jueves, 6 de octubre de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: Reflexión sobre su reciente visita al Cáucaso


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 5 de octubre de 2016


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El fin de semana pasado realicé un viaje apostólico a Georgia y Azerbaiyán. Doy gracias al Señor que me lo ha concedido y renuevo la expresión de mi reconocimiento a las autoridades civiles y religiosas de estos dos países, en particular al patriarca de toda la Georgia, Elías II, su testimonio me hizo bien al corazón y al alma, y al jefe de los musulmanes del Cáucaso. Un “gracias” fraterno a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a todos los fieles que me han hecho sentir su caluroso afecto.

Este viaje ha sido la continuación y el cumplimiento del efectuado a Armenia, en el mes de junio. De tal forma, he podido –gracias a Dios– realizar el proyecto de visitar los tres países caucásicos, para confirmar a la Iglesia católica que vive en ellos y para animar el camino de esa población hacia la paz y la fraternidad. Lo evidenciaban también los dos lemas de este viaje: para Georgia “Pax vobis” y para Azerbaiyán “Todos somos hermanos”.

Ambos países tienen raíces históricas, culturales y religiosas muy antiguas, pero al mismo tiempo están viviendo una fase nueva: de hecho, los dos celebran en este año el 25º aniversario de su independencia, habiendo vivido durante buena parte del siglo XX bajo el régimen soviético. Y en esta fase encuentran varias dificultades en los distintos ámbitos de la vida social.

La Iglesia católica está llamada a estar presente, a estar cerca, especialmente en el signo de la caridad y de la promoción humana; y trata de hacerlo en comunión con las otras Iglesias y comunidades cristianas y en diálogo con otras comunidades religiosas, en la certeza de que Dios es Padre de todos y nosotros somos hermanos y hermanas.

En Georgia esta misión pasa naturalmente a través de la colaboración con los hermanos ortodoxos, que forman la gran mayoría de la población. Por eso ha sido un signo importante el hecho de que cuando llegué a Tiflis, para recibirme en el aeropuerto estaba, junto con el presidente de la república, también el venerado patriarca Elías II.

El encuentro con él por la tarde fue conmovedor, como también lo fue al día siguiente la visita a la catedral patriarcal, donde se venera la reliquia de la túnica de Cristo, símbolo de la unidad de la Iglesia. Esta unidad se corrobora en la sangre de los muchos mártires de las diferentes confesiones cristianas. Entre las comunidades más probadas está la asiro-caldea, con la que he vivido en Tiflis un momento intenso de oración por la paz en Siria, en Irak y en todo Oriente Medio.

La misa con los fieles católicos de Georgia –latinos, armenios y asiro-caldeos– fue celebrada en la memoria de santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones: ella nos recuerda que la verdadera misión no es nunca proselitismo, sino atracción a Cristo a partir de la fuerte unión con Él en la oración, en la adoración y en la caridad concreta, que es servicio a Jesús presente en el más pequeño de los hermanos. Es lo que hacen los religiosos y las religiosas con los que me reuní en Tiflis, como después también en Bakú: lo hacen con la oración y con las obras caritativas y promocionales. Les he animado a estar firmes en la fe, con memoria, ánimo y esperanza. Y después hay familias cristianas: ¡qué preciosa es su presencia, recibimiento, acompañamiento, discernimiento e integración en la comunidad!

Este estilo de presencia evangélica como semilla del Reino de Dios es, si es posible, todavía más necesario en Azerbaiyán, donde la mayoría de la población es musulmana y los católicos son unos pocos cientos, pero gracias a Dios tienen buenas relaciones con todos, en particular mantienen vínculos fraternos con los cristianos ortodoxos.

Por eso en Bakú, capital de Azerbaiyán, hemos vivido dos momentos que la fe sabe tener en la justa relación: la eucaristía y el encuentro interreligioso. La eucaristía con la pequeña comunidad católica, donde el Espíritu armoniza las diferentes lenguas y dona la fuerza del testimonio; y esta comunión en Cristo no impide, es más, empuja a buscar el encuentro y el diálogo con todos aquellos que creen en Dios, para construir juntos un mundo más justo y fraterno.

En tal perspectiva, dirigiéndome a las autoridades azeríes, he deseado que las cuestiones abiertas puedan encontrar buenas soluciones y todas las poblaciones caucásicas vivan en la paz y en el respeto recíproco.

Dios bendiga Armenia, Georgia y Azerbaiyán, y acompañe el camino de su pueblo santo que peregrina en estos países.

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