jueves, 17 de agosto de 2017

PAPA FRANCISCO: “María nos trae la gracia que es Jesús”



Palabras del Papa Francisco antes del ángelus del Martes 15 de agosto de 2017, Solemnidad de la
Asunción de la Virgen María




Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy la página del Evangelio (Mt 14, 22-33) describe el episodio de Jesús que, después de haber orado toda la noche a la orilla del lago de Galilea, se dirige hacia la barca de sus discípulos, caminando sobre las aguas.

La barca se encuentra en medio del lago, bloqueada por un fuerte viento contrario. Cuando ven a Jesús venir caminando sobre las aguas, los discípulos lo confundieron con un fantasma y se asustaron. Pero él les tranquiliza “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” (v. 27). Pedro, con su típico ímpetu, le dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”; y Jesús lo llama: “Ven!”(vv.28-29). Pedro desciende de la barca y se pone a caminar sobre las aguas hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento le entró miedo y comenzó a hundirse y gritó “Señor, sálvame!”, y enseguida Jesús le tendió la mano y lo agarró. (vv. 30-31).

Este relato del Evangelio contiene un rico simbolismo y nos hace reflexionar sobre nuestra fe, ya sea como individuos ya sea como comunidad eclesial, nuestra fe, la de todos nosotros que estamos aquí en la plaza. La comunidad eclesial, esta comunidad eclesial, ¿tiene fe?, ¿Cómo es la fe de cada uno de nosotros y la fe de nuestra comunidad?.

La barca, es la vida de cada uno de nosotros pero también es la vida de la Iglesia; el viento contrario representa las dificultades y las pruebas. La invocación de Pedro: “Señor, mándame ir hacia ti!” y su grito: “Señor sálvame!” se asemejan tanto a nuestro deseo de sentir la cercanía del Señor, pero también el miedo y la angustia que acompañan a los momentos más duros de nuestra vida y la de nuestras comunidades, marcadas por la fragilidad interna y las dificultades externas.

A Pedro, en aquel momento no le bastan las palabras seguras de Jesús, que era como la cuerda tendida a la cuál aferrarse para afrontar las aguas hostiles y turbulentas. Es lo que nos puede pasar también a nosotros. Cuando no nos agarramos a la Palabra del Señor, sino que para tener más seguridad consultamos horóscopos, cartomancia, se comienza a hundir. Esto quiere decir que la fe no es fuerte. El Evangelio de hoy nos recuerda que la fe en el Señor y en su palabra no nos abre un camino donde todo es fácil y tranquilo, no nos libra de las tempestades de la vida.

La fe nos da la seguridad de una Presencia, no olvidemos esto. La fe nos da la seguridad de una Presencia, la presencia de Jesús que nos empuja a superar las tempestades existenciales, la certeza de una mano que nos aferra para ayudarnos a afrontar las dificultades indicándonos el camino aun cuando está oscuro, la fe, no es una escapatoria de los problemas de la vida, sino que nos sostiene en el camino y le da un sentido.

Este episodio es una imagen magnífica de la realidad de la Iglesia de todos los tiempos: una barca que, a lo largo de la travesía debe afrontar los vientos contrarios y tempestades que amenazan con volcarla. Lo que la salva, no es el coraje y las cualidades de los hombres: la garantía contra el naufragio es la fe en Jesús y en su palabra. Esta es la garantía, la fe en Jesús y en su palabra.

Sobre esta barca estamos seguros, a pesar de nuestras miserias y de nuestras debilidades, sobre todo cuando nos ponemos de rodillas y adoramos al Señor, como los discípulos que, al final, “se postraron delante de él, diciendo: ”Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios!” (v.33). Qué hermoso es decirle a Jesús estas palabras! [Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios!], lo decimos todos juntos fuerte!, “Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios” Una vez más! [Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios]

La Virgen María nos ayuda a perdurar firmes en la fe para resistir a las tempestades de la vida, a permanecer en la barca de la Iglesia, huyendo de la tentación de subir sobre barcas fascinantes pero inseguras, de las ideologías, de las modas y de los slogans.

Francisco

lunes, 14 de agosto de 2017

COLUMNISTA INVITADO: In memoriam del P. Ramón Terrones Casado, de la Virgen del Carmen, ocd.



Escribe: Fr. Francisco Víctor López Fernández, ocd.*


P. Ramón Terrones Casado, 
de la Virgen del Carmen, ocd.

(Porcuna, 1935 - Burgos, 2017)




Imaginarse al Padre Ramón sin los niños no era fácil. Clases, estudios, ensayos, piano, armonio, coro, excursiones, deportes, juegos, piscina…siempre estaba allí; y así durante muchos años. Desde 1964 se le veía en ese ambiente. De este modo lo conocí cuando llegué como teresiano al Seminario Carmelitano Teresiano de Córdoba, en el año indicado. Era un día especial en mi vida: el 2 de octubre. Tres cursos después nos acompañó en Baeza. Incluso, en su servicio pastoral en Argentina, desplegó una amplia  labor con los postulantes, novicios y estudiantes en Tandil, Córdoba, Alta Gracia y La Plata. Su carácter se amoldaba a los jóvenes y estaba dispuesto para servir con los superiores. Era trabajador y amante del fútbol, del que se jugaba y del que se veía por televisión, sin hostigar a los que preferían otras cosas. Su gusto lo sabíamos todos.

Había nacido en Porcuna (Jaén) el 6 de marzo de 1935. Era carmelita descalzo profeso desde el 25 de septiembre de 1955 en Úbeda. Málaga lo vio de sacerdote desde el 22 de diciembre de 1962. En el hospital de Burgos le salió al encuentro la muerte en el mes de agosto que gustaba celebrar con su familia. Desde el día 7 ya nos lleva delantera en la vida eterna.

Sus compañeros, que también formaban parte de mis formadores, decían que cuando ingresó en el Seminario Carmelitano Teresiano de Córdoba era el mayor de su curso;  con el tiempo se ordenó el primero de ellos, en diciembre de 1962. Y tras el tiempo de pastoral en Málaga fue destinado con el equipo de formación a Córdoba. De aquí, siguió por Baeza, Málaga, Argentina (Buenos Aires, Tandil, Córdoba, Alta Gracia, La Plata y Buenos Aires), Cádiz, Sevilla y Burgos.

Dar clase en nuestros colegios como al servicio de la formación de los candidatos a la vida religiosa fue una de las facetas principales del P. Ramón. Casi era un clásico en este campo. Como profesor de griego lo recordaremos, siempre, por su vocabulario como por las etimologías de las palabras castellanas derivadas de aquella lengua.

Gozaba de buena salud como buen deportista, aunque comenzó a complicarse siendo superior y formador en La Plata (199). Aquí se le cambió ritmo. Ya no estaba tranquilo  y esa continua preocupación le acompañó hasta el final.

La dimensión pastoral de párroco y vicario parroquial (además de decano o arcipreste) le ocupó buena parte de su sacerdocio, con lo que lleva consigo en la tarea de reuniones, grupos, encuentros, organizaciones, confesiones, predicaciones... Su carácter le hacía cercano a los feligreses si bien su prudencia y timidez le hacían poner distancia.

Siempre acogedor y dialogante cuando te encontrabas con él en la comunidad. Sabías que tenías un hermano delante. Conectabas con facilidad si hablabas de deportes,  música, de los frailes o comunidades, con su preguntita familiar: “¿Cómo andáis por allí?”.

Me parece que en el asunto de la disciplina nos pasábamos un poco los chiquillos; pero es cierto que lo queríamos mucho. Tanto sus celebraciones como predicaciones, sencillas y cercanas, se mezclaban con los ensayos del coro en que lo sacábamos de quicio, con los desafinamientos; entre sostenidos y bemoles, no entendíamos fuesen tan importantes para las celebraciones. Pero, se superaba con facilidad, y comenzaba de nuevo.

Siempre lo veíamos padre, sencillo, respetuoso, piadoso y bondadoso. Nosotros lo considerábamos el padre bueno. Y en sus oficios como superior, formador, rector o de dimensión pastoral se le veía sin ánimo de cargos ni de superioridad. Así, pues, buen recuerdo nos deja este hermano de hábito que amaba la Iglesia y la Orden  con el silencio y la soledad.

Quiero recordar una anécdota que me contó más de una vez en la que se refleja su docilidad: recién ordenado sacerdote, en la comunidad de Úbeda le pusieron la celebración de la misa en Baeza, para ayudar a los padres de aquella casa. Se despistó un poco con los horarios; el tiempo se le echó encima, y con su hábito y sandalias fue corriendo hasta llegar a la iglesia de la Concepción. La vuelta, tras la misa, la hizo en autobús. Más tarde, cuando se sacó el carnet de conducir, se prestó a hacer muchos favores llevando a los hermanos a la estación, a tal ciudad, efectuando encargos y con agilidad; uno de esos favorecidos lo hizo conmigo llevándome desde Córdoba a Tucumán (560 km). Y con el mundo del volante, los aparatos mecánicos y eléctricos le encantaban al igual que las herramientas de trabajo. Quería que todo estuviese funcionando y para el servicio de la comunidad. Era creativo. Ahora le llegó el momento de de parar, y de desearte con todo corazón que descanse en paz.





* Fr. Francisco Víctor López Fernández, ocd. (Fr. Francisco de la Virgen, Carmelita Descalzo), es licenciado en Ciencias Eclesiásticas por la Facultad de Teología de Granada y licenciado en Teología Espiritual (Teresianum – Roma) Actualmente es conventual del Convento de Carmelitas de Ubeda-Baeza, España.

domingo, 13 de agosto de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”


19º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 14, 22-33


Después que se sació la gente, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante Él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor.


“Señor, sálvame” (Mt 14, 30).

La primera lectura (1 Re 19, 9a. 11-13a) habla de Elías, el profeta de fuego, que abatido por las luchas y las persecuciones, sube al monte Horeb a encontrar fortaleza en el lugar donde Dios se reveló a Moisés. Y en el Monte santo Dios se le revela también a él: «Sal —oye que le dicen— y aguarda al Señor en el monte». Al punto pasó un viento huracanado, que agrietaba los montes; siguió un terremoto y luego un fuego, pero —repite hasta tres veces el sagrado texto— «en el viento..., en el terremoto..., en el fuego no estaba el Señor» (ib 11-12). Todo ya en calma, «se escuchó un susurro»; Elías intuyó en él la presencia del Señor y, en señal de respeto, «se cubrió el rostro con el manto» (ib 13).

Dios se hace preceder y como anunciar por las fuerzas poderosas de la naturaleza, índices de su omnipotencia; pero cuando quiere revelarse al profeta desesperanzado y cansado, lo hace en el suave susurro de una brisa leve, la cual al mismo tiempo que expresa su espiritualidad misteriosa, indica también su bondad delicada con la debilidad del hombre y la intimidad en que quiere comunicarse a él. El trozo bíblico termina aquí sin referir el diálogo entre Dios y su profeta, pero es suficiente para demostrar cómo interviene Dios para sostener al hombre que, oprimido por las dificultades de la vida, se refugia en él.

En un contexto harto diferente presenta el Evangelio (Mt 14, 22-33) un episodio sustancialmente semejante. La tarde de la multiplicación de los panes, ordena Jesús a sus discípulos atravesar el lago y precederle en la otra orilla mientras él, despedida la muchedumbre, va solo al monte a orar. Es de noche; la barca de los Doce avanza a duras penas por la violencia de las olas viento contrario, de modo que «se fatigaban remando» (Mc 6, 48). Al alba ven a Jesús venir hacia ellos «andando sobre el agua», y creyéndolo un fantasma, gritan llenos de pavor. Pero la palabra del Señor los serena: «¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14, 27); y Pedro más osado dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua» (ib 28). El apóstol no duda de que Jesús tiene ese poder, y a una palabra suya baja de la barca y camina sobre el agua. Pero un instante después, asustado por la violencia del viento, está Ora hundirse e invoca: «¡Señor, sálvame!» (ib 30).

Es muy humano este contraste entre la fe de Pedro y su miedo instintivo; lo mismo que Elías está lleno de celo y ardor por su Señor, pero está también expuesto a los miedos y abatimientos y necesita que el Señor intervenga para sostenerlo. En el Horeb Dios hizo sentir su presencia al profeta, se le reveló y le habló, pero siguió siendo el invisible. En el lago, en cambio, Dios se deja reconocer en la realidad de su persona humano-divina; los discípulos no se cubren el rostro en su presencia, sino que ponen en él su mirada, pues ha velado su divinidad bajo carne humana. Se ha hecho hombre, hermano; por eso los discípulos, y especialmente Pedro, tratan con él con tanta familiaridad. Y Jesús también familiarmente los anima o los reprende, calma el viento, tiende la mano a Pedro, lo agarra y le dice: «¡Qué poca fe!, ¿por qué has dudado?» (ib 31).

La poquedad de su fe hace al cristiano miedoso en los peligros, abatido en las dificultades y por eso le pone a pique de naufragar. Pero donde la fe es viva, dónde no se duda del poder de Jesús y de su continua presencia en la Iglesia, no habrá nunca peligro de naufragio, porque la mano del Señor se extenderá invisible para salvar la barca de la Iglesia, lo mismo que a cada fiel.


«No temáis»: dices a tus discípulos... ¡Oh, qué bueno eres, Dios mío, diciéndoles a ellos y diciéndonos a nosotros esta palabra!... ¡Qué débil soy, qué miserable, qué pecador, qué agitado estoy de continuo por el viento de la tentación y cómo estoy a punto de anegarme...! Porque no es tanto que la tentación sea fuerte cuanto que yo soy débil... Sí, lo reconozco; tú no dejas que yo sea muy tentado; siento tu mano sin cesar sobre mí, para protegerme, y cualquier tentación grave...

¡Qué bueno eres, Dios mío, diciéndome a mí que bogo sin avanzar un paso, a mí que me siento juguete de las olas e impotente para continuar: «No temas...». ¡Qué bueno eres, no sólo diciéndome esa palabra, sino también dejándome entrever la esperanza de que llegará un día en que tú mismo subirás a mi pobre barquilla y ella entonces se hallará de golpe en aquella ribera a la que tiende sin poder avanzar. Aquella ribera es el cumplimiento de tu voluntad, a la que quisiera llegar finalmente en esta vida, y es te eternidad a la que te suplico hagas llegar mi barquilla, ¡oh divino, oh dulce piloto, oh buen Jesús! (C. DE FOUCAULD, Medltaciones sobre el evangelio).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 19º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A



“No tengáis miedo” (Mt. 14, 22-33)




sábado, 12 de agosto de 2017

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Cultura, ciencia y Dios





VIGÉSIMO NOVENO PROGRAMA DEL CICLO




“¿Qué es cultura? Es cultura aquello que impulsa al hombre a respetar más a sus semejantes, a ocupar mejor su tiempo libre, a trabajar con un sentido más humano, a gozar de la belleza y amar a su Creador. La cultura gana en calidad, cuando contribuye a vivir armoniosamente, toda la constelación de los valores humanos.

Sembrad, con la cultura, gérmenes de humanidad; gérmenes que crezcan, se desarrollen y hagan robustas a las nuevas generaciones. Trabajad en el mundo de la cultura con un sentido de trascendencia, porque Dios es la Suma Verdad, la Suma Belleza, el Sumo Bien y con la labor científica y artística, se puede dar gloria al Creador y preparar así el encuentro con Dios Salvador.”

(San Juan Pablo II, Discursos en Argentina, 12 de abril de 1987, en el Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires).

jueves, 10 de agosto de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “El perdón de Dios nos ofrece la esperanza de una vida nueva”




Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 9 de agosto de 2017



Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado la reacción de los comensales de Simón el fariseo: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» (Lc 7,49). Jesús ha apenas realizado un gesto escandaloso. Una mujer de la ciudad, conocida por todos como una pecadora, ha entrado en la casa de Simón, se ha inclinado a los pies de Jesús y ha derramado sobre sus pies óleo perfumado. Todos los que estaban ahí en la mesa murmuraban: si Jesús es un profeta, no debería aceptar gestos de este género de una mujer como esta. Desprecio. Aquellas mujeres, pobrecitas, que sólo servían para ser visitadas a escondidas, incluso por los jefes, o para ser lapidadas. Según la mentalidad de ese tiempo, entre el santo y el pecador, entre lo puro y lo impuro, la separación tenía que ser neta.

Pero la actitud de Jesús es diversa. Desde el inicio de su ministerio en Galilea, Él se acerca a los leprosos, a los endemoniados, a todos los enfermos y los marginados. Un comportamiento de este tipo no era para nada habitual, tanto es así que esta simpatía de Jesús por los excluidos, los “intocables”, será una de las cosas que más desconcertarán a sus contemporáneos. Ahí donde hay una persona que sufre, Jesús se hace cargo, y ese sufrimiento se hace suyo. Jesús no predica que la condición de pena debe ser soportada con heroísmo, a la manera de los filósofos estoicos. Jesús comparte el dolor humano, y cuando lo encuentra, de su interior emerge esa actitud que caracteriza el cristianismo: la misericordia. Jesús, ante el dolor humano siente misericordia; el corazón de Jesús es misericordioso. Jesús siente compasión. Literalmente: Jesús siente estremecer sus vísceras. Cuantas veces en los evangelios encontramos reacciones de este tipo. El corazón de Cristo encarna y revela el corazón de Dios, y ahí donde existe un hombre o una mujer que sufre, quiere su sanación, su liberación, su vida plena.

Es por esto que Jesús abre los brazos a los pecadores. Cuánta gente perdura también hoy en una vida equivocada porque no encuentra a nadie disponible a mirarlo o verlo de modo diverso, con los ojos, mejor dicho, con el corazón de Dios, es decir, mirarlos con esperanza. Jesús en cambio, ve una posibilidad de resurrección incluso en quien ha acumulado tantas elecciones equivocadas. Jesús siempre está ahí, con el corazón abierto; donando esa misericordia que tiene en el corazón; perdona, abraza, entiende, se acerca… ¡Así es Jesús!

A veces olvidamos que para Jesús no se ha tratado de un amor fácil, de poco precio. Los evangelios registran las primeras reacciones negativas en relación a Jesús justamente cuando Él perdonó los pecados de un hombre (Cfr. Mc 2,1-12). Era un hombre que sufría doblemente: porque no podía caminar y porque se sentía “equivocado”. Y Jesús entiende que el segundo dolor es más grande que el primero, tanto que lo acoge enseguida con un anuncio de liberación: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (v. 5). Libera de aquel sentimiento de opresión de sentirse equivocado. Es entonces que algunos escribas – aquellos que se creen perfectos: yo pienso en tantos católicos que se creen perfectos y desprecian a los demás… es triste esto – algunos escribas allí presentes se escandalizan por las palabras de Jesús, que suenan como una blasfemia, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.

Nosotros que estamos acostumbrados a experimentar el perdón de los pecados, quizás demasiado a “buen precio”, deberíamos algunas veces recordarnos cuánto le hemos costado al amor de Dios. Cada uno de nosotros ha costado bastante: ¡la vida de Jesús! Él lo habría dado por cada uno de nosotros. Jesús no va a la cruz porque cura a los enfermos, porque predica la caridad, porque proclama las bienaventuranzas. El Hijo de Dios va a la cruz sobre todo porque perdona: perdona los pecados, porque quiere la liberación total, definitiva del corazón del hombre. Porque no acepta que el ser humano consuma toda su existencia con este “tatuaje” imborrable, con el pensamiento de no poder ser acogido por el corazón misericordioso de Dios. Y con estos sentimientos Jesús va al encuentro: de los pecadores, de los cuales todos nosotros somos los primeros.

Así los pecadores son perdonados. No solamente son consolados a nivel psicológico: el perdón nos consuela mucho, porque son liberados del sentimiento de culpa. Jesús hace mucho más: ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva. “Pero, Señor, yo soy un trapo” – “Pero, mira adelante y te hago un corazón nuevo”. Esta es la esperanza que nos da Jesús. Una vida marcada por el amor. Mateo el publicano se convierte en apóstol de Cristo: Mateo, que era un traidor de la patria, un explotador de la gente. Zaqueo, rico corrupto: este seguramente tenía un título en coimas, Zaqueo, rico corrupto de Jericó, se transforma en un benefactor de los pobres. La mujer de Samaria, que tenía cinco maridos y ahora convive con otro, recibe la promesa del “agua viva” que podrá brotar por siempre dentro de ella. (Cfr. Jn 4,14). Y así, cambia el corazón, Jesús; hace así con todos.

Nos hace bien pensar que Dios no ha elegido como primera amalgama para formar su Iglesia a las personas que no se equivocan jamás. La Iglesia es un pueblo de pecadores que experimentan la misericordia y el perdón de Dios. Pedro ha entendido más la verdad de sí mismo al canto del gallo, en vez que de sus impulsos de generosidad, que le henchían el pecho, haciéndolo sentir superior a los demás.

Hermanos y hermanas, somos todos pobres pecadores, necesitados de la misericordia de Dios que tiene la fuerza de transformarnos y devolvernos la esperanza, y esto cada día. ¡Y lo hace! Y a la gente que ha entendido esta verdad fundamental, Dios regala la misión más bella del mundo, es decir, el amor por los hermanos y las hermanas, y el anuncio de una misericordia que Él no niega a ninguno. Y esta es nuestra esperanza. Vayamos adelante con esta confianza en el perdón, en el amor misericordioso de Jesús.

Francisco

miércoles, 9 de agosto de 2017

VIVENCIAS PERSONALES: Fray Ramón Terrones, carmelita descalzo, In memoriam

Ramón Terrones y yo en el jardín de "Las Moradas"
en Alta Gracia, Córdoba, Argentina, en enero de 1984.
Queridos amigos y hermanos del blog: el comunicado del día de ayer en la página web de los Carmelitas Descalzos de la Provincia Ibérica es escueto y determinante:

Ha fallecido nuestro hermano
el padre Ramón Terrones

Queridos hermanos y hermanas: Nos han comunicado que ha muerto nuestro hermano el padre Ramón de la Virgen del Carmen (Terrones Casado) en el convento de Burgos - San José, aunque el óbito se ha producido en el hospital. Había nacido en Porcuna (Jaén) el 6 de marzo de 1935 y era carmelita descalzo profeso desde el 25 de septiembre de 1955 y sacerdote desde el 22 de diciembre de 1962. Ha marchado al encuentro del Padre con 82 años y casi 62 de profesión religiosa. El funeral y entierro se celebrará mañana día 9 a las 16.30 en Burgos.

Encomendemos su vida y su obra entre nosotros, dando gracias y presentando toda su persona ante Dios, que reconocerá su entrega y buen hacer. Un abrazo fraterno.

Un buen cristiano que alguna vez leyó en mi blog el artículo donde hablaba de él (http://padrejosemedina.blogspot.com.es/2012/07/vivencias-personales-encuentro-en.html) tuvo la delicadeza de hoy temprano comunicarse conmigo a través de Facebook y contarme lo ocurrido. Dios le pague tamaño gesto de delicadeza y amor fraterno.

Fray Ramón y yo

En 1981 yo tenía 18 años y estaba –junto con mi familia- viviendo en la ciudad cordobesa de Alta Gracia, que es un antiguo y prestigioso lugar turístico caracterizado por el emplazamiento del casco de una estancia jesuítica. En esa hermosa ciudad serrana conocí al fraile Ramón Terrones, quien cada tarde bajaba desde la Gruta de la Virgen de Lourdes a celebrar la misa vespertina a las Madre Carmelitas Descalzas, cuyo monasterio se encuentra bajo la advocación de “Nuestra Señora de Belén y San José”.

Yo en esos juveniles años no pensaba ser sacerdote, ni mucho menos. Estando terminando mis estudios secundarios, de novio con una hermosa compañera de aquél último año de la secundaria y soñando abrirme camino en los medios de comunicación social, específicamente en el apasionante mundo del cine. Pero Dios tenía otros planes y ¡Bendito sea! Que así haya sido.

Fray Ramón, hombre de una gran sencillez y con el encanto y la gracia propia del buen andaluz, fue captando poco a poco mi atención, fui acercándome a sus vespertinas misas, quedándome al fondo de la Iglesia, hasta que un día me invita a ayudarle como monaguillo, y ahí estaba yo en el altar, observado por la atenta mirada de las monjas carmelitas descalzas y sin la menor idea de lo que estaba haciendo en tan sagrado lugar…

De ahí comenzaron a sucederse muchos encuentros e interminables conversaciones a la salida de la Misa en las Carmelitas, en las visitas que le hacía en la gruta de Lourdes y en “Las Moradas” un antiguo hotel de esa zona serrana que comprado por los Carmelitas se convirtió en una Casa de Retiro, que fue también tiempo después y por algunos años Noviciado.

Recuerdo que una vez me animé a preguntarle ¿Qué hace un sacerdote? Ante lo cual me respondió –con gran sabiduría- que lo más importante es “lo qué es un sacerdote”, y luego lo que hace. Sabia distinción que me ha seguido acompañando y cuestionando durante mis casi 26 años de ministerio sacerdotal.

Los años fueron pasando, nos seguimos viendo y compartiendo distintas instancias de la vida, ya que mi vocación ha estado unida –en distintos momentos y en distintas formas- y lo estará por siempre al carisma y espiritualidad carmelitana, vivida desde mi vocación al sacerdocio secular o diocesano.

Fray Ramón y mi vocación sacerdotal

Fray Ramón Terrones es a quien yo considero padre de mi vocación, fue quien con su ejemplo de vida y con su “estilo de fraternidad” tan propio del Carmelo Teresiano suscitó en mí los primeros destellos de la vocación sacerdotal. Hoy como sacerdote sé que para despertar santas vocaciones al sacerdocio es necesario rezar de manera convencida, humilde e insistente a Dios; así como también dar un testimonio ardoroso de su amor que muestre la belleza de este llamado.

Pues bien, todo esto que hoy yo creo convencido es lo que percibí en Fray Ramón, en el día a día de un hombre que lejos de su tierra andaluza y de su gente, le dedicó 26 años de sacerdocio al Carmelo y a la Iglesia en Argentina y a quien hoy, a través de estas palabras y estas imágenes, le agradezco todo lo que hizo por mí, por que si yo cada día alzo en mis manos esa pequeña forma de plan blanco y luego se convierte en el Cuerpo de Cristo, Pan vivo para nuestra salvación, es porque un día, supo ver en mi -en semilla- el buen trigo que amasaría a un Sacerdote para siempre.

¡Hasta el Cielo, Fray Ramón, hasta el Cielo!

¡Gracias querido Ramón!, gracias por aquellos años que te desgastaste de un rincón a otro de mi país como encargado vocacional; gracias por aquellas primeras misas en que fui tu monaguillo, y te pasaba el vino cuando todavía no te había pasado el pan; gracias por aquella vez que detuviste tu camioneta junto al rio que atraviesa parte de la ciudad y lograste arrancarme aquella primera confesión que comenzó a poner en orden mi juvenil vida; gracias por aquellas sopas que tan ricamente preparabas en las frías noches serranas y por las interminables charlas que acompañaban esas cenas; gracias en fin… es imposible escribir todo, todo cuanto ha quedado grabado en nuestros corazones y en el corazón de Dios.

Ah, muy especialmente gracias, por aquel reencuentro después de 12 años en el día de la Virgen del Carmen de 2012 en el Convento del Santo Ángel de Sevilla…

Desde estas sentidas palabras te mando un fuerte abrazo, mi cariño hecho oración y mi eterna gratitud. Encomiendo tu noble alma a la dulce intercesión de la Virgen del Carmen, Reina y Hermosura del Carmelo.

¡Hasta el Cielo, Fray Ramón, hasta el Cielo!

Con mi bendición.
Padre José Medina.

Ramón Terrones y yo frente al Altar Mayor del Convento del
Santo Ángel de Sevilla, España, el 16 de julio de 2012.

sábado, 5 de agosto de 2017

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Iglesia y Estado



VIGÉSIMO OCTAVO PROGRAMA DEL CICLO


“La Iglesia reconoce, respeta y alienta la legítima autonomía de las realidades temporales, y específicamente de la política. Su misión propia la sitúa en un plano diverso ella es “signo y salvaguarda del carácter trascendente de la persona humana” (Gadium et spes, 76).

No obstante, el mensaje cristiano es portador de una buena nueva para todos, también para el mundo político, económico y jurídico. Cuando la autoridad de la Iglesia, proclama la doctrina cristiana o emite juicios de carácter moral sobre las realidades de orden político, y cuando impulsa la promoción de la dignidad y los derechos inalienables del hombre busca sobre todo el bien integral de la comunidad política, y, el bien integral de la persona.

(San Juan Pablo II, Discursos en Argentina, 6 de abril de 1987, Casa de Gobierno, Buenos Aires).

jueves, 3 de agosto de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Si somos fieles a nuestro Bautismo, transmitiremos a las futuras generaciones razones de vida”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 2 de agosto de 2017


Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Existió un tiempo en el cual las iglesias estaban orientadas hacia el este. Se entraba en el edificio sagrado por una puerta abierta hacia occidente y, caminando en la nave, se dirigía hacia oriente. Era un símbolo importante para el hombre antiguo, una alegoría que en el curso de la historia ha progresivamente decaído. Nosotros hombres de la época moderna, mucho menos acostumbrados a ver los grandes signos del cosmos, casi nunca nos damos cuenta de un detalle particular de este tipo. El occidente es el punto cardinal del ocaso, donde muere la luz. El oriente, en cambio, es el lugar donde las tinieblas son vencidas por la primera luz de la aurora y nos recuerda a Cristo, Sol surgido de lo alto al horizonte del mundo (Cfr. Lc 1,78).

Los antiguos ritos del Bautismo proveían que los catecúmenos emitieran la primera parte de su profesión de fe teniendo la mirada dirigida hacia occidente. Y en esa posición eran interrogados: “¿Renuncian a Satanás, a su servicio y a sus obras?” – Y los futuros cristianos repetían en coro: “¡Renuncio!”. Luego se giraban hacia el ábside, en dirección al oriente, donde nace la luz, y los candidatos al Bautismo eran nuevamente interrogados: “¿Creen en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo?”. Y esta vez respondían: “¡Creo!”.

En los tiempos modernos se ha parcialmente perdido el encanto de este rito: hemos perdido la sensibilidad del lenguaje del cosmos. Nos ha quedado naturalmente la profesión de fe, hecha según la interrogación bautismal, que es propio de la celebración de algunos sacramentos. Ésta permanece de todos modos intacta en su significado. ¿Qué cosa quiere decir ser cristianos? Quiere decir mirar a la luz, continuar a hacer la profesión de fe en la luz, incluso cuando el mundo está envuelto por la noche y las tinieblas.

Los cristianos no están eximidos de las tinieblas, externas y también internas. No viven fuera del mundo, pero, por la gracia de Cristo recibida en el Bautismo, son hombres y mujeres “orientados”: no creen en la oscuridad, sino en el resplandecer del día; no sucumben en la noche, sino que esperan la aurora; no son derrotados por la muerte, sino que anhelan el resucitar; no son doblegados por el mal, porque confían siempre en las infinitas posibilidades del bien. Y esta es nuestra esperanza cristiana. La luz de Jesús, la salvación que nos trae Jesús con su luz y nos salva de las tinieblas.

¡Nosotros somos los que creen que Dios es Padre: esta es la luz! No somos huérfanos, tenemos un Padre y nuestro Padre es Dios. ¡Creemos que Jesús ha venido en medio de nosotros, ha caminado en nuestra misma vida, haciéndose compañero sobre todo de los más pobres y frágiles: esta es la luz! ¡Creemos que el Espíritu Santo obra sin descanso por el bien de la humanidad y del mundo, e incluso los dolores más grandes de la historia serán superados: esta es la esperanza que nos vuelve a despertar cada mañana! ¡Creemos que todo afecto, toda amistad, todo buen deseo, todo amor, incluso los más pequeños y descuidados, un día encontrarán su cumplimiento en Dios: esta es la fuerza que nos impulsa a abrazar con entusiasmo nuestra vida todos los días! Y esta es nuestra esperanza: vivir en la esperanza y vivir en la luz, en la luz de Dios Padre, en la luz de Jesús Salvador, en la luz del Espíritu Santo que nos impulsa a ir adelante en la vida.

Luego hay otro signo muy bello de la liturgia bautismal que nos recuerda la importancia de la luz. Al final del rito, a los padres –si es un niño– o al mismo bautizado –si es un adulto– se le entrega una vela, cuya llama es encendida del cirio pascual. Se trata del gran cirio que en la noche de Pascua entra en la iglesia completamente oscura, para manifestar el misterio de la Resurrección de Jesús; de este cirio todos encienden la propia vela y transmiten la llama a los vecinos: en este signo está la lenta propagación de la Resurrección de Jesús en la vida de todos los cristianos. La vida de la Iglesia –diré una palabra un poco fuerte– la vida de la Iglesia es contaminación de luz. Cuanta luz de Jesús tenemos nosotros los cristianos, cuanta más luz existe en la vida de la Iglesia más es viva la Iglesia. La vida de la Iglesia es contaminación de luz.

La exhortación más bella que podemos dirigirnos recíprocamente es la de recordarnos siempre de nuestro Bautismo. Yo quisiera preguntarles: ¿Cuántos de ustedes recuerdan la fecha de su Bautismo? No respondan porque alguien se avergonzará. Piensen. Yo no lo recuerdo. Bien, hoy tienen una tarea para la casa, ir donde la mamá, el papá, la tía, el tío, la abuela, el abuelo y preguntarle: ¿Cuál es la fecha de mi bautismo? Y no olvidarlo nunca. ¿Está claro? ¿Lo harán? Hoy aprenderán a recordar la fecha del Bautismo, que es la fecha del renacer, es la fecha de la luz, es la fecha en la cual –me permito una palabra– en la cual hemos sido contaminados por la luz de Cristo. Una tarea para la casa, recordar cuál es la fecha del Bautismo. ¿Claro? Bien. Nosotros hemos nacido dos veces: la primera a la vida natural, la segunda, gracias al encuentro con Cristo, en la fuente bautismal. Ahí hemos muerto a la muerte, para vivir como hijos de Dios en este mundo. Ahí nos hemos convertido en humanos como jamás lo habríamos imaginado. Es por esto que todos debemos difundir el perfume del Crisma, con el cual hemos sido marcados en el día de nuestro Bautismo. En nosotros vive y opera el Espíritu de Jesús, primogénito de muchos hermanos, de todos los que se oponen a la inevitabilidad de las tinieblas y de la muerte.

¡Qué agradable cuando un cristiano se hace verdaderamente un “cristóforo”, ¿qué quiere decir cristóforo? Quiere decir, “portador de Jesús” al mundo! Sobre todo para los que están atravesando situaciones de luto, de desesperación, de oscuridad y de odio. Y esto se comprende de tantos pequeños detalles: de la luz que un cristiano custodia en los ojos, de la serenidad que no es quebrada ni siquiera en los días más complicados, del deseo de recomenzar a querer bien y caminar incluso cuando se han experimentado muchas desilusiones. En el futuro, cuando se escriba la historia de nuestros días, ¿Qué se dirá de nosotros? ¿Que hemos sido capaces de la esperanza, o quizás que hemos puesto nuestra luz debajo de la cama? Si somos fieles a nuestro Bautismo, difundiremos la luz de la esperanza, el Bautismo es el inicio de la esperanza, esa esperanza de Dios y podremos transmitir a la generaciones futuras razones de vida. Y para no olvidarme cuál es la tarea para la casa, díganlo ustedes. ¡No escucho, recordar la fecha del propio Bautismo!

Francisco

martes, 1 de agosto de 2017

INTENCIONES DEL PAPA: Mes de AGOSTO de 2017

Queridos amigos y hermanos del blog: El Papa confía cada mes a su Red Mundial de Oración, el Apostolado de la Oración, intenciones que expresan sus grandes preocupaciones por la humanidad y por la misión de la Iglesia. Su intención de oración mensual (un mes es universal, otro mes por la evangelización) es una convocatoria mundial para transformar nuestra plegaria en «gestos concretos». Resume su plan de acción para movilizarnos cada mes, por la oración y la acción, por un propósito que nos invita a construir un mundo más humano y solidario. Además el Santo Padre propone al principio de mes (1er Ángelus) una intención en relación con la actualidad, una intención de “último minuto” que nos saca de la “globalización de la indiferencia”.




La INTENCIÓN UNIVERSAL para AGOSTO 2017 es:


“Por los artistas de nuestro tiempo, para que, a través de las obras de su creatividad, nos ayuden a todos a descubrir la belleza de la creación.”



COMENTARIO PASTORAL:

A los que con apasionada entrega buscan nuevas «epifanías» de la belleza para ofrecerlas al mundo a través de la creación artística.

« Dios vio cuanto había hecho, y todo estaba muy bien » (Gn 1, 31)

El artista, imagen de Dios Creador

1. Nadie mejor que vosotros, artistas, geniales constructores de belleza, puede intuir algo del pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos. Un eco de aquel sentimiento se ha reflejado infinitas veces en la mirada con que vosotros, al igual que los artistas de todos los tiempos, atraídos por el asombro del ancestral poder de los sonidos y de las palabras, de los colores y de las formas, habéis admirado la obra de vuestra inspiración, descubriendo en ella como la resonancia de aquel misterio de la creación a la que Dios, único creador de todas las cosas, ha querido en cierto modo asociaros.

Por esto me ha parecido que no hay palabras más apropiadas que las del Génesis para comenzar esta Carta dirigida a vosotros, a quienes me siento unido por experiencias que se remontan muy atrás en el tiempo y han marcado de modo indeleble mi vida. Con este texto quiero situarme en el camino del fecundo diálogo de la Iglesia con los artistas que en dos mil años de historia no se ha interrumpido nunca, y que se presenta también rico de perspectivas de futuro en el umbral del tercer milenio.

En realidad, se trata de un diálogo no solamente motivado por circunstancias históricas o por razones funcionales, sino basado en la esencia misma tanto de la experiencia religiosa como de la creación artística. La página inicial de la Biblia nos presenta a Dios casi como el modelo ejemplar de cada persona que produce una obra: en el hombre artífice se refleja su imagen de Creador. Esta relación se pone en evidencia en la lengua polaca, gracias al parecido en el léxico entre las palabras stwórca (creador) y twórca (artífice).

¿Cuál es la diferencia entre « creador » y « artífice »? El que crea da el ser mismo, saca alguna cosa de la nada —ex nihilo sui et subiecti, se dice en latín— y esto, en sentido estricto, es el modo de proceder exclusivo del Omnipotente. El artífice, por el contrario, utiliza algo ya existente, dándole forma y significado. Este modo de actuar es propio del hombre en cuanto imagen de Dios. En efecto, después de haber dicho que Dios creó el hombre y la mujer « a imagen suya » (cf. Gn 1, 27), la Biblia añade que les confió la tarea de dominar la tierra (cf.Gn 1, 28). Fue en el último día de la creación (cf. Gn 1, 28-31). En los días precedentes, como marcando el ritmo de la evolución cósmica, el Señor había creado el universo. Al final creó al hombre, el fruto más noble de su proyecto, al cual sometió el mundo visible como un inmenso campo donde expresar su capacidad creadora.

Así pues, Dios ha llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole la tarea de ser artífice. En la «creación artística» el hombre se revela más que nunca «imagen de Dios» y lleva a cabo esta tarea ante todo plasmando la estupenda « materia » de la propia humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el universo que le rodea. El Artista divino, con admirable condescendencia, trasmite al artista humano un destello de su sabiduría trascendente, llamándolo a compartir su potencia creadora. Obviamente, es una participación que deja intacta la distancia infinita entre el Creador y la criatura, como señalaba el Cardenal Nicolás de Cusa: «El arte creador, que el alma tiene la suerte de alojar, no se identifica con aquel arte por esencia que es Dios, sino que es solamente una comunicación y una participación del mismo»[1].

Por esto el artista, cuanto más consciente es de su «don», tanto más se siente movido a mirar hacia sí mismo y hacia toda la creación con ojos capaces de contemplar y de agradecer, elevando a Dios su himno de alabanza. Sólo así puede comprenderse a fondo a sí mismo, su propia vocación y misión. […]

Carta a los artistas
JUAN PABLO II
4 de abril de 1999