sábado, 30 de junio de 2012

FE Y VIDA: «Atar y desatar» es «perdonar», el Papa explica la promesa sobre «las puertas del infierno»


«La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores» necesitados del amor de Dios.

El núcleo central de la predicación de Benedicto XVI en la festividad de San Pedro y San Pablo ha sido la explicación de los poderes que Jesucristo concedió al Papa, simbolizados en las llaves y en el poder de "atar y desatar", y de los peligros que le amenazan: las "puertas del infierno".

"Las dos imágenes –la de las llaves y la de atar y desatar– expresan por tanto significados similares y se refuerzan mutuamente", dice el Papa: "La expresión atar y desatar forma parte del lenguaje rabínico y alude por un lado a las decisiones doctrinales, por otro al poder disciplinar, es decir a la facultad de aplicar y de levantar la excomunión. El paralelismo en la tierra… en los cielos garantiza que las decisiones de Pedro en el ejercicio de su función eclesial también son válidas ante Dios".

"Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos", dice el Evangelio de San Mateo (18, 18). Y "a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos", dice el Evangelio de San Juan (20, 22-23). "A la luz de estos paralelismos", concluye Benedicto XVI, "aparece claramente que la autoridad de atar y desatar consiste en el poder de perdonar los pecados. Y esta gracia, que debilita la fuerza del caos y del mal, está en el corazón del misterio y del ministerio de la Iglesia. La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la Cruz de Jesucristo. Las palabras de Jesús sobre la autoridad de Pedro y de los Apóstoles revelan que el poder de Dios es el amor, amor que irradia su luz desde el Calvario".

Asimismo, el Papa comentó la expresión "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella", que le dice Jesucristo a Pedro cuando le encomienda la misión de dirigir la Iglesia: "La promesa que Jesús hace a Pedro es ahora mucho más grande que las hechas a los antiguos profetas: Éstos, en efecto, fueron amenazados sólo por enemigos humanos, mientras Pedro ha de ser protegido de las puertas del infierno, del poder destructor del mal. Jeremías recibe una promesa que tiene que ver con él como persona y con su ministerio profético; Pedro es confortado con respecto al futuro de la Iglesia, de la nueva comunidad fundada por Jesucristo y que se extiende a todas las épocas, más allá de la existencia personal del mismo Pedro".

jueves, 28 de junio de 2012

CATEQUESIS DEL PAPA: “Adoremos la Eucaristía para hacer entrar nuestra vida en el amor de Dios”


Queridos amigos y hermanos del blog: la Audiencia General de ayer miércoles tuvo lugar a las 10,30 en el Aula Pablo VI donde el santo padre Benedicto XVI se encontró con grupos de peregrinos y fieles llegados de Italia y otros países. En el discurso en lengua italiana, el papa siguió con sus catequesis sobre la oración en las Cartas de san Pablo. Les ofrezco el texto completo de su catequesis:

Queridos hermanos y hermanas: Nuestra oración está formada, como hemos visto el miércoles pasado, de silencio y de palabra, de canto y de gestos que implican a toda la persona: desde la boca hasta la mente, del corazón a todo el cuerpo. Es una característica que encontramos en la oración judía, especialmente en los Salmos. Hoy me gustaría hablar de una de los más antiguos cantos o himnos de la tradición cristiana, que san Pablo nos presenta en lo que es, en cierto sentido, su testamento espiritual: la Carta a los Filipenses. Es, por cierto, una carta que dicta el Apóstol en la cárcel, tal vez en Roma. Él se siente cercano a la muerte, porque dice que su vida la ofrece como una libación (cf. Fil. 2,17).

A pesar de esta situación de grave peligro para su integridad física, san Pablo, en todo el escrito, expresa la alegría de ser discípulo de Cristo, de poder ir a su encuentro, hasta el punto de ver la muerte no como una pérdida sino como una ganancia. En el último capítulo de su Carta hay una fuerte invitación a la alegría, característica fundamental de nuestro ser cristianos y de nuestro orar. San Pablo escribe: "Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres" (Fil. 4,4). Pero ¿cómo se puede regocijar ante una sentencia de muerte inminente? ¿De dónde o mejor dicho, de quién san Pablo obtiene la serenidad, la fuerza, el coraje de ir al encuentro de su martirio, y del derramamiento de su sangre?

La respuesta la encontramos en el centro de la Carta a los Filipenses, en lo que la tradición cristiana llama “carmen Christo”, el canto para Cristo, o más comúnmente llamado "himno cristológico"; un canto en el cual se centra toda la atención en los "sentimientos" de Cristo, es decir, en su modo de pensar, y en su actitud concreta y vivida. Esta oración comienza con una exhortación: "Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que Cristo" (Fil. 2,5). Estos sentimientos se presentan en los versículos sucesivos: el amor, la generosidad, la humildad, la obediencia a Dios, el don de uno mismo. No se trata solo y únicamente de seguir el ejemplo de Jesús, como algo moral, sino de involucrar toda la existencia en su propia manera de pensar y de actuar. La oración debe conducir a un conocimiento y a una unión en el amor cada vez más profundos con el Señor, para poder pensar, actuar y amar como Él, en Él y por Él. El ejercicio de esto, aprender los sentimientos de Jesús, es el camino de la vida cristiana.

Ahora quisiera referirme brevemente a algunos elementos de este canto, que resume todo el itinerario divino y humano del Hijo de Dios, y abarca toda la historia humana: del estar en la condición de Dios, a la encarnación, a la muerte de cruz y a la exaltación en la gloria del Padre está implícito también el comportamiento de Adán, del hombre desde el inicio. Este himno a Cristo parte de su ser en “morphe tou Theou”, dice el texto griego, es decir, del estar "en la forma de Dios", o mejor dicho en la condición de Dios. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no vive su "ser como Dios" para triunfar o para imponer su supremacía, no lo considera como una posesión, un privilegio, un tesoro que celar. Más bien, "se despojó", se anonadó a sí mismo, asumiendo, dice el texto griego, la “morphe doulos”, la "forma de esclavo", la realidad humana marcada por el sufrimiento, la pobreza, la muerte; se ha asemejado plenamente a los hombres, excepto en el pecado, de modo que se comporta como un servidor dedicado al servicio de los demás. 

En este sentido, Eusebio de Cesarea --siglo IV--, dice: "Él tomó sobre sí la fatiga de los miembros que están sufriendo. Ha hecho suyas nuestras simples enfermedades. Él sufrió y trabajó por amor a nosotros: esto en conformidad con su gran amor por la humanidad" (La dimostrazione evangelica, 10, 1, 22). San Pablo continúa definiendo el marco "histórico" en el que se hizo este abajamiento de Jesús "se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte" (Fil. 2,8). El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, y ha realizado un camino en completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre, hasta el sacrificio supremo de su vida. Aún más, el Apóstol especifica "hasta la muerte, y muerte de cruz". En la cruz, Cristo Jesús alcanzó el mayor grado de humillación, ya que la crucifixión era el castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres: “mors turpissima crucis”, escribe Cicerón (cf. In Verrem, V, 64, 165).

En la cruz de Cristo, el hombre ha sido redimido y la experiencia de Adán se ha invertido: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios, pretende ser como Dios con sus propias fuerzas, ponerse en el lugar de Dios, y así pierde la dignidad original que se le había dado. Jesús, al contrario, estaba "en la condición de Dios", pero se ha abajado, se ha sumergido en la condición humana, en la plena fidelidad al Padre, para redimir al Adán que está en nosotros, y para restituir al hombre la dignidad que había perdido. Los Padres destacan que Él se hizo obediente, restituyendo a la naturaleza humana, a través de su humanidad y obediencia, aquello que se había perdido por la desobediencia de Adán.

En la oración, en la relación con Dios, abrimos la mente, el corazón, la voluntad a la acción del Espíritu Santo para entrar en esa misma dinámica de vida, como afirma san Cirilo de Alejandría, cuya fiesta celebramos hoy: "La acción del Espíritu nos quiere transformar por la gracia, en una copia perfecta de su humillación" (Lettera Festale 10, 4). La lógica humana, sin embargo, busca a menudo la realización de sí mismo en el poder, en el dominio, en los medios poderosos. El hombre todavía quiere construir con sus propias fuerzas la torre de Babel para llegar a la altura de Dios mismo, para ser como Dios. La Encarnación y la Cruz nos recuerdan que la plena realización está en el conformar la propia voluntad humana a la del Padre, en el vaciarse del propio egoísmo, para llenarse del amor, de la caridad de Dios y así llegar a ser verdaderamente capaces de amar a los demás. El hombre no se encuentra a sí mismo permaneciendo encerrado en sí, afirmándose en sí mismo. El hombre se encuentra solo saliendo de sí mismo, solo si salimos de nosotros mismos nos encontramos. Y si Adán quería imitar a Dios, esto en sí mismo no es malo, pero se equivocó en la idea de Dios. Dios no es uno que solo quiere la grandeza. Dios es amor que se entrega desde ya en la Trinidad, y luego en la creación. E imitar a Dios significa salir de sí mismo, darse en el amor.

En la segunda parte de este "himno cristológico" de la Carta a los Filipenses, el sujeto cambia; ya no es Cristo, sino es Dios Padre. San Pablo insiste en que precisamente, por la obediencia a la voluntad del Padre, "Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre" (Fil. 2,9). Aquel que se ha abajado profundamente, tomando la condición de esclavo, ha sido exaltado, elevado por encima de todas las cosas por el Padre, que le dio el nombre de Kyrios, "Señor," la suprema dignidad y el señorío. Frente a este nuevo nombre, por cierto, que es el mismo nombre de Dios en el Antiguo Testamento, "toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese: que ‘Cristo Jesús es Señor’, para gloria de Dios Padre" (vv. 10-11). El Jesús que se exalta es el de la Última Cena, que se quita las vestiduras, se ciñe la cintura con una toalla, se inclina a lavar los pies a los apóstoles y les pregunta: "¿Comprenden lo que he hecho por ustedes? Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros" (Jn. 13,12-14). Es importante recordar esto siempre en nuestra oración y en nuestra vida: "el ascenso hasta Dios está en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios y por lo tanto la fuerza verdaderamente purificadora, que hace al hombre capaz de percibir y de ver a Dios"(Gesù di Nazaret, Milano 2007, p. 120).

El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece dos claves importantes para nuestra oración. La primera es la invocación: "Señor", dirigida a Jesucristo, sentado a la diestra del Padre: Él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos "dominadores" que la quieren dirigir y orientar. Por ello, se debe tener una escala de valores en los que la primacía le pertenece a Dios, para decir con san Pablo: "Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor" (Fil. 3,8). El encuentro con el Señor resucitado nos ha hecho comprender que él es el único tesoro por el que vale la pena consumir la propia existencia.

La segunda indicación es la postración, el "ponerse de rodillas" en la tierra y en el cielo, recordando las palabras del profeta Isaías, con la que indica la adoración que todas las criaturas deben a Dios (cf. 45,23). La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el arrodillarse en la oración, expresan una actitud de adoración ante Dios, aún con el cuerpo. De ahí la importancia de hacer este gesto no por la costumbre y con prisa, sino con una conciencia profunda. Cuando nos arrodillamos ante el Señor, confesamos nuestra fe en Él, conscientes de que Él es el único Señor de nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, en nuestra oración fijamos nuestra mirada en el crucifijo, nos detenemos en adoración ante la Eucaristía con frecuencia, para hacer entrar nuestra vida en el amor de Dios, que se humilló a sí mismo con humildad para elevarse hasta Él. Al inicio de la catequesis nos preguntábamos cómo san Pablo podría alegrarse ante el riesgo inminente de su martirio y de su derramamiento de sangre. Esto sólo es posible debido a que el apóstol nunca ha quitado la mirada de Cristo, hasta imitarlo conforme a la muerte "tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Fil. 3,11). Al igual que san Francisco ante el crucifijo, decimos también nosotros: Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón. Dame una fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y discernimiento para hacer tu verdadera y santa voluntad. Amén (cf. Oración ante el Crucifijo: FF [276]).

martes, 26 de junio de 2012

SANTORAL: San Josemaría Escrivá de Balaguer


Josemaría Escrivá de Balaguer nace en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902, segundo de los seis hijos que tuvieron José Escrivá y María Dolores Albás. Sus padres, fervientes católicos, le llevaron a la pila bautismal el día 13 del mismo mes y año, y le transmitieron —en primer lugar, con su vida ejemplar— los fundamentos de la fe y las virtudes cristianas: el amor a la Confesión y a la Comunión frecuentes, el recurso confiado a la oración, la devoción a la Virgen Santísima, la ayuda a los más necesitados.

En el invierno de 1917-18 tiene lugar un hecho que influirá decisivamente en el futuro de Josemaría Escrivá: durante las Navidades, cae una intensa nevada sobre la ciudad, y un día ve en el suelo las huellas heladas de unos pies sobre la nieve; son las pisadas de un religioso carmelita que caminaba descalzo. Entonces, se pregunta: —Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo? De este modo, surge en su alma una inquietud divina: Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor. Sin saber aún con precisión qué le pide el Señor, decide hacerse sacerdote, porque piensa que de ese modo estará más disponible para cumplir la voluntad divina. 

La ordenación sacerdotal

Terminado el Bachillerato, comienza los estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño y, en 1920, se incorpora al de Zaragoza, en cuya Universidad Pontificia completará su formación previa al sacerdocio. Su carácter generoso y alegre, su sencillez y serenidad hacen que sea muy querido entre sus compañeros. Su esmero en la vida de piedad, en la disciplina y en el estudio sirve de ejemplo a todos los seminaristas, y en 1922, cuando sólo tenía veinte años, el Arzobispo de Zaragoza le nombra Inspector del Seminario.

El 28 de marzo de 1925, Josemaría es ordenado sacerdote por Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, en la iglesia del Seminario de San Carlos de Zaragoza, y dos días después celebra su primera Misa solemne en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar.

En abril de 1927, con el beneplácito de su Arzobispo, comienza a residir en Madrid para realizar el doctorado en Derecho Civil, que entonces sólo podía obtenerse en la Universidad Central de la capital de España. Aquí, su celo apostólico le pone pronto en contacto con gentes de todos los ambientes de la sociedad: estudiantes, artistas, obreros, intelectuales, sacerdotes. En particular, se entrega sin descanso a los niños, enfermos y pobres de las barriadas periféricas.

Fundación del Opus Dei

El 2 de octubre de 1928 nace el Opus Dei. Josemaría está realizando unos días de retiro espiritual, y mientras medita los apuntes de las mociones interiores recibidas de Dios en los últimos años, de repente ve —es el término con que describirá siempre la experiencia fundacional— la misión que el Señor quiere confiarle: abrir en la Iglesia un nuevo camino vocacional, dirigido a difundir la búsqueda de la santidad y la realización del apostolado mediante la santificación del trabajo ordinario en medio del mundo sin cambiar de estado. Pocos meses después, el 14 de febrero de 1930.

Éste es el fin que asignará a las iniciativas de los fieles del Opus Dei: elevar hacia Dios, con la ayuda de la gracia, cada una de las realidades creadas, para que Cristo reine en todos y en todo; conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios. Se comprende así que pudiera exclamar: Se han abierto los caminos divinos de la tierra.

Expansión apostólica

En 1933, promueve una Academia universitaria porque entiende que el mundo de la ciencia y de la cultura es un punto neurálgico para la evangelización de la sociedad entera. En 1934 publica —con el título de Consideraciones espirituales— la primera edición de Camino, libro de espiritualidad del que hasta ahora se han difundido más de cuatro millones y medio de ejemplares, con 372 ediciones, en 44 lenguas.

En 1943, por una nueva gracia fundacional que recibe durante la celebración de la Misa, nace —dentro del Opus Dei— la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que se podrán incardinar los sacerdotes que proceden de los fieles laicos del Opus Dei. La plena pertenencia de fieles laicos y de sacerdotes al Opus Dei, así como la orgánica cooperación de unos y otros en sus apostolados, es un rasgo propio del carisma fundacional, que la Iglesia ha confirmado en 1982, al determinar su definitiva configuración jurídica como Prelatura personal. 

Espíritu Romano y universal

Apenas vislumbró el fin de la guerra mundial, Josemaría comienza a preparar el trabajo apostólico en otros países, porque —insistía— quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica. En 1946 se traslada a Roma, con el fin de preparar el reconocimiento pontificio del Opus Dei. El 24 de febrero de 1947, Pío XII concede el decretum laudis; y el 16 de junio de 1950, la aprobación definitiva. La sede central del Opus Dei queda establecida en Roma, para servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida, en estrecha adhesión a la cátedra de Pedro y a la jerarquía eclesiástica. En repetidas ocasiones, Pío XII y Juan XXIII le hacen llegar manifestaciones de afecto y de estima; Pablo VI le escribirá en 1964 definiendo el Opus Dei como «expresión viva de la perenne juventud de la Iglesia».

El mundo es muy pequeño, cuando el Amor es grande: el deseo de inundar la tierra con la luz de Cristo le lleva a acoger las llamadas de numerosos Obispos que, desde todas las partes del mundo, piden la ayuda de los apostolados del Opus Dei a la evangelización. 

Santidad en medio del mundo 

Estaba profundamente convencido de que para alcanzar la santidad en el trabajo cotidiano, es preciso esforzarse para ser alma de oración, alma de profunda vida interior. Cuando se vive de este modo, todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentando ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche. Todo trabajo puede ser oración, y todo trabajo, que es oración, es apostolado.

La raíz de la prodigiosa fecundidad de su ministerio se encuentra precisamente en la ardiente vida interior que hace de Josemaría un contemplativo en medio del mundo: una vida interior alimentada por la oración y los sacramentos, que se manifiesta en el amor apasionado a la Eucaristía, en la profundidad con que vive la Misa como el centro y la raíz de su propia vida, en la tierna devoción a la Virgen María, a San José y a los Ángeles Custodios; en la fidelidad a la Iglesia y al Papa.

El encuentro definitivo con la Santísima Trinidad

El 26 de junio de 1975, a mediodía, Josemaría muere en su habitación de trabajo, a consecuencia de un paro cardiaco, a los pies de un cuadro de la Santísima Virgen a la que dirige su última mirada. En ese momento, el Opus Dei se encuentra presente en los cinco continentes, con más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades. Las obras de espiritualidad de Mons. Escrivá de Balaguer (Camino, Santo Rosario, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios, La Iglesia, nuestra Madre, Via Crucis, Surco, Forja) se han difundido en millones de ejemplares.

Después de su fallecimiento, un gran número de fieles pide al Papa que se abra su causa de canonización. El 17 de mayo de 1992, en Roma, S.S. Juan Pablo II eleva a Josemaría Escrivá a los altares, en una multitudinaria ceremonia de beatificación. La Canonización la realiza el hoy Beato Juan Pablo II el 6 de octubre de 2002.


lunes, 25 de junio de 2012

ACTUALIDAD: Chaparrones anticlericales


Llevamos una buena temporada empalmando chaparrones contra la Iglesia, uno detrás de otro. ¿Qué actitud deberíamos tener en la presente situación? ¿Repetir el dicho erróneamente atribuido al Quijote de Cervantes: “Ladran, luego cabalgamos”?... O ¿tal vez, hacer nuestro el pensamiento de Kierkegaard: “Toma consejo de tu enemigo”? A buen seguro que la respuesta correcta no habrá de ser simplista. Podemos percibir que detrás de cada acusación, de cada ataque, de cada incomprensión… se esconde una ocasión de purificación y de autentificación de nuestra identidad evangélica.

Ahora bien, la disposición de aprender de nuestros errores y de mantener una actitud humilde en nuestro diálogo con la sociedad, no hay que confundirla con el miedo a expresarnos sin complejos ni con la pretensión de dar por bueno el asfixiante clima anticlerical en el que estamos inmersos. A los hechos me remito: Estrangulamiento de la Escuela Católica, discriminación de la asignatura de Religión en la Escuela Pública, imposición de la ideología de género en la enseñanza y en los medios de comunicación; linchamiento mediático y político a los obispos que se atreven a discrepar de lo políticamente correcto; trato vejatorio hacia la Iglesia en muchos medios de comunicación; puesta bajo sospecha criminal de forma generalizada a los sacerdotes y religiosas; acusaciones de ‘robar al pueblo’ por el simple hecho de inscribir los bienes eclesiales en el registro de propiedad; manipulación de datos fiscales y económicos hasta el punto de presentar a la Iglesia como heredera de unos privilegios franquistas… etc., etc., etc.

Uno de los últimos episodios de anticlericalismo que estamos viviendo es la polémica suscitada en torno a la exención del Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI). Algunos partidos políticos están contribuyendo a la ceremonia de la confusión presentando mociones en ayuntamientos y parlamentos autonómicos, que propugnan el pago del IBI por parte de la Iglesia, a pesar de ser plenamente conscientes de que no tienen competencias para ello. Pues bien, digámoslo con caridad y claridad: La Iglesia no quiere tener privilegios, pero tampoco está dispuesta a ser discriminada.

La Iglesia en España no está sometida, en términos generales, a un régimen especial en materia fiscal, sino al mismo régimen que se les aplica a otras instituciones no lucrativas del país, según la Ley de Mecenazgo de 2002. Es el caso de las asociaciones sin afán de lucro que trabajan en favor del bien común: fundaciones, asociaciones de utilidad pública, federaciones deportivas, ONGs de desarrollo que cumplen determinadas condiciones, partidos políticos, sindicatos, otras confesiones religiosas que tienen reconocimiento del Estado… Para que nos hagamos una idea, el IBI eximido a la Iglesia en Madrid, supone tan solo el 5% del montante total de las exenciones concedidas al conjunto de todas esas asociaciones.

Ni que decir tiene que si un día cambiase el régimen fiscal, la Iglesia asumiría la nueva situación y seguiría sirviendo al bien común; aunque lógicamente habríamos de hacerlo con menos recursos. Confío en que después de lo explicado, se entienda mejor nuestra perplejidad, al comprobar cómo unos partidos políticos que están exentos de pagar el IBI por sus sedes y locales, pidan que la Iglesia pague el IBI que ellos no pagan… ¿Pensarán acaso que la Iglesia tiene más responsabilidad que la clase política en el hecho de que la economía haya sido conducida al borde de la bancarrota?

Arrastramos el falso sambenito de que el Estado español financia a la Iglesia Católica. Para sustentar tal intoxicación, se han llegado a presentar ante la opinión pública datos en los que se contabiliza el dinero de los conciertos con las escuelas católicas, como un dinero de subvención a la Iglesia. ¡Lo cual ya es el colmo! En realidad, lo cierto es que cada plaza escolar de la red pública cuesta al Estado 3.518 € anuales. Sin embargo, el concierto económico del Estado con la escuela concertada abona tan solo 1.841 € por plaza. Sacando la calculadora concluimos que la Iglesia ahorra al Estado sólo en materia de enseñanza del orden de 4.399 millones de euros anuales. A dicha cifra habría que añadir la cuantía del ahorro que la Iglesia supone para el Estado en materia de sanidad (con sus hospitales), por medio de CARITAS, en el voluntario social… etc. El cómputo total es muy difícil de realizar, dado que algunos conceptos no son fácilmente evaluables. Pero en cualquier caso, muchos de los cálculos superan los treinta mil millones de euros anuales.

¿Cómo es posible que se llegue a deformar y a falsear la realidad, hasta el punto de presentar a la Iglesia como un parásito social que vive del erario público? Recientemente, un diario nacional de gran difusión y de carácter marcadamente anticlerical, publicaba un reportaje sobre las finanzas de la Iglesia. La Conferencia Episcopal Española envió un artículo rebatiendo en profundidad todas las manipulaciones del reportaje. Pero… ¡el periódico en cuestión se negó a publicarlo! (cf. www.enticonfio.org/datos1). La Iglesia quiere cuidar la actitud de sencillez y respeto, sin alimentar las objeciones del anticlericalismo. Pero nadie nos puede pedir que renunciemos a la libertad de expresión, ni a la libertad religiosa. Sabemos y confiamos en que “la verdad nos hará libres” (cf. Jn 8, 32).

Mons. José Ignacio Munilla Aguirre
Obispo de San Sebastián, España