viernes, 8 de febrero de 2013

INTENCIONES DEL PAPA: Febrero de 2013



Queridos amigos y hermanos del blog: el Santo Padre Benedicto XVI indica para cada año y para cada mes, cuales son las intenciones generales y misioneras de la Iglesia en todo el mundo, por las que quiere que se ore. Éstas intenciones las confía al Apostolado de la Oración, quienes propagan en el mundo entero la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a fin de que éste las difunda con la mayor amplitud posible. Les comparto ahora las intenciones para este mes de febrero de 2013 con una síntesis del comentario que ofrece el P. Claudio Barriga, S.J., Director General Delegado del Apostolado de la Oración.

La INTENCIÓN GENERAL para FEBRERO 2013 es: “Que se apoye y acompañe a las familias de inmigrantes en sus dificultades, especialmente a las madres”.

COMENTARIO PASTORAL: Según la Organización Internacional de Migraciones (OIM), en la última década la cantidad de personas migrantes aumentó de 150 millones en el año 2000 a 214 millones en el 2010, acentuada por la pobreza de los pueblos, las guerras, los cambios climáticos y los desastres naturales. En la historia, la mayoría de los migrantes han sido hombres, padres de familia, que partían y años más tarde, enviaban por sus esposas e hijos o bien, ahorraban dinero para regresar a casa. Hoy, la migración es crecientemente femenina, madres que huyen de un ambiente de violencia intrafamiliar y abandono, mujeres que fueron dejadas atrás, muchas veces con hijos pequeños, por hombres que nunca regresaron y deben emprender ellas mismas, jóvenes y solas, una migración clandestina, pagando por el viaje altos intereses. Siendo vulnerables, están expuestas a situaciones de explotación y violencia, quedan atrapadas en una serie de actividades subvaloradas, sobre todo si son “indocumentadas” pudiendo ser “víctimas de la trata de personas”.

Las mujeres son hoy el 49 por ciento de todos los migrantes y solo un pequeño porcentaje de quienes parten regresan, por lo que con frecuencia se observan familias “fracturadas”, separadas por grandes distancias que viven con la esperanza de la reunión; se llaman “familias trasnacionales”. La separación de estas familias causa estrés, sobretodo en la madre que emigra y en los hijos menores de edad que quedan en el país de origen. Se genera ansiedad, tristeza, miedo sentimientos de frustración y baja autoestima repercutiendo en su salud mental y física. Al llegar al país de acogida, se experimenta un “shock cultural”, que comienza con entusiasmo y optimismo y puede terminar con la adaptación, o el rechazo a la nueva cultura si el inmigrado se encuentra marginado y aislado socialmente. Aun cuando la separación se dé en un proceso planeado como la migración voluntaria, siempre hay efectos en los que emigran y en los que se quedan; efectos que empeoran en los casos de migración forzada, por ejemplo en las familias que escapan de la guerra o son víctimas de tortura. La desintegración familiar conlleva a veces a serios problemas psico-sociales como alcoholismo, drogadicción, pandillerismo, etc. Los hijos de migrantes se sienten abandonados, son vulnerables, con problemas de identidad, deserción escolar y a veces son víctimas de abuso sexual y maltrato infantil.

Necesitamos reflexionar sobre las consecuencias que tales daños pueden ocasionar. Si bien la reunificación familiar constituye la solución para erradicar la desintegración familiar, es solo un primer paso a la solución de los problemas de la migración; considerando que las familias viven en una situación que no recibe la debida atención; es necesaria la aplicación de estrategias de prevención e intervención en beneficio de las personas que migran y sus familias. Las familias trasnacionales e inmigradas necesitan ser escuchadas por nosotros y compartir sus experiencias de vida apoyándoles en el buen funcionamiento de la integración familiar, en la educación de sus hijos; ayudándoles a darse cuenta de sus propias capacidades, darles la oportunidad de modificar la tendencia al aislamiento y a la sumisión que a veces provoca el proceso migratorio. Tenemos la responsabilidad de hacer que la diversidad sea aceptada en la pareja, en la familia y en nuestra sociedad, acogiendo adecuadamente a padres, madres e hijos de las familias migrantes. Necesitamos generar una relación intercultural, difundir las normas a cumplir en el país receptor; iniciar estrategias a favor de la educación y la sensibilización en derechos humanos; favorecer la participación de grupos de ayuda o de redes de apoyo social hacia una verdadera integración y amor entre los pueblos.

Leticia Marin
Psicóloga Transcultural, trabaja con
familias migrantes en Italia y
Latinoamérica.

La INTENCIÓN MISIONERA para FEBRERO 2013 es: “Que quienes sufren por causa de guerras y conflictos sean protagonistas de un futuro de paz”.

COMENTARIO PASTORAL: Actualmente existen aproximadamente 40 conflictos armados significativos en todo el mundo. En la guerra del tiempo moderno, el número de víctimas civiles, como proporción del total de víctimas, ha aumentado. Las personas vulnerables, incluyendo niños, personas ancianas y los enfermos son afectados de manera desproporcionada. El conflicto armado destruye las comunidades y los ecosistemas, causa el desplazamiento interno y obliga a la gente a abandonar sus países, y muchos viven como refugiados en condiciones precarias, y algunos de ellos son apátridas, sin nación propia.

Los efectos materiales, psicológicos, emotivos y espirituales de la guerra continúan existiendo durante generaciones, mucho tiempo después que las armas se han silenciado. La guerra es inherentemente destructiva del desarrollo sostenible. Los pueblos luchan por vencer, o superar la pobreza cuando los miembros de la familia han muerto o se han dispersado, y cuando sus poblados, hogares, escuelas y hospitales han sido destruidos; su ganado, sus animales y cosechas diezmadas; sus ríos y el agua subterránea contaminada y su tierra llena de basura con minas y toxinas mortales.

El Papa Benedicto XVI orando “para que los pueblos que están en guerra y en conflicto puedan conducir a “la construcción de un futuro de paz”, reconoce la potencial o capacidad de los civiles, de los soldados y políticos – tanto los instigadores como las víctimas de la violencia – para contribuir a una paz duradera. Aquellos que instigan a la violencia, teniendo una responsabilidad mayor, como también las víctimas, todos quedan heridos en diferentes maneras. Cada persona afectada por el conflicto puede dejar que su dolor se convierta en amargura y odio. De manera alternativa, puede elegir, con la ayuda de Dios, ser una persona sanadora de los heridos abrazando su sufrimiento e integrándolo en su vida.

Motivado por la fe en un Dios misericordioso y amante, es posible crecer en relaciones que imparten vida – consigo misma, con los demás, con la creación y finalmente con Dios, a pesar de haber tenido experiencias muy negativas. Efectivamente, la paz es un don de Dios. La técnica y las estrategias son importantes, pero los pacificadores más eficaces, los que aportan al mundo una transformación positiva son aquellos que han llegado, verdaderamente, a ser mujeres y hombres no violentos, gente de paz.

Todos conocemos personas inspiradoras, algunas alabadas internacionalmente, pero la mayoría permanecen anónimas. San Francisco de Asís y San Ignacio de Loyola ambos fueron soldados cuyas experiencias pasadas llegaron a formar parte de su proceso de conversión para la integridad y la reconciliación. Más recientemente las Madres de los Desaparecidos en Argentina y el Arzobispo Romero de El Salvador, afectados personalmente por la violencia mostraron el camino para la construcción de un futuro de paz para sus pueblos respectivos. Tú también probablemente puedes nombrar mujeres y hombres que han sabido integrar el trauma de la violencia en sus vidas para convertirse en faros de paz.

Gearóid Francisco Ó’Conaire, ofm
Coordinador del Comité de Justicia y Paz
de las Congregaciones Religiosas Católicas,
en Roma

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