domingo, 1 de junio de 2014

EVANGELIO DOMINICAL: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todos los hombres"

Ascensión del Señor
Ciclo A
Evangelio: Mt 28, 16-20


En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.

Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo".



Queridos amigos y hermanos del blog: la Ascensión del Señor es el coronamiento de su Resurrección. Es la entrada oficial en la gloria que correspondía al Resucitado después de las humillaciones del Calvario; es la vuelta al Padre anunciada por él en el día de Pascua: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 30, 17), había dicho a María Magdalena. Y a los discípulos de Emaús: “¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?” (Lc 24, 26). Tal modo de expresarse indica no sólo una vuelta y una gloria futuras, sino inmediatas y ya presentes en cuanto estrechamente ligadas a la Resurrección. Sin embargo, para confirmar a los discípulos en la fe, era necesario que esto sucediese de manera visible, como se verificó cuarenta días después de la Pascua. Los que habían visto morir al Señor en la cruz entre insultos y burlas, debían ser los testigos de su exaltación suprema a los cielos.

Los evangelistas refieren el hecho con mucha sobriedad, y sin embargo su narración hace resaltar el poder de Cristo y su gloria: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”, se lee en Mateo (28, 18); y Marcos añade: “El Señor Jesús… fue levantado a los cielos y está sentado a la diestra de Dios” (16, 19). A su vez Lucas recuerda la última bendición de Cristo a los apóstoles: “Mientras los bendecía se alejaba de ellos y era llevado al cielo” (24, 51). También en los últimos discursos brilla su majestad divina. Habla como quien todo lo puede y anuncia a sus discípulos que en su nombre “echarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en las manos las serpientes, y si bebieran ponzoña, no les dañará; pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos se encontrarán bien” (Mc 16, 17-18).

Los Hechos de los Apóstoles atestiguan la verdad de todo esto. Y Lucas, tanto en la conclusión de su Evangelio como en los Hechos, habla de la gran promesa del Espíritu Santo que confirma a los apóstoles en la misión y en los poderes recibidos de Cristo: “Yo os envío lo que mi Padre os ha prometido” (Lc 24, 49); “recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos… hasta el extremo de la tierra. Diciendo esto, fue arrebatado a vista de ellos, y una nube le sustrajo a sus ojos” (Hc 1, 8-9). Espectáculo maravilloso que dejó a los apóstoles atónitos, “fija la vista en él”, hasta que dos ángeles vinieron a sacarles de su asombro.

El cristiano está llamado a participar de todo el misterio de Cristo y por lo tanto también de su glorificación. El mismo lo había dicho: “Voy a prepararos el lugar. Y cuando yo me haya ido… volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros” (Jn 14, 2-3). La Ascensión constituye por lo tanto un gran argumento de esperanza para el hombre que en su peregrinación terrena se siente desterrado y sufre alejado de Dios. Es la esperanza que san Pablo invocaba para los Efesios y quería que estuviera siempre viva en sus corazones: “El Dios de nuestro Señor Jesucristo y Padre de la gloria… ilumine los ojos de vuestro corazón, para que entendáis cuál es la esperanza a que os ha llamado” (Ef 1, 17-18). ¿Y en qué fundaba el apóstol esta esperanza? En el gran poder de Dios “que él ejerció en Cristo, resucitándole de entre los muertos y sentándole a su diestra en los cielos, por encima de todo principado y potestad (o sea, de los ángeles)… y de todo cuanto tiene nombre” (ib. 20-21).

La gloria de Cristo levantado por encima de toda criatura es, en el pensamiento paulino, la prueba de lo que Dios hará a favor de aquellos que, unidos a Cristo con la fe y perteneciéndole como miembros de un solo cuerpo del que él es la cabeza, compartirán su suerte. Esto lleva consigo el cristianismo auténtico: creer y nutrir la firme esperanza de que, así como hoy el creyente en las tribulaciones de la vida toma parte en la muerte de Cristo, también un día tendrá parte en su gloria eterna.

Pero los ángeles, que en el monte de la Ascensión dicen a los Apóstoles: “Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo, vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hc 1, 11), amonestan a los creyentes a poner manos a la obra mientras esperan la venida final de Cristo. Con la Ascensión termina la misión terrena de Cristo y comienza la de los discípulos. “Id -les había dicho el Señor- enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19); tienen que continuar perennemente en el mundo su obra de salvación predicando, administrando los sacramentos, enseñando a vivir según el Evangelio. Sin embargo, Cristo, quiere que esto sea precedido y preparado por una pausa de oración en la espera del Espíritu Santo que deberá confirmar y corroborar a sus apóstoles. La vida de la Iglesia comienza de esta manera, no con la acción sino con la oración, “al lado de María, la Madre de Jesús” (Hc 1, 14).

Les propongo que terminemos nuestra reflexión dominical haciendo oración con estas bellísimas palabras de san Agustín:

“Levantado sobre los cielos, ¡oh, Dios!... tú que permaneciste encerrado en el seno de una madre, que fuiste formado de lo que tú mismo formaste… tú a quien el viejo Simeón conoció pequeño y proclamó grande, que la viuda Ana vio lactante y reconoció omnipotente; tú que sufriste el hambre y la sed por nosotros, que te fatigaste en tus peregrinaciones por nosotros… tú, arrestado, atado, flagelado, coronado de espinas, atado al leño de la cruz, atravesado por una lanza; tú muerto y sepultado, levantado al cielo, ¡oh, Dios!” (Sermón 264, 4).

Tu resurrección, oh Señor, es nuestra esperanza, tu ascensión es nuestra glorificación… Haz que ascendamos contigo y que nuestro corazón se eleve hacia ti. Pero, haz que levantándose, no nos enorgullezcamos ni presumamos de nuestros méritos como si fuesen de nuestra propiedad; haz que tengamos el corazón en alto, pero junto a ti, porque elevar el corazón no siendo hacia ti, es soberbia, elevarlo a ti, es seguridad. Tú ascendido al cielo te has hecho nuestro refugio…

¿Quién es ese que asciende? El mismo que descendió. Has descendido por sanarme, has ascendido para elevarme. Si me elevo a mí mismo caigo; si me levantas tú, permanezco alzado… A ti que te levantas digo: Señor, tú eres mi esperanza, tú que asciendes al cielo; sé mi refugio”. (Sermón 261, 1).

Con mi bendición.
Padre José Medina

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