sábado, 8 de diciembre de 2012

VIRGEN MARÍA: La Inmaculada Concepción


“Salve, llena de gracia, el Señor es contigo” 
(San Lucas 1, 28)


La fiesta de la Inmaculada Concepción de María entona perfectamente con el espíritu del Adviento.  Mientras la Iglesia se prepara a la venida del Redentor, es muy justo acordarse de aquella mujer -“la Purísima”- que fue concebida sin pecado porque iba a ser su Madre. La misma promesa del Salvador está unida, más aún incluida en la promesa de esta Virgen singular.  Después de haber maldecido a la serpiente tentadora, dijo el Señor: “Pongo enemistad perpetua entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo: éste te aplastará la cabeza” (Gn 3, 15).

Con María comienza la lucha entre el linaje de la Mujer y el linaje de la serpiente: lucha desde el primer origen de la Virgen, habiendo sido ella concebida sin mancha alguna de pecado y por lo tanto en completa oposición a Satanás. Lucha que se convertirá en hostilidad gigantesca y se resolverá en victoria cuando Jesús, el “linaje” de María, vendrá al mundo destruyendo el pecado. De esta manera la vocación de María ocupa un lugar primerísimo en la historia de la salvación: Ella es la Madre del Redentor y al mismo tiempo la primera redimida, preservada de toda sombra de culpa en previsión de los merecimientos de Jesús.

Sin embargo, el privilegio de la Inmaculada no consiste sólo en la ausencia del pecado original, sino mucho más en la plenitud de su gracia. Nos dice la Constitución Dogmática “Lumen Gentium” del Concilio Vaticano II: “La Madre de Jesús, que dio a luz a la vida misma que renueva todas las cosas... fue enriquecida por Dios con dones dignos de tan gran dignidad…, enriquecida desde el primer instante de su concepción con esplendores de santidad del todo singular” (n. 56). El saludo del Arcángel Gabriel, “Salve, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 8) constituye el testimonio más válido de la Inmaculada Concepción de María, ya que no sería en sentido total “llena de gracia” si el pecado la hubiera tocado aunque no fuera más que por un levísimo instante.

De esta manera la Virgen comenzó su existencia con una riqueza de gracia mucho más abundante y perfecta que la que los más grandes santos alcanzan al final de su vida. Si consideramos luego su absoluta fidelidad y su total disponibilidad para con Dios, se podrá intuir a cuáles alturas de amor y de comunión con el Altísimo haya llegado, precediendo “con muchas a todas las criaturas celestiales y terrenas” (LG 53).

Al texto evangélico que presenta a María como “llena de gracia” corresponde la carta de san Pablo a los Efesios. “Bendito sea Dios… que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos, por cuanto que él nos eligió antes de la constitución del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante él en caridad… para la alabanza del esplendor de su gracia” (1, 3-6). La Virgen ocupa el primer puesto en la bendición y en la elección de Dios, ya que es la única criatura santa e inmaculada en sentido pleno y absoluto. En María la bendición divina ha producido el fruto más hermoso y perfecto. Y esto no sólo porque fue bendecida y elegida “en Cristo”, en previsión de sus méritos, sino también en función de Cristo, para que fuese su madre.

Hoy la Iglesia nos invita a alabar a Dios por las maravillas realizadas en esta humilde Virgen: “Cantad al Señor un cántico nuevo porque ha obrado maravillas (Salmo responsorial de la Misa de la Inmaculada Concepción): la maravilla de haber roto la cadena del pecado de origen que tenía atados a todos los hijos de Adán, aplicando a María, antes que se llevase a efecto históricamente, la obra de salvación que Jesús, naciendo de ella, habría de realizar.

La Virgen de Nazaret encabeza así las filas de los redimidos; con Ella comienza la historia de la salvación, a la cual María colabora dando al mundo a Aquel por quien los hombres son salvados. Cuantos creen en el Salvador no hacen más que seguir a María, y tras ella y no sin su mediación han sido bendecidos y elegidos por Dios “en Cristo para ser santos e inmaculados… en caridad”. Este maravilloso plan divino que se cumplió en María con una plenitud singular y privilegiada, debe realizarse también en cada uno de los creyentes, según la medida establecida por el Altísimo. Para ello no tenemos más que seguir su ejemplo a diario, imitándola en su fidelidad a la gracia y en su incesante apertura y entrega a Dios.

Y así como la plenitud de gracia de María floreció en plenitud de amor a Dios y a los hombres, también en los creyentes la gracia debe madurar, en frutos de caridad hacia Dios y hacia a los hombres, para gloria del Altísimo y aumento de la Iglesia. Que la Inmaculada nos muestre, en el tiempo y en la eternidad,  el fruto bendito de su vientre, Jesús.

Con mi bendición.
Padre José Medina

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