidable Beato Juan Pablo II. 

Los sagrados restos mortales de aquel incansable papa viajero están ubicados en la capilla de San Sebastián, que hasta que fueron depositados allí, no era una de las "grandes" de la Basílica de San Pedro del Vaticano. Pero, desde su Beatificación, ha pasado de prácticamente desconocida a ser una de las más visitadas. Por obra y gracia de Juan Pablo II. Antes pasaba desapercibida, entre La Pietá y la capilla del Santísimo Sacramento. Pero desde que alberga bajo su altar la tumba de Karol Wojtyla, actúa como un imán sobre la gente. Tanto que ya se le llama la "Cappella di Giovanni Paolo II".

Encima de la tumba del papa beato está un gran cuadro de San Sebastián, el santo que da nombre a la capilla. La escena de su martirio es una versión en mosaico, realizada en 1631. La guardia de honor del nuevo inquilino de la capilla la forman dos reinas y dos Papas. Las reinas son Matilde de Canosa (1046-1115) y Cristina de Suecia (1626-1689). Los Papas, en sus grandes estatuas de bronce, Pío XI y Pío XII. Este último, el Papa al que Wojtyla admiraba y que lo nombró auxiliar de Cracovia en 1958.

Sobre el altar del nuevo beato se celebran dos misas cada día: a las 7:00 y a las 8:00 de la mañana. Hay cola para celebrar allí. Cardenales, obispos y sacerdotes se apuntan en una agenda que está en la sacristía, que ya está llena para varios meses. Y siguen llegando peticiones de todo el mundo.

Yo llegué a las 7:30 hs. de la mañana del Martes Santo y tras orar unos minutos me dirigí a la sacristía de la Basílica a revestirme con los ornamentos sagrados y mientras iban llegando los hermanos de mi parroquia, me recogí en el silencio de una oración agradecida por su paso por la vida de la Iglesia y por mi vida personal e imploré su intercesión para que yo pueda responder fielmente al Señor Jesús en el ser y en el ministerio sacerdotal.

Me consideré un privilegiado: el martes de la Semana Mayor de nuestra fe estar orando arrodillado en el comulgatorio de ese altar, al cual luego de haber celebrado la Misa pude agacharme, tocar y besar la gran losa de mármol blanco con una sencilla inscripción que reza así: Beatvs Ioannes Pavlvs PP.II.

Esa mañana de martes santo le ha tocado la misa de 7:00 hs. a un nutrido grupo de fieles, acompañados por varios jóvenes seminaristas, y presididos por un sacerdote de lengua inglesa. Inmediatamente después, me toca a mí con los peregrinos de mi parroquia de Aranjuez. Celebro junto a un sacerdote chileno que estaba acompañado por un numeroso grupo de jóvenes.

En la Santa Misa tuve la gracia de leer el Santo Evangelio y de dar la comunión a mis fieles. Me cuesta encontrar palabras para expresar los sentimientos durante la celebración de la misma. Mucha emoción, enorme gratitud. Mi pasado, mi presente y mi futuro –como hombre, cristiano y sacerdote- lo dejé ante Dios y por la poderosa intercesión de Juan Pablo II.

Terminada la misa, la “capilla de Juan Pablo II” pasó a ser lugar de una cada vez más grande peregrinación. Ríos de gente que repetían los mismos ritos: emocionados y con gran piedad oraban, sacaban fotos, dirigían besos a la tumba. Algunos incluso dejaban sobres con cartas de agradecimiento y de petición en el piso entre el comulgatorio y el altar. Este flujo de fieles nos demuestra, otra vez, que Juan Pablo II fue más que un Papa. Fue un fenómeno eclesial, social y espiritual. Con un impacto en el pueblo sólo comparable –por lo menos en la historia reciente- al del otro Papa beato, Juan XXIII. Aunque Wojtyla contó con los modernos medios de viaje y de comunicación que le brindaron un púlpito planetario y lo convirtieron en el párroco del mundo.

Ese talismán del Papa polaco que atraía en torno a sí multitudes, sigue funcionando. Ahora, más aún, porque está oficialmente en el cielo y desde ahí intercede por todos sus fieles devotos.

La tumba del Papa beato, Juan Pablo II, es un fuerte un imán para los fieles. Yo me imaginaba -recorriendo los rostros y los gestos de tanta gente de lugares tan diversos que pasaban ante su tumba-, que en algún lugar del cielo, debe seguir resonando aquello que tantas veces le cantamos: “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”.

Con mi bendición.
Padre José Medina

 7:15 de la mañana del Martes Santo del 2012: primera de las dos misas de ese día y una mirada de conjunto a la Capilla de San Sebastián, donde reposan bajo su altar los sagrados restos del Beato Juan Pablo II.

El otro grupo con el cual compartiría la Misa se demoró más de lo previsto y fue una ocasión providencial para prapararme a celebrar los Sagrados Misterios con un sereno momento previo de oración y recogimiento.

Proclamando el Evangelio a feligreses de tan diversos lugares. Una gracia y un privilegio hacerlo ante la tumba de aquel que llevó la Palabra de Dios a todos los confines de la tierra.

"Por Cristo, con Él y en Él..." (¿hace falta más comentario...?)

Luego de la Santa Misa la "foto de familia" con mis feligreses de Aranjuez. Dios nos regaló compartir un momento inolvidable, ¡Bendito sea Dios!

2 comentarios:

  1. Hola amigo,
    ¡Feliz Pascua! qué alegría encontrar el blog de un sacerdote de mi diócesis, y además de una parroquia donde está presente la Acción Católica :)
    Yo estuve ante la tumba de Juan Pablo II antes de ser beatificado, no conocía cómo era ahora. Tuvo que ser maravilloso celebrar la eucaristía en ese lugar.
    Un saludo desde Getafe

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  2. Hola, gracias por tu comunicación. Ha sido realmente maravillosa la experiencia. Quedamos en contacto. Con mi bendición. Don José Antonio

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