domingo, 8 de noviembre de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: La limosna cristiana no es verdadera, si no es donación de sí

32º Domingo durante el año
Ciclo B
Evangelio: Marcos 12, 38-44

En aquel tiempo, dijo Jesús a las gentes en su predicación: «Guardaos de los escribas, que gustan pasear con amplio ropaje, ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y que devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones. Esos tendrán una sentencia más rigurosa».

Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: «Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir».

Palabra del Señor.


De las lecturas de la Santa Misa de hoy emergen dos figuras femeninas, dos viudas pobres, notables por su fe y generosidad. La primera (1º lectura: 1 Re 17, 10-16) es una mujer de Sarepta de buena posición, pero reducida a la miseria por la sequía y el hambre. Con todo, a la demanda del profeta Elías no sólo le da agua para beber, sino hasta el pan que había hecho con el último puñado de harina que le quedaba y que estaba destinado para ella y para su hijo. “Nos lo comeremos y luego moriremos” (ib 12), había dicho la mujer expresando su dramática situación.

A pesar de ser pagana, demuestra una fe sorprendente en la palabra del profeta que le asegura de parte de Dios en Israel: “La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra” (ib 14). Bajo esta promesa cede su pan. Un pan no es gran cosa, pero es mucho, o mejor, lo es todo cuando es el único sustento; para darlo entonces a otro hace falta una generosidad nada común.

Nosotros vamos a detenernos en la figura presentada por Jesús en el Evangelio (Mc 12, 38-44), porque en él contrapone el comportamiento de los maestros religiosos y de los ricos frente al de una pobre viuda. Jesús fue sorprendido por un gesto de inmensa generosidad mientras observaba a la gente que echaba dinero en el tesoro del templo.  Entre los ricos que “echaban en cantidad”, se esconde una viuda que deja caer “dos moneditas” (ib 42).

En términos económicos, su limosna es mínima, insignificante en comparación con el dinero que dan los ricos. Pero a los ojos de Dios, su donativo es mucho más valioso que ningún otro. Nadie la nota, pero Jesús mostrándola a los discípulos les dice: “Esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir” (ib 43-44).
Jesús explicó por qué era tan precioso para Dios su donativo. Los ricos daban de su ‘superavit’: todavía les quedaba mucho para satisfacer sus propias necesidades. La viuda echó “todo lo que tenía” (ib 44). No le quedaba nada, ni para comida ni para ninguna otra cosa. Su donativo significaba un sacrificio muchísimo mayor que los que ofrecían los ricos.

Dios no mira la cuantía del don, sino el corazón y la situación del que da. La viuda que por amor suyo se priva de todo lo que tiene, da mucho más que los ricos que ofrecen grandes sumas sin sustraer nada a su comodidad. Su gesto no tiene explicación sin una fe inmensa, mayo aún que la de la mujer de Sarepta (cfr. 1 Re 17, 10-16), porque no se apoya en la promesa de un profeta, sino únicamente en Dios y obra sin más móvil que el de servirle con todo el corazón.

Tal conducta está en contraste estridente con la de los escribas y doctores de la ley, que Jesús había condenado poco antes: “Devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos” (ib 40). Ellos habían hecho de la religión un pedestal para sus ambiciones y un lugar de tutelar la causa de los débiles e indefensos, reaprovechaban de sus bienes. Buen punto de reflexión. Si el hombre no es profundamente recto y sincero, puede llegar a servirse de la religión para sus bienes egoístas.

Marcos utiliza esta historia para resaltar el comportamiento de los maestros religiosos. La misma legislación religiosa regulaba todos y cada uno de los aspectos de la vida judía. Aquellos maestros tenían gran poder cuando enseñaban a la gente corriente a vivir según las Escrituras, especialmente en lo que se refería a cuestiones legales procedentes, por ejemplo, del Levítico y del Deuteronomio. Estaban satisfechos de su propia importancia y abusaban de su poder. Jesús pone en relieve su hipocresía describiendo con una sola frase cómo se aprovechaban de las viudas, robándoles sus herencias al mismo tiempo que aparentaban piedad recitando largas oraciones.

La verdadera religión es servir a Dios con pureza de corazón y honrarlo “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 24), acompañando la plegaria con el don de sí mismo hasta consumir por él la última moneda. Es también servir a Dios en el prójimo con una caridad que no calcula lo que da a base de lo que le sobra, sino de la necesidad del otro. La limosna no es cristiana si no es donación de sí, y el don de sí es imposible sin sacrificio, sin renuncia, sin privarse de algo.

Caridad cristiana es llorar con el que llora (Rm 12, 15), es participar en las condiciones del pobre, compartir sus privaciones y, en un caso extremo, hasta su misma hambre. Así lo hizo la viuda de Sarepta ofreciendo su último pan, y así lo hizo la viuda judía entregando todo su haber.

Pero el modelo supremo será siempre Jesús, el cual vino al mundo para dar la vida a los hombres, “para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo” (Hb 9, 24-28). El cristiano salvado por este sacrificio debe participar en él con la entrega de sí mismo para la salvación temporal y eterna de los hermanos. Por nosotros lo dio todo y lo ganó todo para nosotros. Por eso debemos ser generosos como él en nuestra entrega propia.

Con mi bendición.

Padre José Medina

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