domingo, 27 de noviembre de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Estad preparados porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre”

1º Domingo de Adviento
Ciclo A
Evangelio: Mateo 24, 37-44

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre. Entonces, estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado; dos mujeres moliendo en el molino: una es tomada, la otra dejada.

»Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Palabra del Señor


“Venid y caminemos a la luz del Señor” (Is 2, 5).

El tema central del Adviento es la espera del Señor, considerada bajo aspectos diversos. En primer lugar, la espera del Antiguo Testamento enderezado hacia la venida del Mesías. De ella hablan los profetas que la liturgia presenta en este tiempo a la consideración de los fieles para despertar en ellos aquel profundo deseo y anhelo de Dios tan vivo en los escritos proféticos y al mismo tiempo invitarlos a dar gracias al Altísimo por el don inmenso de la salvación. Esta, en efecto, ya no se perfila en el horizonte como un acontecimiento futuro, tan sólo prometido y esperado, sino que desde siglos se ha convertido en realidad con la encarnación del Hijo de Dios y su nacimiento en el tiempo.

Ha venido ya el Redentor y en él se han colmado las esperanzas del Antiguo Testamento y se han abierto las del Nuevo. Y esta nueva espera es la siguiente: la venida del Salvador debe actuarse en el corazón de cada hombre, mientras la historia de la humanidad se dirige y orienta toda hacia la parusía, es decir, a la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos. En esta perspectiva deben ser escuchadas y meditadas las lecturas del Adviento.

Isaías habla con énfasis de la era mesiánica, en la cual todos los pueblos convergerán en Jerusalén para adorar al único Dios: “Y vendrán muchedumbres de pueblos, diciendo: Venid y subamos al monte de Yahvé, a la casa del Dios de Jacob, y él nos enseñará sus caminos” (Is 2, 3). Reunidos en la única religión, todos los hombres serán como hermanos y “no se ejercitarán más ya para la guerra” (ib 4). Jerusalén es figura de la Iglesia, constituida por Dios “sacramento universal de salvación” (LG 48), que abre los brazos a todos los hombres para llevarlos a Cristo y para que, siguiendo sus enseñanzas, vivan como hermanos en la concordia y en la paz. Pero ¡cuánto queda aún por hacer para que esto se realice plenamente! Cada cristiano debe ser una voz que llame a los hombres, con el ardor de Isaías, a la única fe y al amor fraterno. El texto del profeta se cierra con esta sugestiva invitación: “Venid y caminemos a la luz del Señor” ( 2, 5).

San Pablo en la segunda lectura nos dice precisamente qué debemos hacer para caminar en esa luz: “despojarse de las obras de las tinieblas” (Rm 13, 12), es decir, del pecado en todas sus formas, y, “vestirse las armas de la luz” (ib.), esto es, revestirnos de las virtudes, especialmente de la fe y del amor. Esto es más urgente que nunca “pues vuestra salud está ahora más cercana” (ib 11), ya que la historia camina hacia su última fase: el retorno del Señor.

El tiempo que nos separa de dicha meta debe ser aprovechado con solicitud: el Señor que ya vino en su nacimiento temporal de Belén, que está continuamente presente en la vida de cada hombre y de la humanidad entera, y “que ha de venir” al fin de los siglos, debe ser acogido, seguido y esperado con fe, esperanza y caridad vivas y operantes.

El mismo Jesús nos ha hablado de esa actitud de vigilante espera que debe caracterizar la vida del cristiano: “Velad, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor (Mt 24, 42). No se trata sólo de la parusía, sino también de la venida del Señor para cada hombre al fin de su vida, cuando se encontrará cara a cara con su Salvador; y ése será el día más hermoso, el principio de la vida eterna. “Por eso vosotros habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre” (ib 44).


“Dios todopoderoso, aviva en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcamos poseer el reino eterno” (Misal Romano, Oración Colecta).

“Señor, que fructifique en nosotros la celebración de estos sacramentos, con los que tú nos enseñas, ya en nuestra vida mortal, a descubrir el valor de los bienes eternos y a poner en ellos nuestro corazón” (Misal Romano, Oración después de la Comunión).

Nuestro amor por ti, Señor, está “fundado sobre tal cimiento como es ser pagado con el amor de un Dios, que ya no puede dudar de él por estar mostrado tan al descubierto, con tan grandes dolores y trabajos y derramamiento de sangre, hasta perder la vida, porque no nos quedase ninguna duda de este amor”. Dame, Señor, tu amor antes que me saques de esta vida, “porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgados de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguros podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama” (Santa Teresa de Jesús en “Camino de perfección”).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 1º Domingo de Adviento – Ciclo A


Adviento es la espera del Señor (Mt 24, 37-44)




jueves, 24 de noviembre de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Dar buen consejo al que lo necesita es un verdadero acto de amor”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 23 de noviembre de 2016



Catequesis sobre la Misericordia Divina



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La reflexión sobre las obras de misericordia espiritual se refiere hoy a dos acciones fuertemente unidas entre ellas: dar buen consejo al que lo necesita y enseñar al que no sabe. Son obras que se pueden vivir tanto en una dimensión sencilla, familiar, a mano de todos, tanto –especialmente la segunda, la de enseñar– como en el plano más institucional, organizado. Pensemos por ejemplo en cuántos niños sufren todavía analfabetismo, falta de instrucción. Es una condición de gran injusticia que socava la dignidad misma de la persona. Sin instrucción después se convierten fácilmente en presa de la explotación y de varias formas de malestar social.

La Iglesia, a lo largo de los siglos, ha sentido la exigencia de comprometerse en el ámbito de la educación porque su misión de evangelización conlleva el compromiso de restituir la dignidad a los pobres. Desde el primer ejemplo de una “escuela” fundada precisamente aquí en Roma por san Justino, en el siglo II, para que los cristianos conocieran mejor la sagrada Escritura, hasta a san José de Calasanz, que abrió las primeras escuelas populares gratuitas de Europa, hemos tenido una larga lista de santos y santas que en varias épocas han llevado educación a los más desfavorecidos, sabiendo que a través de este camino podían superar la miseria y las discriminaciones. Cuántos cristianos, laicos, hermanos y hermanas consagradas, sacerdotes, han dado la propia vida en la educación, en la educación de los niños y de los jóvenes. Esto es grande: ¡os invito a hacerles un homenaje con un gran aplauso! [aplauso de los fieles].

Estos pioneros de la educación habían comprendido a fondo la obra de misericordia e hicieron un estilo de vida tal que transformaron la sociedad. ¡A través de un sencillo trabajo y pocas estructuras han sabido restituir la dignidad a muchas personas! Y la educación que daban estaba a menudo orientada también al trabajo. Es así que han surgido muchas y diferentes escuelas profesionales, que preparaban para el trabajo mientras que educaban en los valores humanos y cristianos. La educación, por lo tanto, es realmente una forma peculiar de evangelización. Cuanto más crece la educación, las personas adquieren más certezas y conciencia, que todos necesitamos en la vida.  Una buena educación nos enseña el método crítico, que comprende también un cierto tipo de duda, útil para proponer preguntas y verificar los resultados alcanzados, en vista a una conciencia mayor. Pero la obra de misericordia de aconsejar a los que tienen dudas no se refiere solo a este tipo de dudas. Expresar la misericordia hacia los que tienen dudas equivale, sin embargo, a calmar ese dolor y ese sufrimiento que proviene del miedo y de la angustia que son consecuencias de la duda. Es por lo tanto un acto de verdadero amor con el que se pretende apoyar a una persona en la debilidad provocada por la incertidumbre.

Pienso que alguno podría decirme: “Padre, pero yo tengo muchas dudas sobre la fe, ¿qué debo hacer? ¿Usted no tiene nunca dudas?” Tengo muchas… ¡Es verdad que en algunos momentos nos vienen dudas a todos! Las dudas que tocan la fe, en sentido positivo, son un signo de que queremos conocer mejor y más profundamente a Dios, Jesús, y el misterio de su amor hacia nosotros. “Pero, yo tengo esta duda: busco, estudio, veo o pido consejo sobre qué hacer”. ¡Estas son las dudas que hacen crecer! Es un bien, por tanto, que nos hagamos preguntas sobre nuestra fe, porque de esta manera estamos empujados a profundizarla. Las dudas, sin embargo, también se superan. Por eso es necesario escuchar la Palabra de Dios, y comprender lo que nos enseña.

Un camino importante que nos ayuda mucho en esto es el de la catequesis, con la que el anuncio de la fe viene a encontrarnos en lo concreto de la vida personal y comunitaria. Y hay, al mismo tiempo, otro camino igualmente importante, el de vivir lo más posible la fe. No hacemos de la fe una teoría donde las dudas se multiplican. Hagamos más bien de la fe nuestra vida. Tratemos de practicarla en el servicio a los hermanos, especialmente a los más necesitados. Y entonces muchas dudas desaparecen, porque sentimos la presencia de Dios y la verdad del Evangelio en el amor que, sin nuestro mérito, vive en nosotros y compartimos con los otros.

Como se puede ver, queridos hermanos y hermanas, tampoco estas dos obras de misericordia son lejanas a nuestra vida. Cada uno de nosotros puede comprometerse a vivirlas para poner en práctica la palabra del Señor cuando dice que el misterio de amor de Dios no se ha revelado a los sabios y a los inteligentes, sino a los pequeños (cfr Lc 10,21; Mt 11,25-26). Por lo tanto, la enseñanza más profunda que estamos llamados a transmitir es la certeza más segura para salir de dudas, es el amor de Dios con el que hemos sido amados (cfr 1 Gv 4,10). Un amor grande, gratuito y dado para siempre. ¡Dios nunca da marcha atrás con su amor! Va siempre adelante y espera; dona para siempre su amor, del que debemos sentir fuerte la responsabilidad, para ser testigos ofreciendo misericordia a nuestros hermanos. Gracias.

domingo, 20 de noviembre de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Jesucristo es Rey, un Rey a quien servir, es reinar

Solemnidad de Cristo Rey
Ciclo C
Evangelio: Lc 23, 35-43

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: «Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!». Había encima de él una inscripción: «Éste es el Rey de los judíos».

Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Palabra del Señor.


“Acuérdate, Señor de mí, en tu reino” (Lc 23, 42).

El año litúrgico se cierra con la solemnidad de Cristo Rey, celebración global de su misterio de grandeza y de amor infinito.

El argumento es introducido por la primera lectura (2 Sam 5, 1-3) con el recuerdo de la unción de David para rey y pastor de Israel, figura profética de Cristo, rey y pastor de todos los pueblos. Luego se desarrolla en la segunda lectura (Col 1, 12-20), donde san Pablo ensalza la realeza de Cristo y pasa revista a sus títulos más expresivos. Cristo es rey porque tiene la primacía absoluta delante de Dios y delante de los hombres, en el orden de la creación y de la redención. “El es imagen de Dios invisible” (ib 15), imagen perfecta y visible que revela al Padre: el que le ve a él, ve a su Padre (Jn 14, 9).

Es el “primogénito de toda criatura” (Col 1, 15): primero en el pensamiento y en el amor del Padre, primero por su dignidad infinita que lo antepone a todas las criaturas, primero porque “por medio de él…, por él y para él” (ib 16) han sido hechas todas las cosas, habiéndolas Dios llamado a la existencia por medio de él, que es su Palabra eterna. Toda la creación le pertenece; él es a la vez Rey que la rige y Sacerdote que la consagra y ofrece al Padre para su gloria. Pero como la creación ha sido contaminada por el pecado, Cristo que la ha redimido al precio de su sangre, es también Salvador de ella. Los hombres salvados por él constituyen el Reino, la Iglesia, de la que él es Cabeza, Esposo, Pastor y Señor.

Por otra parte, por su encarnación, es también hermano de los hombres y por su pasión y muerte es “el primogénito de entre los muertos” (ib 18), que un día resucitarán con él, “primicia” de los resucitados. En verdad Cristo “es el primero en todo” (ib) y en él el hombre lo encuentra todo: la vida, “la redención, el perdón de los pecados” (ib 14). Brota así de espontáneo el himno de reconocimiento a Dios Padre que en su Hijo ha querido crear y restaurar todas las cosas y dar a los hombres vida y salvación: “Demos gracias a Dios Padre, …que nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido” (ib 12-13).

Esta liberación y este traslado están documentados al vivo en el Evangelio de este domingo (Lc 23, 35-43) con el episodio conmovedor del buen ladrón. Jesús está en la cruz; sobre su cabeza cuelga, como escarnio y condena, el título de su realeza: “Este es el Rey de los Judíos” (ib 38). Los jefes y los soldados se burlan de él: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo” (ib 37). Hasta uno de los malhechores colgados al lado, le injuria; el otro, en cambio, movido de temor de Dios, le defiende: “Lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada”; y dirigiéndose a Jesús, dice: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino” (ib 41-42).

Es un ladrón, pero cree en Dios y le teme, se confiesa culpable y acepta el castigo de sus delitos. La fe le ilumina y, primero entre todos, reconoce la realeza de Jesús, escarnecida y rechazada por los sacerdotes y jefes del pueblo; y la reconoce no delante de Cristo glorioso, sino ante un Cristo humillado y moribundo en el patíbulo. Su fe es premiada: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso” (ib 43). Pide para el futuro y recibe en el presente, al punto “hoy”. No tendrá que esperar; Jesús ha expiado ya por él, le ha merecido la gracia del perdón; para cogerla ha sido suficiente el arrepentimiento acompañado de la fe. De este modo Cristo desde la cruz atrae a sí a los hombres; es el buen pastor que salva la oveja perdida, el padre que acoge al hijo pródigo, el Rey que establece su reino con el poder del amor y a precio de su sangre. El que cree y confía en él, podrá escuchar: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.


“Gracias siempre y en todo lugar, a ti, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno: porque consagraste Sacerdote eterno y Rey del Universo a tu Único Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ungiéndolo con óleo de alegría, para que ofreciéndose a sí mismo, como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz consumara el misterio de la redención humana; y sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal: el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz” (Misal Romano, Prefacio de la Misa de Cristo Rey).

“¡Oh alma mía, tú eres un templo! ¡Dios mío, que sea ella tu reino! Soy y quiero ser tu súbdito; reina soberanamente en mí. Si alguna vez me he alejado de ti, si he tenido la desgracia de rebelarme contra ti, ha sido, Dios mío, porque no te conocía.

¡Oh bondad infinita!, tú no te cansas ni por mi pusilanimidad o por las rebeliones de mi naturaleza; no me pides otra cosa que una fe viva y una voluntad fiel, dirigida por la fe y movida por tu amor. Creo, Señor, quiero creer, sana mi incredulidad. Triunfa sobre mis resistencias. Tú no me subyugas, lo sé, sino para amarme. Someterme a ti equivale a dejarme amar de ti, a darte la libertad de realizar en mí, mal que me pese, mi felicidad. Dispón de mí, Señor; rompe los obstáculos que se oponen en mí al dominio y al triunfo de tu amor” (D. Mercier, escritos y discursos).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


JESÚS (audios): Cristo Rey – Ciclo C


“Jesucristo, Rey del Universo” (Lc 23, 35-43)



viernes, 18 de noviembre de 2016

SAN CHÁRBEL MAKHLOUF: El primer milagro cristiano publicado por las agencias israelíes

«A continuación les comparto un hermoso testimonio de nuestro amigo Chárbel Maroun el gran santo de Medio Oriente: Chárbel Marlouf. En Medjugorje encontrarán fotos suyas por doquier. Y esto porque los numerosos peregrinos libaneses que vienen aquí (su número se ha duplicado desde el año pasado) están muy orgullosos de su santo y nos maravillan con sus relatos. Chárbel Maroun vivió en Galilea y nos cuenta: “Se ha producido un gran milagro en Nazaret hace 3 años. Teresa, católica, padecía de un terrible cáncer en la rodilla y fue a consultar un médico, judío y ateo, de mucho renombre. El profesional declaró que el cáncer era muy peligroso y que había que operarlo a la mayor brevedad. Los análisis lo confirmaron sin dejar lugar a dudas; el mal parecía incurable. Ante esta noticia Teresa decidió ir al Monte Carmelo donde se encuentra un gran santuario dedicado a san Chárbel y tomar un poco del aceite bendito que proviene del santuario del Santo en Anava, en el Líbano. Efectivamente los monjes recogen este aceite de las lámparas que arden al lado de su tumba, lo bendicen y lo ofrecen luego a los peregrinos. Teresa untó con este aceite su pierna y su rodilla afectada por el terrible mal. Unos días más tarde se dirigió al hospital para ser intervenida.

Fuera de toda lógica el médico comenzó a posponer la operación de hora en hora. Teresa no comprendía por qué lo hacía y temía lo peor. Finalmente el médico vino a su habitación para hablar con ella: “Me estoy volviendo loco, le dijo. ¡El cáncer ha desaparecido por completo! ¡Nunca he visto algo semejante!” Teresa le dijo entonces que era un milagro obtenido por la intercesión de san Chárbel. Este médico judío y ateo no se contentó con su explicación y decidió visitarla en su domicilio para controlar su alimentación y su forma de vida, pero todo era normal. Los exámenes subsiguientes confirmaron que el cáncer había desaparecido sin dejar rastro alguno. La única explicación posible era la de estar frente a una intervención sobrenatural.

Teresa le contó al médico todo lo que sabía sobre el santo y cómo se había untado con su aceite. Este testimonio lo conmovió tan profundamente que decidió ir él mismo hasta el Monte Carmelo, al santuario de san Chárbel. ¡Visita memorable! En efecto, habiendo quedado muy sobrecogido, especialmente a causa de la oración fervorosa de tantos jóvenes; le pidió a los medios de comunicación que difundieran aquel increíble milagro. Era el primer milagro cristiano publicado por las agencias israelíes. Hoy en día, después de tres años, Teresa sigue gozando de buena salud”.

Si doy a conocer este hecho es porque la Santísima Virgen frecuentemente nos invita a leer la vida de los santos y a dejarnos inspirar por ellos en nuestro camino hacia la santidad. La curación de Teresa es ciertamente algo muy bueno pero, al igual que cada uno de nosotros, ella deberá un día abandonar este mundo. Lo que realmente importará en aquel momento, en vistas a la eternidad, será la abundancia del amor divino que habrá atesorado en su corazón. Cuando a través de los santos se obtiene una sanación física esta permite lógicamente una mejor salud corporal, sin embargo su objetivo principal es el de despertar la conciencia de la persona para que se abra a Dios con renovado entusiasmo y fervor. La persona sanada se familiariza con la manera de vivir de aquel santo y medita sobre qué enseñanzas puede recoger de él que le sean provechosas para su propio camino. Es por ello que luego de una sanación física suele también producirse una verdadera conversión del corazón.

Otro detalle suplementario sobre san Chárbel: acostumbra visitar a las personas en sus sueños. De esta forma cada uno toma conciencia de su cercanía. ¡Sin embargo lo más sorprendente es que le gusta manifestarse en los quirófanos! Los médicos pueden ver a este monje en su hábito negro que esta simplemente allí sin saber cómo ha entrado, y esto no sólo en el Líbano sino también en Tierra Santa, y que interviene en la operación. Los médicos quedan estupefactos ante su pericia y se preguntan ¡cómo puede ser que un monje resulte ser más perito en la materia que ellos que han dedicado tantos años al estudio de la medicina!

Con san Chárbel nos encontramos en presencia de un fenómeno concedido por Dios para nuestro tiempo tan atribulado. ¿Por qué se manifiesta ahora? ¡Dios sabe por qué! Y nosotros, en la oración, podemos intuir el motivo y darle gracias.»


Noticia original de: © Children of Medjugorje del mes de septiembre de 2016: https://rosasparalagospa.com/2016/11/17/testimonio-del-viaje-de-la-vidente-vicka-a-tierra-santa/

jueves, 17 de noviembre de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “A ejemplo de Dios debemos ser pacientes y misericordiosos con el prójimo”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 16 de noviembre de 2016


Catequesis sobre la Misericordia Divina


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Dedicamos la catequesis de hoy a una obra de misericordia que todos conocemos muy bien, pero que quizá no ponemos en práctica como debemos: sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Todos somos muy buenos al identificar una presencia que puede molestar: sucede cuando vemos a alguien por la calle, o cuando recibimos una llamada… En seguida pensamos: “¿durante cuánto tiempo tendré que escuchar los lamentos, los chismes, las peticiones o la jactancia de esta persona?”. Sucede también, a veces, que las personas molestas son las más cercanas a nosotros: entre los parientes siempre hay alguno; en el trabajo no faltan; ni tampoco en el tiempo libre estamos exentos. ¿Qué tenemos que hacer? ¿Por qué entre las obras de misericordia se ha incluido también esta?

En la Biblia vemos que Dios mismo debe usar misericordia para soportar los lamentos de su pueblo. Por ejemplo en el libro del Éxodo, el pueblo resulta realmente insoportable: primero llora por ser esclavo en Egipto, y Dios lo libera; después, en el desierto, se lamenta porque no hay nada que comer (cfr 16,3), y Dios manda el maná (cfr 16,13-16), pero a pesar de esto los lamentos no cesan. Moisés hacía de mediador entre Dios y el pueblo, y también él algunas veces habrá resultado molesto para el Señor. Pero Dios ha tenido paciencia y así ha enseñado a Moisés y al pueblo también esta dimensión esencial de la fe.
Por tanto, surge una primera pregunta espontánea: ¿hacemos alguna vez el examen de conciencia para ver si también nosotros, a veces, podemos resultar molestos a los otros? Es fácil señalar con el dedo los defectos y las faltas de otros, pero deberíamos aprender a ponernos en el lugar de los otros.

Miremos sobre todo a Jesús: ¡cuánta paciencia tuvo que tener en los tres años de su vida pública! Una vez, mientras estaba caminando con sus discípulos, fue parado por la madre de Santiago y Juan, que le dijo: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda” (Mt 20,21).  La madre creaba las élites para sus hijos, pero era la mamá… Jesús también se inspira en esta situación para dar una enseñanza fundamental: su Reino no es de poder y gloria como los terrenos, sino de servicio y donación a los otros. Jesús enseña a ir siempre a lo esencial y mirar más lejos para asumir con responsabilidad la propia misión. Podremos ver aquí el reclamo a otras dos obras de misericordia espiritual: la de corregir al que se equivoca y la de enseñar al que no sabe. Pensemos en el gran empeño que se puede poner cuando ayudamos a las personas a crecer en la fe y en la vida. Pienso, por ejemplo, en los catequistas –entre los cuales hay muchas madres y religiosas– que dedican tiempo para enseñar a los jóvenes los elementos básicos de la fe. ¡Cuánto trabajo, sobre todo cuando los jóvenes preferirían jugar en vez de escuchar el catecismo!

Acompañar en la búsqueda del esencial es bonito e importante, porque nos hace compartir la alegría de saborear el sentido de la vida. A menudo nos sucede que encontramos personas que se detienen en cosas superficiales, efímeras y banales; a veces porque no han encontrado a nadie que les animara a buscar otra cosa, a apreciar los verdaderos tesoros. Enseñar a mirar a lo esencial es una ayuda determinante, especialmente en un tiempo como el nuestro que parece haber perdido la orientación y perseguir satisfacciones efímeras. Enseñar a descubrir qué quiere de nosotros el Señor y cómo podemos corresponder significa ponernos en el camino para crecer en la propia vocación, el camino de la verdadera alegría. 

Así las palabras de Jesús a la madre de Santiago y Juan, y después a todo el grupo de discípulos, indican el camino para evitar caer en la envidia, en la ambición y en la adulación, tentaciones que están siempre al acecho también entre nosotros los cristianos. La exigencia de aconsejar, amonestar y enseñar no nos debe hacer sentir superiores a los otros, sino que nos obliga sobre todo a entrar en nosotros mismos para verificar si somos coherentes con lo que pedimos a los demás. No olvidemos las palabras de Jesús: “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?”  (Lc 6,41). El Espíritu Santo nos ayude a ser pacientes en el soportar y humildes y sencillos en el aconsejar.

martes, 15 de noviembre de 2016

DIVINA MISERICORDIA: La Parroquia Nuestra Señora de La Saleta (Alcorcón) se convierte en testigo de la misericordia infinita de Dios

Altar de la Divina Misericordia
Parroquia Nuestra Señora de la Saleta,
Alcorcón, Madrid.
(Delegación Diocesana de Medios de Comunicacion Social del Obispado de Getafe) Coincidiendo con la clausura del Año de la Misericordia en la Diócesis de Getafe, el domingo 13 de noviembre el obispo D. Joaquín María López de Andújar bendijo el nuevo altar en honor a Jesús Misericordioso en la Parroquia Nuestra Señora de La Saleta, en Alcorcón.

La celebración se inició con una eucaristía presidida por D. Joaquín y concelebrada por los sacerdotes de La Saleta: el párroco, D. José Antonio Medina, y los vicarios parroquiales, D. Carlos Dorado y D. Juan Miguel Rodríguez, acompañados por el diácono permanente D. José Carlos Julián.

En la homilía, el prelado, en alusión al Evangelio del día, explicó la importancia de ser “testigos de la misericordia divina en medio de un mundo en el que hay tanta confusión”, y destacó que “tenemos que dar gracias a Dios por haber experimentado su misericordia, que nos llena de esperanza”.

La eucaristía coincidió también con la celebración del Día de la Iglesia Diocesana. Por eso, D. Joaquín pidió a los presentes recordar “que somos una gran familia” e insistió en que la Iglesia tiene que salir fuera a evangelizar, “porque hay muchas personas necesitadas de amor”.

“Y no será fácil. Pero el Señor nos dice que no tengamos miedo”, añadió.

D. Joaquín concluyó diciendo que es en la eucaristía donde se vive “el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesús”.

El obispo D. Joaquín María López de Andújar
bendice el Altar de la Divina Misericordia
Justo antes de la bendición final, y ante más de un centenar de fieles que asistieron a la ceremonia, D. Joaquín bendijo el altar como signo de la misericordia de Dios, para que, siguiendo la petición del papa Francisco en este año litúrgico que acaba, la misericordia pueda llegar al mundo como una muestra de compasión y cuidado de la Iglesia.

La Parroquia lleva preparando este altar desde el tiempo de Pascua para que estuviera listo en el momento de la clausura del Año Santo, en respuesta a la llamada del santo padre.

A partir de ahora, el altar de Jesús Misericordioso permanecerá ubicado bajo el cuadro de la Divina Misericordia y quedará en esta iglesia de forma permanente como un rincón de testimonio de la misericordia y la paz.

La pieza ha sido realizada por el taller especializado en arte religioso Artemartínez, de Horche (Guadalajara).

Vista en su contexto del Altar de la Divina Misericordia de la Saleta de Alcorcón











domingo, 13 de noviembre de 2016

DIVINA MISERICORDIA: El obispo de Getafe bendice el Altar de Jesús Misericordioso en La Saleta (Alcorcón)


Con motivo de la clausura del Año de la Misericordia que en la Diócesis de Getafe se celebrará hoy domingo 13 de noviembre, el obispo D. Joaquín María López de Andújar bendecirá, a las 19.00 horas, el Altar de Jesús Misericordioso en la Parroquia Nuestra Señora de La Saleta (Pl. Brasil, s/n. Alcorcón).

Este altar ha sido realizado por el taller especializado en arte religioso ArteMartínez, de Horche (Guadalajara).

Estará situado bajo el cuadro de la Divina Misericordia y quedará como signo permanente de la misericordia de Dios en la Parroquia.

Según lo expresado por el cura párroco, D. José Antonio Medina Pellegrini, el papa Francisco ha realizado algunos signos dirigiéndose a algunas «periferias» existenciales para testimoniar en persona la cercanía y la atención a los pobres, a los que sufren, a los marginados y a cuantos tienen necesidad de ternura, y pidió realizarlos en las diócesis, en comunión con él, para que a todos pueda llegar una muestra concreta de la misericordia y del cuidado de la Iglesia.

Siguiendo el ejemplo del santo padre, la Parroquia La Saleta celebrará la bendición del altar como signo concreto de la misericordia de Dios, para que perdure como memoria del Jubileo y sirva como punto de encuentro entre la misericordia de Dios y la miseria del hombre, que todo lo necesita de Él.

EVANGELIO DOMINICAL: “Con vuestra paciencia, salvaréis vuestras almas”

33º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 21, 5-19

En aquel tiempo, como dijeran algunos, acerca del Templo, que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, Él dijo: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida».

Le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?». Él dijo: «Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ‘Yo soy’ y ‘el tiempo está cerca’. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato».

Entonces les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo. Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».

Palabra del Señor.


“El Señor regirá el orbe con justicia” (Salmo 97, 9).

Ya el domingo pasado la liturgia, tratando el tema de la resurrección de los muertos, orientaba el pensamiento a las realidades ultraterrenas. Hoy prosigue en la misma dirección y señala “el día del Señor, cuando, al fin de los tiempos, vuelva Cristo con gloria para juzgar a vivos y muertos”, como rezamos en el Credo. El profeta Malaquías (3, 19-20a, primera lectura) lo presenta con tintas fuertes: “Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir” (ib 19). Estas imágenes no son agradables a la mentalidad moderna, pero, con todo, expresan una gran verdad. Si en la vida presente triunfa el mal y los que se burlan de Dios tienen éxito y fortuna, vendrá el día en que Dios mismo pondrá cada cosa en su lugar según la justicia.

“Entonces vosotros volveréis a distinguir entre el justo y el impío, entre quien sirve a Dios y quien no le sirve” (ib 18). Cada cual tendrá la suerte que se haya preparado con su conducta; así, mientras para los impíos el día del juicio será como un fuego devorador, para los justos será la manifestación de la gloria de Dios. “Yo seré indulgente con ellos -dice el Señor- como es indulgente un padre con el hijo que le sirve” (ib 17). Delicada expresión que revela la bondad paternal de Dios, el cual recompensa a los que le aman por encima de todo mérito. “Los iluminará un sol de justicia” (ib 20), Cristo el Señor, el cual después de haber iluminado al mundo para guiarlo por los caminos del bien y de la paz (Lc 1, 79) volverá para acoger en su gloria eterna a cuantos hayan seguido su luz.

El Evangelio de este domingo (Lc 21, 5-19) reproduce un trozo del discurso escatológico de Jesús, donde la predicción de los sucesos que precederán el fin del mundo se mezcla con la de los hechos que precederán a la caída de Jerusalén y la destrucción del templo. Habla el Señor ante todo de la aparición de muchos que, presentándose en su nombre, impartirán doctrinas engañosas y falsas profecías. “Cuidado con que nadie os engañe…; no vayáis tras ellos” (ib 8). La deformación de la verdad es el peligro más insidioso. Hay que ser cautos y saber discernir; el que contradice a la Sagrada Escritura, el que no está con la Iglesia y con el Papa no ha de ser escuchado.

Jesús anuncia luego “guerras, revoluciones…, terremotos, epidemias, hambre” (ib 9-10). La historia de todos los tiempos registra calamidades de este género; sería por eso aventurado ver en ellas -como en la multitud de falsos profetas- la señal de un fin inminente. Jesús mismo prediciendo estas cosas, dijo: “No tengáis pánico…, el final no vendrá enseguida” (ib 9). Sin embargo, esto “tiene que ocurrir primero” (ib); pues, en el plan divino esas cosas tienen la misión de recordar a los hombres que aquí abajo todo es transitorio, todo está en camino hacia “nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia” (2 Pe 3, 13), y en los que los justos participarán eternamente en la gloria de su Señor.

A esta misma luz han de ser consideradas las persecuciones que en todo tiempo hostigan a la Iglesia; no son para su perdición, sino para bien de los creyentes, para acendrar y robustecer su fe. “Así tendréis ocasión –dice Jesús- de dar testimonio” (Lc 21, 23). Por eso la conclusión de este fragmento, no sólo es serena, sino llena de confianza. Jesús exhorta a sus discípulos a no preocuparse ni siquiera cuando sean apresados, llevados a los tribunales y perseguidos por los amigos o familiares y convertidos en blanco del odio de todos. El velará por ellos, y si hubieren de perder la vida por su nombre, la habrán ganado para la eternidad. “Con vuestra paciencia, salvaréis vuestras almas” (ib 9). No es con las preocupaciones, las protestas, o las discusiones como se obtendrá la victoria, sino perseverando con paciencia en la fidelidad a Cristo y confianza en él, a pesar de que arrecien las tormentas.


“¡Oh Señor y verdadero Dios mío! Quien no os conoce, no os ama. ¡Oh, qué gran verdad es ésta! Mas ¡ay dolor, ay dolor, Señor, de los que no os quieren conocer! Temerosa cosa es la hora de la muerte… Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuán sabrosos y deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama y Vos, bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que sola una vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio. ¡Oh, válgame Dios, qué mal se puede dar esto a entender, sino a los que ya han entendido, cuán suave es el Señor!

¡Oh cristianos, cristianos!, mirad la hermandad que tenéis con este gran Dios; conocedle y no le menospreciéis, que así como este mirar es agradable a sus amadores, es terrible con espantable furia para sus perseguidores. ¡Oh, que no entendemos que es el pecado una guerra campal contra Dios de todos nuestros sentidos y potencias del alma! El que más puede más traiciones inventa contra su Rey… Remediad, Dios mío, tan gran desatino y ceguedad”. (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 14, 1-2. 4).

“Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero” (Misal Romano, Oración Colecta).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 33º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C


Perseverancia y salvación eterna (Lc 21, 5-19)




jueves, 10 de noviembre de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “La nueva y verdadera libertad nace del encuentro personal con Jesús”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 9 de noviembre de 2016

Catequesis sobre la Misericordia Divina



Queridos hermanos y hermanas, buenos días

La vida de Jesús, sobre todo en los tres años de su ministerio público, fue un incesante encuentro con personas. Entre ellas, un lugar especial han recibido los enfermos. ¡Cuántas páginas de los Evangelios narran estos encuentros! El paralítico, el ciego, el leproso, el endemoniado, e innumerables enfermos de todo tipo… Jesús se ha hecho cercano a cada uno de nosotros y les ha sanado con su presencia y el poder de su fuerza resanadora. Por lo tanto, no puede faltar, entre las obras de misericordia, la de visitar y asistir a las personas enfermas.

Junto a esta podemos incluir la de estar cerca a las personas que están en la cárcel. De hecho, tanto los enfermos como los presos viven una condición que limita su libertad. Y precisamente cuando nos falta, ¡nos damos cuenta de cuánto es preciosa! Jesús nos ha donado la posibilidad de ser libres a pesar de los límites de la enfermedad y de las restricciones. Él nos ofrece la libertad que proviene del encuentro con Él y del sentido nuevo que este encuentro lleva a nuestra condición personal.

Con estas obras de misericordia, el Señor nos invita a un gesto de gran humanidad: el compartir. Recordemos esta palabra: compartir. Quien está enfermo, a menudo se siente solo. No podemos esconder que, sobre todo en nuestros días, precisamente en la enfermedad se experimenta de forma más profunda la soledad que atraviesa gran parte de la vida.

Una visita puede hacer sentir a la persona enferma menos sola y ¡un poco de compañía es una buena medicina! Una sonrisa, una caricia, un apretón de manos son gestos sencillo, pero muy importantes para quien se siente abandonado.

¡Cuántas personas se dedican a visitar a los enfermos en los hospitales y en sus casas! Es una obra de voluntariado impagable. Cuando se hace en nombre del Señor, entonces se convierte también en expresión elocuente y eficaz de misericordia. ¡No dejemos solas a las personas enfermas! No impidamos que encuentren alivio, y nosotros así enriquecernos por la cercanía de quien sufre. Los hospitales son hoy verdaderas “catedrales del dolor” pero donde se hace evidente también la fuerza de la caridad que sostiene y siente compasión. 

Del mismo modo, pienso en los que están encerrados en la cárcel. Jesús tampoco les ha olvidado. Poniendo la visita a los presos entre las obras de misericordia, ha querido invitarnos sobre todo, a no hacernos juez de nadie. Cierto, si uno está en la cárcel es porque se ha equivocado, no ha respetado la ley y la convivencia civil. Por eso están descontando su pena en la prisión. Pero cualquier cosa que un preso pueda haber hecho, él sigue siendo amado por Dios. ¿Quién puede entrar en la intimidad de su conciencia para entender qué siente? ¿Quién puede comprender el dolor y el remordimiento?

Es demasiado fácil lavarse las manos afirmando que se ha equivocado. Un cristiano está llamado a hacerse cargo, para que quien se haya equivocado comprenda el mal realizado y vuelva a sí mismo. La falta de libertad es sin duda una de las privaciones más grandes para el ser humano.

Si a esta se añade el degrado de las condiciones –a menudo privadas de humanidad– en la que estas personas viven, entonces realmente es el caso en el cual un cristiano se siente provocado a hacer de todo para restituirles su dignidad.

Visitar a las personas en la cárcel es una obra de misericordia que sobre todo hoy asume un valor particular por las diferentes formas de justicialismo a las que estamos sometidos. Nadie apunte contra nadie. Hagámonos todos instrumentos de misericordia, con actitudes de compartir y de respeto. Pienso a menudo en los presos… pienso a menudo, les llevo en el corazón.

Me pregunto qué les ha llevado a delinquir y cómo han podido ceder a las distintas formas de mal. Y también, junto a estos pensamientos siento que todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios. Cuántas lágrimas he visto correr por las mejillas de prisioneros que quizá nunca en la vida habían llorado; y esto solo porque se han sentido acogidos y amados.

Y no olvidemos que también Jesús y los apóstoles han experimentado la prisión. En los pasajes de la Pasión conocemos los sufrimientos a los que el Señor ha sido sometido: capturado, arrestado como un criminal, escarnecido, flagelado, coronado de espinas… Él, ¡el único Inocente! Y también san Pedro y san Pablo estuvieron en la cárcel (cfr Hch 12,5; Fil 1,12-17).

El domingo pasado  –que fue el domingo del Jubileo de los presos– por la tarde vinieron a verme un grupo de presos de Padua. Les pregunté qué harían al día siguiente, antes de volver a Padua. Me dijeron: “Iremos a la Prisión Mamertina para compartir la experiencia de san Pablo”. Es bonito, escuchar esto me ha hecho bien. Estos presos querían encontrar a Pablo prisionero. Es algo bonito, y me ha hecho bien. Y también allí, en la presión, han rezado y evangelizado. Es conmovedora la página de los Hechos de los Apóstoles en las que es contado el encarcelamiento de Pablo: se sentía solo y deseaba que alguno de los amigos le visitara (cfr 2 Tm 4,9-15). Se sentía solo porque la mayoría le había dejado solo… el gran Pablo.

Estas obras de misericordia, como se ve, son antiguas y también actuales. Jesús ha dejado lo que estaba haciendo para ir a visitar a la suegra de Pedro; una obra antigua de caridad. Jesús la ha hecho. No caigamos en la indiferencia, sino convirtámonos en instrumentos de la misericordia de Dios. Todos podemos ser instrumentos de la misericordia de Dios y esto hará nos más bien a nosotros que a los otros porque la misericordia pasa a través de un gesto, una palabra, una visita y esta misericordia es un acto para restituir la alegría y la dignidad a quien la ha perdido.