martes, 3 de marzo de 2015

INTENCIONES DEL PAPA: Mes de MARZO de 2015

Queridos amigos y hermanos del blog: el Santo Padre Francisco indica para cada año y para cada mes, cuales son las intenciones generales y misioneras de la Iglesia en todo el mundo, por las que quiere que se ore. Éstas intenciones las confía al Apostolado de la Oración, quienes propagan en el mundo entero la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a fin de que éste las difunda con la mayor amplitud posible. Les comparto ahora las intenciones para este mes de marzo de 2015 con una síntesis del comentario que ofrece el P. Frederic Fornos, S.J., Director General Delegado del Apostolado de la Oración.


La INTENCIÓN GENERAL para MARZO 2015 es: 

“Para que quienes se dedican a la investigación científica se pongan al servicio del bien integral de la persona humana”.

COMENTARIO PASTORAL: Los desafíos que enfrentan los científicos

La historia europea está marcada por conflictos que han dejado cicatrices profundas en la cultura universal y no sólo occidental. Uno de esos conflictos que surge con la modernidad es el caso Galileo que ha señalado la historia sucesiva de la relación entre ciencia y religión. Desde entonces ciencia y religión se ven en la opinión pública como adversarios de una guerra sin cuartel. Sin embargo, es importante destacar que en los últimos 30 años un importante progreso se ha realizado en este ámbito, a través de un diálogo sereno y honesto.

En este contexto, los cristianos con nuestro compromiso en el ámbito cultural, específicamente aquéllos que nos dedicamos a la investigación científica, estamos llamados a ser testimonios de que la ciencia y la religión no sólo pueden coexistir pacíficamente sino que pueden ser de ayuda mutua. También somos llamados a ser instrumentos de paz, de reconciliación, que ayuden a sanar las heridas abiertas en el pasado en la comunidad científica y en la comunidad eclesial.

Como lo ha señalado el Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica Evangelii Gaudium: “El diálogo entre ciencia y fe también es parte de la acción evangelizadora que pacifica”.

Quisiera señalar algunos desafíos que nos deberían involucrar. ¿Cómo enseñamos ciencia en nuestros colegios y universidades? ¿Nuestra gente es capaz de poner en relación lo que aprenden en un curso de ciencia o de los medios de comunicación con los contenidos de la fe? ¿Son mundos separados? ¿Nuestra fe sigue siendo una fe “simple” (en el sentido de ingenua, poco formada intelectualmente) en un mundo que requiere una fe acorde a los retos culturales de hoy? ¿Nuestros jóvenes saben integrar los conocimientos científicos en una racionalidad más amplia?

En los países subdesarrollados, una de las carencias más notables es la falta de interés por las ciencias. Es cierto que hay otras urgencias. Cuando enfrentamos problemas gravísimos de pobreza, nos preguntamos, en cambio, por el porqué de tanto sufrimiento, por qué sufren tantos inocentes. Promover la ciencia en países subdesarrollados es promover la justicia. Estos países no progresarán si no logramos que se vuelvan más “científicos”.

Una gran franja de la humanidad no tiene acceso a bienes básicos: alimentos, salud, educación. No sólo un grupo de privilegiados debería conocer que la edad del universo es de 14 mil millones de años. Los jóvenes de todos los pueblos y clases sociales deberán poder hacerse las preguntas más importantes, que no son siempre las más urgentes: de dónde venimos, a dónde vamos, cuál es nuestro lugar en el Universo. Los científicos enfrentamos desafíos que van más allá del campo específico de nuestra investigación, deberíamos ser capaces de ponernos al servicio del bien integral de la persona humana, deberíamos ayudar a que todos los seres humanos sean incluidos en los beneficios de nuestra investigación.

José G. Funes, S.J.
Director del Observatorio Vaticano, “Specola Vaticana”


La INTENCIÓN MISIONERA para MARZO 2015 es: 
“Para que se reconozca cada vez más la contribución propia de la mujer a la vida de la Iglesia”.

COMENTARIO PASTORAL: Iglesia y mujeres, mujeres en la Iglesia, dos palabras que parecen disonantes. En efecto, la Iglesia, heredera de una larga historia, tiene que recorrer todavía mucho camino para reconocer a las mujeres un puesto de derecho pleno, al igual que los hombres, igualdad de derechos que no quiere significar necesariamente el acceso a las mismas funciones, sino el ejercicio equivalente de responsabilidades. La intención habla, además, de la «contribución propia de las mujeres en la vida de la Iglesia», lo que deja entender que tienen un papel específico a desarrollar en la Iglesia.

Para describir este papel femenino en la vida de la Iglesia, hemos de remontarnos a la fuente de la Escritura, para ver el lugar que el mismo Jesús les confiere, particularmente en el episodio central de la Resurrección. Desde hace ya bastante tiempo nuestros teólogos y el conjunto de las mujeres han hecho notar que es a ellas, y no a los apóstoles, a quienes se les anuncia la noticia de la Resurrección; pero curiosamente parece que esta constatación haya quedado en letra muerta, y no haya tenido ninguna consecuencia en la Iglesia institucional.

Leyendo sin embargo los Hechos de los Apóstoles, vemos que, en los primeros tiempos de la Iglesia, algunas mujeres han tenido un papel y una influencia reales al lado de los hombres. El mismo San Pablo, a pesar de una reputación de misoginia hoy ampliamente extendida, se rodea de mujeres para organizar las primeras comunidades cristianas, como por ejemplo Lydia o Priscila. Y es también capaz de maravillarse sobre su papel junto a él diciendo: «Han luchado conmigo por el Evangelio» (Fil 4,3).

A partir del momento en el que la Iglesia se estructura y se jerarquiza y que los hombres ejercen funciones de clérigos, las mujeres van a ser apartadas de responsabilidades, y desde el siglo IV les será prohibido enseñar y tomar la palabra en las celebraciones.

Desde la elección del Papa Francisco, estamos viviendo hechos en la Iglesia que permiten esperar un cambio y un progreso notables. En su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, reconoce que es necesario « ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia » (nº 103) y no duda en confiarles puestos importantes. Pero si son los teólogos y los pastores quienes han recibido la misión de reflexionar sobre esta cuestión, las mismas mujeres han de buscar con ellos, ocupando con naturalidad su puesto en la reflexión teológica y en el terreno pastoral.

En esta contribución femenina en la vida de la Iglesia, parece que es esencial su unión con la Palabra. ¿No ha sido una mujer la que ha dado carne a esta Palabra? Y volviendo a nuestras mujeres del Evangelio ¿no es el mismo Jesús quien les ha confiado la misión de ir a anunciarlo a los apóstoles, hasta el punto de que se llamará a María Magdalena « apóstol de los apóstoles »? Misión de anuncio de la Palabra, de enseñanza, de predicación, que no puede quedar reducida a la simple esfera familiar y privada. Hay en esto un signo profético para la Iglesia si quiere ser fiel al mensaje evangélico. El Espíritu Santo quiere «hacer nuevas todas las cosas», no lo dudemos, pero no puede hacerlo más que con la Iglesia, y con nosotras, mujeres.

Marie Dominique Corthier
Miembro del Equipo de Coordinación Europeo del Apostolado de la Oración
Equipo AO Francia

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