domingo, 31 de mayo de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: Solemnidad de la Santísima Trinidad

Ciclo B
Evangelio: Mateo 28,16-20

En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron.

Jesús se acercó a ellos y les habló así:

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Palabra del Señor.


Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad: un solo Dios en tres personas distintas. Las lecturas bíblicas (Deuteronomio 4,32-34.39-40; Romanos 8, 14-17; Mateo 28, 16-20) nos invitan a renovar nuestra fe en el misterio inefable de Dios que se nos ha revelado como el Padre creador del universo, el Hijo salvador de la humanidad y el Espíritu Santo que nos vivifica, nos renueva, nos ilumina y nos hace posible construir relaciones de amor auténtico.

1. El Misterio de Dios trino y uno

Cuenta el gran filósofo y teólogo San Agustín (354-430 d.C.) que en cierta ocasión, mientras caminaba por la playa, vio a un niño que intentaba vaciar toda el agua del mar en la concha de un caracol, y  así  pudo comprender que la mente humana, por más esfuerzos que haga, es incapaz de abarcar la infinitud del misterio de Dios. El lenguaje bíblico, al intentar describir a Dios -no para definirlo, porque el Infinito es indefinible-, lo hizo con una palabra también imposible de definir, pero que en su sentido auténtico y más completo corresponde a lo que mejor puede caracterizar la experiencia de Dios: “Dios es Amor” (1 Juan 4, 8.16).

Ahora bien, si Dios es Amor, tiene que ser plural, pues para que exista el amor tiene que haber alguien que ama, alguien que sea amado y le corresponda también amando, y la relación misma de amor entre ambos. Este es el sentido del misterio: un solo Dios que es pluralidad en la perfecta comunidad de amor, y por lo mismo es unidad en la diversidad de personas. Es así como Dios Padre se nos revela en las enseñanzas y en la obra salvadora de su Hijo Jesucristo, su Palabra hecha carne por la acción del Espíritu Santo, el mismo que nos hace posible reconocer el amor de Dios llamándolo “Padre” (“Abba”: palabra sirio-caldea que significa literalmente “papá” y fue empleada originariamente por el mismo Jesús para dirigirse a Dios), y corresponder a él en el cumplimiento de su voluntad, que es  voluntad de amor.

2. Los símbolos de la Santísima Trinidad

Muchos símbolos han venido siendo empleados para tratar de expresar el misterio de Dios uno y trino, aunque en definitiva todos se quedan cortos. El Salmo 33 (32), por ejemplo, propuesto como respuesta a la primera lectura de hoy, habla tanto de la “palabra del Señor” como del “aliento de su boca”, imágenes del Hijo y del Espíritu que con el Padre constituyen un solo Dios.

Uno de los símbolos trinitarios es la imagen del sol, que en sí mismo es fuente de energía, es luz y es calor. Algo parecido es la Trinidad: el Hijo (luz que nos revela a Dios Padre) y el Espíritu Santo (fuego que nos ilumina y enciende en nosotros la llama del amor) son iguales en naturaleza al Padre (fuente de la luz y del calor), pero los tres en su pluralidad son un solo Dios. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. Tres Personas distintas y un solo Dios verdadero.

Otra imagen simbólica que suele usarse para expresar el misterio de Dios es la del triángulo equilátero: tres ángulos o tres lados distintos, pero una sola figura geométrica. Cada ángulo o cada lado es un elemento de esta figura, y aunque ninguno de ellos es lo que son los otros dos, los tres forman un mismo ser.

Pero la imagen que tal vez más llama la atención es la que usó San Patricio (387-461 d.C.), quien para presentarles el misterio de Dios a los paganos que en su época habitaban la isla de Irlanda, tomó en sus manos una hoja de trébol y señaló en ella los tres componentes que la forman. Con este sencillo ejemplo, quienes lo escuchaban podían acercarse a la comprensión del sentido de la fe en la uni-trinidad divina, completamente distinta de las creencias politeístas por cuanto no se trata de varios dioses, sino de uno solo cuyo ser actúa y se manifiesta pluralmente.

3. Nuestra fe en la Trinidad nos impulsa a la realización de lo que ella significa

"La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros”, es la frase con la que el apóstol Pablo solía saludar a las comunidades a las que dirigía sus cartas. Este es el origen del saludo con el que el sacerdote que preside la Eucaristía, después de hacer la señal de la cruz invocando a Dios uno y trino, suele iniciar la celebración del amor infinito de Aquél a quien en el himno del Gloria alabamos como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Luego, en la oración anterior a las lecturas bíblicas, nos dirigimos a Dios Padre invocando la mediación de Jesucristo, su Hijo, que vive y reina con Él en la unidad del Espíritu Santo. Más adelante proclamamos con el Credo nuestra fe en la Santísima Trinidad. Asimismo, inmediatamente antes de la consagración, después de haber alabado al tres veces Santo, le pedimos a Dios Padre que santifique con su Espíritu el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesucristo, y al terminar la plegaria eucarística hacemos el brindis con el que por Cristo, con Él y en Él, le damos todo honor y toda gloria a Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo. Finalmente, el sacerdote imparte para todos la bendición de Dios uno y trino.

En un libro de meditaciones escrito por el teólogo Joseph Ratzinger -hoy el Papa Benedicto XVI-, titulado El Dios de los Cristianos, en su sección subtitulada “Dios es trinitariamente uno”, leí la siguiente reflexión que se relaciona con el pasaje del Evangelio de hoy: “¿Cuántas veces hemos hecho la señal de la cruz sin recapacitar? Pues bien, otras tantas hemos invocado al Dios trino y uno. Por su sentido originario, esa invocación es renovación bautismal, aceptación de las palabras con las que nos hicimos cristianos y apropiación de lo que, en el bautismo, se infundió en nuestra vida (…). En aquella ocasión se derramó agua sobre nosotros mientras eran pronunciadas las palabras: ‘Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ (…)”.

Que esta fiesta de la Santísima Trinidad nos motive no sólo para renovar la expresión de nuestra fe en el misterio insondable e infinito de Dios, que es Amor, sino también para reactivar nuestro compromiso bautismal de realizar lo que significa proclamar a Dios como comunidad perfecta en la unidad y la pluralidad de personas: que precisamente porque hemos sido creados a su imagen y semejanza, también nosotros, empezando por la familia, llamada a seguir el modelo de la unidad trinitaria de Dios, respondamos cada día mejor a la invitación que Dios nos hace a ser una auténtica comunidad de amor.

Gabriel Jaime Pérez, S.J.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): Santísima Trinidad - Ciclo B

Bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo 
(Mt 28, 16-20)

sábado, 30 de mayo de 2015

SANTORAL (audios): San Fernando III (30 de mayo)




Oración a San Fernando III

San Fernando, Rey piadoso, que uniste al amor de Dios el cuidado de los débiles, enséñanos a regir a nuestros semejantes, buscando el bien del prójimo y la gloria de Dios, enséñanos a regir a nuestros semejantes, buscando el bien del prójimo y la gloria de Dios. Amén.

jueves, 28 de mayo de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA: “El noviazgo es un tiempo de conocimiento recíproco, no va el matrimonio exprés, es necesario trabajar en el amor”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 27 de mayo de 2015 en la Plaza de San Pedro.



Catequesis sobre sobre la Familia


"Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En estas catequesis sobre la familia, hoy quisiera hablar de noviazgo. El noviazgo tiene con ver con la confianza, la confidencia, la fiabilidad. Confianza con la vocación que Dios dona, porque el matrimonio es sobre todo el descubrimiento de una llamada de Dios. Ciertamente es una cosa bella que hoy los jóvenes puedan elegir casarse sobre la base de un amor recíproco.

Pero precisamente la libertad de la unión requiere una consciente armonía en la decisión, no solo un simple entendimiento de la atracción o del sentimiento de un momento, de un tiempo breve. Requiere un camino. El noviazgo, en otros términos, es el tiempo en el que los dos están llamados a hacer un buen trabajo sobre el amor, un trabajo partícipe y compartido, que va a la profundidad.

Se conocen el uno al otro: el hombre entiende a la mujer aprendiendo de esta mujer, su novia; y la mujer entiende del hombre aprendiendo este hombre, su novio. No infravaloremos la importancia de este aprendizaje: es un compromiso bonito, y el amor mismo lo requiere, porque no es solamente una felicidad sin preocupaciones, una emoción encantada… El pasaje bíblico habla de toda la creación como un bonito trabajo del amor de Dios: “Dios miró, así dice el libro del Génesis, todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno”. Solamente al final, Dios “descansó”. De esta imagen entendemos que el amor de Dios, que dio origen al mundo, no fue una decisión improvisada. ¡No!, fue un bonito trabajo. El amor de Dios creó las condiciones concretas de una alianza irrevocable, sólida, destinada a durar.

La alianza de amor entre el hombre y la mujer, alianza para la vida, no se improvisa, no se hace de un día para otro, no hay matrimonio exprés: es necesario trabajar en el amor. Es necesario caminar. La alianza del amor entre el hombre y la mujer se aprende y se afina. Me permito decir, es una alianza artesanal. Hacer de dos vidas una vida sola. Es también casi un milagro. Un milagro de la libertad y del corazón, confiado a la fe.

Tendríamos quizá que comprometernos más en este punto, porque nuestras “coordinadas sentimentales” están un poco confusas. Quien pretende querer todo y enseguida, cede también todo-y enseguida- a la primera dificultad, o a la primera ocasión. No hay esperanza por la confianza y la felicidad del don de sí, si prevalece la costumbre de consumar el amor como una especia de “integrador” del bienestar psico-físico. ¡El amor no es esto! El noviazgo se centra en la voluntad de cuidar juntos algo que nunca deberá ser comprado o vendido, traicionado o abandonado, por tentadora que pueda resultar la oferta.

También Dios, cuando habla de la alianza con su pueblo lo hace, algunas veces en la Biblia, en términos de noviazgo. En el libro de Jeremías, hablando al Pueblo cómo se había alejado de Él, dice así en el capítulo 2. ‘Yo recuerdo el tiempo de tu juventud, el tiempo de tu noviazgo’ Cuando el Pueblo era la novia de Dios y Dios ha hecho este recorrido de noviazgo.

Hace también una promesa, lo hemos oído, ahí, al inicio de la audiencia en el libro de Oseas. ‘Te haré mi esposa para siempre,  y te daré como dote el derecho y la justicia, en  el amor y la compasión. Te daré como dote mi fidelidad, y entonces conocerás al Señor’. Es un largo recorrido que el Señor hace con su Pueblo en este camino de noviazgo. Al final Dios se casa con su Pueblo, en Jesucristo, se casa en Jesús con la Iglesia, el Pueblo de Dios es la esposa de Jesús.

Pero cuánto camino, y vosotros italianos, en vuestra literatura, tenéis una obra maestra sobre el noviazgo. Es necesario que los jóvenes lo conozcan, lo lean. Es una obra maestra donde se cuenta la historia de los novios que han sufrido mucho dolor, han hecho un camino de muchas dificultades hasta llegar al final, al matrimonio. Pero no dejéis de lado esta obra maestra sobre el noviazgo que la literatura italiana os ha ofrecido. Es necesario ir adelante, leerlo y ver la belleza, también el sufrimiento, pero la fidelidad de los novios.

La Iglesia, en su sabiduría, cuida la distinción entre el ser novios y ser esposos, precisamente en vista de la delicadeza y la profundidad de esta verificación. Estemos atentos a no despreciar a la ligera esta sabia enseñanza, que se nutre también de la experiencia del amor conyugal felizmente vivido. Los símbolos fuertes del cuerpo conservan las claves del alma: no podemos tratar los vínculos de la carne con ligereza, sin abrir alguna herida duradera en el espíritu. (1 Cor 6,15-20).

Cierto, la cultura y la sociedad de ahora se han convertido lamentablemente indiferentes a la delicadeza y a la seriedad de este pasaje. Y por otro lado, no se puede decir que sean generosos con los jóvenes que tienen serias intenciones de formar una familia y a traer hijos al mundo. Es más, a menudo ponen mil obstáculos, mentales y prácticos.

El noviazgo es un recorrido de vida, que debe madurar, como la fruta. Es un camino de maduración, el amor. Hasta el momento en el que se convierte precisamente en matrimonio.

Los cursos prematrimoniales son una expresión especial de la preparación. Y nosotros vemos muchas parejas, que quizá llegan al curso un poco sin ganas. ‘Estos sacerdotes nos obligan a hacer este curso, pero ¿por qué? Nosotros ya sabemos...’ Lo hacen sin ganas. Pero después están contentos y dan las gracias, porque de hecho han encontrado allí una ocasión -a menudo la única- para reflexionar sobre su experiencia en términos no banales.

Sí, muchas parejas están juntas desde hace mucho tiempo, quizá también en la intimidad, a veces viviendo juntos, pero no se conocen verdaderamente. Parece extraño, pero la experiencia demuestra que es así. Por eso, se debe revalorar el noviazgo como tiempo de conocimiento recíproco y de compartir un proyecto.

El camino de preparación al matrimonio viene configurado en esta perspectiva, valiéndose también del testimonio simple pero intenso de los cónyuges cristianos. Y dirigiéndose también aquí sobre lo esencial: la Biblia, de redescubrir juntos, de forma consciente; la oración en su dimensión litúrgica, pero también esa oración ‘doméstica’, de vivir en familia. Los sacramentos, la vida sacramental, la confesión, la comunión... El Señor viene a vivir en los novios y les prepara para recibirles verdaderamente el uno con el otro con la gracia de Cristo; y a la fraternidad con los pobres y con los necesitados, que nos invitan a la sobriedad y a compartir. Los novios que se comprometen en esto, ambos, esto lleva a preparar una bonita celebración del matrimonio. De forma distinta, no mundana, sino de forma cristiana.

Pensemos en estas palabras de Dios que hemos escuchado cuando Él habla a su pueblo, como el novio a la novia. ‘Te haré mi esposa para siempre,  y te daré como dote el derecho y la justicia, en el amor y la compasión. Te daré como dote mi fidelidad, y entonces conocerás al Señor’.

Cada pareja de novios piense en esto y diga el uno al otro ‘te haré mi esposa, te haré mi esposo, espero ese momento’. Es un momento, es un recorrido que va despacio hacia adelante y que  es un recorrido de maduración. No deben quemarse las etapas del camino. La maduración se hace así, paso a paso.

El tiempo del noviazgo puede convertirse de verdad en un tiempo de iniciación, ¿a qué? a la sorpresa, a la sorpresa de los dones espirituales con los cuales el Señor, a través de la Iglesia, enriquece el horizonte de la nueva familia que se dispone a vivir en su bendición.

Ahora, invito a rezar a la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús, José y María. Rezar para que la familia tenga este camino de preparación. Y rezar por los novios. Rezamos a la Virgen todos juntos, un Ave María por todos los novios para que puedan entender la belleza de este camino hacia el matrimonio. Ave María… "

miércoles, 27 de mayo de 2015

FE Y VIDA: ¿Por qué causas dio su vida Mons. Óscar Romero?

Queridos amigos y hermanos del blog: la Iglesia católica beatificó e incluyó en la nómina de los beatos mártires a Monseñor Romero (Óscar Arnulfo Romero), arzobispo de San Salvador, en la república de El Salvador, asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la misa.

Con este motivo, José María Tojeira, sacerdote jesuita español naturalizado salvadoreño, que fue rector de la Universidad Centroamericana de El Salvador de 1997 a 2010, escribió una nota titulada “La causa de Monseñor”, en la que afirma que “es evidente que la gran causa de Romero era la santidad en el seguimiento de Cristo”. Pero esa causa, agrega, “adquiría matices muy concretos en su diario vivir”.

Esos matices, dice el padre Tojeira, se concretaban en la defensa de la dignidad de los pobres, en ser la voz de quienes no tenían voz para defender sus derechos. La defensa de la vida era otro aspecto, el primero, de aquellos matices de su causa. Por eso Romero insistía en el “no matarás”, ese “no matarás” que cuando se lo dijo a los soldados le costó la vida.

La paz, añade el autor de la nota, era otra de sus causas, porque monseñor Romero era un pacifista declarado. Creía en el diálogo, en la conversión, en la fuerza del Evangelio que impulsa a la hermandad. Creía en la superación del odio.

El padre Tojeira concluye su nota diciendo: “Profeta de justicia, padre de los pobres, defensor de los derechos humanos, hombre libre para anunciar el Reino de Dios y denunciar el antirreino, Romero sigue siendo para nosotros ejemplo y camino”.

La causa de Monseñor Romero

San Agustín decía que al “mártir lo hace la causa, no el castigo del perseguidor”. Por eso en este tiempo conviene reflexionar sobre la causa de Monseñor Romero. Porque es su causa, su ideal, su principio de acción, el que nos puede iluminar hoy para transformar la realidad. Es evidente que la gran causa de Romero era la santidad en el seguimiento de Cristo. Pero esa causa adquirías matices muy concretos en su diario vivir.

En su tiempo de arzobispo podemos decir que tanto el Cristo al que seguía como su Evangelio le pedían defender a los pobres y ser voz de quienes no tenían voz para defender sus derechos. En un momento en que la dignidad humana se negaba con facilidad, exigir respeto a esa dignidad se mostraba indispensable desde la vivencia cristiana.

Y Romero estaba afianzado radicalmente en el mensaje evangélico que considera a todas las personas hijos e hijas de Dios, con una dignidad inalienable. La causa de la vida era la primera causa de este santo. Matar a un hijo o hija de Dios era atentar contra Dios. Y por eso Romero insistía en el “no matarás”. Ese “no matarás” que cuando se lo dijo a los soldados le costó la vida.

La causa de Romero, la vida en dignidad de los pobres, le llevaba a ser testigo de la verdad y simultáneamente luchar para desmontar la serie de mentiras, idolatrías, que rompían la hermandad y la vida del pueblo salvadoreño. La idolatría de la riqueza era, según nuestro mártir, la más dura de todas ellas. La insistencia en los derechos de los trabajadores, las quejas en torno al salario mínimo, la cita de la carta de Santiago sobre el salario de los trabajadores del campo, eran palabras habituales en él. Hoy no podemos celebrarlo a gusto si no miramos también esa ley del salario mínimo salvadoreño, injusta y ofensiva con los trabajadores del campo. Y así como defendía a los pobres, recordaba a los ricos sus responsabilidades.

El destino universal de los bienes, la prioridad del trabajo sobre el capital, la hipoteca social del capital, tres afirmaciones clave en la doctrina social de la Iglesia y en el pensamiento de Romero, no se vivían ni en su tiempo ni se viven en el nuestro. Esta era la segunda de sus causas; que la vida del pobre se respete, se le otorgue la dignidad que merece.

La paz era otra de sus causas. Monseñor Romero era un pacifista declarado. Creía en el diálogo, en la conversión, en la fuerza del Evangelio que impulsa a la hermandad. Creía en la superación del odio. Y creía también en la igual dignidad de la persona. Sabía que toda violencia comienza despreciando la igual dignidad de la persona humana. Y por eso trataba de restaurar esa igual dignidad con su voz, con su ejemplo, con su fuerza personal, con su diálogo con todos.

Sus repetidas declaraciones insistiendo en que la única violencia posible es la que se hace uno a sí mismo cuando lucha contra su egoísmo o contra su espíritu de venganza le muestran como alguien que cree posible la reconciliación. Pero reconciliación sobre la verdad y la justicia, y no sobre frases vacías que no transforman la realidad. Sabía que la paz está íntimamente unida a la justicia y por eso insistía en la justicia como camino hacia la paz. Escuchaba a todos, pero pedía, también a todos, que dejaran a parte sus intereses individuales para llegar a un bien social del que se pudiera decir con razón que era un bien común.

Ciertamente esas causas estaban impregnadas y brotaban de su amor a Dios y a los hijos e hijas de Dios. Pero eran causas claras. Defensa de la vida en un tiempo, parecido al actual, en el que la vida valía muy poco y demasiados pensaban que el asesinar podía ser solución para los conflictos humanos. Defensa de la dignidad humana y de los derechos de los seres humanos en un tiempo en que se explotaba a los pobres y se comenzaba a exhibir una desigualdad brutal y ofensiva. Desigualdad que hoy permanece agresiva y dura sin que nos indigne ni nos saque de una excesiva indiferencia. Desigualdad sistemáticamente ocultada por los medios de comunicación que ayer persiguieron al obispo mártir y que hoy siguen ocultándola. Desigualdad que se sigue mostrando en los salarios, multiplicando la inequidad tanto en la realidad como en las leyes de salario mínimo. Y finalmente defensa de la paz con justicia. Esa paz social que hoy decimos que queremos pero que no nos atrevemos a ponerle la justicia como condimento indispensable.

Monseñor Romero fue como Jesús y con Jesús de Nazaret “testigo de la verdad”. De una verdad fundamental cristiana, que es la de la hermandad universal construida desde el Padre lleno de amor. Y testigo también de una verdad histórica en la que la hermandad se negaba de muchas maneras. El comunicado de la Conferencia Episcopal en el momento de su muerte decía que “por ser fiel a la verdad, cayó como los grandes profetas entre el vestíbulo y el altar”. Profeta de justicia, padre de los pobres, defensor de los derechos humanos, hombre libre para anunciar el Reino de Dios y denunciar el antirreino, sigue siendo para nosotros ejemplo y camino. Las causas del cristiano tienen siempre objetivos trascendentes y objetivos históricos. Si hoy nos olvidamos de los dolores de nuestro pueblo estaremos olvidándonos también del verdadero mártir y santo, Óscar Arnulfo Romero.

martes, 26 de mayo de 2015

IGLESIA HOY: Monseñor Óscar Arnulfo Romero ya es Beato

Queridos amigos y hermanos del blog: el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, presidió el pasado sábado 23 de mayo, ante miles de personas, la ceremonia de beatificación del arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero. El papa Francisco al proclamarlo beato determinó que su fiesta se celebre el 24 de marzo de cada año, día “en que nació para el cielo”.

El acto comenzó a las 10 (hora local), ante una multitud de aproximadamente 300 mil personas, que colmaron las avenidas aledañas a la Plaza Salvador del Mundo de San Salvador.

Al inicio de la ceremonia, el actual arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar Alas leyó un mensaje pidiendo al papa Francisco “que se digne a inscribir en el número de los beatos a este venerable siervo de Dios Óscar Arnulfo Romero Galdámez”. A continuación, monseñor Vincenzo Paglia, presidente del Pontificio Consejo de la familia y postulador de la Causa, leyó una biografía sobre el nuevo beato.

En respuesta al pedido de monseñor Escobar Alas, en una carta leída primero en latín y luego en español, el papa Francisco señaló que “para colmar la esperanza de muchísimos fieles cristianos” en virtud de su autoridad apostólica facultó a que en adelante a Mons. Romero “se le llame Beato y se celebre su fiesta el día veinticuatro de marzo, en que nació para el cielo”.

El Santo Padre describió al ahora Beato salvadoreño como “Obispo y mártir, pastor según el corazón de Cristo, evangelizador y padre de los pobres, testigo heroico del Reino de Dios”.

Durante la eucaristía fueron presentadas durante la celebración la reliquia del nuevo beato: la camisa ensangrentada que llevaba el día del martirio.

Durante la homilía el cardenal Amato recordó a monseñor Romero como “luz de las naciones y sal de la tierra. Si sus perseguidores han desaparecido en la sombra del olvido y de la muerte, la memoria de Romero en cambio continúa viva y dando consuelo a todos los pobres y marginados de la tierra”.

¿Quién era Romero? ¿Cómo se preparó el martirio?, se preguntó el purpurado en la homilía. Y así, ha contestado explicando que “él era un sacerdote bueno y un obispo sabio” pero “sobre todo un hombre virtuoso”. De hecho, “amaba a Jesús, lo adoraba en la Eucaristía, veneraba a la Santísima Virgen María, amaba a la Iglesia, amaba al Papa, amaba a su pueblo”. Precisamente por esto, explicó el cardenal, el martirio “no fue una improvisación, sino que tuvo una larga preparación. Romero, de hecho, era como Abrahán, un hombre de fe profunda y de esperanza inquebrantable”.

Así, recordó las palabras del nuevo beato poco antes de su ordenación sacerdotal escritas en sus apuntes: “¡Este año haré la gran entrega a Dios! Dios mío ayúdame, prepárame. Tú eres todo, yo no soy nada, y sin embargo, tu amor quiere que yo sea mucho. ¡Con tu todo y mi nada haremos ese mucho!”.

Por otro lado recordó que hubo un suceso que marcó a Romero: el asesinato del padre Rutilio Grande, sacerdote jesuita salvadoreño “que había dejado la enseñanza universitaria para ser párroco de los campesinos, oprimidos y marginados”. Este asesinato “tocó el corazón del arzobispo, que lloró a su sacerdote como podía hacerlo una madre con su propio hijo”.

Desde ese día -observó el cardenal Amato- el lenguaje se hizo cada vez más explícito al defender al pueblo oprimido y a los sacerdotes perseguidos, independientemente de las amenazas que recibía diariamente.

También recordó que la opción por los pobres del arzobispo Romero “no era ideológica sino evangélica. Su caridad se extendía también a los perseguidores a los que predicaba la conversión al bien y a los que aseguraba el perdón, a pesar de todo”. Estaba acostumbrado a ser misericordioso -añadió- la generosidad en el donar a quien pedía era magnánima, total, abundante. A quien pedía, daba.

Por otro lado, el prefecto señaló que la caridad pastoral “le infundía una fortaleza extraordinaria”. Las amenazas y críticas que sufría no le desanimaban, sino que le impulsaban a actuar sin nutrir rencor, aseguró el cardenal Amato.

Finalmente, ha indicado que Romero "no es un símbolo de división, sino de paz, de concordia, de fraternidad”.

SANTORAL (audios): San Felipe Neri (26 de mayo)




DICHOS DE SAN FELIPE NERI

"Quien quiera algo que no sea Cristo,
no sabe lo que quiere;
quien pida algo que no sea Cristo,
no sabe lo que pide;
quien no trabaje por Cristo, 
  no sabe lo que hace"

"Como es posible que alguien que cree en Dios
pueda amar algo fuera de Él".
  
"¿Oh Señor que eres tan adorable
y me has mandado a amarte,
por qué me diste tan solo un corazón
y este tan pequeño?"  

lunes, 25 de mayo de 2015

PAPA FRANCISCO: “Dios concedió al Obispo Romero, mártir, la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su Pueblo”



Carta del Santo Padre Francisco
con motivo de la beatificación de
Monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez




Excmo. Mons. José Luis Escobar Alas
Arzobispo de San Salvador
Presidente de la Conferencia Episcopal de El Salvador

Querido Hermano: La beatificación de monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez, que fue Pastor de esa querida Arquidiócesis, es motivo de gran alegría para los salvadoreños y para cuantos gozamos con el ejemplo de los mejores hijos de la Iglesia. Monseñor Romero, que construyó la paz con la fuerza del amor, dio testimonio de la fe con su vida entregada hasta el extremo.

El Señor nunca abandona a su pueblo en las dificultades, y se muestra siempre solícito con sus necesidades. Él ve la opresión, oye los gritos de dolor de sus hijos, y acude en su ayuda para librarlos de la opresión y llevarlos a una nueva tierra, fértil y espaciosa, que “mana leche y miel” (cf. Ex 3, 7-8). Igual que un día eligió a Moisés para que, en su nombre, guiara a su pueblo, sigue suscitando pastores según su corazón, que apacienten con ciencia y prudencia su rebaño (cf. Jer 3, 15).

En ese hermoso país centroamericano, bañado por el Océano Pacífico, el Señor concedió a su Iglesia un Obispo celoso que, amando a Dios y sirviendo a los hermanos, se convirtió en imagen de Cristo Buen Pastor. En tiempos de difícil convivencia, Monseñor Romero supo guiar, defender y proteger a su rebaño, permaneciendo fiel al Evangelio y en comunión con toda la Iglesia. Su ministerio se distinguió por una particular atención a los más pobres y marginados. Y en el momento de su muerte, mientras celebraba el Santo Sacrificio del amor y de la reconciliación, recibió la gracia de identificarse plenamente con Aquel que dio la vida por sus ovejas.

En este día de fiesta para la Nación salvadoreña, y también para los países hermanos latinoamericanos, damos gracias a Dios porque concedió al Obispo mártir la capacidad de ver y oír el sufrimiento de su pueblo, y fue moldeando su corazón para que, en su nombre, lo orientara e iluminara, hasta hacer de su obrar un ejercicio pleno de caridad cristiana.

La voz del nuevo Beato sigue resonando hoy para recordarnos que la Iglesia, convocación de hermanos entorno a su Señor, es familia de Dios, en la que no puede haber ninguna división. La fe en Jesucristo, cuando se entiende bien y se asume hasta sus últimas consecuencias genera comunidades artífices de paz y de solidaridad. A esto es a lo que está llamada hoy la Iglesia en El Salvador, en América y en el mundo entero: a ser rica en misericordia, a convertirse en levadura de reconciliación para la sociedad.

Monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia. Es necesario renunciar a “la violencia de la espada, la del odio”, y vivir “la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros”.

Él supo ver y experimentó en su propia carne “el egoísmo que se esconde en quienes no quieren ceder de lo suyo para que alcance a los demás”. Y, con corazón de padre, se preocupó de “las mayorías pobres”, pidiendo a los poderosos que convirtiesen “las armas en hoces para el trabajo”.

Quienes tengan a Monseñor Romero como amigo en la fe, quienes lo invoquen como protector e intercesor, quienes admiren su figura, encuentren en él fuerza y ánimo para construir el Reino de Dios, para comprometerse por un orden social más equitativo y digno.

Es momento favorable para una verdadera y propia reconciliación nacional ante los desafíos que hoy se afrontan. El Papa participa de sus esperanzas, se une a sus oraciones para que florezca la semilla del martirio y se afiancen por los verdaderos senderos a los hijos e hijas de esa Nación, que se precia de llevar el nombre del divino Salvador del mundo.

Querido hermano, te pido, por favor, que reces y hagas rezar por mí, a la vez que imparto la Bendición Apostólica a todos los que se unen de diversas maneras a la celebración del nuevo Beato.

Fraternamente, Francisco
Vaticano, 23 de mayo de 2015.

domingo, 24 de mayo de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: Solemnidad de Pentecostés

Ciclo B
Evangelio: Jn 20,19-23

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo:

«La paz con vosotros».

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez:

«La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío».

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Palabra del Señor.


La celebración de Pentecostés (en griego día 50) proviene de una antigua fiesta anual agraria que marcaba el fin de la cosecha del trigo y la cebada. Era llamada fiesta de la Semana de Semanas o de las 7 Semanas, y tenía lugar 50 días después de la ofrenda de los primeros frutos. Los judíos le dieron un significado histórico al conmemorar en ella la Alianza de Dios con su pueblo sellada con la promulgación de su Ley en el monte Sinaí, 50 días después del acontecimiento de la Pascua con el que Dios había liberado al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto.

Para los cristianos, Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. La 1ª lectura (Hechos de los Apóstoles 2, 1-11) cuenta cómo 50 días después de la Pascua los primeros discípulos que habían seguido a Jesús y oraban con María, su madre (Hechos 1, 13-14), recibieron el Espíritu Santo prometido por Él para realizar la misión que les había encomendado: proclamar abiertamente la Buena Noticia de una nueva Alianza y una nueva Ley -la ley del amor universal-, ya no para un solo pueblo sino para toda la humanidad, en virtud del acontecimiento pascual realizado en Jesucristo con su muerte redentora y su resurrección gloriosa. En la 2ª lectura (1 Cor 12, 3b-7.12-13) el apóstol Pablo se refiere a la acción del Espíritu Santo a través de sus dones. El Evangelio (Jn 20, 19-23) nos presenta a Jesús resucitado comunicándoles a sus discípulos el Espíritu Santo, al que el Salmo 104 (103) se refiere como el “aliento” de Dios que crea y renueva la vida.

1. El Espíritu Santo y sus símbolos

Los relatos bíblicos de la creación dicen que “el Espíritu  (en hebreo la Ruaj) de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gn 1, 2) y que el Señor “formó al hombre de la tierra, sopló en su nariz y le dio vida” (Gn 2, 7). La palabra ruaj -de género femenino en lengua hebrea, lo cual es importante resaltar para reconocer el valor de este género desde el inicio de la creación- significa viento, aliento, soplo. En los Hechos se habla de un viento fuerte, en el Salmo del aliento de Dios que crea y renueva la vida, y en el Evangelio del soplo de Jesús a sus discípulos para decirles: “reciban el Espíritu Santo”.

Hay otros signos que también emplea el lenguaje bíblico para referirse al Espíritu Santo: El fuego simboliza la energía divina que transforma, dinamiza, da luz y calor; el relato de los Hechos nos presenta este signo en la imagen de las “lenguas de fuego”. El agua, signo de vida, expresa el nuevo nacimiento en el Bautismo; a él alude Pablo en la segunda lectura cuando dice que “todos hemos bebido de un mismo Espíritu”. El óleo significa la fortaleza para cumplir la misión; este signo se emplea en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, el Orden y la Unción de los Enfermos. La paloma que aparece al terminar el diluvio con una rama de olivo (Gn 8, 11) y en el Bautismo de Jesús (Jn 1, 32), evoca al Espíritu que “aleteaba sobre las aguas” (Gn 1, 2). La imposición de las manos -que abiertas y unidas por los pulgares forman la imagen de un ave con las alas desplegadas- significa la comunicación del Espíritu Santo.

2. El Espíritu Santo hace posible el nacimiento y el desarrollo de la Iglesia

Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia  (en griego Ekklesía, es decir, comunidad convocada), Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo compuesto por muchos y distintos miembros -todos los bautizados-, animado por el Espíritu Santo del que provienen, como dice el apóstol Pablo en la segunda lectura, los dones o carismas necesarios para realizar los servicios y las funciones que a cada cual le corresponden según su vocación. Se suelen destacar estos siete dones del Espíritu Santo:

Sabiduría para conocer la voluntad de Dios y tomar siempre las decisiones correctas. Entendimiento para saber interpretar y comprender el sentido la Palabra de Dios. Ciencia para saber descubrir a Dios en su creación y desarrollarla constructivamente. Consejo para orientar a otros cuando nos lo solicitan o necesitan de nuestra ayuda. Fortaleza para luchar sin desanimarnos a pesar de los problemas y las dificultades. Piedad para reconocernos como hijos de Dios y como hermanos entre nosotros. Respeto a Dios (llamado también de temor de Dios, pero con un sentido diferente del miedo), para evitar las ocasiones de pecado y cumplir a cabalidad sus mandamientos.

3. El Espíritu Santo hace posible la comunicación gracias al lenguaje del amor

Pentecostés es la gran fiesta de la comunicación, gracias al lenguaje del amor que hace posible el entendimiento entre las personas en su diversidad y pluralidad de idiomas, razas y culturas. Toda la historia de la acción creadora, salvadora y renovadora de Dios, que llega a su plenitud en Jesucristo y se hace efectiva en nosotros por obra y gracia del Espíritu Santo, es un paso de la incomunicación de Babel a la comunicación de Pentecostés. Cuando las civilizaciones pretenden edificarse con intenciones de dominación opresora, la consecuencia es la falta de entendimiento (Génesis 11, 1-9); pero cuando la intención es compartir, construir una auténtica comunidad participativa en la que todos los seres humanos seamos efectivamente reconocidos entre nosotros como hermanos, se hace palpable la presencia unificadora del Espíritu de Dios y se produce la verdadera comunicación (Hechos 2, 1-12).

Al celebrar hoy la fiesta de Pentecostés, y también al comenzar cada jornada y cada acción importante en nuestra vida, sintiéndonos unidos en oración como los primeros discípulos lo estaban con María, la madre de Jesús, repitamos en nuestro interior la petición que antecede en la liturgia eucarística al Evangelio de este día: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

Gabriel Jaime Pérez, S.J.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): Pentecostés - Ciclo B

“El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena” 
(Jn 20, 19-23) 


sábado, 23 de mayo de 2015

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): No seamos esclavos del pecado



DÉCIMO CUARTO PROGRAMA DEL CICLO















“La libertad que nos ha dado Cristo, nos libra, como nos enseña San Pablo, de la esclavitud de los “elementos del mundo” (Ibíd., 4, 3); es decir, de la errónea elección del hombre que le lleva a servir y hacerse esclavo de “los que por naturaleza no son dioses”: (Ibíd., 4, 8) el egoísmo, la envidia, la sensualidad, la injusticia y el pecado en cualquiera de sus manifestaciones.

Para Jesús, hacer la voluntad de Dios era el alimento de su existencia (cf. Jn 4, 34), aquello que sostenía y daba sentido a su actuación entre los hombres. Y lo mismo debe suceder en la vida de los hijos de Dios: ¡Debemos concebir nuestra existencia como un acto de servicio, de obediencia, al designio libre, amoroso y soberano de nuestro Padre Dios! Haciendo lo que Dios quiere, también con sacrificio, nos revestimos de la libertad, del amor y de la soberanía de Dios.”

(San Juan Pablo II, Discursos en Argentina, 8 de abril de 1987, Tucumán).

viernes, 22 de mayo de 2015

SANTORAL: Vida y martirio de Monseñor Oscar Arnulfo Romero

Nació en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, República de El Salvador, en América Central, el 15 de agosto de 1917, día de la Asunción de la Virgen María. Su familia era humilde y con un tipo modesto de vida. Desde pequeño, Oscar fue conocido por su carácter tímido y reservado, su amor a lo sencillo y su interés por las comunicaciones. A muy temprana edad sufrió una grave enfermedad que le afectó notablemente en su salud.

En el transcurso de su infancia, en ocasión de una ordenación sacerdotal a la que asistió, Oscar habló con el padre que acompañaba al recién ordenado y le manifestó sus grandes deseos de hacerse sacerdote. Su deseo se convirtió en una realidad, ingresó al Seminario Menor de San Miguel y a pesar de las desaveniencias económicas que pasaba la familia para mantenerlo en el seminario, Oscar avanzó en su idea de entregar su vida al servicio de Dios y del pueblo.

Estudió con los padres Claretianos en el Seminario Menor de San Miguel desde 1931 y posteriormente con los padres Jesuitas en el Seminario San José de la Montaña hasta 1937. En el tiempo que estalló la II Guerra Mundial, fue elegido para ir a estudiar a Roma y completar su formación sacerdotal y seguramente su elección se debió a la integridad espiritual e inteligencia académica manifestada en el seminario.

Fue ordenado sacerdote a la edad de 25 años en Roma, el 4 de abril de 1942. Continuó estudiando en Roma para completar su tesis de Teología sobre los temas de ascética y mística, pero debido a la guerra, tuvo que regresar a El Salvador y abandonar la tesis que estaba a punto de concluir.

Regresó al país en agosto de 1943. Su primera parroquia fue Anamorós en el departamento de La Unión. Pero poco tiempo después fue llamado a San Miguel donde realizó su labor pastoral durante aproximadamente veinte años.

El padre Romero era un sacerdote sumamente caritativo y entregado. No aceptaba obsequios que no necesitara para su vida personal. Ejemplo de ello fue la cómoda cama que un grupo de señoras le regaló en una ocasión, la cual regaló y continuó ocupando la sencilla cama que tenía.

Dada su amplia labor sacerdotal fue elegido Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador y ocupó el mismo cargo en el Secretariado Episcopal de América Central.

El 25 de abril de 1970, la Iglesia lo llamó a proseguir su camino pastoral elevándolo al ministerio episcopal como Obispo Auxiliar de San Salvador, que tenía al ilustre Mons. Luis Chávez y González como Arzobispo y como Auxiliar a Mons. Arturo Rivera Damas. Con ellos compartiría su desafío pastoral y en el día de su ordenación episcopal dejaba claro el lema de toda su vida: “Sentir con la Iglesia”.

Esos años como Auxiliar fueron muy difíciles para Monseñor Romero. No se adaptaba a algunas líneas pastorales que se impulsaban en la Arquidiócesis y además lo aturdía el difícil ambiente que se respiraba en la capital. También fue nombrado director del semanario Orientación, y le dio al periódico un giro notablemente clerical. Este “giro” le fue muy criticado por algunos sectores dentro de la misma Iglesia, considerándolo un “periódico sin opinión”.

En El Salvador la situación de violencia avanzaba, con ello la Iglesia se edificaba en contra de esa situación de dolor, por tal motivo la persecución a la Iglesia en todos sus sentidos comenzó a cobrar vida.

Luego de muchos conflictos en la Arquidiócesis, la sede vacante de la Diócesis de Santiago de María fue su nuevo camino. El 15 de octubre de 1974 fue nombrado obispo de esa Diócesis y el 14 de diciembre tomó posesión de la misma. Monseñor Romero se hizo cargo de la Diócesis más joven de El Salvador en ese tiempo.

En junio de 1975 se produjo el suceso de “Las Tres Calles”, donde un grupo de campesinos que regresaban de un acto litúrgico fue asesinado sin compasión alguna, incluso a criaturas inocentes.

Mons. Romero junto al Beato Pablo VI.
El informe oficial hablaba de supuestos subversivos que estaban armados; las ‘armas’ no eran más que las biblias que los campesinos portaban bajos sus brazos. En ese momento, los sacerdotes de la Diócesis, sobre todos los jóvenes, pidieron a Monseñor Romero que hiciera una denuncia pública sobre el hecho y que acusara a las autoridades militares del siniestro, Mons. Romero no había comprendido que detrás de las autoridades civiles y militares, detrás del mismo Presidente de la República, Arturo Armando Molina que era su amigo personal, había una estructura de terror, que eliminaba de su paso a todo lo que pareciera atentar los intereses de “la patria” que no eran más que los intereses de los sectores pudientes de la nación. Mons. Romero creía ilusamente en el Gobierno, éste era su grave error. Poco a poco comenzó a enfrentarse a la dura realidad de la injusticia social.
Los amigos ricos que tenía eran los mismos que negaban un salario justo a los campesinos; esto le empezó a incomodar, la situación de miseria estaba llegando muy lejos como para quedarse esperando a una solución de los demás. La situación se agudizó y las relaciones entre el pueblo y el gobierno se fueron agrietando.

En medio de ese ambiente de injusticia, violencia y temor, Mons. Romero fue nombrado Arzobispo de San Salvador el 3 de febrero de 1977 y tomó posesión el 22 del mismo mes, en una ceremonia muy sencilla. Tenía 59 años de edad y su nombramiento fue para muchos una gran sorpresa, el seguro candidato a la Arquidiócesis era el auxiliar por más de dieciocho años en la misma, Mons. Arturo Rivera Damas: “la lógica de Dios desconcierta a los hombres”.

El 12 de marzo de 1977, se dio la triste noticia del asesinato del padre Rutilio Grande, un sacerdote amplio, consciente, activo y sobre todo comprometido con la fe de su pueblo. La muerte de un amigo duele, Rutilio fue un buen amigo para Monseñor Romero y su muerte le dolió mucho: “un mártir dió vida a otro mártir”.

Su opción comenzó a dar frutos en la Arquidiócesis, el clero se unió en torno al Arzobispo, los fieles sintieron el llamado y la protección de una Iglesia que les pertenecía, la “fe” de los hombres se volvió en el arma que desafiaría las cobardes armas del terror. La situación se complicó cada vez más. Un nuevo fraude electoral impuso al general Carlos Humberto Romero para la Presidencia. Una protesta generalizada se dejó escuchar en todo el ambiente.

24 de marzo de 1980, Monseñor Romero,
fue asesinado de un certero disparo,
mientras oficiaba la Santa Misa.
En el transcurso de su ministerio Arzobispal, Mons. Romero se convirtió en un implacable protector de la dignidad de los seres humanos, sobre todo de los más desposeídos; esto lo llevaba a emprender una actitud de denuncia contra la violencia, y sobre todo a enfrentar cara a cara a los regímenes del mal.

Sus homilías se convirtieron en una cita obligatoria de todo el país cada domingo. Desde el púlpito iluminaba a la luz del Evangelio los acontecimientos del país y ofrecía rayos de esperanza para cambiar esa estructura de terror.

Los primeros conflictos de Monseñor Romero surgieron a raíz de las marcadas oposiciones que su pastoral encontraba en los sectores económicamente poderosos del país y unido a ellos, toda la estructura gubernamental que alimentaba esa institucionalidad de la violencia en la sociedad salvadoreña, sumado a ello, el descontento de las nacientes organizaciones político-militares de izquierda, quienes fueron duramente criticados por Mons. Romero en varias ocasiones por sus actitudes de idolatrización y su empeño en conducir al país hacia una revolución.

A raíz de su actitud de denuncia, Mons. Romero comenzó a sufrir una campaña extremadamente agobiante contra su ministerio arzobispal, su opción pastoral y su personalidad misma, cotidianamente eran publicados en los periódicos más importantes, editoriales, campos pagados, anónimos, etc., donde se insultaba, calumniaba, y más seriamente se amenazaba la integridad física de Mons. Romero. La “Iglesia Perseguida en El Salvador” se convirtió en signo de vida y martirio en el pueblo de Dios.

Este calvario que recorría la Iglesia ya había dejado rasgos en la misma, luego del asesinato del padre Rutilio Grande, se sucedieron otros asesinatos más. Fueron asesinados los sacerdotes Alfonso Navarro y su amiguito Luisito Torres, luego fue asesinado el padre Ernesto Barrera, posteriormente fue asesinado, en un centro de retiros, el padre Octavio Ortiz y cuatro jóvenes más. Por último fueron asesinados los padres Rafael Palacios y Alirio Napoleón Macias. La Iglesia sintió en carne propia el odio irascible de la violencia que se había desatado en el país.

Resultaba difícil entender en el ambiente salvadoreño que un hombre tan sencillo y tan tímido como Mons. Romero se convirtiera en un “implacable” defensor de la dignidad humana y que su imagen traspasara las fronteras nacionales por el hecho de ser: “voz de los sin voz”. Muchas de los sectores poderosos y algunos obispos y sacerdotes se encargaron de manchar su nombre, incluso llegando hasta los oídos de las autoridades de Roma. Mons. Romero sufrió mucho esta situación, le dolía la indiferencia o la traición de alguna persona en contra de él. Ya a finales de 1979 Monseñor Romero sabía el inminente peligro que acechaba contra su vida y en muchas ocasiones hizo referencia de ello consciente del temor humano, pero más consciente del temor a Dios a no obedecer la voz que suplicaba interceder por aquellos que no tenían nada más que su fe en Dios: los pobres.

Uno de los hechos que comprobó el inminente peligro que acechaba sobre la vida de Mons. Romero fue el frustrado atentado dinamitero en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en febrero de 1980, el cual hubiera acabado con la vida de Monseñor Romero y de muchos fieles que se encontraban en el recinto de dicha Basílica.

El domingo 23 de marzo de 1980 Mons. Romero pronunció su última homilía, la cual fue considerada por algunos como su sentencia de muerte debido a la dureza de su denuncia: “en nombre de Dios y de este pueblo sufrido... les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, CESE LA REPRESION”.

Ese 24 de marzo de 1980 Monseñor OSCAR ARNULFO ROMERO GALDAMEZ fue asesinado de un certero disparo, aproximadamente a las 6:25 p.m. mientras oficiaba la Eucaristía en la Capilla del Hospital La Divina Providencia, exactamente al momento de preparar la mesa para recibir el Cuerpo de Jesús. Fue enterrado el 30 de marzo y sus funerales fueron una manifestación popular de compañía, sus queridos campesinos, las viejecitas de los cantones, los obreros de la ciudad, algunas familias adineradas que también lo querían, estaban frente a la catedral para darle el último adiós, prometiéndole que nunca lo iban a olvidar. Raramente el pueblo se reúne para darle el adiós a alguien, pero él era su padre, quien los cuidaba, quien los quería, todos querían verlo por última vez.

Tres años de fructífera labor arzobispal habían terminado, pero una eternidad de fe, fortaleza y confianza en un hombre bueno como lo fue Mons. Romero habían comenzado, el símbolo de la unidad de los pobres y la defensa de la vida en medio de una situación de dolor había nacido.