viernes, 27 de julio de 2012

ESPIRITUALIDAD: La religión cristiana favorece la vida espiritual de las personas


Queridos amigos y hermanos del blog: por estar en afín sintonía con nuestra propuesta espiritual les comparto la homilía pronunciada el pasado miércoles por monseñor Julián Barrio, arzobispo de Santiago de Compostela, con motivo de la fiesta del Apóstol Santiago, patrono de España:

La solemnidad del Apóstol Santiago el Mayor, patrón de España, nos anima a revitalizar la auténtica religiosidad y a recordar los valores del Evangelio transmitidos por el Apóstol, que han ido modelando la fisonomía espiritual y cultural de Europa, y que han de ser referencia ineludible a la hora de ser testigos del Dios vivo. Esta preocupación adquiere un relieve especial en una sociedad anónima como la nuestra, en la que la opinión común es modelada con frecuencia sin tener en cuenta que la existencia humana es una realidad abierta a lo trascendente.

“La Iglesia católica está firmemente comprometida para que se otorgue el justo reconocimiento a la dimensión pública de la afiliación religiosa” [Benedicto XVI, Discurso en Berlín], siempre atenta para que el respeto hacia el otro se mantenga en toda circunstancia. La religión cristiana favorece la vida espiritual de las personas y de los pueblos, iluminando la dimensión cultural y social, la económica y la política. “No se trata de una confrontación ética entre un sistema laico y un sistema religioso, sino de una cuestión de sentido al que se confía la propia libertad”, ayudando a la persona a tomar conciencia de su verdadera identidad, cuando la autonomía humana se ha convertido en referente único y el progreso pretende sustituir la providencia de Dios.

Para conocer la naturaleza de cada pueblo, decía San Agustín, hace falta mirar a las cosas que ama. Es momento de preguntarnos qué es lo que amamos en una cultura marcada por lo efímero y lo voluble, donde los vínculos son cada vez más superficiales, donde el individualismo hace vulnerables a las personas y donde se pretende que la vivencia religiosa quede marginada a lo estrictamente privado. Volver a Dios y regenerar la situación actual, son dos tareas en las que convergen la misión de la Iglesia y el empeño sanamente laico de una sociedad que no quiera ser una Babel. Hay que obedecer a Dios para volver de verdad al hombre, respondiendo a las grandes preguntas de éste, y mostrando la aportación de humanidad, de razón y de libertad, que ofrece la fe cristiana. La vida se obscurece si no se abre a Dios, pues “donde está Dios, allí hay futuro”[Benedicto XVI, Discurso en Friburgo, 24 de septiembre de 2011].

“Es cierto que el hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona: el alejamiento de Dios lleva consigo la pérdida de aquellos valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana…” [Juan Pablo II, Homilía en Huelva, IV Visita Apostólica a España en 1993]. Potenciar el diálogo entre fe y razón, entre política y religión, entre economía y ética, permitirá construir una civilización que no convierta al hombre en algo superfluo.

Dios nos ama y nos bendice con la gratuidad de su gracia. “Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2Cor 4,7). Somos llamados a reflejar la presencia de Cristo en el mundo y a discernir creyentemente la realidad. “Cristo, resucitado de entre los muertos, brilla en el mundo, y lo hace de la forma más clara, precisamente allí donde según el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza. Él ha vencido a la muerte, vive, y la fe en Él, como una pequeña luz, penetra todo lo que es oscuridad y zozobra”[Ibid.].

Con el testimonio de la santidad y de la fidelidad que siempre da calidad humana y espiritual a nuestras relaciones, podemos decir: “Creí por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos” (2Cor 4,13). La fe que no nos ahorra sufrimientos y dificultades, hemos de vivirla con mayor conciencia y madurez día a día. “Desde Compostela, corazón espiritual de Galicia, nos decía el Papa Benedicto XVI,  exhorto a todos los fieles de esta querida Archidiócesis, y a los de la Iglesia en España, a vivir iluminados por la verdad de Cristo, confesando la fe con alegría, coherencia y sencillez, en casa, en el trabajo y en el compromiso como ciudadanos”. Es el espíritu de fe (2 Cor 4,13), el que lleva a anunciar a Cristo muerto y resucitado, que nos descubre la perspectiva de la vida eterna dando sentido a la existencia del hombre en este mundo. “Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor” (Hech 4,33). El espíritu del Resucitado nos hace sentir la urgencia y la belleza de anunciar su Palabra y dar testimonio de Él entre los hombres. “En el cristianismo todo termina siendo derivado de Cristo o referido a Cristo: la búsqueda de Dios, la esperanza humana, la relación con el prójimo. Porque en él Dios nos ha dado su medida, modales e intenciones… En él hemos descubierto quien es nuestro prójimo, cuándo y cómo somos prójimos para los demás” [O. González De Cardenal, Raíz de la esperanza, Salamanca 1995, 349].

Así nos dice: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo” (Mt 20,26-27). No debemos ceder a la lógica del poder y del egoísmo. Fue la lógica que llevó a Santiago y a su hermano Juan a pedir a través de su madre los primeros puestos, irritando al resto de los apóstoles. “Dominio y servicio, posesión y don, interés y gratuidad: estas lógicas profundamente contrarias se enfrentan en todo tiempo y lugar. No hay ninguna duda sobre el camino escogido por Jesús: Él no se limita a señalarlo con palabras a los discípulos de entonces y de hoy, sino que lo vive en su misma carne”. En las actuales circunstancias sentimos intranquilidad ante la situación de tantas personas necesitadas espiritual y materialmente, y no debemos eludir la responsabilidad ante los graves problemas sociales que más allá de los procesos y mecanismos estrictamente económicos, movidos a veces por una especulación inmoral, deben resolverse con un compromiso ético y moral. La voluntad de servir ha de ser la opción para no poner el beneficio económico por encima del bien de la persona humana, ni el éxito individual por encima de la solidaridad. Buscar siempre el bien común con espíritu de justicia y ser para los demás embellecen nuestra existencia.

Pero todo esto será sólo un buen deseo, si no nos convertimos al Señor. En una visión reductiva de la persona humana se nos hace creer que la felicidad se puede conseguir a través de la acumulación de bienes, que la libertad consiste en la satisfacción de todos los deseos, y que la vida social puede resultar de la conjugación de todos los intereses privados. En medio del desvalimiento económico, provocado por el desorden moral, el miedo condiciona los diferentes aspectos de nuestra vida, y la crisis está repercutiendo de manera dramática sobre personas y familias con menos posibilidades. La Iglesia, siempre atenta a lo que afecta al hombre, está ayudando con su acción caritativa y social, nos llama a  recuperar la confianza en los valores como la sobriedad, el esfuerzo, la veracidad, la comprensión, la honestidad, el compromiso social, y la gratuidad, y nos indica que sólo Cristo es la respuesta a nuestras aspiraciones más profundas. La crisis puede ser ocasión de una toma de conciencia saludable para crear las condiciones de un nuevo estilo de vida que se concreta en que todo lo que queramos que haga la gente con nosotros, lo hagamos nosotros a la gente (Mt 7,12), mirando con confianza al futuro. Podemos hacer presente el amor de Cristo en el mundo. La actitud de Santiago y Juan, a partir del momento en que el Señor les pregunta: “¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?”, y le responden “podemos” (Mt 20,22), fue la de quien se pone en camino, teniendo fija la mirada en la ciudadanía del Cielo (Fil 3,20). Dirigir nuestra mirada al cielo es posibilitar que en la tierra brille el reflejo de la gloria de Dios.

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