domingo, 30 de octubre de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”


31º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 19, 1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».

El bajó en seguida, y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más». Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Palabra del Señor.


“Señor, tú te compadeces de todos” (Sab 11, 23).

Nada extraño que vuelva tan frecuentemente el tema de la misericordia a la liturgia dominical, porque Dios es misericordia infinita e inagotable y porque el hombre está sumamente necesitado de misericordia. Dios que lo ha creado en un acto de amor, lo recrea de nuevo día tras día en un acto incesante de misericordia con el que remedia sus debilidades, perdona sus culpas y lo redime del mal. Es éste el concepto expresado en la primera lectura: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierra los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho” (Sap 11, 23-24). Nadie puede subsistir sin la misericordia omnipotente de Dios que continua amándolo y manteniéndolo con vida, a pesar de sus pecados e infidelidades, y lo sigue sin tregua para conducirlo a la salvación.

Lo que el libro de la Sabiduría afirma en línea general, lo demuestra el Evangelio del de este domingo (Lc 19, 1-10) con un hecho concreto y bien elocuente: la conversión de Zaqueo, el publicano. Antes de entrar en Jericó, había encontrado Jesús a un ciego que se dirigía a él en medio de la turba y clamaba pidiéndole el don de la vista. Poco después, mientras atravesaba la ciudad, Zaqueo, de baja estatura, se libra del gentío subiéndose a un árbol, deseoso también él de ver: quiere conocer al Maestro de quien ha oído hablar y cuya bondad con los publicanos tal vez ha sentido describir.

Era, en efecto, algo inaudito que un maestro de Israel se ocupase de esos hombres esquivados y odiados por todos, a causa de su profesión de empleados del imperio romano, y tenidos por enemigos del pueblo. Zaqueo es su jefe y, por ello, más aborrecido que los otros; y, como todos lo conocen, no puede pasar desapercibido. Pero él no se preocupa de la gente ni teme a exponerse al ridículo o a las mofas: sólo le interesa ver al Señor, y espera su paso espiando desde lo alto de un sicómoro.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa” (ib 5). Jesús sabe muy bien quién es Zaqueo: un recaudador: un recaudador enriquecido con dinero defraudado al pueblo; pero no lo desprecia ni siquiera se lo reprocha, antes se dirige a su casa. Zaqueo que nunca habría soñado proposición semejante, baja a toda prisa del árbol y acoge a Jesús lleno de gozo. La gente murmura escandalizada, pero el deja que digan; tiene cosas más importantes que tratar con el Maestro, que ya le ha tocado el corazón: “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más” (ib 8).

Es la conversión radical. Ha bastado la presencia y la bondad del Señor para iluminar la conciencia de este hombre sine escrúpulos, atascado en el dinero y hecho a ganar con las injusticias. Es que había en Zaqueo una buena disposición que lo ha abierto a la gracia: el deseo sincero de ver y encontrar a Jesús. Y ahora se siente decir: “Hoy ha sido la salvación de esta casa…; porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (ib 9-10). Al publicano, que los fariseos consideraban como un pecador sin remedio, se le ofrece la salvación, y él la acepta abriendo su casa y su corazón al Salvador.

El mismo ofrecimiento continúa haciendo Cristo a cada uno de nosotros: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo” (Ap 3, 20). Dios, en su infinita misericordia, no se contenta con convertir a los hombres y perdonarlos, sino que les ofrece su amistad y les invita a la comunión con él.


“Señor de poder y de misericordia, que has querido hacer digno y agradable por favor tuyo el servicio de tus fieles; concédenos caminar sin tropiezos hacia los bienes que nos prometes” (Misal Romano, Oración Colecta).

“Que este sacrificio [de la Eucaristía], Señor, sea para ti una ofrenda pura y para nosotros una generosa efusión de tu misericordia” (Misal Romano, Oración sobre las ofrendas).

“¡Oh Padre misericordioso y Juez justo!, aunque conozco mis culpas, no quiero huir de tu presencia, antes, Señor, porque soy pecador, vengo a tu presencia como enfermo al médico, confesando con vergüenza mis culpas para que me concedas entero perdón de ellas.

¡Oh dulcísimo Jesús!, mírame con esos ojos de misericordia, y nunca los apartes de mí, pues de tu vista misericordiosa pende que yo nunca me aparte de ti… ¡Oh dulcísimo y misericordioso Jesús, amparo y refugio de los pecadores!, ¿con qué te pagaré, Señor, el amor y cuidado que conmigo tienes? ¿Quién se atreverá a acusarme o condenarme si tú me justificas y das por libre? ¿Cómo no me fiaré de tu misericordia, pues en tu presencia se deshace toda mi miseria? Tú me libras de las calumnias de los hombres y de las acusaciones de mis enemigos, perdonándome liberalmente la culpa para que no tenga lugar la condenación de la pena; y pues es tan copiosa tu misericordia, nunca cesaré de alabarte ni me cansaré de servirte por ella” (Luis de la Puente, SJ, Meditaciones, III, 27, 3-4).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 31º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C


“He venido a buscar al que estaba perdido” 
(Lc 19,1-10)





jueves, 27 de octubre de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Salir al encuentro del que sufre para llevarle el abrazo y la misericordia de Dios”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 26 de octubre de 2016



Catequesis sobre la Misericordia Divina



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Proseguimos con la reflexión sobre las Obras de misericordia corporales, que el Señor Jesús nos ha transmitido para mantener siempre viva y dinámica nuestra fe. Estas obras, de hecho, muestran que los cristianos no están cansados e inactivos en la espera del encuentro final con el Señor, sino que cada día van a su encuentro, reconociendo su rostro en aquel de tantas personas que piden ayuda. Hoy nos detenemos en estas palabras de Jesús: «Estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron» (Mt 25,35-36). En nuestro tiempo es todavía actual la obra que se refiere a los forasteros. La crisis económica, los conflictos armados y los cambios climáticos llevan a tantas personas a emigrar. Sin embargo, las migraciones no son un fenómeno nuevo, sino que pertenecen a la historia de la humanidad. Es falta de memoria histórica pensar que estas sean algo proprio de nuestro tiempo.

La Biblia nos ofrece muchos ejemplos concretos de migración. Basta pensar en Abrahán. La llamada de Dios lo llevó a dejar su país para ir a otro: «Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré» (Gen 12,1). Y así también fue para el pueblo de Israel, que de Egipto, donde era esclavo, caminó marchando por cuarenta años en el desierto hasta cuando llegó a la tierra prometida por Dios. La misma Sagrada Familia – María, José y el pequeño Jesús – fue obligada a emigrar para huir de las amenazas de Herodes: «José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto. Allí permaneció hasta la muerte de Herodes» (Mt 2,14-15). La historia de la humanidad es una historia de migraciones: en cada latitud, no existe un pueblo que no haya conocido el fenómeno migratorio.

En el curso de los siglos hemos asistido a propósito a grandes expresiones de solidaridad, a pesar que no han faltado tensiones sociales. Hoy, el contexto de la crisis económica favorece lamentablemente el surgir de actitudes de cerrazón y de no acogida. En algunas partes del mundo surgen muros y barreras. A veces parece que la obra silenciosa de muchos hombres y mujeres que, de diversos modos, se ofrecen para ayudar y asistir a los prófugos y a los migrantes sea opacada por el murmullo de otros que dan voz a un instintivo egoísmo. Pero la cerrazón no es la solución, al contrario, termina por favorecer los tráficos criminales. La única vía de solución es aquella de la solidaridad. Solidaridad… solidaridad con los migrantes, solidaridad con los forasteros…

El compromiso de los cristianos en este campo es urgente hoy como en el pasado. Para mirar sólo al siglo pasado, recordemos la estupenda figura de Santa Francisca Cabrini, que dedicó su vida junto a la de sus compañeras a los migrantes hacia los Estados Unidos de América. También hoy tenemos necesidad de estos testimonios para que la misericordia pueda alcanzar a tantos que se encuentran en necesidad. Es un compromiso que involucra a todos, ninguno excluido. Las diócesis, las parroquias, los institutos de vida consagrada, las asociaciones y movimientos, como también cada cristiano, todos estamos llamados a acoger a los hermanos y a las hermanas que huyen de la guerra, del hambre, de la violencia y de condiciones de vida deshumanos. Todos juntos somos una gran fuerza de ayuda para cuantos han perdido la patria, la familia, el trabajo y la dignidad. Hace algunos días, ha sucedido una pequeña historia, de ciudad. Había un refugiado que buscaba una calle y una señora se le acercó y le dijo: “¿Usted busca algo?”. Estaba sin zapatos, este refugiado. Y él dijo: “Yo quisiera ir a San Pedro para pasar por la Puerta Santa”. Y la señora pensó: “Pero, no tiene zapatos, ¿cómo iremos caminando?”. Y llamó un taxi. Pero este migrante, aquel refugiado olía mal y el conductor del taxi casi no quería que subiera, pero al final lo dejó subir al taxi. Y la señora, junto a él. Y la señora le preguntó un poco de su historia de refugiado y de migrante, en el recorrido del viaje, los diez minutos para llegar hasta aquí. Este hombre narró su historia de dolor, de guerra, de hambre y porque había huido de su Patria para migrar aquí.

Cuando llegaron, la señora abrió la cartera para pagar al taxista y el taxista, el hombre, el conductor que al inicio no quería que este migrante subiera porque olía mal, le dijo a la señora: “No, señora, soy yo quien debo pagar a usted porque usted me ha hecho escuchar una historia que me ha cambiado el corazón”. Esta señora sabía que cosa era el dolo de un migrante, porque tenía sangre armenia y sabía el sufrimiento de su pueblo. Cuando nosotros hacemos una cosa de este tipo, al inicio nos negamos porque nos da un poco de incomodidad, “pero, huele mal…”. Pero al final, la historia nos perfuma el alma y nos hace cambiar. Piensen en esta historia y pensemos que cosa podemos hacer por los refugiados.
Y la otra cosa es vestir a quien está desnudo: ¿no quiere decir otra cosa que restituir la dignidad a quien lo ha perdido? Ciertamente dando de vestir a quien no tiene; pero pensemos también en las mujeres víctimas de la trata arrojadas a las calles, o a los demás, modos de usas el cuerpo humano como mercancía, incluso de los menores. Y así también no tener un trabajo, una casa, un salario justo es una forma de desnudez, o ser discriminado por la raza o por la fe, son todas formas de “desnudez”, ante las cuales como cristianos estamos llamados a estar atentos, vigilantes y listos a actuar.

Queridos hermanos y hermanas, no caigamos en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, indiferentes a las necesidades de los hermanos y preocupados sólo de nuestros intereses. Es justamente en la medida en la cual nos abrimos a los demás que la vida se hace fecunda, la sociedad consigue la paz y las personas recuperan su plena dignidad. Y no se olviden de aquella señora, no se olviden de aquel migrante que olía mal y no se olviden del taxista al cual el migrante había cambiado el alma. Gracias.

domingo, 23 de octubre de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”

30º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús les dijo esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. 

»El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. 

»En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Palabra del Señor.


“Señor, tú estás cerca de los atribulados, salvas a los abatidos” (Salmo 33,19).

“Los gritos del pobre atraviesan las nubes” (Eclo 35, 17) y obtienen gracias; he aquí el centro de esta liturgia dominical. El hombre debe hacer obras buenas y ofrecer a Dios sacrificios; pero que no piense “comprarse” a Dios con estos medios. Dios no es como los hombres, que se dejan corromper con dádivas y favores, pues mira únicamente al corazón del que recurre a él. Si alguna preferencia tiene es siempre para los que la Biblia llama “los pobres de Yahvé”, que se vuelven a él con ánimo humilde, contrito, confiado y convencidos de no tener derecho a sus favores.

La primera lectura (Eclo 35, 12-14.16-18) es precisamente un elogio de la justicia de Dios, que no se fija en el rostro de nadie, ni es parcial con ninguno (ib 12-13), sino que escucha la oración del pobre, del indefenso, del huérfano y de la viuda. Y es un elogio de la oración del humilde, conocedor de su indigencia y de su necesidad de auxilio y de salvación. Esta es la oración que “atraviesa las nubes” y obtiene gracia y justicia.

Este trozo del Antiguo Testamento es una introducción óptima a la parábola evangélica del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14), en la que Jesús confronta la oración del soberbio y la del humilde. Un fariseo y un publicano suben al templo con idéntica intención: orar, pero su comportamiento es diametralmente opuesto. Para el primero la oración es un simple pretexto para jactarse de su justicia a expensas del prójimo. “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros… Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo” (ib 11-12). ¿Quién, pues, más justo que él, que no tiene pecado y cumple todas las obras de la ley? Se siente, por ello, digno de la gracia de Dios y la exige como recompensa a sus servicios. Como buen fariseo está satisfecho y complacido de una justicia exterior y legal, mientras su corazón está lleno de soberbia y de desprecio al prójimo.

Al contrario, el publicano se confiesa pecador, y con razón, porque su conducta no es conforme a la ley de Dios. Sin embargo está arrepentido, reconoce su miseria moral y se da cuenta de que no es digno del divino favor: “no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador” (ib 13).

La conclusión es desconcertante: “Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no” (ib 14). Jesús no quiere decir que Dios prefiera libertinos o estafadores al hombre honesto cumplidor de la ley; sino que prefiere la humildad del pecador arrepentido a la soberbia del justo presuntuoso. “Porque todo el que se enaltece -en la confianza y seguridad de sí- será humillado, y el que se humilla -en la consideración de la propia miseria- será enaltecido” (ib). En realidad, por su soberbia y falta de amor, el fariseo tenía, no menos que el publicano, suficientes motivos para humillarse.

También la segunda lectura (2 Tim 4,6-8. 16-18) nos ofrece un pensamiento que ilumina esta enseñanza. Al ocaso de su vida, san Pablo hace una especie de balance: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe” (ib 7). Reconoce, pues, el bien realizado, pero con un espíritu muy diferente del fariseo. El lugar de anteponerse a los otros, declara que el Señor le dará “la corona merecida” no a él sólo, “sino a todos los que tienen el amor a su venida” (ib 8). En lugar de jactarse del bien obrado, confiesa que es Dios quien le ha sostenido y dado fuerza; lejos de contar con sus méritos, confía en Dios para ser salvo y le da por ello gracias. “El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén! (ib 18).


“Tú, Señor, no te alejes; estáte cerca. ¿De quién está cerca el Señor? De los que atribularon su corazón. Está lejos de los soberbios, está cerca de los humildes, mas no piensen los soberbios que están ocultos, pues desde lejos los conoce. De lejos conocía al fariseo que se jactaba de sí mismo, y de cerca socorría al publicano que se arrepentía. Aquel se jactaba de sus obras buenas y ocultaba sus heridas; éste no se jactaba de sus méritos, sino que mostraba sus heridas. Se acercó al médico y se reconoció enfermo; sabía que había de sanar; con todo, no se atrevió a levantar los ojos al cielo; golpeaba el pecho; no se perdonaba a sí mismo para que Dios le perdonase, se reconocía pecador para que Dios no le tuviese en cuenta sus yerros, se castigaba para que Dios le librase…

Señor, lejos de mí creerme justo… A mí me toca clamar, gemir, confesar, no exaltarme, no vanagloriarme, no preciarme de mis méritos, porque si tengo algo de lo que pueda gloriarme, ¿qué es lo que no he recibido? (San Agustín, In Ps 39, 20).

Enséñame, Señor, a hacerte camino con la confesión de los pecados, a fin de que puedas acercarte a mí… Así vendrás tú y me visitarás, porque tendrás en donde afianzar tus pasos, tendrás por donde venir a mí. Antes de que confesase mis pecados, te había obstruido el camino para llegar a mí; no tenías senda por donde acercarte a mí. Confesaré, pues, mi vida y te abriré el camino; y tú, oh Cristo, vendrás a mí y pondrás en el camino tus pasos, para instruirme y guiarme con tus huellas” (San Agustín, In Ps, 84, 16).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 30º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C


A Dios nadie le compra (Lc 18,9-14)


jueves, 20 de octubre de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Dar de comer al hambriento, imperativo ético para la Iglesia”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 19 de octubre de 2016


Catequesis sobre la Misericordia Divina


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Una de las consecuencias del llamado “bienestar” es la de llevar a las personas a encerrarse en sí mismas, haciéndolas insensibles a las exigencias de los demás. Se hace de todo para ilusionarlas presentándoles modelos de vida efímeros, que desaparecen después de algunos años, como si nuestra vida fuera una moda a seguir y cambiar en cada estación. No es así. La realidad debe ser acogida y afrontada por lo que es, y muchas veces nos presenta situaciones de urgente necesidad. Es por esto que, entre las obras de misericordia, se encuentra el llamado al hambre y a la sed: dar de comer al hambriento – existen muchos hoy, ¡eh! – y de beber al sediento. Cuantas veces los medios de comunicación nos informan de poblaciones que sufren la falta de alimentos y de agua, con graves consecuencias especialmente para los niños.

Ante estas noticias y especialmente ante ciertas imágenes, la opinión pública se siente afectada y de vez en cuando se inician campañas de ayuda para estimular a la solidaridad. Las donaciones se hacen generosas y de este modo se puede contribuir a aliviar el sufrimiento de muchos. Esta forma de caridad es importante, pero tal vez no nos involucra directamente. En cambio cuando, caminando por la calle, encontramos a una persona en necesidad, o quizás un pobre viene a tocar a la puerta de nuestra casa, es muy distinto, porque no estamos más ante una imagen, sino que somos involucrados en primera persona. No existe más alguna distancia entre él o ella y yo, y me siento interpelado. La pobreza en abstracto no nos interpela, pero nos hace pensar, nos hace acusar; pero cuando tú ves la pobreza en la carne de un hombre, de una mujer, de un niño, ¡esto sí que nos interpela! Y por esto, esa costumbre que nosotros tenemos de huir de la necesidad, de no acercarnos o enmascarar un poco la realidad de los necesitados con las costumbres de la moda. Así nos alejamos de esta realidad. No hay más alguna distancia entre el pobre y yo cuando lo encuentro. En estos casos, ¿Cuál es mi reacción? ¿Dirijo la mirada a otro lugar y paso adelante? O ¿Me detengo a hablar y me intereso de su estado? Y si tú haces esto no faltará alguno que diga: “¡Pero este está loco al hablar con un pobre!” ¿Veo si puedo acoger de alguna manera a aquella persona o busco de librarme lo más antes posible? Pero tal vez ella pide solo lo necesario: algo de comer y de beber. Pensemos un momento: cuántas veces recitamos el “Padre Nuestro”, es más, no damos verdaderamente atención a aquellas palabras. “Danos hoy nuestro pan de cada día”.

En la Biblia, un Salmo dice que Dios es aquel que «da el alimento a todos los vivientes» (136,25). La experiencia del hambre es dura. Lo sabe quién ha vivido periodos de guerra o carestía. Sin embargo esta experiencia se repite cada día y convive junto a la abundancia y al derroche. Son siempre actuales las palabras del apóstol Santiago: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta» (2,14-17): es incapaz de hacer obras, de hacer caridad, de dar amor. Hay siempre alguien que tiene hambre y sed y tiene necesidad de mí. No puedo delegar a ningún otro. Este pobre necesita de mí, de mi ayuda, de mi palabra, de mi empeño. Estamos todos comprometidos en esto.

Lo es también la enseñanza de aquella página del Evangelio en la que Jesús, viendo a tanta gente que desde algunas horas lo seguía, pide a sus discípulos: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» (Jn 6,5). Y los discípulos responden: “Es imposible, es mejor que los despidas…”. En cambio Jesús les dice a ellos: “No. Denles de comer ustedes mismos” (Cfr. Mt 14,16). Se hace dar los pocos panes y peces que tenían consigo, los bendijo, los partió y los hizo distribuir a todos. Es una lección muy importante para nosotros. Nos dice que lo poco que tenemos, si lo ponemos en las manos de Jesús y lo compartimos con fe, se convierte en una riqueza superabundante.

El papa Benedicto XVI, en la encíclica Caritas in veritate, afirma: «Dar de comer a los hambrientos es un imperativo ético para la Iglesia universal. […] El derecho a la alimentación y al agua tiene un papel importante para conseguir otros derechos. […] Por tanto, es necesario que madure una conciencia solidaria que considere la alimentación y el acceso al agua como derechos universales de todos los seres humanos, sin distinciones ni discriminaciones» (n. 27). No olvidemos las palabras de Jesús: «Yo soy el pan de Vida» (Jn 6,35) y «El que tenga sed, venga a mí» (Jn 7,37). Son para todos nosotros creyentes una provocación estas palabras, una provocación a reconocer que, a través del dar de comer al hambriento y el dar de beber al sediento, pasa nuestra relación con Dios, un Dios que ha revelado en Jesús su rostro de misericordia.

lunes, 17 de octubre de 2016

IGLESIA HOY: El Papa argentino proclamó santo al Cura Brochero

Ciudad del Vaticano, Domingo 16 de octubre de 2016 (AICA): El papa Francisco canonizó en una misa multitudinaria celebrada en la Plaza de San Pedro, a la que se calcula asistieron unas 80.000 personas, al sacerdote argentino José Gabriel del Rosario Brochero, el Cura Brochero. El prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, cardenal Angelo Amato, hizo la petición para que el sacerdote argentino y los otros seis beatos sean inscriptos en el libro de los santos. Tras la lectura de una breve reseña biográfica de cada uno, se rezó la letanía de los santos y finalmente, Francisco leyó la fórmula de canonización. A las 5.32 el pontífice argentino inscribió en el Catálogo de los Santos al Cura Brochero, el primero que nació, vivió y murió en la Argentina, y al resto de los beatos.

Luego fueron colocando reliquias de los nuevos santos delante de la imagen de la Virgen, entre ellas del “cura gaucho” a quien Jorge Bergoglio considera un “pastor con olor a oveja”.

De la ceremonia en la Plaza de San Pedro participaron el presidente Mauricio Macri, el gobernador de Córdoba, Juan Schiaritti y otros representantes políticos argentinos, además de casi 40 obispos, unos 200 sacerdotes y más de 2.000 peregrinos, en su mayoría cordobeses.

Los niños de los milagros

Al momento de la entrega de las ofrendas, se acercó al altar el adolescente cordobés Nicolás Flores Violino, quien cuando tenía ocho meses quedó en estado vegetativo y con problemas neurológicos severos tras sufrir un accidente vial y su recuperación sin explicación médica hizo que el Cura Brochero sea declarado beato.

También se acercó la niña sanjuanina Camila Brusotti, quien a los 8 años fue brutalmente golpeada por su madre y su padrastro, y cuya recuperación fue considerada el segundo milagro por intercesión del Cura Brochero para ser proclamado santo.

Antes de la celebración eucarística, el Papa saludó a Mauricio Macri y a los miembros de las delegaciones oficiales procedentes de los países cuyos laicos, sacerdotes y religiosos fueron proclamados santos.

Los santos son hombres y mujeres que lucharon apoyados en la oración

En la homilía, el Papa hizo referencia a las lecturas del día y destacó que los siete nuevos santos “han alcanzado la meta, han adquirido un corazón generoso y fiel, gracias a la oración: han orado con todas las fuerzas, han luchado y han vencido”.

“Este es el estilo de vida espiritual que nos pide la Iglesia: no para vencer la guerra, sino para vencer la paz”, explicó.

Francisco afirmó que el modo de obrar de los cristianos consiste en “estar firmes en la oración para permanecer firmes en la fe y en el testimonio” y, si bien reconoció que puede haber cansancio en esta tarea, recordó que “no estamos solos, hacemos parte de un Cuerpo. Somos miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia, cuyos brazos se levantan al cielo día y noche gracias a la presencia de Cristo resucitado y de su Espíritu Santo”.

“Sólo en la Iglesia y gracias a la oración de la Iglesia podemos permanecer firmes en la fe y en el testimonio”, sostuvo, y agregó: “Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche. Este es el misterio de la oración: gritar, no cansarse y, si te cansas, pide ayuda para mantener las manos levantadas”.

“Esta es la oración que Jesús nos ha revelado y nos ha dado a través del Espíritu Santo. Orar no es refugiarse en un mundo ideal, no es evadir a una falsa quietud. Por el contrario, orar y luchar, y dejar que también el Espíritu Santo ore en nosotros. Es el Espíritu Santo quien nos enseña a rezar, quien nos guía en la oración y nos hace orar como hijos”, señaló.

Francisco puntualizó que “los santos son hombres y mujeres que entran hasta el fondo del misterio de la oración. Hombres y mujeres que luchan con la oración, dejando al Espíritu Santo orar y luchar en ellos; luchan hasta el extremo, con todas sus fuerzas, y vencen, pero no solos: el Señor vence a través de ellos y con ellos”.

“También estos siete testigos que hoy han sido canonizados, han combatido con la oración la buena batalla de la fe y del amor. Por ello han permanecido firmes en la fe con el corazón generoso y fiel. Que, con su ejemplo y su intercesión, Dios nos conceda también a nosotros ser hombres y mujeres de oración; gritar día y noche a Dios, sin cansarnos; dejar que el Espíritu Santo ore en nosotros, y orar sosteniéndose unos a otros para permanecer con los brazos levantados, hasta que triunfe la Misericordia Divina”, concluyó.

Llamado a luchar por la pobreza

Antes de terminar la ceremonia, Francisco saludó a las delegaciones oficiales de la Argentina, México, Francia, España e Italia, y rogó para que "el ejemplo y la intercesión de estos testigos sostengan el compromiso de cada uno de nosotros en los distintos ámbitos de servicio y del trabajo para la Iglesia y la sociedad civil".

El pontífice recordó que mañana es la Jornada Mundial contra la pobreza, por lo que llamó a unir “fuerzas morales y económicas para luchar juntos contra la pobreza que degrada, ofende y mata a tantos hermanos y hermanas instrumentando políticas serias para las familias y para el trabajo" y pidió elevar a la Virgen María "todas nuestras intenciones, especialmente nuestra insistente y fortalecida oración por la paz".

Francisco saludó luego a los cardenales de los países de los siete nuevos santos, entre ellos al arzobispo de Buenos Aires, Mario Aurelio Poli, con quien se abrazó efusivamente.

domingo, 16 de octubre de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Es preciso orar siempre sin desfallecer”


29º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 18, 1-8

En aquel tiempo, Jesús les decía una parábola para inculcarles que es preciso orar siempre sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: ‘¡Hazme justicia contra mi adversario!’. Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme’».

Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?».

Palabra del Señor.


Los textos escriturísticos de este domingo se centran en el tema de la fe, considerada sobre todo como recurso confiado a Dios y seguridad de su intervención. Tomado del libro del Éxodo (17, 8-13, primera lectura) se lee el conocido episodio de la oración de Moisés en el monte, mientras en el valle luchaban los hijos de Israel contra los amalecitas. “Mientras Moisés tenía en alto la mano (en actitud de súplica), vencía Israel; mientras la tenía bajada, vencía Amalec” (ib 11).

Las manos levantadas eran “signo” de la oración elevada a Dios para invocar su auxilio y al mismo tiempo –pues Moisés sostenía “el bastón de Dios” (ib 9) con el que había realizado tantos prodigios- eran una incitación al pueblo a batirse con bravura. Así para impedir que el cansancio hiciese caer los brazos de Moisés, “Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado” (ib 12). Expresión admirable de una fe que esperaba la victoria mucho más del auxilio divino que del valor de los combatientes.

El trozo evangélico refiere la parábola del juez y la viuda (Lc 18, 1-8), propuesta por Jesús para inculcar “a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse” (ib 1). Se trata de un juez que “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, y así no se preocupaba de defender la causa de los débiles y oprimidos según prescribía la ley de Dios. Por eso no quiere saber nada de una pobre viuda que recurre a él en demanda de justicia; pero, al fin, cede a sus ruegos únicamente para que ella no le siga fastidiando.

De este ejemplo parte Jesús para dar a entender que Dios, mucho mejor que el juez injusto, escuchará las súplicas de quien recurre a él con constancia confiada. “Pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar” (ib 7-8). La oración continua que Jesús inculca aquí, es sobre todo la oración por el advenimiento del Reino de Dios y por la salvación de los elegidos cuando, en el último día, venga el Hijo del Hombre a juzgar al mundo (cfr. Lc 17, 22-37).

Los creyentes deben vivir aguardando ese día y rogar incesantemente para que sea día de salvación. Por parte de Dios la salvación está asegurada porque Cristo ha muerto y resucitado por todo el género humano. Más por parte de los hombres se precisa una condición: la fe. ¿Pero cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra? (ib 8). La pregunta con que Jesús concluye la parábola induce a una seria reflexión. La Iglesia atribulada puede estar segura de que su suplica incesante será finalmente oída.

Dios hará justicia a sus elegidos, aunque actualmente los deja pasar por persecuciones, angustias y fracasos, como lo permitió para su Elegido, Jesucristo. Pero es necesario que la Iglesia y cada uno de los fieles guarden íntegra la fe y la defiendan de las asechanzas del abatimiento. Cuanto más firme y segura sea la fe que Dios encuentre en ellos, tanto más intervendrá a su favor, como intervino a favor de Israel.

En este contexto la segunda lectura (2 Tim 3, 14 - 4, 2) suena como una exhortación apasionada a permanecer firmes en la fe a pesar de las teorías contrarias y la desbandada de muchos. “Permaneced en lo que has aprendido”, escribe san Pablo a Timoteo; lo ha aprendido en la Sagrada Escritura, la cual instruye para “la salvación” que se consigue “por la fe en Cristo Jesús” (ib 3, 14-15). El que se mantiene adherido a la Palabra de Dios no vacilará, estará defendido contra todo asalto y “perfectamente equipado para toda obra buena”.


“Levanto mis ojos a los montes: ¿de donde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme… El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha… El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre” (Sal 120).

“Señor, enséñame a orar incesantemente sin perder un instante. A orar por nosotros, pero más aún por el prójimo, ya que es ‘mejor dar que recibir’. Haz que oremos y supliquemos sin temor de pedir las gracias más elevadas. Cuanto mayores sean nuestras peticiones, más digno de ti será escucharlas; ellas demostrarán nuestra fe, esa fe que tú quieres de nosotros, y serán una sola cosa con tu voluntad, porque tú tienes en el corazón el deseo de la santificación de todo el género humano.

Tú nos enseñas a pedir… tu gloria, la conversión de los hombres y la nuestra, el cumplimiento perfecto de tu voluntad en nosotros y en todos los hombres, el perdón de los pecados nuestros y ajenos, el auxilio contra las tentaciones, la liberación de todo pecado, de todo verdadero mal en esta vida y en la otra… Esto, Señor, es lo que quieres que pidamos, y esto nos lo concederás siempre, si te lo pedimos con fe” (Charles de Foucauld, La plegaria del pobre).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 29º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C


“Permanecer en la fe y crecer en ella” (Lc 18,1-8)




jueves, 13 de octubre de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Las obras de misericordia son el mejor antídoto contra la indiferencia”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 12 de octubre de 2016

Catequesis sobre la Misericordia Divina

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las catequesis precedentes nos hemos adentrado poco a poco en el gran misterio de la misericordia de Dios. Hemos meditado sobre el actuar del Padre en el Antiguo Testamento y después, a través de los pasajes evangélicos, hemos visto cómo Jesús, en sus palabras y en sus gestos, es encarnación de la Misericordia. Él, a su vez, ha enseñado a sus discípulos: “Sed misericordiosos como el Padre” (Lc 6,36). Es un compromiso que interpela la conciencia y la acción de cada cristiano. De hecho, no basta con experimentar la misericordia de Dios en la propia vida; es necesario que quien la recibe se convierta también en signo e instrumento para los otros. La misericordia, además, no está reservada solo a los momentos particulares, sino que abraza toda nuestra existencia cotidiana.

Entonces, ¿cómo podemos ser testigos de la misericordia? No pensemos que se trata de cumplir grandes esfuerzos o gestos sobrehumanos. No, no es así. El Señor nos indica un camino mucho más sencillo, hecho de pequeños gestos pero que a sus ojos tienen un gran valor, a tal punto que nos ha dicho que seremos juzgados por los gestos. De hecho, una de las páginas más bonitas del Evangelio de Mateo nos lleva a la enseñanza que podemos considerar de alguna manera como el “testamento de Jesús” por parte del evangelista, que experimentó directamente en sí la acción de la Misericordia.

Jesús dice que cada vez que damos de comer a quien tiene hambre y de beber a quien tiene sed, que vestimos a una persona desnuda y acogemos a un forastero, que visitamos a un enfermo a un preso, lo hacemos a Él  (cfr Mt 25,31-46). La Iglesia ha llamado estos gestos “obras de misericordia corporal” porque socorren a las personas en sus necesidades materiales.

Hay también otras siete obras de misericordia llamadas “espirituales”, que se refieren a otras exigencias humanas importantes, sobre todo hoy, porque tocan la intimidad de las personas y a menudo hacen sufrir más.

Todos seguramente recordamos una que ha entrado en el lenguaje común: “soportar con paciencia a las personas molestas”. Y las hay, hay personas molestas. Podría parecer algo poco importante, que nos hace reír, sin embargo contiene un sentimiento de profunda caridad; y así es también para los otros seis, que nos viene bien recordar: dar buen consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, perdonar al que nos ofende, consolar al triste, corregir al que se equivoca, rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Son cosas de todos los días, ‘pero yo estoy dolido, Dios te ayudará, no tengo tiempo’. No. Me paro, escucho, pierdo el tiempo y consuelo. Ese es un gesto de misericordia. Y esto no se hace solo a él, se hace a Jesús. En las próximas catequesis nos detendremos en estas obras, que la Iglesia nos presenta como el modelo concreto para vivir la misericordia. A lo largo de los siglos, muchas personas sencillas las han puesto en práctica, dando así genuino testimonio de la fe.

La Iglesia, por otra parte, fiel a su Señor, nutre un amor preferencial por los más débiles. A menudo son las personas más cercanas a nosotros las que necesitan ayuda. No tenemos que ir a la búsqueda de quién sabe qué asuntos. Es mejor iniciar por los más sencillos, que el Señor nos indica como los más urgentes.

En un mundo lamentablemente golpeado por el virus de la indiferencia, las obras de misericordia son el mejor antídoto. Nos educan, de hecho, a la atención hacia las exigencias más elementales de nuestros “hermanos más pequeños” (Mt 25,40), en los que está presente Jesús. Siempre Jesús está presente ahí donde hay una necesidad, una persona que tiene una necesidad, sea material o espiritual, ahí está Jesús.

Reconocer su rostro en el de quien está en la necesidad es un verdadero desafío hacia la indiferencia. Nos permite estar siempre vigilantes, evitando que Cristo nos pase al lado sin que lo reconozcamos. Vuelve a la mente la frase de san Agustín: “Timeo Iesum transeuntem” (Serm., 88, 14, 13). Tengo miedo de que el Señor pase y yo no lo reconozca. Que el Señor pase delante de mí en una de estas personas pequeñas, necesitadas, y yo no me dé cuenta de que es Jesús. Tengo miedo de que el Señor pase y yo no lo reconozca.

Me he preguntado por qué san Agustín ha dicho de de temer el paso de Jesús. La respuesta, lamentablemente, está en nuestros comportamientos: porque a menudo estamos distraídos, somos indiferentes, y cuando el Señor pasa cerca de nosotros perdemos la ocasión de encuentro con Él.

Las obras de misericordia despiertan en nosotros la exigencia y la capacidad de hacer viva y operante la fe con la caridad. Estoy convencido de que a través de estos gestos sencillos cotidianos nosotros podemos cumplir una verdadera revolución cultural, como ha ocurrido en el pasado. Si cada uno de nosotros, cada día, hace una de estas, esto será una revolución en el mundo, pero todos, cada uno de nosotros.

¡Cuántos santos son recordados todavía hoy no por las grandes obras que han realizado sino por la caridad que han sabido transmitir! Pensemos en Madre Teresa, canonizada hace poco: no la recordamos por las muchas casas que ha abierto en el mundo, sino porque se arrodillaba ante cada personas que encontraba en el camino para restituirle la dignidad.

¡Cuántos niños abandonados ha tenido entre sus brazos! ¡Cuántos moribundos ha acompañado al umbral de la eternidad dándoles la mano! Estas obras de misericordia son los rasgos del Rostro de Jesucristo que cuida a sus hermanos más pequeños para llevar a cada uno la ternura y la cercanía de Dios. Que el Espíritu Santo nos ayude, que el Espíritu Santo encienda en nosotros el deseo de vivir con este estilo de vida. Al menos hacer una cada día, al menos. Aprendamos de nuevo de memoria las obras de misericordia corporal y espiritual y pidamos al Señor que nos ayude a ponerlas en práctica cada día en el momento en el que vemos a Jesús en una persona que está necesitada.

martes, 11 de octubre de 2016

SANTORAL (audios): San Juan XXIII (11 de octubre)





ORACIÓN A SAN JUAN XXIII
Dios, Padre amado, que nos diste como Santo Padre a San Juan XXIII, llamado por todos el Papa de la paz y el Papa bueno.
Te pedimos Padre por su intercesión ser portadores en esta tierra del don maravilloso de tu paz y ser por tanto hombres y mujeres de diálogo, comprensión y tolerancia.
Ayúdanos Señor a ver a todos los que nos rodean como hermanos e hijos de un mismo Dios y a buscar en todo momento el entendimiento sin desvirtuar tu luz y tu verdad.
Queremos, como San Juan XXIII, que nos reconozca el mundo entero porque, como discípulos tuyos, nos amamos unos a otros.
Gracias por este ejemplo de virtudes. Y unidos a todos los santos del cielo y en especial a este Papa bueno te suplico Padre Santo esta gracia particular que necesito.
(Haga aquí su petición)
Gracias te doy de antemano, Señor, porque al ruego de tan gran intercesor estoy seguro de que me será concedida. Amén.

domingo, 9 de octubre de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado"

28º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 17, 11-19

Un día, sucedió que, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios.

Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

Palabra del Señor.


“Señor, has dado a conocer tu salvación; los confines de la tierra la han contemplado” (Salmo 97, 2-3).

La gracia, el reconocimiento, el don de la fe y la vida de fe son los argumentos que se entrelazan en la Liturgia de este Domingo. La lectura primera (2 Rey 5, 10. 14-17) recuerda el suceso de Naamán el Sirio curado de la lepra por el profeta Eliseo. Dios se sirve de este milagro para revelarse a aquel pagano y llamarlo a la fe; y él, dócil a la gracia, responde convirtiéndose interiormente y proclamando en voz que el Dios de Israel es el único Dios verdadero: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel” (ib 15).

Luego, en señal de su reconocimiento quiere ofrecer un regalo al profeta que ha sido instrumento de su curación. Pero éste, con total desinterés, lo rehúsa. Eliseo, verdadero hombre de Dios –como auténtico profeta-, no quiere aprovecharse del reconocimiento de los creyentes para enriquecerse o hacerse un nombre.

En su primer discurso en la sinagoga de Nazareth Jesús citará el hecho de la curación de Naamán el Sirio (cfr. Lc 4, 27) –el único leproso sanado por Eliseo con preferencia a los de Israel-, para demostrar que la salvación no es un privilegio reservado a los judíos, sino un don ofrecido a todos los hombres. Un suceso semejante tendrá lugar más adelante cuando, durante su último viaje a Jerusalén, cure Jesús diez leprosos, de los cuales uno sólo –un extranjero- repetirá el gesto agradecido de Naamán y recibirá junto con la salud física el don de la salvación (Evangelio de hoy, Lc 17, 11-19). El grupo de esos diez enfermos que se encontró Jesús en su camino “se pararon a lo lejos y a gritos le decían: ‘Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’.” (ib 12-13). Es un grito de confianza en ese Jesús cuyos milagros han oído contar y cuya compasión por las miserias humanas han oído alabar. Es escuchado en su grito.

Pero el Señor les impone una condición: “Id a presentaros a los sacerdotes” (ib 14). Lo que la ley mosaica exigía al leproso ya curado para inspección de su curación (cfr. Lv 14, 2), Jesús lo exige a los diez antes aún de quedar curados, subrayando de ese modo el valor de la obediencia a la ley. Y mientras ellos van de camino para cumplir lo mandado, quedan sanos. Idéntica curación la de todos, pero no idéntica reacción. “Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano” ( ib 15-16).

Los otros nueve no sienten necesidad de volver a dar gracias; tal vez porque como miembros del pueblo escogido consideran que tienen derecho a los dones de Dios. En cambio, el samaritano, extranjero como es, no se arroga derechos y considerándose indigno del favor de Dios, lo acoge con corazón humilde y agradecido. Esta actitud de humildad y reconocimiento lo dispone a un favor mayor aún, el de la salvación; “Levántate, vete: tu fe te ha salvado” (ib 19).

Por enésima vez afirma la Escritura que el don de la fe no está vinculado a ningún pueblo o situación, “la palabra de Dios no está encadenada” (Segunda lectura: 2 Tim 2, 8-13); nada puede impedirle florecer en los corazones más extraños al mundo de los creyentes y suscitar en ellos la fe. Pero san Pablo habla también de otro deber de la vida de la fe: considerar el sufrimiento, especialmente el que se deriva de la fidelidad a Cristo, no como algo hostil, sino como una gloria y un medio seguro de entrar en la órbita de la salvación. “Esta es doctrina segura: si morimos con él, viviremos con él; si perseveramos, reinaremos con él” (ib 11-12).


“Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. Su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo. El Señor da a conocer su misericordia y su fidelidad a favor de la casa de Israel. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclamad al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad” (Salmo 97, 1-4).

“Con aquel que sufría terriblemente en el cuerpo a causa de la lepra, yo te suplico por la angustia de mi alma…: ‘Señor, si tú quieres, puedes curarme’. Con los ciegos afligidos por su ceguera en una noche perpetua, levanto mi grito de lamento. Yo no te llamo ‘hijo de David’, sino te proclamo ‘hijo de Dios’, que es el ser supremo. No sólo te llamo Maestro…, sino creo que tú eres el Señor del cielo y de la tierra. No sólo tengo fe en el toque de tu mano, oh Dios misericordioso y vecino, sino creo en el poder de tu palabra para sanarme, aunque estuviese lejos, muy lejos… Tú lo quieres porque eres compasivo y lo puedes porque eres creador: di solamente una palabra y seré curado…

Concédeme… la condonación de mis grandes deudas, oh Dios de bondad y Señor de la bienaventuranza. Cuando mayor es tu liberalidad, más glorificado eres; cuando más magnánima es tu munificencia, más amado eres, cuanto de más misericordia usas, más gloria obtienes… Usa de otra tanta misericordia, conmigo que soy deudor de deudas incalculables, para que, proclamando con reconocimiento tus beneficios, mi amor se exprese con no menos intensidad. En todo sea para ti la gloria” (San Gregorio de Narek, Le livre de prières, 121-123).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.