domingo, 17 de abril de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Jesús es el Buen Pastor que ha dado la vida por nosotros, sus ovejas

4º Domingo de Pascua
Ciclo C
Evangelio: Jn 10, 27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Palabra del Señor.


“Tuyos somos, Señor, tu pueblo y las ovejas de tu rebaño” (Salmo 100, 3).

El cuarto domingo de Pascua dedicado al Buen Pastor, ve en esta figura, tan querida de la Iglesia primitiva, la expresión del amor universal de Cristo hacia los hombres. Ellos le pertenecen como las ovejas al pastor, los guarda celosamente y es para ellos fuente de vida y de salvación: “Yo les doy (a las ovejas) la vida eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mis manos” (Jn 10, 28). Privilegio inmenso, pero que exige una condición de parte del hombre: “Mis ovejas oyen mi voz… y me siguen” (ib 27). Oye la voz de Jesús quien acepta el Evangelio y descubre su verdadero significado, quien escucha la voz de la Iglesia -del Papa, de los obispos, de los superiores- y obedece, quien atiende a la voz de la conciencia y de las aspiraciones interiores; cuando el hombre escucha todas estas voces y las traduce en su vida, sigue verdaderamente y fielmente al Señor.

Pero el pertenecer a la grey de Cristo no es un privilegio reservado a unos pocos, sino un don ofrecido sin distinción a todos los hombres que quieran aceptarlo. Aunque en los designios de Dios las primicias del Evangelio fueron reservadas al pueblo hebreo, en medio del cual Jesús ejercitó su ministerio, después de la resurrección mandó a los apóstoles que lo predicasen “a todas las naciones” (Lc 24, 47). La oposición de Israel fue la ocasión para que los apóstoles dirigiesen su cuidado a los paganos. “Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios -decían Pablo y Bernabé a los judíos-; pero como la rechazáis y nos os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles” (Hc 13, 46, primera lectura).

El Buen Pastor que ha dado la vida por todos los hombres, no excluye a ninguno de su rebaño; es el hombre quien se excluye a sí mismo cuando rechaza conscientemente el mensaje de Cristo; entonces se juzga por sí mismo “indigno de la vida eterna”. Sin embargo, los creyentes deben tender siempre la mano a los hombres incrédulos, reacios o fugitivos, y facilitarles de todos modos su entrada o su vuelta al único redil. Este no debe ser considerado como un lugar cerrado destinado únicamente a recoger y a guardar a los creyentes, sino como un espacio abierto a todos los que desean entrar en él. Su puerta es ancha e invitadora, como lo es Cristo que ha querido llamarse “la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7). Quien acepta pasar por esta puerta será siempre bien recibido y encontrará la salvación: “El que por mí entrare se salvará” (ib. 9). Esta actitud de apertura mantiene en la Iglesia el carácter de universalidad que le imprimió su Fundador y un dinamismo que la hace siempre viva y fecunda.

En la segunda lectura, que nos presenta la gloria eterna del Cordero rodeado de “una muchedumbre grande, que nadie podría contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua” (Ap 7, 9), se nos ofrece la prueba más bella y consoladora de la universalidad de la salvación. En el centro de la visión profética de Juan aparece Jesús bajo la figura del Cordero-Pastor que con su sangre ha lavado y emblanquecido las vestiduras de sus elegidos. Entonces “los que vinieron de la gran tribulación” (ib 14), es decir, de los trabajos por conservar y defender la fe en medio de los sufrimientos de la vida terrena, ya no sufrirán más, “porque el Cordero… los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida” (ib. 17) Es ésta la vida eterna que el Buen Pastor promete a sus ovejas.


“Aclamad al Señor la tierra toda. Servid al Señor con júbilo, venid gozosos a su presencia. Sabed que Yahvé es Dios, que él nos hizo y somos suyos: su pueblo y ovejas de su rebaño. Sí, el Señor es bueno, es eterna su misericordia y perpetua por todas las generaciones su fidelidad” (Salmo 100, 1-3. 5).

¡Oh Jesús!, tú que has dicho: “Yo soy la puerta. El que por mí entrare se salvará”… No quiero contentarme con sólo leer tus palabras, meditarlas, aprobarlas, admirarlas y predicarlas; ayúdame, Señor, a ponerlas en práctica, a vivirlas, a convertirlas en vida mía... Ayúdame a vivir de la fe, dejando a un lado la razón humana que es locura delante de ti, y regulando mi vida en conformidad con las palabras de tu sabiduría divina que es locura delante de los hombres. Que yo pueda “entrar por ti”, amándote con todo mi corazón... Que “pasemos por ti” obedeciéndote... Las ovejas van unidas a su pastor porque lo miran, lo siguen, le obedecen; que yo también te siga y te ame, divino Pastor, que yo te mire con la contemplación, te siga con la imitación, y te odedezca. (Carlos de Foucauld, Meditaciones sobre el Evangelio).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


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