jueves, 4 de febrero de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Dios no quiere nuestra condenación sino nuestra felicidad eterna”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 3 de febrero de 2016

Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios

“Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

La Sagrada Escritura nos presenta a Dios como misericordia infinita, pero también como justicia perfecta. ¿Cómo conciliar las dos cosas? ¿Cómo se articula la realidad de la misericordia con las exigencias de la justicia? Podría parecer que son dos realidades que se contradicen; en realidad no es así, porque es precisamente la misericordia de Dios que lleva a cumplimiento la verdadera justicia. ¿Pero de qué justicia se trata?

Si pensamos en la administración legal de la justicia, vemos que quienes se consideran víctima de una injusticia se dirigen al juez en el tribunal y piden que se haga justicia. Se trata de una justicia retributiva, que impone una pena al culpable, según el principio que a cada uno debe darse lo que se le debe. Como recita el libro de los Proverbios: “Quien practica la justicia está destinado a la vida, pero quien persigue el mal está destinado a la muerte” (11,19). También Jesús lo dice en la parábola de la viuda que iba repetidamente al juez y le pedía “Hazme justicia contra mi adversario”  (Lc 18,3).

Pero este camino no lleva a la verdadera justicia porque en realidad no vence el mal, sino que simplemente lo pone de lado. En cambio solamente respondiendo a esto con el bien se puede vencer verdaderamente al mal.

Este es otro modo de hacer justicia que la Biblia nos presenta como el camino maestro para recorrer. Se trata de un procedimiento que evita el recurso al tribunal y prevé que la víctima se dirija directamente al culpable para invitarle a la conversión, ayudándole a entender que está haciendo el mal, apelando a su conciencia. De esta forma, finalmente arrepentido y reconociendo su propia culpa, él puede abrirse al perdón que la parte ofendida le está ofreciendo. Y esto es bonito, la persuasión. ‘Pero está mal esto…’ y así el corazón se abre al perdón que se le ofrece. Es esta la forma de resolver los conflictos dentro de las familias, en las relaciones entre esposos o entre padres e hijos, donde el ofendido ama al culpable y desea salvar la relación que lo une al otro. No cortar esa relación.

Cierto, este es un camino difícil. Requiere que quien ha sufrido el mal está preparado para perdonar y desea la salvación y el bien de quien lo ha ofendido. Pero solo así puede triunfar la justicia, porque, si el culpable reconoce el mal hecho y deja de hacerlo, de este modo el mal ya no está, y aquel que era injusto se convierte en justo, porque es perdonado y ayudado para volver a encontrar el camino del bien. Y aquí está justamente el perdón, la misericordia.

Es así cómo actúa Dios en lo relacionado con nosotros, pecadores. El Señor nos ofrece continuamente su perdón y nos ayuda a recibirlo y a tomar conciencia de nuestro mal para poder liberarnos. Porque Dios no quiere nuestra condena, sino nuestra salvación. Dios no quiere la condena de nadie, de nadie. Alguno de los presentes podrá hacerme la pregunta: ‘Pero padre, la condena de Pilatos se la merecía’. Dios la quería’. ¡No! ¡Dios quería salvar a Pilatos y también a Judas, a todos! Él, el Señor de la misericordia quiere salvar a todos. El problema es dejar que Él entre en el corazón.

Todas las palabras de los profetas son un llamamiento apasionado y lleno de amor que busca nuestra conversión. Esto es lo que el Señor dice a través del profeta Ezequiel. “¿Acaso deseo yo la muerte del pecador […]  y no que se convierta de su mala conducta y viva? (18,23; cfr 33,11). ¡Eso es lo que le gusta a Dios!

Y este es el corazón de Dios, un corazón de Padre que ama y quiere que sus hijos vivan en el bien y en la justicia, y por ello vivan en plenitud y sean felices. Un corazón de Padre que va más allá de nuestro pequeño concepto de justicia para abrirnos a los horizontes ilimitados de su misericordia. Un corazón de Padre que no nos trata según nuestros pecados y no nos paga según nuestras culpas, como dice el Salmo. Y precisamente es un corazón de Padre el que queremos encontrar cuando vamos al confesionario. Tal vez nos dirá alguna cosa para hacernos entender mejor el mal, pero en el confesionario todos vamos a encontrar a un padre; un padre que nos ayude a cambiar de vida; un padre que nos dé la fuerza para ir adelante; un padre que nos perdone en nombre de Dios. Y por esto ser confesores es una responsabilidad muy grande, muy grande, porque aquel hijo, aquella hija que se acerca a ti busca solamente encontrar un padre. Y tú, sacerdote, que estás ahí en el confesionario, tú estás ahí en el lugar del Padre que hace justicia con su misericordia. Gracias”.

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