lunes, 30 de enero de 2017

HOMILÍAS (audios): Radio María y la devoción mariana




Homilía del Padre José Medina, del sábado 28 de enero de 2017, en la Santa Misa retransmitida por Radio María España y celebrada en la Parroquia Nuestra Señora de la Saleta, de la ciudad de Alcorcón, Madrid, en la Diócesis de Getafe, España.

Un sacerdote de Jesucristo predicando y Radio María llevando el mensaje de Jesucristo por todos los confines de España y del mundo entero, ¡Viva la Radio de la Virgen!

domingo, 29 de enero de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: "Bienaventurados porque tendréis una gran recompensa en el cielo"


4º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 5,1-12

En aquel tiempo, viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros».

Palabra del Señor.


“Sálvanos, Señor Dios nuestro…, para dar gracias a tu nombre santo” (Sal 106).

Después de haber anunciado a Israel prevaricador los castigos de Dios, Sofonías deja oír una voz de esperanza: “Buscad a Dios los humildes” (2, 3). Se anuncia la salvación a los humildes; Dios perderá a los soberbios y rebeldes, y de Israel quedará sólo “un resto” de gente humilde y pobre. “Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor” (Sof 3, 12).

A este “resto”, a estos “pobres y humildes” ha venido Jesús a traer la salvación; no es, pues, de extrañar que el “sermón del monte” se abra con  este anuncio jubiloso: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5, 3). Pero se advierte enseguida una precisión importante. No es la pobreza material la declarada dichosa, sino la disposición espiritual -“pobres de espíritu”- por la que el hombre no funda su confianza en sí mismo ni en los bienes de la tierra, sino en Dios. La pobreza material es bienaventurada sólo en la medida que conduce a esa actitud interior.

“Dichosos los que lloran”, o sea, los que aceptan las tribulaciones de la vida, reconociendo a Dios el derecho a probarlos con el sufrimiento, sin dudar por eso de su amor paternal. “Dichosos los sufridos” que, a pesar de ser pobres y estar atribulados, no procuran por la violencia procurarse una situación mejor, ni intentan avasallar a los otros. “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia”, no para reivindicar sus propios derechos, sino que aspiran a una “justicia”, a una virtud, a una santidad mayor.

“Dichosos los misericordiosos” que, conscientes de su necesidad de la misericordia divina, saben compadecerse de los fallos ajenos y excusarlos benévolamente. “Dichosos los limpios de corazón” que, no teniendo el espíritu oscurecido por las pasiones o el pecado, son capaces de comprender las cosas de Dios. “Dichosos los pacíficos” que, estando en paz con Dios y consigo mismos, van sembrando paz en su camino. “Dichosos los perseguidos por la justicia”, que sufren por una causa santa, por la fe, por el Evangelio.

En todas estas clases de personas hay una disposición común y fundamental, que las hace aptas para el reino de los cielos, y es su apertura a Dios. En vez de confiar en sus recursos materiales o morales, ponen en Dios su confianza; en vez de satisfacerse en los bienes terrenos, viven a la espera de los celestiales. Y justamente se les promete estos bienes: Dios, su reino y su misericordia, su visión y bienaventuranza eterna. Para ser del número de estos “bienaventurados” hay que tener las disposiciones sin las que no se puede venir a ser discípulo de Cristo, ni alcanzar su salvación.


“Oh Jesús, tú proclamas dichosos a los pobres de espíritu; no sólo, pues, a los pobres voluntariamente que por seguirte lo han dejado todo y a los cuales has prometido el céntuplo en esta vida y en la futura, la vida eterna, sino también a todos los que tienen el espíritu desasido de los bienes terrenos, a los que viven efectivamente en la pobreza sin murmurar o impacientarse, a los que tienen el corazón apegado a las riquezas…, ni están dominados por el orgullo, por la injusticia o por la avidez insaciable de acumular. Como la pobreza hace en la tierra a los hombres despreciables, débiles e impotentes, tú, Señor, prometes a los pobres la felicidad… bajo el título más sublime, el del Reino… ¿Qué no estará el hombre dispuesto a padecer por un reino y mucho más por un reino en el cielo?...

Señor, te doy todo, lo abandono todo para tener parte en ese Reino. Que pueda yo, sostenido con esa esperanza, despojarme de todo como conviene. Me despojo de corazón y en espíritu, y si te place despojarme de hecho, me someto a ello desde ahora” (J. B. Bossuet, Meditaciones sobre el Evangelio, 1, 2).

“Lejos, Señor, lejos del corazón de vuestro siervo que se confiesa a Vos, lejos de mi juzgarme dichoso por cualquier goce que disfrute. Porque hay un goce que no se da a los impíos, sino sólo a los que desinteresadamente os sirven. Y la misma vida bienaventurada no es otra cosa sino gozar para Vos, de Vos, y por Vos. Mas los que piensen que es otra, van en pos de otro goce que no es el verdadero” (San Agustín, Confesiones, X, 22, 32).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 4º Domingo Tiempo Ordinario - Ciclo A


“Las bienaventuranzas” (Mt. 5, 1-12) 



viernes, 27 de enero de 2017

PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA SALETA: Santa Misa retransmitida por Radio María

Este sábado 28 de enero celebraré la SANTA MISA en la Parroquia Nuestra Señora de la Saleta (Alcorcón, Madrid) y será retransmitida por RADIO MARÍA ESPAÑA. 

¿Quiere que rece por sus intenciones? 

Apúntelas como comentario de esta publicación, muchas gracias!
Puede escuchar esta Santa Misa desde cualquier parte del mundo a través de:


jueves, 26 de enero de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Que la esperanza en Dios venza a nuestros temores”





Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 25 de enero de 2017



Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Entre las figuras de mujeres que el Antiguo Testamento nos presenta, destaca la de una gran heroína del pueblo: Judit. El libro bíblico que lleva su nombre narra la imponente campaña militar del rey Nabucodonosor, quien, reinando en Nínive, extiende las fronteras del imperio derrotando y esclavizando a todos los pueblos alrededor. El lector entiende que se encuentra delante de un grande, invencible enemigo que está sembrando muerte y destrucción y que llega hasta la Tierra Prometida, poniendo en peligro la vida de los hijos de Israel. El ejército de Nabucodonosor, de hecho, bajo la guía del general Holofernes, asedia a una ciudad de Judea, Betulia, cortando el suministro de agua y minando así la resistencia de la población.

La situación se hace dramática, al punto que los habitantes de la ciudad se dirigen a los ancianos pidiendo que se rindan a los enemigos. Las suyas son palabras desesperadas: “Ya no hay nadie que pueda auxiliarnos, porque Dios nos ha puesto en manos de esa gente para que desfallezcamos de sed ante sus ojos y seamos totalmente destruidos”. Han llegado a decir esto, Dios nos ha vendido, y la desesperación de esa gente era grande. “Llámenlos ahora mismo y entreguen la ciudad como botín a Holofernes y a todo su ejército” (Jdt 7,25-26).  El final parece casi ineluctable, la capacidad de fiarse de Dios ha desaparecido, la capacidad de fiarse de Dios ha desaparecido. Y cuántas veces nosotros llegamos a situaciones límite donde no sentimos ni siquiera la capacidad de tener confianza en el Señor, es una tentación fea. Y, paradójicamente, parece que, para huir de la muerte, no queda otra cosa que entregarse a las manos de quien mata. Pero ellos saben que estos soldados entrarán y saquearán la ciudad, tomarán a las mujeres como esclavas y después matarán a todos los demás. Esto es precisamente “el límite”. 

Y delante de tanta desesperación, el jefe del pueblo trata de proponer un punto de esperanza: resistir aún cinco días, esperando la intervención salvífica de Dios. Pero es una esperanza débil, que le hace concluir: “Si transcurridos estos días, no nos llega ningún auxilio, entonces obraré como ustedes dicen” (7,31). Pobre hombre, no tenía salida. Cinco días vienen concedidos a Dios –y aquí está el pecado– cinco días vienen concedidos a Dios para intervenir; cinco días de espera, pero ya con la perspectiva del final. Conceden cinco días a Dios para salvarles, pero saben, no tienen confianza, esperan lo peor. En realidad, nadie más, entre el pueblo, es todavía capaz de esperar. Estaban desesperados.

Es en esta situación que aparece en escena Judit. Viuda, mujer de gran belleza y sabiduría, ella habla al pueblo con el lenguaje de la fe, valiente, regaña a la cara al pueblo: “¡Ahora ustedes ponen a prueba al Señor todopoderoso, […]. No, hermanos; cuídense de provocar la ira del Señor, nuestro Dios. Porque si él no quiere venir a ayudarnos en el término de cinco días, tiene poder para protegernos cuando él quiera o para destruirnos ante nuestros enemigos. No exijan entonces garantías a los designios del Señor, nuestro Dios, porque Dios no cede a las amenazas como un hombre ni se le impone nada como a un mortal. Por lo tanto, invoquemos su ayuda, esperando pacientemente su salvación, y él nos escuchará si esa es su voluntad” (8,13.14- 15.17).

Es un lenguaje de la esperanza. Llamamos a las puertas del corazón de Dios, Él es Padre, Él puede salvarnos. ¡Esta mujer, viuda, corre el riesgo también de quedar mal delante de los otros! ¡Pero es valiente! ¡Va adelante! Y esto es algo mío, esta es una opinión mía: ¡las mujeres son más valientes que los hombres!

Con la fuerza de un profeta, Judit llama a los hombres de su pueblo para llevarles de nuevo a la confianza en Dios; con la mirada de un profeta, ella ve más allá del estrecho horizonte propuesto por los jefes y que el miedo hace todavía más limitado. Dios actuará realmente –ella afirma–, mientras la propuesta de los cinco días de espera es un modo para tentarlo y para escapar de su voluntad. El Señor es Dios de salvación, y ella lo cree, sea cual sea la forma que tome. Es salvación liberar de los enemigos y hacer vivir, pero, en sus planes impenetrables, puede ser salvación también entregar a la muerte. Mujer de fe, ella lo sabe. Después conocemos el final, como ha terminado la historia: Dios salva.

Queridos hermanos y hermanas, no pongamos nunca condiciones a Dios y dejemos que la esperanza venza a nuestros temores. Fiarse de Dios quiere decir entrar en sus diseños sin pretender nada, también aceptando que su salvación y su ayuda lleguen a nosotros de forma diferente de nuestras expectativas. Nosotros pedimos al Señor vida, salud, afectos, felicidad; y es justo hacerlo, pero en la conciencia de que Dios sabe sacar vida incluso de la muerte, que se puede experimentar la paz también en la enfermedad, y que puede haber serenidad también en la soledad y felicidad también en el llanto. No somos nosotros los que podemos enseñar a Dios lo que debe hacer, es decir lo que necesitamos. Él lo sabe mejor que nosotros, y tenemos que fiarnos, porque sus caminos y sus pensamientos son muy diferentes a los nuestros.

El camino que Judit nos indica es el de la confianza, de la espera en la paz, de la oración en la obediencia. Es el camino de la esperanza. Sin resignaciones fáciles, haciendo todo lo que está en nuestras posibilidades, pero siempre permaneciendo en el camino de la voluntad del Señor, porque  Judit –lo sabemos– ha rezado mucho, ha hablado mucho al pueblo y después, valiente, se ha ido, ha buscado el modo de acercarse al jefe del ejército y ha conseguido cortarle la cabeza, ha degollarlo. Es valiente en la fe y en las obras. El Señor busca siempre. Judit, de hecho, tiene su plan, lo realiza con éxito y lleva al pueblo a la victoria, pero siempre en la actitud de fe de quien acepta todo de la manos de Dios, segura de su bondad. Así, una mujer llena de fe y de valentía da de nuevo fuerza a su pueblo en peligro mortal y lo conduce en los caminos de la esperanza, indicándole también a nosotros. Y nosotros, si hacemos un poco de memoria, cuántas veces hemos escuchado palabras sabias, valientes, de personas humildes, de mujeres humildes que uno piensa que  –sin despreciarlas– son ignorantes… ¡Pero son palabras de la sabiduría de Dios, eh! Las palabras de las abuelas. Cuántas veces las abuelas saben decir la palabra justa, la palabra de esperanza, porque tienen la experiencia de la vida, han sufrido mucho, se han encomendado a Dios y el Señor da este don de darnos el consejo de esperanza.

Y, yendo por esos caminos, será alegría y luz pascual encomendarse al Señor con las palabras de Jesús: “Padre, si quieres, si tú quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Y esta es la oración de la sabiduría, de la confianza y de la esperanza.

martes, 24 de enero de 2017

PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA SALETA: Crónica del Encuentro de Radio María con oyentes de Alcorcón

Voluntarios de Radio María de la ciudad de Alcorcón junto al Cura
Párroco de Nuestra Señora de la Saleta, Pbro. José Medina, al término de
una de las misas durante la visita de la Radio de la Virgen a la parroquia.
El fin de semana pasado, 21 y 22 de enero, tuvo lugar una difusión de Radio María, por parte del grupo de voluntarios de Alcorcón y de Boadilla, en la Parroquia Nuestra Señora de la Saleta, situada también en Alcorcón, de la cual es párroco el padre José Antonio Medina, voluntario de esta Radio que dirige un programa que se llama UNA LUZ EN TU VIDA.

Estuvieron en la misa del sábado por la tarde y en todas las misas del domingo para dar a conocer esta radio que tanto bien hace a todos los enfermos, los impedidos, y que nos acerca a través de nuestra madre la virgen a su hijo Jesucristo.

El punto fuerte del fin de semana fue el domingo en la Santa Misa de 12:00 que la presidió el director de Radio María, el padre Luis Fernando de Prada, teniendo lugar después un encuentro con oyentes donde el padre de Luis Fernando habló del carisma de Radio María y los responsables de los grupos junto con el Padre Medina y algún oyente, dieron su experiencia como voluntarios sobre cómo ha cambiado este voluntariado su vida.

Una manera de hacer apostolado es dar a conocer nuestra Radiolina, y en esta parroquia se repartieron 80 radiolinas, de las cuales 70 las repartió personalmente el padre Luis Fernando de Prada al final de encuentro. El grupo de voluntarios que estuvieron, se sintieron muy acogidos por todos los que forman esta parroquia. Muchas gracias por esta estupenda acogida.

Cristina Bravo Granado
        Voluntaria de Radio María

El Director de Radio María, Pbro. Luis Fernando de Prada, junto a los voluntarios que trajeron 
el mensaje de Radio María a los feligreses de Alcorcón.

Al término de la Santa Misa presidida por el Director de Radio María, en el Salón de Actos 
se realizó el encuentro con los oyentes de Alcorcón.
Luego del encuentro el Pbro.Luis Fernando de Prada entregó en mano las 70 Radiolinas que fieles 
de la Parroquia Nuestra Señora de la Saleta adquirieron como donativo para Radio María.
La Jornada de Radio María en la Saleta terminó con un encuentro fraterno en la casa parroquial: 
(de izquierda a derecha),  Pbro. Julián Lozano , Delegado de Medios de la Diócesis de Getafe; Pbro. 
Luis Fernando de Prada, Director de Radio María; Pbro José Antonio Medina, Cura Párroco de la 
Saleta; Pbro. Carlos Dorado, Vicario Parroquial de la Saleta, y el Diácono Permanente de la Saleta, 
D. José Carlos Julián.

domingo, 22 de enero de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres"


3º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mt 4, 12-23

Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido». Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado».

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Palabra del Señor.


“Señor, tú eres mi luz y mi salvación” (Sal 27, 1).

Siempre atento a confrontar los hechos de la vida de Jesús con lo que los profetas habían predicho del Mesías, Mateo, al comenzar la narración de su actividad apostólica, refiere una profecía de Isaías acerca de “la región de Zabulón y Neptalí”, donde el Maestro moraba en aquel tiempo. “El pueblo postrado en tinieblas ha visto una intensa luz; a los postrados en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido” (Mt 4, 16). Mateo ha visto esta profecía hacerse realidad a sus ojos. La luz que ilumina la Galilea y se difunde de allí a todo el mundo, es Cristo; Mateo le ha conocido, le ha seguido y escuchado y quiere transmitir esa buena noticia a todo el mundo.

“Jesús comenzó a predicar y decir: Convertíos porque el Reino de los Cielos está cerca” (ib. 17). El mensaje es apremiante; urge propagarlo, porque el Reino que Cristo ha venido a instaurar se ofrece a todos los hombres y está ya próximo. Lo atestigua la predicación de Jesús orientada a la conversión y a la salvación; lo atestiguan los milagros que realiza “sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (ib. 23), porque la curación de los cuerpos es “señal” de otra más profunda que quiere operar en los espíritus.

Y lo atestigua también la elección y la llamada de los primeros discípulos a los que Jesús quiere colaboradores de su ministerio de salvación. Mateo señala cuatro: Simón y Andrés, Santiago y Juan. Dos de ellos habían conocido ya el Maestro a indicación del Bautista en las orillas del Jordán y se habían ido al punto con él. Ahora es Jesús mismo quien los invita cuando están en el lago pescando con sus respectivos hermanos: “Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron” (ib. 19-20). Dios no llama sólo una vez en la vida; sus llamadas se renuevan haciéndose cada vez más apremiantes y con impulsos irresistibles.

Y no se trata sólo de seguir a Cristo, sino de venir a ser, siguiéndole “pescadores de hombres”. La respuesta es inmediata como la vez primera, pero perfeccionada por la dejación generosa de las redes, de la barca y hasta de su padre, que Santiago y Juan dejan junto al lago. Así hay que acoger las llamadas de Dios de cualquier modo que se manifiesten; las llamadas importantes y las más humildes que nos llegan a través de las circunstancias concretas de la vida diaria o bajo la forma de movimiento interior a mayor generosidad, entrega y sacrificio.


“Brilla sobre mí, llama que siempre ardes y nunca te consumes (cfr. Ex 2, 3); comenzaré entonces por medio de tu luz y sumergido en ella, a ver también yo la luz y a reconocerte como la verdadera fuente de luz.

Quédate con nosotros, quédate para siempre, dulce Jesús, y otorga a mi alma que se debilita, una gracia mayor. Quédate conmigo y comenzaré a resplandecer de tu resplandor, tanto que llegue a ser luz para los demás. La luz, oh Jesús, vendrá toda de ti; yo no tendré en ella parte alguna ni mérito alguno, porque serás tú quien resplandezcas en los demás a través de mí.

Haz que yo te glorifique de la manera que tú prefieras, resplandeciendo sobre todos los que me rodean. Ilumínalos, como me iluminas a mí; ilumínalos junto conmigo por medio de mí. Enséñame a manifestarles tu gloria, tu verdad y tu querer. Haz que yo te predique, mas no con las palabras sino con el ejemplo, con la fuerza conquistadora y el amable influjo de mi obrar. Haz que yo te sirva de testigo con la evidente semejanza que me une a tus santos y con la plenitud de mi amor a ti”. (Beato John Henry Newman, madurez cristiana).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 3º Domingo Tiempo Ordinario - Ciclo A


“Jesús en Galilea” (Mt 4, 12-23) 




viernes, 20 de enero de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “En la oración nuestra esperanza no se ve defraudada”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 18 de enero de 2017

Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza


Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

En la Sagrada Escritura, entre los profetas de Israel, despunta una figura un poco anómala, un profeta que intenta evadirse de la llamada del Señor rechazando ponerse al servicio del plan divino de salvación. Se trata del profeta Jonás, de quién se narra la historia en un pequeño libro de solo cuatro capítulos, una especie de parábola portadora de una gran enseñanza, la de la misericordia de Dios que perdona.

Jonás es un profeta “en salida”, también en fuga, que Dios envía “a la periferia”, a Nínive, para convertir a los habitantes de esa gran ciudad. Pero Nínive, para un israelita como Jonás, representa una realidad que amenaza, el enemigo que ponía en peligro la misma Jerusalén, y por tanto para destruir, no para salvar. Por eso, cuando Dios manda a Jonás a predicar en esa ciudad, el profeta, que conoce la bondad del Señor y su deseo de perdonar, trata de escapar de su tarea y huye.

Durante su huida, el profeta entra en contacto con los paganos, los marineros de la nave sobre la que se embarca para alejarse de Dios y de su misión. Y huye lejos porque Nínive estaba en la zona de Irak y él huye a España. Pero huye de verdad. Y es precisamente el comportamiento de estos hombres, como después será el de los habitantes de Nínive, que nos permite hoy reflexionar un poco sobre la esperanza que, delante del peligro y de la muerte, se expresa en oración.

De hecho, durante la travesía en el mar, estalla una gran tormenta, y Jonás baja en la bodega del barco y se duerme. Los marineros sin embargo, viéndose perdidos, «invocaron cada uno al propio dios» (Jon 1,5). Eran paganos. El capitán del barco despierta a Jonás diciéndole: «Qué haces aquí dormido? Levántate e invoca a tu dios. Tal vez ese dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamos» (Jon 1,6).

Las reacciones de estos “paganos” es la reacción justa delante de la muerte; porque es entonces que el hombre hace experiencia completa de la propia fragilidad y de la propia necesidad de salvación. El horror instintivo de morir desvela la necesidad de esperar en el Dios de la vida. «Quizá Dios se acuerde de nosotros y no pereceremos»: son las palabras de la esperanza que se convierten en oración, esa súplica llena de angustia que sale de los labios del hombre delante a un inminente peligro de muerte.

Demasiado fácilmente diseñamos el dirigirnos a Dios en la necesidad como si fuera solo una oración interesada, y por eso imperfecta. Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos acordamos de Él para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre responde benevolente.

Cuando Jonás, reconociendo la propia responsabilidad, se hace echar al mar para salvar a sus compañeros de viaje, la tempestad se calma. La muerte inminente ha llevado a esos hombres paganos a la oración, ha hecho que el profeta, a pesar de todo, viviera la propia vocación al servicio de los otros aceptando sacrificarse por ellos, y ahora conduce a los supervivientes al reconocimiento del verdadero Señor y a la alabanza. Los marineros, que habían rezado con miedo dirigiéndose a sus dioses, ahora, con sincero temor del Señor, reconocen al verdadero Dios y ofrecen sacrificios y hacen promesas. La esperanza, que les había llevado a rezar para no morir, se revela aún más poderoso y obra una realidad que va también más allá de lo que ellos esperaban: no solo no perecen en la tempestad, sino que se abren al reconocimiento del verdadero y único Señor del cielo y de la tierra.

Sucesivamente, también los habitantes de Nínive, delante de la perspectiva de ser destruidos, rezan, empujados por la esperanza en el perdón de Dios. Harán penitencia, invocarán al Señor y se convertirán a Él, empezando por el rey, que, como el capitán de la nave, da voz a la esperanza diciendo: «Tal vez Dios se vuelva atrás y se arrepienta … de manera que no perezcamos» (Jon 3,9). También para ellos, como para la tripulación en la tormenta, haber afrontado la muerte y haber resultado salvados les ha llevado a la verdad. Así, bajo la misericordia divina, y aún más a la luz del misterio pascual, la muerte se puede convertir, como ha sido para san Francisco de Asís, en “nuestra hermana muerte” y representar, para cada hombre y para cada uno de nosotros, la sorprendente ocasión de conocer la esperanza y de encontrar al Señor. Que el Señor nos haga entender esto: la unión entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante a la esperanza.  Y cuando las cosas se vuelven oscuras, más oración y habrá más esperanza.

miércoles, 18 de enero de 2017

PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA SALETA: Encuentro de Radio María con oyentes de Alcorcón, Madrid




El director y los voluntarios de Radio María mantendrán un encuentro con sus oyentes, en la Parroquia Nuestra Señora de la Saleta (Pl. de Brasil s/n. Alcorcón), el domingo 22 de enero, a las 12.00 horas.

El acto comenzará con la celebración eucarística presidida por Luis Fernando de Prada Álvarez, director de la emisora, quien será acompañado por José Antonio Medina Pellegrini, cura párroco de Nuestra Señora de la Saleta. 

A continuación habrá un coloquio con todos los que se acerquen hasta el templo y quieran conocer más de cerca el ideario, la metodología y a algunos de los voluntarios que hacen posible sus programas.

Durante la charla, el director de Radio María hablará también de su carisma y de su vocación y escuchará la opinión de los fieles respecto a la programación de la cadena.

Cabe recordar que los voluntarios estarán antes y después de cada Santa Misa del sábado 21 (a las 19:00 horas) y en todas las Misas del Domingo 22 (09:30, 11:00, 12:00, 13:00 y 19:00 horas), entregando material de información y difusión de la Radio de la Virgen.



























domingo, 15 de enero de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo"


2º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Juan 1, 29 -34


Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel".

Y Juan dio este testimonio: "He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 'Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo'. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios".

Palabra del Señor.


“Oh Dios, que nos llamas a ser santos en Cristo Jesús, danos tu gracia y tu paz” (1 Cor 1, 23).

Las lecturas de este domingo siguen teniendo un carácter epifánico, es decir, que manifiestan la divinidad y la misión de Cristo. Al testimonio del Padre: “Este es mi hijo amado en quien me complazco” (Mt 3, 17), le corresponde el del Bautista: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Jesús presentado por el Padre como su hijo muy querido, es ahora presentado como el cordero inocente que será ofrecido en sacrificio para expiación de los pecados.

No se trata, pues, de un Mesías político venido a dar a Israel poder y gloria terrenos, sino del “Siervo de Yahvé” anunciado por Isaías, que toma sobre sí las iniquidades de los hombres y las expía con su muerte. Por medio de su sacrificio se hace la luz y salvación, no sólo de Israel, sino para toda la humanidad, y en él se manifiesta la gloria de Dios. “Tú eres mi siervo, en quién me gloriaré… Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra” (Is 49, 3. 6).

La profecía de Isaías, leída con ojos cristianos es transparente. El que Dios, por boca del profeta, designaba con el nombre de “siervo suyo”, es el mismo que ahora, en la plenitud de los tiempos, presenta al mundo como “hijo suyo”, objeto de todas sus complacencias. La divinidad de Cristo resplandece: Unigénito del Padre, es Dios como el Padre; asumiendo la naturaleza humana, su divinidad no ha disminuido. Sin embargo, la esconde, como aniquilada, tomando de hecho la forma de esclavo y abajándose sin más hasta la condición de un cordero ofrecido en holocausto. Pero precisamente mediante este sacrificio que desemboca en la resurrección, recupera plenamente su gloria de Hijo de Dios y contiene el poder de participarla a todos los hombres redimiéndolos del pecado y presentándolos al Padre como hijos.

En presencia de la grandeza de Cristo, Juan advierte su poquedad y confiesa: “Este es aquél de quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre que sido puesto delante de mí, porque era primero que yo” (Jn 1, 30). Iluminado por Dios reconoce la prioridad absoluta de Cristo y de su misión; él es el “elegido de Dios”, venido no ya a bautizar con agua, sino “en el Espíritu Santo” (ib. 33-34).

Delante de Cristo desaparece todo apóstol, o mejor dicho, vale y puede actuar sólo en la medida que depende de él en todo y humildemente.


“Oh, Verbo! ¡Oh, Jesús! ¡Qué hermoso eres! ¡Qué grande eres! ¿Quién llegará a conocerte? ¿Quién podrá comprenderte? Haz, oh Jesús, que yo te conozca y te ame.

Tú eres la luz, envía un rayo de ella a mi pobre alma. Déjame volver la mirada a ti, belleza infinita. Vela un tanto los esplendores de tu gloria, para que pueda contemplar y ver tus perfecciones divinas.

Abre mis oídos; que pueda yo oír tu voz y meditar tus divinas enseñanzas. Abre también mi espíritu y mi entendimiento; que tu palabra llegue hasta mi corazón y él guste y lo comprenda.

Enciende en mí una gran de en ti, para que cada palabra tuya sea luz que me ilumine, me atraiga a ti y me lleve a seguirte en todos los caminos de la justicia y de la verdad.

¡Oh, Jesús! ¡Oh, Verbo! Tú eres mi Señor, mi único y solo maestro. ¡Habla! Quiero escucharte y poner en práctica tu palabra. Quiero escuchar tu palabra porque sé que viene del cielo. Quiero escucharla, meditarla, ponerla en práctica porque en tu palabra está la vida, la alegría, la paz y la felicidad.

¡Habla! Tú eres mi Señor y mi maestro, y yo no quiero escuchar sino a ti” (A. Chevrier, El verdadero discípulo).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 2º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A


                            “Segundo testimonio de Juan”  (Jn 1, 29-34)


jueves, 12 de enero de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “No hay que poner la seguridad en ídolos que nos llevan por el camino equivocado”




Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 11 de enero de 2017




Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza




Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el pasado mes de diciembre y en la primera parte de enero hemos celebrado el tiempo de Adviento y después el de Navidad: un periodo del año litúrgico que despierta en el pueblo de Dios la esperanza. Esperar es una necesidad primaria del hombre: esperar en el futuro, creer en la vida, el llamado “pensar positivo”.

Pero es importante que tal esperanza sea puesta de nuevo en lo que verdaderamente puede ayudar a vivir y a dar sentido a nuestra existencia. Es por esto que la Sagrada Escritura no pone en guardia contra las falsas esperanzas que el mundo nos presenta, desenmascarando su inutilidad y mostrando la insensatez. Y lo hace de varias formas, pero sobre todo denunciando la falsedad de los ídolos en lo que el hombre está continuamente tentado de poner su confianza, haciéndoles el objeto de su esperanza.

En particular, los profetas y sabios insisten en esto, tocando un punto focal del camino de fe del creyente. Porque fe es fiarse de Dios –quien tiene fe, se fía de Dios– pero viene el momento en el que, encontrándose con las dificultades de la vida, el hombre experimenta la fragilidad de esa confianza y siente la necesidad de certezas diferentes, de seguridades tangibles, concretas. Yo me fío de Dios, pero la situación es un poco fea y yo necesito de una certeza un poco más concreta. ¡Y allí está el peligro! Y entonces estamos tentados de buscar consuelos también efímeros, que parecen llenar el vacío de la soledad y calmar el cansancio del creer. Y pensamos poder encontrar en la seguridad que puede dar el dinero, en las alianzas con los poderosos, en la mundanidad, en las falsas ideologías. A veces las buscamos en un dios que pueda doblarse a nuestras peticiones y mágicamente intervenir para cambiar la realidad y hacer como nosotros queremos; un ídolo, precisamente, que en cuanto tal no puede hacer nada, impotente y mentiroso. Pero a nosotros nos gustan los ídolos, ¡nos gustan mucho!

Una vez, en Buenos Aires, tenía que ir de una iglesia a otra, mil metros, más o menos. Y lo hice, caminando. Había un parque en medio, y en el parque había pequeñas mesas, pero muchas, muchas, donde estaban sentados los videntes. Estaba lleno de gente, que también hacía cola. Tú le dabas la mano y él empezaba, pero el discurso era siempre el mismo: hay una mujer en tu vida, hay una sombra que viene, pero todo irá bien… Y después pagabas. ¿Y esto te da seguridad? Es la seguridad de una –permitidme la palabra– de una estupidez. Ir al vidente o a la vidente que leen las cartas: ¡esto es un ídolo! Esto es un ídolo, y cuando nosotros estamos muy apegados: compramos falsas esperanza. Mientras que de la que es la esperanza de la gratuidad, que nos ha traído Jesucristo, gratuitamente dando la vida por nosotros, de esa a veces no nos fiamos tanto.

Un Salmo lleno de sabiduría nos dibuja de una forma muy sugestiva la falsedad de estos ídolos que el mundo ofrece a nuestra esperanza y a la que los hombres de cada época están tentados de fiarse. Es el Salmo 115, que dice así:

“Los ídolos, en cambio, son plata y oro, obra de las manos de los hombres. Tienen boca, pero no hablan, tienen ojos, pero no ven; tienen orejas, pero no oyen, tienen nariz, pero no huelen. Tienen manos, pero no palpan, tienen pies, pero no caminan; ni un solo sonido sale de su garganta. Como ellos serán los que los fabrican, los que ponen en ellos su confianza» (vv. 4-8).

El salmista nos presenta, de forma un poco irónica, la realidad absolutamente efímera de estos ídolos. Y tenemos que entender que no se trata solo de representaciones hechas de metal o de otro material, pero también de esas construidas con nuestra mente, cuando nos fiamos de realidades limitadas que transformamos en absolutas, o cuando reducimos a Dios a nuestros esquemas y a nuestras ideas de divinidad; un dios que se nos parece, comprensible, previsible, precisamente como los ídolos de los que habla el Salmo. El hombre, imagen de Dios, se fabrica un dios a su propia imagen, y es también una imagen mal conseguida: no siente, no actúa, y sobre todo no puede hablar. Pero, nosotros estamos más contentos de ir a los ídolos que ir al Señor. Estamos muchas veces más contentos de la efímera esperanza que te da este falso ídolo, que la gran esperanza segura que nos da el Señor.

A la esperanza en un Señor de la vida que con su Palabra ha creado el mundo y conduce nuestras existencias, se contrapone la confianza en ídolos mudos. Las ideologías con sus afirmaciones de absoluto, las riquezas — y esto es un gran ídolo–, el poder y el éxito, la vanidad, con su ilusión de eternidad y de omnipotencias, valores como la belleza física y la salud, cuando se convierten en ídolos a los que sacrificar cualquier cosa, son todo realidades que confunden la mente y el corazón, y en vez de favorecer la vida conducen a la muerte. Es feo escuchar y duele en el alma eso que una vez, hace años, escuché, en la diócesis de Buenos Aires: una mujer buena, muy guapa, presumía de la belleza, comentaba, como si fuera natural: “Eh sí, he tenido que abortar porque mi figura es muy importante”. Estos son los ídolos, y te llevan sobre el camino equivocado y no te dan felicidad.

El mensaje del Salmo es muy claro: si se pone la esperanza en los ídolos, te haces como ellos: imágenes vacías con manos que no tocan, pies que no caminan, bocas que no pueden hablar. No se tiene nada más que decir, se convierte en incapaz de ayudar, cambiar las cosas, incapaces de sonreír, de donarse, incapaces de amar. Y también nosotros, hombres de Iglesia, corremos riesgo cuando nos “mundanizamos”. Es necesario permanecer en el mundo pero defenderse de las ilusiones del mundo, que son estos ídolos que he mencionado.

Así dice el Salmo: “Pueblo de Israel, confía en el Señor […], familia de Aarón, confía en el Señor […], confíen en el Señor todos los que lo temen […] El Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga” (vv. 9.10.11.12). El Señor se acuerda siempre. También en los momentos feos. Él se acuerda de nosotros. Y esta es nuestra esperanza. Y la esperanza no decepciona nunca. Nunca. Nunca. Los ídolos decepcionan siempre: son fantasías, no son realidad. Esta es la estupenda realidad de la esperanza: confiando en el Señor nos hacemos como Él, su bendición nos transforma en sus hijos, que comparten su vida. La esperanza en Dios nos hace entrar, por así decir, dentro del alcance de su recuerdo, de su memoria que nos bendice y nos salva. Y entonces puede brotar el aleluya, la alabanza al Dios vivo y verdadero, que para nosotros ha nacido de María, ha muerto en la cruz y resucitado en la gloria. Y en este Dios nosotros tenemos esperanza, y este Dios –que no es un ídolo– no decepciona nunca.

domingo, 8 de enero de 2017

JESÚS (audios): El Bautismo del Señor – Ciclo A

Texto del Evangelio: Mt 3,13-17





En el Evangelio de San Lucas leemos "Que la Palabra de Dios bajó sobre Juan, Hijo de Zacarías, en el desierto. Y él recorrió toda la región del Jordán, predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados" (3, 2-3). 

Aquí, en el Río Jordán, cuyas orillas han sido visitadas por multitudes de peregrinos que rinden honor al Bautismo del Señor, también yo elevo mi corazón en oración:

¡Gloria a ti, oh Padre, Dios de Abraham, Isaac y Jacob
Tú has enviado a tus siervos, los profetas
a proclamar tu palabra de amor fiel
y a llamar a tu pueblo al arrepentimiento.

A las orillas del Río Jordán,
has suscitado a Juan el Bautista,
una voz que grita en el desierto,
enviado a toda la región del Jordán,
a preparar el camino del Señor,
a anunciar la venida de Cristo.

¡Gloria a ti, oh Cristo, Hijo de Dios!
Has venido a las aguas del Jordán
para ser bautizado por manos de Juan.
Sobre ti el Espíritu descendió como una paloma.
Sobre ti se abrieron los cielos,
y se escuchó la voz del Padre:
"Este es mi Hijo, el Predilecto!".

Del río bendecido con tu presencia
has partido para bautizar no sólo con el agua
sino con fuego y Espíritu Santo.
¡Gloria a ti, oh Espíritu Santo, Señor!
Por tu poder la Iglesia es bautizada,
descendiendo con Cristo en la muerte,
y resurgiendo junto a él a una nueva vida.

Por tu poder, nos vemos liberados del pecado
para convertirnos en hijos de Dios,
el glorioso cuerpo de Cristo.
Por tu poder, todo temor es vencido,
y es predicado el Evangelio del amor,
en cada rincón de la tierra,
para la gloria de Dios,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo,
a Él todo honor en este Año Jubilar
y en todos los siglos por venir. Amén.

S.S. Juan Pablo II
21 de marzo del 2000

viernes, 6 de enero de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Mira el Crucifijo: ahí encontraras siempre una respuesta”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 4 de enero de 2017



Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis de hoy quisiera contemplar con ustedes la figura de una mujer que nos habla de la esperanza vivida en el llanto. La esperanza vivida en el llanto. Se trata de Raquel, la esposa de Jacob y la madre de José y Benjamín, aquella que, como nos narra el Libro del Génesis, muere dando a la luz a su segundo hijo, es decir, a Benjamín.

El profeta Jeremías hace referencia a Raquel dirigiéndose a los Israelitas en exilio para consolarlos, con palabras llenas de emoción y de poesía; es decir, toma el llanto de Raquel pero da esperanza: «Así habla el Señor: ¡Escuchen! En Ramá se oyen lamentos, llantos de amargura: es Raquel que llora a sus hijos; ella no quiere ser consolada, porque ya no existen» (Jer 31,15).

En estos versículos, Jeremías presenta a esta mujer de su pueblo, la gran matriarca de su tribu, en una realidad de dolor y llanto, pero junto a una perspectiva de vida impensada. Raquel, que en la narración del Génesis había muerto dando a luz y había asumido esta muerte para que su hijo pudiese vivir, ahora en cambio, es presentada nuevamente por el profeta como viva en Ramá, allí donde se reunían los deportados, llora por sus hijos que en cierto sentido han muerto andando en exilio; hijos que, como ella misma dice, “ya no existen”, han desaparecido para siempre.

Y por esto Raquel no quiere ser consolada. Este rechazo expresa la profundidad de su dolor y la amargura de su llanto. Ante la tragedia de la pérdida de sus hijos, una madre no puede aceptar palabras o gestos de consolación, que son siempre inadecuados, nunca capaces de aliviar el dolor de una herida que no puede y no quiere ser cicatrizada. Un dolor proporcional al amor.

Toda madre sabe todo esto; y son muchas, también hoy, las madres que lloran, que no se resignan a la pérdida de un hijo, inconsolables ante una muerte imposible de aceptar. Raquel contiene en sí el dolor de todas las madres del mundo, de todo tiempo, y las lágrimas de todo ser humano que llora pérdidas irreparables.

Este rechazo de Raquel que no quiere ser consolada nos enseña también cuanta delicadeza se nos pide ante el dolor de los demás. Para hablar de esperanza con quien está desesperado, se necesita compartir su desesperación; para secar una lágrima del rostro de quien sufre, es necesario unir a su llanto el nuestro. Solo así, nuestras palabras pueden ser realmente capaces de dar un poco de esperanza. Y si no puedo decir palabras así, con el llanto, con el dolor, mejor el silencio. La caricia, el gesto y nada de palabras.

Y Dios, con su delicadeza y su amor, responde al llanto de Raquel con palabras verdaderas, no fingidas; de hecho, así prosigue el texto de Jeremías: «Así habla el Señor: Reprime tus sollozos, ahoga tus lágrimas, porque tu obra recibirá su recompensa – oráculo del Señor – y ellos volverán del país enemigo. Sí, hay esperanza para tu futuro – oráculo del Señor – los hijos regresarán a su patria» (Jer 31,16-17).

Justamente por el llanto de la madre, hay todavía esperanza para los hijos, que volverán a vivir. Esta mujer, que había aceptado morir, en el momento del parto, para que el hijo pudiese vivir, con su llanto es ahora el principio de una vida nueva para los hijos exiliados, prisioneros, lejos de la patria. Al dolor y al llanto amargo de Raquel, el Señor responde con una promesa que ahora puede ser para ella motivo de verdadera consolación: el pueblo podrá regresar del exilio y vivir en la fe, libre, la propia relación con Dios. Las lágrimas han generado esperanza. Y esto nos fácil de entender, pero es verdadero. Tantas veces, en nuestra vida, las lágrimas siembran esperanza, son semillas de esperanza.

Como sabemos, este texto de Jeremías es luego retomado por el evangelista Mateo y aplicado a la matanza de los inocentes (Cfr. 2,16-18). Un texto que nos pone ante la tragedia de la matanza de seres humanos indefensos, del horror del poder que desprecia y destruye la vida. Los niños Belén murieron a causa de Jesús. Y Él, Cordero inocente, luego morirá, a su vez, por todos nosotros. El Hijo de Dios ha entrado en el dolor de los hombres: no se olviden de esto. Cuando alguien se dirige a mí y me hace una pregunta difícil, por ejemplo: “Me diga padre: ¿Por qué sufren los niños?”, de verdad, yo no sé qué cosa responder. Solamente digo: “Mira el Crucifijo: Dios nos ha dado a su Hijo, Él ha sufrido, y tal vez ahí encontraras una respuesta. No hay otras respuestas. Solamente mirando el amor de Dios que da en su Hijo que ofrece su vida por nosotros, se puede indicar el camino de la consolación”. Y por esto decimos que el Hijo de Dios ha entrado en el dolor de los hombres, los ha compartido y ha recibido la muerte; su Palabra es definitivamente palabra de consolación, porque nace del llanto.

Y en la cruz estará Él, el Hijo muriente, que dona una nueva fecundidad a su madre, confiándole al discípulo Juan y convirtiéndola en madre del pueblo de los creyentes. Allí, la muerte es vencida, y llega así a cumplimiento de la profecía de Jeremías. También las lágrimas de María, como aquellas de Raquel, han generado esperanza y nueva vida. Gracias”.