viernes, 25 de marzo de 2016

Benedicto XVI: “El papa Francisco como san Juan Pablo II está impregnado del ‘signo de los tiempos’: la Misericordia de Dios”

Roma (Italia) (AICA): Es para mí un ‘signo de los tiempos’ el hecho de que la idea de la misericordia de Dios sea cada vez más central y dominante, es señal del anhelo por el amor de Dios es la misericordia lo que nos mueve hacia Dios, mientras que la justicia nos hace temblar delante de Él”, expresó el papa emérito Benedicto XVI, en una entrevista realizada por el teólogo jesuita Jacques Servais y que se incluye en el libro “Por medio de la fe. Doctrina de la justificación y experiencia de Dios en la predicación de la Iglesia”, recientemente editado por el padre Daniele Libanori SJ y en el que se incluyen las actas de un congreso teológico que se llevó a cabo en Roma en octubre del año pasado.

El arzobispo Georg Gänswein fue quien leyó, durante el congreso, el texto en alemán, de la entrevista del padre Servais con Joseph Ratzinger sobre el tema: “Qué es la fe y cómo se llega a creer”, casi completamente centrada sobre el tema de la misericordia.

En una primera respuesta, el papa emérito insistió en lo que es la Iglesia y en el hecho de que la Iglesia no fue creada por sí misma. “Se trata de la cuestión: qué es la fe y cómo se llega a creer. Por una parte, la fe –explicó el Papa emérito– es un contacto profundamente personal con Dios, que me toca en mi tejido más íntimo y me pone frente al Dios viviente en absoluta inmediatez para que yo pueda hablarle, amarlo y entrar en comunión con Él”.

“Pero al mismo tiempo, esta realidad completamente personal se relaciona inseparablemente con la comunidad: forma parte de la esencia de la fe introducirme en el ‘nosotros’ de los hijos de Dios, en la comunidad peregrinante de los hermanos y hermanas”.

“La fe deriva de la escucha (“fides ex auditu”), nos enseña san Pablo. La escucha a su vez implica siempre una compañía. La fe no es un producto de la reflexión y tampoco es tratar de penetrar en las profundidades de mí ser. Ambas cosas pueden estar presentes, pero son insuficientes sin la escucha, mediante la cual Dios, desde fuera, a partir de una historia que Él mismo creó, me interpela. Para que yo pueda creer necesito testigos que hayan encontrado a Dios y lo hagan accesible para mí”.

“La Iglesia no fue hecha por sí misma –insiste Benedicto XVI–, fue creada por Dios y es continuamente formada por Él. Esto se expresa en los sacramentos, sobre todo en el del bautismo: yo entro a la Iglesia no con un acto burocrático, sino mediante el sacramento. Y esto equivale a decir que yo soy recibido en una comunidad que no fue originada por sí misma y que se proyecta más allá de sí misma. La pastoral que pretende formar la experiencia espiritual de los fieles debe proceder a partir de estos datos fundamentales”.

“Es necesario que abandone la idea de una Iglesia que se produce a sí misma y debe resaltar que la Iglesia se convierte en una comunidad en la comunión con el cuerpo de Cristo. Debe introducir al encuentro con Jesucristo y llevar a Su presencia en el sacramento”.

Respondiendo a otra pregunta, el Papa emérito habló sobre la centralidad de la misericordia. “El hombre de hoy tiene la sensación general de que Dios no puede dejar que la mayor parte de la humanidad caiga en la perdición. En este sentido, la preocupación por la salvación típica de un tiempo fue desapareciendo”.

La doctrina de la justificación -cómo las personas se hacen justas a los ojos de Dios y salvados por Jesús- estaba en el corazón de la reforma protestante, que marcará su 500 aniversario en 2017. En la entrevista, Benedicto XVI señaló: “Para la gente hoy, a diferencia del momento de Martín Lutero y desde la perspectiva clásica de la fe cristiana, las cosas se han vuelto al revés, en cierto sentido, el hombre ya no cree que tiene que justificarse delante de Dios, sino que piensa que es Dios quien debe justificarse a sí mismo a causa de todas las cosas terribles presentes en el mundo y en la cara de la miseria humana”.

La síntesis extrema de tal impresión, dijo, podría estar formulada como: ‘Cristo no sufrió por los pecados de los hombres, sino con el fin de cancelar las faltas de Dios’. Incluso si no fuera la mayoría de los cristianos que comparten este vuelco tan drástico de nuestra fe, se podría decir sin embargo que indica una tendencia básica”, señaló el papa emérito.

“Sin embargo, añadió, en mi opinión, sigue existiendo, de otra manera, la percepción de que nosotros necesitamos la gracia y el perdón. Para mí es un ‘signo de los tiempos’ que la idea de la misericordia de Dios sea cada vez más central y dominante (empezando por sor Faustina, cuyas visiones reflejan de diferentes maneras la imagen de Dios propia del hombre de hoy y su deseo de la bondad divina)”.

“El papa Juan Pablo II –continuó el papa emérito– estaba profundamente impregnado de este impulso, aunque no siempre surgiera explícitamente. Pero no es casual que su último libro, que salió a la luz inmediatamente antes de su muerte, hable sobre la misericordia de Dios”.

“A partir de sus experiencias, -como joven durante la Segunda Guerra Mundial y su ministerio sacerdotal bajo el comunismo en Polonia-, constató toda la crueldad de los hombres, Juan Pablo II afirma que la misericordia es la única verdadera y la última reacción eficaz contra la potencia del mal. Solo allí en donde hay misericordia acaba la crueldad, acaban el mal y la violencia”, señaló el papa emérito que trabajó tan estrechamente junto al papa polaco.

“El papa Francisco –continuó Benedicto XVI citando a su sucesor– se encuentra completamente en sintonía con esta línea. Su práctica pastoral se expresa justamente en el hecho de que él nos habla continuamente de la misericordia de Dios. Es la misericordia lo que nos mueve hacia Dios, mientras que la justicia nos espanta. Según mi opinión, resaltar que bajo la capa de la seguridad de sí y de la propia justicia, el hombre de hoy esconde un profundo conocimiento de sus heridas y de su integridad ante Dios. Él está esperando la misericordia”.

“No es casual que la parábola del Buen samaritano sea tan atractiva para los contemporáneos. Y no solo porque en ella se subraye fuertemente el elemento social de la existencia cristiana, ni solo porque en ella el samaritano, el hombre no religioso, frente a los representantes de la religión, se muestra, por decirlo así, como aquel que actúa de manera verdaderamente conforme a Dios, mientras que los representantes oficiales de la religión se rindieron, por decirlo así, inmunes en relación con Dios”.

“Está claro que esto le gusta al hombre moderno –observó Benedicto XVI. Sin embargo, me parece también importante que los hombres en su intimidad esperen que el samaritano acuda para ayudarlos, que él se incline sobre ellos, derrame aceite sobre sus heridas, los cuide y los ponga al reparo. Ellos saben que necesitan la misericordia de Dios y su delicadeza”.

“En la dureza del mundo de la técnica, en el que los sentimientos ya no cuentan nada, aumenta la esperanza de un amor salvífico que sea dado gratuitamente. Me parece que en el tema de la misericordia divina se expresa de manera nueva lo que significa la justificación de la fe. A partir de la misericordia de Dios, que todos buscan, es posible, incluso en el presente, interpretar desde el principio el núcleo fundamental de la doctrina de la justificación, y mostrarlo en toda su relevancia”.

“Si bien es cierto –explicó- que los grandes misioneros del siglo 16 estaban convencidos de que un no bautizado se condenaba y en eso fundamentaban su compromiso misionero-, después del Concilio Vaticano II la Iglesia católica abandonó definitivamente esa idea”.

“Los teólogos, añadió, todavía están tratando de dar explicaciones completas y válidas que afirmarían la certeza cristiana de que la salvación viene por medio de Cristo sin insistir en que el bautismo y la profesión de su fe sean una condición necesaria”.

“Sin embargo, subrayó, está claro que la iglesia -toda la comunidad cristiana- es el cuerpo de Cristo y que el cuerpo debe llegar a ofrecer ayuda, curación y una invitación a una relación más profunda con Dios”.

“El contrapeso al dominio del mal sólo puede consistir en el amor divino-humana de Jesucristo, que es siempre mayor que cualquier posible poder del mal”, señaló Benedicto XVI y al igual que el papa Francisco, el papa emérito instó a un retorno al sacramento de la reconciliación. Ahí es donde, dijo, “nos dejamos moldear y transformar por Cristo y pasar desde el lado del que destruye a la de la persona que salva”.

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