domingo, 1 de mayo de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Jesús, Buen Pastor, nos da su paz a nosotros, que somos sus ovejas

6º Domingo de Pascua
Ciclo C
Evangelio: Jn 14, 23-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.

Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis».

Palabra del Señor.


“¡Oh Jesús!, que el Espíritu Santo nos traiga a la memoria todo lo que tú nos has dicho” (Jn 14, 26)

La Liturgia de la Palabra nos presenta hoy la situación de la Iglesia desde el día de la Ascensión de Jesús a los cielos hasta cuando ella misma sea elevada a la gloria con él.

La presencia corporal de Jesús es sustituida por una presencia espiritual interior prometida a cuantos le aman: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14, 23). Jesús no habita ya físicamente entre los hombres, sino que, Hijo de Dios, pone su morada en lo íntimo de sus fieles, mas no él solo, sino con el Padre y el Espíritu Santo, a los cuales está inseparablemente unido.

San Agustín comenta: “Dios, Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo vienen a nosotros cuando nosotros vamos a ellos: vienen a nosotros socorriéndonos, vamos a ellos obedeciendo; vienen a nosotros iluminándonos, vamos a ellos contemplándolos; vienen llenándonos de su presencia, vamos a ellos acogiéndolos” (In Jo., 76, 4). La inhabitación de la Trinidad es el don supremo que Cristo nos mereció con su muerte y resurrección y que él ofrece a quien corresponde a su amor escuchando y cumpliendo fielmente su palabra. Misterio inefable que para ser comprendido y vivido exige una especial iluminación divina.

También ésta la ha prometido Jesús a sus discípulos: “el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26). El es el maestro interior que nos lleva a la comprensión viva, íntima y experimental de las verdades anunciadas por Jesús, especialmente las del misterio de la Trinidad y de su inhabitación en los creyentes, y la llamada de éstos a la comunión personal con Cristo y con la Trinidad. El sugiere el sentido genuino de las Escrituras y la inteligencia del plan divino para la salvación universal; él guía a la Iglesia en el cumplimiento de su misión.

Esto se verificó con especial plenitud en la vida de la Iglesia primitiva cuando los apóstoles hablaban y obraban con total dependencia de él: “Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hc 15, 28; primera lectura), declaraban al resolver la controversia acerca de las obligaciones que debían imponerse a los convertidos provenientes del paganismo. Es cosa humana e inevitable que en la vida de los individuos y de la Iglesia surjan problemas y divergencias, pero cuando la solución se busca y se toma con plena docilidad al Espíritu Santo, a sus inspiraciones interiores y a sus indicaciones a través de quien tiene el oficio de interpretar la voluntad divina, todo se resuelve bien y en paz.

La paz es precisamente el don que Jesús ha dejado a sus discípulos tras haberles asegurado la presencia de la Trinidad en sus corazones y la asistencia del Espíritu Santo. “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la os la doy yo” (Jn 14, 27). Es la paz fundada en las buenas relaciones con Dios, en la observancia de su palabra, en la comunión íntima con él; la paz de quien se deja guiar por el Espíritu Santo y obra a la luz de su inspiración. Paz que no dispensa del sufrimiento en este mundo, pero que infunde ánimo para afrontar también la lucha cuando es necesaria para mantenerse fieles a Dios. Paz que será completa y sin sombra alguna de turbación en la Jerusalén celestial donde Cristo, “el Cordero”, será “la lámpara” que iluminará (Ap 21, 23; segunda lectura) y la alegría que regocijará para siempre a los elegidos.


“En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, que vosotros estáis en mí y que yo estoy en vosotros’… Entonces podremos ver lo que ahora creemos. También ahora está El entre nosotros, y nosotros en El; más ahora le conozcamos por la fe, entonces le conoceremos por la contemplación. Mientras vivimos en este cuerpo corruptible y pesado al alma, como es ahora, vivimos como peregrinos fuera del Señor, porque caminamos por la fe, no por la contemplación… Y que nosotros, aun ahora estamos en El, lo expresa con bastante claridad cuando dice: ‘Yo soy la vid y vosotros los sarmientos’. Pero en aquel día en que vivamos con la vida, que absorbe a la muerte veremos que El está en el Padre, nosotros en El y El en nosotros; porque entonces llegará a la perfección lo que  ahora El tiene ya comenzado, es decir, su morada en nosotros y la nuestra en El.

Nos deja la paz cuando va a partir, y nos dará su paz cuando venga al fin del mundo. Nos deja la paz en este mundo, nos dará su paz en el otro. Nos deja su paz para que, permaneciendo en ella, podamos vencer al enemigo; nos dará su paz cuando reinemos libres de enemigos. Nos deja su paz para que aquí nos amemos unos a otros, nos dará su paz allí donde no podamos tener diferencias” (San Agustín, In Jn, 75, 4; 77, 3).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


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