domingo, 28 de febrero de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Jesús suplica al Padre paciencia y misericordia para con nosotros

3º Domingo de Cuaresma
Ciclo C
Evangelio: Lucas 13, 1-9

En aquel tiempo, llegaron algunos que contaron a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Palabra del Señor


Nuestro Dios nos ama y nos tiene confianza. Él nos ha creado libres, por eso nos propone su proyecto y espera de nosotros una respuesta. En este 3º domingo de Cuaresma   -camino hacia la Pascua-, la liturgia de la Palabra nos habla de la llamada a la conversión, el cambio de vida al que Dios nos llama mostrándonos su bondad y su misericordia. El encaminamiento viene señalado por el relato del llamamiento de Moisés para ser guía de su pueblo y organizar su salida de Egipto. El hecho se realiza a través de una teofanía, es decir, de una manifestación de Dios, el cual se hace patente en la zarza que arde, le hace oír a Moisés su voz, le llama por su nombre: “¡Moisés, Moisés!” (Ex 3, 4), le revela el plan trazado para la liberación de Israel y le ordena que se ponga al frente de la empresa.

Inicia así la marcha de los hebreos a través del desierto, que no tiene el único significado de liberarlo de la opresión de un pueblo extranjero, sino que significa, más profundamente, la decisión de separarlo del contacto con gentes idólatras, de purificar sus costumbres, de despegar su corazón de los bienes terrenos para conducirlo a una religión más pura, a un contacto más íntimo con Dios, y de ahí a la posesión de la tierra prometida. El éxodo del pueblo elegido es figura del itinerario de desapego y de conversión que el cristiano está llamado a realizar de un modo especial durante la Cuaresma.

Al mismo tiempo, las vicisitudes de este pueblo, que pasa cuarenta años en el desierto sin decidirse nunca a una total fidelidad a aquel Dios que tanto le había favorecido, sirven de advertencia al nuevo pueblo de Dios. San Pablo, recordando los beneficios extraordinarios de que gozaron los hebreos en el desierto, escribe: “todos comieron del mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual… Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto” (1 Cor 10, 3-5). Tal fue el triste epílogo de una historia de infidelidades y de prevaricaciones.

Pertenecer al pueblo de Dios, disponer a voluntad del agua viva de la gracia, del alimento espiritual de la Eucaristía y de todos los demás sacramentos no es una garantía de salvación, si el cristiano no se compromete en un trabajo profundo de conversión y de total adhesión a Dios. Nadie puede presumir, ni en virtud de su posición en la Iglesia, ni en virtud de la propia virtud o de los buenos servicio prestados: “el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga! (ibid 12).

Según progresamos en nuestro viaje espiritual de la Cuaresma, ahondamos en el carácter penitencial de esta etapa litúrgica, ayudados por el evangelio de Lucas (cfr. Lc. 13, 1-9). De hecho, el evangelio de  hoy se centra en la invitación a la penitencia y conversión de corazón, en la confianza de que nuestro Dios es siempre un Dios paciente, deseoso de nuestra salvación y no de nuestra destrucción. Es la misma enseñanza que la comunidad de los fieles recibe hoy de la boca de Jesús. A quien le refería el hecho de una represión política que había segado la vida de varias víctimas, el Señor decía: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo” (ibid 2-3). Palabras severas que dan a comprender que con Dios no se puede jugar; y sin embargo, palabras que proceden del amor de Dios, quien promueve por todos los medios la salvación de sus criaturas.

Dios no habla ya hoy a su pueblo por medio de Moisés, sino por medio de su Hijo divino; se hace patente, no en una zarza que arde sin consumirse, sino en su Unigénito, el cual, llamando a los hombres a penitencia, personifica la misericordia infinita, que nunca mengua. Con esta misericordia, Jesús suplica al Padre que prolongue el tiempo y espere todavía, hasta que todos se enmienden; como hace el viñador de la parábola, el cual, frente a la higuera infructuosa, dice al amo: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás” (ibid 8-9).

Así, la breve parábola presenta la “tensión” entre el propietario y un personaje intermediario que intercede para dar al árbol su “última oportunidad” de producir fruto, en oposición a la voluntad del propietario, que quiere cortarlo. Pero lo más  interesante es la presentación de un personaje paciente y compasivo, el viñador, que se compromete a hacer todo lo posible para que la higuera fructifique; un personaje que hace pensar en Dios mismo, en la persona de su Hijo Jesús, siempre dispuesto a llamar a las personas al arrepentimiento y a cambiar su corazón. Jesús ofrece a todos los hombres su gracia, les vivifica con los méritos de su pasión, les nutre con su Cuerpo y con su Sangre, suplica para ellos la misericordia del Padre; ¿Qué más podría hacer? Le corresponde al hombre no abusar de tantos beneficios, sino valerse de ellos cada vez mejor para dar frutos de auténtica vida cristiana.

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. El perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades... El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos. Enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles. (Salmo 103, 2-3. 6-8. 11).

Vuélvete, Señor, y libra mi alma.. hazme volver, porque siento dificultad y trabajo en mi conversión...

Está escrito: en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no le conoció. Luego si estabas en este mundo y el mundo no te conoció, nuestra inmundicia no tolera tu mirada. Pero cuando nos volvemos a él, es decir, cuando renovamos nuestro espíritu por el cambio de la vida vieja, experimentamos lo duro y trabajoso que es, Señor, retroceder de la oscuridad de los deseos terrenos a la serenidad y sosiego de la luz divina. En tal embarazo decimos: vuélvete, Señor, para que la vuelta se lleve a cabo en nosotros, la cual te encuentra preparado y ofreciéndote a ser gozado de tus amadores...

Libra mi alma, que está como adherida a las perplejidades de este siglo y soporta ciertas espinas de los deseos desgarrantes en la misma conversión... Sáname, en fin, no por mis méritos, sino por tu misericordia.(SAN AGUSTIN, Enarraciones sobre los Salmos, 6, 5).

Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 3º Domingo de Cuaresma – Ciclo C

“La infinita paciencia y comprensión de Dios” (Lc 13,1-9)

jueves, 25 de febrero de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “La misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 24 de febrero de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios


Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Proseguimos las catequesis sobre la misericordia en la Sagrada Escritura. En distintos pasos se habla de los poderosos, de los reyes, de los hombres que están “en lo alto”, y también de su arrogancia y de sus abusos. La riqueza y el poder son realidades que pueden ser buenas y útiles para el bien común, si se ponen al servicio de los pobres y de todos, con justicia y caridad. Pero cuando, como demasiado a menudo sucede, son vividas como privilegio, con egoísmo y prepotencia, se transforman en instrumento de corrupción y muerte. Es lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot, descrito en el primer libro de los Reyes, en el capítulo 21, sobre el que hoy nos detenemos.

En este texto se cuenta que el rey de Israel, Acab, quiere comprar la viña de un hombre de nombre Nabot, porque esta viña confina con el palacio real. La propuesta parece legítima, incluso generosa, pero en Israel las propiedades terrenales eran consideradas inalienables. De hecho, el libro del Levítico escribe: “La tierra no podrá venderse definitivamente, porque la tierra es mía, y ustedes son para mí como extranjeros y huéspedes” (Lv 25,23). La tierra es sagrada, porque es un don del Señor, que como tal es cuidada y conservada, en cuanto signo de la bendición divina que pasa de generación en generación y es garantía de dignidad para todos. Se comprende entonces la respuesta negativa de Nabot al rey: “¡El Señor me libre de cederte la herencia de mis padres!” (1 Re 21,3).

El rey Acab reacciona a este rechazo con amargura e indignación. Se siente ofendido, él es el rey, el poderoso, se siente disminuido en su autoridad de soberano, y frustrado en la posibilidad de satisfacer su deseo de posesión. Viéndolo tan abatido, su mujer Jezabel, una reina pagana que había incrementado los cultos de idolatría y hacía matar a los profetas del Señor, no era fea, era mala, decide intervenir.

Las palabras con las que se dirige al rey son muy significativas, escuchad la maldad que hay detrás de esta mujer. “¿Así ejerces tú la realeza sobre Israel? ¡Levántate, come y alégrate! ¡Yo te daré la viña de Nabot, el israelita!” (v. 7). Ella pone el acento sobre el prestigio y el poder del rey, que, según su modo de ver, está siendo cuestionado por el rechazo de Nabot. Un poder que ella sin embargo considera absoluto, y por el cual cualquier deseo del rey, el poderoso, se convierte en una orden.

El gran san Ambrosio ha escrito un pequeño libro sobre este episodio, se llama Nabot. Será bueno leerlo en este tiempo de Cuaresma. Muy bonito y muy concreto.

Jesús, recordando estas cosas, nos dice: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo” (Mt 20,25-27). Si se pierde la dimensión del servicio, el poder se transforma en arrogancia y se convierte en dominio y opresión. Es precisamente esto lo que sucede en el episodio de la viña de Nabot. Jezabel, la reina sin escrúpulos, decide eliminar a Nabot y lleva a cabo su plan. Usa las apariencias engañosas de una legalidad perversa: envía, en nombre del rey, cartas a los ancianos y a los notables de la ciudad ordenando que falsos testigos acusen públicamente a Nabot de haber maldecido a Dios y al rey, un crimen castigado con la muerte. Así termina la historia, muerto Nabot, el rey puede adueñarse de su viña.

Esta no es una historia de otros tiempos ¿eh? Es también una historia de hoy, de los poderosos que para tener más dinero explotan a los pobres, explotan a la gente. Es la historia de la trata de personas, del trabajo esclavo, de la pobre gente que trabaja en negro y con el mínimo para enriquecer a los poderosos. Es la historia de los políticos corruptos que quieren más y más y más. Por esto decía que nos hará bien leer ese libro de san Ambrosio sobre Nabot, porque es un libro de actualidad.

Es aquí donde lleva el ejercicio de la autoridad sin respeto por la vida, sin justicia, sin misericordia. Y esto es a lo que lleva la sed de poder: se convierte en avaricia que quiere poseer todo. Un texto del profeta Isaías es particularmente iluminante al respecto. En él, el Señor advierte sobre la avaricia de los ricos latifundistas que quieren poseer cada vez más casas y terrenos. Dice el profeta Isaías: “¡Ay de los que acumulan una casa tras otra y anexionan un campo a otro, hasta no dejar más espacio y habitar ustedes solos en medio del país!” (Is 5,8).

Y el profeta Isaías no era comunista ¿eh? Pero Dios es más grande que las maldades y los juegos sucios hechos por los seres humanos. En su misericordia envía al profeta Elías para ayudar a Acab a convertirse. Ahora pasamos página, y ¿cómo sigue la historia? Dios ve este crimen y también llama al corazón de Acab. Y el rey, puesto delante de su pecado, entiende, se humilla y pide perdón. Qué bonito sería que los poderosos, explotadores de hoy, hicieran lo mismo. El Señor acepta su arrepentimiento; es más, un inocente ha sido asesinado, y la culpa cometida tendrá consecuencias inevitables. De hecho, el mal cumplido deja sus huellas dolorosas, y la historia de los hombres lleva las heridas. La misericordia muestra también en este caso la vía maestra que debe ser perseguida. La misericordia puede sanar las heridas y puede cambiar la historia. Pero, abre tu corazón a la misericordia. La misericordia divina es más fuerte que el pecado de los hombres. Es más fuerte. Este es el ejemplo de Acab. 

Nosotros conocemos el poder, cuando recordamos la venida del Inocente Hijo de Dios que se ha hecho hombre para destrozar el mal con su perdón. Jesucristo es el verdadero rey, pero su poder es completamente diferente. Su trono es la cruz. Él no es un rey que mata, sino al contrario, da la vida. Su ir hacia todos, sobre todo los más débiles, derrota la soledad y el deseo de muerte al que conduce el pecado. Jesucristo con su cercanía y ternura lleva a los pecadores al espacio de la gracia y del perdón. Y esta es la misericordia de Dios. Esto sucede también hoy ¡eh! En la limosnería apostólica llegan muchas cartas con un poco de dinero, poco o no poco, con un escrito: “Esta es una parte de mi sueldo para ayudar a los otros”. Y esto es bonito, ayudar a los otros, las instituciones de beneficencia, los hospitales, las residencias y las décimas; dar también a los forasteros, los que son extranjeros y están de paso. Jesús estuvo de paso en Egipto. 

Y justamente pensando en esto, la Sagrada Escritura exhorta con insistencia a responder con generosidad a los pedidos de préstamos, sin hacer cálculos mezquinos y sin pretender intereses imposibles: «Si tu hermano se queda en la miseria y no tiene con qué pagarte, tú lo sostendrás como si fuera un extranjero o un huésped, y él vivirá junto a ti. No le exijas ninguna clase de interés: teme a tu Dios y déjalo vivir junto a ti como un hermano. No le prestes dinero a interés, ni le des comidas para sacar provecho» (Lev 25,35-37). Esta enseñanza es siempre actual.

¡Cuántas familias en la calle, víctimas de la usura! Por favor recemos para que en este jubileo el Señor quite de todos nuestros corazones este querer tener siempre más, la usura. Que volvamos a ser generosos, grandes. ¡Cuántas situaciones de usura estamos obligados a ver y cuánto sufrimiento y angustia llevan a las familias! Y muchas veces a la desesperación, cuántos hombres terminan en el suicidio porque no pueden más, y no tienen esperanza, no tienen la mano tendida que les ayuda, solamente la mano que les obliga a pagar los intereses. Es un grave pecado la usura, es un pecado que grita ante la presencia de Dios. El Señor en cambio ha prometido su bendición a quien abre la mano para dar con generosidad (Cfr. Deut 15,10). Él te dará el doble, quizá no en dinero sino en otras cosas, pero el Señor te dará siempre el doble.

Queridos hermanos y hermanas, el mensaje bíblico es muy claro: abrirse con valentía al compartir. Y esto es misericordia, y si queremos misericordia de Dios comenzamos a hacerla nosotros. Entre conciudadanos, entre familias, entre pueblos, entre continentes. Contribuir en realizar una tierra sin pobres quiere decir construir una sociedad sin discriminación, basada en la solidaridad que lleva a compartir cuanto se posee, en una distribución de los recursos fundada en la fraternidad y en la justicia. Gracias”.

lunes, 22 de febrero de 2016

SANTORAL (audios): La Cátedra de San Pedro (22 de febrero)




Oración por el Papa

Oh Jesús, Rey y Señor de la Iglesia: renuevo en tu presencia mi adhesión incondicional a tu Vicario en la Tierra, el Papa.
En él Tú has querido mostrarnos el camino seguro y cierto que debemos seguir en medio de la desorientación, la inquietud y el desasosiego.
Creo firmemente que por medio de él tú nos gobiernas, enseñas y santificas, y bajo su cayado formamos la verdadera Iglesia: una, santa, católica y apostólica.
Concédeme la gracia de amar, vivir y propagar como hijo fiel sus enseñanzas.
Cuida su vida, ilumina su inteligencia, fortalece su espíritu, defiéndelo de las calumnias y de la maldad.
Aplaca los vientos erosivos de la infidelidad y la desobediencia, y concédenos que, en torno a él, tu Iglesia se conserve unida, firme en el creer y en el obrar, y sea así el instrumento de tu redención.
Amén.

domingo, 21 de febrero de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle”

2º Domingo de Cuaresma
Ciclo C
Evangelio: Lucas 9,28-36

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con Él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Y sucedió que, al separarse ellos de Él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías», sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle». Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor.


«Señor, tú eres mi luz y mi salvación... No me ocultes tu rostro» (SI 27, 1-9).

La liturgia de este domingo está iluminada por los resplandores de la transfiguración del Señor, preludio de su resurrección y garantía de la del cristiano. A modo de introducción, la primera lectura (Gn 15, 5-12.17-18) narra la alianza de Dios con Abrahán. Después de haberle profetizado por tercera vez una numerosa descendencia: «Mira el cielo y cuenta las estrellas...Así será tu descendencia» (ib 5), Dios le señala la tierra que le dará en posesión; y Abrahán con humilde confianza le pide una garantía de esas promesas.

El Señor condesciende benévolamente y hace con él un contrato según las costumbres de los pueblos nómadas de aquellos tiempos; Abrahán prepara un sacrificio de animales sobre el cual baja de noche el Señor en forma de fuego, sellando así la alianza: «A tu descendencia he dado esta tierra...» (ib 18). Es una figura de la nueva y definitiva alianza que un día Dios establecerá sobre la sangre de Cristo, en virtud de la cual el género humano tendrá derecho no a una patria terrena sino a la patria celestial y eterna.

Sobre el Tabor (Evangelio: Lc 9, 28-36) ante Jesús transfigurado cl Señor una vez más se compromete en favor de los hombres a quienes presenta a su Hijo muy amado: «Este es mi Hijo, mi Elegido: escuchadle» (ib35); se lo entrega como Maestro; pero en el Calvario se lo entregará como Víctima. San Lucas precisa que la transfiguración aconteció sobre el monte mientras Jesús oraba: «Y mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante» (ib 29). Jesús permite que por un momento su divinidad resplandezca a través de las apariencias humanas, y así se presenta a los ojos estáticos de sus discípulos como realmente es: «resplandor de la gloria del Padre, imagen de su sustancia» (Hb 1, 3).

Contemplar el rostro de Dios fue siempre el anhelo delos justos del Antiguo Testamento y de los santos del Nuevo: «Señor, yo busco tu rostro. No me ocultes tu rostro» (Salmo Resp.). Pero cuando Dios concede semejante gracia, no deja de ser más que un instante, que, lo mismo que en la visión del Tabor, está ordenada a robustecer la fe y a infundir nuevo valor para llevar la cruz. Junto al Señor transfigurado aparecen dos hombres: Moisés y Elías; el primero representa a la ley; el segundo a los profetas; la ley que Cristo ha venido a perfeccionar, los profetas cuyas enseñanzas y vaticinios ha venido a completar y realizar respectivamente. La presencia de estos personajes históricos demuestra la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Su conversación se refería a la pasión de Jesús: «y hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén» (Lc 9, 31). Lo mismo que Moisés y Elías habían sufrido y habían sido perseguidos por causa de Dios, así también tendrá que padecer Jesús.

La Transfiguración es una visión de gloria que se entremezcla con diálogos de pasión, de dolor: dos aspectos opuestos pero no contrastantes del único misterio pascual de Cristo. Muerte y resurrección, cruz y gloria. La segunda lectura (Flp 3, 17-4, 1) es una fervorosa exhortación a llevar con amor la cruz de Cristo, a fin de ser un día partícipes de su gloria. «Muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo» (lb 18). El Apóstol se queja de los cristianos que se entregan a los placeres terrenos, a las satisfacciones de la carne con el pensamiento preocupado solamente de las cosas de la tierra. Y he aquí que el Apóstol toma el vuelo hacia la altura y nos recuerda la visión del Tabor: Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo» (ib 20-21). La transfiguración del cristiano será realmente plena sólo en la vida eterna, pero ya se inicia aquí abajo por medio del bautismo; la gracia de Cristo es la levadura que desde las entrañas nos transforma y transfigura en su imagen, si aceptamos llevar con él nuestra cruz.


Señor, busco tu rostro, tu rostro deseo, Señor. Enséñame, pues, ahora, Señor Dios mío, dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte. Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré ausente? Y si estás en todas las partes, ¿por qué no te veo presente? Mas, ciertamente, tú habitas en una luz inaccesible... ¿Quién me llevará e introducirá en esa luz para que yo te vea?

Señor, enséñame a buscarte y muéstrate a mí, que te busco, pues no puedo buscarte, si tú no me enseñas a hacerlo, ni puedo encontrarte, si tú no te manifiestas. ¡Oh Señor!, que yo le busque deseando, que te desee buscando, que te encuentre amando, que te ame encontrándote. (SAN ANSELMO, Prostogium1).

(Unas veces gemimos, otras oramos! El gemido es propio de los infelices, la oración es propia de los menesterosos. Pasará la oración y vendrá la alabanza; pasará el llanto y  vendrá la alegría. Por lo tanto, mientras nos hallamos en los días de la prueba, que no cese nuestra oración a ti, ¡oh Dios!, a quien dirigimos una sola petición; y haz que no cesemos de dirigirte esta petición hasta que no logremos que se cumpla, gracias a que tú nos la concedas y nos guie.

Una sola cosa pido, después de tanto orar, llorar y gemir: no pido más que una cosa... Mi corazón te ha dicho: he buscado tu rostro, tu rostro seguiré buscando, Señor. Una cosa te he pedido, Señor, y esa cosa seguiré buscando: ¡tu rostro! (S. AGUSTIN, Enarraciones sobre los Salmos, 36, II, 14-16).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 2º Domingo de Cuaresma – Ciclo C

“Jesucristo, resplandor de la gloria del Padre” 
(Lc 9,28-36) 

sábado, 20 de febrero de 2016

IGLESIA HOY: El Papa Francisco se pronuncia con claridad sobre comunión para divorciados en nueva unión

(ACI Prensa).- Al ser preguntado sobre la participación de los divorciados vueltos a casar en la vida de la Iglesia, el Papa Francisco recordó que integrarse "no significa conceder la comunión" porque recibir la Eucaristía no es un "un título honorífico".

El Papa se refirió al conmovedor testimonio de una pareja de divorciados en nueva unión que escuchó en Morelia. "Estos dos eran felices y usaron una expresión muy linda: nosotros no hacemos la comunión eucarística, pero sí estamos en comunión cuando visitamos a hospitales y en esto, y en esto.  Su integración es esa. Si hay algo más, ya lo dirá el Señor. Es un camino", indicó.

Este es texto completo de la pregunta que le hicieron y la respuesta que dio el Pontífice:

Pregunta: Santo Padre Ud. ha hablado mucho sobre la familia y el Año Santo de la Misericordia durante este viaje, pero algunos se preguntan, ¿cómo es posible que una Iglesia misericordiosa con más facilidad perdona a un asesino que un divorciado vuelto a casar?

Papa Francisco: Ah, ¡me gusta esta pregunta! Sobre familia, han hablado dos sínodos. El Papa habló todo el año durante las catequesis de los miércoles, y la pregunta es verdadera, me gusta la pregunta porque usted la ha hecho ‘plásticamente’ bien.

En el documento post-sinodal que saldrá antes de Pascua, se retoma todo lo que el Sínodo abordó en uno de los capítulos  habló sobre los conflictos o sobre las familias heridas y la pastoral de las familias heridas. Es una de las preocupaciones, como otra es la preparación al matrimonio. Imagínese: para ser cura, es necesario estudiar por 8 años y luego, si no lo logras, pides una dispensa y te vas.

Pero, para un sacramento que dura toda la vida, tres, cuatro clases…  La preparación al matrimonio es muy importante, muy muy importante, porque creo que es algo que en la Iglesia, al menos en la pastoral común, al menos en mi país en Sudamérica no ha contado tanto.

Por ejemplo, ahora no mucho, pero hace algunos años había en mi país la costumbre de los casamientos ‘de apuro’, casamientos hechos con prisa porque viene un niño, para taparlo socialmente y salvar el honor de la familia y ahí no eran libres. Y muchas veces estos matrimonios son nulos, y yo, como obispo, he prohibido hacer esto a los sacerdotes cuando existía esto… que nazca el niño, que permanezcan como novios y cuando sientan hacerlo para toda la vida que vayan adelante, pero existe una falta del matrimonio.

Otro capítulo muy interesante es la educación de los hijos. Las víctimas de los problemas familiares son los hijos, pero también los problemas de la familia que el marido y la mujer quieren, por ejemplo, las necesidades de un trabajo, cuando el padre no tiene tiempo para hablar con sus hijos, cuando la madre no tiene tiempo libre para hablar con sus hijos cuando yo confieso a una pareja que tiene hijos, un matrimonio les digo: ‘¿cuántos hijos tienen?’.
Algunos se asustan porque dicen: ‘el sacerdote me preguntará  por qué no tengo más…’ y yo digo ‘le haré una segunda pregunta: ‘¿Usted juega con sus hijos?’ Y la mayoría, casi todos, dicen que ¨Padre no tengo tiempo, trabajo todo el día¨, y los hijos son víctimas, es un problema social que hiere a las familias. Me gusta su pregunta.

Una tercera cosa interesante es que en el encuentro con las familias en Tuxtla Gutiérrez había en una pareja de casados en segunda unión integrados en la pastoral de la Iglesia y la palabra clave que usó el Sínodo y que yo retomaría es integrar en la vida de la Iglesia a las familias heridas, las familias vueltas a casar, pero no olvidar a los hijos en medio. Ellos son las primeras víctimas, sea para las heridas, sea para las condiciones de pobreza, de trabajo…

Re-pregunta: ¿Esto quiere decir que pueden recibir la comunión?

Papa Francisco: Esto es algo último, integrar en la iglesia no significa conceder la comunión porque yo conozco a católicos casados en segundas nupcias que van a la iglesia tres o cuatro veces al año, y ‘yo quiero hacer la comunión’, como si fuera un título honorífico. Un trabajo de integración... Todas las puertas están abiertas, pero no se puede decir que estas personas puedan comulgar.

Esto sería una herida, también para los matrimonios, porque esto no los haría proceder por ese camino de integración. Y estos dos eran felices y usaron una expresión muy linda: nosotros no hacemos la comunión eucarística, pero sí estamos en comunión cuando visitamos a hospitales y en esto, y en esto.  Su integración es esa. Si hay algo más, ya lo dirá el Señor. Es un camino.

viernes, 19 de febrero de 2016

NUESTRA SEÑORA DE LA SALETA (audios): “Acercaos, hijos míos, no tengáis miedo”



Homilía del Padre José Medina, del martes 19 de enero de 2016, en la Santa Misa Votiva de Nuestra Señora de la Saleta, en la Parroquia Nuestra Señora de la Saleta, Plaza del Brasil, s/n, Alcorcón, Madrid, España.


domingo, 14 de febrero de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Nosotros, como Jesús, debemos vencer la tentación con la Palabra de Dios

1º Domingo de Cuaresma
Ciclo C
Evangelio: Lucas 4, 1-13

En aquel tiempo, Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan». Jesús le respondió: «Esta escrito: ‘No sólo de pan vive el hombre’».

Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya». Jesús le respondió: «Está escrito: ‘Adorarás al Señor tu Dios y sólo a Él darás culto’».

Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: ‘A sus ángeles te encomendará para que te guarden’. Y: ‘En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna’». Jesús le respondió: «Está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios’». Acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta un tiempo oportuno.

Palabra del Señor.


Queridos amigos y hermanos del blog: con la imposición de las cenizas, el miércoles pasado comenzamos el Tiempo litúrgico de Cuaresma. La Cuaresma es un caminar hacia la Pascua. Son cuarenta días especialmente dedicados a la oración, la penitencia y la caridad, para celebrar, purificados y gozosos, la resurrección de Jesús.  En este 1º domingo de Cuaresma, la liturgia nos inculca la confianza en Dios, como medio seguro para superar las tentaciones y dificultades de la vida.  El color litúrgico de este tiempo es el morado, que representa una gozosa austeridad. En este tiempo, no se dice el Gloria ni el Aleluya.

En el recorrido de las lecturas de la Santa Misa de este domingo los cristianos somos trasladados para vivir un momento de intensa oración, al desierto (cfr. Lc 4, 1-13), a donde Jesús “fue llevado por el Espíritu”. El desierto, en la Sagrada Escritura, es el lugar privilegiado para encontrarse con Dios; así fue para Israel que habitó en él durante cuarenta años, para Elías que en él transcurrió cuarenta días, para el Bautista que se retiró a él desde la adolescencia. Jesús consagra esta costumbre y vive en la soledad durante cuarenta días. Para Jesús, sin embargo, el desierto, no es sólo el lugar del retiro y de la intimidad con Dios, sino también el campo de la lucha suprema, “donde fue tentado por el diablo” (ib 2).

Satanás propone al Salvador un mesianismo de triunfo y de gloria. ¿Para qué sufrir hambre? Si él es el Hijo de Dios, que convierta las piedras en panes. ¿Para qué vivir cono un miserable vagabundo por los caminos de Palestina, rodeado de gente desesperada por la pobreza y la opresión política? Si se postra a los pies de Satanás, recibirá de él reinos y poder. ¿Para qué padecer la oposición de los sacerdotes, de los doctores de la ley, de los jefes del pueblo? Si se arroja desde el alero del templo, los ángeles le llevarán en sus manos y todos le reconocerán como Mesías.

No podían venir de Satanás, precipitado en los abismos por causa de su orgullo, otras sugerencias que no fueran éstas. Pero Jesús, el Hijo de Dios que “se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo” (Fl 2, 7) sabe muy bien que para reparar el pecado del hombre –rebeldía y soberbia- solamente hay un camino: humillación, obediencia, cruz. Precisamente porque él es el verdadero Mesías salvará al mundo no con el triunfo sino con el sufrimiento, “obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (ib 8).

Las tentaciones del desierto enseñan que donde se fomentan intenciones ambiciosas, ansias de poder, de triunfo, de gloria, allí se esconde la intriga de Satanás. Y para destruir éstas y tras posibles incitaciones al mal es necesario mantener la palabra de Jesús: “Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él rendirás culto” (Lc 4, 8); es decir, es indispensable estar decididos a rechazar cualquier proposición que obstaculice reconocer y servir a Dios como el único Señor.

El concepto de fidelidad a Dios se desarrolla en las dos primeras lecturas de la Santa Misa en este Domingo, de las cuales una (Dt 26, 4-10) presenta la profesión de fe del antiguo pueblo de Dios, y otra (Rm 10, 8-13) la del nuevo. Llegado a la tierra prometida, todo hebreo debía presentar a Dios las primicias de su cosecha pronunciando una fórmula que sintetizaba la historia de Israel entres puntos: la elección de los patriarcas y jefes de familia de un pueblo numeroso, el desarrollo del pueblo en Egipto y su éxodo a través del desierto, y finalmente el regalo de la tierra prometida. De esta manera el israelita piadoso reavivaba su fe en el Dios de los padres, le manifestaba su propio reconocimiento  por los beneficios recibidos, su adhesión personal y la voluntad de servirle. Diríamos que era una forma de “credo”, expresado con la palabra y la vida.

Igualmente, aunque en otro contexto, san Pablo invita a los cristianos a hacer profesión de su fe: “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rm 10, 9). Sobre dos puntos el Apóstol centra su atención: creer que Jesús es el Señor y creer en su resurrección. La fe después exige un doble acto: el interior –adhesión de la mente y del corazón a Cristo-, que es el que justifica al hombre; y el exterior –profesión pública de la fe, sea en la oración litúrgica, sea delante del mundo confesando a Cristo como lo hicieron los mártires-. Quien se apoye en Jesús no ha de temer, porque “todo el cree en él no será confundido” (ib 11), y en su nombre vencerá toda batalla.

“No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”.  Por tanto comencemos la Cuaresma, y escuchemos la voz de la Iglesia que quiere inspirarnos confianza en Dios y en su Palabra, mostrándonos cómo Jesús vence a Satanás, precisamente, con la Palabra de Dios. Que la misericordia de Dios y su Espíritu, que sostuvo a Jesús en el desierto, nos de la gracia de vivir estas profundas realidades de la fe.

Con mi bendición.
Padre José Medina

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 1º Domingo de Cuaresma – Ciclo C

“A servir a Dios como el único Señor” (Lc 4,1-13) 

viernes, 12 de febrero de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Hay que pedir a Dios que quite de nuestro corazón el querer tener siempre más”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 10 de febrero de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios


“¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días y buen camino de cuaresma!

Es bonito y también significativo tener esta audiencia precisamente este miércoles de ceniza, cuando comenzamos el camino de la cuaresma. Hoy nos detenemos sobre la antigua institución del ‘jubileo’, una cosa antigua, atestiguada en la Sagrada Escritura. La encontramos en particular en el Libro del Levítico, que la presenta como  un momento culminante de la vida religiosa y social del pueblo de Israel.

Cada 50 años, ‘en el día de la expiación’ (Lv 25,9), cuando la misericordia del Señor era invocada por todo el pueblo, el sonido del cuerno anunciaba un gran evento de liberación. Leemos de hecho en el libro del Levítico: ‘Así santificarán el quincuagésimo año, y proclamarán una liberación para todos los habitantes del país. Este será para ustedes un jubileo: cada uno recobrará su propiedad y regresará a su familia’. (25,10.13).

Según estas disposiciones, si alguno había sido obligado a vender su tierra y su casa, en el jubileo podía volver a poseerla; y si alguno había contraído deudas y, por la imposibilidad de pagarlas, hubiera sido obligado a ponerse al servicio del acreedor, podría volver libre a su familia y volver a tener sus propiedades.

Era una especie de ‘indulto general’, con el cual se permitía a todos regresar a la situación originaria, con la cancelación de todas las deudas, la restitución de la tierra, y la posibilidad de gozar de nuevo de la libertad propia de los miembros del pueblo de Dios. Un pueblo santo, donde las prescripciones como aquella del jubileo servían para combatir la pobreza y la desigualdad, garantizando una vida digna para todos y una justa distribución de la tierra sobre la cual habitar y de la cual tomar el alimento. La idea central es que la tierra pertenece originariamente a Dios y ha sido confiada a los hombres (Cfr. Gen 1,28-29), y por eso ninguno puede atribuirse la posesión exclusiva, creando situaciones de desigualdad.

Esto, hoy, podemos pensarlo y repensarlo; cada uno en su corazón piense si tiene demasiadas cosas. Pero, ¿por qué no dejar a los que no tienen nada? El diez por ciento, el cincuenta por ciento… Yo digo, que el Espíritu inspire a cada uno.

Con el jubileo, quien se había convertido en pobre regresaba a tener lo necesario para vivir, y quien se había hecho rico restituía al pobre lo que le había quitado. El fin era una sociedad basada en la igualdad y la solidaridad, donde la libertad, la tierra y el dinero se convirtieran en un bien para todos y no solo para algunos, como ocurre ahora. Si no me equivoco… de las cifras no estoy seguro, pero el ochenta por ciento de las riquezas de la humanidad está en las manos del menos del veinte por ciento de la gente. Es un jubileo — y esto lo digo recordando nuestra historia de salvación– para convertirse, para que nuestro corazón se haga más grande, más generoso, más hijo de Dios, con más amor. Pero digo una cosa: si este deseo, si el jubileo no llega a los bolsillos no es un verdadero jubileo. ¿Habéis entendido? Y esto está en la Biblia ¡eh! No lo inventa este Papa: está en la Biblia. El fin –como he dicho– era una sociedad basada en la igualdad y la solidaridad, donde la libertad, la tierra y el dinero se convertían en un bien para todos y no para algunos.

De hecho, el jubileo tenía la función de ayudar al pueblo a vivir una fraternidad concreta, hecha de ayuda recíproca. Podemos decir que el jubileo bíblico era un “jubileo de misericordia”, porque era vivido en la búsqueda sincera del bien del hermano necesitado.

En la misma línea, también otras instituciones y otras leyes gobernaban la vida del pueblo de Dios, para que se pudiera experimentar la misericordia del Señor a través de aquella de los hombres. En esas normas encontramos indicaciones válidas también hoy, que nos hacen reflexionar. Por ejemplo, la ley bíblica prescribía el pago del “diezmo” que venía destinado a los Levitas, encargados del culto, los cuales no tenían tierra; y a los pobres, los huérfanos, las viudas (Cfr. Deut 14,22-29). Se preveía que la décima parte de la cosecha, o de lo proveniente de otras actividades, fuera dada a aquellos que estaban sin protección y en estado de necesidad, así favoreciendo condiciones de relativa igualdad dentro de un pueblo en el cual todos deberían comportarse como hermanos.

Estaba también la ley sobre las “primicias”, es decir, la primera parte de la cosecha, la parte más preciosa, que tenía que ser compartida con los Levitas y los extranjeros (Cfr. Deut 18, 4-5; 26,1-11), que no poseían campos, para que así también para ellos la tierra fuera fuente de alimento y de vida. «La tierra es mía, y ustedes son para mí como extranjeros y huéspedes (Lev 25,23). Somos todos huéspedes del Señor, en espera de la patria celeste (Cfr. Heb 11,13-16; 1 Pe 2,11)», llamados a hacer habitable y humano el mundo que nos acoge. ¡Y cuántas “primicias” quien es afortunado podría donar a quien está en dificultad! Primicias no solo de los frutos de los campos, sino de cualquier otro producto del trabajo, de los sueldos, de los ahorros, de tantas cosas que se poseen y que a veces se desperdician.

Esto sucede también hoy ¡eh! En la limosnería apostólica llegan muchas cartas con un poco de dinero, poco o no poco, con un escrito: “Esta es una parte de mi sueldo para ayudar a los otros”. Y esto es bonito, ayudar a los otros, las instituciones de beneficencia, los hospitales, las residencias y las décimas; dar también a los forasteros, los que son extranjeros y están de paso. Jesús estuvo de paso en Egipto. 

Y justamente pensando en esto, la Sagrada Escritura exhorta con insistencia a responder con generosidad a los pedidos de préstamos, sin hacer cálculos mezquinos y sin pretender intereses imposibles: «Si tu hermano se queda en la miseria y no tiene con qué pagarte, tú lo sostendrás como si fuera un extranjero o un huésped, y él vivirá junto a ti. No le exijas ninguna clase de interés: teme a tu Dios y déjalo vivir junto a ti como un hermano. No le prestes dinero a interés, ni le des comidas para sacar provecho» (Lev 25,35-37). Esta enseñanza es siempre actual.

¡Cuántas familias en la calle, víctimas de la usura! Por favor recemos para que en este jubileo el Señor quite de todos nuestros corazones este querer tener siempre más, la usura. Que volvamos a ser generosos, grandes. ¡Cuántas situaciones de usura estamos obligados a ver y cuánto sufrimiento y angustia llevan a las familias! Y muchas veces a la desesperación, cuántos hombres terminan en el suicidio porque no pueden más, y no tienen esperanza, no tienen la mano tendida que les ayuda, solamente la mano que les obliga a pagar los intereses. Es un grave pecado la usura, es un pecado que grita ante la presencia de Dios. El Señor en cambio ha prometido su bendición a quien abre la mano para dar con generosidad (Cfr. Deut 15,10). Él te dará el doble, quizá no en dinero sino en otras cosas, pero el Señor te dará siempre el doble.

Queridos hermanos y hermanas, el mensaje bíblico es muy claro: abrirse con valentía al compartir. Y esto es misericordia, y si queremos misericordia de Dios comenzamos a hacerla nosotros. Entre conciudadanos, entre familias, entre pueblos, entre continentes. Contribuir en realizar una tierra sin pobres quiere decir construir una sociedad sin discriminación, basada en la solidaridad que lleva a compartir cuanto se posee, en una distribución de los recursos fundada en la fraternidad y en la justicia. Gracias”.

jueves, 11 de febrero de 2016

CUARESMA: El Papa invita a “podar la mundanidad, la indiferencia y la falsedad”

El Santo Padre presidió ayer, en la basílica de San Pedro, la misa de Miércoles de Ceniza, con el Rito de bendición e imposición de las Cenizas, dio inicio a la Cuaresma. En esta Eucaristía el Papa también envía a los Misioneros de la Misericordia en ocasión del Jubileo. Francisco propuso en su homilía tres “medicinas o remedios” que los cristianos pueden abrazar para “curarse del pecado” en esta Cuaresma: la oración, la caridad y el ayuno.

El Papa pidió también que “la Cuaresma sea un tiempo de buena ‘podadura’ de la falsedad, de la mundanidad, de la indiferencia”, entre otras cosas “para volver a encontrar la identidad cristiana, es decir, el amor que sirve, no el egoísmo que se sirve”.

Asimismo el Santo Padre habló sobre la necesidad de reconciliarse con Dios, explicó que “no es simplemente un buen consejo paterno ni una sugerencia, es una verdadera y propia súplica a nombre de Cristo”. “Cristo sabe cómo de frágiles y pecadores somos, conoce la debilidad de nuestro corazón”, recordó.

Cristo “vence el pecado y nos levanta de las miserias, si confiamos en Él” y este “es el primer paso del camino cristiano, se trata de entrar a través de la puerta abierta que es Cristo, donde nos espera Él mismo, el Salvador, y nos ofrece una vida nueva y alegre”.

El Santo Padre afirmó que “existe la tentación de blindar las puertas, de convivir con el propio pecado, minimizándolo, justificándolo siempre, pensando en no ser peores que los otros” pero así “se cierran las cerraduras del alma y se permanece cerrado por dentro, prisioneros del mal”.

Otro obstáculo que señaló el Pontífice es “la vergüenza de abrir la puerta secreta del corazón” y también el de “alejarnos de la puerta: sucede cuando nos encerramos en nuestras miserias”. Entonces, “nos desanimamos y somos más débiles frente a las tentaciones”.

“Esto sucede porque permanecemos solos con nosotros mismos, cerrándonos y huyendo de la luz, mientras solamente la gracia del Señor nos libera. Dejémonos por tanto reconciliar, escuchemos a Jesús que dice a quien está cansado y oprimido ‘vengan a mi’”.

Durante la homilía, el Santo Padre recordó la presencia en la celebración de los Misioneros de la Misericordia. “Ustedes pueden ayudar a abrir las puertas de los corazones, a superar la vergüenza, a no huir de la luz”, les dijo y les pidió que sus manos “bendigan y alivien a los hermanos y hermanas con fraternidad” y que a través de ellos “la mirada y las manos del Padre se posen sobre los hijos y curen las heridas”.

miércoles, 10 de febrero de 2016

CUARESMA: Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2016



«'Misericordia quiero y no sacrificio' (Mt 9,13).


Las obras de misericordia en el camino jubilar»



1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada

En la Bula de convocación del Jubileo invité a que «la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios» (Misericordiae vultus, 17). Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa «24 horas para el Señor» quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.

María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, María canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.

2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia

El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares —como en el caso de Oseas (cf. Os 1-2)— las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.

Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la «Misericordia encarnada» (Misericordiae vultus, 8). En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.

Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (Exh. ap. Evangelii gaudium, 36), el primer anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis» (ibíd., 164). La Misericordia entonces «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.

3. Las obras de misericordia

La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (ibíd., 15). En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado» (ibíd.). Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5); más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

Ante este amor fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6), el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa (cf. Lc 16,20-21), y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» (Gn 3,5) que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los «soberbios», los «poderosos» y los «ricos», de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: «Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen» (Lc 16,29). Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.

No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf. Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38).

Vaticano, 4 de octubre de 2015

Fiesta de San Francisco de Asís

FRANCISCUS