domingo, 9 de octubre de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado"

28º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 17, 11-19

Un día, sucedió que, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

Palabra del Señor.


“Señor, has dado a conocer tu salvación; los confines de la tierra la han contemplado” (Salmo 97, 2-3).

La gracia, el reconocimiento, el don de la fe y la vida de fe son los argumentos que se entrelazan en la Liturgia de este Domingo. La lectura primera (2 Rey 5, 10. 14-17) recuerda el suceso de Naamán el Sirio curado de la lepra por el profeta Eliseo. Dios se sirve de este milagro para revelarse a aquel pagano y llamarlo a la fe; y él, dócil a la gracia, responde convirtiéndose interiormente y proclamando en voz que el Dios de Israel es el único Dios verdadero: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel” (ib 15).

Luego, en señal de su reconocimiento quiere ofrecer un regalo al profeta que ha sido instrumento de su curación. Pero éste, con total desinterés, lo rehúsa. Eliseo, verdadero hombre de Dios –como auténtico profeta-, no quiere aprovecharse del reconocimiento de los creyentes para enriquecerse o hacerse un nombre.

En su primer discurso en la sinagoga de Nazareth Jesús citará el hecho de la curación de Naamán el Sirio (cfr. Lc 4, 27) –el único leproso sanado por Eliseo con preferencia a los de Israel-, para demostrar que la salvación no es un privilegio reservado a los judíos, sino un don ofrecido a todos los hombres. Un suceso semejante tendrá lugar más adelante cuando, durante su último viaje a Jerusalén, cure Jesús diez leprosos, de los cuales uno sólo –un extranjero- repetirá el gesto agradecido de Naamán y recibirá junto con la salud física el don de la salvación (Evangelio de hoy, Lc 17, 11-19). El grupo de esos diez enfermos que se encontró Jesús en su camino “se pararon a lo lejos y a gritos le decían: ‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’.” (ib 12-13). Es un grito de confianza en ese Jesús cuyos milagros han oído contar y cuya compasión por las miserias humanas han oído alabar. Es escuchado en su grito.

Pero el Señor les impone una condición: “Id a presentaros a los sacerdotes” (ib 14). Lo que la ley mosaica exigía al leproso ya curado para inspección de su curación (cfr. Lv 14, 2), Jesús lo exige a los diez antes aún de quedar curados, subrayando de ese modo el valor de la obediencia a la ley. Y mientras ellos van de camino para cumplir lo mandado, quedan sanos. Idéntica curación la de todos, pero no idéntica reacción. “Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano” ( ib 15-16).

Los otros nueve no sienten necesidad de volver a dar gracias; tal vez porque como miembros del pueblo escogido consideran que tienen derecho a los dones de Dios. En cambio, el samaritano, extranjero como es, no se arroga derechos y considerándose indigno del favor de Dios, lo acoge con corazón humilde y agradecido. Esta actitud de humildad y reconocimiento lo dispone a un favor mayor aún, el de la salvación; “Levántate, vete: tu fe te ha salvado” (ib 19).

Por enésima vez afirma la Escritura que el don de la fe no está vinculado a ningún pueblo o situación, “la palabra de Dios no está encadenada” (Segunda lectura: 2 Tim 2, 8-13); nada puede impedirle florecer en los corazones más extraños al mundo de los creyentes y suscitar en ellos la fe. Pero san Pablo habla también de otro deber de la vida de la fe: considerar el sufrimiento, especialmente el que se deriva de la fidelidad a Cristo, no como algo hostil, sino como una gloria y un medio seguro de entrar en la órbita de la salvación. “Esta es doctrina segura: si morimos con él, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él” (ib 11-12).


“Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer su misericordia y su fidelidad a favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclamad al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad” (Salmo 97, 1-4).

“Con aquel que sufría terriblemente en el cuerpo a causa de la lepra, yo te suplico por la angustia de mi alma…: ‘Señor, si tú quieres, puedes curarme’. Con los ciegos afligidos por su ceguera en una noche perpetua, levanto mi grito de lamento. Yo no te llamo ‘hijo de David’, sino te proclamo ‘hijo de Dios’, que es el ser supremo. No sólo te llamo Maestro…, sino creo que tú eres el Señor del cielo y de la tierra. No sólo tengo fe en el toque de tu mano, oh Dios misericordioso y vecino, sino creo en el poder de tu palabra para sanarme, aunque estuviese lejos, muy lejos… Tú lo quieres porque eres compasivo y lo puedes porque eres creador: di solamente una palabra y seré curado…

Concédeme… la condonación de mis grandes deudas, oh Dios de bondad y Señor de la bienaventuranza. Cuando mayor es tu liberalidad, más glorificado eres; cuando más magnánima es tu munificencia, más amado eres, cuanto de más misericordia usas, más gloria obtienes… Usa de otra tanta misericordia, conmigo que soy deudor de deudas incalculables, para que, proclamando con reconocimiento tus beneficios, mi amor se exprese con no menos intensidad. En todo sea para ti la gloria” (San Gregorio de Narek, Le livre de prières, 121-123).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada