domingo, 31 de mayo de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: Solemnidad de la Santísima Trinidad

Ciclo B
Evangelio: Mateo 28,16-20

En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.

Jesús se acercó a ellos y les habló así:

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Palabra del Señor.


Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad: un solo Dios en tres personas distintas. Las lecturas bíblicas (Deuteronomio 4,32-34.39-40; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20) nos invitan a renovar nuestra fe en el misterio inefable de Dios que se nos ha revelado como el Padre creador del universo, el Hijo salvador de la humanidad y el Espíritu Santo que nos vivifica, nos renueva, nos ilumina y nos hace posible construir relaciones de amor auténtico.

1. El Misterio de Dios trino y uno

Cuenta el gran filósofo y teólogo San Agustín (354-430 d.C.) que en cierta ocasión, mientras caminaba por la playa, vio a un niño que intentaba vaciar toda el agua del mar en la concha de un caracol, y  así  pudo comprender que la mente humana, por más esfuerzos que haga, es incapaz de abarcar la infinitud del misterio de Dios. El lenguaje bíblico, al intentar describir a Dios -no para definirlo, porque el Infinito es indefinible-, lo hizo con una palabra también imposible de definir, pero que en su sentido auténtico y más completo corresponde a lo que mejor puede caracterizar la experiencia de Dios: “Dios es Amor” (1 Juan 4, 8.16).

Ahora bien, si Dios es Amor, tiene que ser plural, pues para que exista el amor tiene que haber alguien que ama, alguien que sea amado y le corresponda también amando, y la relación misma de amor entre ambos. Este es el sentido del misterio: un solo Dios que es pluralidad en la perfecta comunidad de amor, y por lo mismo es unidad en la diversidad de personas. Es así como Dios Padre se nos revela en las enseñanzas y en la obra salvadora de su Hijo Jesucristo, su Palabra hecha carne por la acción del Espíritu Santo, el mismo que nos hace posible reconocer el amor de Dios llamándolo “Padre” (“Abba”: palabra sirio-caldea que significa literalmente “papá” y fue empleada originariamente por el mismo Jesús para dirigirse a Dios), y corresponder a él en el cumplimiento de su voluntad, que es  voluntad de amor.

2. Los símbolos de la Santísima Trinidad

Muchos símbolos han venido siendo empleados para tratar de expresar el misterio de Dios uno y trino, aunque en definitiva todos se quedan cortos. El Salmo 33 (32), por ejemplo, propuesto como respuesta a la primera lectura de hoy, habla tanto de la “palabra del Señor” como del “aliento de su boca”, imágenes del Hijo y del Espíritu que con el Padre constituyen un solo Dios.

Uno de los símbolos trinitarios es la imagen del sol, que en sí mismo es fuente de energía, es luz y es calor. Algo parecido es la Trinidad: el Hijo (luz que nos revela a Dios Padre) y el Espíritu Santo (fuego que nos ilumina y enciende en nosotros la llama del amor) son iguales en naturaleza al Padre (fuente de la luz y del calor), pero los tres en su pluralidad son un solo Dios. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero.

Otra imagen simbólica que suele usarse para expresar el misterio de Dios es la del triángulo equilátero: tres ángulos o tres lados distintos, pero una sola figura geométrica. Cada ángulo o cada lado es un elemento de esta figura, y aunque ninguno de ellos es lo que son los otros dos, los tres forman un mismo ser.

Pero la imagen que tal vez más llama la atención es la que usó San Patricio (387-461 d.C.), quien para presentarles el misterio de Dios a los paganos que en su época habitaban la isla de Irlanda, tomó en sus manos una hoja de trébol y señaló en ella los tres componentes que la forman. Con este sencillo ejemplo, quienes lo escuchaban podían acercarse a la comprensión del sentido de la fe en la uni-trinidad divina, completamente distinta de las creencias politeístas por cuanto no se trata de varios dioses, sino de uno solo cuyo ser actúa y se manifiesta pluralmente.

3. Nuestra fe en la Trinidad nos impulsa a la realización de lo que ella significa

"La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros”, es la frase con la que el apóstol Pablo solía saludar a las comunidades a las que dirigía sus cartas. Este es el origen del saludo con el que el sacerdote que preside la Eucaristía, después de hacer la señal de la cruz invocando a Dios uno y trino, suele iniciar la celebración del amor infinito de Aquél a quien en el himno del Gloria alabamos como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Luego, en la oración anterior a las lecturas bíblicas, nos dirigimos a Dios Padre invocando la mediación de Jesucristo, su Hijo, que vive y reina con Él en la unidad del Espíritu Santo. Más adelante proclamamos con el Credo nuestra fe en la Santísima Trinidad. Asimismo, inmediatamente antes de la consagración, después de haber alabado al tres veces Santo, le pedimos a Dios Padre que santifique con su Espíritu el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesucristo, y al terminar la plegaria eucarística hacemos el brindis con el que por Cristo, con Él y en Él, le damos todo honor y toda gloria a Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo. Finalmente, el sacerdote imparte para todos la bendición de Dios uno y trino.

En un libro de meditaciones escrito por el teólogo Joseph Ratzinger -hoy el Papa Benedicto XVI-, titulado El Dios de los Cristianos, en su sección subtitulada “Dios es trinitariamente uno”, leí la siguiente reflexión que se relaciona con el pasaje del Evangelio de hoy: “¿Cuántas veces hemos hecho la señal de la cruz sin recapacitar? Pues bien, otras tantas hemos invocado al Dios trino y uno. Por su sentido originario, esa invocación es renovación bautismal, aceptación de las palabras con las que nos hicimos cristianos y apropiación de lo que, en el bautismo, se infundió en nuestra vida (…). En aquella ocasión se derramó agua sobre nosotros mientras eran pronunciadas las palabras: ‘Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ (…)”.

Que esta fiesta de la Santísima Trinidad nos motive no sólo para renovar la expresión de nuestra fe en el misterio insondable e infinito de Dios, que es Amor, sino también para reactivar nuestro compromiso bautismal de realizar lo que significa proclamar a Dios como comunidad perfecta en la unidad y la pluralidad de personas: que precisamente porque hemos sido creados a su imagen y semejanza, también nosotros, empezando por la familia, llamada a seguir el modelo de la unidad trinitaria de Dios, respondamos cada día mejor a la invitación que Dios nos hace a ser una auténtica comunidad de amor.

Gabriel Jaime Pérez, S.J.

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