sábado, 31 de octubre de 2015

PAPA FRANCISCO: Oremos a San Miguel Arcángel contra el demonio

Queridos amigos, compartimos con ustedes el tuit del 29 de octubre de 2015 del Papa Francisco, junto con una oración a san Miguel Arcángel:

"Pidamos la ayuda del Arcángel Miguel para defendernos de las insidias y engaños del demonio" (Papa Francisco).



Oración a San Miguel Arcángel:

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla.

Sé nuestro amparo contra las perversidad y asechanzas del demonio.

Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú, príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.


Imagen: Estatua de san Miguel Arcángel que vence al demonio, situada en los jardines del Vaticano. En la punta de la lanza del Arcángel está escrito: "QUIS UT DEUS" (¿quién como Dios?, significado del nombre "Miguel"), mientras que alrededor de la esfera figuran las palabras de Nuestro Señor Jesús a san Pedro: " …et portae inferi non praevalebunt" ("Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" -la Iglesia-, (Mateo, 16,18). La mano representa la mano di Cristo encarnada en la Iglesia.

jueves, 29 de octubre de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA: “El respeto recíproco es condición y, al mismo tiempo, fin del diálogo interreligioso”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 28 de octubre de 2015 en la Plaza de San Pedro.


Catequesis sobre el 50º aniversario de la declaración conciliar Nostra Aetate


"Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

En las audiencia generales a menudo hay personas o grupos pertenecientes a otras religiones; pero hoy esta presencia es particular, para recordar juntos al 50ª aniversario de la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra ætate sobre las relaciones de la Iglesia católica con las religiones no cristianas. Este tema estaba fuertemente en el corazón del beato papa Pablo VI, que ya en la fiesta de pentecostés del año precedente al final del Concilio, había instituido el Secretariado para los no cristianos, hoy Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. Expreso por eso mi gratitud y mi calurosa bienvenida a personas y grupos de diversas religiones, que hoy han querido estar presentes, especialmente a los que han venido de lejos.

El Concilio Vaticano II fue un tiempo extraordinario de reflexión, diálogo y oración para renovar la mirada de la Iglesia católica sobre sí misma y sobre el mundo. Una carta de los signos de los tiempos en vista de una actualización orientada por una doble fidelidad: fidelidad a la tradición eclesial y fidelidad a la historia de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo. De hecho, Dios, que se ha revelado en la creación y en la historia, que ha hablado por medio de los profetas y completamente en su Hijo hecho hombre (cfr Eb 1,1), se dirige al corazón y al espíritu de cada ser humano que busca la verdad y los caminos para practicarla.

El mensaje de la Declaración Nostra ætate es siempre actual. Subrayo brevemente algunos puntos:

- la creciente interdependencia de los pueblos (cfr n. 1);

- la búsqueda humana de un sentido de la vida, del sufrimiento, de la muerte, interrogantes que siempre acompañan nuestro camino (cfr n. 1);

- los orígenes comunes y el destino común de la humanidad (cfr n. 1);

- la unidad de la familia humana (cfr n. 1);

- las religiones como búsqueda de Dios y del absoluto, dentro de las diferentes etnias y culturas (cfr n. 1);

- la mirada benévola y atenta de la Iglesia sobre las religiones: esta no rechaza nada de lo que le es bello y verdadero (cfr n. 2);

- la Iglesia mira con estima los creyentes de todas las religiones, apreciando su compromiso espiritual y moral (cfr n. 3);

- la Iglesia abierta al diálogo con todos, y al mismo tiempo fiel a la verdad en la que cree, por comenzar en aquella que la salvación ofrecida a todos tiene su origen en Jesús, único salvador, y que el Espíritu Santo está a la obra, fuente de paz y amor.

Son muchos los eventos, las iniciativas, las relaciones institucionales y personales con las religiones no cristianas de estos últimos cincuenta años, y es difícil recordarlos todos. Un acontecimiento particularmente significativo fue el encuentro en Asís el 27 de octubre de 1986. Fue querido y promovido por san Juan Pablo II, el cual un año antes, por tanto hace 30 años, dirigiéndose a los jóvenes musulmanes en Casablanca deseaba que todos los creyentes en Dios favorecieran la amistad y la unión entre los hombres y los pueblos (19 agosto 1985). La llama, encendida en Asís, se ha extendido en todo el mundo y constituye una permanente signo de esperanza.

Una especial gratitud a Dios merece la pena la verdadera y propia transformación que ha tenido en estos 50 años la relación entre cristianos y judíos. Indiferencia y oposición cambiaron en colaboración y benevolencia. De enemigos y extraños, nos hemos convertido en amigos y hermanos. El Concilio, con la Declaración Nostra Aetate, ha marcado el camino: “sí” al descubrimiento de las raíces judías del cristianismo; “no” a toda forma de antisemitismo y condena de toda injuria, discriminación y persecución que se deriva.

El conocimiento, el respeto y la estima mutua constituyen el camino que, si vale de forma peculiar para la relación con los judíos, vale análogamente también para la relación con las otras religiones. Pienso particularmente en los musulmanes, que --como recuerda el Concilio-- “adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y omnipotente, creador del cielo y de la tierra, que ha hablado a los hombres” (Nostra Aetate, 5). Ellos se refieren a la paternidad de Abraham, veneran a Jesús como profeta, honran a su Madre virgen, María, esperan el día del juicio, y practican la oración, la limosna y el ayuno (cfr ibid).

El diálogo que necesitamos tiene que ser abierto y respetuoso, y entonces se revela fructífero. El respeto recíproco es condición y, al mismo tiempo, fin del diálogo interreligioso: respetar el derecho de los otros a la vida, a la integridad física, a las libertades fundamentales, es decir a la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de religión.

El mundo nos mira a nosotros los creyentes, nos exhorta a colaborar entre nosotros y con los hombres y las mujeres de buena voluntad que no profesan ninguna religión, nos pide respuestas efectivas sobre numerosos temas: la paz, el hambre, la miseria que aflige a millones de personas, la crisis ambiental, la violencia, en particular aquella cometida en nombre de la religión, la corrupción, el degrado moral, la crisis de la familia, de la economía, de las finanzas y sobre todo de la esperanza.

Nosotros, creyentes, no tenemos recetas para estos problemas, pero tenemos un gran recurso: la oración. Y nosotros creyentes rezamos, debemos rezar. La oración es nuestro tesoro, a la que nos acercamos según nuestras respectivas tradiciones, para pedir los dones que anhela la humanidad.                   

A causa de la violencia y del terrorismo se ha difundido una actitud de sospecha o incluso de condena a las religiones. En realidad, aunque ninguna religión es inmune al riesgo de desviaciones fundamentalistas o extremistas en individuos o grupos (cfr Discurso al Congreso EEUU, 24 de septiembre de 2015), es necesario mirar a los valores positivos que viven y proponen y que son fuentes de esperanza.

Se trata de alzar la mirada para ir más allá. El diálogo basado sobre el confiado respeto puede llevar semillas de bien que se transforman en brotes de amistad y de colaboración en tantos campos, y sobre todo en el servicio a los pobres, a los pequeños, a los ancianos, en la acogida de los migrantes, en la atención a quien está excluido.

Podemos caminar juntos cuidando los unos de los otros y de lo creado. Todos los creyentes de cada religión. Juntos podemos alabar al Creador por habernos dado el jardín del mundo para cultivar y cuidar como bien común, y podemos realizar proyectos compartidos para combatir la pobreza y asegurar a cada hombre y mujer condiciones de vida dignas.

El Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que está delante de nosotros, es una ocasión propicia para trabajar juntos en el campo de las obras de caridad. Y en este campo, donde cuenta sobre todo la compasión, pueden unirse a nosotros tantas personas que no se sienten creyentes o que están en búsqueda de Dios y de la verdad, personas que ponen al centro el rostro del otro, en particular el rostro del hermano y de la hermana necesitados. Pero la misericordia a la cual somos llamados abraza a todo el creado, que Dios nos ha confiado para ser cuidadores y no explotadores, o peor todavía, destructores. Debemos siempre proponernos dejar el mundo mejor de como lo hemos encontrado (cfr Enc. Laudato si’, 194), a partir del ambiente en el cual vivimos, de nuestros pequeños gestos de nuestra vida cotidiana.

Queridos hermanos y hermanas, en cuanto al futuro del diálogo interreligioso, la primera cosa que debemos hacer es rezar. Sin el Señor, nada es posible; con Él, ¡todo se convierte! Pueda nuestra oración unirse plenamente a la voluntad de Dios, que desea que todos los hombres se reconozcan hermanas y vivan como tal, formando la gran familia humana en la armonía  de la diversidad".

miércoles, 28 de octubre de 2015

PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA SALETA: Estampita con nuestra imagen de San Judas Tadeo y su oración

SANTORAL (audios): San Judas Tadeo (28 de octubre)



ORACIÓN A SAN JUDAS TADEO

Oh glorioso San Judas Tadeo, elegido por Jesucristo para ser uno de los doce apóstoles, depositario de sus enseñanzas con las que iluminaste la parte del mundo que te correspondió evangelizar y que sellaste con tu sangre la fe en la divinidad de tu Maestro y Redentor nuestro; yo quiero acogerme a tu protección y al inmenso poder de intercesión que la tradición cristiana te reconoce en los momentos difíciles de la vida.

Por eso te suplico excelso apóstol San Judas Tadeo, interpongas tu valimiento ante Jesucristo, a quien tú personalmente serviste en la tierra, para obtener socorro en esta especial necesidad de mi vida.

(Pídase aquí la gracia singular que se necesita).

Te pido, sobre todo que no se enfríe mi fe en Jesucristo, ni mi esperanza en la salvación eterna para lo que te prometo, apóstol glorioso, esforzarme por cumplir la ley de Dios y seguir los caminos del evangelio que tú aprendiste y predicaste.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

IMAGEN QUE SE VENERA EN LA
PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA SALETA
Plaza del Brasil, s/n, Alcorcón, Madrid (Tel. 91 619 70 98)

martes, 27 de octubre de 2015

IGLESIA HOY: ¿Qué ha dicho realmente el Sínodo sobre la comunión de los divorciados vueltos a casar?

(News.va Español, 27 de octubre de 2015) Queridos amigos, el domingo terminó el Sínodo sobre la familia. Hemos visto que en muchos medios de comunicación existe confusión sobre uno de los temas más controvertidos: el acceso a la Comunión de aquellas personas católicas que se han divorciado y vuelto a casar. Intentaremos hacer un poco de luz.

La primera idea, de importancia fundamental, es que de momento no cambia nada, porque el documento elaborado por los obispos al final del Sínodo tiene tan solo carácter de recomendaciones que se presentan al Papa.

En efecto, este documento recoge un conjunto de conclusiones a las que han llegado los Padres Sinodales, y que presentan al Papa junto a unas recomendaciones en respuesta a los problemas planteados. Es el Papa quien tendrá que decir la palabra definitiva.

De hecho, los Padres Sinodales han pedido al Papa Francisco que “evalúe la oportunidad de ofrecer un documento sobre la familia, para que en ella, Iglesia doméstica, resplandezca cada vez más Cristo, luz del mundo”.

Por tanto, en su momento el Papa dirá lo que tenga que decir mediante un documento pontificio oportuno (generalmente, una Exhortación Apostólica Post-Sinodal). Pero por ahora no ha dicho nada, no se ha pronunciado, y por tanto no ha cambiado nada.

La cuestión sobre los divorciados vueltos a casar ha sido tratada por los Padres Sinodales en un apartado titulado “Discernimiento e integración” (puntos 84 a 86 de la Relación Final del Sínodo). Les presentamos a continuación los párrafos correspondientes. Cabe subrayar que, en sus propuestas, los Padres Sinodales no mencionan el sacramento de la Comunión:

«84. Los bautizados que están divorciados y vueltos a casar civilmente deben ser más integrados en las comunidades cristianas en los diversos modos posibles, evitando toda ocasión de escándalo. La lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral, para que no solamente sepan que pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, sino que puedan vivir una experiencia gozosa y fecunda.

Son bautizados, son hermanos y hermanas, el Espíritu Santo derrama en ellos dones y carismas para el bien de todos. Su participación puede expresarse en diversos servicios eclesiales: es preciso, por ello, discernir cuáles de las diversas formas de exclusión practicadas actualmente en los ámbitos litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas.

Ellos no solo no deben sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que los acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio.

Esta integración es necesaria también para el cuidado y la educación cristiana de sus hijos, que deben ser considerados los más importantes. Para la comunidad cristiana, cuidar a estas personas no supone un debilitamiento de la propia fe y del testimonio sobre la indisolubilidad del matrimonio: más bien, la Iglesia expresa en este cuidado su caridad».

«85. San Juan Pablo II ofreció un criterio general que sigue siendo la base para evaluar estas situaciones: “Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. En efecto, hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido.

Finalmente están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido” (FC, 84).

Por tanto, es tarea de los presbíteros acompañar a las personas interesadas por la vía del discernimiento según las enseñanzas de la Iglesia y las orientaciones del Obispo. En este proceso será útil hacer un examen de conciencia, a través de momentos de reflexión y de arrepentimiento.

Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando el matrimonio entró en crisis; si intentaron reconciliarse; cuál es la situación del cónyuge abandonado; qué consecuencias tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y sobre la comunidad de los fieles; qué ejemplo están dando a los jóvenes que se deben preparar para el matrimonio. Una sincera reflexión puede reforzar la confianza en la misericordia de Dios que no es negada a nadie.

Además, no se puede negar que en algunas circunstancias, “la imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas” a causa de diversos condicionamientos (CCC, 1735). En consecuencia, el juicio sobre una situación objetiva no debe llevar a un juicio sobre la “imputabilidad subjetiva” (Pontificio Consejo para los textos legislativos, Declaración del 24 junio 2000, 2a).

En determinadas circunstancias, las personas encuentran grandes dificultades para actuar de modo diverso. Por eso, aun manteniendo una norma general, es necesario reconocer que la responsabilidad respecto a determinadas acciones o decisiones no es la misma en todos los casos.

El discernimiento pastoral, teniendo también en cuenta la conciencia rectamente formada de las personas, debe hacerse cargo de estas situaciones. Asimismo, las consecuencias de los actos realizados no son necesariamente las mismas en todos los casos».

«86. El camino de acompañamiento y discernimiento orienta a estos fieles a la toma de conciencia de su situación ante Dios. El coloquio con el sacerdote, en foro interno (en el ámbito de la dirección espiritual, ndr.), contribuye a la formación de un juicio correcto sobre aquéllo que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia, y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer.

Dado que en la ley misma no hay gradualidad (ndr.: no hay varios grados o formas de precepto en la ley divina para los diversos hombres y situaciones. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio, “y esta excelsa vocación se realiza en la medida en que la persona humana se encuentra en condiciones de responder al mandamiento divino con ánimo sereno, confiando en la gracia divina y en la propia voluntad”, cf. FC, 34), dado que en la ley misma no hay gradualidad, este discernimiento no podrá prescindir nunca de las exigencias de verdad y caridad del Evangelio propuestas por la Iglesia.

Para que esto sea posible, se han de garantizar las necesarias condiciones de humildad, discreción, amor a la Iglesia y a sus enseñanzas, en la búsqueda sincera de la voluntad de Dios y en el deseo de llegar a responder más perfectamente a ella».

Y esto es lo que recomiendan los Padres Sinodales al Papa. Hablan de discernimiento, acompañamiento, participación y comprensión; pero no de Comunión sacramental. Ahora hemos de esperar a que el Papa se pronuncie mediante un documento pontificio oficial. Seguiremos informando.

lunes, 26 de octubre de 2015

PAPA FRANCISCO: “Hoy es tiempo de misericordia”

Homilía completa del Santo Padre Francisco de la misa solemne celebrada el Domingo 25 de octubre en la Basílica de San Pedro y que concluyó el Sínodo de los obispos sobre la Familia


Las tres lecturas de este domingo nos presentan la compasión de Dios, su paternidad, lo que se revela definitivamente en Jesús. El profeta Jeremías, en pleno desastre nacional, cuando el pueblo es deportadas por el enemigo, anuncia que "el Señor salvó a su pueblo, el resto de Israel" (31: 7).¿Y por qué lo ha hecho? Él es el Padre (cf. 31: 9); y como el Padre cuida de sus hijos, los acompañar en el camino, apoya "a los ciegos y los cojos, la mujer embarazada y la que da a luz" (31: 8).

Su paternidad les abre un camino accesible, una un camino de consuelo después de tantas lágrimas y tantas amarguras. Si el pueblo permanecen fieles en la búsqueda de Dios, incluso en un país extranjero, Dios cambiará su cautiverio en libertad, su soledad en comunión y lo que el pueblo hoy siembra con lágrimas, mañana lo recogerá con alegría ( Salmo 125: 6).

Con el Salmo, también nosotros hemos expresado la alegría que es el fruto de la salvación del Señor: "Nuestra boca se llenó de sonrisas y nuestra lengua de canciones" (125, 2). El creyente es una persona que ha experimentado la acción salvadora de Dios en su propia vida.

Y nosotros los pastores, experimentamos lo que significa sembrar con fatiga, a veces llorando, y alegrarnos por la gracia de un cultivo que siempre supera nuestras fuerzas y nuestras capacidades. El pasaje de la Carta a los Hebreos nos mostró la compasión de Jesús. También Él "se ha recubierto de debilidad" (5: 2), para sentir compasión por aquellos que están en la ignorancia y el error.

Jesús es sumo sacerdote, grande, santo, inocente, pero al mismo tiempo es el sumo sacerdote que participó de nuestra debilidad y ha sido probado en todo como nosotros, menos en el pecado (cf. 4: 15). Por ésto es el mediador de la alianza nueva y definitiva que nos da la salvación.

El evangelio de hoy se conecta directamente a la primera lectura: así como el pueblo de Israel fue liberado gracias a la paternidad de Dios, así Bartimeo fue liberado gracias a la compasión de Jesús.

Jesús acaba de salir de Jericó. Y a pesar de haber apenas empezado el camino más importante, el camino a Jerusalén, se detiene para responder al clamor de Bartimeo.

Se deja tocar movido por su solicitud, se involucra en su situación. No se contenta con darle una limosna, sino que quiere encontrarlo personalmente. No le da ni indicaciones ni respuestas, pero le plantea una pregunta: "¿Qué quieres que yo haga por ti" (Mc 10, 51).

Podría parecer una pregunta inútil: ¿qué podría desear un ciego sino la vista? Y, sin embargo, con esta pregunta realizada "cara a cara", directa, pero respetuosa, Jesús nos muestra que quiere escuchar nuestras necesidades. Desea con cada uno de nosotros un diálogo hecho de vida, de situaciones reales, que no excluya nada ante Dios.

Después de curarlo, el Señor le dice al hombre: "Tu fe te ha salvado" (10, 52). Es hermoso ver cómo Cristo admira la fe de Bartimeo, confiando en él. Él cree en nosotros más de lo que creemos en nosotros mismos.

Hay un detalle interesante. Jesús pide a sus discípulos que vayan y llamen a Bartimeo. Éstos se dirigen a los ciegos utilizando dos expresiones que sólo Jesús usa en el resto del Evangelio.

En primer lugar, le dicen: "Coraje", una palabra que significa literalmente "ten confianza, anímate". De hecho, sólo el encuentro con Jesús le da al hombre la fuerza para afrontar las situaciones más graves.

La segunda palabra es "Levántate!", como Jesús le había dicho tantas personas enfermas, tomándolas de la mano y curándolos. Los suyos se limitan a repetir las palabras de aliento y liberadoras de Jesús, que conduce directamente a él sin prédicas.

A ésto están llamados los discípulos de Jesús, también hoy, sobre todo hoy: poner al hombre en contacto con la misericordia compasiva que salva.

Cuando el grito de la humanidad se convierte, como Bartimeo, aún más fuerte, no hay otra respuesta que hacer nuestras las palabras de Jesús, y sobre todo imitar su corazón. Las situaciones de miseria y los conflictos son para Dios ocasiones de misericordia. Hoy es tiempo de la misericordia!

Pero hay algunas tentaciones para los que siguen a Jesús. El Evangelio destaca al menos dos. Ninguno de los discípulos se detiene, como hace Jesús. Siguen caminando, avanzando como si nada. Si Bartimeo es ciego, ellos son sordos: su problema no es problema de ellos.

Corremos ese riesgo: frente a los continuos problemas, lo mejor es seguir adelante, sin dejarnos molestar. Así al igual que aquellos discípulos, estamos con Jesús, pero no pensamos como Jesús. Estamos en su grupo, pero perdemos la apertura del corazón, perdemos la admiración, la gratitud y entusiasmo y corremos el riesgo de convertirnos en "habituados a la gracia". Podemos hablar de Él y trabajar para Él, pero vivir lejos de su corazón, que se inclina hacia quien está herido.

Esta es la tentación de una "espiritualidad del espejismo": podemos caminar a través de los desiertos de la humanidad no ver lo que realmente existe, sino lo que nos gustaría ver; somos capaces de construir visiones del mundo, pero no aceptamos lo que el Señor pone delante de los ojos. Una fe que no hecha raíces en la vida de las personas permanece estéril y en lugar de oasis, crea otros desiertos.

Hay una segunda tentación, caen en una "fe que sigue un programa". Podemos caminar con el pueblo de Dios, pero tenemos nuestra planilla de marcha, donde se planeó todo: sabemos a dónde ir y cuánto tiempo debe pasar; todos deben respetar nuestros ritmos y cualquier inconveniente nos perturba.

Corremos el riesgo de llegar a ser como "muchos" del Evangelio que pierden la paciencia y reprenden a Bartimeo. Poco antes habían reprendido a los niños, ahora al mendigo ciego: molesta o no está a la altura debe ser excluido.

Jesús, por el contrario, desea incluir sobre todo a quien está relegado al margen y le se dirige a Él gritándole. Estos, como Bartimeo, tienen fe, porque saber que uno necesita la salvación es la mejor manera de encontrar a Cristo. Y al final, Bartimeo comienza a seguir a Jesús por el camino (cf. 10, 52). No sólo recupera la vista, pero se une a la comunidad de quienes caminan con Jesús.

Queridos hermanos sinodales, caminamos juntos. Les agradezco por el camino que hemos compartido con la mirada fija en el Señor y los hermanos, en la búsqueda de senderos que el Evangelio indica a nuestro tiempo para anunciar el misterio de amor de la familia.

Continuamos por el camino que el Señor desea. Pidamos a Él una mirada sana y salvada, que sepa difundir luz, porque recuerda el esplendor que lo ha iluminado. Sin dejar nunca ofuscarnos por el pesimismo y por el pecado, buscamos y vemos la gloria de Dios que brilla en el hombre vivo.


domingo, 25 de octubre de 2015

EVANGELIO DOMINICAL: “Vete, tu fe te ha salvado”

Domingo XXX del tiempo ordinario
Ciclo B
Evangelio: Marcos 10, 46-52

En aquel tiempo, cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino.

Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: «¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!». Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».

Jesús se detuvo y dijo: «Llamadle».

Llaman al ciego, diciéndole: «¡Ánimo, levántate! Te llama». Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús.

Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: «¿Qué quieres que te haga?».

El ciego le dijo: «Rabbuní, ¡que vea!».

Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado».

Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.

Palabra del Señor.


Los cuatro evangelios narran varias curaciones de invidentes. La de este pasaje sucedió en las afueras de la  ciudad de Jericó, inmediatamente antes de la entrada de Jesús en Jerusalén. Meditemos sobre  el sentido que puede tener para nosotros  este relato, teniendo en cuenta también las otras lecturas [Jeremías 31, 7-9; Salmo 126 (125); Hebreos 5, 1-6].

1.- “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”

El invidente tiene nombre propio: Bartimeo, el hijo de Timeo (en  arameo, “Bar”  significa “hijo de”). Es un mendigo sentado a la salida de Jericó, por donde hay que pasar para ir de Galilea a Jerusalén. Y el título con el que se dirige Bartimeo a Jesús al llamarlo “Hijo de David”  -con el que sería aclamado por la multitud al entrar poco después en la capital de Judea-, tiene un significado especial en este relato. En efecto, uno de los milagros anunciados por los profetas del Antiguo Testamento como signos de la salvación que realizaría el Mesías prometido, descendiente del rey David, era el de hacer ver a los ciegos. Por eso en varias profecías, como la que nos presenta la primera lectura de hoy, los invidentes aparecen mencionados entre los beneficiarios de la acción salvadora de Dios, junto con las demás personas que tenían algún impedimento para emprender el camino hacia Jerusalén después de la liberación del destierro en Babilonia, cantada por el Salmo responsorial [126 (125)].

Ahora bien, en su significado más profundo, los ciegos a los que se refieren las  profecías somos todas las personas que necesitamos que Dios nos ilumine liberándonos de la oscuridad de la ignorancia espiritual, para que podamos reconocer el camino que nos lleva a la verdadera felicidad. Por eso también nosotros podemos suplicar, como el ciego Bartimeo: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”.   

2.- “¡Ten confianza! ¡Levántate, que te llama!”…

Ante la súplica del ciego, el relato nos muestra dos reacciones sucesivas de la gente que va con Jesús -sus discípulos y una gran multitud-. La primera es de molestia ante los gritos del mendigo: Muchos lo reprendían y le decían que se callara. La segunda, producida por Jesús mismo al mostrar su compasión por aquel hombre, es de solidaridad: “¡Ten confianza! ¡Levántate, que te llama!”. Así, Jesús se manifiesta como quien “puede compadecerse de los ignorantes y los extraviados”, tal como nos lo presenta la segunda lectura de hoy.

Por una parte, el Evangelio nos invita a preguntarnos si estamos dispuestos a reconocer y ayudar a los verdaderamente necesitados en sus necesidades, no dándoles una limosna que los deja postrados en lugar de animarlos a levantarse, sino cooperando para que reciban una ayuda efectiva en el sentido del proverbio chino: “si tu hermano te pide pescado, no te limites a dárselo, enséñale a pescar”.

Y por otra, en coherencia con el significado más profundo del relato, podemos tomar como hecha a cada uno de nosotros la invitación que animó al ciego a tener confianza y levantarse. Jesús nos llama para realizar en nosotros milagros que son posibles si tenemos fe en su poder, y parte de esta fe es levantarnos y desprendernos de lo que nos estorba para acercarnos a Él,  como lo hizo Bartimeo cuando “tiró su capa”. Entonces podemos oír que Jesús nos dice: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Y nosotros, reconociéndolo al igual que Bartimeo como el  Maestro que nos hace posible ver  el camino hacia la felicidad, podemos pedirle la recuperación de nuestro sentido de la vista espiritual, oscurecido por las tinieblas de nuestro egoísmo y nuestros afectos desordenados.

3.- Y en seguida recobró la vista y fue siguiendo a Jesús por el camino

Un detalle significativo: Jesús, al devolverle la vista, le dice a Bartimeo: “vete, tu fe te ha dado la salud”.  Por una parte, ese “vete” no significa una despedida, sino una invitación, como quien dice: “anda, no sigas ahí postrado, ya puedes emprender el camino”. Y Bartimeo emprende con Jesús el camino hacia Jerusalén, signo de nuestro camino hacia la felicidad eterna, que tendrá que pasar por la cruz para culminar en la resurrección. Y por otra, una vez más como muchas en  los Evangelios, el propio Jesús enfatiza la importancia decisiva de la fe para obtener la sanación que necesitamos.

Jesús esta siempre dispuesto, si nos reconocemos necesitados de salvación, a liberarnos de la ceguera espiritual que nos impide reconocer y emprender el camino hacia la verdadera felicidad. Y esto último es lo más importante, lo que en definitiva cuenta en la perspectiva de la eternidad. Dispongámonos con fe a ser curados por Jesús de nuestra ceguera espiritual y a seguirlo como nuestro Maestro por el camino que Él nos muestra al abrirnos  los ojos para reconocerlo en  nuestra existencia y en  cada uno de los acontecimientos de nuestra vida, especialmente en los momentos de crisis y oscuridad.

P. Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 30º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo B

“Curación del ciego Bartimeo” (Mc 10, 46-52) 




sábado, 24 de octubre de 2015

PRO VIDA: A su bebé le diagnosticaron cáncer y síndrome de Down: “El aborto nunca fue una opción”

(ACI/EWTN Noticias).- A Erika Jones y a su esposo los médicos les dieron dos noticias muy duras durante la gestación de su segunda hija, Abigail. La primera, a las 18 semanas de embarazo, fue que su bebé mostraba muchas señales de tener síndrome de Down. Doce semanas después les informaron lo que parecía ser un tumor maligno en el hemisferio izquierdo del cerebro de la pequeña.

Sin embargo, para la familia Jones considerar el aborto “nunca fue una opción”.

Abigail Noelle Jones –Abby– nació el 6 de agosto de este año, a las 12:37am. A pesar del difícil panorama, la familia Jones confió siempre en Dios.

“Apoyándonos en la gracia y perfección de nuestro Dios, sabíamos que la vida de la pequeña Abby tenía un propósito, sin importar cuán largo o corto fuera”, compartió Erika en el sitio web de 8.08 Photography.

Los médicos que vieron el caso en Jacksonville, estado de Florida (Estados Unidos), advirtieron a la familia Jones que el tumor que detectaron en la cabeza de la pequeña Abigail podría ser uno de tres posibles casos, todos cancerígenos.

La quimioterapia no era una opción, porque a su corta edad la mataría, y una cirugía no podría remover todo el tumor a tiempo, y volvería a crecer rápidamente.

Pero con la pequeña Abby ya en sus brazos los Jones decidieron buscar una segunda opinión médica, y recurrieron al Dr. Alan Cohen, del Boston Children Hospital, en el norte del país. Esa segunda opinión fue que podría no tratarse de un cáncer.

El médico en Boston operó a Abby, retiró el tumor y la biopsia confirmó que era un tumor benigno.

“Mi hija va a vivir. ¡Vivir!”, escribió Erika emocionada en su blog tras los resultados.

Pasada la operación, todo ha sido mucho más alegre para la familia Jones. “Es difícil de creer que un día como hoy hace dos semanas estábamos en un avión rumbo a Boston, totalmente inseguros de lo que nos depararía el futuro”, publicó el 20 de octubre la madre de Abby en la página de Facebook Abigail's Joy.

“Hoy, Abigail continúa impresionándonos. Ha encontrado su personalidad, sonriendo, balbuceando y completamente curiosa del mundo a su alrededor. Su hermana mayor, Audrey, ama a su bebé Abby”, compartió.

Erika, con lo que ha pasado junto a su hija, puede asegurar que “los milagros de verdad suceden, y están caminando a nuestro alrededor”.


jueves, 22 de octubre de 2015

SANTORAL (audios): San Juan Pablo II (22 de octubre)




ORACIÓN A SAN JUAN PABLO II
escrita por el Cardenal Angelo Comastri
Vicario General de Su Santidad para la Ciudad del Vaticano

¡Oh San Juan Pablo, desde la ventana del Cielo dónanos tu bendición!
Bendice a la Iglesia, que tú has amado, servido, y guiado, animándola a caminar con coraje por los senderos del mundo para llevar a Jesús a todos y a todos a Jesús.
Bendice a los jóvenes, que han sido tu gran pasión. Concédeles volver a soñar, volver a mirar hacia lo alto para encontrar la luz, que ilumina los caminos de la vida en la tierra.

Bendice las familias, ¡bendice cada familia!

Tú advertiste el asalto de Satanás contra esta preciosa e indispensable chispita de Cielo, que Dios encendió sobre la tierra. San Juan Pablo, con tu oración protege las familias y cada vida que brota en la familia.

Ruega por el mundo entero, todavía marcado por tensiones, guerras e injusticias. Tú te opusiste a la guerra invocando el diálogo y sembrando el amor: ruega por nosotros, para que seamos incansables sembradores de paz.

Oh San Juan Pablo, desde la ventana del Cielo, donde te vemos junto a María, haz descender sobre todos nosotros la bendición de Dios. Amén.

miércoles, 21 de octubre de 2015

CATEQUESIS DEL PAPA: “Sin libertad no hay amistad, ni amor, ni matrimonio”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 21 de octubre de 2015 en la Plaza de San Pedro.


Catequesis sobre la Iglesia y la familia


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la pasada meditación hemos reflexionado sobre las promesas importantes que los padres hacen a los niños, desde que ellos han sido pensados en el amor y concebidos en el vientre.

Podemos añadir que, mirándolo bien, toda la realidad familiar está fundada en la promesa: pensar bien esto, la identidad familiar está fundada en la promesa. Se puede decir que la familia vive de la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer se hacen el uno al otro. Esta conlleva el compromiso de acoger y educar a los hijos; pero se lleva a cabo también en el cuidar a los padres ancianos, en el proteger y asistir a los miembros más débiles de la familia, en el ayudarse unos a otros para realizar las propias cualidades y aceptar los propios límites.

Y la promesa conyugal se extiende para compartir las alegrías y los sufrimientos de todos los padres, las madres y los niños, con generosa apertura en lo relacionado con la convivencia humana y el bien común. Una familia que se cierra en sí misma es como una contradicción, una mortificación de la promesa que la ha hecho nacer y la hace vivir. No olvidar nunca la identidad de la familia siempre es una promesa que se extiende y extiende a toda la familia y también a toda la humanidad.

En nuestros días, el honor de la fidelidad a la promesa de la vida familiar se presenta muy debilitada. Por una parte, por una malentendido derecho de buscar la propia satisfacción, a toda costa y en cualquier relación, se exalta como un principio no negociable de la libertad. Por otro lado, porque se fían exclusivamente de las constricciones de la ley los vínculos de la vida de relación y del compromiso por el bien común. Pero, en realidad, nadie quiere ser amado solo por los propios bienes o por obligación. El amor, como también la amistad, deben su fuerza y su belleza precisamente a este hecho: que generan una unión sin quitar la libertad. El amor es libre, la promesa de la familia es libre. Y esta es la belleza. Sin la libertad no hay amistad, sin libertad no hay amor, sin libertad no hay matrimonio. Por tanto, libertad y fidelidad no se oponen la una a la otra, es más, se sostienen la una a la otra, tanto en las relaciones personales, como en las sociales. De hecho, pensemos en los daños que producen, en la civilización de la comunicación global, la inflación de promesas mantenidas, en varios campos y la indulgencia por la infidelidad a la palabra dada y a los compromisos tomados.

Sí, queridos hermanos y hermanas, la fidelidad es una promesa de compromiso que se auto-cumple, creciendo en la libre obediencia a la palabra dada. La fidelidad es una confianza que “quiere” ser realmente compartida, y una esperanza que “quiere” ser cultivada junta. Y hablando de fidelidad me viene a la mente lo que nuestros ancianos, nuestros abuelos cuentan ‘esos tiempos cuando se hacía un acuerdo, un apretón de manos era suficiente, porque había fidelidad a las promesas’. Y esto que es un hecho social también tiene su origen en la familia, en el apretón de manos del hombre y la mujer para ir adelante juntos toda la vida. ¡La fidelidad a las promesas es una verdadera obra maestra de la humanidad! Si miramos a su belleza audaz, estamos asustados, pero si despreciamos su valiente tenacidad, estamos perdidos. Ninguna relación de amor -ninguna amistad, ninguna forma de querer, ninguna felicidad del bien común- alcanza a la altura de nuestro deseo y de  nuestra esperanza, si no llega a habitar este milagro del alma. Y digo “milagro”, porque la fuerza y la persuasión de la fidelidad, a pesar de todo, no termina de encantarnos y de sorprendernos. El honor a la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se pueden comprar y vender. No se pueden obligar con la fuerza, pero tampoco cuidar sin sacrificio.

Ninguna otra escuela puede enseñar la verdad del amor, si la familia no lo hace. Ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro de la dignidad humana, si la unión personal entre amor y generación no la escribe en nuestra carne.

Hermanos y hermanas, es necesario restituir el honor social a la fidelidad del amor, restituir honor social a la fidelidad del amor. Es necesario restar clandestinidad al milagro cotidiano de millones de hombres y mujeres que regeneran su fundamento familiar, del cual vive cada sociedad, sin estar en grado de garantizarlo de ninguna manera. No es casualidad, este principio de fidelidad a la promesa del amor y de la generación está escrito en la creación de Dios como una bendición perenne, a la cual está confiada el mundo.

Si san Pablo puede afirmar que en la unión familiar está misteriosamente revelada una verdad decisiva también para la unión del Señor y de la Iglesia, quiere decir que la Iglesia misma encuentra aquí una bendición para cuidar y de la cual siempre se aprende, antes aún de enseñarla. Nuestra fidelidad a la promesa está siempre confiada a la gracia y la misericordia de Dios. El amor por la familia humana, en la buena y en la mala suerte, ¡es un punto de honor para la Iglesia! Dios nos conceda estar a la altura de esta promesa.

Y rezamos por los Padres del Sínodo: el Señor bendiga su trabajo, desempeñado con fidelidad creativa, en la confianza que Él el primero, el Señor, es fiel a sus promesas. Gracias.

lunes, 19 de octubre de 2015

PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA SALETA: Misa Votiva a Nuestra Señora de la Saleta el 19 de cada mes


IGLESIA HOY: El Papa Francisco presidió el 50º aniversario del Sínodo de los Obispos

Para conmemorar el 50 aniversario de la institución por parte del papa Pablo VI del Sínodo de los Obispos, se llevó a cabo el pasado sábado 16 de octubre un acto en el Aula Pablo VI durante el que el papa Francisco pronunció un discurso en el que afirmó que en la Iglesia “los que ejercitan la autoridad se llaman “ministros”, porque según el significado original de la palabra, son los más pequeños de entre todos, y deben ponerse al servicio, y pidió a los sinodales ser humildes ya que en la Iglesia “la única autoridad es la autoridad del servicio, y el único poder es el poder de la cruz”.

Glosando para ACI el discurso del Papa, el periodista Alvaro de Juana dice que al hablar Francisco sobre la jerarquía eclesiástica, señaló que en la Iglesia “entendemos que en su interior ninguno puede ser ‘elevado’ por encima de los otros”. “Al contrario, en la Iglesia es necesario que alguno ‘se abaje’ para ponerse al servicio de los hermanos en el camino”.

“Jesús ha constituido la Iglesia poniendo en su vértice al Colegio apostólico, en el que el apóstol Pedro es la ‘roca’, aquel que debe ‘confirmar’ a los hermanos en la fe”. 

“En un mismo horizonte, el mismo Sucesor de Pedro no es más que el servus servorum Dei (siervo de los siervos de Dios)”. Algo que, según afirmó, no se puede olvidar jamás.

“Para los discípulos de Jesús, ayer, hoy y siempre, la única autoridad es la autoridad del servicio, el único poder es el poder de la cruz, según las palabras del Maestro: ‘Ustedes saben que los gobernantes de las naciones dominan sobre ellas y sus líderes los oprimen’”. “Entre nosotros –dijo– no será así, sino que quien quiera ser grande entre ustedes, será su servidor y quien quiera ser el primero de entre ustedes será su esclavo”, dijo recordando las palabras de Jesús en el Evangelio de San Mateo.

“Entre ustedes no será así: en esta expresión se llega al corazón mismo del misterio de la Iglesia y recibimos la luz necesaria para comprender el servicio jerárquico”.

El Pontífice explicó que en una Iglesia sinodal “no es oportuno que el Papa sustituya a los Episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se proyectan en sus territorios”. Por lo que “advierto de la necesidad de proceder en una saludable ‘descentralización’”.

Francisco también afirmó que el Sínodo representa al “episcopado católico” y “se convierte en expresión de la colegialidad episcopal en el interior de una Iglesia toda sinodal”.

También señaló la importancia de que esta Iglesia sinodal sea ecuménica y aseguró estar convencido de que en ella “también el ejercicio del primado de Pedro podrá recibir mayor luz”.

“El Papa no está, por sí mismo, por encima de la Iglesia, sino dentro de ella como Bautizado y dentro del Colegio episcopal como Obispo entre los Obispos, llevado al mismo tiempo como Sucesor del apóstol Pedro a guiar la Iglesia de Roma que preside en el amor a todas las Iglesias”.

“Mientras revalido la necesidad y la urgencia de pensar en ‘una conversión del Papado’, repito las palabras de mi predecesor el Papa Juan Pablo II: ‘El Obispo de Roma sabe bien (…) que la comunión llena y visible de todas las comunidades, en las cuales en virtud de la fidelidad de Dios habita su Espíritu, es el deseo ardiente de Cristo”.

El Papa aseguró que “nuestra mirada se alarga también a la humanidad” y afirmó que “una Iglesia sinodal es como estandarte alzado entre las naciones de una forma que –aun invocando participación, solidaridad y transparencia en la administración de lo público– entrega a menudo el destino de poblaciones enteras en las manos codiciosas de pequeños grupos de poder”.

El Pontífice aseguró que “desde el Concilio Vaticano II a la actual Asamblea sinodal sobre la familia, hemos experimentado de forma cada vez más intensa la necesidad y la belleza de ‘caminar juntos’”.

El Papa recordó que “desde el inicio de mi ministerio como Obispo de Roma he tenido la intención de valorizar el Sínodo, que constituye una de las herencias más preciosas del último encuentro conciliar”.

“Para el Beato Pablo VI, el Sínodo de los Obispos debía reproponer la imagen del Concilio ecuménico y reflexionar el espíritu y el método” y Juan Pablo II afirmó que “quizás este instrumento podrá ser todavía mejorado”.

Francisco dijo que en 2006 Benedicto XVI “aprobó algunas variaciones” en el funcionamiento del Sínodo y reconoció que “debemos proseguir sobre este camino”.

“El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el potenciamiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión”.

El Pontífice afirmó que “caminar juntos” es “un concepto fácil de expresar en palabras, pero no tan fácil de poner en práctica”.

Recordó que “cualquier Bautizado, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de instrucción de fe, es un sujeto activo de evangelización y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores cualificados en el que el resto del Pueblo fiel fuese solamente receptivo de sus acciones”.

“Ha sido esta convicción la que me ha guiado cuando he deseado que el Pueblo de Dios viniera consultado en la preparación del doble encuentro sinodal sobre la familia”.

Por eso dijo que hubiese sido imposible hablar de la familia sin interpelar a las propias familias, “escuchando sus alegrías y sus esperanzas, sus dolores y sus angustias” sin “los cuestionarios que le tocan de cerca y sobre los que tienen tanto que decir”.

El Sínodo “es el punto de convergencia de este dinamismo de escucha conducida a todos los niveles de la vida de la Iglesia”. Por eso “el camino sinodal inicia escuchando al pueblo” y “prosigue escuchando a los Pastores”.

“A través de los Padres Sinodales, los Obispos actúan como auténticos custodios, intérpretes y testimonios de la fe de toda la Iglesia, que deben saber atentamente distinguir de los flujos a menudo cambiantes de la opinión pública”.

Francisco recordó que “al final, el camino sinodal culmina con la escucha del Obispo de Roma, llamado a pronunciarse como ‘Pastor y Doctor de todos los cristianos’: no a partir de sus convicciones personales, sino como supremo testimonio de la fides totius Ecclesiae (Iglesia de fe)”, que es “garantía de la obediencia y de la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y a la tradición de la Iglesia”. (ACI PRENSA)