martes, 26 de febrero de 2013

ENTREVISTAS: “Las previsiones de los vaticanistas expertos no aciertan nunca”



«No podemos robarle al Espíritu Santo su trabajo», reconoce Messori.

El escritor italiano fue el primero en que dio a conocer al gran público el pensamiento del cardenal Ratzinger con su ya famoso "Informe sobre la fe".

«Benedicto XVI tiene una grande devoción por María y una predilección particular hacia Lourdes, por la claridad cristalina de esa aparición. Por tanto, no puede ser casualidad que haya elegido el 11 de febrero como día para anunciar su renuncia al Papado».

Vittorio Messori, el escritor italiano más traducido del mundo, ha dedicado a Lourdes y a las apariciones de la Virgen a Bernadette muchos años de profundos estudios, que han encontrado una primera síntesis en «Bernadette no nos ha engañado» (que publicará LibrosLibres en octubre de este año), un libro publicado recientemente por la editorial Mondadori. Y conoce muy bien a Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, cuya amistad nació con ocasión del libro-entrevista al entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Las circunstancias que han acompañado la publicación de aquel libro, «Informe sobre la fe», en 1985, han contribuido sin ninguna duda a crear una relación: «Estábamos todavía en plena contestación eclesial —recuerda Messori—, y entonces no era en absoluto fácil llamarse «Ratzingeriano» dentro de la Iglesia: alrededor de él circulaba una leyenda negra, era definido como el ´oscuro´ Prefecto del Santo Oficio, el perseguidor, el panzerkardinal y cosas así. Yo incluso tuve que esconderme, desaparecer por más de un mes, me retiré en la montaña porque los sacerdotes del diálogo, los curas ecuménicos, esos de la tolerancia, querían acabar conmigo literalmente: cartas anónimas, llamadas telefónicas nocturnas. Mi culpa no era solamente haber dado voz al cardenal nazi, sino además haberle dado razón».

De este modo, empezaron a verse asiduamente, «a menudo íbamos juntos al restaurante», y muchas veces han hablado de Lourdes, con la que comparten una curiosa circunstancia: Messori y Ratzinger han nacido el día 16 de abril, el dies natalis de Bernadette.

- Por tanto, Messori, la elección del 11 de febrero no ha sido una casualidad en absoluto.

- Yo diría que no. El por qué ha elegido esta fecha es la primera pregunta que yo mismo me he hecho, y me ha parecido que ha tomado la inspiración de su «amado y venerado predecesor», como siempre ha llamado a Juan Pablo II: el 11 de febrero entró en el calendario universal de la Iglesia, en tiempos de León XIII, como fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, y dada la conexión que tiene este santuario con la enfermedad física, Juan Pablo II la declaró Jornada Mundial del Enfermo. Por tanto, Benedicto XVI pretendía hablar de su enfermedad.

- ¿Enfermedad? El portavoz vaticano, el padre Lombardi, ha excluido que el motivo de la renuncia haya sido una enfermedad.

- «Senectus ipsa est morbus», decían los latinos: la vejez misma es una enfermedad. A sus 86 años, aunque si no estás formalmente enfermo, existe una enfermedad unida a la edad. El Papa se siente enfermo porque es muy anciano, así que yo creo que él ha elegido precisamente ese día para reconocerse como enfermo entre los enfermos. Y también para hacer un homenaje y una especie de invocación a la Virgen: no solamente a la Virgen de Lourdes, sino a la Virgen en cuanto tal.

- El Papa ha hablado en diversas ocasiones de Fátima también, pero quizá con Lourdes mantiene una relación particular.

- De Lourdes hemos hablado a menudo durante estos 25 años, y seguramente ha aprovechado el 150 aniversario de las apariciones para ir a visitarlo (septiembre de 2008). Para hacernos una idea de lo que suscita Lourdes en él, basta pensar que en aquel día y medio que ha estado allí, estaban previstos tres grandes discursos suyos. Pues bien, en realidad el Papa ha hablado nada menos que quince veces, de improviso y a menudo se conmovía. Y siempre haciendo una llamada a la devoción a María y a la figura de Bernadette. Ha sido arrastrado a hablar de Fátima de alguna manera por las circunstancias del atentado del Papa, pero tengo la impresión de que, instintivamente, su preferencia se dirige hacia la claridad cristalina de Lourdes, más que al nudo tan complejo que representa Fátima. Considera Fátima incluso demasiado compleja, ama la claridad cristalina de Lourdes: allí no hay secretos, todo está claro.

- Muchos líderes de opinión han interpretado la renuncia de Ratzinger como una especie de rendición ante las dificultades.

- Existen aparentes rendiciones que en realidad son un signo de fuerza, de humildad. La libertad católica es mucho más grande de cuanto se piensa. Existen temperamentos diversos, historias diversas, carismas diversos, y todos ellos se han de respetar porque forman parte de la sacrosanta libertad del creyente. En Juan Pablo II prevalecía el lado místico, era un místico oriental. Mientras en Ratzinger prevalece la racionalidad del occidental, del hombre moderno. Por ello, se dan dos posibles elecciones: la mística, la del Papa Wojtyla, que persevera y resiste hasta el final; o la elección de la razón, como Ratzinger: reconocer que no se tienen ya las energías físicas y que la Iglesia, por el contrario, necesita una guía con grandes energías, por lo que, por el bien de la Iglesia, es mejor dejarlo. Ambas decisiones son evangélicas.

- El Papa Ratzinger siempre ha impresionado por su gran humildad.

- De hecho, su decisión está marcada por una gran humildad, una virtud que siempre ha sido evidente en él. Recuerdo todavía un episodio del lejano 1985 que me había impresionado particularmente: después de tres días enteros de entrevistas pensadas para «Informe sobre la fe», antes de despedirnos, yo le dije: «Eminencia, con todo lo que me ha contado de la situación de la Iglesia (repito, eran los años de la contestación todavía), permítame una pregunta: ¿Consigue usted dormir bien por la noche?». Él, con su rostro de eterno muchacho, y con los ojos de par en par me respondió: «Yo duermo muy bien, porque soy consciente de que la Iglesia no es nuestra, es de Cristo, nosotros solamente somos siervos inútiles: yo por la noche hago examen de conciencia, si constato que durante la jornada he hecho con buena voluntad todo aquello que podía hacer, duermo tranquilo». Raztinger tiene clarísimo que no estamos llamados a salvar a la Iglesia, sino a servirla, y si no puedes más, la sirves de otro modo, te arrodillas y rezas. La salvación es una cuestión que atañe a Cristo.

Así que me parece que estas dimisiones van en esta línea, en el sentido de no tomarse demasiado en serio. Haz hasta el final tu deber y, cuando te des cuenta de que no puedes más, que las fuerzas ya no te acompañan, entonces recuerdas que la Iglesia no es tuya y pasas el testigo, y vas a hacer un trabajo para la Iglesia que, en la perspectiva de la Iglesia es el mayor, el más valioso: el trabajo de rezar y el trabajo de ofrecer a Cristo tu sufrimiento. Lo veo como un acto de gran humildad, de consciencia de que le toca a Cristo salvar a la Iglesia, nosotros, pobres hombres, no tenemos que salvarla, incluso si eres el Papa.

- El sábado pasado hablando a los seminaristas del Seminario romano ha dicho que, incluso cuando se piensa que la Iglesia va a acabar, en realidad siempre se está renovando. ¿Qué renovación ha traído el Pontificado de Benedicto XVI?

- A menudo se olvida que él, al comienzo del pontificado, dijo: mi programa es no tener programas, en el sentido de someterse a los acontecimientos que la Providencia le ponía delante. El gran diseño estratégico consistía, en el fondo, en esto, simplemente confirmar al rebaño en la fe. En este sentido, siempre he sentido una gran sintonía con él, siempre ha sido un Papa convencido de la necesidad de relanzar la apologética, de reencontrar las razones de la fe. Él también estaba convencido, como yo, que los muchos así llamados problemas graves de la Iglesia son, en realidad, secundarios: los problemas de la institución, los problemas eclesiales, la administración, los mismos problemas morales y litúrgicos, son efectivamente muy importantes, pero en torno a ellos existe una pelea eclesial que, sin embargo, —lo ha dicho él mismo en el documento de convocaba el Año de la Fe— da por descontado la fe, cosa que no es verdad. ¿Qué estamos haciendo peleando entre nosotros sobre cómo organizar mejor los dicasterios romanos, y también sobre los principios no negociables, qué cosa estamos haciendo peleando y organizando defensas si ya no creemos que el Evangelio es verdad? Si ya no creemos en la divinidad de Jesucristo, todo el resto es un hablar vacío. Y, de hecho, no por casualidad, su último acto ha sido convocar el Año de la Fe: pero de la fe entendida en el sentido apologético, intentar demostrar que el cristiano no es un cretino, tratar de demostrar que nosotros no creemos en fáculas, intentar demostrar cuáles son las razones para creer. Sus grandes líneas estratégicas consisten solamente en esto: reconfirmar las razones por las que se puede apostar por la verdad del Evangelio. El resto se afrontará día a día. Y esto lo ha hecho, lo ha hecho de la mejor manera.

- Entonces, sería justo afirmar que el Año de la Fe es su verdadera herencia.

- Sí, el Año de la Fe es su herencia, esta es la herencia que tenemos que tomar en serio. En la Iglesia, en perspectiva de futuro, la apologética debe tener un papel fundamental, porque, si no es verdadera la base, todo el resto es absurdo. Benedicto XVI nos deja la seguridad de que tenemos que redescubrir las razones para creer.

- Si hablamos de herencia, pensamos inmediatamente en quién podrá recogerla. Es verdad que la pregunta nace en aquellos que comparten esta prioridad...

- No podemos robarle al Espíritu Santo su trabajo. Las previsiones de los llamados expertos, cuando se trata de Cónclave, se realizan para ser desmentidas. Normalmente no aciertan nunca. La impresión es que el Espíritu Santo se divierte tomándonos el pelo: los grandes voceros, los grandes expertos, los grandes vaticanistas, dan por seguro uno u otro, y después eligen a uno diferente. Recuerdo en 1978, trabajaba en La Stampa, estaba en la redacción cuando han elegido al Papa Luciani: cuando lo anunciaron hubo un gran pánico, porque los grandes vaticanistas que teníamos nos habían pedido tener preparadas algunas biografías, ya que el Papa saldría seguro de un elenco de papables, y, por el contrario, nada: cuando ha sido elegido Luciani nos hemos dado cuenta de que en el archivo de La Stampa no teníamos ni siquiera una foto. La misma historia se repitió dos meses después con Wojtyla: todos habían previsto este o este otro, y, por el contrario, cuando lo anunciaron pánico de nuevo: no sabíamos ni siquiera como se escribía su nombre.

- Pensando en estos años de pontificado, alguno deja entrever el hecho de que no haya sido muy «afortunado» en su elección de los colaboradores, que lo han metido en grandes dificultades a menudo.

- Ratzinger ha sido durante un cuarto de siglo prefecto en la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero ha vivido siempre apartado, he tenido la impresión siempre de que estaba un poco aislado con respecto a la Curia. Él tenía un vínculo muy fuerte con Wojtyla, funcionaba en tándem con él: no ha habido ninguna decisión teológica que Wojtyla haya tomado que no haya consultado antes con Ratzinger. Pero, he siempre tenido la impresión de que era, diría que por decisión propia, extraño a la Curia, a sus círculos, a sus juegos, a sus formaciones. Y creo que, una vez elegido Papa para su sorpresa, en el fondo no tenía suficientes conocimientos sobre los mecanismos o las personas. Después, algunas decisiones eran de alguna manera obligadas, pero seguramente no estaba lo suficientemente al corriente de cómo eran las cosas.

- Se dice que la Curia no le ha querido nunca...

- Es cierto que la Curia no lo ha querido nunca. Wojtyla había elegido hacer un pontificado itinerante y, de esta manera, ha dejado que la Curia fuera hacia adelante de forma autónoma; de este modo, la Curia se ha aprovechado, por lo que, con todo esto, aquellos viejos zorros de los dicasterios se encontraban a gusto con Wojtyla, el Papa estaba lejos, no se ocupaba de los asuntos cotidianos. Por el contrario, Ratzinger ha viajado poco, quería saber, quería meter las narices. Dado que sabía poco de la Curia, ha comenzado a informarse y ha comenzado a hacer cambios, retiros, avances, aún con su delicadeza. Y esto no ha gustado, por lo que, incluso como Papa, ha continuado siendo aislado.

Riccardo Cascioli / La Nuova Bussola Quotidiana

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