jueves, 28 de abril de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Ignorar el sufrimiento del hombre es ignorar a Dios”





Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 27 de abril de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios


REFLEXIÓN SOBRE LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO 

(Lc 10, 25-37)




“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la parábola del buen samaritano (cfr Lc 10,25-37). Un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (v. 25). Jesús le pide que responda él mismo, y lo hace perfectamente: “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo” (v. 27). Por tanto Jesús concluye: “Haz esto y vivirás” (v. 28).

Entonces ese hombre plantea otra pregunta, que se hace preciosa para nosotros: “¿Quién es mi prójimo?” (v. 29), y pone como ejemplo: “¿mis parientes?, ¿mis compatriotas?, ¿los de mi religión?…”. En resumen, quiere una regla clara que le permita clasificar a los otros en “prójimo” y “no prójimo”. En esos que pueden convertirse en prójimo y los que no pueden convertirse en prójimo.

Y Jesús responde con una parábola, que muestra a un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros son figuras relacionadas al culto del templo; el tercero es un judío cismático, considerado como un extranjero, pagano e impuro. Es decir, el samaritano. En el camino de Jerusalén a Jericó el sacerdote y el levita se encuentran con un hombre moribundo, que los bandidos le han asaltado, robado y abandonado. La Ley del Señor en situaciones similares prevé la obligación de socorrerlo, pero ambos pasaron de largo sin detenerse. Tenían prisa, no sé, el sacerdote quizá ha mirado el reloj y ha dicho ‘pero llego tarde a misa, tengo que decir misa’. El otro ha dicho ‘pero no sé si la ley me permite porque hay sangre ahí y seré impuro’. Van por otro camino y no se acercan.

Y aquí la parábola nos ofrece una primera enseñanza: no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce la misericordia sepa amar al prójimo. No es automático. Tú puedes conocer toda la Biblia, tú puedes conocer todos los libros litúrgicos, tú puedes conocer toda la teología, pero del conocer no es automático el amar. El amar tiene otro camino, el amor tiene otro camino, con inteligencia pero algo más. El sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran pero no proveen. Sin embargo, no existe verdadero culto si eso no se traduce en servicio al prójimo. No lo olvidemos nunca: frente al sufrimiento de tanta gente agotada por el hambre, la violencia y la injusticia, no podemos permanecer como espectadores. Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a ese hombre, esa mujer, ese niño, ese anciano, esa anciana que sufre, no me acerco a Dios.

Pero vayamos al centro de la parábola: el samaritano, es decir el despreciado, ese sobre el que nadie hubiera apostado nada, y que aún así tenía también él sus compromisos y sus cosas que hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban vinculados al templo, sino que “tuvo compasión”, así dice el Evangelio, tuvo compasión (v. 33). Es decir, el corazón y las entrañas se conmovieron. Esta es la diferencia. Los otros dos “vieron”, pero sus corazones se quedaron cerrados, fríos. Sin embargo el corazón del samaritano estaba en sintonía con el corazón mismo de Dios.

De hecho, la “compasión” es una característica esencial de la misericordia de Dios. Él tiene compasión de nosotros. ¿Qué quiere decir? Sufre con nosotros, Él siente nuestros sufrimientos. Compasión, sufre con. El verbo indica que las entrañas se mueven y tiemblan ante el mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones de buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuándo necesitamos ayuda y consuelo. Está cerca de nosotros y no nos abandona nunca. Cada uno de nosotros, podemos hacernos la pregunta en el corazón, ¿yo lo creo? ¿Creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con tantos problemas y tantas cosas? Pensar en eso y la respuesta es sí. Cada uno debe mirar en el corazón si tiene la fe en esta compasión de Dios. De Dios bueno que se acerca, nos sana, nos acaricia y si nosotros lo rechazamos él espera, es paciente, siempre junto a nosotros.

El samaritano se comporta con verdadera misericordia: cura las heridas de ese hombre, lo lleva a una pensión, lo cuida personalmente, paga su asistencia. Todo eso nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, pero significa cuidar del otro al punto de pagar personalmente. Significa comprometerse cumpliendo todos los pasos necesarios para “acercarse” al otro hasta identificarse con él: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este es el mandamiento del Señor.

Concluida la parábola, Jesús gira la pregunta del doctor de la Ley y le pregunta: “¿Quién de estos tres te parece que haya sido el prójimo de aquel que había caído en las manos de los bandidos?” (v. 36). Finalmente la respuesta es clara: “El que ha tenido compasión de él” (v. 27). Al inicio de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al finalizar el prójimo es el samaritano que ha estado cerca. Jesús cambia la perspectiva: no hay que clasificar a los otros para ver quién es el prójimo y quién no. Tú puedes convertirte en prójimo de quien esté en necesidad, y lo serás si tu corazón tiene compasión. Es decir, tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

Esta parábola es un buen regalo para todos nosotros, ¡y también un compromiso! Jesús nos repite a cada uno de nosotros lo que dijo al doctor de la Ley: “Ve y haz tú lo mismo” (v. 37).

Estamos todos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es figura de Cristo: Jesús se ha inclinado ante nosotros, se ha hecho nuestro siervo, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos también amarnos como Él nos ha amado. De la misma forma.

martes, 26 de abril de 2016

SANTORAL (audios): San Isidoro (26 de abril)





ORACIÓN "ADSUMUS" de San Isidoro de Sevilla

Aquí estamos, Señor Espíritu Santo.
Aquí estamos, frenados por la inercia del pecado,
pero reunidos especialmente en tu Nombre.
Ven a nosotros y permanece con nosotros.
Dígnate penetrar en nuestro interior.
Enséñanos lo que hemos de hacer,
por dónde debemos caminar,
y muéstranos lo que debemos practicar
para que, con Tu ayuda,
sepamos agradarte en todo.
Sé Tú el único inspirador
y realizador de nuestras decisiones,
Tú, el único que, con Dios Padre y su Hijo,
posees un nombre glorioso,
no permitas que quebrantemos la justicia,
Tú, que amas la suprema equidad:
que la ignorancia no nos arrastre al desacierto;
que el favoritismo no nos doblegue;
que no nos corrompa la acepción
de personas o de cargos.
Por el contrario, únenos eficazmente a Ti,
sólo con el don de tu Gracia,
para que seamos UNO en Ti,
y en nada nos desviemos de la verdad.
Y, lo mismo que estamos reunidos
en Tu Nombre, así también,
mantengamos en todo la justicia,
moderados por la piedad,
para que, hoy, nuestras opiniones
en nada se aparten de Ti,
y, en el futuro, obrando rectamente,
consigamos los premios eternos.
Amén.

domingo, 24 de abril de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”

5º Domingo de Pascua
Ciclo C
Evangelio: Jn 13, 31-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él. Si Dios es glorificado en Él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

»Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».

Palabra del Señor.


Hoy se propone de nuevo a nuestra meditación el misterio pascual en todo su conjunto; desde la pasión de Cristo hasta su glorificación, desde la presencia y el influjo del Resucitado en la Iglesia hasta la participación de ésta en su gloria.

El Evangelio de la Santa Misa (cfr. Jn 13, 31-35) se refiere al momento en que, después de haber anunciado la traición de Judas, Jesús habla de su glorificación como de una realidad ya presente, vinculada a su pasión: “ahora ha sido glorificado, el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él” (ib. 31). El contraste es fuerte, pero sólo aparente; en efecto, aceptando ser traicionado y entregado a la muerte por la salvación de los hombres, Jesús cumple la misión que había recibido del Padre, y esto es precisamente el motivo de su glorificación. Por eso la considera ya comenzada, como ya lo está la gloria que dará a Dios con su muerte redentora.

La pasión primero y luego la glorificación separarán Jesús de sus discípulos, pero antes de dejarlos les asegura su presencia invisible en el amor. El seguirá estando en medio de ellos mediante el amor con que los ha amado y que les deja en herencia para que lo vivan y lo encuentren en sus relaciones mutuas. “Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros: como yo os he amado, así también amaos mutuamente” (ib. 34). El amor mutuo, modelado sobre el amor del Maestro, aún más, nacido de él, asegura a la comunidad cristiana la presencia de Jesús, de la cual es señal. Al mismo tiempo es el distintivo de los verdaderos cristianos: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos” (ib. 35).

De esta manera la vida de la Iglesia comenzó sostenida por una fuerza de cohesión y de expansión absolutamente nueva y de extraordinario poder, en cuanto basada no sobre el amor humano que es siempre frágil y defectible, sino sobre el amor divino: el amor de Cristo revivido en las relaciones mutuas de los creyentes.

Un tal amor es el secreto del celo incansable de Pablo y de Bernabé de que habla hoy la primera lectura (cfr. Hc 14, 21b-27). Los viajes se suceden: después de haber fundado nuevas iglesias, los dos vuelven a visitarlas para exhortar a los discípulos a “permanecer firmes en la fe” (ib. 22); en cada iglesia eligen y ordenan presbíteros, parten para evangelizar a otros pueblos y luego vuelven a Antioquía donde dan cuenta a la comunidad de “cuanto había hecho Dios con ellos” (ib. 27). El amor de Cristo que los sostiene y la certeza de que él obra en ellos y con ellos, no los dispensa de las tribulaciones, como tampoco estaban exentas de ellas las nuevas cristiandades ni tampoco lo está la Iglesia de hoy, pues “por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios” (ib. 22).

Para animar a la Iglesia en su camino, vemos que Juan (cfr. segunda lectura: Ap 21, 1-5a) le hace entrever la gloria de la Jerusalén celestial -la Iglesia triunfante o gloriosa- que se presenta “ataviada como una esposa que se engalana para su esposo”, Cristo. Ella será “el tabernáculo de Dios entre los hombres” (ib. 2-3), donde el Hijo de Dios pondrá su morada permanente, ya no rechazado como sucedió en el tiempo, sino acogido por todos los elegidos como su Señor y Consolador. Entonces él “enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más” (ib. 4). Con su muerte y resurrección Jesús ha santificado el dolor y la muerte, pero no los ha eliminado; pero en la vida eterna, donde los hombres serán asociados plenamente a la gloria de su resurrección, “ya no habrá duelo, ni gritos, ni dolor” (ib.) Todo será renovado en la gloria y en el amor de Jesús resucitado.


“¡Oh Cristo, nuestra Pascua!, por ti los hijos de la luz amanecen a la vida eterna, los creyentes atraviesan los umbrales del Reino de los cielos; porque en tu muerte y resurrección hemos resucitado todos. Por este misterio, inundado de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría”. (Cfr. Misal Romano, Prefacio pascual, II).

“Nuestro Señor Jesucristo declara que da a sus discípulos un mandato nuevo de amarse unos a otros… ¿Por qué pues, el Señor lo llama nuevo, cuando se conoce su antigüedad? ¿Tal vez será nuevo porque, despojándose del hombre viejo, nos ha vestido del hombre nuevo? El hombre que oye, o mejor, el hombre que obedece, se renueva no por una cosa cualquiera, sino por la caridad, de la cual para distinguirla del amor carnal añade: “como yo os he amado” (ib.34). Este amor, nos renueva para ser hombres nuevos, herederos del Nuevo Testamento y cantores del nuevo cántico. Este amor… renovó ya entonces a los justos de la antigüedad, a los patriarcas y profetas, como renovó después a los apóstoles, y es el que también ahora renueva a todas las gentes; y el que todo el género humano, difundido por todo el orbe, forma y congrega un pueblo nuevo, cuerpo de la nueva Esposa de los Cantares”. (S. Agustín, I Jn, 65. 1).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 5º Domingo de Pascua – Ciclo C

“Amaos unos a otros como yo os he amado” 
(Jn 13,31-35)

miércoles, 20 de abril de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Dios perdona siempre al pecador arrepentido”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 20 de abril de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios


“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy queremos detenernos sobre un aspecto de la misericordia bien representado en el Evangelio de Lucas que hemos escuchado. Se trata de un hecho que le sucedió a Jesús cuando era huésped de un fariseo de nombre Simón. Este había invitado a Jesús a su casa porque había oído hablar bien de él, como de un gran profeta.

Mientras estaban sentados comiendo, entra una mujer conocida por todos en la ciudad como pecadora. Esta sin decir una palabra se pone a los pies de Jesús e inicia a llorar; sus lágrimas mojan los pies de Jesús y ella los seca con sus cabellos, después los besa y los unge con aceite perfumado que había llevado consigo.

Resalta el contraste existente entre las dos figuras: la de Simón, celoso servidor de la Ley y aquella de la anónima mujer pecadora. Mientras el primero juzga a los otros en base a las apariencias, la segunda con sus gestos expresa con sinceridad su corazón. Simón a pesar de haber invitado a Jesús, no quiere comprometerse ni involucrar su vida con el Maestro; la mujer al contrario, se confía plenamente a Él, con amor y veneración.

El fariseo no concibe que Jesús se deje ‘contaminar’ por los pecadores, así pensaban ellos. Y piensa que si fuera realmente un profeta debería reconocerlos y tenerlos lejos para no ser manchado, como si fueran leprosos. Esta actitud es típica de un cierto modo de entender la religión y está motivado por el hecho de que Dios y el pecado se oponen radicalmente.

Pero la palabra de Dios enseña a distinguir entre el pecado y el pecador: con el pecado no es necesario hacer compromisos, en cambio los pecadores –o sea todos nosotros– somos como los enfermos que necesitan ser curados, y para curarlos es necesario que el médico se les acerque, los visite, los toque. Y naturalmente el enfermo, para ser curado tiene que reconocer que necesita un médico.

Entre el fariseo y la mujer pecadora, Jesús se alinea con ésta última. Libre de los prejuicios que impiden a la misericordia expresarse, el Maestro la deja hacer, Él, el Santo Dios, se deja tocar por ella sin temor de ser contaminado. Jesús está libre porque cerca de Dios que es Padre Misericordioso.

Más aún, entrando en relación con la pecadora, Jesús termina con aquella condición de aislamiento, a la cual el juicio impío del farseo y de sus conciudadanos la insultaba y condenaba: “Tus pecados te son perdonados”. La mujer ahora puede ‘ir en paz’. El Señor ha visto la sinceridad de su fe y de su conversión: por lo tanto delante a todos proclama: “Tu fe te ha salvado”.

De un lado aquella hipocresía de estos doctores de la Ley, de otra la humildad y sinceridad de esta mujer. Todos nosotros somos pecadores, pero tantas veces caemos en la tentación de la hipocresía, de creernos mejores que los otros y decimos: “Mira tu pecado…”. Todos nosotros en cambio debemos mirar nuestro pecado, nuestras caídas, nuestros errores y mirar al Señor. Esta es la línea de la salvación: la relación entre el ‘yo’ pecador y el Señor. Si yo me siento justo, esta relación de salvación no se da.

A este punto, un estupor aún mayor se apodera de todos los comensales: “¿Quién es este que perdona también los pecados?”. Jesús no da una respuesta explícita, pero la conversión de la pecadora está delante de los ojos de todos y demuestra que en Él resplandece la potencia de la misericordia de Dios, capaz de transformar los corazones.

La mujer pecadora nos enseña la relación entre la fe, el amor y el reconocimiento. Le fueron perdonados “muchos pecados” y por ésto ama mucho. “En cambio a quien se le perdona poco ama poco”. También el mismo Simón tiene que admitir que ama más quién ha sido perdonado más. Dios ha encerrado a todos en el mismo misterio de misericordia y de este amor, que siempre nos precede, todos nosotros aprendemos a amar. Como recuerda san Pablo: “En Cristo, mediante su sangre tenemos la redención, el perdón de las culpas, de acuerdo a la riqueza de su gracia. É la ha derramado abundantemente sobre nosotros”.

En este texto el término “gracia” es prácticamente sinónimo de misericordia, y viene indicada como “abundante”, o sea más allá de nuestras expectativas, porque actúa el proyecto salvífico de Dios para cada uno de nosotros.

Queridos hermanos y hermanas, indiquemos nuestro reconocimiento por el don de la fe, agradezcamos al Señor por su amor tan grande e inmerecido.

Dejemos que el amor de Cristo se derrame en nosotros: a este amor el discípulo llega y sobre éste se funda; de este amor cada uno se puede nutrir y alimentar. Así como en el amor grato que damos a su vez a nuestros hermanos, en nuestras casas, en la familia, en la sociedad se comunica a todos la misericordia del Señor.

domingo, 17 de abril de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Jesús es el Buen Pastor que ha dado la vida por nosotros, sus ovejas

4º Domingo de Pascua
Ciclo C
Evangelio: Jn 10, 27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Palabra del Señor.


“Tuyos somos, Señor, tu pueblo y las ovejas de tu rebaño” (Salmo 100, 3).

El cuarto domingo de Pascua dedicado al Buen Pastor, ve en esta figura, tan querida de la Iglesia primitiva, la expresión del amor universal de Cristo hacia los hombres. Ellos le pertenecen como las ovejas al pastor, los guarda celosamente y es para ellos fuente de vida y de salvación: “Yo les doy (a las ovejas) la vida eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mis manos” (Jn 10, 28). Privilegio inmenso, pero que exige una condición de parte del hombre: “Mis ovejas oyen mi voz… y me siguen” (ib 27). Oye la voz de Jesús quien acepta el Evangelio y descubre su verdadero significado, quien escucha la voz de la Iglesia -del Papa, de los obispos, de los superiores- y obedece, quien atiende a la voz de la conciencia y de las aspiraciones interiores; cuando el hombre escucha todas estas voces y las traduce en su vida, sigue verdaderamente y fielmente al Señor.

Pero el pertenecer a la grey de Cristo no es un privilegio reservado a unos pocos, sino un don ofrecido sin distinción a todos los hombres que quieran aceptarlo. Aunque en los designios de Dios las primicias del Evangelio fueron reservadas al pueblo hebreo, en medio del cual Jesús ejercitó su ministerio, después de la resurrección mandó a los apóstoles que lo predicasen “a todas las naciones” (Lc 24, 47). La oposición de Israel fue la ocasión para que los apóstoles dirigiesen su cuidado a los paganos. “Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios -decían Pablo y Bernabé a los judíos-; pero como la rechazáis y nos os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles” (Hc 13, 46, primera lectura).

El Buen Pastor que ha dado la vida por todos los hombres, no excluye a ninguno de su rebaño; es el hombre quien se excluye a sí mismo cuando rechaza conscientemente el mensaje de Cristo; entonces se juzga por sí mismo “indigno de la vida eterna”. Sin embargo, los creyentes deben tender siempre la mano a los hombres incrédulos, reacios o fugitivos, y facilitarles de todos modos su entrada o su vuelta al único redil. Este no debe ser considerado como un lugar cerrado destinado únicamente a recoger y a guardar a los creyentes, sino como un espacio abierto a todos los que desean entrar en él. Su puerta es ancha e invitadora, como lo es Cristo que ha querido llamarse “la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7). Quien acepta pasar por esta puerta será siempre bien recibido y encontrará la salvación: “El que por mí entrare se salvará” (ib. 9). Esta actitud de apertura mantiene en la Iglesia el carácter de universalidad que le imprimió su Fundador y un dinamismo que la hace siempre viva y fecunda.

En la segunda lectura, que nos presenta la gloria eterna del Cordero rodeado de “una muchedumbre grande, que nadie podría contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua” (Ap 7, 9), se nos ofrece la prueba más bella y consoladora de la universalidad de la salvación. En el centro de la visión profética de Juan aparece Jesús bajo la figura del Cordero-Pastor que con su sangre ha lavado y emblanquecido las vestiduras de sus elegidos. Entonces “los que vinieron de la gran tribulación” (ib 14), es decir, de los trabajos por conservar y defender la fe en medio de los sufrimientos de la vida terrena, ya no sufrirán más, “porque el Cordero… los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida” (ib. 17) Es ésta la vida eterna que el Buen Pastor promete a sus ovejas.


“Aclamad al Señor la tierra toda. Servid al Señor con júbilo, venid gozosos a su presencia. Sabed que Yahvé es Dios, que él nos hizo y somos suyos: su pueblo y ovejas de su rebaño. Sí, el Señor es bueno, es eterna su misericordia y perpetua por todas las generaciones su fidelidad” (Salmo 100, 1-3. 5).

¡Oh Jesús!, tú que has dicho: “Yo soy la puerta. El que por mí entrare se salvará”… No quiero contentarme con sólo leer tus palabras, meditarlas, aprobarlas, admirarlas y predicarlas; ayúdame, Señor, a ponerlas en práctica, a vivirlas, a convertirlas en vida mía... Ayúdame a vivir de la fe, dejando a un lado la razón humana que es locura delante de ti, y regulando mi vida en conformidad con las palabras de tu sabiduría divina que es locura delante de los hombres. Que yo pueda “entrar por ti”, amándote con todo mi corazón... Que “pasemos por ti” obedeciéndote... Las ovejas van unidas a su pastor porque lo miran, lo siguen, le obedecen; que yo también te siga y te ame, divino Pastor, que yo te mire con la contemplación, te siga con la imitación, y te odedezca. (Carlos de Foucauld, Meditaciones sobre el Evangelio).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


JESÚS (audios): Jesús, Buen Pastor – Ciclo C

“Entremos por Jesús y pasemos por Él” (Jn 10,27-30)

jueves, 14 de abril de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “No hay santo sin pasado y no hay pecador sin futuro”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 13 de abril de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios



Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Hemos escuchado el Evangelio de la llamada de Mateo. Mateo era un “publicano”, es decir un recaudador de los impuestos para el imperio romano y por eso considerado pecador público. Pero Jesús lo llama a seguirlo y a convertirse en su discípulo. Mateo acepta, y lo invita a cenar a su casa con sus discípulos. Entonces surge una discusión entre los fariseos y los discípulos de Jesús por el hecho de que estos comparten la mesa con los publicanos y los pecadores.  Pero tú no puedes ir a casa de esta gente, decían.

Jesús, de hecho, no les aleja, es más, frecuenta sus casas y se sienta con ellos; esto significa que también ellos pueden convertirse en sus discípulos. Y también es verdad que ser cristianos no nos hace impecables. Como el publicano Mateo, cada uno de nosotros se encomienda a la gracia del Señor a pesar de nuestros pecados. Todos somos pecadores, todos hemos pecado. Llamando a Mateo, Jesús muestra a los pecadores que no mira a su pasado, a las condiciones sociales, a las convenciones exteriores, sino más bien les abre un futuro nuevo.

Una vez escuché un dicho bonito: ‘No hay santo sin pasado y no hay pecador sin futuro’. Es bonito esto y es lo que hace Jesús. No hay santo sin pasado y no hay pecador sin futuro. Basta con responder a la invitación con corazón humilde y sincero. La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de discípulos en camino, que siguen al Señor porque se reconocen pecadores y necesitados de su perdón. La vida cristiana por tanto es escuela de humildad que se abre a la gracia.

Este comportamiento no es comprendido por quien tiene la presunción de creerse “justo” y mejor que los otros. Soberbia y orgullo no permiten reconocerse necesitados de salvación, es más, impiden ver el rostro misericordioso de Dios y actuar con misericordia. Además, la misión de Jesús es precisamente esta: venir a buscarnos a cada uno, pasar para sanar nuestras heridas y llamarnos a seguirlo con amor.

Lo dice claramente: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (v. 12). ¡Jesús se presenta como un buen médico! Él anuncia el Reino de Dios y los signos de su venida son evidentes: Él sana las enfermedades, libera de los miedos, de la muerte y del demonio. Delante de Jesús ningún pecado es excluido, ningún pecador es excluido porque el poder sanador de Dios no conoce enfermedad que no pueda ser curada.  Y esto nos debe dar confianza, para que venga y nos resane.

Llamando a los pecadores a su mesa, Él los resana restableciéndoles en esa vocación que ellos creían perdida y que los fariseos han olvidado: la de invitados al banquete de Dios. Según la profecía de Isaías: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados. Y se dirá en aquel día: «Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: él es Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”. Así dice Isaías.

Si los fariseos ven en los invitados solo pecadores y rechazan sentarse con ellos, Jesús por el contrario les recuerda que también ellos son comensales de Dios. De este modo, sentarse en la mesa con Jesús significa ser transformados por Él y salvados. En la comunidad cristiana la mesa de Jesús es doble: está la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía (cfr Dei Verbum, 21).

Son estas las medicinas con las cuales el Médico Divino nos sana y nos nutre. Con la primera –la Palabra– Él se revela y nos invita a un diálogo entre amigos. Jesús no tenía miedo de dialogar con los  publicanos, los pecadores, las prostitutas, Él no tenía miedo, amaba a todos. Su Palabra penetra en nosotros y, como un bisturí, actúa profundamente para liberarnos del mal que se anida en nuestra vida.

A veces esta Palabra es dolorosa porque incide sobre hipocresías, desenmascara las falsas excusas, descubre las verdades escondidas; pero al mismo tiempo ilumina y purifica, da fuerza y esperanza, es un reconstituyente valioso en nuestro camino de fe. La Eucaristía, por su parte, nos nutre de la vida misma de Jesús y, como un poderoso remedio, renueva continuamente en un modo misterioso la gracia de nuestro bautismo. Acercándose a la Eucaristía nosotros nos nutrimos del Cuerpo y la Sangre de Jesús, y sin embargo, viniendo a nosotros, ¡es Jesús que nos une a su Cuerpo!

Concluyendo ese diálogo con los fariseos, Jesús les recuerda una palabra del profeta Oseas (6,6): «Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios» (Mt 9,13).

Dirigiéndose al pueblo de Israel les regaña porque las oraciones que alzaban eran palabras vacías e incoherentes. A pesar de la alianza de Dios y la misericordia, el pueblo vivía a menudo con una religiosidad “de fachada”, sin vivir en profundidad el mandamiento del Señor.

Es por eso que el profeta insiste: “Yo quiero misericordia”, es decir la lealtad de un corazón que reconoce los propios pecados, que se arrepiente y vuelve a ser fiel a la alianza con Dios, “y no sacrificios”: ¡sin un corazón arrepentido toda acción religiosa es ineficaz! Jesús aplica esta frase profética también a las relaciones humanas: aquellos fariseos eran muy religiosos en la forma, pero no estaban dispuestos a compartir la mesa con los publicanos y los pecadores; no reconocían la posibilidad de un arrepentimiento y por eso, de una curación; no colocaban en primer lugar la misericordia: siendo fieles custodios de la Ley, ¡demostraban no conocer el corazón de Dios! Es como si a ti, te regalaran un paquete, donde dentro hay un regalo y tú, en lugar de ir a buscar el regalo, miras solo el papel que lo envuelve, solo las apariencias, la forma, y no el centro, el regalo que viene dado.

Queridos hermanos y hermanas, todos nosotros estamos invitados a la mesa del Señor. Hagamos nuestra la invitación de sentarnos al lado de Él junto a sus discípulos. Aprendamos a mirar con misericordia y a reconocer en cada uno de ellos un comensal. Somos todos discípulos que tienen necesidad de experimentar y vivir la palabra consoladora de Jesús. Tenemos todos necesidad de nutrirnos de la misericordia de Dios, porque es de esta fuente que brota nuestra salvación.

lunes, 11 de abril de 2016

IGLESIA HOY: Algunas preguntas y respuestas sobre la familia en la exhortación “Amoris laetitia” del Papa Francisco

La Conferencia Episcopal Argentina (CEA) difundió nueve preguntas y respuestas que consideró pueden contribuir a comprender algunos puntos importantes de Amoris laetitia (La alegría del amor: Sobre el amor en la familia), la exhortación escrita por el papa Francisco después de los sínodos de los obispos de octubre de 2014 y octubre 2015.

Los obispos destacan cuáles son las novedades y los desafíos que plantea el documento pontificio, subrayan que la palabra recurrente es “discernimiento” y detalla lo que ofrece a los muchos “católicos divorciados que se han vuelto a casar civilmente y que se esfuerzan por hacer las cosas bien y educar a sus hijos en la Iglesia”.

1. ¿Cuáles son las novedades de la exhortación Amoris laetitia?

Amoris laetitia se basa en una larga historia de enseñanza de la Iglesia y en una experiencia muy intensa del Sínodo. Por lo tanto, se funda tanto en lo antiguo como en lo nuevo. La novedad, por encima de todo, es una actitud de acompañamiento. El Papa Francisco, al igual que sus predecesores, reconoce la complejidad de la vida familiar moderna. Pero acentúa mucho más la necesidad de que la Iglesia y sus ministros estén cerca de las personas sin importar la situación en qué se encuentren o lo alejados que se puedan sentir de la Iglesia: comprender, acompañar, integrar y tener los brazos abiertos especialmente para los que sufren (AL 312). Amoris Laetitia no es simplemente un texto teórico desconectado de los problemas reales de la gente.

El título mismo sugiere la actitud del documento. Recuerda constante y concretamente la belleza de la vida familiar, a pesar de todos los problemas que conlleva. Francisco escribe elocuentemente sobre cómo formar una familia significa ser parte del sueño de Dios, uniéndose a El en la construcción de un mundo "donde nadie se sienta solo." (AL 321)

2. ¿Por qué es un documento tan largo? ¿La mayoría de los católicos pueda leerla con provecho? ¿O es sólo para expertos?

El Papa Francisco señala en la introducción que nadie debería precipitarse en la lectura de Amoris Laetitia y que las personas deben prestar atención a lo que más corresponde a sus necesidades específicas.

Mientras que Amoris Laetitia es una lectura esencial para los obispos, los sacerdotes, o para cualquier persona relacionada con la pastoral familiar, es importante que todos los católicos se den cuenta del esfuerzo que la Iglesia está haciendo para estar cerca de ellos. Por ejemplo, a las parejas casadas les interesará especialmente el Capítulo IV sobre "El amor en el matrimonio", el Capítulo V, “Amor que se vuelve fecundo" y el Capítulo VII, "Fortalecer la educación de los hijos."

El Papa Francisco quiere ayudar a las parejas cristianas a perseverar con fidelidad y paciencia, y anima a todos a ser un signo de la misericordia allí donde la vida familiar carezca de paz y gozo (AL 5).

Los lectores podrán sorprenderse gratamente de lo concreta que es Amoris Laetitia. El Papa Francisco, con un corazón de pastor, entra simple pero profundamente en las realidades cotidianas de la vida familiar.

3. Buena parte de la controversia en torno al Sínodo se ha centrado en la posibilidad de que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente puedan comulgar; pero Amoris laetitia no se pronuncia definitivamente sobre esa cuestión. ¿Por qué?

El Sínodo apuró que las discusiones sobre ganadores y perdedores no eran productivas. Lo que era productivo, en cambio, era dirigir una mirada profunda a la vida familiar, al matrimonio y al Pueblo de Dios que se esfuerza por vivir su vocación en tiempos difíciles y complejos. El Capítulo VIII, "Acompañar, discernir e integrar la fragilidad", analiza en profundidad cómo las reglas generales no se aplican estrictamente a cada situación en particular. Y por eso es necesario tener en cuenta la complejidad de cada situación.

El Papa reconoce que todos deben sentirse desafiados por el Capítulo VIII que, ciertamente, llama a los pastores y a los que trabajan en el apostolado de la familia a escuchar con sensibilidad a cualquier persona que se sienta herida y a ayudarla a experimentar el amor incondicional de Dios.

4. Una palabra recurrente en este documento es "discernimiento." ¿Qué significa el discernimiento para el Papa Francisco? ¿Quiere decir sencillamente que cualquiera puede buscar un sacerdote compasivo para que le diga que todo está bien?

El discernimiento es un esfuerzo constante para abrirse a la Palabra de Dios que ilumina la realidad concreta de la vida cotidiana. El discernimiento nos lleva a ser dóciles al Espíritu; anima a cada uno de nosotros a actuar con todo el amor posible en las situaciones concretas.

El Papa Francisco pide a los pastores y a los fieles que disciernan cuidadosamente cada situación concreta. Todo sacerdote o agente de pastoral involucrado activamente en ayudar a las personas a crecer espiritualmente sabe que no hay recetas fáciles, ni “talla única ”, ni excepciones rápidas y simples.

Al mismo tiempo, el discernimiento nunca puede separarse de las exigencias de verdad y caridad del Evangelio ni de las enseñanzas y de la tradición de la Iglesia. Hace falta humildad y una búsqueda sincera de la voluntad de Dios.

5. Hay muchos católicos divorciados que se han vuelto a casar civilmente y que se esfuerzan por hacer las cosas bien y educar a sus hijos en la Iglesia. ¿Qué les ofrece Amoris laetitia?

Amoris laetitia les da la garantía de que la Iglesia y sus ministros se preocupan por ellos y por su situación concreta. Amoris aetitia quiere que sepan y que sientan que son parte de la Iglesia. Que no están excomulgados. (AL 243) Aunque todavía no puedan participar plenamente en la vida sacramental de la Iglesia, se les anima a tomar parte activa en la vida de la comunidad.

Un concepto clave de Amoris Laetitia es la integración. Los pastores tienen que hacer todo lo posible para ayudar a las personas en estas situaciones a involucrarse en la vida de la comunidad.

Cualquier persona en una llamada situación "irregular" debería recibir una atención especial. "Ayudar a sanar las heridas de los padres y ayudarlos espiritualmente es un bien también para los hijos, quienes necesitan el rostro familiar de la Iglesia que los apoye en esta experiencia traumática." (AL 246)

6. Si hubo un momento en que el Sínodo parecía ofrecer una nueva y amplia aceptación de los homosexuales en la Iglesia, Amoris Laetitia parece ofrecer muy poco. ¿Qué ha sucedido?

La enseñanza de la Iglesia sigue siendo clara: el matrimonio es entre un hombre y una mujer, y las uniones homosexuales no se pueden equiparar al matrimonio cristiano. (AL 251)

Dicho esto, es importante que todos aprendamos a imitar el amor incondicional de Dios por cada persona. "La Iglesia hace suyo el comportamiento del Señor Jesús, que en un amor ilimitado se ofrece a todas las personas sin excepción." (AL 250)

Amoris Laetitia centra la atención en el matrimonio y la familia, pero también se dirige a una infinidad de personas que no están casadas. Entre ellas, los padres y madres solos, las viudas y viudos, los hombres y mujeres solteros - todos los cuales tienen lazos familiares-. Todo el mundo es un hijo o una hija; todo el mundo tiene una historia familiar; todo el mundo tiene lazos de amor con sus parientes y todo el mundo tiene amigos en situaciones familiares difíciles y dolorosas.

7. Amoris Laetitia es crítica cuando se refiere a algunas praxis anteriores (nn 36, 37, 38) que ponían el acento en cuestiones doctrinales y morales, y en la denuncia de un mundo decadente sin hablar, en cambio, de cuanto hay de positivo. ¿Es una crítica de los pontificados anteriores?

Una rápida ojeada a las notas al pie de página muestra la profusión de citas de Juan Pablo II en Amoris Laetitia, en especial de la Familiaris consortio. El Papa Francisco también cita Deus Caritas est del Papa Benedicto XVI.

Amoris Laetitia ofrece esperanza y esperanza en abundancia. No es una lista de reglas o de condenas sino un llamamiento a la aceptación y al acompañamiento, a la participación y a la integración. Incluso cuando las personas - por muchas razones diferentes - no han sido capaces de cumplir con las exigencias de la enseñanza de Cristo, la Iglesia y sus ministros quieren estar a su lado para ayudarlas en su camino. "El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero."(AL 296)

8.- Una de las mayores preocupaciones de muchas parejas es espaciar los nacimientos; sin embargo, no parece ser un tema crucial en Amoris laetitia. ¿Por qué?

En realidad Amoris Laetitia se ocupa de este tema en varias secciones diferentes, por ejemplo en los nn. 42, 68, 82 y 222. Se hace gran hincapié en el hecho de que los hijos son un don de Dios y una gran alegría para los padres, y se cita también la Humanae Vitae, reiterando que los cónyuges deben ser conscientes de sus obligaciones en relación con la paternidad responsable. (AL 68)

En último término, la decisión sobre el espaciamiento de los nacimientos "presupone un diálogo consensual entre los esposos." (AL 222)

En este sentido, Amoris Laetitia cita el Concilio Vaticano II subrayando la importancia de la formación de la conciencia, en la que se siente a solas con Dios.

La exhortación impulsa también los métodos naturales de regulación de los nacimientos, ya que respetan el cuerpo y de hecho la "entera persona" de los cónyuges.

9. ¿Cuál es el mayor desafío de Amoris laetitia?

El mayor reto es que se lea sin prisas y se ponga en práctica. Amoris Laetitia formula propuestas a la Iglesia y a sus pastores para que cambien su enfoque respecto a la familia: para acompañarla, para integrarla, para permanecer cerca de cualquier persona que haya sufrido los efectos del amor herido.

Por encima de todo, Amoris Laetitia nos desafía a ser comprensivos frente a situaciones complejas y dolorosas.

El Papa Francisco quiere que nos acerquemos a los frágiles con compasión, y no con juicios, para "entraren contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura.” (AL 308)

domingo, 10 de abril de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”

3º Domingo de Pascua
Ciclo C
Evangelio: Juan 21, 1-19

En aquel tiempo, se apareció Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Al oír Simón Pedro que era el Señor se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Palabra del Señor


“Al Cordero la bendición, el honor, la gloria y el imperio” (Ap 5,13).

La liturgia de este 3º Domingo de Pascua nos ofrece un triple testimonio de la resurrección: la aparición de Jesús en el lago de Tiberíades, la declaración de Pedro y de los Apóstoles ante el Sanedrín y la visión profética de la gloria del Cordero por san Juan en el Apocalipsis.

La aparición de Jesús en el lago (cfr. Jn 21,1-19) va acompañada por hechos singulares: la pesca milagrosa de ciento cincuenta y tres peces, la comida preparada por el Resucitado sobre la playa y la entrega del primado a Pedro. Impulsado por su amor a Jesús, Pedro ha sido el primero en seguirle y terminada la comida, el Señor lo examina precisamente sobre el amor. Debió serle muy penoso ser interrogado tres veces sobre un punto tan delicado, pero de este modo Jesús lo inducía delicada y veladamente a reparar su triple negación y le daba a comprender que el hombre no debe sentirse seguro de su amor sino más bien poner toda su seguridad en Dios.

Pedro lo intuye y a la tercera pregunta “se entristece”, pero lleno de humildad y de absoluto abandono de sí mismo, le responde: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te amo”, y entonces el mismo Pedro es constituido Cabeza de la Iglesia. Y para que sepa que no se trata de un honor sino de un servicio semejante al que Jesús ha hecho a los hombres inmolándose por su salvación, Jesús le dice: “Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas a donde querías; cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras” (ib 18).

Los Hechos de los Apóstoles (primera lectura de la Misa) nos muestran a Pedro en su puesto de jefe de los apóstoles mientras son arrastrados al sanedrín por el reato de haber predicado el nombre de Jesús. Después de haber protestado que “es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hc 5,29), Pedro vuelve a repetir con franqueza el anuncio de la Resurrección: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero” (ib 30). Acaba de salir con los otros de la prisión, sabe que le pueden suceder cosas peores, pero no teme porque ha colocado ya toda su confianza en el Resucitado y ha comprendido que debe seguirle en las tribulaciones. Sus palabras van reforzadas con una afirmación singular: “Nosotros somos testigos de esto (la Pasión y la Resurrección de Cristo), y lo es también el Espíritu Santo que Dios otorgó a los que le obedecen (ib. 32).

Es como si dijera que el Espíritu Santo habla por la boca de quien, obedeciendo a Dios predica el Evangelio a costa de cualquier riesgo. Para los apóstoles este riesgo se convierte en seguida en realidad porque son sometidos a la flagelación, pero ellos la soportan con alegría “porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús” (ib. 41). Este es el testimonio que Jesús espera de cada uno de los cristianos, libre de respetos humanos y también del miedo a los riesgos y peligros. La fe intrépida de los creyentes convence al mundo más que cualquier otra apología.

Al testimonio de la Iglesia militante, siempre imperfecto a causa de la debilidad humana, se une el de la Iglesia triunfante (segunda lectura de la Misa) que canta a grandes voces la gloria de Cristo resucitado: “Digno es el Cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la bendición” (Ap 5,12). Himno de reconocimiento y de amor de parte de todas las criaturas hacia Aquel que salvando al hombre ha redimido a todo el universo. Escena maravillosa de la liturgia celestial, cuyo motivo repite en la tierra la liturgia eucarística: “¡Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre!” El cristiano está llamado a unirse a los elegidos en la alabanza y en la adoración del Señor glorioso, no sólo con la lengua y el gesto, sino sobre todo con la vida y las obras.


“Dios todopoderoso y eterno, que en estos días de Pascua nos has revelado claramente tu amor y nos has permitido conocerlo con más profundidad; concede que quienes has librado de las tinieblas del error puedan adherirse con firmeza a las enseñanzas de tu verdad” (Misal Romano, Colecta del jueves de la III Semana de Pascua).

¡Oh Señor!, en pago de tantos cuidados como me prodigas, no sabes más que preguntarme con ansia: hijo mío, ¿me amas? Señor, Señor, ¿qué te puedo responder yo? Mira mis lágrimas,
escucha mi corazón… ¿Qué puedo decirte, sino: "Domine, tu scis quia amo te”?

Que yo te ame con el amor de Pedro, con el entusiasmo de Pablo y de tus mártires; que a Ia caridad sepa unir la humildad, el bajo sentir de mí mismo, el desprecio de las cosas del mundo, y luego haz de mí lo que quieras: un apóstol, un mártir.

Delante de ti, ¡oh Jesús mío!, que te humillas y te sometes como un manso cordero a la persecución, a los malos tratos, a las traiciones, a Ia muerte, mi alma se llena de la más profunda confusión; no puedo hablar, y hasta mi amor propio rebaja sus pretensiones: ¡"Oh Jesús dulcísimo, consuelo del alma en camino, delante de ti queda mi boca sin voz, y te habla únicamente mi silencio” (año 1902).

Después de tantas gracias como me has concedido a través de mi larga vida, ya no hay cosa que yo no ose desear por ti. Me has abierto el camino, ¡oh Jesús!, y “yo te seguiré a dondequiera que vayas”, al sacrificio, a las mortificaciones, a la muerte (año 1961). (JUAN XXlll, El diario del alma).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.