domingo, 24 de abril de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”

5º Domingo de Pascua
Ciclo C
Evangelio: Jn 13, 31-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él. Si Dios es glorificado en Él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

»Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».

Palabra del Señor.


Hoy se propone de nuevo a nuestra meditación el misterio pascual en todo su conjunto; desde la pasión de Cristo hasta su glorificación, desde la presencia y el influjo del Resucitado en la Iglesia hasta la participación de ésta en su gloria.

El Evangelio de la Santa Misa (cfr. Jn 13, 31-35) se refiere al momento en que, después de haber anunciado la traición de Judas, Jesús habla de su glorificación como de una realidad ya presente, vinculada a su pasión: “ahora ha sido glorificado, el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él” (ib. 31). El contraste es fuerte, pero sólo aparente; en efecto, aceptando ser traicionado y entregado a la muerte por la salvación de los hombres, Jesús cumple la misión que había recibido del Padre, y esto es precisamente el motivo de su glorificación. Por eso la considera ya comenzada, como ya lo está la gloria que dará a Dios con su muerte redentora.

La pasión primero y luego la glorificación separarán Jesús de sus discípulos, pero antes de dejarlos les asegura su presencia invisible en el amor. El seguirá estando en medio de ellos mediante el amor con que los ha amado y que les deja en herencia para que lo vivan y lo encuentren en sus relaciones mutuas. “Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros: como yo os he amado, así también amaos mutuamente” (ib. 34). El amor mutuo, modelado sobre el amor del Maestro, aún más, nacido de él, asegura a la comunidad cristiana la presencia de Jesús, de la cual es señal. Al mismo tiempo es el distintivo de los verdaderos cristianos: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos” (ib. 35).

De esta manera la vida de la Iglesia comenzó sostenida por una fuerza de cohesión y de expansión absolutamente nueva y de extraordinario poder, en cuanto basada no sobre el amor humano que es siempre frágil y defectible, sino sobre el amor divino: el amor de Cristo revivido en las relaciones mutuas de los creyentes.

Un tal amor es el secreto del celo incansable de Pablo y de Bernabé de que habla hoy la primera lectura (cfr. Hc 14, 21b-27). Los viajes se suceden: después de haber fundado nuevas iglesias, los dos vuelven a visitarlas para exhortar a los discípulos a “permanecer firmes en la fe” (ib. 22); en cada iglesia eligen y ordenan presbíteros, parten para evangelizar a otros pueblos y luego vuelven a Antioquía donde dan cuenta a la comunidad de “cuanto había hecho Dios con ellos” (ib. 27). El amor de Cristo que los sostiene y la certeza de que él obra en ellos y con ellos, no los dispensa de las tribulaciones, como tampoco estaban exentas de ellas las nuevas cristiandades ni tampoco lo está la Iglesia de hoy, pues “por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios” (ib. 22).

Para animar a la Iglesia en su camino, vemos que Juan (cfr. segunda lectura: Ap 21, 1-5a) le hace entrever la gloria de la Jerusalén celestial -la Iglesia triunfante o gloriosa- que se presenta “ataviada como una esposa que se engalana para su esposo”, Cristo. Ella será “el tabernáculo de Dios entre los hombres” (ib. 2-3), donde el Hijo de Dios pondrá su morada permanente, ya no rechazado como sucedió en el tiempo, sino acogido por todos los elegidos como su Señor y Consolador. Entonces él “enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más” (ib. 4). Con su muerte y resurrección Jesús ha santificado el dolor y la muerte, pero no los ha eliminado; pero en la vida eterna, donde los hombres serán asociados plenamente a la gloria de su resurrección, “ya no habrá duelo, ni gritos, ni dolor” (ib.) Todo será renovado en la gloria y en el amor de Jesús resucitado.


“¡Oh Cristo, nuestra Pascua!, por ti los hijos de la luz amanecen a la vida eterna, los creyentes atraviesan los umbrales del Reino de los cielos; porque en tu muerte y resurrección hemos resucitado todos. Por este misterio, inundado de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría”. (Cfr. Misal Romano, Prefacio pascual, II).

“Nuestro Señor Jesucristo declara que da a sus discípulos un mandato nuevo de amarse unos a otros… ¿Por qué pues, el Señor lo llama nuevo, cuando se conoce su antigüedad? ¿Tal vez será nuevo porque, despojándose del hombre viejo, nos ha vestido del hombre nuevo? El hombre que oye, o mejor, el hombre que obedece, se renueva no por una cosa cualquiera, sino por la caridad, de la cual para distinguirla del amor carnal añade: “como yo os he amado” (ib.34). Este amor, nos renueva para ser hombres nuevos, herederos del Nuevo Testamento y cantores del nuevo cántico. Este amor… renovó ya entonces a los justos de la antigüedad, a los patriarcas y profetas, como renovó después a los apóstoles, y es el que también ahora renueva a todas las gentes; y el que todo el género humano, difundido por todo el orbe, forma y congrega un pueblo nuevo, cuerpo de la nueva Esposa de los Cantares”. (S. Agustín, I Jn, 65. 1).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario