domingo, 7 de junio de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Ciclo B
Evangelio: Marcos 14,12-16. 22-26

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dicen sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?».

Entonces, envía a dos de sus discípulos y les dice: «Id a la ciudad; os saldrá al encuentro un hombre llevando un cántaro de agua; seguidle y allí donde entre, decid al dueño de la casa: ‘El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?’. Él os enseñará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; haced allí los preparativos para nosotros».

Los discípulos salieron, llegaron a la ciudad, lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua.

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, éste es mi cuerpo». Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: «Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba de nuevo en el Reino de Dios».

Y cantados los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Palabra del Señor.


La fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que comenzó a celebrarse en la ciudad belga de Lieja el año 1246, fue extendida en 1264 a toda la Iglesia Católica por el papa Urbano IV para proclamar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, y contrarrestar así las enseñanzas de quienes, en aquella época  -como también ocurre hoy-, la negaban y decían que el pan y el vino consagrados eran simplemente un símbolo conmemorativo de la última cena del Señor. Esta fiesta constituye para nosotros una oportunidad de reflexionar sobre el sentido de nuestra fe en la Eucaristía.

1. La Eucaristía es sacrificio y sacramento

Como sacrificio, la Eucaristía es el memorial que no sólo recuerda, sino actualiza el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Redentor. La primera lectura (Éxodo 24, 3-8) evoca lo que desde nuestra fe reconocemos como una prefiguración del sacrificio redentor de Jesús, quien iba a cambiar con la entrega de su propia vida el antiguo rito llamado “sacrificio de comunión” realizado con la sangre de animales para celebrar la alianza de Dios con su pueblo. Con su sacrificio redentor Jesús se constituye en “mediador de una alianza nueva”, tal como nos lo indica la segunda lectura (Carta a los Hebreos 9, 11-15), y como el propio Jesús nos lo dice en el texto del Evangelio (Marcos 14, 12-16.22-26): “esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”. Por eso cuando quien preside la celebración eucarística eleva el cáliz después de la consagración del vino, adquiere un nuevo significado lo que dice el Salmo 116 (115): “Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre”.

Como sacramento, la Eucaristía es por excelencia el signo de la acción salvadora de Dios mediante su Palabra hecha carne, Jesucristo, quien nos comunica su propia vida entregada y resucitada, y por obra del Espíritu Santo nos une en comunidad en este nuevo “sacrificio de comunión”. “Comunión” significa precisamente tanto el hecho de participar por este sacramento de la vida eterna del Señor, como también el de formar con Él y entre nosotros, al compartir su Cuerpo y su Sangre -es decir, su vida- una comunidad de hijos e hijas de Dios. 

2. En la Eucaristía se hace realmente presente Jesucristo resucitado

La presencia de Cristo en la Eucaristía no es aparente, es real. Pero esta realidad no es la de un fenómeno material verificable por los sentidos, sino la de un misterio de orden espiritual, sólo captable por la fe. Esa presencia espiritual suya después de su muerte y resurrección, quiso invitarnos Jesús a reconocerla en las especies del pan y el vino consagrados con el rito y las palabras que Él mismo, en la última cena antes de su pasión, les dijo a sus primeros discípulos que repitieran después en conmemoración suya. En este sentido, el pan y el vino, en virtud de la consagración así realizada, se convierten para nosotros, gracias a la acción de su Espíritu Santo, en la presencia viva de Jesús. Él es, de esta manera, la Palabra de Dios hecha carne que nos alimenta no sólo con sus enseñanzas, sino con su propia vida entregada y resucitada que está siempre disponible para nosotros en lo que llamamos el Santísimo Sacramento. Tal es el sentido de las hostias consagradas que se guardan en el sagrario para nuestra adoración, y para la comunión de quienes por enfermedad u otra razón similar no pueden participar presencialmente en la celebración eucarística.   

3. Celebrar la Eucaristía es expresar que somos comunidad eclesial

Al comer del mismo pan y beber del mismo cáliz, compartiendo así la vida resucitada de nuestro Señor Jesucristo, su Espíritu nos une en un solo cuerpo, una comunidad llamada a realizar el mandamiento del amor. El papa Benedicto XVI, en su Encíclica Dios es Amor, nos ofrece una reflexión muy apropiada para meditar hoy en el significado de la Eucaristía, que a su vez guarda una estrecha relación con la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús que celebraremos el próximo viernes:

“Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta Encíclica: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar.

Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. Ya en aquella hora, Él anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre […] (cf. Jn 6, 31-33) […]: lo que antes era estar frente a Dios, se transforma ahora en unión por la participación en la entrega de Jesús, en su cuerpo y su sangre. La «mística» del Sacramento, que se basa en el abajamiento de Dios hacia nosotros, tiene otra dimensión de gran alcance y que lleva mucho más alto de lo que cualquier elevación mística del hombre podría alcanzar.

Pero ahora se ha de prestar atención a otro aspecto: la «mística» del Sacramento tiene un carácter social, porque en la comunión sacramental yo quedo unido al Señor como todos los demás que comulgan: «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan», dice san Pablo (1 Co 10, 17). La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí […]. Ahora, el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende, pues, que el ágape se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella el ágape de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros. […]. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma. Viceversa […], el «mandamiento» del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser «mandado» porque antes es dado.” (Encíclica “Dios es Amor”, Nos. 12, 13 y 14).

Gabriel Jaime Pérez, S.J.

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