domingo, 24 de mayo de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: Solemnidad de Pentecostés

Ciclo B
Evangelio: Jn 20,19-23

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:

«La paz con vosotros».

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez:

«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío».

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor.


La celebración de Pentecostés (en griego día 50) proviene de una antigua fiesta anual agraria que marcaba el fin de la cosecha del trigo y la cebada. Era llamada fiesta de la Semana de Semanas o de las 7 Semanas, y tenía lugar 50 días después de la ofrenda de los primeros frutos. Los judíos le dieron un significado histórico al conmemorar en ella la Alianza de Dios con su pueblo sellada con la promulgación de su Ley en el monte Sinaí, 50 días después del acontecimiento de la Pascua con el que Dios había liberado al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto.

Para los cristianos, Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. La 1ª lectura (Hechos de los Apóstoles 2, 1-11) cuenta cómo 50 días después de la Pascua los primeros discípulos que habían seguido a Jesús y oraban con María, su madre (Hechos 1, 13-14), recibieron el Espíritu Santo prometido por Él para realizar la misión que les había encomendado: proclamar abiertamente la Buena Noticia de una nueva Alianza y una nueva Ley -la ley del amor universal-, ya no para un solo pueblo sino para toda la humanidad, en virtud del acontecimiento pascual realizado en Jesucristo con su muerte redentora y su resurrección gloriosa. En la 2ª lectura (1 Cor 12, 3b-7.12-13) el apóstol Pablo se refiere a la acción del Espíritu Santo a través de sus dones. El Evangelio (Jn 20, 19-23) nos presenta a Jesús resucitado comunicándoles a sus discípulos el Espíritu Santo, al que el Salmo 104 (103) se refiere como el “aliento” de Dios que crea y renueva la vida.

1. El Espíritu Santo y sus símbolos

Los relatos bíblicos de la creación dicen que “el Espíritu  (en hebreo la Ruaj) de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gn 1, 2) y que el Señor “formó al hombre de la tierra, sopló en su nariz y le dio vida” (Gn 2, 7). La palabra ruaj -de género femenino en lengua hebrea, lo cual es importante resaltar para reconocer el valor de este género desde el inicio de la creación- significa viento, aliento, soplo. En los Hechos se habla de un viento fuerte, en el Salmo del aliento de Dios que crea y renueva la vida, y en el Evangelio del soplo de Jesús a sus discípulos para decirles: “reciban el Espíritu Santo”.

Hay otros signos que también emplea el lenguaje bíblico para referirse al Espíritu Santo: El fuego simboliza la energía divina que transforma, dinamiza, da luz y calor; el relato de los Hechos nos presenta este signo en la imagen de las “lenguas de fuego”. El agua, signo de vida, expresa el nuevo nacimiento en el Bautismo; a él alude Pablo en la segunda lectura cuando dice que “todos hemos bebido de un mismo Espíritu”. El óleo significa la fortaleza para cumplir la misión; este signo se emplea en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, el Orden y la Unción de los Enfermos. La paloma que aparece al terminar el diluvio con una rama de olivo (Gn 8, 11) y en el Bautismo de Jesús (Jn 1, 32), evoca al Espíritu que “aleteaba sobre las aguas” (Gn 1, 2). La imposición de las manos -que abiertas y unidas por los pulgares forman la imagen de un ave con las alas desplegadas- significa la comunicación del Espíritu Santo.

2. El Espíritu Santo hace posible el nacimiento y el desarrollo de la Iglesia

Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia  (en griego Ekklesía, es decir, comunidad convocada), Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo compuesto por muchos y distintos miembros -todos los bautizados-, animado por el Espíritu Santo del que provienen, como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura, los dones o carismas necesarios para realizar los servicios y las funciones que a cada cual le corresponden según su vocación. Se suelen destacar estos siete dones del Espíritu Santo:

Sabiduría para conocer la voluntad de Dios y tomar siempre las decisiones correctas. Entendimiento para saber interpretar y comprender el sentido la Palabra de Dios. Ciencia para saber descubrir a Dios en su creación y desarrollarla constructivamente. Consejo para orientar a otros cuando nos lo solicitan o necesitan de nuestra ayuda. Fortaleza para luchar sin desanimarnos a pesar de los problemas y las dificultades. Piedad para reconocernos como hijos de Dios y como hermanos entre nosotros. Respeto a Dios (llamado también de temor de Dios, pero con un sentido diferente del miedo), para evitar las ocasiones de pecado y cumplir a cabalidad sus mandamientos.

3. El Espíritu Santo hace posible la comunicación gracias al lenguaje del amor

Pentecostés es la gran fiesta de la comunicación, gracias al lenguaje del amor que hace posible el entendimiento entre las personas en su diversidad y pluralidad de idiomas, razas y culturas. Toda la historia de la acción creadora, salvadora y renovadora de Dios, que llega a su plenitud en Jesucristo y se hace efectiva en nosotros por obra y gracia del Espíritu Santo, es un paso de la incomunicación de Babel a la comunicación de Pentecostés. Cuando las civilizaciones pretenden edificarse con intenciones de dominación opresora, la consecuencia es la falta de entendimiento (Génesis 11, 1-9); pero cuando la intención es compartir, construir una auténtica comunidad participativa en la que todos los seres humanos seamos efectivamente reconocidos entre nosotros como hermanos, se hace palpable la presencia unificadora del Espíritu de Dios y se produce la verdadera comunicación (Hechos 2, 1-12).

Al celebrar hoy la fiesta de Pentecostés, y también al comenzar cada jornada y cada acción importante en nuestra vida, sintiéndonos unidos en oración como los primeros discípulos lo estaban con María, la madre de Jesús, repitamos en nuestro interior la petición que antecede en la liturgia eucarística al Evangelio de este día: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

Gabriel Jaime Pérez, S.J.

No hay comentarios:

Publicar un comentario