sábado, 31 de marzo de 2012

VIVENCIAS PERSONALES: ¡Ya estamos en Roma! ¡Gracias Santo Padre Benedicto XVI! ¡Viva el Papa!


Peregrinación a Roma para dar las gracias a Benedicto XVI por la JMJ

Queridos amigos y hermanos del blog: el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, convocó al principio de 2012 una Peregrinación a Roma para agradecer al Santo Padre su Visita a Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. El Obispo de Getafe, Joaquín María López de Andújar, se unió a tal convocatoria y nos invitó a participar.

Siendo yo Cura Párroco de la Parroquia de Nuestra Señora de las Angustias –que fue sede de las catequesis en croata durante la JMJ Madrid 2011- respondimos a la misma y fuimos 17 miembros de la parroquia los que realizamos esa visita de gratitud.

La peregrinación comenzó el 30 de Marzo y culminó el 3 de Abril. El Santo Padre recibió a los peregrinos, en audiencia, el día 2 de Abril.

La Santa Misa del 31/03/2012

Con motivo de la peregrinación, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, presidió una solemne celebración de la Eucaristía en la Basílica romana de San Lorenzo in Dámaso, de la que es titular como Cardenal. La Misa dio comienzo a las 12,00 horas. A la misma estuvieron invitados a asistir todos los peregrinos madrileños presentes en Roma con motivo de la peregrinación. La animación cantoral de la Misa estuvo a cargo del Coro de la JMJ.

Palabras del Cardenal

El cardenal Rouco dijo que la JMJ ha dado a la Iglesia “una renovada e interiorizada conciencia de la Catolicidad, pudiéndose calificar la experiencia de Madrid de “acontecimiento de imprevisible trascendencia": "la Iglesia ha despertado en las almas, y de forma especial en los jóvenes, aunque haya alcanzado también a toda la comunidad diocesana que vivió la presencia del Santo Padre y de la juventud del mundo como “una nueva primavera de la Iglesia”.

Los frutos están ahí, dijo el purpurado: por un lado con “una espiritual y pastoralmente intensificada adhesión a Jesucristo, el Redentor y Salvador del hombre, manifestada en la disponibilidad creciente de las generaciones jóvenes a centrar su experiencia eclesial y humana en Cristo. Y por otro lado, “una creciente adhesión a manifestarse libre y gozosamente como “cristiano” en la vida pública”.

El cardenal Rouco insistió que hay “una renovada toma de conciencia en la responsabilidad de la vocación para ‘la Misión’ hacia dentro y hacia fuera de la Iglesia, manifestada, en el asumir positiva, creativa y apostólicamente la llamada a la Nueva Evangelización. También hay el propósito entusiasmado de poner en marcha esta Misión diocesana, con el epicentro en la juventud.

El arzobispo de Madrid subrayó que en la relación Iglesia-sociedad ha habido un crecimiento del aprecio de la Iglesia por parte de la opinión pública. Así como un crecimiento de la toma de conciencia dentro de la Iglesia del valor insustituible de su presencia y acción evangélicamente transformadora en las realidades temporales en sus más distintos aspectos: economía, sociedad, cultura y política.

El impacto pastoral de la Jornada Mundial de la Juventud en España ha sido por tanto “profundo”, finalizó el cardenal. Ha dado “un impulso para una gran puesta en marcha del programa de la Nueva Evangelización”, con la vocación espiritualmente acrecentada para cumplir “con su misión apostólica de forma valiente y comprometida”.

Audiencia con el Santo Padre

Además, los peregrinos madrileños, encabezados por el Cardenal, asistieron a la Misa del Domingo de Ramos que celebraró el Papa Benedicto XVI, el domingo 1 de abril en la Plaza de San Pedro, del Vaticano. Y la Audiencia concedida por el Santo Padre a todos los peregrinos llegados desde España, y tuvo lugar el lunes 2 de abril, a las 11,00 horas, en el Aula Pablo VI. Durante la Audiencia, actuaron el Coro y la Orquesta de JMJ.

En agosto del 2011 nuestra parroquia fue sede de la catequesis en croata. Cientos de jóvenes de Croacia pasaron por nuestra Iglesia Parroquial para recibir de sus obispos el mensaje salvífico de Jesucristo.

El viernes 30 de marzo, momentos antes de partir hacia el Aeropuerto madrileño de Barajas hicimos nuestra "foto de familia" con todos los peregrinos de Alpajés hacia Roma.

El 31/03/2012 por la mañana en la Basílica romana de San Lorenzo in Dámaso, el Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, presidió una solemne celebración de la Eucaristía.

jueves, 29 de marzo de 2012

FE Y VIDA: ¿Por qué se oculta la cruenta persecución contra los cristianos?


Queridos amigos y hermanos del blog, les comparto la siguiente noticia originada en la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA): En el Siglo XX los más perseguidos fueron los cristianos. Nos horrorizamos con razón de la magnitud del holocausto judío, pero quizás no tenemos conciencia clara del martirio de los cristianos. 

Esas persecuciones del Siglo XX continúan en el Siglo XXI, y son más frecuentes de lo que se piensa, pero no aparecen en general en los medios de comunicación, dijo el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, en su reflexión televisiva en el programa “Claves para un mundo mejor”. Actualmente, agregó, la Iglesia está beatificando a muchos mártires de la persecución comunista en España, pero nadie dice que en ese período de dominio comunista fueron asesinados 13 obispos, 4.184 sacerdotes y seminaristas, cerca de 2.500 religiosas y muchos miles de fieles laicos.

Les dejo el texto completo de la reflexión de Mons. Aguer:

“Mis amigos televidentes, nos vamos acercando ya a la Semana Santa. En esos días vamos a celebrar el Misterio de la Muerte y la Resurrección de Jesús. Concretamente vamos a meditar con gratitud, con gozo, el hecho de que el Señor nos ha redimido con su sangre”.

“A propósito quiero citar un comentario de San Agustín meditando sobre la agonía de Jesús en el huerto de los Olivos. El texto de San Lucas dice que el Señor orando intensamente, entró en agonía y que su sudor era como gotas de sangre que caían hasta el suelo. Meditando este pasaje San Agustín dice que esa efusión de sangre del Señor en el huerto representaba la sangre de los mártires de la Iglesia”.

“Lo que está afirmando Agustín es que se da una misteriosa continuidad entre la Pasión de Cristo y los sufrimientos de la Iglesia, las persecuciones que le afligen, especialmente la pasión de los mártires. Pascal decía que Jesús está en agonía hasta el fin de los tiempos y que es preciso no dormirse en ese tiempo. Hacía referencia también a la oración agónica de Jesús en Getsemaní”.

“¿A qué viene este comentario? Viene al hecho de que la persecución contra los cristianos no es un fenómeno de los primeros siglos. En la historia de la Iglesia se estudian sobre todo “las persecuciones” en el contexto del Imperio Romano en realidad las persecuciones contra los cristianos atraviesan toda la historia y han sido particularmente crueles en el siglo XX”.

“En el Siglo XX los más perseguidos han sido los cristianos. Nosotros nos horrorizamos con razón de la magnitud del holocausto judío, pero quizás no tenemos conciencia clara del martirio de los cristianos, digno de ser recordado con una memoria penosa y a la vez en júbilo,  porque se trata de testimonios gloriosos”.

“Para citar un caso, nada más: actualmente la Iglesia está beatificando a muchos mártires de la persecución comunista en España. Nadie dice que en ese período de dominio comunista, antes y después de la Guerra Civil, fueron asesinados 13 obispos, 4184 sacerdotes y seminaristas, cerca de 2500 religiosas y muchos miles de fieles laicos. Estos últimos quizás por haber escondido en su casa a un sacerdote perseguido, o por llevar un rosario en el bolsillo, o por haberse negado a repetir una blasfemia”.

“Esas persecuciones del Siglo XX continúan en el Siglo XXI. En varios países islámicos se producen periódicamente persecuciones cruentas”.

“En los últimos tiempos se ha dado repetidas veces, sobre todo en Nigeria, por obra de una secta extremista islámica. Hace poco entraron en una Iglesia y allí mataron a muchas personas que estaban asistiendo a Misa”.

“Esto es más frecuente de lo que se piensa, pero no aparece en general en los medios de comunicación. Y lo que es más alarmante es que no causa ningún sentimiento especial en los cristianos, en los católicos”.

“Me parece que la proximidad de la Semana Santa tiene que advertirnos acerca de la continuidad entre el Sacrificio de Jesús y el martirio de tantos fieles que hoy dan testimonio de Él. No sólo por un gesto de solidaridad humana, que ya eso sería muy apreciable, sino también en virtud de la comunión de los santos. Si todos los fieles estancos unidos por vínculos de fe y de caridad, debemos sentirnos espiritualmente muy cerca de aquellos hermanos nuestros que han preferido derramar su sangre antes que renunciar a su adhesión a Jesucristo, de quienes son asesinados por odio de la fe. Ellos merecen nuestra especial consideración y gratitud. Además, debemos rezar para que cesen esas persecuciones para que la Iglesia pueda gozar de libertad en todo el mundo”.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata,
Buenos Aires, República Argentina

miércoles, 28 de marzo de 2012

PRO VIDA: La Santa Sede aprueba nueva “Bendición de un niño en el útero”


Washington (Estados Unidos) , 27 Mar. 12 (AICA) - La Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB) informó, en un comunicado oficial, que la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos dio su aprobación al nuevo rito de “Bendición de un niño en el útero”. La noticia fue dada a conocer ayer, solemnidad de la Encarnación del Señor. Esta bendición fue redactada por el Comité del Culto Divino de la USCCB al constatar que no existía un rito aprobado para tal fin.

El cardenal Daniel Di Nardo, secretario del Comité de actividades Provida de la Conferencia episcopal norteamericana, manifestó su alegría al comunicar la noticia: “Estoy impresionado por la belleza de la vida humana en el útero”, comentó. “No podría pensar en un mejor día para anunciar esta noticia que la fiesta de la Anunciación, cuando recordamos el ‘Sí’ de María a Dios y la Encarnación de ese Niño en ella, en ese útero, que salvó al mundo”.

“Queríamos hacer este anuncio lo más pronto posible”, afirmó monseñor Gregory Aymond, secretario del Comité de Culto Divino de la USCCB, “de forma que las parroquias puedan comenzar a ver cómo esta bendición puede integrarse en el tejido de la vida parroquial”. El texto se imprimirá en un folleto bilingüe (inglés-castellano) y estará disponible para las parroquias norteamericanas el día de la Madre. “Oportunamente, esta nueva bendición será incluida en el bendicional, cuando dicho libro sea revisado”, anunció monseñor Aymond.

El rito fue preparado para apoyar a los padres que esperan el nacimiento de sus hijos, para alentar a las comunidades parroquiales a la oración y el reconocimiento del don de los niños por nacer y para crear conciencia del respeto de la vida humana en la sociedad. Según el comunicado oficial, el rito podrá ser ofrecido en el contexto de la Eucaristía o fuera de ella.

La bendición tuvo su origen en una solicitud de monseñor Joseph Kurtz, arzobispo de Louisville, quien pidió al Comité de Actividades Provida averiguar si existía un rito aprobado para bendecir a un niño en el vientre de su madre. Cuando no pudo hallarse ninguno, el Comité redactó uno y lo sometió a la aprobación del Comité para el Culto Divino de la Conferencia, que lo aprobó en marzo de 2008. La Asamblea plenaria de los obispos de la USCCB ratificó esta aprobación y envió el rito a Roma para su edición y aprobación final.

martes, 27 de marzo de 2012

ACTUALIDAD: “El mal no tiene la última palabra. No hay motivos para rendirse al despotismo del mal”


Homilía del Santo Padre Benedicto XVI en la celebración de Vísperas con los obispos de América Latina

Queridos amigos y hermanos del blog: después de la celebración de la misa multitudinaria, del pasado domingo 25 de marzo, el papa Benedicto XVI, a las 18 horas, presidió la celebración de las Vísperas, con los obispos de México y de América Latina, en la basílica-catedral de Nuestra Señora de la Luz de León, México. Les ofrezco el texto de la homilía pronunciada por el santo padre durante las Vísperas:

Señores cardenales, Queridos hermanos en el Episcopado: Es un gran gozo rezar con todos ustedes en esta basílica-catedral de León, dedicada a Nuestra Señora de la Luz. En la bella imagen que se venera en este templo, la Santísima Virgen tiene en una mano a su Hijo con gran ternura, y extiende la otra para socorrer a los pecadores. Así ve a María la Iglesia de todos los tiempos, que la alaba por habernos dado al Redentor, y se confía a ella por ser la Madre que su divino Hijo nos dejó desde la cruz. Por eso, nosotros la imploramos frecuentemente como «esperanza nuestra», porque nos ha mostrado a Jesús y transmitido las grandezas que Dios ha hecho y hace con la humanidad, de una manera sencilla, como explicándolas a los pequeños de la casa.

Un signo decisivo de estas grandezas nos la ofrece la lectura breve que hemos proclamado en estas Vísperas. Los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Cristo, pero, al condenarlo a muerte, dieron cumplimiento de hecho a las palabras de los profetas (cf. Hch 13,27). Sí, la maldad y la ignorancia de los hombres no es capaz de frenar el plan divino de salvación, la redención. El mal no puede tanto.

Otra maravilla de Dios nos la recuerda el segundo salmo que acabamos de recitar: Las «peñas» se transforman «en estanques, el pedernal en manantiales de agua» (Sal 113,8). Lo que podría ser piedra de tropiezo y de escándalo, con el triunfo de Jesús sobre la muerte se convierte en piedra angular: «Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente» (Sal117,23). No hay motivos, pues, para rendirse al despotismo del mal. Y pidamos al Señor Resucitado que manifieste su fuerza en nuestras debilidades y penurias.

Esperaba con gran ilusión este encuentro con ustedes, pastores de la Iglesia de Cristo que peregrina en México y en los diversos países de este gran continente, como una ocasión para mirar juntos a Cristo que les ha encomendado la hermosa tarea de anunciar el evangelio en estos pueblos de recia raigambre católica. La situación actual de sus diócesis plantea ciertamente retos y dificultades de muy diversa índole. Pero, sabiendo que el Señor ha resucitado, podemos proseguir confiados, con la convicción de que el mal no tiene la última palabra de la historia, y que Dios es capaz de abrir nuevos espacios a una esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5).

Agradezco el cordial saludo que me ha dirigido el señor arzobispo de Tlalnepantla y presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y del Consejo Episcopal Latinoamericano, haciéndose intérprete y portavoz de todos. Y les ruego a ustedes, pastores de las diversas Iglesias particulares, que, al regresar a sus sedes, trasmitan a sus fieles el afecto entrañable del papa, que lleva muy dentro de su corazón todos sus sufrimientos y aspiraciones.

Al ver en sus rostros el reflejo de las preocupaciones de la grey que apacientan, me vienen a la mente las Asambleas del Sínodo de los Obispos, en las que los participantes aplauden cuando intervienen quienes ejercen su ministerio en situaciones particularmente dolorosas para la vida y la misión de la Iglesia. Ese gesto brota de la fe en el Señor, y significa fraternidad en los trabajos apostólicos, así como gratitud y admiración por los que siembran el evangelio entre espinas, unas en forma de persecución, otras de marginación o menosprecio. Tampoco faltan preocupaciones por la carencia de medios y recursos humanos, o las trabas impuestas a la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de su misión.

El sucesor de Pedro participa de estos sentimientos y agradece su solicitud pastoral paciente y humilde. Ustedes no están solos en los contratiempos, como tampoco lo están en los logros evangelizadores. Todos estamos unidos en los padecimientos y en la consolación (cf. 2 Co 1,5). Sepan que cuentan con un lugar destacado en la plegaria de quien recibió de Cristo el encargo de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,31), que les anima también en la misión de hacer que nuestro Señor Jesucristo sea cada vez más conocido, amado y seguido en estas tierras, sin dejarse amedrentar por las contrariedades.

La fe católica ha marcado significativamente la vida, costumbres e historia de este continente, en el que muchas de sus naciones están conmemorando el bicentenario de su independencia. Es un momento histórico en el que siguió brillando el nombre de Cristo, llegado aquí por obra de insignes y abnegados misioneros, que lo proclamaron con audacia y sabiduría. Ellos lo dieron todo por Cristo, mostrando que el hombre encuentra en él su consistencia y la fuerza necesaria para vivir en plenitud y edificar una sociedad digna del ser humano, como su Creador lo ha querido. Aquel ideal de no anteponer nada al Señor, y de hacer penetrante la Palabra de Dios en todos, sirviéndose de los propios signos y mejores tradiciones, sigue siendo una valiosa orientación para los pastores de hoy.

Las iniciativas que se realicen con motivo del Año de la fe deben estar encaminadas a conducir a los hombres hacia Cristo, cuya gracia les permitirá dejar las cadenas del pecado que los esclaviza y avanzar hacia la libertad auténtica y responsable. A esto está ayudando también la Misión continental promovida en Aparecida, que tantos frutos de renovación eclesial está ya cosechando en las Iglesias particulares de América Latina y el Caribe. Entre ellos, el estudio, la difusión y meditación de la Sagrada Escritura, que anuncia el amor de Dios y nuestra salvación. En este sentido, los exhorto a seguir abriendo los tesoros del evangelio, a fin de que se conviertan en potencia de esperanza, libertad y salvación para todos los hombres (cf. Rm 1,16). Y sean también fieles testigos e intérpretes de la palabra del Hijo encarnado, que vivió para cumplir la voluntad del Padre y, siendo hombre con los hombres, se desvivió por ellos hasta la muerte.

Queridos hermanos en el Episcopado, en el horizonte pastoral y evangelizador que se abre ante nosotros, es de capital relevancia cuidar con gran esmero de los seminaristas, animándolos a que no se precien «de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co 2,2). No menos fundamental es la cercanía a los presbíteros, a los que nunca debe faltar la comprensión y el aliento de su obispo y, si fuera necesario, también su paterna admonición sobre actitudes improcedentes. Son sus primeros colaboradores en la comunión sacramental del sacerdocio, a los que han de mostrar una constante y privilegiada cercanía. Igualmente cabe decir de las diversas formas de vida consagrada, cuyos carismas han de ser valorados con gratitud y acompañados con responsabilidad y respeto al don recibido. Y una atención cada vez más especial se debe a los laicos más comprometidos en la catequesis, la animación litúrgica, la acción caritativa y el compromiso social. Su formación en la fe es crucial para hacer presente y fecundo el evangelio en la sociedad de hoy. Y no es justo que se sientan tratados como quienes apenas cuentan en la Iglesia, no obstante la ilusión que ponen en trabajar en ella según su propia vocación, y el gran sacrificio que a veces les supone esta dedicación. En todo esto, es particularmente importante para los Pastores que reine un espíritu de comunión entre sacerdotes, religiosos y laicos, evitando divisiones estériles, críticas y recelos nocivos.

Con estos vivos deseos, les invito a ser vigías que proclamen día y noche la gloria de Dios, que es la vida del hombre. Estén del lado de quienes son marginados por la fuerza, el poder o una riqueza que ignora a quienes carecen de casi todo. La Iglesia no puede separar la alabanza de Dios del servicio a los hombres. El único Dios Padre y Creador es el que nos ha constituido hermanos: ser hombre es ser hermano y guardián del prójimo. En este camino, junto a toda la humanidad, la Iglesia tiene que revivir y actualizarlo que fue Jesús: el Buen Samaritano, que viniendo de lejos se insertó en la historia de los hombres, nos levantó y se ocupó de nuestra curación.

Queridos hermanos en el Episcopado, la Iglesia en América Latina, que muchas veces se ha unido a Jesucristo en su pasión, ha de seguir siendo semilla de esperanza, que permita ver a todos cómo los frutos de la resurrección alcanzan y enriquecen estas tierras.

Que la Madre de Dios, en su advocación de María Santísima de la Luz, disipe las tinieblas de nuestro mundo y alumbre nuestro camino, para que podamos confirmar en la fe al pueblo latinoamericano en sus fatigas y anhelos, con entereza, valentía y fe firme en quien todo lo puede y a todos ama hasta el extremo. Amén.

lunes, 26 de marzo de 2012

PRO VIDA: Jornada por la Vida 2012, “Amar y cuidar toda vida humana”


Tomando la imagen de la parábola de Jesús sobre el Reino, también se puede comparar la vida de cada hombre con un grano de mostaza. Al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ella (Mc 4, 29-32). La vida humana naciente encierra en sí la esperanza de una plenitud, llena de promesas e ilusiones. «Cada vida humana aparece ante nosotros como algo único, irrepetible e insustituible; su valor no se puede medir en relación con ningún objeto, ni siquiera por comparación con ninguna otra persona; cada ser humano es, en este sentido, un valor absoluto».

Todos los seres humanos son iguales en el derecho a la vida. Esta igualdad es la base de toda auténtica relación social, que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede disponer.

Además, la encarnación de Jesucristo ha elevado al nivel más alto la dignidad de la vida humana. Cuando la vida terrena se entiende tal y como la ha revelado Dios -un paso hacia otra vida plena y definitiva-, entonces cada detalle de esta vida humana cobra un relieve y un colorido solo comparables a las infinitas riquezas a que está destinada. Por eso la fe cristiana descubre al hombre el incalculable valor de esta vida. La grandeza y dignidad de la vida humana exigen su respeto y cuidado desde su inicio en la concepción hasta la muerte natural. De aquí, el rechazo absoluto a la eliminación directa y voluntaria de la vida humana en su inicio.

La Iglesia se siente interpelada en esta Jornada por la Vida porque se sabe profundamente implicada en el destino de los hombres de nuestro tiempo.

“Amar y cuidar toda vida humana”

Con este lema queremos reflexionar en esta Jornada para promover una cultura a favor de la familia y de la vida. Debemos evitar que la cultura de la muerte promueva en la legislación agresiones contra la vida, presentadas como si fuesen manifestaciones de progreso o incluso como muestras de humanitarismo.

El amor a la persona lleva consigo el respeto a la vida naciente desde la fecundación y el cuidado a las madres embarazadas, de modo que puedan llevar a término su vocación maternal, en lo posible, en un entorno familiar adecuado. De ahí que la familia sea fundamental en el itinerario educativo y para el desarrollo de las personas y de la sociedad. Es necesario elaborar políticas familiares justas que favorezcan la institución familiar, y promover leyes que ayuden al desarrollo de una cultura de la vida para crecer en humanidad.

La apertura a la vida es signo de apertura al futuro. En este contexto hemos recibido con satisfacción la reciente sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que prohíbe patentar los procedimientos que utilicen células madre embrionarias humanas y que considera a todo óvulo humano a partir de la fecundación como «embrión humano». Además, se incluye en el mismo contexto a los embriones procedentes de trasplante nuclear (una técnica que está autorizada en España por la Ley de Reproducción Asistida de 2006) y a los óvulos no fecundados estimulados para dividirse y desarrollarse por partenogénesis. Por otra parte, una resolución de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa condena la selección prenatal del sexo.

La vida de cada persona es un retablo maravilloso. Una actitud contemplativa, de respeto, de admiración y de agradecimiento es necesaria para valorar adecuadamente ese retablo de la existencia humana. Un ser humano no pierde nunca su dignidad sea cual sea la circunstancia física, psíquica o relacional en la que se encuentre. Toda persona enferma merece, y exige, un respeto incondicional, y su vida nunca puede ser valorada desde el criterio exclusivo de la calidad o del bienestar subjetivo. De aquí el interés de la Iglesia por cuidar y promover la vida de los enfermos y ancianos. En la ancianidad, cuando la persona humana se debilita y va perdiendo facultades, aumentan las enfermedades y dolencias y se acentúan los problemas de la soledad y el sufrimiento. Si a esto añadimos que algunas concepciones de la existencia se rigen por los criterios de ‘calidad de vida’, definida principalmente por el bienestar subjetivo, las palabras ‘enfermedad’, ‘dolor’ y ‘muerte’ pierden su sentido humano más genuino y profundo. Y, así, incluso se pretende justificar el suicidio asistido como si fuera un acto humano responsable y heroico. En ningún caso se puede aceptar la legitimación social de la eutanasia. Suprimir el cuadro porque tenga sombras, minusvalorar la vida por las dificultades que plantea o puede plantear, no soluciona nada. La muerte no debe ser causada, por una acción u omisión, ni siquiera con el fin de eliminar el dolor.

Gracias a Dios, también en este tema aparecen luces en el horizonte: el Consejo de Europa ha aprobado, el pasado 25 de enero, una Resolución en la que se dictamina que «la eutanasia, en el sentido de la muerte intencional, por acción u omisión, de un ser humano en función de su presunto beneficio, debe ser prohibida siempre», y especifica que «en caso de duda, la decisión siempre debe ser pro-vida y a favor de la prolongación de la vida».

El Evangelio de la vida fortalece la razón humana para entender la verdadera dignidad de las personas y respetarlas. Nuestra fe confirma y supera lo que intuye el corazón humano: que la vida es capaz de trascender sus precarias condiciones temporales y espaciales, porque está llamada a la gloria eterna.

Jesucristo resucitado pone ante nuestros ojos el futuro que Dios ofrece a la vida de cada ser humano.

La Iglesia nos invita a caer en la cuenta de que la familia es el lugar natural del origen y del ocaso de la vida. Si es valorada y reconocida como tal, no será la falsa compasión, que mata, la que tenga la última palabra, sino el amor verdadero, que vela por la vida, aun a costa del propio sacrificio.

Implorando la protección de María, madre de la Vida, sobre todos los que por el dolor y el sufrimiento sienten la amenaza de la muerte, os animamos a promover una cultura de la vida y de la familia que haga posible el respeto a todo ser humano.

SUBCOMISIÓN EPISCOPAL PARA LA FAMILIA Y DEFENSA DE LA VIDA



viernes, 23 de marzo de 2012

SACERDOCIO: ¿El sacerdocio es la "vocación" o la "profesión" más feliz?


Reflexión teológico pastoral en el Día del Seminario 2012

Queridos amigos y hermanos del blog: les ofrezco el texto completo de la reflexión teológico pastoral elaborada por la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de España, con motivo del Día del seminario 2012:

El sacerdocio, la «profesión» más feliz

A finales del pasado mes de noviembre, la prestigiosa revista norteamericana Forbes, especializada en el mundo de los negocios y las finanzas y conocida habitualmente por la publicación anual de la lista de las personas más ricas del mundo, publicaba una lista de las diez profesiones más gratificantes, a juzgar por el grado de felicidad de quienes las ejercían. Los sacerdotes católicos y los pastores protestantes –los clérigos– lideraban el ranking.

¿Es el sacerdocio la profesión más feliz del mundo? Según el parecer de la revista Forbes, sí. La razón esgrimida en el artículo para justificar la felicidad inherente al ejercicio del sacerdocio consiste en que este otorga a la vida un sentido que hace de la propia existencia algo digno de ser vivido. Según el estudio, ni la remuneración económica ni el status social que se deriva del ejercicio de una profesión inciden en la felicidad que reporta.

La afirmación de que los sacerdotes eran las personas más satisfechas y realizadas en el ejercicio de su profesión causó sorpresa tanto entre creyentes como en no creyentes. La imagen que habitualmente se tiene del sacerdocio apunta más bien en dirección contraria. Los sacerdotes son presentados con frecuencia como hombres algo amargados, apartados del mundo y escasamente comprometidos con los problemas reales de la sociedad. Por eso, afirmar que el sacerdocio es la profesión más “feliz” causa cierta perplejidad e invita a formular una cuestión: ¿qué es lo que hace del sacerdocio la profesión más feliz del mundo? 

Responder a esta cuestión no es fácil. Hoy quizá más que nunca somos conscientes de que los obstáculos y las dificultades del camino sacerdotal no son escasos, y que las sombras acompañan siempre los momentos luminosos. El sacerdote experimenta el gozo de la entrega y el servicio desinteresado, pero también padece, como tanta gente en nuestro mundo tecnificado, la soledad. Acompaña a las personas, es instrumento de la misericordia de Dios, pero muchas veces se siente indigno y pecador. Preside la Eucaristía, predica la Palabra, anima y guía a la comunidad cristiana, pero son pocos los que le escuchan o parecen interesados en el mensaje del que es portador. Si las sombras en el ejercicio del sacerdocio son tan evidentes como las luces, el interrogante que planteábamos no se despeja describiendo las tareas del sacerdote.

Esta última constatación nos induce a pensar que la pregunta por los motivos que hacen del sacerdocio la “profesión” más feliz quizá no esté bien planteada. ¿Es el sacerdocio una profesión? Es verdad que podemos identificar algunas tareas que son propias del sacerdocio, y que el sacerdocio está considerado socialmente como un “trabajo cualificado”, pero si se le pregunta a cualquier sacerdote por la índole de su sacerdocio, ninguno dirá que se trata de una profesión. Dirá más bien que se trata de una vocación.

¿Profesión o vocación?

El estudio de Forbes se hace eco de una equívoca identificación entre profesión y vocación, ampliamente difundida en nuestra cultura, y que da lugar a no pocos malentendidos. Aunque es cierto que algunas profesiones tienen un componente vocacional elevado (en general las profesiones arquetípicas, como el médico, el psicólogo o el maestro), no es menos cierto que un gran número de profesiones carecen de este carácter.

En la siguiente tabla aparecen algunos indicadores que establecen algunas diferencias entre una profesión y la vocación, en este caso la sacerdotal.

Profesión

Se refiere a una actividad externa.
Se determina en función de los gustos, las cualidades y las posibilidades.
Se pone en funcionamiento la dimensión creativa-generativa.
Remunerado.
Puede cambiar.
Pide disciplina y dedicación.

Vocación

Tiene que ver con el interior de la persona.
Exige una determinación espiritual.
Se ponen en funcionamiento todas las dimensiones de la vida: afectiva, de la existencia racional, creativa, etc.
Gratuito.
Permanece.
Exige exclusividad, entrega absoluta, nace de una pasión.

Las diferencias enumeradas no han de ser consideradas dialécticamente, como opuestos excluyentes, sino como matices distintivos. El que la vocación sacerdotal requiera de una determinación espiritual, es decir, de una elección libre del individuo que responde ante Dios, no significa que los propios gustos se marginen o que las propias cualidades permanezcan sin explotar. Hay sacerdotes que son excelentes músicos, escritores o profesores. Lo que significa es que estos, contra lo que muchas personas opinan, no constituyen el elemento fundamental de la vocación sacerdotal.

Si observamos con detenimiento las notas mencionadas, enseguida nos percatamos de que mientras los indicadores de la profesión tienen que ver sobre todo con el hacer, los de la vocación apuntan más bien al ser. La vocación, en efecto, afecta a nuestra identidad profunda, dice quiénes somos en realidad, más allá de toda apariencia. De este modo, podemos decir que el sacerdocio es una profesión en la medida que el sacerdote “hace” cosas, desempeña diversas funciones, pero con eso no está dicho todo. Lo que verdaderamente define al sacerdocio es su carácter vocacional; es decir, el hecho de que se trata de un proyecto de vida que exige una determinación espiritual (una respuesta a una llamada), que afecta a todas las dimensiones de la vida (corpórea, afectiva, intelectual, etc.), que pide exclusividad, entrega y fidelidad absolutas, y que es animado por una pasión: la pasión por el Evangelio.

El lema escogido para la campaña del Día del Seminario en este año reza precisamente así: “Pasión por el Evangelio”. Esta expresión alude a la energía interior, al movimiento del corazón, que nutre toda vocación sacerdotal tanto en su origen como en su crecimiento. La vocación al sacerdocio está animada por esta pasión, un arrebato que desinstala a quien posee de sus coordenadas habituales y le ofrece un espacio diverso en el que integrarse.

El sacerdocio, una cuestión de pasión…

La pasión es un movimiento del alma, una exaltación de nuestro ser, que surge espontáneamente, sin que medie determinación alguna por parte de quien es presa de ella. Es un elemento fundamental de la experiencia del amor, aunque esta no se agota en la pasión. La pasión embruja, hechiza, desinstala de la realidad habitual para hacer entrar a quien posee en una dimensión distinta, en otro orden de realidad. Es la condición indispensable del enamoramiento.

Con frecuencia se piensa que la pasión es instintiva e irracional, que irrumpe intempestivamente, arrasando toda consideración racional o moral. «La pasión es ciega», dice el dicho popular. El genial escritor Stendhal, en cambio, afirma: «la pasión no es ciega, sino visionaria». Frente a la creencia popular, la pasión no es arbitraria y voluptuosa, sino que recrea la realidad, imagina un nuevo orden, un mundo diverso, precisamente para hacer más habitable el mundo real. En este sentido, se puede decir que la pasión no es “razonable”, ya que cuestiona la prudencia de la razón, el realismo de la sensatez que no pocas veces enmascara un larvado pesimismo.

La pasión, señalábamos antes, es un ingrediente fundamental del enamoramiento y, consecuentemente, de la experiencia del amor. La pasión, por tanto, es provocada siempre por una persona que suscita en nosotros un deseo de proximidad y unión. Las cosas o las ideas no poseen esta capacidad. Cuando en el lenguaje cotidiano se utilizan expresiones como «me apasiona el fútbol» o «siento pasión por los toros», el término pasión es usado en un sentido analógico, porque solo una persona es capaz de suscitar pasión.

… por el Evangelio

Sentir pasión por el Evangelio es posible porque el Evangelio no es primariamente un mensaje, un conjunto de ideas encomiables, sino fundamentalmente una persona, Cristo, el Hijo de Dios, que nos ha invitado a la conversión y a creer en el Evangelio (Mc 3,14), o sea, en Él mismo, portador y realizador de la salvación. Él ha llevado a cabo la salvación por los caminos de Galilea, curando a los enfermos, expulsando a los demonios, acogiendo a los pecadores y excluidos, predicando la buena noticia de la misericordia de Dios. Él ha constituido la Iglesia para perpetuar el anuncio del Evangelio, y le ha dejado el Espíritu para que suscite la pasión por el Evangelio en todos los creyentes, para que sean testigos de Cristo, Hijo de Dios, que murió por nuestros pecados y resucitó (1 Cor 15, 1ss). El anuncio del Evangelio es, en efecto, una empresa tan urgente y personal que, sin duda, requiere grandes dosis de pasión.

Una pasión así solo puede nacer del corazón de Dios, quien se ha apasionado primero por el hombre. El mismo Dios, que siente predilección por sus criaturas, es quien toca el corazón en la intimidad de cada hombre, quien suscita la pasión por el Evangelio en cada ser humano, especialmente en aquellos a quienes llama a ser testigos en la Iglesia de la incesante fecundidad del Evangelio: los sacerdotes.

Los profetas utilizan el lenguaje de la pasión para dar cuenta de esta especial relación que se constituye entre Dios y aquellos a quienes elige de entre su pueblo para una misión especial a la que no pueden sustraerse: «Yo me decía: “No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre”; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía» (Jr 20,9). La pasión, avivada por el Espíritu, empuja a la proclamación del Evangelio, hace de este anuncio una tarea insoslayable, urgente, necesaria para quien lo proclama, pues su vida se haya estrechamente vinculada al mensaje anunciado.

Tener pasión por el Evangelio solo es posible si se contempla a Cristo como origen y raíz del Evangelio. De los episodios de la vida de Jesús, de sus palabras incisivas y de sus gestos de misericordia brota un estilo de vida evangélico del que el sacerdote es testigo y portador. En la contemplación de Cristo, presente y actuante en la Eucaristía y la Palabra, fermenta el estilo evangélico, la gestualidad cristiana, que se alimenta de una incesante pasión por el Evangelio, avivada por el contacto habitual con Cristo en la oración y los sacramentos.

La pasión en cierto modo va impresa en la misma lógica del Evangelio. El Evangelio no es para gente “razonable”, para gente que tiene “los pies en la tierra”. El Evangelio subvierte la lógica del mundo, valora la realidad terrena con criterios ajenos a los comunes. En este sentido, el Evangelio difiere del “sentido común”, del modo habitual de comprender los retos de la existencia. Quien acoge el Evangelio eleva la mirada, entra en una esfera de conocimiento diferente, aprende a observar la realidad desde otro ángulo, con los ojos de Dios. Solo puede entrar y permanecer en esta lógica quien está animado por una pasión por el Evangelio.

La pasión posibilita el surgimiento de la esperanza allí donde la razón solo constata la imposibilidad, donde el sentido común desaconseja cualquier inversión. Esta realidad se constata claramente en la experiencia del amor. La literatura nos da cuenta de amores imposibles –Abelardo y Eloísa, Calixto y Melibea, Romeo y Julieta–, que prosperan en virtud de la pasión, capaz de suscitar la esperanza de un amor logrado, no obstante la aparente imposibilidad de llevarlo a cabo. La pasión por el Evangelio nos abre también a la esperanza, desplegando una mirada nueva sobre la realidad, hasta entonces percibida como cerrada en sí misma. No se trata de una esperanza cualquiera, sino de la Esperanza con mayúsculas: la esperanza de la salvación, del advenimiento del Reino de Dios. Esta esperanza tiene como garante el Evangelio predicado –Cristo muerto y resucitado– y constituye el dinamismo esencial de la fe cristiana.

Así, la pasión por el Evangelio emerge como una fuerza que empuja a crecer, a estrechar la distancia entre Cristo y cada uno de nosotros. Se trata de un dinamismo necesario en el seguimiento de Jesús, pues nos alerta ante cualquier acomodamiento.

La pasión por el Evangelio libera de las certezas adquiridas, nos obliga a distanciarnos de ellas para cuestionarlas. El Evangelio es para quien lo acoge y lo hace vida una fuente constante de riesgo, pues abre una brecha entre la realidad –personal y social– tal como es y la realidad tal como debería o podría ser.

«Te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos…» (2 Tim 1, 6)