sábado, 22 de abril de 2017

DIVINA MISERICORDIA: 10 cosas que debes saber de la Fiesta de la Divina Misericordia

(ACIPRENSA).- La Iglesia celebra el segundo Domingo de Pascua la Fiesta de la Divina de la Misericordia. ¿Qué es y por qué es tan importante este día para los católicos? Estas son 10 cosas que debes saber al respecto:

1. El Domingo de la Misericordia se basa en revelaciones privadas

Esta celebración se lleva a cabo en el segundo Domingo de Pascua. Se basa en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia en el pueblo de Plock, Polonia.

2. Forma parte del calendario de la Iglesia por acción de San Juan Pablo II

En el año 2000 el Papa Juan Pablo II canonizó a Santa Faustina y durante la ceremonia declaró: “así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de ‘Domingo de la Divina Misericordia” (Homilía, 30 de Abril, 2000).

3. Esta revelación privada tiene efectos válidos en la liturgia

En su comentario teológico sobre el mensaje de Fátima, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, ahora Papa Emérito Benedicto XVI, escribió: “podemos añadir que a menudo las revelaciones privadas provienen sobre todo de la piedad popular y se apoyan en ella, le dan nuevos impulsos y abren para ella nuevas formas. Eso no excluye que tengan efectos incluso sobre la liturgia, como por ejemplo muestran las fiestas del Corpus Christi y del Sagrado Corazón de Jesús”.

4. La Iglesia invita a celebrar la Divina Misericordia de varias formas

Entre otras cosas, ofrece una indulgencia plenaria: “para hacer que los fieles vivan con intensa piedad esta celebración, el mismo Juan Pablo II ha establecido que el citado domingo se enriquezca con la indulgencia plenaria para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos”. [Decreto de la Penitenciaría Apostólica del 2002]

5. La imagen de la Divina Misericordia fue revelada por Jesús mismo

Esta imagen le fue revelada a Santa Faustina en 1931 y Jesús mismo le pidió que se pintara. Luego el Señor le explicaría su significado y lo que los fieles alcanzarán con ella.
En la mayoría de versiones Jesús se muestra levantando su mano derecha en señal de bendición, y apuntando con su mano izquierda sobre su pecho fluyen dos rayos: uno rojo y otro blanco.

“El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas (…). Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos” (Diario, 299). Toda la imagen es un símbolo de la caridad, el perdón y el amor de Dios, conocida como la "Fuente de la Misericordia".

6. Esta devoción cuenta con oraciones particulares

La Coronilla es un conjunto de oraciones utilizadas como parte de la devoción a la Divina Misericordia. Se suele rezar a las 3:00 pm (el momento de la muerte de Jesús) utilizando las cuentas del Santo Rosario, pero con un conjunto diferente de oraciones.

7. La Divina Misericordia está vinculada al Evangelio del segundo Domingo de Pascua

La imagen de la Divina Misericordia representa a Jesús en el momento en que se aparece a los discípulos en el Cenáculo –tras la resurrección–, cuando se les da el poder de perdonar o retener los pecados.

Este momento está registrado en Juan 20: 19-31, que es la lectura del Evangelio de este domingo.

La lectura se coloca en ese día porque incluye la aparición de Jesús al apóstol Tomás (en la que Jesús lo invita a tocar sus llagas). Este evento ocurrió en el octavo día después de la Resurrección (Juan 20:26) y por ello se utiliza en la liturgia ocho días después de la Pascua.

8. Los sacerdotes tienen un poder especial para administrar la Divina Misericordia

En Juan 20, 21-23 dice: “Jesús les dijo otra vez: ‘La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío’. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’”.

9. La confesión es la acción de la Divina Misericordia hasta el fin de los tiempos

Jesús capacitó a los apóstoles (y sus sucesores en el ministerio) con el Espíritu Santo para perdonar o retener (no perdonar) los pecados. Debido a que están facultados con el Espíritu de Dios para hacer esto, su administración del perdón es eficaz: realmente elimina el pecado en lugar de ser solo un símbolo de perdón.

10. En las revelaciones privadas Jesús le da suma importancia a su Segunda Venida

Jesús promete regresar en gloria a juzgar al mundo en el amor, como claramente lo dice en su discurso del Reino en los capítulos 13 y 25 de San Mateo.

Solo en el contexto de una revelación pública como es enseñado por el Magisterio de la Iglesia se puede situar las palabras de la revelación privada dada a Sor Faustina:

“Prepararás al mundo para Mí última venida”. (Diario 429) “Habla al mundo de mi Misericordia….Es señal de los últimos tiempos después de ella vendrá el día de la justicia. Todavía queda tiempo que recurran, pues, a la Fuente de Mi Misericordia”. (Diario 848)

“Habla a las almas de esta gran misericordia Mía, porque está cercano el día terrible, el día de Mi justicia”. (Diario 965)

“Estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no reconocen este tiempo de Mi visita”. (Diario 1160) 

“Antes del Día de la justicia envío el día de la misericordia”. (Diario 1588)

“Quien no quiera pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia”. (Diario 1146).


Traducido y adaptado por Diego López Marina. Publicado originalmente en National Catholic Register.

jueves, 20 de abril de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “La resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra esperanza”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 19 de abril de 2017



Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nos encontramos hoy, en la luz de la Pascua, que hemos celebrado y continuamos celebrándola en la Liturgia. Por esto, en nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy deseo hablarles de Cristo Resucitado, nuestra esperanza, así como lo presenta San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (Cfr. cap. 15).

El apóstol quiere resolver una problemática que seguramente en la comunidad de Corinto estaba al centro de las discusiones. La resurrección es el último argumento afrontado en la Carta, pero probablemente, en orden de importancia, es el primero: de hecho todo se apoya en este presupuesto.

Hablando a los cristianos, Pablo parte de un dato indudable, que no es el éxito de una reflexión de algún hombre sabio, sino un hecho, un simple hecho que ha intervenido en la vida de algunas personas. El cristianismo nace de aquí. No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino es un camino de fe que parte de un advenimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús. Pablo lo resume de este modo: Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Pedro y a los Doce (Cfr. 1 Cor 15,3-5). Este es el hecho. Ha muerto, fue sepultado, ha resucitado, se ha aparecido. Es decir: Jesús está vivo. Este es el núcleo del mensaje cristiano.

Anunciando este advenimiento, que es el núcleo central de la fe, Pablo insiste sobre todo en el último elemento del misterio pascual, es decir, en el hecho de que Jesús ha resucitado. Si de hecho, todo hubiese terminado con la muerte, en Él tendríamos un ejemplo de entrega suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe. ¡No! Ha muerto, pero ha resucitado. Porque la fe nace de la resurrección. Aceptar que Cristo ha muerto, y ha muerto crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio, creer que ha resucitado sí. Nuestra fe nace en la mañana de Pascua. Pablo hace una lista de las personas a las cuales Jesús resucitado se les aparece (Cfr. vv. 5-7). Tenemos aquí una pequeña síntesis de todas las narraciones pascuales y de todas las personas que han entrado en contacto con el Resucitado. Al inicio de la lista están Cefas, es decir, Pedro, y el grupo de los Doce, luego “quinientos hermanos” muchos de los cuales podían dar todavía sus testimonios, luego es citado Santiago. El último de la lista – como el menos digno de todos – es él mismo, Pablo dice de sí mismo: “como un aborto” (Cfr. v. 8).

Pablo usa esta expresión porque su historia personal es dramática: pero él no era un monaguillo, ¿eh? Él era un perseguidor de la Iglesia, orgulloso de sus propias convicciones; se sentía un hombre realizado, con una idea muy clara de cómo es la vida con sus deberes. Pero, en este cuadro perfecto – todo era perfecto en Pablo, sabía todo – en este cuadro perfecto de vida, un día sucedió lo que era absolutamente imprevisible: el encuentro con Jesús Resucitado, en el camino a Damasco. Allí no había sólo un hombre que cayó en la tierra: había una persona atrapada por un advenimiento que le habría cambiado el sentido de la vida. Y el perseguidor se convierte en apóstol, ¿Por qué? ¡Porque yo he visto a Jesús vivo! ¡Yo he visto a Jesús resucitado! Este es el fundamento de la fe de Pablo, como de la fe de los demás apóstoles, como de la fe de la Iglesia, como de nuestra fe.

¡Qué bello es pensar que el cristianismo, esencialmente, es esto! No es tanto nuestra búsqueda en relación a Dios – una búsqueda, en verdad, casi incierta – sino mejor dicho la búsqueda de Dios en relación con nosotros. Jesús nos ha tomado, nos ha atrapado, nos ha conquistado para no dejarnos más. El cristianismo es gracia, es sorpresa, y por este motivo presupone un corazón capaz de maravillarse. Un corazón cerrado, un corazón racionalista es incapaz de la maravilla, y no puede entender que cosa es el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia solamente se percibe, más: se encuentra en la maravilla del encuentro.

Y entonces, también si somos pecadores – pero todos lo somos – si nuestros propósitos de bien se han quedado en el papel, o quizás sí, mirando nuestra vida, nos damos cuenta de haber sumado tantos fracasos. En la mañana de Pascua podemos hacer como aquellas personas de las cuales nos habla el Evangelio: ir al sepulcro de Cristo, ver la gran piedra removida y pensar que Dios está realizando para mí, para todos nosotros, un futuro inesperado. Ir a nuestro sepulcro: todos tenemos un poco dentro. Ir ahí, y ver como Dios es capaz de resucitar de ahí. Aquí hay felicidad, aquí hay alegría, vida, donde todos pensaban que había sólo tristeza, derrota y tinieblas. Dios hace crecer sus flores más bellas en medio a las piedras más áridas.

Ser cristianos significa no partir de la muerte, sino del amor de Dios por nosotros, que ha derrotado a nuestra acérrima enemiga. Dios es más grande de la nada, y basta sólo una luz encendida para vencer la más oscura de las noches. Pablo grita, evocando a los profetas: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» (v. 55). En estos días de Pascua, llevemos este grito en el corazón. Y si nos dirán del porqué de nuestra sonrisa donada y de nuestro paciente compartir, entonces podremos responder que Jesús está todavía aquí, que continúa estando vivo entre nosotros, que Jesús está aquí, en la Plaza, con nosotros: vivo y resucitado.

Francisco

martes, 18 de abril de 2017

ENTREVISTAS: Parroquias y diócesis profundizan en la Eucaristía con el pro multis

Queridos amigos y hermanos del blog: en la edición del pasado jueves 13 de abril el Semanario Católico de Información del Arzobispado de Madrid “Alfa y Omega” me realizó una entrevista sobre los cambios en el nuevo Misal. Les presento la versión más extensa, la que se publica en la edición on line y también la copia de la edición impresa. Dicha entrevista fue realizada por la periodista María Martínez López.




«No queríamos que el cambio se quedara en un libro al que solo tenemos acceso los sacerdotes», explica uno de los párrocos que ha aprovechado el nuevo Misal para organizar charlas sobre liturgia para sus fieles

«Por vosotros y por muchos». La nueva traducción de la fórmula de la consagración tendrá más fuerza que nunca en la tarde de este Jueves Santo. Para vivir mejor este momento, el oído de los fieles –y la lengua de los sacerdotes– se ha ido acostumbrando a la nueva edición del Misal durante toda la Cuaresma. Para facilitar la adaptación, además, los obispos miembros y los colaboradores de la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española han recorrido las diócesis españolas explicando el cambio a sacerdotes y, en algunas ocasiones, también a laicos.

Es el caso de José Antonio Goñi Beásoain, delegado de Liturgia de Pamplona y Tudela y consultor de la Comisión de Liturgia. Él ha visitado desde Canarias hasta Vitoria, pasando por Ibiza. En varios de estos lugares, y en su propia diócesis, la presentación del Misal era abierta a los laicos. «La gente no se hace más problema sobre este cambio, ni es beligerante –explica–. Algunos sacerdotes sí protestan al principio. Pero cuando se les explica el porqué lo entienden y ven que tiene fundamento, que no es un capricho». Aunque sí conoció –añade–, a un sacerdote que «se lo había explicado a sus parroquianos por si iban a otro sitio, pero que él en su parroquia no lo iba a aplicar». El delegado de Liturgia confía en que «poco a poco se implante. Estos cambios se hacen gradualmente».

Una «puesta a punto»

José Luis Simón, párroco de la madrileña parroquia de San Leopoldo, reconoce que «me pasé las dos primeras semanas leyendo la fórmula al consagrar, por si me despistaba. Y en algún sitio donde aún no estaba el Misal nuevo, por inercia me seguía yendo al “y por todos los hombres”». Sus parroquianos, en cambio, no han tenido problema. Los dos sacerdotes de San Leopoldo habían dedicado a explicar el cambio las homilías del fin de semana anterior al I domingo de Cuaresma, y repartieron la carta de Benedicto XVI a los obispos alemanes en 2012 sobre esta cuestión.

Además, organizaron un ciclo de cuatro conferencias. El pro multis, reconoce Simón, se explica «en media hora. Pero en la parroquia buscamos ocasiones como esta para hacer una puesta a punto. Quisimos volver a explicar qué celebramos realmente en la Eucaristía»: el sacrificio actualizado de Cristo por cada uno, al que alimenta con Su vida. «Queríamos dar, a la gente que ya participa de ella con fe y devoción, palabras y razones para que también lo hagan con la cabeza. No queríamos que el cambio se quedara en un libro al que solo tenemos acceso los sacerdotes. Cuando intentas hacer la teología didáctica, la gente lo valora mucho».

Hasta los monjes

No es el único caso. En León –cuyo obispo, monseñor Julián López, preside la Comisión Episcopal de Liturgia–, se organizaron unas charlas cuaresmales en torno al Misal y a la Eucaristía. Fueron en la Real Colegiata de San Isidoro, muy vinculada al culto eucarístico porque tiene adoración eucarística prolongada. A Goñi, el delegado de Liturgia de Pamplona, un monasterio cisterciense de Palencia le ha pedido, también con ocasión de la nueva edición, que les dé un cursillo amplio sobre la Eucaristía.

En la diócesis madrileña de Getafe, el obispo auxiliar monseñor José Rico Pavés ha recorrido varios templos explicando los cambios y su relación con la institución de la Eucaristía. Uno de ellos fue la parroquia de Nuestra Señora de La Saleta, en la localidad de Alcorcón.

El párroco, José Antonio Medina, quiso «aprovechar para profundizar en el misterio de la Eucaristía» durante una de las catequesis parroquiales que cada segundo martes de mes reúnen a miembros de distintos grupos, áreas y movimientos de la comunidad. Al encuentro asistieron fieles de otras parroquias de la ciudad, porque Medina les invitó. La grabación se subió a la web de la parroquia, desde donde se ha descargado muchas veces, y se ofreció a Radio María, que la ha emitido varias veces.

Una llamada a la misión

Para el sacerdote José Antonio Medina, párroco de Nuestra Señora de La Saleta en Alcorcón (Madrid), interpretar el «por muchos» de la nueva fórmula de la consagración «como una reducción del “por todos” a “por algunos” ha sido simplemente la lectura apresurada de unos pocos sin incidencia real en el pueblo de Dios».

En su carta a los obispos alemanes, Benedicto XVI recordaba varios textos del Antiguo Testamento en los que se afirma que Jesús «murió por todos». «El ser y obrar de Jesús –explicaba el ahora Papa emérito– abarca a toda la humanidad. Pero históricamente, en la comunidad concreta de aquellos que celebran la Eucaristía, Él llega de hecho solo a “muchos”».

Para el fiel, esto tiene tres lecturas: en primer lugar, la gratitud por haber sido llamado y poder «estar con Él». Esta cercanía implica, además, la responsabilidad de «ser luz en el candelero, ciudad puesta en lo alto de un monte, levadura para todos». Por último, es un antídoto contra el desánimo que se puede sentir a veces por «no ser en absoluto “muchos”, sino muy pocos». «Nosotros somos muchos y representamos a todos», concluía el Pontífice alemán.

María Martínez López

jueves, 13 de abril de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Jesús ha traído al mundo una esperanza nueva”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 12 de abril de 2017


Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El domingo pasado hemos hecho memoria del ingreso de Jesús en Jerusalén, entre las aclamaciones festivas de los discípulos y de mucha gente. Esa gente ponía en Jesús muchas esperanzas: muchos esperaban de Él milagros y grandes signos, manifestaciones de poder e incluso la liberación de los enemigos dominantes. ¿Quién de ellos habría imaginado que dentro de poco Jesús habría sido en cambio humillado, condenado y asesinado en la cruz? Las esperanzas terrenas de esa gente se derrumbaron delante de la cruz. Pero nosotros creemos que justamente en el Crucificado nuestra esperanza ha renacido. Las esperanzas terrenas caen ante la cruz, pero renacen esperanzas nuevas, aquellas esperanzas que duran por siempre. Es una esperanza diversa esta que nace de la cruz. Es una esperanza diversa de aquellas que se derrumban, de aquellas del mundo. Pero ¿De qué esperanza se trata, esta esperanza que nace de la cruz?

Nos puede ayudar a entenderlo lo que dice Jesús justamente después de haber entrado a Jerusalén: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Tratemos de pensar en un grano o en una pequeña semilla, que cae en el terreno. Si permanece cerrado en sí mismo, no sucede nada; si en cambio se fracciona, se abre, entonces da vida a una espiga, a un retoño, y después a una planta y una planta que dará fruto.

Jesús ha traído al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho a la manera de la semilla: se ha hecho pequeño, pequeño, pequeño como un grano de trigo; ha dejado su gloria celestial para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto, Jesús ha vivido el amor hasta el extremo, dejándose fragmentar por la muerte como una semilla se deja fragmentar bajo la tierra. Justamente ahí, en el punto extremo de su anonadamiento – que es también el punto más alto del amor – ha germinado la esperanza. Si alguno de ustedes me pregunta: ¿Cómo nace la esperanza? Yo respondo: “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de ahí te llegará la esperanza que no desaparece jamás, aquella que dura hasta la vida eterna. Y esta esperanza ha germinado justamente por la fuerza del amor: porque el amor que «todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor 13,7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en la Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo en sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchen bien cómo es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto, que en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús toda nuestra oscuridad puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo caído en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida llena de amor viene la esperanza.

Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que el modo de vivir vencedor es el de la semilla, el del amor humilde. No hay otra vía para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero ustedes pueden decirme: “No, es una lógica equivocada”. Parecería así, que es una lógica frustrada, porque quien ama pierde poder. ¿Han pensado en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es la vía de Dios, y sólo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer impulsa siempre a querer algo más: he obtenido una cosa para mí y enseguida quiero otra más grande, y así, no estoy jamás satisfecho. Es una sed terrible. Cuanto más tengo, más quiero. Es feo. Quien es ávido no se sacia jamás. Y Jesús lo dice de modo claro: «El que ama su vida, la perderá» (Jn 12,25). Tú eres codicioso, amas tener tantas cosas, pero perderás todo, también la vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha sólo de sí y pierde. En cambio, quien acepta, es disponible y sirve, vive según el modo de Dios: entonces es vencedor, se salva a sí mismo y a los demás; se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bello ayudar a los demás, servir a los demás. Tal vez, nos cansaremos. La vida es así, pero el corazón se llena de alegría y de esperanza. Y esto es el amor y la esperanza juntos: servir, dar.

Claro, este amor verdadero pasa a través de la cruz, el sacrificio, como para Jesús. La cruz es el paso obligatorio, pero no es la meta, es un paso: la meta es la gloria, como nos muestra la Pascua. Y aquí nos ayuda otra imagen bellísima, que Jesús ha dejado a los discípulos durante la Última Cena. Dice: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo» (Jn 16,21). Es esto: donar la vida, no poseerla. Y esto es aquello que hacen las mamás: dan otra vida, sufren, pero luego son felices, gozosas porque han dado otra vida. Da alegría; el amor da a luz la vida y da incluso sentido al dolor. El amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Lo repito: el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Y cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Amo? ¿He aprendido a amar? ¿Aprendo todos los días a amar más?, porque el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días, días de amor, dejémonos envolver por el misterio de Jesús que, como un grano de trigo, muriendo nos dona la vida. Es Él la semilla de nuestra esperanza. Contemplemos al Crucificado, fuente de esperanza. Poco a poco entenderemos que esperar con Jesús es aprender a ver ya desde ahora la planta en la semilla, la Pascua en la cruz, la vida en la muerte. Pero yo quisiera darles una tarea para la casa. A todos nos hará bien detenernos ante el Crucificado – todos ustedes tienen uno en casa – mirarlo y decirle: “Contigo nada está perdido. Contigo puedo siempre esperar. Tú eres mi esperanza”. Imaginando ahora al Crucificado y todos juntos decimos a Jesús Crucificado, tres veces: “Tú eres mi esperanza”. Todos: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Gracias.

Francisco

sábado, 8 de abril de 2017

JUAN PABLO II: 30 años de una visita histórica a la Argentina

Buenos Aires (AICA): Del 6 al 12 de abril de 1987, el papa Juan Pablo II –hoy santo- realizó su segundo viaje apostólico a la Argentina, en el que visitó las ciudades de Buenos Aires, Bahía Blanca, Viedma, Mendoza, Córdoba, San Miguel de Tucumán, Salta, Corrientes, Paraná y Rosario.

Fueron seis días intensos, en los que el pueblo argentino aclamó al Papa polaco en cada escala, en cada lugar donde estuvo: en estadios, en un Mercado Central colmado de trabajadores o en una Jornada Mundial de la Juventud inédita fuera de Roma, ante la multitud estimada en 1 millón de personas reunida en la avenida 9 de Julio.

Seis jornadas, en las que Karol Wojtyla apeló a su carisma para transmitir sus enseñanzas.

El 10 de abril en el estadio de Vélez Sarsfield tuvo lugar el encuentro con los sacerdotes, los consagrados y los agentes de pastoral del país, a quienes en la homilía de la misa les dijo: “¡Iglesia en Argentina! Levántate, resplandece, porque ha llegado tu luz, y la gloria del Señor alborea sobre ti”.

También fue contundente el mensaje de Juan Pablo II al mundo del trabajo reunido en el Mercado Central, en el partido bonaerense de La Matanza: “Sería una pena que faltase la solidaridad entre los trabajadores, cuando las condiciones laborales se vuelven degradantes o cuando crecen los abusos y la arrogancia en quienes, desde su posición ventajosa, se atribuyen derechos que en modo alguno les corresponden. Tampoco debe faltar la solidaridad con esas amplias zonas de miseria y de hambre, que es lo mismo que decir de trato inhumano a los trabajadores y a sus familias; también ahí debe llegar la fuerza del asociacionismo laboral en orden a procurar unas condiciones que permitan a las personas salir de su penosa situación”.

Juan Pablo II presidió en la avenida 9 de Julio la mayor concentración de que se tenga memoria en la Argentina, con motivo de la primera Jornada Mundial de la Juventud fuera de Roma, en la que participaron un millón de personas, la mayoría jóvenes.

Todavía resuenan hoy aquellas palabras del pontífice: “¡Jóvenes: Cristo, la Iglesia, el mundo esperan el testimonio de sus vidas, fundadas en la verdad que Cristo nos ha revelado! ¡Jóvenes: El Papa les agradece su testimonio, y los anima a que sean siempre testigos del amor de Dios, sembradores de esperanza y constructores de paz!”

“Reciban sus palabras. Aprendan. Edifiquen sus vidas teniendo siempre presentes las palabras y la vida de Cristo. Más aún: aprendan a ser Cristo mismo, identificados con Él en todo”, concluyó.

Al terminar la misa, Juan Pablo II envió a los jóvenes al mundo y entregó una cruz a cinco representantes de los cinco continentes. Luego Su Santidad rezó el Ángelus con los fieles y dirigiéndose a la imagen de Nuestra Señora de Luján pronunció el acto de consagración ante Ella.



Los discursos de San Juan Pablo II en su 2º Viaje Pastoral a la República Argentina son los textos utilizados para la realización del programa radiofónico de evangelización titulado: “Diálogos de fe con San Juan Pablo II” a cargo del Padre José Antonio Medina, puede escucharlos desde el siguiente link:

http://www.ivoox.com/podcast-dialogos-fe-san-juan-pablo-ii_sq_f1139655_1.html 

jueves, 6 de abril de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Dar razón de la esperanza que está en nosotros”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 5 de abril de 2017


Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

¡La Primera Carta del Apóstol Pedro lleva en sí una carga extraordinaria! Es necesario leerla una, dos, tres veces para entender esta carga extraordinaria: logra infundir gran consolación y paz, haciendo percibir cómo el Señor está siempre junto a nosotros y no nos abandona jamás, sobre todo en los momentos más delicados y difíciles de nuestra vida. Pero, ¿cuál es el secreto de esta Carta, y en modo particular del pasaje que hemos apenas escuchado (Cfr. 1 Pt 3,8-17)? Esta es la pregunta. Yo sé que ustedes hoy tomarán el Nuevo Testamento, buscarán la Primera Carta de Pedro y la leerán con calma, para entender el secreto y la fuerza de esta Carta. ¿Cuál es el secreto de esta Carta?

El secreto está en el hecho de que este escrito tiene sus raíces directamente en la Pascua, en el corazón del misterio que estamos por celebrar, haciéndonos así percibir toda la luz y la alegría que surgen de la muerte y resurrección de Cristo. Cristo ha resucitado verdaderamente, y este es un bonito saludo para darnos en los días de Pascua: “¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resucitado!”, como muchos pueblos hacen. Recordándonos que Cristo ha resucitado, está vivo entre nosotros, está vivo y habita en cada uno de nosotros. Es por esto que San Pedro nos invita con fuerza a adorarlo en nuestros corazones (Cfr. v. 16). Allí el Señor ha establecido su morada en el momento de nuestro Bautismo, y desde allí continúa renovándonos y renovando nuestra vida, llenándonos de su amor y de la plenitud del Espíritu. Es por esto que el Apóstol nos exhorta a dar razones de la esperanza que habita en nosotros (Cfr. v. 15): nuestra esperanza no es un concepto, no es un sentimiento, no es un teléfono celular, no es un montón de riquezas: ¡no! Nuestra esperanza es una Persona, es el Señor Jesús que lo reconocemos vivo y presente en nosotros y en nuestros hermanos, porque Cristo ha resucitado. Los pueblos eslavos se saludan, en vez de decir “buenos días”, “buenas tardes”, en los días de Pascua se saludan con esto “¡Cristo ha resucitado!”, “¡Christos voskrese!”, lo dicen entre ellos; y son felices al decirlo. Y este es el “buenos días” y las “buenas tardes” que nos dan: “¡Cristo ha resucitado!”.

Entonces, comprendemos que de esta esperanza no se debe dar tantas razones a nivel teórico, con palabras, sino sobre todo con el testimonio de vida, y esto sea dentro de la comunidad cristiana, sea fuera de ella. Si Cristo está vivo y habita en nosotros, en nuestro corazón, entonces debemos también dejar que se haga visible, no esconderlo, y que actúe en nosotros. Esto significa que el Señor Jesús debe ser cada vez más nuestro modelo: modelo de vida y que nosotros debemos aprender a comportarnos como Él se ha comportado. Hacer lo mismo que hacía Jesús. La esperanza que habita en nosotros, por tanto, no puede permanecer escondida dentro de nosotros, en nuestro corazón: si no, sería una esperanza débil, que no tiene la valentía de salir fuera y hacerse ver; sino que nuestra esperanza, como se ve en el Salmo 33 citado por Pedro, debe necesariamente difundirse fuera, tomando la forma exquisita e inconfundible de la dulzura, del respeto, de la benevolencia hacia el prójimo, llegando incluso a perdonar a quien nos hace el mal. Una persona que no tiene esperanza no logra perdonar, no logra dar la consolación del perdón y tener la consolación de perdonar. Sí, porque así ha hecho Jesús, y así continúa haciendo por medio de quienes le hacen espacio en sus corazones y en sus vidas, con la conciencia de que el mal no se vence con el mal, sino con la humildad, la misericordia y la mansedumbre. Los mafiosos piensan que el mal se puede vencer con el mal, y así realizan la venganza y hacen muchas cosas que todos nosotros sabemos. Pero no conocen qué cosa es la humildad, la misericordia y la mansedumbre. ¿Y por qué? Porque los mafiosos no tienen esperanza. Piensen en esto.

Es por esto que San Pedro afirma que «es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal» (v. 17): no quiere decir que es bueno sufrir, sino que, cuando sufrimos por el bien, estamos en comunión con el Señor, quien ha aceptado sufrir y ser crucificado por nuestra salvación. Entonces cuando también nosotros, en las situaciones más pequeñas o más grandes de nuestra vida, aceptamos sufrir por el bien, es como si difundiéramos a nuestro alrededor las semillas de la resurrección, las semillas de vida e hiciéramos resplandecer en la oscuridad la luz de la Pascua. Es por esto que el Apóstol nos exhorta a responder siempre «deseando el bien» (v. 9): la bendición no es una formalidad, no es sólo un signo de cortesía, sino que es un gran don que nosotros en primer lugar hemos recibido y que tenemos la posibilidad de compartirlo con los hermanos. Es el anuncio del amor de Dios, un amor infinito, que no se termina, que no disminuye jamás y que constituye el verdadero fundamento de nuestra esperanza.

Queridos amigos, comprendemos también por qué el Apóstol Pedro nos llama «dichosos», cuando tengamos que sufrir por la justicia (Cfr. v. 13). No es sólo por una razón moral o ascética, sino que es porque cada vez que nosotros tomamos parte a favor de los últimos y de los marginados o que no respondemos al mal con el mal, sino perdonando, sin venganza, perdonando y bendiciendo, cada vez que hacemos esto nosotros resplandecemos como signos vivos y luminosos de esperanza, convirtiéndonos así en instrumentos de consolación y de paz, según el corazón de Dios. Así, adelante con la dulzura, la mansedumbre, siendo amables y haciendo el bien incluso a aquellos que no nos quieren, o nos hacen del mal. ¡Adelante!

Francisco

miércoles, 5 de abril de 2017

JUAN PABLO II: Francisco recordó al Papa Santo y su exhortación a “abrir las puertas a Cristo”

Ciudad del Vaticano (AICA): “Saludo cordialmente a los compatriotas de Juan Pablo II aquí presentes”, dijo el Santo Padre a los peregrinos polacos durante la audiencia general del miércoles 5 de abril, y añadió: “En los primeros días de abril recordamos su regreso a la casa del Padre. Él fue un gran testigo de Cristo, celoso defensor de la herencia de la fe. Acojamos los grandes mensajes de Jesús Misericordioso y de Fátima que san Juan Pablo II dirigió al mundo”, expresó Francisco.

“Juan Pablo II, añadió Francisco, “dirigió al mundo dos grandes mensajes: el de Jesús Misericordioso y el de Fátima. El primero lo recordamos durante el jubileo extraordinario de la Misericordia; el segundo, relacionado al triunfo del Inmaculado Corazón de María sobre el mal, nos recuerda el centenario de las apariciones de Fátima”.

“Aceptemos estos mensajes –animó el pontífice– para que ellos llenen nuestros corazones” y “abramos las puertas a Cristo”, dijo, recordando las palabras de papa santo cuando fue elegido.

El pasado 2 de abril se conmemoraron 12 años del fallecimiento de san Juan Pablo II, el papa polaco que estuvo al frente de la Iglesia Católica por 26 años y 5 meses. Recordado como el “Papa peregrino”, fue un gran defensor de las familias y amado por los jóvenes. Lideró el tercer pontificado más largo de la historia de la Iglesia, realizando 104 viajes apostólicos fuera de Italia y 146 en ese país.

Impulsó las Jornadas Mundiales de la Juventud en las que se reunió con millones de jóvenes de todo el mundo e inauguró los Encuentros Mundiales de las Familias.

San Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005 a las 21:37 horas, la noche previa al Domingo de la Divina Misericordia que él mismo instituyó y de la que fue muy devoto.
Desde aquella noche hasta el 8 de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje al papa polaco, haciendo incluso 24 horas de cola para poder acceder a la basílica de San Pedro.

El 28 de abril, el papa Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años de espera tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II. La causa la abrió oficialmente el cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005. Benedicto XVI lo beatificó el 1 de mayo de 2011 y fue canonizado por el papa Francisco el 27 de abril del 2014 junto con san Juan XIII.

domingo, 2 de abril de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá"

  
5º Domingo de Cuaresma
Ciclo A
Evangelio: Juan 11, 1-45


En aquel tiempo, había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo.

Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo». Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba.

Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea». Le dicen los discípulos: «Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?». Jesús respondió: «¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él». Dijo esto y añadió: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle». Le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se curará». Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él». Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con Él».

Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará». Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día». Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».

Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama». Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde Él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí. Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le responden: «Señor, ven y lo verás». Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería». Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?».

Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: «Quitad la piedra». Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día». Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado». Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!». Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar».

Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él.

Palabra del Señor.


“¡Oh Jesús!, tú eres la resurrección y la vida; haz que yo viva y crea en ti” (Jn 11, 25-26).

Este domingo está caracterizado por una liturgia de resurrección, en la que domina el concepto de Jesús fuente de la vida, capaz de devolverla aun a los muertos. “Os infundiré mi espíritu y viviréis” (Ez 37, 14). La profecía que se lee en Ezequiel se refiere directamente a la recuperación moral y política de Israel, diezmado y envilecido por la esclavitud; recuperación que bien podría comparase con una resurrección que volvería a constituirlo en pueblo libre, como en realidad aconteció tras la repatriación de Babilonia. Pero al mismo tiempo, la profecía preanuncia la era mesiánica, contramarcada por las resurrecciones espirituales y corporales realizadas por el Hijo de Dios, y no menos el fin de los tiempos, en el que se hará verdad la resurrección de la carne.

Entre las resurrecciones obradas por Jesús, la de Lázaro tiene una importancia capital, sea porque se trata de un muerto de cuatro días encerrado en el sepulcro, sea porque la acompañan hechos y discursos que la convierten en “signo” particular del poder mesiánico del Salvador. La respuesta que Jesús da a quienes le anuncian la enfermedad de Lázaro: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios” (Jn 11, 4); su demora en llegarse a Betania y, por último, la declaración imprevista: “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis” (ibid 14-15), manifiestan que el hecho estaba ordenado a glorificar a Jesús “resurrección y vida”, y al mismo tiempo a perfeccionar en la fe de quien creía en él y a suscitarla en quien no creía (ibid 42).

El Maestro insiste sobre estos dos puntos en el coloquio con Marta. La mujer cree: está convencida de que si Jesús hubiera estado presente, Lázaro no habría muerto; pero Jesús quiere llevarla a que reconozca en su persona al Mesías Hijo de Dios venido a dar la vida eterna a cuantos creen en él, por eso declara: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (ibid 25-26). He aquí hasta dónde tiene que llegar la fe: creer que el poder de resucitar a los muertos pertenece a Cristo, y que, así como puede usar de ese poder para resucitar inmediatamente a Lázaro de la muerte corporal, puede igualmente servirse de él para asegurar la vida eterna a cuantos viven en él por la fe.

El tema vuelve a ser tratado en la segunda lectura de la Misa por san Pablo en su carta a los Romanos: “Si Cristo está en vosotros [por la fe y el amor], el cuerpo está muerto por el pecado; pero el espíritu vive por la justicia” (Rom 8, 10). Jesús no ha abolido la muerte física -consecuencia del pecado-, pero librando al hombre del pecado, le ha hecho partícipe de su propia vida, que es vida eterna; por eso, la muerte no tiene poder alguno sobre el espíritu de quien vive “por la justicia”. Y no sólo esto: llegará un día -al fin de los tiempos- en que también los cuerpos de los que creyeron resucitarán gloriosos para nunca más morir, partícipes de la resurrección del Señor. Entonces Jesús será, en su pleno sentido, “la resurrección y la vida”, glorificado por los elegidos, resucitados y vivos para siempre por la gracia que brota de su misterio pascual.

Al aproximarse la Pascua, el relato de la resurrección de Lázaro es una exhortación a desatarnos cada vez más del pecado, confiando en el poder vivificador de Cristo, que quiere hacer a los hombres partícipes de su propia resurrección. Quiera Dios que sea Jesús, para todos y cada uno, “resurrección y vida” en el tiempo y en la eternidad.


“Te damos gracias, Señor, Padre santo… Porque Cristo nuestro Señor, que, como hombre mortal, lloró a su amigo Lázaro, y, como Dios y Señor de la vida, lo levantó del sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva” (Misal Romano, Prefacio).

“¡Oh Amigo verdadero, qué mal os paga el que os es traidor! ¡Oh cristianos verdaderos! Ayudad a llorar a vuestro Dios, que no es por solo Lázaro aquellas piadosas lágrimas, sino por lo que no habían de querer resucitar, aunque su Majestad les diese voces. ¡Oh Bien mío, qué presentes teníais las culpas que he cometido contra Vos! Sean ya acabadas, Señor, sean acabadas, y las de todos. Resucitad a estos muertos; sean vuestras voces, Señor, tan poderosas que, aunque no os pidan la vida, se la deis para que después, Dios mío, salgan de la profundidad de sus deleites.

No os pidió Lázaro que le resucitaseis. Por una mujer pecadora lo hicisteis; veisla aquí, Dios mío, y muy mayor; resplandezca vuestra misericordia. Yo, aunque miserable, lo pido por las que no os lo quieren pedir. Ya sabéis, Rey mío, lo que me atormenta verlos tan olvidados de los grandes tormentos que han de padecer para sin fin, si no se tornan a vos” (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, X, 2, 3).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.