domingo, 2 de octubre de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Señor Jesús, creemos en Ti, pero auméntanos la fe”


27º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 17,5-10

En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor; «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’, y os habría obedecido.

»¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y, cuando regresa del campo, le dice: ‘Pasa al momento y ponte a la mesa?’. ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame algo para cenar, y cíñete para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y beberás tú?’. ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: ‘Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer’».

Palabra del Señor.


“Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5).

La liturgia de este domingo está enteramente centrada en el tema de la fe. El profeta Habacuc (1, 2-3; 2, 2-4) se lamenta ante Dios de la situación desolada de su pueblo. En lo interno iniquidad, porque Israel es infiel a su Dios, y en lo externo, prepotencia y violencia, porque el pais está sometido a la acción devastadora de los enemigos, los cuales son instrumento de la justicia divina para castigo de los judíos, pero no menos pecadores que éstos. Es el escándalo del triunfo del mal que parece destruir el bien y envolver en su ruina a los mismos buenos. Dios, al fin, responde a su profeta con una visión que quiere se escriba con toda claridad para adoctrinamiento de cuantos vengan después; exhorta ante todo a la constancia, porque se hará justicia, pero a su tiempo: “Si tarda, espera, porque ha de llegar sin duda alguna”.

Y dice cómo: “Sucumbe quien no tiene el alma recta, pero el justo vivirá por su fe” (ib 3-4). Esta enseñanza es para el israelita como para el cristiano, y para el creyente de todos los tiempos; es válida en cualquier circunstancia de la vida de los individuos, de los pueblos o de la Iglesia. Aun cuando todo se desarrolla como si Dios no existiese o no lo viese, es preciso permanecer firmes en la fe. Dios no puede tardar en intervenir, e intervendrá ciertamente a favor de los que creen en él y a él se confían. “En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8, 28).

La segunda lectura (2 Tim 1, 6-8. 13-14) desarrolla otro aspecto de la fe: como testimonio valeroso de Cristo y del Evangelio. Escribe san Pablo a Timoteo: “No tengas miedo a dar la cara por nuestro Señor y por mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio según las fuerzas que Dios te dé” (ib 8). El Apóstol intrépido, que había afrontado luchas y riesgos innumerables por la fe y tenía a gloria estar encadenado por Cristo, podía con todo derecho exhortar a su discípulo y colaborador a no intimidarse por las dificultades, sino a sufrir con él por el Evangelio.

El cristiano que no está dispuesto a sufrir algo por su fe, no podrá resistir los empujones de los enemigos. Es humano que en ciertas circunstancias broten de nuevo la timidez o el miedo, pero serán vencidos con “la fuerza de Dios” y “con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros” (ib 8. 14). Pues el Espíritu ha sido dado a los fieles para sostener su debilidad (Rm 8, 26) y para hacerlos capaces de confesar el nombre del Señor (1 Cor 12, 3).

Tras estas reflexiones surge espontáneamente la plegaria que se lee en el Evangelio: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5-10). Para creer sin titubear, para permanecer fieles a Dios en las adversidades o en las luchas contra la fe, se precisa una fe sólida y robusta, como sólo Dios la puede dar. A los apóstoles que se la pedían un día, les dijo Jesús: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y os obedecería” (ib 6). Lenguaje figurado que expresa la omnipotencia de la fe.

Jesús no pide mucho, pide un poquito de fe como el pequeñísimo grano de mostaza, bastante menor que una cabeza de alfiler; pero si es una fe sincera, viva, convencida, será capaz de cosas mucho mayores, inconcebibles desde un punto de vista humano. Jesús quiere educar a sus discípulos en una fe sin incertidumbres ni titubeos, en una fe que apoyándose en la fuerza de Dios, todo lo cree, todo lo espera, a todo se atreve, y persevera invencible aun en las vicisitudes más ásperas y oscuras.


“Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican: derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir” (Misal Romano, Oración Colecta).

“Oh Señor, tú has afirmado que todo es posible al que cree. Si examinamos cuál es la virtud mejor y más agradable a ti, vemos que es la fe la que tiene la primacía. En realidad por la fuerza de ella nos disponemos a entrar en el santo de los santos. Sin ella, ni siquiera tú, Señor de la gloria, realizaste a favor nuestro tus maravillosos prodigios: antes de realizarlos quisiste que a tu bondad su uniese nuestra fe. Esto porque la fe es capaz por sí sola de dar la vida, desde el momento que está tan cerca de ti, Señor. Por lo demás, fue tu misma boca bendita la que proclamó estas palabras: “tu fe te ha salvado”,

En efecto, una fe no mayor que un menudo y humilde granito de mostaza tiene fuerza para transportar grandes montañas en medio del mar. Pues bien, nosotros hemos recibido realmente esta fe como una guía que nos abre el sendero de la vida, como un culto veraz a Dios. Esta fe, a través de los ojos del alma, ve sin titubeos las cosas futuras y las que están ocultas… Se cuenta entre la caridad y la esperanza… Porque si creo en ti, Señor, también te amaré, y al mismo tiempo esperaré tus dones invisibles” (San Gregorio de Narek Le livre de Prières, 95-96).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.



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