jueves, 28 de febrero de 2013

IGLESIA HOY: Últimas palabras en español del Papa Benedicto XVI “que os acordéis de mí en vuestra oración”



Queridos amigos y hermanos del blog: ante las cerca de 200 mil personas que se reunieron en la Plaza de San Pedro para participar en su última Audiencia General como Obispo de Roma, el Papa Benedicto XVI pidió a los fieles que sigan rezando por él y por los Cardenales electores. En la síntesis de su alocución, en lengua española, el Santo Padre suplicó “que os acordéis de mí en vuestra oración y que sigáis pidiendo por los Señores Cardenales, llamados a la delicada tarea de elegir a un nuevo Sucesor en la Cátedra del apóstol Pedro”.

Durante su catequesis, Benedicto XVI fue repetidamente interrumpido por aplausos y vivas de los fieles y peregrinos que llegaron al Vaticano de distintas naciones del mundo para despedirlo.

Últimas palabras textuales en español, dirigiéndose a los numerosos fieles y peregrinos procedentes de América Latina y de España, de Su Santidad Benedicto XVI:

Muchas gracias por haber venido a esta última audiencia general de mi pontificado. Asimismo, doy gracias a Dios por sus dones, y también a tantas personas que, con generosidad y amor a la Iglesia, me han ayudado en estos años con espíritu de fe y humildad. Agradezco a todos el respeto y la comprensión con la que han acogido esta decisión importante, que he tomado con plena libertad. 

Desde que asumí el ministerio petrino en el nombre del Señor he servido a su Iglesia con la certeza de que es Él quien me ha guiado. Sé también que la barca de la Iglesia es suya, y que Él la conduce por medio de hombres. Mi corazón está colmado de gratitud porque nunca ha faltado a la Iglesia su luz. En este Año de la fe invito a todos a renovar la firme confianza en Dios, con la seguridad de que Él nos sostiene y nos ama, y así todos sientan la alegría de ser cristianos.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y de los países latinoamericanos, que hoy han querido acompañarme. Os suplico que os acordéis de mí en vuestra oración y que sigáis pidiendo por los Señores Cardenales, llamados a la delicada tarea de elegir a un nuevo Sucesor en la Cátedra del apóstol Pedro. Imploremos todos la amorosa protección de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia. Muchas gracias. Que Dios os bendiga.

miércoles, 27 de febrero de 2013

CATEQUESIS DEL PAPA: “No vuelvo a la vida privada ni abandono la cruz, sigo de una nueva manera con el Señor Crucificado”



Queridos amigos y hermanos del blog: Benedicto XVI ha celebrado hoy la última audiencia general de su pontificado. En la Plaza de San Pedro, abarrotada por decenas de miles de personas que querían saludarlo, el Pontífice, emocionado, ha dicho: “Gracias por haber venido en gran número a la última audiencia general de mi pontificado. Gracias, estoy verdaderamente conmovido. Y veo a la Iglesia viva. Pienso que tenemos que dar también las gracias al Creador por el buen tiempo que nos da, ahora, cuando todavía es invierno”.

Les ofrezco a continuación el texto integral pronunciado por el Santo Padre:

“Como el apóstol Pablo en el texto bíblico que hemos escuchado, yo también siento en mi corazón que ante todo tengo que dar gracias a Dios que guía a la Iglesia y la hace crecer, que siembra su Palabra y alimenta así la fe en su Pueblo. En este momento mi corazón se expande y abraza a la Iglesia extendida por todo el mundo, y doy gracias a Dios por las "noticias" que en estos años de ministerio petrino he recibido sobre la fe en el Señor Jesucristo, y sobre la caridad que circula realmente en el cuerpo de la Iglesia y hace que viva en el amor, y sobre la esperanza que nos abre y nos orienta hacia la plenitud de la vida, hacia la patria celestial”.

Siento que os llevo a todos conmigo en la oración, en un presente que es de Dios, en el que recojo cada uno de los encuentros, cada uno de los viajes, cada visita pastoral. Todo y todos reunidos en oración para confiarlos al Señor, porque tenemos pleno conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría e inteligencia espiritual, y por qué nos comportamos de una manera digna de Él y de su amor, llevando fruto en toda buena obra.

En este momento, dentro de mí hay mucha confianza, porque sé, porque todos sabemos que la palabra de verdad del Evangelio es la fuerza de la Iglesia, es su vida. El Evangelio purifica y renueva, da fruto, en todo lugar donde la comunidad de los creyentes lo escucha y recibe la gracia de Dios en la verdad y en la caridad. Esta es mi confianza, esta es mi alegría.

Cuando, el 19 de abril de hace casi ocho años, acepté asumir el ministerio petrino, tenía esta firme certeza que siempre me ha acompañado, esta certeza de la vida de la Iglesia, de la Palabra de Dios. En aquel momento, como ya he dicho varias veces, las palabras que resonaban en mi corazón eran: Señor, ¿por qué me pides esto? Y ¿qué me pides? Es un gran peso el que colocas sobre mis hombros, pero si Tú me lo pides, con tu palabra, echaré las redes, seguro de que me guiarás, también con todas mis debilidades. Y ocho años después puedo decir que el Señor realmente me ha guiado, ha estado cerca de mí, he podido percibir su presencia todos los días. Ha sido un trozo de camino de la Iglesia, que ha tenido momentos de alegría y de luz, pero también momentos difíciles; me he sentido como San Pedro con los Apóstoles en la barca del lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos días de sol y de brisa ligera, días en que la pesca ha sido abundante; también ha habido momentos en que las aguas estaban agitadas y el viento contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir. Pero siempre supe que en aquella barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya. Y el Señor no deja que se hunda: es El quien conduce, ciertamente también a través de los hombres que ha elegido, porque así lo quiso. Esta ha sido una certeza que nada puede empañar. Y por eso hoy mi corazón está lleno de gratitud a Dios porque no ha dejado nunca que a su Iglesia entera y a mí, nos faltasen su consuelo, su luz, su amor.

Estamos en el Año de la fe, que he proclamado para fortalecer nuestra fe en Dios en un contexto que parece dejarlo cada vez más en segundo plano. Me gustaría invitar a todos a renovar la firme confianza en el Señor, a confiarnos como niños en los brazos de Dios, seguros de que esos brazos nos sostienen siempre y son lo que nos permiten caminar todos los días, también entre las fatigas. Me gustaría que cada uno se sintiera amado por ese Dios que ha dado a su Hijo por nosotros y nos ha mostrado su amor sin límites. Quisiera que cada uno de vosotros sintiera la alegría de ser cristiano. Hay una hermosa oración que se reza todas las mañanas y dice: "Te adoro, Dios mío, y te amo con todo mi corazón. Te doy gracias por haberme creado, hecho cristiano... " Sí, alegrémonos por el don de la fe; es el don más precioso, que ninguno puede quitarnos! Demos gracias al Señor por ello todos los días, con la oración y con una vida cristiana coherente. ¡Dios nos ama, pero espera que también nosotros lo amemos!

Pero no es sólo a Dios, a quien quiero dar las gracias en este momento. Un Papa no está sólo en la guía de la barca de Pedro, aunque sea su principal responsabilidad, y yo no me he sentido nunca solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino, el Señor me ha puesto al lado a tantas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia, me han ayudado y han estado cerca de mí. Ante todo. Vosotros, queridos hermanos cardenales: vuestra sabiduría y vuestros consejos, vuestra amistad han sido preciosos para mí. Mis colaboradores, empezando por mi Secretario de Estado, quien me ha acompañado fielmente en estos años; la Secretaría de Estado y toda la Curia Romana, así como a todos aquellos que, en diversos ámbitos, prestan su servicio a la Santa Sede: tantos rostros que no se muestran, que permanecen en la sombra, pero que en silencio, en su trabajo diario, con espíritu de fe y de humildad han sido para mí un apoyo seguro y confiable. Un recuerdo especial para la Iglesia de Roma, ¡mi diócesis! No puedo olvidar a los hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, a las personas consagradas y a todo el Pueblo de Dios en las visitas pastorales, en los encuentros, en las audiencias, en los viajes, siempre he recibido mucha atención y un afecto profundo. Pero yo también os he querido, a todos y a cada uno de vosotros sin excepción, con la caridad pastoral, que es el corazón de cada pastor, especialmente del Obispo de Roma, del Sucesor del Apóstol Pedro. Todos los días he tenido a cada uno de vosotros en mis oraciones, con el corazón de un padre.

Querría que mi saludo y mi agradecimiento llegase a todos: el corazón de un Papa se extiende al mundo entero. Y me gustaría expresar mi gratitud al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, que hace presente la gran familia de las Naciones. Aquí también pienso en todos los que trabajan para una buena comunicación y les doy las gracias por su importante servicio.

Ahora me gustaría dar las gracias de todo corazón a tanta gente de todo el mundo que en las últimas semanas me ha enviado pruebas conmovedoras de atención, amistad y oración. Sí, el Papa nunca está solo, ahora lo experimento de nuevo en un modo tan grande que toca el corazón. El Papa pertenece a todos y tantísimas personas se sienten muy cerca de él. Es cierto que recibo cartas de los grandes del mundo – de los Jefes de Estado, líderes religiosos, representantes del mundo de la cultura, etc.-. Pero también recibo muchas cartas de gente ordinaria que me escribe con sencillez, desde lo más profundo de su corazón y me hacen sentir su cariño, que nace de estar juntos con Cristo Jesús, en la Iglesia. Estas personas no me escriben como se escribe a un príncipe o a un gran personaje que uno no conoce. Me escriben como hermanos y hermanas, hijos e hijas, con un sentido del vínculo familiar muy cariñoso. Así, se puede sentir que es la Iglesia - no es una organización, no es una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunidad de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos. Experimentar la Iglesia de esta manera y casi poder tocar con las manos la fuerza de su verdad y de su amor es una fuente de alegría, en un tiempo en que muchos hablan de su decadencia. Y, sin embargo, vemos como la Iglesia hoy está viva.

En estos últimos meses, he sentido que mis fuerzas han disminuido, y he pedido a Dios con insistencia en la oración que me iluminase con su luz para que me hiciera tomar la decisión más justa no para mi bien, sino para el bien de la Iglesia. He dado este paso con plena conciencia de su gravedad y también de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia significa también tener el valor de tomar decisiones difíciles, sufridas, teniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no el de uno mismo.

Permitid que vuelva una vez más al 19 de abril de 2005. La gravedad de la decisión reside precisamente en el hecho de que a partir de aquel momento yo estaba ocupado siempre y para siempre por el Señor. Siempre - quien asume el ministerio petrino ya no tiene ninguna privacidad-. Pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. Su vida es, por así decirlo, totalmente carente de la dimensión privada. He podido experimentar, y lo experimento precisamente ahora, que uno recibe la propia vida cuando la da. Dije antes que mucha gente que ama al Señor ama también al Sucesor de San Pedro y le quieren; que el Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas en todo el mundo, y que él se siente seguro en el abrazo de su comunión, porque ya no se pertenece a sí mismo, pertenece a todos y todos le pertenecen.

El "siempre" es también un "para siempre" - no existe un volver al privado. Mi decisión de renunciar al ejercicio del ministerio activo, no lo revoca. No regreso a la vida privada, a una vida de viajes, reuniones, recepciones, conferencias, etc. No abandono la cruz, sigo de un nuevo modo junto al Señor Crucificado. No ostento la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, sino que resto al servicio de la oración, por así decirlo, en el recinto de San Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como Papa, me servirá de gran ejemplo en esto. Él nos mostró el camino a una vida que, activa o pasiva, pertenece totalmente a la obra de Dios.

Doy las gracias a todos y cada uno, también por el respeto y la comprensión con la que habéis acogido esta decisión tan importante. Seguiré acompañando el camino de la Iglesia con la oración y la reflexión, con la dedicación al Señor y a su Esposa, que he tratado de vivir hasta ahora cada día y quisiera vivir siempre. Os pido que os acordéis de mí delante de Dios, y sobre todo que recéis por los Cardenales, llamados a un cometido tan importante, y por el nuevo Sucesor del Apóstol Pedro: el Señor le acompañe con la luz y el poder de su Espíritu.

Invoquemos la intercesión maternal de la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia para que acompañe a cada uno de nosotros y toda la comunidad eclesial; a Ella nos encomendamos con profunda confianza.

¡Queridos amigos y amigas! Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, y especialmente en tiempos difíciles. No perdamos nunca esta visión de fe, que es la única verdadera visión del camino de la Iglesia y del mundo. En nuestro corazón, en el corazón de cada uno de vosotros, haya siempre la gozosa certeza de que el Señor está a nuestro lado, no nos abandona, está cerca de nosotros y nos envuelve con su amor. ¡Gracias!”

martes, 26 de febrero de 2013

ENTREVISTAS: “Las previsiones de los vaticanistas expertos no aciertan nunca”



«No podemos robarle al Espíritu Santo su trabajo», reconoce Messori.

El escritor italiano fue el primero en que dio a conocer al gran público el pensamiento del cardenal Ratzinger con su ya famoso "Informe sobre la fe".

«Benedicto XVI tiene una grande devoción por María y una predilección particular hacia Lourdes, por la claridad cristalina de esa aparición. Por tanto, no puede ser casualidad que haya elegido el 11 de febrero como día para anunciar su renuncia al Papado».

Vittorio Messori, el escritor italiano más traducido del mundo, ha dedicado a Lourdes y a las apariciones de la Virgen a Bernadette muchos años de profundos estudios, que han encontrado una primera síntesis en «Bernadette no nos ha engañado» (que publicará LibrosLibres en octubre de este año), un libro publicado recientemente por la editorial Mondadori. Y conoce muy bien a Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, cuya amistad nació con ocasión del libro-entrevista al entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Las circunstancias que han acompañado la publicación de aquel libro, «Informe sobre la fe», en 1985, han contribuido sin ninguna duda a crear una relación: «Estábamos todavía en plena contestación eclesial —recuerda Messori—, y entonces no era en absoluto fácil llamarse «Ratzingeriano» dentro de la Iglesia: alrededor de él circulaba una leyenda negra, era definido como el ´oscuro´ Prefecto del Santo Oficio, el perseguidor, el panzerkardinal y cosas así. Yo incluso tuve que esconderme, desaparecer por más de un mes, me retiré en la montaña porque los sacerdotes del diálogo, los curas ecuménicos, esos de la tolerancia, querían acabar conmigo literalmente: cartas anónimas, llamadas telefónicas nocturnas. Mi culpa no era solamente haber dado voz al cardenal nazi, sino además haberle dado razón».

De este modo, empezaron a verse asiduamente, «a menudo íbamos juntos al restaurante», y muchas veces han hablado de Lourdes, con la que comparten una curiosa circunstancia: Messori y Ratzinger han nacido el día 16 de abril, el dies natalis de Bernadette.

- Por tanto, Messori, la elección del 11 de febrero no ha sido una casualidad en absoluto.

- Yo diría que no. El por qué ha elegido esta fecha es la primera pregunta que yo mismo me he hecho, y me ha parecido que ha tomado la inspiración de su «amado y venerado predecesor», como siempre ha llamado a Juan Pablo II: el 11 de febrero entró en el calendario universal de la Iglesia, en tiempos de León XIII, como fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, y dada la conexión que tiene este santuario con la enfermedad física, Juan Pablo II la declaró Jornada Mundial del Enfermo. Por tanto, Benedicto XVI pretendía hablar de su enfermedad.

- ¿Enfermedad? El portavoz vaticano, el padre Lombardi, ha excluido que el motivo de la renuncia haya sido una enfermedad.

- «Senectus ipsa est morbus», decían los latinos: la vejez misma es una enfermedad. A sus 86 años, aunque si no estás formalmente enfermo, existe una enfermedad unida a la edad. El Papa se siente enfermo porque es muy anciano, así que yo creo que él ha elegido precisamente ese día para reconocerse como enfermo entre los enfermos. Y también para hacer un homenaje y una especie de invocación a la Virgen: no solamente a la Virgen de Lourdes, sino a la Virgen en cuanto tal.

- El Papa ha hablado en diversas ocasiones de Fátima también, pero quizá con Lourdes mantiene una relación particular.

- De Lourdes hemos hablado a menudo durante estos 25 años, y seguramente ha aprovechado el 150 aniversario de las apariciones para ir a visitarlo (septiembre de 2008). Para hacernos una idea de lo que suscita Lourdes en él, basta pensar que en aquel día y medio que ha estado allí, estaban previstos tres grandes discursos suyos. Pues bien, en realidad el Papa ha hablado nada menos que quince veces, de improviso y a menudo se conmovía. Y siempre haciendo una llamada a la devoción a María y a la figura de Bernadette. Ha sido arrastrado a hablar de Fátima de alguna manera por las circunstancias del atentado del Papa, pero tengo la impresión de que, instintivamente, su preferencia se dirige hacia la claridad cristalina de Lourdes, más que al nudo tan complejo que representa Fátima. Considera Fátima incluso demasiado compleja, ama la claridad cristalina de Lourdes: allí no hay secretos, todo está claro.

- Muchos líderes de opinión han interpretado la renuncia de Ratzinger como una especie de rendición ante las dificultades.

- Existen aparentes rendiciones que en realidad son un signo de fuerza, de humildad. La libertad católica es mucho más grande de cuanto se piensa. Existen temperamentos diversos, historias diversas, carismas diversos, y todos ellos se han de respetar porque forman parte de la sacrosanta libertad del creyente. En Juan Pablo II prevalecía el lado místico, era un místico oriental. Mientras en Ratzinger prevalece la racionalidad del occidental, del hombre moderno. Por ello, se dan dos posibles elecciones: la mística, la del Papa Wojtyla, que persevera y resiste hasta el final; o la elección de la razón, como Ratzinger: reconocer que no se tienen ya las energías físicas y que la Iglesia, por el contrario, necesita una guía con grandes energías, por lo que, por el bien de la Iglesia, es mejor dejarlo. Ambas decisiones son evangélicas.

- El Papa Ratzinger siempre ha impresionado por su gran humildad.

- De hecho, su decisión está marcada por una gran humildad, una virtud que siempre ha sido evidente en él. Recuerdo todavía un episodio del lejano 1985 que me había impresionado particularmente: después de tres días enteros de entrevistas pensadas para «Informe sobre la fe», antes de despedirnos, yo le dije: «Eminencia, con todo lo que me ha contado de la situación de la Iglesia (repito, eran los años de la contestación todavía), permítame una pregunta: ¿Consigue usted dormir bien por la noche?». Él, con su rostro de eterno muchacho, y con los ojos de par en par me respondió: «Yo duermo muy bien, porque soy consciente de que la Iglesia no es nuestra, es de Cristo, nosotros solamente somos siervos inútiles: yo por la noche hago examen de conciencia, si constato que durante la jornada he hecho con buena voluntad todo aquello que podía hacer, duermo tranquilo». Raztinger tiene clarísimo que no estamos llamados a salvar a la Iglesia, sino a servirla, y si no puedes más, la sirves de otro modo, te arrodillas y rezas. La salvación es una cuestión que atañe a Cristo.

Así que me parece que estas dimisiones van en esta línea, en el sentido de no tomarse demasiado en serio. Haz hasta el final tu deber y, cuando te des cuenta de que no puedes más, que las fuerzas ya no te acompañan, entonces recuerdas que la Iglesia no es tuya y pasas el testigo, y vas a hacer un trabajo para la Iglesia que, en la perspectiva de la Iglesia es el mayor, el más valioso: el trabajo de rezar y el trabajo de ofrecer a Cristo tu sufrimiento. Lo veo como un acto de gran humildad, de consciencia de que le toca a Cristo salvar a la Iglesia, nosotros, pobres hombres, no tenemos que salvarla, incluso si eres el Papa.

- El sábado pasado hablando a los seminaristas del Seminario romano ha dicho que, incluso cuando se piensa que la Iglesia va a acabar, en realidad siempre se está renovando. ¿Qué renovación ha traído el Pontificado de Benedicto XVI?

- A menudo se olvida que él, al comienzo del pontificado, dijo: mi programa es no tener programas, en el sentido de someterse a los acontecimientos que la Providencia le ponía delante. El gran diseño estratégico consistía, en el fondo, en esto, simplemente confirmar al rebaño en la fe. En este sentido, siempre he sentido una gran sintonía con él, siempre ha sido un Papa convencido de la necesidad de relanzar la apologética, de reencontrar las razones de la fe. Él también estaba convencido, como yo, que los muchos así llamados problemas graves de la Iglesia son, en realidad, secundarios: los problemas de la institución, los problemas eclesiales, la administración, los mismos problemas morales y litúrgicos, son efectivamente muy importantes, pero en torno a ellos existe una pelea eclesial que, sin embargo, —lo ha dicho él mismo en el documento de convocaba el Año de la Fe— da por descontado la fe, cosa que no es verdad. ¿Qué estamos haciendo peleando entre nosotros sobre cómo organizar mejor los dicasterios romanos, y también sobre los principios no negociables, qué cosa estamos haciendo peleando y organizando defensas si ya no creemos que el Evangelio es verdad? Si ya no creemos en la divinidad de Jesucristo, todo el resto es un hablar vacío. Y, de hecho, no por casualidad, su último acto ha sido convocar el Año de la Fe: pero de la fe entendida en el sentido apologético, intentar demostrar que el cristiano no es un cretino, tratar de demostrar que nosotros no creemos en fáculas, intentar demostrar cuáles son las razones para creer. Sus grandes líneas estratégicas consisten solamente en esto: reconfirmar las razones por las que se puede apostar por la verdad del Evangelio. El resto se afrontará día a día. Y esto lo ha hecho, lo ha hecho de la mejor manera.

- Entonces, sería justo afirmar que el Año de la Fe es su verdadera herencia.

- Sí, el Año de la Fe es su herencia, esta es la herencia que tenemos que tomar en serio. En la Iglesia, en perspectiva de futuro, la apologética debe tener un papel fundamental, porque, si no es verdadera la base, todo el resto es absurdo. Benedicto XVI nos deja la seguridad de que tenemos que redescubrir las razones para creer.

- Si hablamos de herencia, pensamos inmediatamente en quién podrá recogerla. Es verdad que la pregunta nace en aquellos que comparten esta prioridad...

- No podemos robarle al Espíritu Santo su trabajo. Las previsiones de los llamados expertos, cuando se trata de Cónclave, se realizan para ser desmentidas. Normalmente no aciertan nunca. La impresión es que el Espíritu Santo se divierte tomándonos el pelo: los grandes voceros, los grandes expertos, los grandes vaticanistas, dan por seguro uno u otro, y después eligen a uno diferente. Recuerdo en 1978, trabajaba en La Stampa, estaba en la redacción cuando han elegido al Papa Luciani: cuando lo anunciaron hubo un gran pánico, porque los grandes vaticanistas que teníamos nos habían pedido tener preparadas algunas biografías, ya que el Papa saldría seguro de un elenco de papables, y, por el contrario, nada: cuando ha sido elegido Luciani nos hemos dado cuenta de que en el archivo de La Stampa no teníamos ni siquiera una foto. La misma historia se repitió dos meses después con Wojtyla: todos habían previsto este o este otro, y, por el contrario, cuando lo anunciaron pánico de nuevo: no sabíamos ni siquiera como se escribía su nombre.

- Pensando en estos años de pontificado, alguno deja entrever el hecho de que no haya sido muy «afortunado» en su elección de los colaboradores, que lo han metido en grandes dificultades a menudo.

- Ratzinger ha sido durante un cuarto de siglo prefecto en la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero ha vivido siempre apartado, he tenido la impresión siempre de que estaba un poco aislado con respecto a la Curia. Él tenía un vínculo muy fuerte con Wojtyla, funcionaba en tándem con él: no ha habido ninguna decisión teológica que Wojtyla haya tomado que no haya consultado antes con Ratzinger. Pero, he siempre tenido la impresión de que era, diría que por decisión propia, extraño a la Curia, a sus círculos, a sus juegos, a sus formaciones. Y creo que, una vez elegido Papa para su sorpresa, en el fondo no tenía suficientes conocimientos sobre los mecanismos o las personas. Después, algunas decisiones eran de alguna manera obligadas, pero seguramente no estaba lo suficientemente al corriente de cómo eran las cosas.

- Se dice que la Curia no le ha querido nunca...

- Es cierto que la Curia no lo ha querido nunca. Wojtyla había elegido hacer un pontificado itinerante y, de esta manera, ha dejado que la Curia fuera hacia adelante de forma autónoma; de este modo, la Curia se ha aprovechado, por lo que, con todo esto, aquellos viejos zorros de los dicasterios se encontraban a gusto con Wojtyla, el Papa estaba lejos, no se ocupaba de los asuntos cotidianos. Por el contrario, Ratzinger ha viajado poco, quería saber, quería meter las narices. Dado que sabía poco de la Curia, ha comenzado a informarse y ha comenzado a hacer cambios, retiros, avances, aún con su delicadeza. Y esto no ha gustado, por lo que, incluso como Papa, ha continuado siendo aislado.

Riccardo Cascioli / La Nuova Bussola Quotidiana

lunes, 25 de febrero de 2013

IGLESIA HOY: “No abandono la Iglesia, la serviré de otro modo, con mi oración”



Último ángelus 
del Pontificado de 
Benedicto XVI


Queridos amigos y hermanos del blog: ayer, Segundo Domingo de Cuaresma. Mediodía en Roma. Cielo azul sobre un mar humano congregado en la Plaza de San Pedro para rezar con Benedicto XVI en el último Ángelus de su pontificado. Más de doscientas mil personas han asistido. En los alrededores de la Plaza de San Pedro, estaban instaladas cuatro pantallas gigantes para que los fieles que no cabían en la plaza pudieran ver al Papa asomarse a la ventana de su estudio poco antes de mediodía.

El Santo Padre ha sido recibido con un gran aplauso y, antes de empezar su breve meditación, ha correspondido diciendo: “Gracias, muchas gracias”. “El Señor me llama – ha dicho el Papa- a ‘subir al monte’, para dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar la Iglesia, por el contrario, si Dios me pide esto, es justamente para que yo pueda continuar sirviéndola con la misma entrega y el mismo amor con el que lo he hecho hasta ahora, pero de una manera más adecuada a mi edad y a mis fuerzas”. 

Al final de la alocución mariana Benedicto XVI agradeció en diferentes idiomas los numerosos testimonios de afecto, cercanía y oraciones que le están llegando de todas partes del mundo. Ha dado nuevamente las gracias a todos por haberle manifestado en estos días su cercanía y tenerlo presente en sus oraciones y ha añadido: “Demos también gracias a Dios por este sol que tenemos hoy”, ya que en Roma, contrariamente a lo previsto, no llovía. Al final, hablando a los numerosos italianos procedentes de diversas diócesis de la península, se ha despedido diciendo: “Gracias, de nuevo. Siempre estaremos cerca en la oración”.


Texto completo 
de la alocución 
del Santo Padre 
a la hora del ángelus:

Queridos hermanos y hermanas: en el segundo domingo de Cuaresma la Liturgia nos presenta siempre el Evangelio de la Transfiguración del Señor. El evangelista Lucas resalta de modo particular el hecho de que Jesús se transfiguró mientras oraba: la suya es una experiencia profunda de relación con el Padre durante una especie de retiro espiritual que Jesús vive en un monte alto en compañía de Pedro, Santiago y Juan, los tres discípulos siempre presentes en los momentos de la manifestación divina del Maestro (Lc 5, 10; 8, 51; 9, 28). El Señor, que poco antes había preanunciado su muerte y resurrección (9, 22), ofrece a los discípulos un anticipo de su gloria. Y también en la Transfiguración, como en el bautismo, resuena la voz del Padre celestial: “Éste es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo” (9, 35).

Además, la presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas de la antigua Alianza, es sumamente significativa: toda la historia de la Alianza está orientada hacia Él, hacia Cristo, quien realiza un nuevo “éxodo” (9, 31), no hacia la tierra prometida como en tiempos de Moisés, sino hacia el Cielo. La intervención de Pedro: “¡Maestro, qué bello es estar aquí!” (9, 33) representa el intento imposible de demorar tal experiencia mística. Comenta san Agustín: “[Pedro]… en el monte… tenía a Cristo como alimento del alma. ¿Por qué habría tenido que descender para regresar a las fatigas y a los dolores, mientras allá arriba estaba lleno de sentimientos de santo amor hacia Dios que le inspiraban, por tanto, una santa conducta?” (Discurso 78, 3).

Meditando este pasaje del Evangelio, podemos aprender una enseñanza muy importante. Ante todo, la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo. En la Cuaresma aprendemos a dar el justo tiempo a la oración, personal y comunitaria, que da trascendencia a nuestra vida espiritual. Además, la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como en el Tabor habría querido hacer Pedro, sino que la oración reconduce al camino, a la acción. “La existencia cristiana – he escrito en el Mensaje para esta Cuaresma – consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios ” (n. 3).

Queridos hermanos y hermanas, esta Palabra de Dios la siento de modo particular dirigida a mí, en este momento de mi vida. El Señor me llama a “subir al monte”, a dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia, es más, si Dios me pide esto es precisamente para que yo pueda seguir sirviéndola con la misma entrega y el mismo amor con que lo he hecho hasta ahora, pero de modo más apto a mi edad y a mis fuerzas. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, que ella nos ayude a todos a seguir siempre al Señor Jesús, en la oración y en la caridad activa.