domingo, 16 de octubre de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Es preciso orar siempre sin desfallecer”


29º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 18, 1-8

En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’».

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».

Palabra del Señor.


Los textos escriturísticos de este domingo se centran en el tema de la fe, considerada sobre todo como recurso confiado a Dios y seguridad de su intervención. Tomado del libro del Éxodo (17, 8-13, primera lectura) se lee el conocido episodio de la oración de Moisés en el monte, mientras en el valle luchaban los hijos de Israel contra los amalecitas. “Mientras Moisés tenía en alto la mano (en actitud de súplica), vencía Israel; mientras la tenía bajada, vencía Amalec” (ib 11).

Las manos levantadas eran “signo” de la oración elevada a Dios para invocar su auxilio y al mismo tiempo –pues Moisés sostenía “el bastón de Dios” (ib 9) con el que había realizado tantos prodigios- eran una incitación al pueblo a batirse con bravura. Así para impedir que el cansancio hiciese caer los brazos de Moisés, “Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado” (ib 12). Expresión admirable de una fe que esperaba la victoria mucho más del auxilio divino que del valor de los combatientes.

El trozo evangélico refiere la parábola del juez y la viuda (Lc 18, 1-8), propuesta por Jesús para inculcar “a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse” (ib 1). Se trata de un juez que “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, y así no se preocupaba de defender la causa de los débiles y oprimidos según prescribía la ley de Dios. Por eso no quiere saber nada de una pobre viuda que recurre a él en demanda de justicia; pero, al fin, cede a sus ruegos únicamente para que ella no le siga fastidiando.

De este ejemplo parte Jesús para dar a entender que Dios, mucho mejor que el juez injusto, escuchará las súplicas de quien recurre a él con constancia confiada. “Pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar” (ib 7-8). La oración continua que Jesús inculca aquí, es sobre todo la oración por el advenimiento del Reino de Dios y por la salvación de los elegidos cuando, en el último día, venga el Hijo del Hombre a juzgar al mundo (cfr. Lc 17, 22-37).

Los creyentes deben vivir aguardando ese día y rogar incesantemente para que sea día de salvación. Por parte de Dios la salvación está asegurada porque Cristo ha muerto y resucitado por todo el género humano. Más por parte de los hombres se precisa una condición: la fe. ¿Pero cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra? (ib 8). La pregunta con que Jesús concluye la parábola induce a una seria reflexión. La Iglesia atribulada puede estar segura de que su suplica incesante será finalmente oída.

Dios hará justicia a sus elegidos, aunque actualmente los deja pasar por persecuciones, angustias y fracasos, como lo permitió para su Elegido, Jesucristo. Pero es necesario que la Iglesia y cada uno de los fieles guarden íntegra la fe y la defiendan de las asechanzas del abatimiento. Cuanto más firme y segura sea la fe que Dios encuentre en ellos, tanto más intervendrá a su favor, como intervino a favor de Israel.

En este contexto la segunda lectura (2 Tim 3, 14 - 4, 2) suena como una exhortación apasionada a permanecer firmes en la fe a pesar de las teorías contrarias y la desbandada de muchos. “Permaneced en lo que has aprendido”, escribe san Pablo a Timoteo; lo ha aprendido en la Sagrada Escritura, la cual instruye para “la salvación” que se consigue “por la fe en Cristo Jesús” (ib 3, 14-15). El que se mantiene adherido a la Palabra de Dios no vacilará, estará defendido contra todo asalto y “perfectamente equipado para toda obra buena”.


“Levanto mis ojos a los montes: ¿de donde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme… El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre” (Sal 120).

“Señor, enséñame a orar incesantemente sin perder un instante. A orar por nosotros, pero más aún por el prójimo, ya que es ‘mejor dar que recibir’. Haz que oremos y supliquemos sin temor de pedir las gracias más elevadas. Cuanto mayores sean nuestras peticiones, más digno de ti será escucharlas; ellas demostrarán nuestra fe, esa fe que tú quieres de nosotros, y serán una sola cosa con tu voluntad, porque tú tienes en el corazón el deseo de la santificación de todo el género humano.

Tú nos enseñas a pedir… tu gloria, la conversión de los hombres y la nuestra, el cumplimiento perfecto de tu voluntad en nosotros y en todos los hombres, el perdón de los pecados nuestros y ajenos, el auxilio contra las tentaciones, la liberación de todo pecado, de todo verdadero mal en esta vida y en la otra… Esto, Señor, es lo que quieres que pidamos, y esto nos lo concederás siempre, si te lo pedimos con fe” (Charles de Foucauld, La plegaria del pobre).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


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